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jueves, 17 de abril de 2025

Hair

Durante años, en mi adolescencia, tuve la fortuna de que mi hermano, cinco años mayor, compartiera conmigo sus descubrimientos musicales —entre otras muchas cosas. No sé qué hubiera sido de mí sin él. Posiblemente, mi vida habría sido más gris, más plana, más aburrida. Carlos escuchaba infinidad de programas de radio: era, para nosotros, la forma más barata y emocionante de obtener información. Así supe que a Cádiz llegaría un musical llamado Hair. Corría el año 1977. Carlos ya era hippie; yo iba camino de serlo, aunque no me resultaba fácil porque ni mi madre ni mi novio estaban por la labor… y mucho menos las monjas del colegio. Aun así, mi estética ya había evolucionado hacia 'las flores en el pelo al viento'.

No recuerdo con exactitud cómo sucedió, pero fui con varias amigas del colegio a la plaza del Falla. El musical se representaba allí, en ese apreciado teatro. No teníamos pensado entrar, nuestros padres no lo hubieran permitido; en aquella obra se hablaba abiertamente de amor libre, sexo, interracialidad, drogas... ¡¿Cómo?! Y, para colmo, los actores se desnudaban en escena. ¡Qué escándalo! Yo podría haber roto las reglas y prohibiciones, como en otras ocasiones, para ir a verla, pero no tenía dinero. Me conformé con esperar en la plaza y mirar, embelesada, el cartel anunciador.

Pero la vida —que siempre ha sabido sorprenderme desde muy pequeña— también lo hizo aquella tarde. De pronto, un grupo numeroso de jóvenes apareció: era el elenco de Hair. ¡Allí estaban! Se arremolinaron entre quienes nos encontrábamos en la plaza y, sin previo aviso, comenzaron a cantar las estrofas finales de “Let the Sun Shine In!”. Caras sonrientes, gestos abiertos, manos suaves, pelos al viento, pies descalzos, miradas limpias. Fue un regalo inesperado que me arropó como un abrazo envuelto en papel de seda.

Anoche, casi cincuenta años después, aburrida mientras hacía zapping, me sobresalté: ¡Hair, en una cadena de Movistar! No la había vuelto a ver desde que la vi en el cine a principios de los ochenta. ¿Cómo había pasado tanto tiempo sin volver a verla? y eso que he cantado “Let the Sun Shine In!” en mil ocasiones: cuando en una peluquería de barrio en Madrid me frieron el pelo por error y salí con una melena afro; o cuando me canso de escuchar eso de “¡qué largo tienes el pelo!” o “¿cuándo te lo vas a cortar?” o "¡qué pelos, hija!". En lugar de mandarles a paseo, sonrío y pienso: let the sun shine in. Incluso cuando la vida me pesa, canto: let the sun shine in.

Volví a cantarla anoche. Vi una película antibélica magistral, llena de contrastes. Descarnada. Desnuda. Valiente. Contestataria. Bella, plástica, imposible de olvidar, con una banda sonora que te agita y te cala hasta el alma. Con un elenco impecable. El amor, la amistad, la compasión y la vida compiten con el riesgo, la pérdida y la muerte. De principio a fin te mira y te pregunta, desafiante: ¿Y tú, qué?

Dicen que Hair fue el musical que revolucionó el mundo. Yo creo que no. Si lo hubiera hecho de verdad, hoy no estaríamos sentados, viendo guerras en directo mientras nos tomamos la sopa.

Carlos pertenecerá para siempre a la Era de Acuario. Subió, por error, a un avión sin retorno. Vivir al filo de la vida le costó la suya. Y marcó la mía.

Deja que entre el sol, Marga.





jueves, 25 de mayo de 2023

Tina, el alma.

No me gusta hablar de quienes han muerto, aunque últimamente me veo rodeada de gente que ya no está y que, de alguna manera, dejaron algo de su rastro en mí. 
Gente cercana me aconseja no hablar de quienes ya no están junto a mí en un intento de mejorar mi felicidad y no sé cómo explicarles que añorarles no es solo una forma de hacerles homenaje sino también de sentirme mejor persona porque soy quien soy gracias a que dejaron algo de sí en mí. 
Tina Turner ya no está. El espectáculo de su vida ha terminado. La mayor exposición de arte, aparte de la indiscutible magistralidad en la música desde el soul al rock, pienso que fue en su propia vida privada. La generosidad que tuvo al contarnos el infierno en el que había vivido desde que era una niña con los malos tratos de su madre hacia ella y de adulta con los canallas que la molieron a palos y a humillaciones, es quizás el mayor y mejor legado que nos ha dejado. Cuesta pensar que alguien a quien admiramos, su gente cercana la haya hecho picadillo. Qué difícil es reconocer que te han tratado peor que a un trapo. Con ella no pudieron. Y no es que las otras mujeres fuesen menos que ellas, no, y se me vienen a la cabeza otras tantas genialidades de mujeres, grandes referentes, que sucumbieron a la depresión y a la mala vida y que pusieron fin a sus días cuando aún la parca no estaba esperándolas incapaces de soportar el sufrimiento del desprecio. 
El referente de las mujeres de hoy no puede ser otro que el de una mujer que sabe amar en profundidad y sin vergüenza, pero queriéndose, guardándose, preservándose y avanzando, bailando en el escenario de la vida llena de 'brilli-brilli' (si es el caso), poniéndose el mundo por montera, amando, y, lo más importante, sabiendo decir "help me, if you can, I'm feeling down". 
Hay quienes dejan el alma sólo para que tenga un papel el día en que mueran. Qué equivocación.
La vida nos distingue entre quienes ponen el alma en lo que hacen y entre quienes no.
Gracias, Tina. 
Hoy somos un poco peor que ayer, sin ti. 
Que la tierra te sea leve. 
Marga.

viernes, 9 de diciembre de 2022

Los enamoramientos.

Debo ser una tía rara porque de tres personas de mi entorno a las que he preguntado por una novela que me ha encantado dos me han dicho que no la terminaron de leer.

Aparece de pronto la cronopia que hay en mí y me desconcierto porque no entiendo cómo puede ser que una lectura tan enriquecedora no pueda despertar el interés en todo ser viviente que sepa leer.

La riqueza que encontré en su lectura fue algo parecido a la función que hace la poesía al ser capaz de expresar con palabras sentimientos y emociones que normalmente a las personas les cuesta expresar y que una vez leídas se reconocen como propias y experimentadas. Algo así me ha sucedido. En la novela encontré el razonamiento desmenuzado de cómo la casualidad es la causalidad del encuentro entre dos personas que recíprocamente marcarán sus vidas. A partir de esos encuentros, o de esas coincidencias, parten historias vitales de trascendencia determinante.

Además, si no bastaba lo anterior, en la novela se desmenuza el impacto que la muerte de una persona cercana tiene en la vida de quienes le rodeaban. La reflexión sobre la conveniencia de la muerte es exquisita y no le va a la zaga el papel que juega la inconveniencia del regreso a la vida desde la muerte de los seres que fueron más queridos y el “roto” que le produce esta situación a los vivos. Y de regalo de la casa, Marías nos sirve en bandeja «El Coronel Chabert», de Honoré de Balzac. Ahí es nada.

Quedará para siempre la magistral, provocadora e incisiva pluma de Javier Marías; y en una de mis estanterías, mientras yo viva, «Los enamoramientos».

Sirva este texto para no dejar pasar de largo la muerte de Marías, quien tan casualmente se cruzó en mi vida y que ha sido la causa de alguno de mis pensamientos.

' Ha sido un placer, Javier. Si regresas de la muerte, avísame. '

jueves, 8 de diciembre de 2022

A la mañana siguiente.

La califican de película de suspense, pero yo diría que es de amor.

Despertar, mirar hacia el otro lado de la cama y no reconocer el rostro de quien está a tu lado es una auténtica pesadilla. Pero es justo en ese instante en el que comienza la pesadilla del personaje de Alejandra. Algunos intérpretes logran que su presencia en el reparto me haga ver la película y acercarme a ella con entrega y ese ha sido el caso de “A la mañana siguiente”, de Sidney Lumet y con una sublime Jane Fonda acompañada de Jeff Bridges, más adorable, si puede ser.

