domingo, 26 de abril de 2015

“El capital humano” de Paolo Virzì (“Il capitale umano” Italia 2013)



Queridos Cinéfilos

Con una diferencia casi exacta de 10 meses he vuelto a ver en un cine una película italiana: entonces fue “Viva la Libertad” de Roberto Andò (que aquí os comenté) ahora ha sido “El capital humano” de Paolo Virzì (también coguionista, basándose en la novela “Human Capital” del estadounidense Stephen Amidon), teniendo en común ambas películas, además de su nacionalidad, claro, una misma intención crítica de la sociedad italiana (y me temo que europea) actual, sobre las actitudes “tiburonáceas” y pérdida de valores que han alimentado la crisis que nos ha sacudido, crítica que se servía, quizás, en un envoltorio más “humorístico” en aquélla y bastante más trágico y menos cómico en ésta, en la que el humor superficial se vuelve corrosivo. Una vez más le tomo prestado a Oti R. Marchante, que como he confesado n veces es el crítico con el que más suelo coincidir, un diagnóstico que suscribo:

“Pura tragicomedia urdida como un elegante puzle y que consigue solapar el thriller con un pavoroso retrato social y una metálica risa de hiena”. 

 La ventaja de comentar en el Foro una película como ésta es que uno se encuentra muy respaldado cuando descubre que parece tener un alto grado de coincidencias con los críticos profesionales y, mayor aún, entre éstos. Como muestra fehaciente basta comparar los títulos de las respectivas críticas de Jordi Cuesta (El País) y Oti R. Merchante (ABC): Muerte de un ciclista frente a Detrás de la muerte de un ciclista. Y sin destriparos nada del tema que no sea evidente muy pronto en la película, puedo añadir que me resultaría difícil creer que Paolo Virzì no haya visto la bardemiana “La muerte de un ciclista”, que, eso sí, quizás por el legendario trágico carácter español (y amargura existencial del director), carecía del mínimo barniz cómico.


El audaz financiero, Giovanni y su esposa, Carla
Entrando en los aspectos técnicos de “El capital humano” (ganadora de 7 de los principales premios David de Donatello, entre ellos Mejor Película, Guión y Montaje) quisiera destacar la elegante y eficaz organización narrativa, estructurada en cuatro capítulos: Los tres primeros (“Dino”, “Carla” y “Serena”) nos dan la visión de cada uno de estos tres personajes sobre la historia que se nos cuenta, y el cuarto la conclusión y “puesta en común” de los hechos que ordena el puzle e infunde una especie de sentido de contrición general sobre una culpabilidad colectiva, obviamente no homogénea en su gravedad, pero sin dejar personajes totalmente inocentes. Parece que algo de eso es lo que nos ha pasado en los días de vino y rosas a la mayoría de los europeos.

Y dejando análisis morales, que no me corresponden, en el apartado interpretativo coincido con la opinión de “Días de Cine” de La 2 sobre Valeria Bruni Tedeschi (en la vida real es la hermana actriz de la guapa diva y ex primera Madame de la Republique Française, Carla), que borda su papel de Carla (no de su hermana francesa, no nos confundamos, sino como esposa del “tiburón” financiero Giovanni, que está volcada en el mecenazgo artístico), destacando también a Valeria Golino (como Roberta, segunda esposa del arribista Dino) y al para mí desconocido Fabrizio Gifuni como Giovanni, el mentado financiero. Los tres citados ganaron sus respectivos premios David de Donatello como Actriz Principal y Actores Secundarios. Fabrizio Bentivoglio (otro nuevo para mí), como Dino, no dudo que hubiera ganado el de Actor Principal si no fuera porque se tuvo que enfrentar al imbatible Toni Servillo de “La Gran Belleza”.
 
El "arribista", Dino, y su 2ª esposa, Roberta
Resumiendo: Yo le daría, después de meditarlo, un 8/10. La nota no es superior porque, tratándose de una película que considero intenta dar una visión realista, sin intercalar el mínimo filtro lente “farsa” a su denuncia (como sí creo que hacía la felliniana “La gran Belleza”, con la cuál comparte plenamente el objetivo de crítica social) introduce en el guión varios aspectos que me crujen en su verosimilitud y que no explicito más por no destapar algunos giros en la trama. Claro que esa impresión es subjetiva y responde a mi lógica personal que, a lo peor, está hoy “anticuada”. 

Mi consejo final es: Id a verla.

Por si os interesaran, facilito los siguientes enlaces:

Reportaje en “Dias de Cine” TVE2 con su crítica sobre la película (en la que ponen por las nubes a Valeria Bruni Tedeschi, que representa uno de los papeles principales) incluyendo el tráiler de la película como fondo:


Padres e hijos (la chica es Serena)

Detrás de la muerte de un ciclistaCrítica de Oti Rodríguez Marchante en ABC:


Muerte de un ciclista, crítica de Jordi Cuesta en El País:

Buen CINE, Amigos.

