domingo, 31 de marzo de 2019

Mis tardes con Julie conociendo la Francia profunda



Julie al volante de Micheline
Me pregunto, "Cinéfilos", ¿cómo competir con Arturo y sus inimitables crónicas de viajes ¡reales!?

Desde luego no puedo hacerlo sin algún tipo de "artimaña" y justamente esta semana Julie me ha dado una idea.

Voy a ser sincero con vosotros, Cinéfilos, desvelándoos una historia hasta ahora secreta: desde hace algo más de dos años mantengo una aventura varios días a la semana con una maravillosa treintañera francesa. 

¿Lo he hecho para reparar mi corazón del desgarro sufrido tras la inevitable y amarga ruptura con María del Mar? Supongo que sí, he abandonado mi esforzado amor al balearismo catalanizado tras su traición, cancelando 46 años de ser su rendido chevalier servant y, por el otro flanco, constatar el desenmascaramiento de Lluís, al que traté de comprender y del que admiré su música y poesía desde que lo conocí aquel 7 de diciembre de 1970 en la Plaza de Santa Ana de Madrid. 


Julie aprendiendo una nueva receta local
Herido, he buscado consuelo volviendo mis ojos a otras influencias, empezando por Francia ahora que los actuales ensoberbecidos gerifaltes de la Marca Hispánica oriental de Carlomagno  (con la inevitable comparsa de su corte de trovadores, saltimbanquis y paniaguados), que jamás fué Reino, me han expulsado para siempre de su cultura por su insoportable prepotencia supremacista.

En ese estado de desamor descubrí a Julie, que me invitó a acompañarla por toda la Francia más tradicional, nada de París, como la mejor compañía y guía para recorrer sus cocinas, siempre evitando restaurantes, entrando en casas particulares y allí siendo testigo de cómo cocineras, y cocineros, amateurs mantienen sus más veteranas recetas y, de paso, aprovechando ese peregrinaje para descubrir sorprendentes paisajes  y recónditos monumentos en cada entorno visitado.

Comida resumen de la visita
El caso es que el pasado martes recorrimos en su cochecito, que ella llama Micheline, el País de los Albigenses, en el Departamento de Tarn, una de las más interesantes jornadas que he pasado en compañía de Julie porque, además de gozar de una muy buena mesa como colofón de la visita, esa mañana habíamos visitado su capital, Albí, histórica ciudad donde se hicieron fuertes los cátaros, secta religiosa que fue declarada herética por la Iglesia en el siglo XII y perseguida militarmente en una cruzada ad oc, nunca mejor dicho lo de "Oc", ya en el XIII, dentro de un escenario político más amplio, el enfrentamiento del Conde de Toulouse contra el Rey de Francia, apoyando a aquél Pedro II de Aragón, que en dicha campaña murió en la batalla Muret en 1213 (sí, el mismo rey que había participado en la decisiva batalla de Las Navas de Tolosa derrotando al gran ejército almohade de Al-Nasir tan sólo un año antes, acompañando a Alfonso VIII de Castilla, junto con Sancho VII, El Fuerte, de Navarra)  concluyendo la guerra en 1229 con la completa derrota de los provenzales.


Catedral de Albí: órgano y frescos del Juicio Final
Y paso a glosar la catedral de Albí, consagrada a Santa Cecilia, singular fortaleza gótica exteriormente que internamente tiene una decoración espectacular, destacando la enorme pareja de frescos en los cilindros simétricos que soportan un gigantesco órgano. Nos la enseñó un magnífico guía.

En la mañana siguiente, mientras Julie aprendía una nueva receta local yo me "escapé" a ver el precioso Museo Toulouse-Lautrec... porque Henri nació en Albí.


Remate del coro y bóveda
Concluyendo, he gozado de unos 50 o 60 excursiones con Julie conociendo la Francia profunda en sus recetas locales, paisajes, bastante monumentos y a muchos franceses amantes de sus pueblos y costumbres, con los que hemos celebrado una comida en cada destino. Una delicia y, como no soy nada egoísta sino que me encanta compartir todo lo bueno, os ofrezco conocer los reportajes que se están emitiendo en La 2, por tercera vez, de lunes a viernes a las siete de la tarde. 

Pero si queréis ver específicamente el capítulo de la visita al País de los Albigenses, como TVE deja disponibles "a la carta" estos reportajes tras su emisión durante una semana en su página web, podréis disfrutarlo en el enlace Las recetas de Julie: Albí. Departamento de Tarn hasta el martes 2 de abril. 

Y si lo hacéis, seguro que seréis cautivados por Julie, una encantadora francesa que derrocha simpatía y savoir faire, además de conocer, en este caso, la interesantísima Catedral de Albí.

 Manrique

 





viernes, 22 de marzo de 2019

La flor nueva

(11 al 15 de febrero de 2019)

Addis Abeba, la flor nueva en amhárico, es la ciudad más alta de África, situada a 2.300 metros sobre el nivel del mar, en las faldas del monte Entoto.

Su fundación es muy reciente, y adquirió la condición de capital de la efímera África Oriental Italiana en 1936.

Hasta ahora he pasado casi de puntillas sobre la presencia italiana en Etiopía, pero no podemos olvidar la tormentosa relación entre estos dos países. Ya a finales del siglo XIX, Italia ocupó el puerto de Massawa, en el Mar Rojo, siguiendo el ejemplo de otras potencias europeas. Pero cuando intentaron deponer al emperador Menelik II fueron derrotados por el ejército etíope, mucho peor armado.

Con la llegada al poder de Mussolini, los italianos intentaron quitarse la espina de esa derrota, y en 1935 invadieron Etiopía desde Eritrea. No consiguieron una verdadera victoria militar hasta haber asesinado a más de un millón de etíopes rociándolos con gas mostaza.

Pírrica victoria, porque solo cinco años después los etíopes, con ayuda británica, lograron expulsar a los italianos, momento en que el emperador Haile Selassie regresó a Addis Abeba y comenzó su reconstrucción y modernización, hasta conseguir que la sede de la Organización para la Unidad Africana se instalará aquí.

La ciudad, con más de 3 millones de habitantes, es un verdadero caos. De una orografía muy complicada, consiste en diferentes núcleos de edificios altos, fundamentalmente de oficinas, separados por un mar de barrios residenciales de clase media, que en España se considerarían chabolas.

En uno de esos núcleos modernos, junto al aeropuerto, se encuentra nuestro hotel; otra zona importante se organiza en torno a Piazza, donde abundan los grandes edificios racionalistas de diseño italiano.

Cenamos cerca del hotel, en el Yod Abisinia, un gran restaurante de lujo, frecuentado por turistas, diplomáticos y hombres de negocios. La cena, una versión para ricos de la cocina tradicional, incluye por supuesto varias fuentes de injera acompañada de muy diversos ingredientes: carne, verduras, legumbres… Los rollos parecidos a servilletas que bordean la fuente son tiras adicionales de injera.

Pese a ser miércoles, día en el que los cristianos más piadosos no ingieren carne, nos sirven kitwo, un plato de carne cruda, picada y muy aliñada, que me parece simplemente curiosa.

El espectáculo, en cambio, me resulta interesantísimo. Media docena de músicos, tres cantantes y ocho bailarines se van alternando para mostrar un catálogo de música y danza de diferentes zonas del país. Si queréis verlos con más detalle, podéis probar con este enlace a un vídeo filmado en este mismo restaurante: 

Junto a mí se sientan dos parejas de color, o sea negras, que no africanas. Aunque son de origen etíope, han nacido en Paris, donde residen, y han venido a Etiopía como turistas. Por suerte, conocen perfectamente su folclore, y en varias ocasiones me aclaran la procedencia de determinados números. Los bailarines van cambiando de vestuario para ofrecernos danzas de diferentes zonas del país; me impresiona la fuerza y rapidez de alguno de los bailes: una de las bailarinas gira la cabeza a tal velocidad que la vista no es capaz de seguir sus movimientos, y su cara adquiere un aspecto picassiano, deformado. Ocho minutos de reloj está bailando de esa manera, como en un ejercicio de movilidad de las cervicales ejecutado a diez veces la velocidad normal.