Me gusta ver películas de los años anteriores a los teléfonos móviles, las pantallas planas y la web. No es que sienta añoranza, es que me ayudan a recordar sensaciones, sabores y emociones que han quedado vinculadas a aquéllos años. Era otra forma de vivir. Una escena sencilla de la película me trajo a la memoria la tarde-noche madrileña de mediados los años ochenta en que fui a cenar a la casa de Ana Ayala tras aceptar su reiterada invitación, que yo siempre declinaba porque no sentía que entre ella y yo hubiera cosas en común como para acercarme a su vida. Fue en esa casa donde supe que alguna gente compraba libros al peso para llenar estanterías. O, incluso, libros por metros lineales, acorde a las medidas de las baldas a cubrir y colores de lomos al gusto. Me lo desveló el marido, Juan. Para mi sorpresa, él estaba en la casa y el hijo de ambos se había quedado a dormir en la de los abuelos. La amabilidad de los anfitriones competía con la espléndida cena que Ana preparó y todo dentro de un ambiente delicado y confortable. Es magnífico como la memoria almacena y recupera recuerdos. De ese recordar el detalle de los libros al peso, recordé la propuesta velada de Ana y Juan para que fuésemos una pareja de tres.

Creo que en los años en que se visionó la película en España no era muy habitual hablar de parejas abiertas en donde cabían más de dos; en cambio, muchas mujeres habían perdido el miedo social a vivir su sexualidad por simple amor al sexo y no por sólo amor.

Pasa desapercibida la diferencia de once años de edad entre Fonda y Bridges cuando lo habitual es que sea ella la más jóven, no hay la menor pista de este detalle en la película. Y es un placer ver cómo para los personajes tampoco supone ningún abismo entre ambos.

Los desafortunados personajes de Fonda y Bridges se entrelazan con los aparentemente triunfadores que están metidos en sus miserias movedizas llenas de pornografía, mentiras, traiciones y asesinatos, eso sí, con mucho glamour y distinción. Igual que siempre, sigo prefiriendo el rico mundo de los no-triunfadores.

Lo mejor queda para el final. Un extraordinario final que más que un terminal es un inicio.

El viejo truco del uno, dos, tres... y, ¡chas! Desapareces. Pero no, no ha dado resultado. Afortunadamente la película era una historia de amor, si no, vean el rostro de Jane.

Y no puede extrañar el final; en definitiva, Bridges dedicaba su tiempo a reparar lo dañado, pero de valor.

domingo, 9 de enero de 2022

In Memoriam. Luis.

Ahora que sé que no está, siento un profundo arrepentimiento por no mantener más contacto con él en estos últimos años. Desde que ayer Mercedes me dijo que se había ido siento una tristeza que me abraza a ratos y me impide despegarla de mí. Regresa a mí esa sensación desagradable de sabor amargo, el mundo ahora es peor. Del recuerdo regresan imágenes de momentos vividos en unos años de mi juventud en los que él jugó un importante papel. Creo que parte de mi faceta comedida se la debo a, entre otras personas, él.

Llegó a aquél edificio de Miguel Ángel 21 ( y 23) en Madrid de la mano de otro peso pesado de la época, Joaquín Ramírez. Iban a informatizar la recién nacida Dirección Técnica. Tras una apariencia de persona corriente estaba alguien con una colección de facultades profesionales y, sobre todo, personales, que nos ayudarían a que la vida en aquéllas oficinas fuera mejor. Todo regado por una humildad y sencillez dignas de personas que valoran la vida y la humanidad.

Creo que él fue el detonante para que yo me inclinase hacia la tecnología informática. Debió ser por el 1982 que se adquirió para la ingeniería un macro servidor, el PR1ME; sí, con un uno en vez de la supuesta i. Además de Fortran 77, Cobol, Basic y otros, traía un paquete llamado Runoff, creo que no contaban con él cuando eligieron el sistema; se trataba del primer tratamientos de textos que tuvo la Empresa. Así fue que pidieron a Tomás Zamorano, que tan prematuramente también se nos fue y que dejó un vacío enorme entre el maravilloso colectivo de las grandes y casi perfectas personas (vaya, se me acumula la tristeza); pues, como digo, le pidieron a Tomás que nos formase, árido manual en mano, a Mercedes y a mí en el manejo del tal Runoff que, para usarlo, también era preciso conocer el manejo del sistema operativo (Primos) y del editor (ED). Tomás era la perfección; un hombre brillante. No se le podía poner ningún pero. Todo en él era admirable. Fue muy querido y nos quiso. Siempre era el mejor en aquello que hiciese. Y como amigo era una delicia.

Mercedes no terminaba de ver que estábamos siendo protagonistas de un cambio sin precedentes en el sistema laboral. La ofimática llegaba a la vida del trabajo para quedarse y las dos éramos pioneras, así que pronto dejó claro, y con mucha salamería, que ella tenía ya un trabajo a dedicación completa y usando las herramientas tradicionales que le daban el rendimiento que ella necesitaba y que la dejasen de historias. Así fue como comencé a darle órdenes a una máquina, a escribir comandos para manejar ficheros que nadie había visto y que eran dogmas de fe, y a construir textos con mandatos entre etiquetas que aportaban toda la cosmética necesaria para su correcta comprensión lectora.

Llegó el verano y tocó bajar a Cádiz a estar con la familia. Luis veraneaba en Cádiz. Su familia paterna era gaditana y a sus hijos y mujer les encantaba la playa y la ciudad. Así que coincidimos en un bar de tapas en un aperitivo dominical y al irse se volvió y me dijo: “Ah, en septiembre, nada más llegar, tienes que hacer una demostración del uso del Runoff al Director y a los Jefes de Departamento utilizando la Especificación del Patrullero Tipo Cormorán.” Se me atragantó el sorbo de cerveza y lo que me restaba de vacaciones.

Aunque mi amiga Mercedes me diga una y otra vez que no he tenido suerte en la vida, o que mi amigo Manrique me haya dicho con frecuencia que las cartas de la vida me las dieron mal, yo lo niego. No es así. He sido tremendamente afortunada. Una de mis mayores fortunas ha sido la de coincidir en etapas críticas con algunas personas que, llenas de delicadeza, me hicieron ser mejor. Algunas fueron mis palancas o me empujaron a lanzarme a retos, a vencer el vértigo del quiero y no puedo porque me sentía paralizada. Una de esas personas fue Luis y ese empujón con Runoff fue el primero de otros muchos retos a los que me precipitó. Fue uno de los principales protagonistas de mis mejores escenas en la película de mi vida en Madrid.

Llegó septiembre, preparé la demo, me conciencié en no dejarme llevar por los nervios ante la presión. Propuse un ejercicio lo más completo posible de utilización de la herramienta para las funciones de edición de las Especificaciones Técnicas y una mañana surgió la magia de, por primera vez, sacar por una impresora matricial un capítulo de especificación con reemplazos masivos, borrado, añadido y modificación de textos, repaginados automáticos, negritas, cursivas, cambios de fonts, márgenes, listados, enumeraciones,... , es decir, lo más básico, pero a la vez lo más importante y que aún persiste de forma imprescindible. Y allí estaba a mi lado Luis, con su calma, con su templanza, con su voz pausada, con su mirada limpia y dándome toda la confianza que yo necesitaba para que aquél encargo saliera bien. Y salió. Ese fue mi primer reto laboral logrado con sabor dulce. El azúcar lo puso Luis.

Se convirtió en la bisagra entre el personal de Convenio y los llamados Técnicos Superiores. Tenía el don de saber transmitir las situaciones desde un mundo al otro mesurando los temas para que no rechinase nada. Siempre nos ayudó muchísimo, fue fácil sacar adelante los momentos de duro trabajo que vivíamos en muchas ocasiones en aquéllas oficinas. Sabía mediar en los conflictos y también sabía dar paso cuando era necesario.

Luis es un amigo con el que siempre estaré en deuda. Tuvo conmigo detalles importantes como cuando en 1984 afronté un divorcio el entorno no era propicio para superar las situaciones personales que suponía; recuerdo que mi abogado me iba a llamar por teléfono por la mañana y no tuve más remedio que dar el número de la oficina. Luis me vio preocupada, me preguntó qué me pasaba y le conté la situación. Su respuesta fue rápida y algo así como: “En un ratito me tengo que ir a Castellana 55 y no sé si volveré, desvía la llamada a mi despacho y cierra la puerta.” Pasado un tiempo, ya estábamos en Miguel Ángel 11, en el Pantano de San Juan tuve una caída con un enorme esguince de ligamentos en el tobillo. Luis sabía que vivía sola en aquél maravilloso apartamento de Altamira en Madrid. No sé de dónde sacaba el tiempo; venía a casa y me hacía la compra del super, o me ayudaba a bajar al parque y hasta me acompañó al traumatólogo cuando me quitaron la escayola y yo me moría de miedo al pensar que tendría que caminar sola y sin la férula. En otra ocasión tuve una parálisis facial. Mi autoestima cayó por el suelo y me sentía morir. Luis venía a casa un rato y tomábamos café y me miraba a la cara como si no hubiera pasado nada y me contaba historias con las que me hacía reír y yo me reía sin notar que mi cara no era mi cara.