Manrique

viernes, 24 de abril de 2015

Turandot, la ópera póstuma de Puccini

Queridos amigos: el que suscribe, colaborador de este blog preferentemente en temas musicales, os anticipa su participación en otra actividad coral. En este caso se trata de Turandot, la ópera póstuma del genial compositor italiano Giacomo Puccini (1858-1924). La ejecución de esta pieza será en versión de concierto en el Auditorio Nacional de Música el próximo jueves, 30 de abril, a las 19,30. Para los que estéis interesados en asistir, las entradas podéis adquirirlas en las taquillas del Auditorio, o bien a través de la página web www.entradas inaem.es, desde 20 euros en adelante aunque os advierto que ya se ha vendido el 75 por ciento de las localidades que se han puesto a la venta. Esta versión de la famosa ópera de Puccini, que contará con algunos detalles de atrezzo y vestuario, y unos pequeños movimientos escénicos, estará interpretada por la Orquesta y el Coro de Filarmonía –también interviene un coro de niños tal como exige la partitura-, y la intervención de solistas en los principales papeles, bajo la dirección de Pascual Osa. Los participantes en el coro superamos los trescientos entre sopranos, contraltos, tenores, barítonos y bajos, coloratura vocal a la que pertenezco. Supongo que todos tenéis conocimiento de esta ópera de ambiente exótico cuya aria más famosa es Nessun dorma (Que nadie duerma), correspondiente a la Escena Primera del Tercer Acto, popularizada en sus conciertos multitudinarios por Luciano Pavarotti y Plácido Domingo, y que interpreta Calaf, el principal personaje masculino, con un do de pecho final realmente sobrecogedor.
Después de haberla ensayado durante dos meses puedo objetar sin embargo que hay otras arias de los personajes tanto masculinos como femeninos – Principessa de morte!, Del primo pianto, Tanto amore secreto, o Tu che di gel sei cinta- que exigen un nivel del dominio de agudos tan importante como el pasaje al que nos referimos en primer lugar. La acción de Turandot tiene como escenario el Pekin de la época imperial, donde la princesa que da el título a la ópera anuncia, por medio de un mandarín, que se casará con aquel ascendiente de sangre real que adivine los tres enigmas que le propone. Pero el que fracase será decapitado, como ocurre al comienzo de la ópera con el príncipe de Persia. Será otro príncipe, Calaf, el que opte a la mano de la cruel hija del emperador y que logrará su objetivo tras múltiples peripecias, ayudado por su padre, el príncipe Timur y la delicada esclava Liú. Durante toda la representación el coro toma partido tanto a favor como en contra de los principales implicados en la trama. Curiosamente, la representación de Turandot fue prohibida durante años por los dirigentes de la República Popular de China porque aseguraban que el argumento de la obra ridiculizaba al pueblo chino y le tachaba de bárbaro y decadente. En la década de los 90 del pasado siglo, el gobierno de Pekín cambió de opinión y permitió que se representara. De hecho, en 1998 se llevó a cabo un montaje histórico de la ópera en la Ciudad Prohibida, con dirección musical del indio Zubin Mehta. Antes de Turandot, Puccini ya había triunfado con otra ópera de ambiente exótico, Madama Butterfly (1904), cuya acción situó en el hermético Japón decimonónico. Y su repertorio anterior había logrado la aclamación del público en los escenarios del mundo con títulos como Manon Lescaut (1893), La Boheme (1896), Tosca (1900), La fanciulla del West (1910) y las tres piezas breves que integran Il Trittico (1918). Su afán de renovación del género, su gran sentido del espectáculo y su apertura al impresionismo de la música francesa de Debussy, a las nuevas tonalidades de compositores rusos de su época, como Igor Stravinsky, e incluso al atonalismo del austríaco Arnold Schönberg, le permitieron asentarse como uno de los grandes genios de la ópera.
El compositor empezó a trabajar en Turandot en el verano de 1920 después de que llegara a sus manos el libreto de Giuseppe Adami y Renato Simoni, elaborado a partir de un cuento de hadas de Carlo Gozzi, un autor hoy olvidado del siglo XVIII. Las dificultades literarias de algunos pasajes del libreto y las dudas musicales dilataron la labor del compositor que interrumpía y rehacía sin cesar la partitura, en la cuya orquestación incluyó instrumentos de percusión que reforzaban el aire exótico de la acción, como el gong chino, el xilófono, los címbalos, el triángulo, el bombo, el glockenspiel y las campanas tubulares. Sin embargo, a mediados de 1924 apareció en su garganta una irritación persistente que Puccini atribuyó a un resfriado mal curado aunque en realidad se trataba de un tumor canceroso maligno en la tráquea provocado sin duda por su desmedida adicción al tabaco (el músico fumaba una media de tres cajetillas y media diarias). Puccini, que era multimillonario, pasó por diversas consultas médicas con la esperanza de atajar su mal hasta que llegó a sus oídos que en una clínica de Bruselas ofrecían un tratamiento novedoso, a base de radioterapia, para tratar el cáncer. Sin pensárselo dos veces, Puccini partió hacia la capital de Bélgica con las últimas páginas de su ópera en la maleta, pero cuando llegó los médicos le dijeron que era demasiado tarde porque el mal se había extendido dramáticamente por su garganta. No había nada que hacer. El compositor se sometió a tratamientos paliativos pero dejó de existir el 29 de noviembre de ese mismo año dejando inconclusa Turandot. Cuando el compositor falleció solo faltaban el dúo final de Calaf y Turandot y la apoteosis coral. No obstante, antes de partir hacia Bruselas, Puccini se reunió con el famoso director de orquesta de la Scala de Milan, Arturo Toscanini, encomendándole la labor de concluir la partitura en caso de que Puccini no regresara. El director cumplió su palabra y encomendó a Franco Alfano, un compositor discreto de cierta fama, que completara la obra a partir de bocetos y apuntes dejados por Puccini. Turandot no se estrenó hasta el 25 de abril de 1926, en la Scala milanesa, bajo la dirección de Toscanini, pero éste interrumpió la función cuando las notas llegaron a la última puntuación del tercer acto, tras el suicidio de Liú. La versión de Alfano se representó en fechas posteriores pero su inspiración fue cuestionada desde el un primer momento por numerosos puccinianos, aunque hasta 2002 no fue revisado este final añadido por parte del compositor Luciano Berio, quien agregó un pasaje, según él, más acorde con las intenciones de Puccini. Como podéis comprobar, la intrahistoria de esta ópera tiene su miga y si decidís escucharla en el Auditorio la semana que viene estoy seguro de que os convenceréis de lo que digo, aparte de gozar de las armonías y concertantes de uno de los títulos más redondos de la historia de este género musical. Buena música, amigos Javier Parra

domingo, 22 de marzo de 2015

EL AÑO MAS VIOLENTO

Ficha técnica:

·        Año 2015
·        Nacionalidad: USA
·        Director: J.C. Chandor
·        Guión: J.C. Chandor
·        Reparto: Oscar Isaac, Jessica Chastain, David Oyelowo
·        Duración 124 minutos

Comentario

La tercera película de J.C. Chandor, después de “margin call” (2011) y “cuando todo está perdido” (2013), lleva camino de suponer su consagración como uno de los grandes directores y guionistas del momento en el cine americano.

“El año más violento”, 1981, el de mayor criminalidad de la ciudad de Nueva York según  las estadísticas oficiales, narra  la dramática experiencia de un  empresario de éxito en el mercado de la logística de hidrocarburos, Abel Morales, que intenta hacer prevalecer su honestidad personal frente a la corrupción que impera  en aquel momento en el mundo del petróleo y la misma justicia de la ciudad de Nueva York. A pesar de los esfuerzos y la integridad moral de Morales en su lucha por la supervivencia de su familia y  su empresa, todo parece conducir a su derrota en su batalla contra el crimen  organizado, que pretende debilitarle y que afecta a  las estructuras sociales, fiscales, empresariales y políticas que le rodean.

“El año más violento” es una película profundamente americana. Morales es un inmigrante que ha alcanzado el sueño americano de hacerse rico en el mundo de los negocios desde su trabajo inicial como conductor de un camión de reparto y que en ocasiones tiene que dejar de lado su integridad moral para sobrevivir personal y empresarialmente en un mundo poco protegido por la  Ley. No estoy seguro que su actitud  y su  angustia vital sean siempre comprendidas por el espectador español  al que ese mundo le resulta muchas veces excesivamente lejano.

Están muy bien los tres protagonistas: Oscar Isaac en su papel de Abel Morales, Jessica Chastain como Anne Morales y David Oyelowo como Lawrence, de la oficina del fiscal.

En resumen buen cine, película densa y complicada con una  puesta en escena muy americana, que no se si tendrá mucho éxito en España, pero que a mi me parece que merece la pena ver.

JRL (20-03-2015)

domingo, 15 de marzo de 2015

En el frío invierno de la Capadocia profunda hay mucho tiempo para meditar: “Winter Sleep” (“Kis uykusu”, Turquía 2014) de Nuri Bilge Ceylan




Queridos Cinéfilos: 

En la cartelera madrileña continúa ininterrumpidamente tras seis meses, nada menos, una película turca que durante los tres primeros de su exhibición mereció ser considerada en las listas de la crítica (con resultados promedios de una decena de diarios nacionales y revistas especializadas) como la mejor: “Winter Sleep”, coescrita (con su esposa) y dirigida por el desconocido, al menos para mí, Nuri Bilge Ceylan (posteriormente sí he recordado que su anterior película, que no vi, “Érase una vez en Anatolia”, tuvo muy buenas críticas hace varios años). 