Un grupo de turistas, creo que israelíes, sentados detrás de nosotros, están deseando salir a la pista, y responden con entusiasmo a la invitación de los bailarines. Resulta totalmente penoso, la agilidad y el ritmo de unos frente a la rigidez y patosidad de otros. Y más vergüenza ajena siento cuando de entre el público salen a bailar etíopes. No se pueden comparar con los profesionales, pero mantienen el tipo más que dignamente. Siguen el ritmo, imitan los movimientos de los bailarines, incluso improvisan algún paso nuevo. Como nuestra compañera Menchu, que hace toda una demostración de danza cuando se anima a salir al escenario.

Son más de las diez de la noche, tardísimo para Etiopía, cuando regresamos al hotel, esquivando a los ingenuos carteristas que rondan por los semáforos.

A la mañana siguiente, último día de estancia en Etiopía, comenzamos visitando el Museo Etnográfico, construido en un antiguo palacio que Haile Selassie donó con este fin. El palacio se construyó en 1934, algo después de la coronación, que supuso que Addis Abeba se hiciera visible en el ámbito internacional. Si queréis conocer más detalles de esta ceremonia, Evelyn Waugh narra muy bien las peripecias de un periodista británico invitado a los fastos.

Durante la ocupación italiana, el palacio sufrió importantes transformaciones para adaptarse a los gustos de las nuevas autoridades, que lo usaron como residencia de los virreyes (el mariscal Badoglio, el duque de Aosta…). Llegaron a erigir frente a su entrada un monumento en honor a Mussolini, que todavía se conserva, aunque ahora está coronado por dos leones de Judá, símbolo del imperio abisinio.

El museo alberga exposiciones muy variopintas, en un ambiente decadente. Se pueden contemplar desde las habitaciones privadas de la familia imperial, incluidos sus cuartos de baño, hasta una discreta exposición de objetos cotidianos procedentes de las diferentes tribus en que se divide la población. En mi opinión, lo más interesante son sus obras de arte religioso, las grandes cruces de oro con un diseño geométrico muy intricado, y las pinturas de los siglos XIV en adelante.

Tampoco desmerece una gran colección de antiguos instrumentos musicales, cuya exposición ha sido organizada por un equipo de museólogos italianos.

Siguiendo de museos, visitamos a continuación el Nacional, enclavado en un edificio que me parece una buena muestra del estilo racionalista.

En su sótano se conserva el esqueleto original de Lucy, la famosa Australopithecus afarensis, cuyos restos, de más de tres millones de años de antigüedad, se encontraron en el valle del río Awash, no muy lejos del lago Abbé. El resto de objetos expuestos no tiene mucho interés.

Volvemos a subir al microbús para dirigirnos a Merkato, uno de los mayores mercados de África. Por el camino, el guía nos alerta contra los carteristas, y nada más llegar contrata a dos policías locales para que nos acompañen. No sé si exagera un poco o si los policías son muy eficaces, pero recorremos un par de kilómetros de callejuelas sin ningún percance.

A la entrada del mercado, cae enfermo otro de mis compañeros, Ricardo, que se tiene que volver al hotel en el microbús. Por suerte, se recupera a las pocas horas.

El mercado, que yo llamaría más bien zoco, es muy heterogéneo. Lo mismo se circula por avenidas amplias, cargadas de tráfico y flanqueadas por edificios comerciales de varios pisos, como por mínimos callejones serpenteantes. En toda la zona la constante es la multitud, que ocupa todo el espacio disponible.
Las tiendas exponen sus mercancías en la calle, que se utiliza también como lugar de trabajo: herreros, carpinteros, sastres o seleccionadoras de café se instalan en medio del tumulto. Los vendedores de menos categoría extienden sus mercancías directamente en el suelo, algunos sobre plásticos al modo mantero.

Allí conviven los artículos más modernos, como televisores o microondas, con los más tradicionales, de paja, madera o barro.

Entre otras curiosidades, vemos varios talleres que elaboran mancuernas a partir de engranajes y otras piezas de maquinaria desechadas. También encuentro una zona donde se fabrican injereras eléctricas, para su uso en viviendas de ciudad en las que no se puede encender una fogata. Sobre el grueso disco tradicional de barro, con un pequeño cincel y mucho cuidado se talla un largo surco con forma de laberinto, como el que podemos ver en los antiguos hornillos eléctricos. Luego extraen el alambre de cobre de cables usados, lo enrollan sobre una varilla para darle forma de espiral, y lo van insertando en el surco. Con eso y un borne en cada extremo del cable, ya tienen fabricado el electrodoméstico. Ahora basta con ponerlo sobre un soporte con el surco hacia abajo y conectarlo a la corriente. Si todo sale bien, el flujo eléctrico pondrá al rojo el alambre de cobre, y sobre la otra cara se podrá cocinar la injera. En el proceso se rompen muchos discos, el suelo está cubierto de sus restos.

Vemos también puestos de venta de una especie de pan, elaborado con el grueso tallo de una planta, la Ensete ventricosum o bananero de Etiopía. Cuando la planta tiene seis o siete años, se corta y del tallo se extrae la pulpa, que se deja fermentar varios meses bajo tierra. El producto de esta fermentación, llamado kocho, se utiliza para hacer pan y tiene un sabor ligeramente amargo y un olor ácido que a mí me resulta bastante desagradable; no pienso incorporarlo a mi dieta. Lo interesante de esta planta, y el motivo de que se esté intentando aclimatar en otras zonas del mundo, es su altísimo rendimiento (diez toneladas por hectárea) y su resistencia a sequías e inundaciones.

Impresiona la zona de reciclaje. Montañas de bidones de plástico, que luego usarán las mujeres para acarrear el agua; almacenes de papel usado, de botellas de agua, de cables, de material de construcción recuperado de derribos. Todo se aprovecha.

Nuestro guía, excesivamente protector, nos hace recorrer el mercado casi a la carrera, como huyendo de algún peligro inminente. Las ansias de rebuscar, mirar y regatear nos hacen remolones, pero entre él y los dos municipales consiguen que batamos el récord mundial de recorrido de mercados. Parece imposible que podamos comprar nada, pero en un despiste de nuestros ángeles protectores consigo adquirir un machete artesanal, uno más que añadir a mi colección, que con este alcanza ya los veinticuatro ejemplares. No me gusta visitar un mercado solo para hacer fotos, siempre que puedo intento comprar algo, aunque sean unas frutas.

Nos vamos a comer al hotel Taitu, construido en 1907 por iniciativa de la emperatriz del mismo nombre, esposa del emperador Menelik II, que quería tener un lugar apropiado para alojar a sus invitados. Muy lujoso para la época, da la impresión de que ha recibido muy poco mantenimiento desde su construcción. Sin embargo, o quizás gracias a eso, conserva perfectamente el ambiente de aquella época. Las habitaciones son muy amplias, con una mezcla de muebles de época y otros más modernos, de peor calidad; las de la planta superior cuentan con grandes verandas. La comida, que consiste en un bufete vegano surtido con verduras del huerto del hotel, la ameniza una pianista de jazz.

Después de comer, por fin, el momento más esperado del viaje: las compras. Llevamos dos semanas sin tiempo ni para mirar un escaparate, y hay que gastar como sea los últimos bir, que nadie nos cambiaría de nuevo en euros. Joyas, artesanía, café… todo vale para nuestro afán consumista. Recorremos, ya más relajados, la calle Haile Selassie, en la que se alinean una tras otras las joyerías, que venden sus piezas al peso. Una cafetería, Tomoka, que esconde en la trastienda un tostadero de café, nos permite comprar kilos y kilos del producto más conocido de Etiopía. Doy fe de que se merece su fama y se puede comparar con el colombiano, más apreciado en España, y estoy de acuerdo con Balzac cuando dice que “El café acaricia la garganta y pone todo en movimiento: las ideas se movilizan como los batallones de un gran ejército sobre el campo de batalla”.