En otras muchas ocasiones, en esos momentos que son los malos, siempre estuvo al lado. No tenía más que aparecer, silenciosamente, delicadamente, como traído por la brisa, y allí ya no podía pasar nada malo. Luis ha sido una de las personas que más ha fortalecido mi autoestima.

El día que me dijo que se jubilaba lloré como nunca lo había hecho en la oficina. No era llanto, eran lágrimas que brotaban de mis ojos sin poder evitarlo. Pero ayer, cuando mi querida Mercedes Salgado me dijo que Luis Salas había fallecido, no salieron lágrimas, sino dolor. Hoy, mientras escribo, me acompañan las lágrimas. Unas son de tristeza, otras de alegría, otras de agradecimiento y la mayoría de ellas de homenaje merecido para una de las más queridas y mejores personas que han formado parte de mi vida. A partir de ahora le recordaré con una sonrisa.

Que la tierra te sea leve, mi querido Amigo Luis.

Marga.

lunes, 1 de noviembre de 2021

La Carta Final

En ocasiones frustro una necesidad, la de escribir una carta. Creo que me lo impide el pudor. No se estila ya eso de recibir un sobre con nombre y dirección escritos a mano y conteniendo un papel cuidado en el que alguien ha querido decir algo.

Escribir una carta supone tener algo importante que contar a otra persona y aceptar que ésta conocerá el texto pasados varios días. Eso da una ventaja tremenda para reflexionar sobre lo escrito, y sin hablar de la paciencia necesaria para aguardar a la posible respuesta.

Cuando escribía cartas me encantaba buscar un papel adecuado a la persona que iba a recibirla y también intentaba escoger el sobre más oportuno. A veces compraba sobres entelados; solía elegir los sobres apaisados y doblar el papel de carta en tres partes y meterlo dentro del sobre de tal forma que al abrir la solapa apareciera la cabecera de la hoja dispuesta a extraerla y comenzar a leer las primeras líneas de saludo.

Hubo un tiempo en el que usé los sobres aéreos. Su papel era suave, fino, ligero como la seda y llamativo por sus colores rojo y azul en los bordes. Pero en ocasiones se me hacían insuficientes para mis propósitos y llegué, incluso, a confeccionar mis propios sobres. Usaba papeles de regalo, o reciclados de otros envíos que recibía mi familia, y los usaba para la parte exterior porque por dentro los forraba con papel seda. Disfrutaba enormemente al hacerlos y creo que mucho más cuando los depositaba en el buzón y quedaban a su suerte. Claro está que el buzón no era uno cualquiera. Siempre elegía el que más significado tuviera para la ocasión. La última vez que envié una carta fue desde la oficina de correos del mercado birmano de Bogyoke en Yangón, era una habitación llena de suciedad e insectos, y que parecía cualquier cosa menos un lugar destinado a la correspondencia; y la anterior fue desde uno de los mostradores de la bellísima Oficina Central de Correos de Saigón.

La elección del sello era otra delicia. Me gustaba ir al estanco cuando había poca clientela y así poder entretenerme en buscar el sello que me pareciera más bonito, elegante y adecuado para el contenido de mi escrito. Los colocaba perfectamente equidistantes a la esquina superior derecha y siempre humedecidos con agua, jamás con saliva. Hui siempre de los sellos estándar o conmemorativos. Se me antojaban demasiado vulgares para mis propósitos.

Por último, la elección para la escritura era también motivo de detalle. No era igual usar un bolígrafo bic negro despuntado que un rotulador de punta fina azul. Nunca supe escribir con pluma; quizás ahora lo intente, aunque dudo que lo logre porque mi trazo no es compatible con la disposición de las plumillas y me hace sentir ridícula pretendiendo usar una herramienta que no va con mi heterodoxa caligrafía.

Echo el recuerdo atrás y me acuerdo con qué emoción intentaba escribir frases que invitasen a la persona destinataria de mi carta a responderme. Disfrutaba de la conexión que sentía con esas personas. Ponía todo mi interés en contar novedades, las cosas más interesantes que hubiese vivido y también aquéllos pensamientos que me rondaban. Otras veces sólo pretendía mantener el contacto, que no se perdiera el afecto, usar el escrito como un medio más de decir a alguien que me importaba. A veces el destino de esas cartas estaba en mi misma ciudad; otras, en mi misma casa. Escribí muchas cartas plenas de amistad, sueños, deseos, temores y caricias. Escribí muchas cartas de amor o llenas de amor.






Aparentemente, la película “La carta final” “84 Charing Cross Road” trata de libros, del amor a ellos, de la dedicación y delicado aprecio que los protagonistas sienten hacia éstos en un contexto social a lo largo de 20 años desde las postrimerías de la II Guerra Mundial y algunos otros bellísimos detalles más, pero no; no ha sido eso lo que yo he visto.






Marga. Cádiz, noviembre, 2021

P.D.: Disculpa, olvidé comenzar escribiendo “Hola, cielo.” y terminar con “Besos.”


Un fama y un cronopio son muy amigos y van juntos a correos a despachar unas cartas a sus esposas que viajan por Noruega gracias a la diligencia de Thos, Cook & Son. El fama pega sus estampillas con prolijidad, dándoles golpecitos para que se fijen bien, pero el cronopio lanza un grito terrible sobresaltando a los empleados, y con inmensa cólera declara que las imágenes de los sellos son repugnantes, de mal gusto y que jamás podrán obligarlo a prostituir sus cartas de amor conyugal con semejantes tristezas. El fama se siente muy incómodo porque ya ha pegado sus estampillas, pero como es muy amigo del cronopio, quisiera solidarizarse y aventura que en efecto la vista de la estampilla de veinte centavos es más bien vulgar y repetida, pero que la de un peso tiene un color borra de vino sentador. Nada de esto calma al cronopio, que agita su carta y apostrofa a los empleados que lo contemplan estupefactos. Acude el jefe de correos, y apenas veinte segundos más tarde el cronopio está en la calle, con la carta en la mano y una gran pesadumbre. El fama, que furtivamente ha puesto la suya en el buzón, acude a consolarlo y le dice:
– Por suerte nuestras esposas viajan juntas, y en mi carta anuncié que estabas bien, de modo que tu señora se enterará por la mía.

Julio Cortázar – Historias de Cronopios y Famas

lunes, 19 de julio de 2021

Monday, Monday.

Bah-da bah-da-da-da.

“Monday, Monday” está sonando en mi Spotify mientras cruzo el puente sobre la Bahía camino del Astillero.
Lunes, lunes; no habrá otro lunes como este lunes jamás. Fin de una etapa. Los lunes serán otra cosa; no sé qué, pero serán algo distinto.
Sonrío y abro la ventanilla para que entre el aire fresco del amanecer y, seguidamente, subo el volumen del aparato de audio.

Lunes, lunes, tan bueno para mí; lunes por la mañana, era todo lo que esperaba.
La mañana del lunes, no podía garantizar que ese lunes por la noche aún estarías aquí conmigo.
Lunes, lunes, no puedo confiar en ese día. A veces resulta de esa manera.
Mañana del lunes, no me diste ninguna advertencia de lo que iba a suceder.
¡Oh, lunes, lunes!, ¿cómo te fuiste, sin llevarme?

Cualquier otro día de la semana está bien, sí; pero cada vez que llega el lunes me puedes encontrar llorando todo el tiempo.
Lunes, lunes, tan bueno para mí.
¡Oh, lunes, lunes!, no va a desaparecer; lunes, lunes, que está aquí para quedarse.
Oh lunes, lunes.
Oh lunes, lunes.

Y me quedo pensando en el sentido de estas estrofas. El sentido de las voces empastadas de Cass Elliot que amaba sin ser correspondida a Denny, que estaba enloquecido de amor por Michelle, que, tras su belleza sin igual, ocultaba al mundo entero su romance con Denny y también a su marido John, que consideraba a Denny el mejor tenor de los 60 y al que prefería liado con Cass.
Es posible que lo que suceda en un lunes marque drásticamente los días de la semana que le siguen. Los lunes dejan atrás los fines de semana en los que la gente suele comportarse como se espera de ella socialmente cumpliendo fielmente su patrón. Cuántos lunes no habrán deseado con anhelo los amantes furtivos. Cuántos lunes llorados porque no trajeron lo deseado.
En fin…; Monday, Monday, so good to me.
Bah-da bah-da-da-da.

domingo, 29 de noviembre de 2020

All Things Must Pass

50 años de la publicación del triple álbum.

Todas las cosas deben pasar.
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Aquella tarde de algún día de la primavera de 1984, como tantas otras, quedamos en mi casa para comer, para pasar la tarde juntos. De vez en cuando quedábamos en la suya; me encantaba ese cambio.