Me llama la atención una serie de características adicionales que parece que no “facilitan” el relativo éxito de exhibición de esta película, cuya promoción de lanzamiento comercial fue estrictamente inexistente: 
  • Sin consultar ninguna base de datos, creo que es la película más larga que he visto en mi vida: tres horas y quince minutos. Ojo, no he afirmado que lo parezca. De facto, la Presidente del Jurado del Festival de Cannes que concedió a esta película la Palma de Oro (Jane Campion, directora de “El Piano”, que en 1993 ganó la Palma de Oro) declaró con motivo de su presunta excesiva duración: “Podía haber estado viendo la película dos horas más”.
  • Continúo: la trama se desarrolla en el duro y aisladísimo invierno de la Capadocia actual, fundamentalmente en un pequeño hotel (aquí mejor lo calificaríamos como casa rural), atractivo pero con una casi nula ocupación en plena temporada baja invernal (una pareja de japoneses jóvenes y un motero trotamundos, que parece sólo pernoctan una noche), y en dos casas del entorno, mas unas cuantas secuencias exteriores rodadas en el duro paisaje local.
Aydin en su despacho, con su hermana
  • El dueño del hotel es Aydin, un culto y maduro actor y escritor, casado en segundas nupcias con una mujer bastante más joven, sin hijos de este matrimonio, pero sí una del primero, ya adulta, que nos informan vive en Londres. Conviven con ellos una hermana divorciada del escritor, testigo no muda, y un servidor para todo. La esposa está involucrada en actividades socioculturales del entorno, especialmente orientadas a mejorar la educación de los niños y jóvenes. Es una mujer con inquietudes intelectuales, que desarrolla en su propio grupo de amistades, y escasa vida marital. 
  • La película se inicia con una disputa por el montante de un alquiler entre el escritor (que no parece ser en absoluto un ferviente islamista) y una familia humilde y mucho más tradicional (un matrimonio, con un niño, abuela y un hermano que es un clérigo, aunque no radical) que tienen alquilada desde décadas una vivienda propiedad de aquél.
La esposa
Y con estos pocos personajes, en un ambiente limitado, pero no menos rico y complejo por ello, Nuri Bilge y su esposa Ebru Ceylan, basándose en tres cuentos de Chejov (aquí está el gran acierto de la película, sin olvidar la excelente interpretación, diálogos, fotografía y “ambiente”) nos sumergen con su guión en una profunda introspección en la vida interna, externa y mediopensionista de estos seres tan profundamente humanos. A los que estos temas os interesen, os gustará la película, como les gustó a nuestros grandes amigos Mª José y José Mª (de Juan), que tanto nos la aconsejaron en su última visita, y a los que no, no. 

Se me ha venido a la cabeza un símil: Si sois aficionados a los relojes mecánicos, os fascinará que un experto relojero desmonte delante vuestro toda la maquinaria de uno de éstos mientras descubrís su preciso funcionamiento. Si no, consideraríais estúpido perder vuestro tiempo cuando uno con un encapsulado mecanismo de cuarzo será muy probablemente más exacto y 20 o 50 veces más barato.


Nuri Bilge y Ebru Ceylan
Lo mismo con el ajedrez frente al bingo. Aunque jamás llegaré a ser un aceptable jugador de ajedrez, siempre me quedaré con el juego milenario (en terminología clásica, P4R … y lo que sigue, que diría Ruy López). Vamos, que me sumo a Mª José y José Mª en su consejo de que vayáis a verla… advirtiendo, eso sí, de sus peculiaridades.

Por si fueran de vuestro interés os adjunto los siguientes enlaces: 

Tráiler (VOSE) en Youtube: 
https://www.youtube.com/watch?v=5MeJ8uLGYXM 

“Chejov en la Capadocia” crítica de O. Rodríguez Marchante en ABC:

“Condición sublime” crítica de Javier Ocaña en El País:

“La fría y desnuda condición del hombre” crítica de Luis Martínez en El Mundo:
http://www.elmundo.es/cultura/2014/05/16/53765c33268e3ec37a8b4575.html

Buen CINE, Amigos.

Manrique

domingo, 8 de marzo de 2015

Kingsman: The Secret Service

Vaya por delante que esta  película es una parodia del agente 007 basada en un tebeo que creo que no se ha publicado ni traducido en España. Normalmente este tipo de películas están hechas para seguidores nostálgicos de los productos que imitan, en este caso un tebeo. El juego de cámara, el color, los cambios de plano... incluso el guión te recuerda cada minuto que estás dentro de un comic.

La parte que más me ha interesado es la forma en que este tipo de semiextraterrestres autodenominados British se observan a si mismos y naturalmente sus manías mas conocidas, como por ejemplo su peculiar sistema de clases sociales - acentos - formas de vestir que están presentes en todo el film, naturalmente la autocrítica brilla por su ausencia y de paso les dan alguna colleja que otra a los alemanes y a la monarquia.....sueca!

 Aunque el sello sea americano, 20 Century Fox, la película es British, pero con una importante contaminacion USA ¿ O es la forma en que los americanos ven a los ingleses? para el caso es lo mismo si te gustó Kill Bill esta es tu película.

Si te gustaron las películas de James Bond no se te ocurra ir a ver esta, a no ser que creas conmigo que aquello no podia ir en serio y que antes o después alguien se vengaría con una película como esta.

Si a pesar de todo lo que he dicho vas a verla, dos consejos. Primero creo que es importante ir a verla en versión original, los acentos juegan un papel y segundo consejo, aguanta hasta el final, vale la pena.

martes, 3 de marzo de 2015

Adiós a Berlín



Adios a Berlín

Christopher Isherwood (Chershire, 1904- Santa Mónica, 1986)

Una nota del autor aclara que aunque haya dado su propio nombre al <<yo>> de este relato, los lectores no tienen por qué suponer que sus páginas son puramente autobiográficas, o que sus personajes son difamatorios retratos exactos de personas reales.
Dicho esto, la verdad es que Christopher Isherwood vivió en Berlín entre 1929 y 1933, donde fue testigo de la llegada del partido Nazi al poder.

El libro se compone de seis relatos:
Diario de Berlín (otoño 1930) Fräulein Schroeder, la casera.
Fräulein Kost, Fräulein Mayr y Bobby (se habían puesto de moda los nombres ingleses).
Sally Bowles. Ma-ra-vi-llo-sa, según Fritz Wendel. (Fritz el que hace el café más fuerte de todo Berlín). Quizás nos recuerde a Liza Minelli en Cabaret. Película de 1972, de Bob Fosse, que hace una versión un poco más libre de este relato.

En la isla de Rügen (verano de 1931), conoce a Peter, un inglés torturado por la ansiedad que le produce su relación con Otto, un alemán caprichoso.
Los Nowak. Christopher se va a vivir con los Nowak, que viven en un ático con goteras.
Los Landauer. Christopher inicia la amistad con Natalia Landauer una joven judía. Después conocerá a Bernard, primo de la anterior y se iniciará una amistad que Christopher lamentará no acabar de comprender del todo.
Diario de Berlín (invierno de 1932-1933)

El Christopher de la novela se gana la vida dando clases de inglés,a niñas con poco interés de aprenderlo. Vive en una pensión, con una colección de personajes variopintos. Conoce a personajes increíbles, como Paul Rakowski o George P. Sandars, ¿polaco o estadounidense? Frecuenta tugurios, La Troika, El Lady Windermere, El Casino Alexander.