En una galería comercial nos aprovisionamos de imanes de nevera, falsas antigüedades, ropa tradicional y otros objetos imprescindibles. Conseguimos acabar con todos los bir que nos quedan.

El problema surge al llegar al hotel. Por lo visto, se está celebrando una importante reunión internacional, y han activado el escáner de la entrada. Pretenden confiscarme el machete recién comprado, pero después de mucho discutir y una larga espera, consigo que me lo dejen subir a la habitación para meterlo en la mochila, bien envuelto en un periódico que me llevo de recepción.

Ya de noche, nos desplazamos al aeropuerto, donde paso sin mayores problemas el control de seguridad, pese a mi machete. De madrugada, en el aeropuerto de Estambul, despedida a los compañeros que vuelan desde allí a Bilbao y a Barcelona. En la sala de embarque para Madrid me encuentro con un par de docenas de hombres con el pelo recién trasplantado, muy fáciles de detectar por la cabeza pintada de Betadine y una especie de diadema negra cuya utilidad desconozco. Supongo que los de la cementera de Lanzarote, con lo que coincidimos a la ida, ya estarán en su isla, felices con sus implantes, pero temerosos de que no arraiguen bien los nuevos pelos.

Pero eso sería otra historia, que nunca contaré.

Pero si quieres reservar mi nueva novela, "El olor de un diamante"puedes reservarla aquí.

martes, 19 de marzo de 2019

Las tierras altas

(10 al 11 de febrero de 2019)

El Tigray no tiene nada que ver con el desierto del Danakil; es, literalmente, otro país. En menos de dos horas pasamos de ciento cincuenta metros bajo el nivel del mar a dos mil por encima, y la temperatura cae desde los cuarenta grados hasta unos agradabilísimos veintitrés. La población afar, musulmana, se ve reemplazada por los tigray o tigriña, cristianos, cubiertos con capas blancas en sus idas y venidas a misa. Las mezquitas se ven sustituidas por iglesias, y aparecen los perros, por primera vez en todo el viaje. El islam considera al perro como símbolo del diablo, y en las zonas musulmanas no se encuentra ni uno.

Aquí se estableció el segundo reino cristiano del mundo, antes incluso de la conversión del emperador romano Constantino. La iglesia etíope es monofisita, como el resto de las iglesias ortodoxas orientales. Esto significa que defiende la existencia de una sola naturaleza de Cristo, opuesta a la creencia en dos naturalezas, humana y divina, que la Iglesia católica estableció como oficial en el siglo V, durante el Concilio de Calcedonia.

La tradición religiosa etíope atribuye la fundación de su Iglesia al apóstol Felipe. Aunque esto no está comprobado, sí existen datos de que el Reino de Aksum, creado hace dos mil quinientos años, adoptó el cristianismo en el siglo IV, gracias a los esfuerzos de un monje dependiente del patriarca copto de Alejandría. Pero antes de eso, Aksum fue el primer reino africano en acuñar su propia moneda, y sus reyes se consideraban descendientes de Salomón y la reina de Saba, aunque no exista confirmación histórica. Tampoco es seguro que en su capital se conserve la auténtica Arca de la Alianza, teóricamente guardada en el interior del templo de Nuestra Señora de Sion, y a la que únicamente puede acceder su guardián vitalicio. Lo que sí es cierto es que su principal fuente de ingresos era el comercio entre el Mediterráneo (Egipto) y el océano Índico, a través de los puertos que poseía en el Mar Rojo.

El cristianismo etíope se mantuvo aislado de la mayoría de los demás núcleos cristianos hasta principios del siglo XVII, aunque ya en la Edad Media en Europa se tenía conocimiento de la existencia de un reino cristiano en oriente, gobernado por el famoso Preste Juan.

Por eso resultó creíble en las cortes aragonesa y portuguesa la embajada enviada por el emperador etíope para pedir ayuda contra el Sultanato de Adal y el imperio otomano, que amenazaban la propia existencia del país. Los portugueses, más interesados en el control de la ruta comercial a la India a través del Mar Rojo que en la defensa del catolicismo, enviaron sin embargo una legación, de la que formaba parte un jesuita, Pedro Páez. Este personaje, que intentó imponer el catolicismo y romper los lazos de la iglesia etíope con la copta, provocó una insurrección popular que terminó con la abdicación del emperador Susenyos y la expulsión de los jesuitas.

La influencia de la religión en la política se redujo notablemente tras la abdicación de Haile Selassie I en 1974 y la instauración en Etiopía de un estado socialista, que acabó con miles de años de monarquía absoluta y luchó por la separación entre Iglesia y Estado.

Seguimos circulando por el macizo abisinio, siempre por encima de los mil metros de elevación. No es una meseta como la castellana, sino que su orografía se parece más a Galicia, con una continua alternancia de montañas y valles cultivados, todos densamente poblados. Lástima que ya se haya recogido la cosecha y que el terreno presente el color pardo de los barbechos y rastrojos. En el bar en que paramos a descansar un rato nos encontramos con un retrato de Meles Zenawi, guerrillero tigriña que consiguió derrocar al dictador Haile Mengistu Mariam, hoy exiliado en Zimbawe. Zenawi llegó primero a jefe del estado y, tras unas elecciones libres, a primer ministro.

También nos enteramos de que las famosas hambrunas de Eritrea y Etiopía, aunque causadas por una sequía demasiado prolongada, se agudizaron por motivos políticos.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Etiopía, que había luchado por su independencia contra las tropas de Mussolini, se encontró en el bando ganador. Intentó aprovechar esa ventaja anexionándose Eritrea, abandonada por los italianos, y en un primer momento lo consiguió.

En torno a 1990, coincidiendo con la sequía que cito un poco más arriba, se produjo una rebelión independentista en Eritrea, que rápidamente fue apoyada por otra similar en el Tigray, región muy emparentada culturalmente con Eritrea. Para sofocarlas, Mengistu decretó un bloqueó de las zonas en conflicto, lo que impidió la llegada de ayuda internacional. Todos recordamos las imágenes de niños famélicos y de personas muertas en el borde de los caminos.

Al atardecer entramos en Wukro, donde haremos noche. Es una ciudad mediana, sin ningún encanto; hay que tener en cuenta que Etiopía nunca ha tenido una tradición urbana, y que la mayoría de las ciudades son de reciente creación. Mucho tráfico, edificios altos de oficinas que se alternan con barrios residenciales de casas bajas, tiendas, animación en las calles llenas de gente, pero nuestra caravana pasa de largo hasta llegar al hotel, situado sobre una colina a un par de kilómetros de la ciudad.

Nada más llegar nos encontramos con una boda, en la que los novios posan hablando por sus respectivos móviles, escoltados por un par de damas de honor con el peinado tradicional tigray, que hasta hace poco usaban tanto hombres como mujeres, y que parece recordar la melena de un león.

Después de varios días de aislamiento telefónico, todo el grupo está ansioso de comunicarse con su familia y amistades. Nos concentramos en la zona de recepción, único punto del hotel en el que hay señal WiFi, pero la mayoría no conseguimos conectarnos a Internet. Menos mal que en el grupo contamos con un auténtico hacker, Xavi, que consigue acceder como administrador al router del hotel y cambiarle ligeramente la configuración. A partir de ese momento, la conexión funciona perfectamente.

Durante la cena comparto con varios compañeros una botella de Rift Valley, un cabernet-sauvignon etíope, bueno pero excesivamente caro para el país: cuatrocientos bir la botella, unos trece euros, frente a los treinta bir que cuesta una coca cola o una cerveza. Es lo malo de tener vicios caros, aunque en este viaje los estoy satisfaciendo muy esporádicamente.