Hablábamos de mil cosas; la música era una de ellas. Los dos apreciábamos la buena música y coincidíamos en muchos gustos, pero aquélla tarde, no sé a cuento de qué, comenzamos a hablar de George Harrison y él comentó que una de las canciones que más adoraba era “My Sweet Lord”. Yo la conocía, pero él insistía en que la excepcional era la del álbum “All Things Must Pass”.

Solíamos oír música en casa. Aquélla tarde sonaba en mi radio ‘Vuelo 605’ de Ángel Álvarez. Comentaba los temas de una forma deliciosa, me encantaba. Nosotros seguíamos discutiendo si la mejor versión de “My Sweet Lord” era la del Concierto para Bangladesh, que yo defendía, o la de triple álbum de George Harrison, una vez separado de los Beatles, que defendía él. Creo que le dejé ganar la discusión, me encantaba oírle y verle argumentar sus teorías, sus deseos, sus cosas. Todo en él era una delicia. Y en un gesto cogió el teléfono y preguntó en el 003 cuál era el número de Radio Madrid FM. Ángel Álvarez lo entendió perfectamente: queríamos la versión de “All Things Must Pass”. Nos dijo que la buscaría.

Nuestra tarde siguió como de costumbre, llenándose de nuestras vidas, de nuestras ideas y nuestras risas, de nuestras caricias y nuestras miradas.

La versión de “My Sweet Lord” del “All Things Must Pass” comenzó a sonar en la radio de mi apartamento en Altamira, al norte de Madrid, cuando ya él y yo éramos uno, cuando todo en nosotros estaba difuminado, cuando el sudor nos recorría y el alma se nos agitaba en un único suspiro. Aún nos dio para sonreírnos y mirarnos cuando oímos a Ángel Álvarez dedicándonos la canción que habíamos pedido, nos dio tiempo para entrelazar las manos y respirar un poco antes de continuar fundiéndonos.

All Things Must Pass / Todas las cosas deben pasar.

martes, 6 de octubre de 2020

One dolar, madam. Istambul

Me costó 50 dólares, bien pagados.
Fue en el Çemberlitaş Hamamı, en el centro musulmán de Istambul.
Tenía su referencia porque alguien de la oficina me lo facilitó, pero ni imaginaba que lo iba a encontrar súbitamente, cosa que sucedió una tarde sin planificarlo. Dejé en la mochila el trozo de kebab que me quedaba del almuerzo y me sumergí en él.
Sólo los olores, los reclamos del exterior ya invitaban a entrar. Una vez dentro me entregué al "y por qué no?" y me propuse pagar por el paquete más completo que incluía hamman y masajes con aceite.
A partir de ahí todo fue parte de una experiencia absolutamente sensual, lejana a cualquier pensamiento vulgar y que me introdujo en una esfera de disfrute de los sentidos y de la entrega a la humildad.
Jamás olvidaré a aquélla mujer percherona que se me acercó y me dijo: "Yo contigo. Tú conmigo. Ok? Española, verdad?".

Y yo dije, tres veces un humilde sí "Sí, sí, sí" y luego me pregunté... cómo carajo sabe esta mujer que soy española si estoy en tetas tapándome el terendenge con una triste toalla a cuadros roja, con el pelo atado en la goma negra, descalza y con un ticket de taquilla, donde dejé todas mis cosas, en la mano. A partir de ahí... entrega total. Otro mundo. El sentir de los placeres sensuales me esperaba. Tú eres para mí. Yo dije.... y yo me entrego a ti.
Istambul, con medio kebab en la mochila que me comí nada más salir del Hammam y cuya experiencia dentro ayudó a cambiar muchas percepciones de mis sentidos, para bien.
Y para siempre.

lunes, 2 de marzo de 2020

Pedro Morales, “Un Toque de Canela”


Hoy este Foro se viste de gala para despedir a nuestro amigo y compañero Pedro Morales.

Pedro era una de esas personas que tienen luz, un Ingeniero Naval de su tiempo, lleno siempre de amabilidad, dispuesto siempre al duro trabajo, proactivo donde los hubiera, conocedor de las cosas, atractivo, atento siempre a todo y todos, risueño, igualitario, elegante y sencillo. Enamorado del mar, las espumas de las olas y del viento. Navegante con rumbo. Dejó amigos por todas partes. Yo le percibí así durante los años en los que tuve la suerte de tratarle en aquélla nuestra Bazán. Diría que era, sencillamente, adorable.

Tuvimos la suerte de contar con él en este Foro y que nos condimentara con una joya inolvidable, con “Un Toque de Canela”.

Hoy hemos sabido que se fue. Hoy es un día triste.

Lamento que el pasado sábado saliera de casa y que no haya vuelto. Sólo espero que la Naturaleza entre la que se ha marchado le haya sido acogedora y leve en sus últimos momentos.

Un fuerte abrazo para su familia.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Aute, o la sensual y desnuda ternura.


―Hay que ver cómo eres  ―le dijo y ella esperó a que él terminase la frase―. Siempre me sorprendes dándole un giro a lo que parece evidente y eres capaz de mostrarme otro lado de las cosas que antes no veía.

Ella dejó pasar unos segundos para asegurarse de que él no continuaba hablando y entonces respondió apartando la mirada de sus ojos y dirigiéndola a cualquier parte.

―A veces se olvida, se te olvida, que me hice mujer con Aute y con Sabina, con Rafael Amor y con Silvio Rodríguez, con Pablo Milanés y con Rosa León y también con Cecilia y con Serrat en aquel Madrid de los ochenta.

De todas esas letras con las que convivió en esos años de juventud quizás las que se impregnaron en su piel fueron las de Aute. Ella le había oído en vinilos, sabía de memoria muchas de sus canciones, se había quedado siempre inmóvil viendo sus actuaciones en televisión, pero la impresión que tuvo cuando le vio y oyó cantar por primera vez en directo fue excepcional. Sucedió en la Plaza de Santa Ana una tarde anochecida de sábado en algún mes de aquél invierno de 1984. Era un sencillo escenario y, en medio de aquella plaza, apenas había una tarima sobre una estructura de tubos, una escueta escalera también de madera y sobre ella dos taburetes, uno para Aute y otro, a su izquierda, para el acompañamiento de guitarra. Ella solía adentrarse por las calles centrales de aquél Madrid en donde se respiraba aire compuesto de contaminación y de libertad y no le era extraño, cuando paseaba, hacer descubrimientos espontáneos de artes alternativas, nuevas faunas urbanas, eran aires de libertad.

Siento que te estoy perdiendo cantaba Aute al frío aire mientras desmenuzaba el sentimiento de pérdida incomprensible y describía cómo cada instante le distanciaba más y más de lo que había sido su compañera. Nada más comenzar los primeros acordes, ella se hizo un hueco entre la gente, se acercó a la tarima todo lo que pudo y quedó inmóvil. Se entregó en aquél instante desnudo a una letra dulce y dura que estrofa a estrofa la retrataba en lo que había sido su deriva hasta que la pérdida había sido real. “Viví las sensaciones de cómo él me perdía, pero no se dio cuenta. Sentí cada paso del desgarro, del inevitable y necesario adiós” pensaba ella en los años ochenta y entre recuerdo y recuerdo, entre estrofa y estrofa oyendo la canción. Todo era conocido, todo lo desmenuzado en cada acorde era ya sabido y allí se describía entre fusas y corcheas.

No te desnudes todavía oyó antes de que el deseo estallara, antes de que le quitase el vestido y la cubriera de amor. Y ella accedió, no había ni quería ninguna otra opción. La maestría de la sensualidad se le brindaba ante sus ojos. En aquéllas palabras de la vibrante canción se vislumbraba el deleite del placer pleno que ella conocía y que conducía a la entrega, a la comunión de los cuerpos. Nunca se desprendió de esa sensualidad que tantas veces la acompañó a lo más alto, tan alto que llegó a tocar el cielo con las manos cuando los planetas se conjugaban, cuando los cuerpos vibraban.

Dos o tres segundos de ternura son suficientes para no tener otro deseo más que estar entre sus brazos. Era mentira, sí le hacía falta la Luna y nunca le bastaron dos o tres segundos de ternura y fue por eso por lo que aprendió a atrapar la ternura, la hizo suya y la llevó con ella durante toda su vida. Con el paso de los años aprendió a esconder la ternura antes de que se le escapara de entre los dedos y se lamentó cada vez que no encontró con quién compartirla. Y pintó su sonrisa de plata cada vez que tuvo con quién sacarla a escena. La ternura no necesita la Luna, se decía, solamente dos cuerpos que vibren como la espuma.

―No te entiendo ―le dijo y ella volvió a dejar pasar unos segundos hasta saber que él no diría nada más.

―Lo sé ―respondió dulcemente y le tomó la cara con sus manos suaves, le besó con ternura y sintió que, hacía tiempo, él la estaba perdiendo.