Dígame, por favor, ¿por qué vino a Alemania?
Le dije que Alemania me parecía un país muy interesante.
No hay que decir más, Christopher está abierto a todo, pero también es muy reservado, quiere sentirse uno más en esa ciudad y algunos berlineses lo ven así.
Descripciones inolvidables, melancólicos destinos, sueños imposibles; todo esto y mucho más es Adiós a Berlín.

La editorial Acantilado ha tenido la genial idea de reeditar este libro de 1939, para deleite de los lectores españoles.


Debo aclarar algo sobre el personaje de Sally Bowles de Adiós a Berlín, es aventurera, alocada, frívola y un poco ingenua. Christopher dice de ella que se le engaña fácilmente; está más cerca de la Holly de Desayuno con diamantes que de la Sally de Cabaret.









jueves, 26 de febrero de 2015

Cuaresma, tiempo de Requiem

El que suscribe este comentario, miembro de este interesante blog de Manrique, os comunica que el próximo jueves, 5 de marzo, en el cénit de la Cuaresma, cantará el Requiem en re menor, de Wolfgang Amadeus Mozart, en el Auditorio Nacional de Música de Madrid. Obviamente, yo no cantaré en solitario la inmortal pieza del genio de Salzburgo sino en compañía de otros cuatrocientos intérpretes aproximadamente, entre tenores, sopranos, contraltos y bajos-barítonos. Os aclaro tamboién que yo pertenezco a esta última tesitura vocal. Se trata de un concierto con la orquesta Filarmonía, bajo la dirección del acreditado maestro y compositor Pascual Osa, cuatro solistas y un coro participativo, así denominado porque en él convergemos voces de distintas agrupaciones corales que responden a una convocatoria de una agrupación determinada. Por lo que a mí respecta, añado que formo parte de otros dos coros: ExNovo (de cámara) y Fundación Gredos San Diego, donde se alternan los temas a capella con piezas acompañadas por orquesta.
Aunque apenas tengo formación musical –solo hice un curso de solfeo cuando estuve en el seminario en mi adolescencia-, llevo más de diez años formando parte de distintos coros que me han dado muchas satisfacciones y me han permitido desarrollar mis cualidades vocales en esta etapa postrera de mi existencia, tras la obligada jubilación. Con Filarmonía ya he hecho anteriormente dos participativos, también en el Auditorio Nacional: Carmina Burana, de Carl Orff, y la Novena Sinfonía – el llamado Finale Coral- de Beethoven. Según me informan en Filarmonía, ya quedan muy pocas entradas para este concierto –en el Centro Cultural Eduardo Urculo (tfno. 917321255), donde ensayamos, os pueden aclarar cuántas localidades quedan y a qué precios, por si estuvierais interesados en acudir a esa velada-, que cuenta con un programa muy atractivo. En la primera parte, la orquesta Filarmonía, con Enrique Pérez Piquer como solista, ejecutará el emotivo Concierto para clarinete en La mayor K. 622, el último que compuso Mozart, alguno de cuyos pasajes se pueden escuchar en la película Memorias de Africa, de Sydney Pollack, aunque la banda sonora fuera de John Barry. En la segunda parte, se interpretará el susodicho Requiem, que Mozart dejó inacabado, como muchos de vosotros sabréis. El 5 de diciembre de 1791, en torno a la una de la madrugada, el genio austríaco dejó de existir a consecuencia de una enfermedad sobre la que los expertos aún no se han puesto totalmente de acuerdo –aunque estudios recientes atribuyen el deceso a una bronconeumonía aguda, el compositor estaba obsesionado con la idea de que algún enemigo suyo le había envenenado- y cuando aún no había cumplido 36 años. ¿Qué obras insuperables no hubiera legado a la posteridad este extraordinario creador de haber vivido diez o quince años más? Supongo que todos vosotros recordaréis la película Amadeus, de Milos Forman –a partir de la obra teatral del británico Peter Shaffer-, en la que se dramatiza la rivalidad del mediocre músico italiano de la corte imperial de Viena Antonio Salieri –quien paradójicamente vivió 75 años pero no ha pasado a la posteridad precisamente como genio excelso de la música, aunque alguna de sus obras todavía figura en los repertorios menores- con Mozart, y donde se especula con la posibilidad de que fuera el responsable del supuesto envenenamiento del autor de Le nozze di Figaro (Las bodas de Fígaro) y Die Zauberflötte (La flauta mágica). Al margen de la verdad desconocida, en ocasiones impregnada de leyenda, en torno al final de la vida de Mozart, el Requiem está considerado como un testamento musical tan patético como sobrecogedor, y uno de los más interpretados, sino el que más, desde hace más de dos siglos por las mejores orquestas y coros de todo el mundo. En relación con la génesis de esta obra, está suficientemente contrastado que, hacia mediados de 1791, Mozart recibió el encargo de componer el Requiem para los funerales de la difunta esposa –muerta a edad temprana- de un noble y músico aficionado llamado Franz von Walsegg. Este pretendía hacer pasar la composición como obra suya ante sus amigos y familiares, por lo que envió a un emisario a la casa del compositor con una importante cantidad de dinero por adelantado para acelerar el proceso de creación de la pieza. Sin embargo, Mozart estaba en esos momentos muy ocupado con un viaje a Praga para presentar su ópera La clemenza de Tito. Pero la presencia constante del misterioso emisario del noble requiriendo de manera imperativa la conclusión del Requiem, provocó una crisis emotiva de tal calibre en Mozart que finalmente el músico pensó que un personaje sobrenatural le estaba demandando para ilustrar su propio oficio de difuntos final. Sea como fuere, el compositor austríaco no se puso ante la partitura en blanco hasta el otoño del año de su muerte. y cuandop su salud empezaba a resquebrajarse a marchas forzadas. El Requiem consta de catorce partes, pero el compositor solo dejó completamente terminadas ocho –el manuscrito original se interrumpe en el octavo compás de la Lacrimosa-, y el resto fue completado por uno de sus discípulos predilectos, Franz Xaver Süsmayr (1766-1803). Sin embargo, el hecho de que este músico discreto concluyera los pasajes de la partitura que faltaban no quiere decir que “terminara él mismo de componer” la obra, si bien varios expertos coinciden en que en el Sanctus es donde mas se ve la mano del aventajado discípulo. El genio de Salzburgo concibió su Requiem como un todo, en el que quedaron esbozadas desde el Introitus hasta la Communio y Lux Eterna, epílogo en el que una fuga sobrecogedora sitúa al oyente en la puerta de acceso al más allá. Debemos recordar en este punto que, en los últimos años de su existencia, Mozart era un afiliado ejerciente a la masonería y acudía con regularidad a las logias vienesas donde se discutía, entre otras cosas, sobre los aspectos que podían resultar sobrenaturalmente armónicos para el ser humano. No obstante, las anotaciones orquestales y los tiempos de las escalas vocales quedaron escritas o al menos pergeñadas en su práctica totalidad, según varios amigos que visitaban a Mozart durante la composición de esta misa de difuntos en los días previos a su último suspiro.
Aunque se han compuesto decenas de obras relacionados con este tema a lo largo de la historia, con diferentes matices y estilos, en nuestros días ha sobrevivido en torno al medio centenar, destacando, aparte del Requiem que nos ocupa, el Officium Defunctorum (1603), de nuestro compatriota Tomás Luis de Victoria; y los de Cherubini (1836), Hector Berlioz (1837), Bruckner (1848), o Liszt (1868). No podemos olvidar, dentro de este género, cumbres de misas fúnebres como Un Requiem alemán (1869), de Johannes Brahms, o el segundo más celebrado de todos a lo largo de la historia, el Requiem (1875), de Giuseppe Verdi, compuesto por el excelso genio italiano en memoria del poeta italiano Alessandro Manzoni. Ya casi al filo del siglo XX, son también memorables los que compusieron los franceses Gabriel Fauré (1879) o Charles Gounod (1893), o el checo Antonin Dvorak (1890). Y del siglo XX, yo destacaría especialmente cinco Requiem´s: los del húngaro György Ligeti (1965) –recordaréis que Stanley Kubrick utilizó numerosas partituras de este compositor para ilustrar muchas escenas de algunas de sus películas-, el ruso Igor Stravinski (1966), el polaco Krzysztof Penderecki (1990), el inglés Andrew Lloyd Weber (1984), y por encima de todo el tenebroso War Requiem (1961), del británico Benjamin Britten, compuesta con motivo de la reapertura al culto de la catedral de Coventry, destruida por la aviación nazi durante la Segunda Guerra Mundial y como homenaje a los millones de víctimas de aquella espantosa contienda que sembró Europa de millones de cadáveres. Si no podéis acudir a este concierto, os recomiendo que disfrutéis de las magníficas versiones de esta extraordinaria composición, bien rebuscando en vuestra discoteca bien rastreando youtube. Yo destacaría dos versiones por encima de todas –incluso frente a la de Herbert von Karajan con la Filarmónica de Berlin- que os recomiendo: en primer lugar la del austríaco Karl Böhm. Su ejecución, fechada en 1971, tiene como escenario la basílica de los Escolapios de Viena, con la participación de la orquesta sinfónica de esa ciudad y el coro de la Staatsoper, y con Gundula Janowitz (soprano), Christa Ludwig (contralto), Peter Schreier (tenor), y Walter Berry (bajo), en los papeles solistas. En segundo lugar, la versión del británico sir Colin Davis, a partir de una grabación de 1967 –insuperable realmente-, en la que dirige a la Orquesta Sinfónica de la BBC y al coro John Alldis, con Helen Donath (soprano), Yvonne Minton (contralto), Ryland Davies (tenor), y Gerd Nienstedt (bajo). ¡Que lo disfrutéis! Javier PARRA