A la mañana siguiente, después de una noche excelente en la enorme habitación que nos adjudican, me levanto antes de amanecer para una nueva sesión de WiFi. A las cuatro y media de la madrugada comienzan los rezos en la iglesia cristiana del otro lado del valle. Transmitidos por megafonía, el tono me recuerda mucho al de los tapiceros ambulantes que de vez en cuando recorren mi barrio en furgoneta. Taapiicero baarato, soofás, silloones, tresiillos, caabeeceros, coojines. Preesupuesto sin comproomiso, señoora. Casi una hora más tarde, el almuédano convoca desde la mezquita para la oración del Fajr. Dura solo unos minutos, y sus palabras me resultan ya familiares: “Alâju Akbar. Aschadu an lâ ilâja ilâ-lâh…” (Dios es grande. Testifico que no hay más dios que Dios…”).

Circulamos un par de horas por una carretera en construcción, entre plantaciones de cereales, coles, tomates, berenjenas y otras hortalizas, que se alternan con álamos, frutales, algarrobos y otros árboles para mí desconocidos. Al fondo se divisan unas montañas de arenisca roja, el macizo de Gheralta, con un aspecto muy similar a los Mallos de Riglos.

Tal y como me temía, cerca de la cima de una de estas montañas se encuentran las dos primeras iglesias que vamos a visitar, a cuatrocientos metros sobre el nivel de la llanura, que tendremos que subir a pleno sol. Menos mal que en el comienzo del sendero nos espera un numeroso grupo de personal assistants, que por un muy módico precio se ofrecen a ayudarnos en la ascensión. No me lo pienso ni un minuto, y contrato verbalmente a Girmae (nombre tigriña equivalente a nuestro Germán). Es un señor de edad indefinida, bufanda de lana color vómito enrollada a la cabeza, sahariana gris, pantalones príncipe de gales y cangrejeras verdes.

A lo largo de la subida, clasificada como nivel 3 por los montañeros del grupo, compruebo lo acertado de mi decisión. Girmae me lleva la mochila, tira de mí, me empuja, me señala con su cayado dónde debo colocar pies y manos en los tramos más difíciles.

La ascensión es francamente dura para mi estado físico, con tramos bastante complicados. Empezamos con una subida por un sendero cómodo, bastante empinado, pero rápidamente nos metemos por una estrecha grieta, por la que seguimos ascendiendo apoyándonos en las dos paredes verticales entre las que discurre la ruta.

Lo malo empieza cuando abandonamos la protección de esta grieta y comenzamos a trepar por una rampa de piedra, con unas magníficas vistas al valle, que cada vez queda más abajo. Asciendo lentamente, ayudándome siempre con las manos, procurando tener tres puntos de apoyo firmes antes de mover un pie o una mano. Y, sobre todo, sin mirar hacia abajo para que el vértigo no me bloquee.

Paro a cada rato para tomar aliento, y poco a poco me van adelantando los demás miembros del grupo. Cuando llegamos a la iglesia de Maryam Korkor me invade una euforia de triunfo. ¡He conseguido llegar arriba! No quiero pensar en la bajada.

La iglesia es interesante, aunque no se puede comparar con las famosas de Lalibela. Una fachada construida en piedra da acceso al interior, tallado aprovechando una cavidad natural. Sale a recibirnos el abad, vestido con una túnica amarilla. Nos cuentan que subió aquí hace más de setenta años, y que ya nunca volvió a bajar a la llanura. Dudo de si ha sido por alejarse de las tentaciones mundanas o por miedo al vértigo de la bajada; por un momento me veo obligado a hacerle compañía el resto de mi vida. Tendré que vencer mi vértigo, como sea.

El abad padece una ligera demencia senil, enciende velas, reza o murmulla, mira al infinito. Pero recupera la lucidez cuando nuestro guía le pide que nos muestre la cruz ceremonial de oro. Indignado, responde que la cruz solo sale del camarín para las fiestas religiosas.

Las paredes están cubiertas de pinturas naif, que representan diversas escenas de la biblia: Adán y Eva, Sansón destruyendo el templo de los filisteos, la resurrección de Lázaro… Parecen románicas, pero en realidad son del siglo XVII. Tienen un objetivo didáctico, enseñar historia sagrada a unos feligreses analfabetos.

Mis compañeros se dirigen a otra iglesia cercana, Daniel Korkor, y ahora llega lo peor. El sendero transcurre por una cornisa, que a mí me parece muy estrecha pero que reconozco que tiene un metro de ancho. Al lado izquierdo se abre directamente una caída de cuatrocientos metros hasta la llanura que, si fuera capaz de mirar, vería allá abajo. Ni pretil, ni barandilla, ni pasamanos, ni nada más que el vacío. Girmae, mi santo patrón, me coge de la mano y me indica por señas que ponga la mirada en el paredón rocoso de mi derecha. Ojos que no ven, corazón que no siente. Los guías locales descansan relajados al borde del precipicio, ajenos a mi vértigo ajeno.

El sendero termina en un pequeño rellano en el que se abre la entrada a Daniel Korkor. Yo soy incapaz de quitarme las botas para entrar, me siento en un escalón, lo más arrimado que puedo a la pared, esperando a que mis compañeros salgan de la capilla.

No sé cómo conseguí desandar aquella cornisa, es como un mal sueño del que prefiero no recordar mucho. Luego vendría la bajada, más difícil que la subida, ya que durante gran parte del recorrido había que descender mirando directamente hacia los barrancos. Menos mal que Xavi me ayudó, con su charla informática, a no pensar en la insensatez que estaba cometiendo.

Cuando llego abajo le doy una generosa propia a Girmae, convencido de que se la ha ganado con creces. Mis compañeros, que nos han ido adelantando durante el descenso, me reciben con un aplauso. Creo que me lo merezco, solo yo soy consciente de lo que me ha costado vencer el miedo. Han sido tres horas extenuantes en todos los aspectos.

Después de visitar otra iglesia más, esta accesible fácilmente en coche, emprendimos un viaje que, en dos días y medio, nos llevará hasta Addis Abeba a través de las tierras altas.

Este rápido recorrido nos da ocasión de conocer, muy superficialmente, algunas de las costumbres etíopes. Así, vemos como la zona de los restaurantes donde se prepara el yebena buna, el café tradicional, se decora extendiendo hierba recién cortada por el suelo, en recuerdo de los pisos de tierra de las cabañas, que se cubren con hierba verde para no mancharse los pies descalzos.

También asistimos a una misa en Kombolcha, la capital del Tigray. Al filo del anochecer, los fieles, vestidos de blanco, se concentran en el recinto que rodea la iglesia. El sacerdote oficia la misa en el exterior del edificio, acompañado por los cánticos y las palmadas rítmicas del público. A la puerta del recinto se agolpan mendigos, vendedores y toda clase de buscavidas.

En Kombolcha encontramos vestigios de la ocupación italiana, desde un monolito dedicado a Vittorio Emmanuelle, Re Imperatore, hasta túneles y tramos de carretera construidos para facilitar el avance de las tropas de Mussolini, que invadió Etiopía a partir de Eritrea, y que avanzó hacia Addis Abeba a través del Tigray, la Oromía y el país Amhara. También un camarero del hotel, un simpático viejecito, nos saluda con un Buona sera. Va bene?, recuerdo de sus años de emigración a Nápoles.

El cruce de la Oromía, de mayoría musulmana chiita, se nota por la profusión de mezquitas y la presencia de mujeres con la cara tapada. Se adornan con collares fabricados con discos de plata, que aquí llaman María Teresa, y que en realidad son unas monedas austríacas de aleación muy pobre, que Napoleón utilizó para pagar a sus tropas egipcias, los famosos mamelucos que luego participaron en los combates del 2 de mayo de 1808 en Madrid.

Tantas monedas llegaron a circular por todo el cuerno de África, que en Etiopía han sido de curso legal hasta mediados del siglo pasado, aunque ahora se usan exclusivamente como joyas.