Marga.
[Querido Aute, gracias siempre. Ojalá todo sea broma y superes este bache. ]


miércoles, 4 de octubre de 2017

Qué bonito es Badalona.

Y ¡Cuántas veces he cantado eso de... qué bonito es Badalona !

A ritmo de pasodoble y con mi deje andalú... con esa carretera general y esos albañiles en zamarreta.... he cantado por las calles en infinidad de ocasiones aquéllo de... qué bonita es Badalona en invierno y en verano. Y así supe qué era una barretina, y a qué se refería diciendo lo de "con sus apellidos y sus nombres... y su carnet de identidad".

¡ Casi ná !

Y todo eso era allá por los finales setenta y principios de los ochenta. Era cuando yo cantaba por las calles mientras caminaba y me bebía el aire. Hoy, tan modernos todos... sólo siento una enorme tristeza y un dolor punzante porque, sin ser tierra mía, es tierra de los de mi sangre. Y es tierra de mis libertades. Tierra de mis escapadas. Tierra de mis recuerdos. Tierra de mis pérdidas. Tierra de mis refugios. Tierra de mis aventuras. Tierra de mis osadías. Tierra de mis paseos. Tierra de los míos. ¿O es que sólo nos duele la tierra donde nacemos o pacemos?

La tierra se nos mueve debajo de los pies, a ver si nos enteramos. En cambio, para terminar con el amor hace falta que me saquen el corazón.




Marga. (Esa que no quiere separarse de nada ni de nadie nunca más. Esa a la que le duele que se separen de ella. Esa que no sabe estar donde no la quieren, con quién no la quiere. Esa que no quiere que esté con ella quien no la quiera.)

jueves, 15 de junio de 2017

El Regreso - Coming Home

Jon Voight se abre paso a gritos en un pasillo atestado de mutilados en sillas de ruedas. Grita pidiendo que le cambien la bolsa de los orines. Se dirige de frente, decúbito, el pecho sobre una camilla y haciéndola avanzar a golpe de bastones asidos fuertemente en cada mano. Inolvidable. Es la imagen de un hombre joven gritando lo básico de la existencia, que le vacíen la bolsa de la orina. Es la rabia a garrotazos y a golpes con todos y todo. Inolvidable.

La música suena en todas las escenas, como en la vida.

Si las imágenes del comienzo son impactantes, no lo son menos las finales. La ceremonia del final se guarda en el recuerdo para no olvidar jamás. Imborrable.


- ¿Volverías a hacerlo? (Eterna pregunta tras el éxito o el fracaso e inevitable después de haber experimentado el miedo).
- ¿Cuál es esa buena razón que te haría volver a hacerlo? (Imperiosa necesidad de justificar la necedad de lo que hicimos y de asimilar la pérdida de todo lo que ya no tiene remedio).


Alguna vez me he preguntado si los que se entrenan para la guerra realmente se preparan para la muerte de sus vidas. Si son conscientes de lo que supone el regreso de la batalla, si es que lo hay.


Coming Home – El Regreso – Es una de las películas que me han acompañado en el recuerdo desde que apenas alcancé la mayoría de edad. No había tenido ocasión de volverla a ver hasta que días atrás me hice con ella y me preparé para, nuevamente, abrir los ojos. Las mismas sensaciones de rechazo a la violencia que tuve en aquél verano del 79 las he tenido en éste del 17, eso no ha variado en absoluto. Sally, una mujer capaz de dar una oportunidad a su vida para hacerla girar en alguna dirección que dé sentido a su existencia. Una mujer que se expone a que todo cambie y que busca la ocasión para comprobar que realmente la vida es vida. En algunos pequeños detalles, gestos o palabras provoca cambios sin vuelta atrás; en otros grandes, como el cambio de casa a un entorno tangencial o la compra de un coche característico de un estilo de vida vital. Los pechos tras las camisetas y sin sujetador suponían en aquéllos años un gesto de libertad en las mujeres que pretendíamos cambiar el concepto de las cosas; suponían un alarde de libertad. El corte de pelo, determinante siempre, la vestimenta y, para culminar, las palabras, esas palabras que una vez fuera de tu boca te comprometen a una vida que no volverá a ser lo que has vivido. Jane Fonda exige cortésmente que no la traten mal y exhibe una  mirada feminista propia de mujer valiente.


Los regresos no sé si siempre son necesarios. Sé que siempre son distintos a lo esperado. Y sé que existe un antes y un después de esos regresos. Luck ha regresado parapléjico, beligerante y perdido aunque conservando la capacidad de superación frente a cualquier cosa y con la inteligencia de saber aprovechar las pocas oportunidades de volver a recuperar la vida a golpe de adaptación y de humildad. Es delicioso ver cómo se hace de su autonomía nuevamente desde una silla de ruedas y con una sonrisa barbuda de intensos ojos azules y pelo seductoramente desaliñado. Luck, un hombre que aún tiene fuerzas para intentar evitar la muerte de otro hombre. Que tiene agallas para manifestarse solo encadenándose a la fortaleza destructora de una Base Naval. Y que le sobran argumentos para arengar a los chavales para que no cometan el error de alistarse por una obligación moral o por una curiosidad de una guerra que les hará morir hasta en vida.


En un espacio de sufrimiento físico y mental se reencuentran Luck y Sally y reconstruyen una vida donde caben la sinceridad, complicidad, compromiso, respeto, igualdad, generosidad, felicidad, ternura, sexo, amistad y una enorme sensualidad. Una inmensidad de ingredientes que harían de cualquier pareja un nexo envidiablemente indestructible.


Dos personas expuestas a llenar sus vidas y las de otros. Dispuestas a hacer que los regresos sean mejores de lo que han resultado ser.

Regresa también Bob que marchó con determinación al frente y que se mantuvo corriendo sobre la línea sin separarse de ella, sin pestañear. Bob regresa roto. Su regreso es la ruptura del mundo que se formó con su marcha. Bob sabe que regresa vivo pero ya no tiene la vida que dejó. Bob cojea. Bob no sonríe. Bob ya no es Bob. Bruce Dern no reconoce lo que ve. Rápidamente sabe que su vida ha muerto y, tras la ceremonia de dejar todo colocado y bien ordenado, se dirige hacia el mar con la misma determinación y firmeza con que se dirigió hacia la guerra.

El Regreso no asegura que las cosas y las personas sigan siendo lo que dejamos al marchar.

Once I was a soldier
And I fought on foreign sands for you
Once I was a hunter
And I brought home fresh meat for you
Once I was a lover
And I searched behind your eyes for you
And soon there'll be another
To tell you I was just a lie
And sometimes I wonder
Just for a while
Will you ever remember me
And though you have forgotten
All of our rubbish dreams
I find myself searching
Through the ashes of our ruins
For the days when we smiled
And the hours that ran wild
With the magic of our eyes
And the silence of our words
And sometimes I wonder
Just for a while
Will you ever remember me
Una vez fui un soldado
Y luché en arenas lejanas por ti
Una vez fui un cazador
Y traje a casa carne fresca para ti
Una vez fui un amante
Y ahondé en tus ojos por ti
Pronto habrá otro
Para decirte que sólo fui una mentira
Y a veces me pregunto
Sólo por un momento
Si alguna vez te acordarás de mí
Y pienso que has olvidado
Todos nuestros sueños de basura
Me encuentro a mí mismo buscando
Entre las cenizas de nuestras ruinas
Los días en que sonreíamos
Y las horas en que llovía salvajemente
Con la magia de nuestros ojos
Y el silencio de nuestras palabras
Y a veces me pregunto
Sólo por un momento
Si alguna vez te acordarás de mí

jueves, 30 de junio de 2016

Sólo le pido a tu dios

! Que sí !

Que yo sólo le pido a tu dios que lo injusto no me sea indiferente.
Que la reseca muerte no me encuentre vacía y sola sin haber hecho lo suficiente.
Que sólo le pido a tu dios que el dolor no me sea indiferente. 
Que tu dolor no me sea indiferente.
Que no me abofeteen la otra mejilla después de que una garra me arañó a esta suerte.
Sólo le pido a tu dios que la guerra no me sea indiferente porque es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente.
Aquí tienes a mi querida Mercedes cantando alto y fuerte y a su lado a León Giego, aquél que supo escribir lo que hacía falta. León, el que tuvo arreos para decir lo que sale del alma a golpe de tambor y fuerte.Si un traidor puede más que unos cuantos, que esos cuantos no lo olviden fácilmente.
Sólo le pido a tu dios que nuestro futuro no me sea indiferente.
Desahuciado está el que tiene que marchar a vivir una cultura diferente, ¡mierda!