Los Oscar de 2015: "Birdman", "El Gran Hotel Budapest" e "Ida", más algunos flecos y menos un reconocimiento


Queridos Cinéfilos:

Al final, "Birdman" ha copado los óscar a mejor Película, Director, Guión original y Fotografía, vamos, ha sido bastante merecidamente la gran triunfadora, mientras que "El Gran Hotel Budapest" se consuela con los más técnicos de Diseño de producción, Banda sonora, Vestuario y Maquillaje, e "Ida" ha ganado el óscar a la mejor película de habla no inglesa.

El domingo pasado, a las 21:11, le comenté en un correo a un gran amigo (no Cinéfilo), justo tras la reñida victoria del Real Madrid sobre el Barcelona en la final de Copa del Rey de baloncesto:

 Ha merecido la pena que esta tarde no fuera a la Filmoteca-Doré a las 20:00 para ver "Manderlay", ¡¡continuación de "Dogville"!!, que sólo daban hoy, y me quedara en casa ante la tele para ver como le "daban caña" al Barça.

Ahora ya sólo queda que esta noche: 
  • "Ida" gane el óscar a la mejor película de habla no inglesa y celebraremos que Dreyer y Bergman hayan resucitado. 
  •  La rompedorasísima  "El Gran Hotel Budapest" gane el de Mejor Película. Bueno, seamos generosos: No nos enfadaríamos si se lo dieran a "Birdman". 

Casi se han cumplido mis deseos, aunque, la verdad es que me ha quedado un amago de sabor amargo porque no le hayan dado el óscar para Mejor Actor a Michael Keaton, que borda su papel en "Birdman" ... y no parece probable que vaya a tener muchas más oportunidades futuras.

Justamente al revés: ya era hora de que Julianne Moore ganara un óscar, aunque sea debido al efecto de ventaja "buenista" que, mira por donde y en mi opinión, comparte su personaje protagonista en "Siempre Alice" con el equivalente Stephen Hawking de "La teoría del todo" que le ha valido al insultantemente joven Eddie Redmayne dejar ayuno al curtido Michael Keaton: ambos personajes sufren sendas enfermedades que nos aterrorizan (respectivamente Alzheimer y ELA), que, valga el sarcasmo, son un "filón de oro" para interpretarlos y, de rebote, ganar un óscar por el guiño sentimental a los jueces. No he visto "Siempre Alice", pero sí su tráiler hace pocas semanas y me pareció que la película debe ser perfectamente prescindible (todas las escenas me parecieron melodramáticamente estudiadas para ser muy efectivas, subrayado porque la protagonista empieza a desarrollar su enfermedad relativamente joven), como a continuación trato de justificar razonadamente.

Puestos a premiar buenas interpretaciones de mujeres que se "despeñan" en el abismo del maldito Alzheimer, habría que recordar a los doctos académicos votantes de los premios que ya había dos claros antecedentes de sendas excelentes actrices que representaron papeles similares al de Julianne Moore en "Siempre Alice", que también ambas ganaron el Globo de Oro y fueron nominadas al óscar por sus respectivos papeles, como Julianne Moore, pero a ellas dos no se lo concedieron, a pesar de que en ambos antecedentes no daba la impresión de que se hubiera melodramatizado en exceso el guión:
  • Judi Dench por "Iris" (2001), donde representaba, con sumo realismo, la historia verídica de los últimos años de la muy famosa escritora Iris Murdoch, con Kate Winslet en el papel de Iris siendo joven.
  • Julie Christie por "Lejos de ella" ("Away from Her" 2006), primera película  dirigida por la notable y joven actriz Sarah Polley, también autora del guión (basado en una historia de la Nobel Alice Munro). Nuestro colega en el Foro José Mª de Juan (Cinéfilo de corazón y cerebro,... lo que hace mucho más indefendible que no nos haya escrito nada en los últimos n años, como "doloridamente" le recriminé ayer), me la recomendó mucho ... y al final la vi, ya en TVE2, a pesar del sacrificio que me suponía comprobar cómo la actriz que he considerado más atractiva en toda mi vida, de la que me "enamoré" a mis 18 años, como os he confesado más de una vez (¡que sarcasmo!, el título de la película suya que me dejó impactado, empezaba por la misma palabra, era "Lejos del mundanal ruido", de John Schlesinger, pero ... 40 años antes que "Lejos de ella"), representaba con extraordinario y mensurado realismo un caso extremo de degradación mental y física, sin que por ello le concedieran el que hubiera sido su segundo óscar, tras robarle anteriormente otra oportunidad de tener dos (el primero y único lo ganó con "Darling" en 1965, también dirigida por John Schlesinger, que fue su lanzamiento, inmediatamente después rodó "Doctor Zhivago") en su merecida nominación por "Afterglow" (1997), cuando los académicos se lo "regalaron" a Helen Hunt por un bobo papel de anémica física y mental  en "Peor ... imposible" (sí, ya sé que es "Mejor...", pero realistamente yo le he "mejorado" el título a semejante simpleza propia de Telecinco), dirigida por un émulo de Mariano Ozores en versión americana y con la más tópica y peor interpretación de Jack Nicholson que recuerdo. ¡¡Y también a él le dieron el óscar!!. Por favor, vedla o volved a verla y recapacitad si no llevo razón con las ridiculeces sin límite de semejante bodrio.