Los amhara suelen vivir en complejos familiares amurallados. Durante una visita a una de estas aldeas, vemos como un ama de casa elabora la injera, el alimento básico. Prepara unos cincuenta cada día, que luego vende al borde de la carretera. A los miembros de esta tribu, como a los tigray, se les reconoce desde lejos por sus largas capas blancas.

Nunca olvidaré la tierna visión de un padre, que acompaña a sus dos hijos a la escuela, cada uno cogido de una mano, mientras carga al hombro su kalashnikov.

Al final de este recorrido llegamos a Addis Abeba. Pero esa es otra historia, que podrás leer pinchando aquí.

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lunes, 18 de marzo de 2019

Libro de estilo

Muchas veces nos entran dudas a la hora de escribir una palabra, de poner un acento o una coma. Además de las utílísimas webs de la Real Academia Española y de la Fundación del español urgente, aquí os podéis descargar el curioso libro de estilo de Instituto Gegráfico Nacional.

viernes, 15 de marzo de 2019

El noveno círculo del infierno

(9 al 10 de febrero de 2019)

Hoy es un día de carretera, o más bien de camino de cabras, pista y carretera. Primero desandamos la ruta de ayer, hasta llegar casi al lago Afrera, donde tomamos por fin una carretera asfaltada, en muy bien estado.

Volvemos a los campos de lava negra, quebrada, a las franjas de arena brillante, a las acacias espinosas modeladas por los mordiscos de cabras y camellos. Seguimos cruzando poblados afar que parecen deshabitados, y nos encontramos caminantes que salen de la nada y se dirigen hacia no sé dónde, bajo un sol que pronto hace subir la temperatura a cuarenta grados (a la sombra, si es que tal cosa existiera en este desierto). Bebemos agua templadita, ideal para darse una ducha.

La carretera atraviesa una pequeña cadena montañosa cuyo nombre no consigo localizar en ningún mapa. La vegetación se alegra un poco con almendros, acebuches y hasta un arroyo por el que corre algo de agua. En las crestas de las colinas se yerguen los dragos, para mí tan gaditanos. La temperatura, algo por encima de los veinte grados, nos hace revivir.

Cruzamos Abala, una ciudad fantasma, repleta de urbanizaciones en construcción, en gran parte abandonadas sin terminar. Algún día pasará por aquí el ferrocarril Mekele – Tadjoura, y esta zona crecerá económicamente, pero por ahora no hay trabajo ni, por lo tanto, demanda de vivienda.

Al bajar de nuevo a la depresión del Danakil para acercarnos al lago Essalé, la temperatura sube quince grados en menos de una hora. En los poblados se aprecia la huella de la cooperación europea y estadounidense. Adelantamos a las primeras caravanas de camellos y de burros que, cargados de pienso, se dirigen hacia el lago a recoger sal. Las sombras de los camellos se alargan sobre el asfalto.

En las afueras de Ahmed Alé se encuentra el campamento que nos han adjudicado los afar. Las alambradas rodean un espacio que más parece un campo de refugiados, con cabañas de chapa corrugada, montañas de basura y remolinos de polvo. Pasamos de largo, aunque igualmente nos cobrarán la pernoctación, y abandonamos la carretera para continuar por el fondo de una rambla. Allí en medio surge el milagro del agua.

Un pequeño regato corre por entre las piedras, y a su lado crece un hermoso palmeral. Es un oasis. Aprovechamos los últimos rayos de sol para darnos un baño (de asiento, el arroyo no da para más) y quitarnos el polvo del camino. En estos momentos lo agradezco más que el mejor jacuzzi.

Mientras descansamos en el agua, nuestro personal monta las tiendas, la cocina, las mesas, las sillas. Se ganan bien su sueldo, la mayoría llevan conduciendo todo el día.

Durante la cena, la agencia de viajes nos invita a vino blanco, un cabernet-sauvignon etíope, de Bodegas Acacia. No es que sea demasiado bueno, y además está del tiempo, pero lo agradezco mucho. Mientras el resto del grupo ha podido disfrutar de cerveza casi todos los días, yo me he tenido que limitar al agua y a alguna coca cola ocasional.

En vista de que la temperatura se mantiene en torno a los treinta y ocho grados, y de que no hay ni viento ni mosquitos, desprecio la tienda de campaña y me instalo a dormir al aire libre en una de las camas de hospital que nos alquila el encargado del oasis. Solo una de mis compañeras, Manuela, comparte esta decisión, que nos permite disfrutar de un techo de estrellas como no había vuelto a ver desde Alto Paraíso de Goiás, en la Chapada Diamantina, doscientos kilómetros al norte de Brasilia. Me resisto a cerrar los ojos mientras contemplo el espectáculo, a la vez que escucho el suave murmullo del arroyo entre las piedras. La noche es perfecta, duermo de un tirón hasta que empieza a clarear y se reanuda la actividad en el campamento: escapadas a detrás de los arbustos, lavado de dientes con un buche de agua, recogida de equipajes…

El encargado aparece de nuevo para cobrar: por coche, por persona, por tienda y por cama. Los precios son fijos, no hay regateo posible.

Antonio, mi compañero, ha pasado mala noche, con dolor de estómago que achaca a la sopa de lentejas de la cena. Antes de irnos del oasis, vomita. Le cedemos el asiento del copiloto para que descanse lo mejor posible durante el trayecto. No es el único con problemas estomacales; la dieta diferente, el calor, el cansancio y la falta de higiene van cobrando su precio.

Partimos hacia el salar de Essalé, situado a 120 m bajo el nivel del mar que, en verano, supera los 60º C. En esa época del año es imposible vivir en esta zona.

El recorrido por el salar nos traslada a otro planeta. La capa de sal que cubre el suelo, y que en algunos puntos llega aalcanzar más de dos mil metros de espesor, captura higroscópicamente la escasa humedad ambiente, y acaba disolviéndose. Aparece en la superficie una fina lámina de agua, que en ocasiones forma celdas exagonales. La blancura se extiende hasta el horizonte, los escasos puntos de referencia se difuminan en la calima.

Pronto adelantamos a la primera caravana de camellos, y un poco más adelante nos encontramos con un grupo de trabajadores. En las mañanas de invierno, los peor pagados, que suelen ser inmigrantes tigray, arrancan bloques de sal a base de palancas y picos rudimentarios. Un trabajador más cualificado talla los bloques hasta darles una perfecta forma rectangular y un peso estándar de cinco kilogramos. A mediodía, los camelleros cargan veinte bloques en cada camello, cuidando de situarlos de forma equilibrada, y todo el equipo emprende el camino de regreso, entre las protestas de los animales, antes de que el sol sea demasiado insoportable. Los afar se limitan a dirigir la operación y cobrar sus tasas como propietarios del salar.

Aquí ubicó una de sus novelas el prolífico escritor Vázquez Figueroa, relatando la nada creíble historia de un blanco que cae en manos de los traficantes de esclavos y es vendido para trabajar extrayendo sal. Logra escapar, contra toda lógica, construyendo una especie de trineo a vela con el que surca el salar a toda velocidad hasta llegar a su límite. Por suerte no recuerdo el título, ni cómo consigue luego cruzar el desierto de Danakil hasta llegar a un lugar más seguro.

Intento comprar el hacha con la que se recortan los bloques, de fabricación artesanal, pero el tallador me pide un precio que en un primer momento me parece desorbitado: tres mil bir, unos noventa euros. Luego comprendo que si me vende su única hacha, no solo no podrá trabajar él, sino que todo el equipo se tendría que volver al poblado y perderían la jornada de trabajo.

Seguimos navegando por esta llanura sin límites, siguiendo las huellas de otros vehículos. Encontramos algunos islotes rocosos, y el calor hace que en el horizonte se multipliquen los espejismos.