No lo olvides... y canta alto, y pisa fuerte tú.
Alza la mirada, grita, pelea, lucha por un mundo mejor, hazlo y ayúdame a hacerlo.Sólo pido que las fuerzas no falten, que siempre el dolor ajeno me turbe, que lo injusto no me sea familiar, que las bofetadas sean de quita y pon. 

Sólo le pido a tu dios que las guerras no me maten, que por muy culpables que sean no puedan vencer la inocencia de la gente.
Sólo le pido a tu dios que yo sea capaz de seguir siendo quien soy.Sólo le pido a ese dios que el engaño no me sea indiferente, si un traidor me puede y unos cuantos lo ven, que esos cuantos no miren a otro lado fácilmente.
Sólo deseo que nuestro futuro no nos sea indiferente. 
Que vivamos una cultura diferente sin ser desahuciados. Sólo quiero que los monstruos grandes no nos pisen fuerte.
Canta, grita, alza tu voz, pelea, siente, padece, ama, entrégate, dime, habla, escucha, siente, haz.
Quiéreme.


domingo, 24 de abril de 2016

Lee, lee, no pares.

Tienes resistencia a la frustración, me dijo, y le clavé la mirada.

Si trabajar en un Astillero ya es algo peculiar, tratándose del situado en Puerto Real aún te distingue más; tan peculiar te hace que hasta formas parte de la historia de la Bahía de Cádiz. Todo esto se incrementa cuando, para colmo, eres componente del Comité de Empresa de dicho Astillero. Y aún podría añadir un par de ingredientes más y bastante curiosos.
Cuando el cabeza de lista por CCOO me llamó para ofrecerme participar del proyecto sindical, sólo el miedo me hubiera hecho decir no; busqué a mi alrededor y no lo encontré. Así las cosas, a primeros del verano pasado me vi convertida en la Coordinadora de la Comisión de Comunicación, posición que me permitiría hacer muchas cosas y para la que me debía preparar, concienciar y concentrar. Lo primero era tener las ideas claras sobre en qué consiste comunicar (yo también acudo a la RAE, ahora es más fácil, pero sigo echando mano de mi María Moliner).
La primera acepción de la palabra es una auténtica preciosidad: "Hacer a una persona partícipe de lo que se tiene".
A partir de aquí se abrían muchas vías, todas atractivas y sugerentes, sólo debía cuidarme en extremo de mi tendencia a una frustración indeseada.
No sé cómo me vino a la cabeza la idea de la primera campaña de las que ya he realizado y tampoco sé muy bien cómo fue que pensé en eso, en las campañas, en el formato de campaña. El caso es que de la mano de las campañas vino a mi la idea de promover la lectura entre las personas que compartimos el trabajo. Tengo que pensar, en algún momento perdido, qué me llevó a ello aunque casi creo que lo sé.

Lo imprescindible que debía hacer era conseguir unas cuantas ideas en un papel así que comencé a escribír "Cervantes, Quijote, lectura, libro, aniversario, Puerto Real, papel, diccionario, María Moliner". Esas palabras fueron encajando, tomando forma y llegaron a conformar el borrador del Cartel enunciativo de la Campaña. Ya estaba lo más importante hecho: la idea había tomado forma I Lectura Continuada "El Dique".

A continuación, debía consultar con la Ejecutiva de CCOO lo idóneo de llevar adelante la iniciativa y, caso de ser aceptada, decidir qué lectura realizaríamos. Para esto tenía dos propuestas: Una era comenzar a leer "El Quijote", cuya duración son unas 48 horas lo que nos ocuparía unos 10 ó 12 años si le dedicábamos 4 horas cada año. La idea me seducía muchísimo, he de confesarlo. La otra opción en la que pensé fue la de elegir un escritor puertorrealeño y así apostar por la tierra.
En mi borrador había dejado algunas cosas inconclusas, como por ejemplo la duración de la lectura, el recorrido del libro por el Astillero, quién comenzaría la lectura (confieso también que propuse a la persona que me parecía idónea so pena de caer en mi primer error), y algunas cosas más. Esperaba que mis compañeros aportaran sus ideas o que me tumbaran de un plumazo la iniciativa por considerarla, quizás, poco apropiada para un Comité de Empresa o por el momento de cargas de trabajo que tenemos o bien por cualquier otro motivo. Realmente, no esperaba que saltaran de contento cuando les puse el borrador en las manos, pero tampoco esperaba el silencio que circundó la iniciativa. Todos se guardaron el papel que les di, y no se volvió a hablar del tema. Mi resistencia a la frustración reapareció y decidí que a Cervantes ya le leía mucha gente, así que dediqué alguna tarde a localizar personas nacidas en Puerto Real que hubiesen escrito alguna obra. Casi todo lo que encontraba eran autores de poesía o escritores de artículos o libros de historia, con lo cual la ansiada novela no terminaba de aparecer. Fue entonces cuando opté por preguntar a algunos de los compañeros que viven en Puerto Real si conocían a algún escritor que fuese de su pueblo. Ahí llegó otra sorpresa porque de los cinco a los que pregunté creyendo hallar la respuesta inmediata ninguno me supo responder salvo referencias a algún otro compañero de los que gustan de publicar sus textos en algún blog o en algún taller literario editando revistas corales. Eso me ponía en una situación fea porque no me parecía adecuado darle ese protagonismo a una persona de esos colectivos habiendo en la Factoría otros muchos del mismo nivel de escritura. Una actividad que pretendía ser positiva no podía provocar nada espinoso.

Alguna noche de estos días quise abandonar la idea, dejarla descansar en el cajón de la mesilla de noche junto con otros trastos y descansar yo también, mas al amanecer del nuevo día la idea volvía y me recordaba que no aceptaría la frustración de no haber conseguido fraguar la celebración del Día del Libro en el Astillero cuando realmente lo veía como algo absolutamente factible y accesible. Así fue que decidí preguntar fuera del Astillero. La hija de "El Pirri" me orientó amablemente diciéndome que preguntase en la Biblioteca Municipal del pueblo, que allí quizás tuviesen algún libro de alguien nacido en Puerto Real y fue entonces cuando se me encendió la luz y le pregunté inquieta ¿Dónde hay una librería en Puerto Real? Ella me respondió rápida: Pérgamo, ve a la librería Pérgamo.
En cuanto pude fui a Pérgamo con la idea diáfana. Encontré la librería haciendo esquina entre las calles Amargura y Cruz Verde. Sonó una campana de aviso cuando entré en el local que estaba vacío, ni el dependiente no se encontraba en él, por lo que me dispuse a ver a alguien aparecer por la puerta de la trastienda mientras aproveché para ojear las estanterías intentando orientarme. El establecimiento era reducido, aunque contaba con un par de sillones, lámpara de lectura y mesa auxiliar lo cual lo hacía muy acogedor para leer. En cambio, el espacio dedicado al dependiente era mínimo, justo lo imprescindible para la caja registradora y poco más y pegado a la puerta de entrada cediendo todo el espacio disponible a las mesas y estanterías expositoras. El local me agradó mucho. Al instante apareció el dependiente que amablemente me preguntó qué deseaba. Busco algún libro de autor nacido en Puerto Real, le respondí y rápidamente se dirigió hacia una estantería y me ofreció un libro enorme que puso en mis manos. Caramba, exclamé al ver mis manos con el ansiado volumen. Por la cara que puse cuando vi el grosor del tomo creo que el dependiente debió pensar que aquello era mucho para mí, que igual yo no estaba dispuesta a leer un libro tan denso, así que sonreí y le dije que lo que me ofrecía estaba muy bien, pero que buscaba una lectura corta, de no más de cinco horas, de un autor puertorrealeño y que éste fuese una persona apreciada por sus paisanos. Creo que tanta precisión le desconcertó, pero él, tenaz, me trajo tres libros de un tamaño de libro infantil y cada uno de ellos de un autor distinto. Dos de ellos eran nacidos en Puerto Real y sus novelas estaban localizadas en otras ciudades, en cambio el tercero no era puertorrealeño, aunque contaba historias cortas de la villa. De manera que me decantaba por los dos primeros sin saber cuál de ellos era el idóneo por su perfil vital. Entre tanto, la campanita de aviso de la puerta volvió a sonar y entró un hombre de aire bohemio que se sentó en uno de los sillones de lectura, extendió las piernas, las cruzó y comenzó a manipular su móvil confortablemente. Y observándole se me ocurrió volver a consultar y también yo hice uso de las tecnologías y envié un WhatsApp al grupo de mis compañeros de Comité con las fotos de las contraportadas de ambos libros preguntándoles ¿Cuál de ellos se merece ser leído? No necesité más que una respuesta, la que me dio rápido Antonio: El segundo, contestó. Para cada mensaje debí salir del local porque la cobertura era escasísima, así que la imagen que debía estar dando al acomodado señor del sillón debía ser de lo más histriónico, por no hablar de la idea que posiblemente había fraguado el dependiente de su inquieta clienta.