No he visto (pero sí deseo y espero hacerlo) "Boyhood", "La teoría del todo" y "The Imitation Game"; me remito a lo que ya he escrito en este Foro sobre "Birdman" , "El Gran Hotel Budapest"  e "Ida", recomendando que las veáis e informando que las dos últimas, que se estrenaron en España hace un año y lógicamente desaparecieron de las carteleras en junio pasado o así, han sido repuestas en varios cines (especialmente de las cadenas Cinesa o Renoir) desde hace una semana, cuando ya se apostaba por ellas para los óscar. 

Una curiosidad al respecto: en un reportaje de "Días de Cine" en La 2, el distribuidor de "Ida" comentó que ahora (y lo dijo cuatro días antes de la entrega de los óscar), si tuviera que comprar sus derechos de distribución, tendría que pagar diez veces más que hace un año (cuando sólo se estrenó en 19 salas de toda España, frente a las 709 de "Capitán América" , como os comenté sobre "Ida" en abril pasado).    

Buen CINE, Amigos

Manrique 

jueves, 19 de febrero de 2015

Tánger: Los bereberes del sur

Lo de bereberes del sur viene de un viaje a Ouarzazate hace ya bastantes años. El empleado de una gasolinera en mitad del valle del Draa me preguntó de donde era, en un francés bastante macarrónico. Cuando, con mi francés todavía más macarrónico que el suyo, le expliqué que de “Al Andalus”, elevó la mirada al cielo y exclamó “Berbers du Nord!” O sea que si los gaditanos somos bereberes del norte, los tangerinos serán bereberes del sur, digo yo.

De Cádiz a Tarifa se tarda poco más de una hora en coche, lo que permite incluso acercarse a Tánger a pasar el día. Vamos, que tenemos más cerca Tanger que Málaga.

Al llegar a la estación marítima, nos topamos con el primer error del viaje: haber sacado los billetes con antelación. Un cartel en la ventanilla de Intershiping anunciaba que el ferry de las 18:00 estaba cancelado, y que la siguiente salida sería a las 20:00.

Por suerte, en un cuarto de hora zarpaba un ferry de otra naviera. Pagamos un nuevo billete, con la difusa esperanza de recuperar el dinero pagado a Intershipping, y embarcamos a la carrera, coincidiendo en la rampa de coches con un coro completo, con sus laudes, sus bandurrias y sus maletones con el vestuario. Por lo que hablaban, creo que iban a actuar a Tánger, aunque allí no haya carnavales.

Ya instalados a bordo, y antes incluso de largar amarras, vimos que se formaba una larga cola en el salón de la cafetería; por si acaso, yo me puse en la cola, sin saber todavía para qué servía. Al cabo de un cuarto de hora, mientras la fila avanzaba lentamente, por la megafonía del barco anunciaron que “el control de pasaportes se encuentra situado a la izquierda del barco”. Teniendo en cuenta que los barcos no tienen izquierda ni derecha, sino babor y estribor, y que el funcionario marroquí que sellaba los pasaportes se sentaba a estribor, el anuncio resultaba un tanto confuso. Eso sí, lo siguieron repitiendo cada dos minutos hasta que llegamos a Tánger, añadiendo versiones en inglés y en francés. Ni rastro de árabe.

Con el sellado del pasaporte hay que tener un poco de cuidado. Si ya has visitado Marruecos con el mismo pasaporte, al lado de los sellos de entrada y salida tendrás impreso un número de registro. En ese caso, conviene que se lo enseñes al funcionario. Si no lo haces y él no se da cuenta y te estampa un segundo número, puedes tener serios problemas a la salida de Marruecos.

Como en invierno hay que atrasar una hora el reloj al pasar de España a Marruecos, acabamos llegando a Tánger a la misma hora en que salimos de Tarifa. Los controles de entrada, en temporada baja, fueron razonablemente ágiles y ordenados, y después de declinar cortés pero firmemente varias ofertas de “grand taxi” (Mercedes de enésima mano que no usan taxímetro), salimos de la terminal y nos acercamos a una fila de oficinas prefabricadas, una de las cuales albergaba una casa de cambio de divisas.

El cambista, con la amabilidad típica marroquí, buscó nuestro hotel en Google Maps y nos trazó un detalladísimo mapa para llegar hasta él andando. Vamos, tan detallado que necesitó dos folios enteros para dibujarlo.

Entre la apertura del nuevo puerto de Tanger Med, que ha absorbido todo el tráfico de carga y gran parte del de pasaje, y el dinero aportado por la Unión Europea, el puerto está cambiando a toda velocidad. Se han derribado galpones, casetas y otros tugurios, se han eliminado los aparcamientos de camiones, y lo más vistoso, se están recuperando las fortificaciones de la Medina que miran al mar. Se nota que están apostando por el turismo, una vez perdido casi todo el negocio portuario.

Lo que no ha cambiado nada es la Medina. El mismo laberinto de callejuelas, escalones y pasadizos, las mismas tiendas de alimentación, de recuerdos, de ropa tradicional, barberías, farmacias, sastres semi callejeros, fabricantes de parchís, perfumerías a granel, panaderías. El mismo barullo incesante de chiquillos jugando, comerciantes charlando a la puerta de sus negocios, amas de casa cargadas con la compra del día, algunos turistas despistados, y hasta hippies siguiendo las huellas de Bowles y Kerouac.

Sí que eché en falta a los numerosos inmigrantes subsaharianos (negros, en lenguaje tradicional) que en visitas anteriores se veían deambulando en torno a las pensiones baratas cerca del Zoco Chico, a la espera de una ocasión para cruzar el Estrecho. Parece ser que la policía los ha expulsado de la ciudad, y que ahora malviven entre la costa del Estrecho y la carretera Tánger-Tetuán.

Después de un paseo de media hora, llegamos al hotel, La Tangerina, ubicado en lo más alto de la Kasbah, justo al lado del antiguo palacio del Sultán. Una buena casa familiar de comienzos del siglo pasado, restaurada, acondicionada y decorada con un gusto exquisito por sus dueños, Jürgen y Farida. La casa se organizaba en torno a un patio cubierto por una montera, rodeado por arcos en la planta baja y por galerías en los pisos altos, y está rematada por una azotea en dos niveles, con vistas a la ciudad, a la playa, al Estrecho y a España. De noche se distinguían perfectamente las luces de Gibraltar por el este y dos faros al norte, que pensé que serían los de Trafalgar y Roche.