Alcanzamos por fin la atracción cumbre de nuestro viaje, el mítico Dallol. Se trata de una pequeña colina que se eleva poco más de cien metros sobre el nivel de la llanura, producto del empuje de una pluma de magma incandescente contra el fondo del salar. Durante la erupción, que se produjo en 1926, el calor de la lava fundió las sales y las empujó hasta la superficie, donde se formó esta colina de azufre, cobre, hierro y otros minerales.

Llegando casi a la cima, Antonio, que ya iba un poco tocado, cae redondo al suelo con una lipotimia, linotipia que dirían en Cádiz. Parece un golpe de calor. Le damos sombra y los sanitarios se hacen cargo de él. Mi camiseta le sirve de almohada, pero no acaba de recuperarse. Manu se da una carrera hasta los coches para volver a subir con suero oral, es uno de nuestros ángeles de la guarda. Se detienen otros dos grupos de excursionistas, una japonesa se ofrece a atenderlo, pero llevamos médicos más que de sobra. Poco a poco se va recuperando, pero se ve obligado a retroceder hacia los coches, acompañado por el guía local. Se perderá lo que quizás sea el momento más mágico del viaje, pero la maldición del coche número tres lo ha alcanzado también a él.

En lo alto de la colina nos espera un arcoíris mineral. Lagos verdes, cascadas azules petrificadas, campos rojos de óxido de hierro sembrados de margaritas de azufre, nubes de anhídrido sulfuroso, vapor hirviente.

El guía insiste en que no abandonemos el sendero con huellas de pisadas. Nos habla de un turista que se alejó de su grupo, en busca de una foto única. La costra de sal se rompió bajo su peso e introdujo su pie en un charco de ácido sulfúrico en ebullición. Hubo que amputarle la pierna por encima del tobillo.

Para ilustrar esto podría incluir aquí diez, cien, mil fotos. Pero prefiero solo unas pocas y dejaros con la miel en los labios.

El agua borbotea bajo nuestros pies o forma pequeños geiseres. En ciertos tramos, el calor del suelo amenaza con fundir las suelas de nuestras botas, hay que pasar rápidamente.

Los restos de una fallida explotación minera italiana se corroen a toda velocidad. Trabajar aquí tiene que haber sido inhumano.

Ni un pájaro, ni un insecto, ni un hierbajo. Quizás los charcos ácidos alberguen alguna bacteria, pero lo dudo. Este es un paisaje de muerte.

Bajamos remolones, pero en el fondo aliviados. El noveno círculo del infierno, en el que se castiga a los culpables de malicia y fraude, lo que hoy en día llamaríamos corrupción, debe de ser algo muy parecido a esto.

En Ahmed Alé, otro asentamiento inmundo, dejamos al guía local. Seguimos luego unos kilómetros hasta Bertahile, donde nos despedimos de Messi, nuestro encantador cocinero. Esta misma noche estaremos en la región tigray, mucho más civilizada, y ya no necesitaremos sus servicios. Él, su ayudante, uno de los cocineros y el ertzaina nos abandonan aquí. Antes de irse, Messi tiene un último detalle: nos invita a un par de botellas de un vino local, infame, y prepara un pastel con una velita para celebrar el cumpleaños de Marije, la compañera residente en Luxemburgo.
En el restaurante, una mujer muy guapa sirve el yebena buna, el café tradicional. En un rito que dura cerca de una hora, el café se tuesta, se muele, y se prepara por infusión, sobre las brasas, utilizando una cafetera de barro con el fondo cónico. Delicioso.

Inma, incansable reportera, consigue hacer buenas migas con una chica guapa, muy adornada, que me temo que se dedica a la prostitución. Vaya esta foto en su homenaje, y en recuerdo de la tristeza que traspasaba su maquillaje.



Pronto empezamos a ascender las montañas Semien, que separan el Danakil del Tigray. Arriba nos esperan otro mundo, otra religión, otra cultura, otro clima. Pero esa es, también, otra historia, que puedes leer pinchando aquí..

Y si quieres reservar mi nueva novela, "El olor de un diamante"puedes reservarla aquí.

jueves, 14 de marzo de 2019

La utilidad de lo inútil


La utilidad de lo inútil
Manifiesto
Nuccio Ordine
Tengo en mis manos la vigésimo primera edición de este ensayo de Nuccio Ordine (Diamante 1958), profesor de Literatura italiana de la Universidad de Calabria y autor de diversos libros, varios de ellos sobre Giordano Bruno y el Renacimiento. No me voy a extender más sobre los méritos de dicho profesor, que  son muchos y que se pueden leer en la segunda página del libro.

El título puede sorprender pero el autor lo explica muy bien. La paradójica utilidad a la que me refiero no es la misma en cuyo nombre se consideran inútiles los saberes humanísticos y, más en general los saberes que no producen beneficios. En una acepción muy distinta y mucho más amplia, he querido poner en el centro de mis reflexiones la idea de utilidad de aquellos saberes cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad utilitarista. Existen saberes que son fines por sí mismos y que-precisamente por su naturaleza gratuita y desinteresada, alejada de cualquier vínculo práctico y comercial- pueden ejercer un papel fundamental en el cultivo del espíritu y en el desarrollo civil y cultural de la humanidad. En este contexto, considero útil todo aquello que nos ayuda a hacernos mejores.
Todo aquello que nos ayuda a hacernos mejores. No se puede explicar mejor, mi propio pensamiento y, supongo, también el de miles de personas que, como yo, tienen inquietudes humanísticas. Pero no voy a hablar de mi misma sino de este librito, de tan sólo 170 páginas, que pone el dedo en la llaga de la preocupación más importante de nuestra sociedad, como es la Educación.
Estructurado en tres partes, la primera: La útil inutilidad de la literatura, recoge aquellas páginas de la literatura universal de autores que, de una manera o de otra, nos hablan de las cualidades del alma. La mayoría son libros famosos. Por ejemplo ¿Qué es el agua? Una anécdota de Foster Wallace o Los pescaditos de oro del Coronel Buendía de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.  Kant: el gusto por lo bello es desinteresado, Ovidio: nada es más útil que las artes inútiles. Montaigne: no hay nada inútil, ni siquiera la inutilidad misma. Y así hasta veintiséis citas. Sorprendente y muy  interesante.
La segunda: La Universidad-empresa y los estudiantes-clientes. Consagrada a los efectos desastrosos producidos por la lógica del beneficio en el campo de la enseñanza, la investigación   y las actividades culturales en general. En palabras de su propio autor.
En la tercera parte y última: Poseer mata: dignitas hominis, amor y verdad, La voz de los clásicos. He destacado algunas ideas: Es el gozar, no el poseer, lo que nos hace felices. (Montaigne). El error, para Séneca, obedece sobre todo al hecho de que no valoramos a los hombres por lo que son sino por los hábitos que visten y los ornamentos con los que se atavían. Amar para poseer mata el amor. Citas y citas buscando la dignidad del hombre. Las he elegido al azar, no son las que más me han impactado, pero son muy buenas.
En la portada se reproduce el cuadro de Velázquez, Demócrito. El filósofo que sus conciudadanos creían enfermo, para lo que llamaron a Hipócrates, médico que desprecia las riquezas y que ansía ejercitar su profesión sin dejarse condicionar por el dinero. Desde el inicio el encuentro entre los dos insignes interlocutores se revela muy fecundo, en especial cuando se plantea la discusión en torno a las razones que han suscitado la risa del filósofo. Las reflexiones de Demócrito no sólo impresionan a Hipócrates, sino que nos iluminan, a siglos de distancia, también a nosotros, lectores del nuevo milenio.
Muchos siglos después Pico della Mirandolla, en su célebre Discurso sobre la dignidad del hombre, nos descubre que la esencia de la dignitas humana se basa en el libre albedrío. Este Discurso se puede encontrar en Internet y lo recomiendo especialmente.
Miles de ejemplares vendidos, traducido a  varios idiomas y numerosas ediciones, hacen que  La utilidad de lo inútil merezca toda nuestra atención. Recomiendo, que se lea despacio y, a ser posible, se recurra a los textos que cita el autor. Además la bibliografía nos ayuda a encontrarlos.
Al final, se incluye el ensayo de Abraham Flexner, La utilidad de los conocimientos inútiles. Flexner (1866-1959) fue un famoso pedagogo estadounidense. Tras sus estudios en la Universidad Johns Hopkins y en Harvard, fundó varias escuelas experimentales y participó en la creación del Institute for Advanced Study de Princeton, que dirigió entre 1930 y 1939. Durante esta etapa favoreció el exilio de muchos investigadores que huían de las persecuciones nazis. Autor de numerosos libros de pedagogía. Sus trabajos han ejercido una profunda influencia en la enseñanza de las ciencias en Estados Unidos y Europa. En este articulo Flexner cuenta someramente la vida del instituto, algunas anécdotas y el entusiasmo de investigadores y amigos.