El comerciante me observaba curioso hasta que ya no debió aguantar más y me preguntó tímidamente si el libro tenía alguna finalidad concreta. Dejé de observar el anhelado libro para observar al dependiente y por la cara de interés con que me miraba pensé que debía ser el dueño de aquél acogedor establecimiento y decidí prestarme a dar explicaciones. Así fue que le conté la idea de hacer una lectura continuada como celebración del Día del Libro. Claro está que me preguntó que dónde pensaba hacerla, así que seguí dándole explicaciones y le dije que en el Astillero y lo hice de forma altiva, como si no hubiera sitio en el mundo mejor que aquél. Sus ojos se iluminaron y me contestó que él también había pensado hacer algo así en su librería, pero que no contaba con gente suficiente a lo que yo le respondí que, en mi caso, tenía la suerte de contar con 600 potenciales lectores. En esa conversación el señor bohemio había ya dejado su móvil y se había acercado a la caja registradora donde yo estaba a punto de pagar por mi libro. Qué, vas a leerte un libro en papel, ¿no te gustan los ebooks? Le miré y pensé: "Ya la vamos a tener..." y le respondí impertinente al tiempo que le dirigía una mirada incrédula: Disculpe, ¿cómo dice? Qué hombre de aspecto más raro, pensé y acto seguido me reproché qué maldad la mía y sonreí. El señor bohemio rectificó y comenzó a hablarme de usted e intentó mejorar su comentario diciéndome lo poco que se vende el papel y que él era escritor, que colaboraba con la librería y además era el Director de una Escuela de Cine en colaboración con la Universidad de Cádiz y amigo de actores y no sé cuántas cosas más. También quiso demostrar su amor a la tierra revelándome que había dejado Madrid para trasladarse a vivir a Puerto Real donde llevaba desde hacía un tiempo, no sé si me dijo 2 años o 2 meses. A partir de ahí se fue desarrollando una conversación que comenzó tensa y que terminó con el señor bohemio pidiéndome el teléfono para contactar alguna vez conmigo y presentándose como Bruto. Entre tanto, el dueño de la librería me pidió que por favor le enviase fotos de la lectura continuada que él la enviaría a la prensa local para promocionar el libro a lo que le tuve que responder que aún no estaba aprobado por el Comité que la actividad se llevara a cabo, pero que no dudara en que contaría con el material si finalmente se realizaba.

Pues, así fue cómo salí de la librería llevando un libro en una coqueta bolsa de papel la misma que al día siguiente llevé al Astillero y de la que saqué el libro para presentárselo a la Comisión de Comunicación solicitando la aprobación de la actividad. Estaba claro que mi capacidad de resistencia a la frustración estaba en todo su apogeo. Tras algunas pequeñas aclaraciones y modificaciones al proyecto, finalmente se aprobó con lo que había vía libre para hacer la lectura continuada de la obra "Veracruz" del autor puertorrealeño José Antonio Alcedo Rubio.

Ya tenía la aprobación, el autor, la novela, el cartel enunciativo y nada más. Todo eran palabras.

Palabras.

María Moliner seguía en mi idea, tenía que concederle su espacio y ese era justamente el de las palabras, y así fue que imaginé a cada lector de la novela, al terminar su trozo de lectura, llevando consigo una palabra como gesto de agradecimiento por parte de los organizadores y como recuerdo de su participación en un acto no más inaudito que insólito. Había que regalarles una palabra, había que darles la palabra, debían tomar la palabra. Era cerrar el círculo.

No sé si disfruté más haciendo una colección de palabras que me gustaban o confeccionando la tarjetita conmemorativa. En cada folio, usando las tablas del word me cabían 4 tarjetas que luego recortaría con la guillotina de la oficina. En el anverso coloqué el homenaje a María y el recordatorio del evento. Por el reverso estaría situada cada palabra regalada y sus acepciones más frecuentes de la RAE.
A mi magnífico acervo de palabras amadas por mí se fueron sumando otras que están de moda y que la gente suele oír aun sin conocer su significado y otras pocas más que alguno de los que intenté implicar en esta aventura me facilitó en un correo (Anda, envíame en un correito palabras que te gusten).
Todas las palabras fueron encajando en el reverso del homenaje de María. Por la impresora, en blanco y negro, fueron apareciendo elegantemente. No tuve más que dar tres tajos con la guillotina y ya tenía un abanico de palabras para regalar a mis compañeras y compañeros de trabajo. Fue magnífico.


Reconozco que necesitaba verbalizar lo que estaba haciendo y ya estábamos en vísperas del día acordado para comenzar la lectura, ya era la primera hora del miércoles, así que llevé mi libro al local del Comité de Empresa dispuesta a compartir con ellos mi valiosa joya. Y tuve la fortuna de que allí estuviese uno de mis compañeros que, al ver el libro exclamó: Hombre, Pepe, este fue mi Director de Fiestas cuando estuve de Concejal en el Ayuntamiento. Magnífico, pensé. Ya sólo me quedaba volver a burlar mi frustración y preguntarle si él me ayudaría a contactar con José Alcedo para pedirle que nos dedicara y firmara el libro. Mi colega me animó a hacerlo ya que afirmaba que Pepe era un tipo fenomenal y que lo haría encantado, así que me facilitó el número de su móvil una vez que se puso en contacto con él y le introdujo en la iniciativa antes de que recibiera mi llamada. Ya todo debía ser rápido, ya había enviado el correo a toda la plantilla anunciando el evento y colgado los carteles en los vestuarios de operarios, así que hablé con José, le di los detalles que pude sobre la actividad y los motivos de su elección como autor y le solicité que tuviese a bien dedicarnos unas palabras en el libro que yo ya había adquirido. Claro, él estaba en el Ayuntamiento y yo en el Dique, así que uno de los dos debía desplazarse por lo que volví a dar un giro a las frustraciones y tomé mi coche, salí rápida pensando "esto es una acción sindical" y me dirigí al Ayuntamiento donde encontré una plaza milagrosa de aparcamiento en la que dejar mi vehículo unos minutos. Subí a la primera planta y allí estaba mi autor. Ah.

El saludo fue cordial, el autor ya estaba al tanto de mi propuesta y encantado se prestó a escribir su dedicatoria sin antes dudar y observar: Bueno, ¿A quién se lo dedico? Si escribo "A los trabajadores" alguien se puede enfadar. A lo que rápidamente objeté:  Bueno, somos las personas que trabajamos en el Astillero de Puerto Real. José Antonio Alcedo sonrió y comenzó a escribir "A las personas...".
Aún quedaba algo más por esquivar a mis frustraciones y me atreví a informarle sobre cuál sería la persona que iniciaría la lectura, aunque realmente el adecuado, el idóneo, era sin lugar a dudas él. Sonrió aún más y me respondió humildemente que para él sería un auténtico placer y un honor porque su padre estuvo trabajando desde los 14 años en ese Astillero, el cual formaba parte de su vida. Yo no me podía creer que algo tan simple de hacer tuviese tanta importancia para él. Viendo que tenía dificultades para desplazarse al día siguiente al Astillero le ofrecí recogerle yo misma con mi coche a eso de las 9:30 am y con dos besos afectuosos dejé en la oficina consistorial a mi escritor preferido. -Hasta mañana- -Hasta mañana-


A las 10 de la mañana del jueves 21 estaban programadas varias actividades en el astillero y de índole muy diversa, una de ellas era la concentración en la puerta de Dirección de los empleados de prevención de la empresa SPRIL que estaba en suspensión de nóminas a sus trabajadores desde hacía meses con la situación tan delicada y urgente de solventar que tenían estas personas. En ese mismo sitio y a esa misma hora, como decía la canción, y por desconocimiento, se había anunciado el inicio de la campaña "Lee, lee, no pares". El margen de maniobra para modificar el sitio y hora no existía ya y los compañeros que me rodeaban eran la mayoría del propio Comité de Empresa y de los distintos sindicatos por lo que pensé que si ellos, que eran veteranos, no advertían nada por hacerlo coexistir con la protesta, no debía yo por qué temer ningún incidente.