Nuestra habitación se dividía en tres ambientes: un dormitorio minimalista, ocupado casi completamente por una cama, un saloncito decó con cama turca y escritorio, y un cuarto de baño ultra moderno, pero decorado al estilo marroquí.

Tras registrarnos y deshacer el escaso equipaje salimos, ya de noche, a dar un paseo por la Kasbah. Muy poca gente, callejones sin salida, escaleras arriba y abajo, paredes teñidas de almagre o de añil, una mezquita en obras en la que se prohíbía el paso a los infieles…

Seguimos bajando a través de toda la Medina, el Zoco Chico y el Zoco Grande, hasta el Bulevar Pasteur y sus edificios decó, entre los que destacan la Librería de las Colonias, el Hotel Rembrandt y La Grand Poste. Son los restos que sobreviven de la época más cosmopolita de Tánger, la de la Conferencia de Algeciras y la  Zona Internacional, administrada entre 1925 y 1940 por  Bélgica, España, Estados Unidos, Francia, Italia, Países Bajos, Portugal, el Reino Unido y la U.R.S.S.

Tiempos de espías, de agentes dobles o triples, de contrabandistas, de casinos y cabarets, pero también de miseria, prostíbulos y explotación. De guerra mundial y de guerrillas, de rifeños y sus kabilas contra españoles y regulares. Por cierto, para conocer cómo era la vida de los quintos españoles que venían a morir a esta absurda guerra del Rif, nada como “La forja de un rebelde”, de Arturo Barea, uno de mis escritores favoritos.

El Bulevar Pasteur rebosaba de la animación típica de un viernes por la noche, los innumerables cafés, llenos hasta arriba de hombres pero vedados de facto a las mujeres, la juventud paseando por las aceras o concentrada en lo que debe ser lo más moderno de la ciudad: el centro comercial Tanger Boulevard, con sus cafés cool como el Passion, sus pizzerías familiares y su terraza-mirador pública para los muchos que no podían pagarse una consumición.

La vuelta andando al hotel se nos hacía, literalmente, muy cuesta arriba, así que estirándonos un poco cogimos por sesenta céntimos de euro un petit taxi hasta la Plaza del Tabor, escuchando por el camino las quejas del taxista sobre lo mal que estaba la vida, lo cara que era la gasolina, y el dinero que perdía al aceptar una carrera tan corta como la nuestra. Nada nuevo.

Nos metimos a cenar en el que está considerado como uno de los mejores restaurantes de la ciudad, Le Morocco Club. Ya el jefe de sala que nos recibió, un negro espectacular, auguraba que aquello no era un sitio del montón, pero lo que siguió superó ampliamente nuestras expectativas. Los platos, es verdad que no muy abundantes, estaban excelentemente preparados y delataban la existencia de un cocinero de categoría. Pastela inidvidual en forma de rollito de primavera, presentada sobre un lecho de cebolla caramelizada y azafrán; cromesquis de queso de cabra con compota de pera, y molde de tajin de cordero con cuscús competían en calidad. El vino, un Ait Souala mezcla de uvas merlot, tannat y arinarnoa, tenía verdadero sabor a frutas del bosque y era suficientemente digno para un país de mayoría musulmana y abstemia.

Los postres merecen un capítulo aparte. Tanto el tiramisú sobre salsa de rosas y lichis como el “chocolatíssimo”, que combinaba cinco tipos diferentes de chocolate, eran difícilmente superables. Como broche final una copa –cortesía de la casa- de auténtico limoncello. No ese chupito de licor aguado que sirven en muchos restaurantes españoles, sino una auténtica copa de alcohol de noventa con limón y azúcar. Eso sí, el precio no se quedó atrás.

El sábado amaneció lloviendo, pero después un desayuno acorde con la categoría del hotel nos abrigamos y volvimos a bajar hasta el centro, aunque esta vez por el exterior de las murallas, por la Rue de la Kasbah y Rue d’Italie, recorriendo lo que en su día fue el barrio español y viendo lo poco que queda de locales míticos como el café Colón o los cines Capitol y Alcázar.

Ya en el Zoco Grande recorrimos primero el mercado municipal, visita para mí obligada. Los puestos de encurtidos y de especias son los más fotogénicos, pero la nave del pescado no tiene nada que envidiar al mercado de Cádiz. Nada de piscifactorías, todo pesca artesanal. Lubinas y doradas salvajes, marrajos de más de un palmo de diámetro, meros de diez kilos, y una enorme variedad de pescados, todo colocado artísticamente para llamar la atención de los compradores.

Como seguía jarreando, después de patearnos el mercado nos compramos un enorme paraguas y nos lanzamos de nuevo a perdernos sistemáticamente por las esquinas más recónditas de la Medina, lejos de las principales calles comerciales. Los callejones subían serpenteando hacia la Kasbah, se bifurcaban, se internaban por pasadizos bajo las viviendas, se abrían en plazoletas con gatos, niños y gallinas, y la mayoría de las veces terminaban en un rincón sin salida.

Cuando llegamos a lo más alto, vuelta a bajar, pero ahora siguiendo las callejuelas más cercanas al talud que mira hacia el mar, en torno a la Calle de las Aceitunas. Paseando entre hornos donde seguían haciendo el pan con leña de eucalipto, sastres sin máquina de coser, jóvenes parados que intentaban ganarse la vida sirviéndonos de guía y motocarros cargados de bombonas de butano o de material de construcción, llegamos al mítico e incombustible Hotel Continental. Dicen las malas lenguas que no ha recibido una limpieza a fondo desde sus años de gloria, cuando la aduana estaba ubicada justo a sus pies y era el único hotel de categoría en toda la Medina, en la época en que allí se alojaban artistas de cine, escritores y tahures. No sé si será cierto, pero puedo dar fe de que en mi última estancia me volví a encontrar, intacta, la huella que en el anterior viaje había trazado con un dedo en el polvo que cubría el espejo del vestíbulo del segundo piso.

Todavía fuimos capaces de caminar un par de kilómetros más bajo la lluvia, a lo largo del Bulevar Mohammed V, hasta que encontramos un restaurante que nos gustara y donde sirvieran alcohol. El Tangerino (nada que ver con nuestro hotel La Tangerina) era el típico restaurante de pescado y marisco, sin una gran cocina pero con mercancía de muy buena calidad. El dueño, ataviado con abrigo y sombrero, ejercía a la vez de maitre, de cajero y de jefe de sala.

Cuando salimos del restaurante, había escampado: el paraguas había cumplido su misión. Cuando viajo, he comprobado que la mejor manera de que deje de llover es comprar un paraguas; me ha funcionado en todo el mundo menos en Galicia. Lo malo es que en los viajes largos tengo que cargar con él todo el viaje. Si lo pierdo o lo abandono, suele volver la lluvia.