martes, 12 de marzo de 2019

El desierto de Danakil


(5 al 9 de febrero de 2019)

Durante un tiempo circulamos por la RN 1, la carretera que une Yibuti Town con Addis Abeba. El tráfico de camiones, en su mayoría etíopes, es incesante. Por aquí pasan cada año ciento sesenta mil toneladas de café (ocho mil camiones, unos 20 al día, en cada sentido), además de semillas de girasol y otras exportaciones etíopes; el oro y las flores cortadas salen directamente en avión. La mayoría de las importaciones llega a Etiopía por vía aérea, al tratarse de mercancías de alto precio, como turbinas de gas y aviones; las medicinas ocupan el tercer lugar en sus importaciones. Por eso se ve regresar a tantos camiones vacíos.

A cien metros escasos del estruendo de la carretera, una gacela de Thompson come hojas de una acacia espinosa, mientras mueve el rabo frenéticamente. Poco después localizamos otro grupo de cuatro gacelas. Es la primera vez que las veo en libertad.

Por fin llegamos a Dikhil, última ciudad yibutí antes de la frontera e importante punto de descanso y avituallamiento para los camioneros. No pasa de ser un pueblo grande, miserable, construido con piedras volcánicas negras y bloques grises de hormigón; en las casitas tiene que hacer un calor de muerte. Todo el pueblo y sus alrededores están cubiertos de plásticos, sobre todo botellas de agua, pero también bolsas, bidones, muebles… El rio que lo cruza es una alcantarilla a cielo abierto, y arrastra más basura que agua. Sin embargo, algunos hombres se asean en sus aguas estancadas, y varias mujeres lavan ropa.

En el mejor restaurante del pueblo, en el que también han parado otros grupos de guiris, comemos un menú estándar: ensalada; arroz largo, al que bautizamos tutti frutti por los granos verdes y rojos que lo salpican; pollo asardinado, tras haberlo freído en el mismo aceite que algún pescado; patatas fritas, y crepes con nocilla.

Después de esperar media hora a uno de los chóferes que se había olvidado de repostar, abandonamos el pueblo y nos desviamos por la mal llamada Nacional 6, que comienza circulando por el centro de una gran pista de aterrizaje sin asfaltar, y pronto se transforma en una red capilar de pistas de arena, en la que cada conductor elige la que le parece más apropiada para internarse en la llanura de Gobaad. Por el camino nos cruzamos con una larguísima columna motorizada de la legión extranjera francesa, probablemente de maniobras. Por suerte, no nos apuntan con sus ametralladoras pesadas, como harían si fueran norteamericanos. Los franceses, que se instalaron en esta región en 1896, todavía no se han ido del todo.

También encontramos gente caminando en mitad de la nada, una constante de este viaje. Omar les lanza, sin detenerse, botellas de agua. La solidaridad del desierto.

Con el sol ya muy bajo, llegamos a la cuenca del lago Abbé, un antiguo brazo de mar que se quedó aislado y se ha ido desecando progresivamente. La orilla actual es inaccesible, debido a las grandes extensiones de lodo y de arenas movedizas que la separan de la tierra firme.

Burros, cabras, camellos y facóqueros pastan en buena compañía. Un chiquillo que cuida un pequeño rebaño intenta, sin éxito, vendernos fósiles, cuernos de gacela, colmillos de facóquero, lo que sea. Me gustaría comprarle un colmillo, pero no me atrevo, pienso que estos animales pueden estar protegidos por el convenio CITES. Cuando regrese a España comprobaré que no es así, pero ya será demasiado tarde.

El lago Abbé sirve de frontera con la vecina Etiopia. Es también salobre, pero no tanto como el Assal, y debido a la construcción de varios embalses en el vecino país, así como a la progresiva aridez del clima, está en proceso de desaparición, ocupando actualmente la cuarta parte de superficie que hace ochenta años.

Hace mucho tiempo, cuando el nivel del agua era decenas de metros más alto, aparecieron unas grietas en el fondo por las que se escapaba vapor sobrecalentado y saturado de sales. En contacto con el agua del lago, el vapor se condensaba y precipitaba las sales en disolución, formando unas chimeneas similares a las que hoy en día siguen creciendo en el fondo de los océanos, en las zonas de separación de las placas continentales. Este y no otro es el origen de las curiosas formaciones que surgen del antiguo fondo, hoy desecado. Sus formas extrañas, la persistencia de fumarolas y manantiales sulfurosos, y el viento, incesante y cargado de arena, explican que en este lugar se rodaran las escenas iniciales de la primera versión de "El planeta de los simios" allá por la década de los 60 del siglo pasado. Claro que otras fuentes indican que en realidad se filmaron en el lago Powell (Arizona), lo que me parece mucho más creíble. Pero como me lo contaron lo cuento.

Después de hacer cientos o miles de fotografías y contemplar la puesta del sol entre estas agujas fantasmales, nos dirigimos al único alojamiento disponible en muchos kilómetros a la redonda, un campamento gestionado por los afar. Un muro de mampostería delimita un recinto en el que aparcan los coches, y donde se apiñan váteres, duchas, una especie de chiringuito de playa al que llaman restaurante, y las cabañas en las que dormimos los guiris. Los empleados locales se alojan en unos edificios de piedra fuera del recinto.

Las cabañas menores, como las de la imagen, acogen a dos personas en una especie de camitas plegables, que se cierran solas al menor descuido. Después de ducharnos y cenar, nos acostamos a la luz de las frontales. Sopla un viento endiablado, es como intentar dormir en la playa de Cortadura una noche de levantera. Las esteras se levantan y golpean contra el armazón de ramas sin desbastar, el aire y el polvo se cuelan sin problemas en las tiendas. Ahora entiendo por qué cada una de las auténticas cabañas afar está rodeada de un círculo de piedras de poco más de medio metro de alto: es para protegerse del viento y que no se cuele bajo las esteras.

A la vista del vendaval, desistimos de instalar las mosquiteras o encender las espirales repelentes. Me acuesto cubierto solo por mi viejo saco sábana, comprado en Hanoi hace ya veinticinco años.
En algún momento indeterminado de la noche, me despierto cubierto de picaduras. El viento ha cesado por completo, permitiendo acercarse a los mosquitos del lago. Siempre a la luz de la frontal, monto la mosquitera, enciendo las espirales y me unto las picaduras de pomada. A continuación, una buena pulverización de repelente por piernas, brazos y cabeza.

Con el sueño y el cansancio, no me doy cuenta de que tengo una pequeña quemadura solar en la cerviz. Los efectos del repelente sobre la piel quemada se hicieron evidentes días después, en forma de una dermatitis de contacto que todavía perdura a la hora de escribir este texto.

El resto de la noche transcurre en paz, sin más problemas que las dificultades de algunos huéspedes para encontrar su cabaña después de una excursión hasta la zona de aseos. Debería haber números sobre la entrada, de noche todas las cabañas parecen iguales.

El viernes nos despertamos antes de amanecer y hacemos una última visita al lago, para ver salir el sol entre las chimeneas de hadas, como las llaman en las guías turísticas. Yo las llamaría de demonios, me parece un nombre mucho más apropiado en un entorno tan duro e inhumano como este.