Tras una pequeña introducción de la actividad que íbamos a realizar, haciendo alusión a la protesta legítima de los trabajadores que estaban allí y con la intención de continuar la lectura dentro del edificio una vez que el autor la hubiese comenzado en el exterior, di paso a Pepe Alcedo que expresó su agradecimiento y emoción y comenzó a leer "Veracruz". Seguidamente, dio paso a Paco que, asimismo, dio paso a Arturo. Mientras este último estaba leyendo se fueron caldeando los ánimos entre los trabajadores de SPRIL y lo que era un murmullo se convirtió en unos gritos que provocaron que nuestro lector dejase de leer. No te molestes, por favor, le dije y bajé la escalera dirigiéndome al que gritaba Siento que no os parezca bien, pero esta actividad ya estaba anunciada y no tienen por qué dejar de convivir las dos situaciones, vuestra protesta y nuestra lectura. Me esforcé por ser lo más asertiva que pude, creo que conseguí que él y el resto entendieran que podíamos solapar actividades y que aquéllo que hacíamos no suponía ninguna falta de respeto hacia ellos, tal y como me reprochaban. No sé si lo hice bien, espero que sí, también era consciente de las consecuencias que podía tener y de las tan diferentes apreciaciones que se hacen de estas situaciones. Lo cierto es que volví sobre mis pasos junto con mis compañeros del Comité de Empresa y a los lectores y, al igual que otros días de protestas de SPRIL, nos quedamos allí apoyando la movilización y con la lectura interrumpida. Tampoco pasaba nada. Terminada la movilización continuamos nuestras lecturas ya dentro del edificio y con un sistema de relevo magnífico por parte de todo aquél que quiso participar.


A cada lector, una vez terminaba su participación, le pedíamos que firmase en el margen de los párrafos u hojas que había leído, cosa que hacían con ilusión al tiempo que les recordábamos que sólo ese día estaba permitido escribir en los libros.





“El recuerdo que deja un libro, a veces,   es más importante que el libro en sí.”

-Adolfo Bioy Casares-

Uno tras otro se fueron sucediendo personas que en voz alta leían delante de otros compañeros que atentamente esperaban su turno de participación. De esa forma pasaban a nuestro alrededor otros que observaban y se excusaban por no poder participar por diversos motivos y de esa manera también, cada cual fue disfrutando de algo distinto en esta Factoría, algo humano, algo sencillo, algo que comunica, algo que compartir y algo que recordar.



Las palabras no le pertenecen a nadie, las palabras son lo único que tenemos si no queremos que se las lleve el viento.

Marga. (Esta vez burlé a la frustración.)

Lo mejor de todo fue cuando alguien, a quien cada día admiro más cuanto más conozco, me dijo: Marga, ¿cómo he leído? No lo he hecho mal, ¿verdad? Hay que enfatizar las comas, los puntos, hay que hacerlo detalladamente y así he intentado hacerlo. Ah, y me he dado cuenta de lo mal que lee mucha gente, yo pensaba que lo hacía mal, pero he visto que hay algunos empleados que no lo hacen del todo bien.

viernes, 22 de enero de 2016

El Hombre que Susurraba a los Caballos.

¿Acaso es tan difícil de entender que solamente se necesita un lugar suave en el que caer?
En ocasiones la gente sólo busca un lugar tranquilo en el que refugiarse, estar. No habría que darle más vueltas. Podríamos, incluso, tomar como ejemplo a los perros; ellos se acurrucan en tu costado a la menor ocasión buscando un lugar tranquilo en el que reposar un poco, en el cual sentirse un poco seguros, en el que abandonarse a cualquier amenaza. Acaso ¿no has tenido en tu regazo a un pequeño peludo aterrado en días navideños de petardos?. No nos sintamos mejores que un perro. Ese podría ser un buen punto de partida vital para un humano.

Vamos por la vida sacando pecho. Vamos intentando ocupar más espacio del que nuestro cuerpo desaloja y vamos intentando dejar una permanencia tras de nosotros que ni se ajusta a nuestro volumen. Vamos desalojando materias del lugar que residen por el simple hecho de sentirnos protagonistas, mejores que esa materia que desalojamos o así lo creemos. Pero… es posible que ese desalojo provoque que alguien solamente quiera encontrar un lugar en el que descansar.

Si sumamos el dolor de una hija al de una madre, si sumamos la necesidad de comprensión de dos mujeres dispares, es posible que obtengamos una bomba.

Una bomba, casi seguro, nos explotará entre las manos. ¿Sabe alguien desactivar una bomba? ¿Eh? ¿Tú? ¿Cómo? ¿Cómo dices? ¿Ah? No. Bueno. No pasa nada. No. No te preocupes. Sí. Sí, claro. Ah, eso. Sí. Va, no pasa nada; que no, que no te preocupes. Todo está bien. Sí. Sí. Te entiendo. Si te entiendo. Claro. Tú tranquilo. Eso. (Mil respuestas.)

Cuenta conmigo. Eso, cuenta conmigo si necesitas algo. Ah. Eso. (Quizás hayas leído rápido el párrafo anterior. Es posible que hasta hayas pensado que qué es lo que he escrito. Lo sé. Bueno. Te diré que he escrito lo que suele decir alguien que se presupone se ofrece a ayudar sacando pecho, pero luego se justifica la huida sintiéndose incapaz de echar una mano, sin embargo quedando de maravillas). ¿Quién ayuda a ese inseparable binomio de madrehija ahogadas en tragedias y aporta la serenidad que necesita la desactivación de una espoleta? ¡Decidme!, ¿sois capaces de construir los diálogos mentales que no se muestran en esta película? Seamos empáticos. ¿Entendamos al desbordado? ¿Somos capaces de ayudar a los que decimos ser nuestros amigos? Perdonadme. Sí, perdonadme. Y digo esto porque... otrora, la gente de nuestro tiempo éramos capaces de fundirnos con aquél que estaba en una situación anímica complicada sin juzgarlo; no pensábamos ni 'resolvíamos' con un: "Tienes que ir a un psicólogo. Te pido cita yo mismo". Los amigos estaban. Los amigos te ayudaban. Los amigos, eran amigos. Entendamos el arrebato del dolor. Al fin y al cabo… esos que lo pasan tan mal, ..., sólo buscan un lugar suave, tranquilo, comprensivo, en el que estar. Y si una recorría océanos de carreteras o de temores para encontrarte... te encontraba. Estabas. Deberías saber la razón por la que te he llamado, por la que me he acercado a ti. Lo malo de todo es que, frecuentemente, esos lugares no existen. O es posible que tú no existas. O yo. No hay lugares suaves en los que caer.
Párate, sólo atiende a esta canción: (Es más, pasa de esta canción, visiona la película entera y observa tu vida y decide en qué punto de esta paleta de colores de la vida estás tú.). https://youtu.be/5jzIL85SbrA

Si un amigo en su dolor debe buscar la ayuda en un profesional porque tú no estás... , dime, ¡dímelo...! Exacto... : Se prostituye. Paga por la comprensión y solidaridad igual, exactamente igual, que por la compañía (aunque sea sexual).
 En cambio, si estás tú... si estamos nosotros... ninguna espoleta estallará y habrá un lugar suave en el que descansar.
https://youtu.be/5jzIL85SbrA

lunes, 11 de enero de 2016

David Bowie, si me dices "huye", huiré contigo.

Y si tú dices "huye", huiré contigo.
Let’s dance! ¡ Vamos a bailar !

Ponte tus zapatos rojos y baila conmigo este blues porque hoy es un hoy más triste. Sin Bowie todo será más vulgar.

No era una quimera, no. Era como todos nosotros, no tenía dos personalidades, no era diferente, pero hizo que el universo entorno de sí fuese mejor, más sensual, más trepidante, parecía que el mundo fuese el doble de lo que era. Hacía que el mundo tuviese color, ambigüedad, misterio, fantasía, diversión. Consiguió que los horizontes de lo prohibido se alejasen en el mundo de los grises en que estábamos inmersos. Logró que la imaginación se materializase en las formas, los sonidos y los movimientos.

Nos miraba a los ojos con mirada desafiante, tanto que lo hacía con uno ojo de cada color consiguiendo un rictus sensual que rozaba lo erótico para invitarnos a ir dos pasos más allá de donde estuviésemos. Era fácil seguir sus pasos, sólo hacía falta desprenderse de los prejuicios y ataduras que él no conocía. Así, de esta forma fueron muchos los que se atrevieron a salir a escena con enormes pseudoclones que nunca llegaron al nivel de Bowie aunque sí que consiguieron ir más allá sólo con imitarle, pero él era inimitable. Único David.

Quedan infinidad de canciones, más de una veintena de películas magníficas y memorables como “Dentro del Laberinto (1985)” o “La última tentación de Cristo (1988)” o “Imagine” (1988) [Un tributo a John]  o “El Truco Final (2006 )”e icontables imágenes reales en nuestra retina de lo que no podíamos ni imaginar. Queda un estilo ecléctico atrevido, rompedor y revolucionario, sin embargo libre de aristas.

Así es, hoy el mundo es menos interesante sin David, aún así… me estoy calzando mis zapatos rojos para bailar este blues.

https://www.youtube.com/watch?v=OyVjdQXNs9s