Un poco cansados de tanto caminar, otro petit taxi nos llevó hasta Casabarata, el Rastro de Tánger, un enorme mercado de ropa nueva y usada, zapatos, comida, electrodomésticos, material de construcción, antigüedades… En fin, todo lo que uno se pueda imaginar y bastantes cosas más. Una tienda con las estanterías atiborradas de cargadores y mandos a distancia de todo tipo de aparatos, apilados sin orden ni concierto. Otra en la que no se podía ni entrar, literalmente llena de taladros, de martillos neumáticos, de radiales, de sierras mecánicas, y de la que un dueño mal encarado me prohibió hacer fotografías. Un poco más allá, una zapatería con varios  miles de zapatos usados, embutidos a presión en los estantes o colgados del techo en racimos. Al lado, una barbería de unos dos metros cuadrados, donde cabían muy justos el sillón, el barbero y el parroquiano. Enfrente una casa de comidas, en la que un par de docenas de hombres mojaban pan en cuencos de harira, sentados en banquetas frente a un par de mesas corridas. En un rincón, tres esteras y una foto de La Meca acotaban un espacio para la oración.

Agotados, pero no rendidos, todavía tuvimos fuerzas para pelear por un taxi que nos devolviera al  Zoco Grande, a hacer las compras de rigor. Galerías Tinduf, el Zoco Chico y la Medina conforman un triángulo de las Bermudas del que no es fácil escapar sin un par de cuencos, una chilaba o una cajita de madera de cedro.

Caímos por fin en el hotel, ahora sí que exhaustos. Un par de horas de lectura y escritura junto a la chimenea, con un buen programa de jazz de fondo, nos revivieron lo suficiente como para ir a cenar al Hammadi, un restaurante tradicional en el extremo más bajo de la Rue de la Kasbah. Música en directo, harira y tajín de cordero con orejones y ciruelas pasas nos mandaron directamente a la cama. Ahora sí, con los pies en alto, dimos por bien aprovechado el día. Total, solo habíamos estado caminando unas nueve horas.

El domingo arreció el viento norte, que tenía a media España cubierta de nieve, y el encargado del hotel nos recomendó que nos volviéramos a España cuanto antes, ya que a mediodía se esperaba un empeoramiento del tiempo y podía llegar a suspenderse la salida de los ferries. Deliberación y cambio de planes. En lugar de visitar el cercano Museo de la Kasbah, que por otra parte ya teníamos muy visto de viajes anteriores, cogimos un petit taxi para intentar pillar el ferry de las once.

Como era de suponer, al llegar a la estación marítima nos enteramos de que lo habían suspendido por algún motivo desconocido, y que el siguiente zarpaba a  la una. Eso sí, en la oficina de venta de billetes se ofrecieron a cuidarnos el equipaje. Desorganización + amabilidad = normalidad.

Incapaces de esperar dos horas sentados en la horrorosa terminal de pasajeros, vuelta al centro para hacer las últimas y absolutamente evitables compras: cuatro clases diferentes de aceitunas, pastelillos surtidos, dos hogazas de pan de leña y unas pastelas de pollo. A punto estuvimos de comprar pescado para la semana, pero nos dio miedo de que acabaran cancelando todos los ferries y nos encontráramos varados en Tánger con varios kilos de pescado, por muy fresco que fuera.

La seguridad en la estación marítima era, por decirlo suavemente, laxa. Un enorme cartel a la entrada, flanqueado por dos policías que ni nos miraron decía: “Terminantemente prohibida la entrada sin la acreditación de la autoridad portuaria”. Paso obligado de pasajeros y equipajes a través de sendos escáneres, que no funcionaban. Rellenamos los formularios amarillos de salida, que entregamos en el control de pasaportes. Al lado, una oficina acristalada, cerrada, y llena de pilas de formularios amarillos usados, que subían hasta el techo y luego caían hasta el suelo cual una cascada. ¿Para qué valían los formularios? Misterio.

Y por fin, tras un nuevo retraso y otra hora de travesía en una mar bastante agitado, llegamos de vuelta a Tarifa, con un poquito de África en la mirada y la mente.

Una excursión fácil y agradable que recomiendo a cualquiera que se acerque por Cádiz provisto de pasaporte.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Tres autores del siglo XX

Philip Roth, Murakami y Patrick Modiano

Cuentan, que fue tan discutida la última concesión del nobel de literatura entre los partidarios de Roth y los de Murakami, que, al final se lo llevo Modiano.

La trayectoria del autor americano es de sobra conocida y reconocida: Premio Pulitzer por Pastoral americana en 1997. En 1998 recibió la Medalla nacional de las Artes y las Letras en la Casa Blanca, y la Medalla de oro de Narrativa. Ha sido galardonado en dos ocasiones con el National Book Award y el National Book Critics Circle Award. Ha ganado el PEN/Faulkner Award tres veces. En 2005, La conjura contra America obtuvo el Premio de la Society of American Historians. Ha recibido los dos premios PEN de mayor prestigio: en 2006 el PEN/Nabokov Award y en 2007 el PEN/Saul Bellow Award por logro en literatura estadounidense. En 2011 se ha sumado a esta formidable lista el Man Booker International. Premio príncipe de Asturias 2012. A pesar de tan larga lista, creo que me dejo algún premio más.

He leído algunos de sus mejores libros y me quedo con Pastoral americana, me parece imprescindible para profundizar en el alma americana, para conocer la sociedad del siglo XX y si esto no fuera suficiente, porque esta tan magníficamente bien escrito que apetece releerlo; yo lo he hecho dos veces y cada vez me gusta más.
Philip Roth va derecho al tema que más le preocupa, no da un rodeo, no elude ningún asunto por espinoso que sea, es valiente y audaz. Y, además, su tono narrativo es tan ameno que, por muy agotado que te encuentres de leer, eres incapaz de dejarlo.
Puedo recomendar otros libros suyos como La mancha humana, Zuckerman encadenado, Me casé con un comunista o Némesis.



De Murakami ya se ha hablado en este Foro, así que no voy a añadir nada.

Vamos con Modiano, autor que yo desconocía antes de darle el Nobel así que me lancé con el primero que encontré que resultó ser el último publicado: La hierba de las noches. Es difícil poner adjetivos a este libro o a los siguientes que he leído del mismo autor. Voy a intentar hacer un retrato aproximado: los personajes son como sombras, no sólo para el lector sino para ellos mismos, no se creen si son reales o imaginados, lo que no quiere decir que no sufran, o amen o huyan de peligros reales o imaginados. Pero no se trata de un tráiler, aunque se pueda leer así, es como si todo, ya estuviera dicho, sabido, pero no olvidado, por lo tanto, obsesiona. Modiano se desplaza a épocas que no ha vivido y las imagina tortuosas, agobiantes, sin esperanza, pasados que siempre vuelven para no dejarnos en paz.
En fin es un autor original, que puede angustiar, objetivo que parece proponerse.
Otros libros leídos  son: Trilogía de la ocupación, El horizonte, Calle de las tiendas oscuras. Títulos, astutamente bien elegidos para atraer al lector. Pero  su lectura ya es otro cantar, siempre parece que le falta algo, queremos saber más, pero nos lo niega, parece como si dijera quedaros con esto, es bastante. Así que al final, estamos casi igual que al principio. Produce una especie de vacío. ¿Es esto lo que se ha propuesto el autor?