Iniciamos el regreso muy temprano, tenemos por delante el cruce de la frontera con Etiopía y un larguísimo —en horas, no en kilómetros— recorrido hasta Semera, donde pretendemos hacer noche.
La primera parte es relativamente cómoda, por las pistas de grava y arena que forman la RN 6. En Dikhil perdemos media hora en cambiar dinero, liquidando los últimos francos yibutíes para comprar birs, la moneda etíope.

Al incorporarnos a la RN 1, las dificultades de multiplican. Esta carretera, la más importante de Yibuti porque es por donde llegan los productos etíopes para ser embarcados, estuvo algún día asfaltada. Hoy solo quedan vestigios de aquel pavimento, con una serie de baches y zanjas que hacen imposible circular por la misma. El intenso tráfico que la recorre se desvía en trazados paralelos, a veces sin salida, que se multiplican según la imaginación de cada conductor, y se alejan hasta cinco o seis kilómetros de la antigua carretera, solo transitable en pequeños trechos. Nuestros chóferes se pican entre ellos a ver quién encuentra la mejor ruta.

Esto nos permite adentrarnos en oasis, lagos secos, ramblas y poblados, e incluso avistar chacales, hienas, facóqueros, cebús, cigüeñuelas y gacelas. Aprovechando una parada fisiológica, Omar se arrodilla y reza en dirección a La Meca. Es la hora de la oración de la tarde, el Asr.

Paramos en un bar de carretera, junto a una caseta cuya parte baja está forrada de malla de gallinero, y contra la que se rascan sistemáticamente todas las cabras de un rebaño hasta dejar la malla brillante, como si fuera de acero inoxidable. Algunas de las cabras utilizan el cable de acero que sostiene un poste para rascarse entre los cuernos. En el interior de la cafetería, mesas y sillas de plástico conviven con sofás fabricados con palos y tiras de piel de cabra, sobre los que reposan haces de palitos de qhat, ya desprovistos de hojas. El té que me sirven está imbebible, alguna especia que desconozco intenta sin éxito ocultar el sabor salobre del agua.

Los pocos camiones que utilizan la ruta oficial se arriesgan a graves averías, como este tráiler con remolque:

Al acercarnos a la frontera, los cientos de carriles van confluyendo sobre los vestigios de la carretera, en la que se forman largas colas de camiones en espera de pasar los controles aduaneros. Llegamos por fin al puesto yibutí, una casita de obra al borde de la carretera, detrás de la que orinamos por turno mientras esperamos media hora a que el único vigilante realice algún trámite, supongo que secreto, en el interior de la caseta. Según él, “el sistema va lento”. Lentísimo, considero yo, a la vista de los cables cortados que cuelgan de la fachada. Dudo que tenga luz eléctrica, y mucho menos internet u otro tipo de comunicación. Me imagino que aguarda, infructuosamente, alguna propina extra.

Llega el momento en que, por aburrimiento o simplemente convencido de que no nos va a sacar más dinero, nos deja cruzar a tierra de nadie. Seguimos varios kilómetros hasta llegar al control etíope, que parece otro planeta, o al menos claramente otro país; no es como esas fronteras europeas donde como máximo un par de banderas señalan el cambio de país. En el lado etíope hay asfalto en buen estado, cafetines, tiendas donde se vende aceite de girasol y cerveza, edificios en construcción, rótulos de neón, guirnaldas de LED… ¡y barrenderos!

Casi una hora tardamos en los trámites de entrada, que se complican cuando el policía se equivoca al poner el sello de entrada, y escribe una fecha incompatible con nuestro visado. Nada que no se pueda solucionar con una combinación de tiempo y de dinero. Vaya en su descargo que el error es lógico, dada la relativa similitud entre el calendario Ge’ez de los etíopes, basado en el juliano, y el gregoriano de uso en la mayoría de países civilizados. Cuando escribo esto, 28 de febrero de 2019 en España, en Etiopía es el 21 de Yekati de 2011. Sus días comienzan no a las doce de la noche, como los nuestros, sino a las seis de la mañana, lo que parece mucho más lógico. Así, para ellos la noche del martes es la que sigue a ese día, no la que lo precede.

Nos inspeccionan los equipajes, al parecer en busca de armas, y surge otro problema que puede complicar las cosas. Antonio, mi compañero, no consigue abrir el candado de combinación que cierra su maleta. Sigue intentándolo, cada vez más nervioso, mientras el aduanero revisa otros bultos. Por suerte, al final acierta con la combinación y nos dejan seguir camino con nuestros nuevos vehículos y conductores. El de nuestro coche, el número 3, se llama Salomón. Hasta en esto se nota el cambio de país: nombres musulmanes (Omar) en Yibutí, nombres cristianos o más bien judíos en Etiopía.
También cambian los letreros. El francés, dominante en Yibuti, da paso al amhárico, que tiene su propio alfabeto. Algunos textos en alfabeto latino, para nosotros incomprensibles, están escritos en oromo, uno de los idiomas más hablados del país.

Etiopía, pese a ser considerado un país cristiano, en realidad es un estado laico, que celebra tanto las festividades cristianas como las musulmanas, y alberga otras dos religiones singulares: Falashas y rastafaris. Los falashas, palabra que en amhárico significa forastero o exiliado, profesan la religión judía, y dicen proceder de la tribu perdida de Dan. Descubiertos por un rabino judío a mediados del siglo pasado, hasta ese momento ellos se creían ser los únicos judíos supervivientes en el mundo. El estado de Israel ayudó a su traslado a Palestina, y en los años ochenta organizó varias operaciones más o menos secretas (Moisés, Salomón) para sacarlos de Etiopía. Su situación en Israel, quizás el país más racista del mundo, no es muy buena; la mayoría de los judíos sefardíes y asquenazis los desprecia por su piel negra, y están tan discriminados laboral y económicamente que muchos se están planteando el regreso a Etiopía.

Los rastafaris, de los que es muy conocida su rama jamaicana, a la que perteneció Bob Marley, también están implantados en Etiopía. De hecho, el nombre de esta curiosa religión viene de Ras Tafari (gobernador Tafari), que fue el primer cargo público que ostentó quien luego cambió su nombre a Haile Selassie y en 1930 llegó a emperador de Etiopía.

Todo empezó cuando, a comienzos de los años veinte, y como parte de su lucha contra la discriminación racial, el activista jamaicano Marcus Garvey hizo una extraña profecía:
“Miren a África, donde se coronará un rey negro, porque el día de la liberación se acerca".
Unos años después, efectivamente, Haile Selassie fue coronado en Addis Abeba, en medio de unos fastos que Evelyn Waugh describe con mucho humor en su libro Noticia bomba.

Pero volvamos a nuestro viaje. Terminados los trámites fronterizos, todavía nos quedan dos horas de viaje hasta Semera, donde haremos noche. Pasamos numerosos poblados claramente orientados a dar servicio a los camioneros. Cada pocos kilómetros aparecen hoteluchos, puticlubs, estaciones de servicio, talleres mecánicos o de reparación de neumáticos y grandes aparcamientos donde cientos de camiones se preparan para pasar la noche.

Nuestro nuevo conductor se comunica en inglés, pero es de pocas palabras; en la semana que pasaremos con él nos da muy poca información personal: está casado, tiene dos niños, vive en Addis Abeba y es oromo, de religión musulmana muy poco estricta, según podré comprobar más adelante.
Ya de noche llegamos a Semera, actual capital de la región administrativa afar. Al borde de la carretera se suceden innumerables sucursales bancarias, hoteles, minicentros comerciales, edificios de apartamentos y otras construcciones modernas. Semera es una ciudad de reciente creación, construida en una llanura desértica y azotada continuamente por tormentas de arena. Los afar prefieren la muy cercana ciudad de Logia, protegida de los vientos en el fondo de un barranco.

El hotel Aramis tiene estructura de cuartel, o de caravansería. Los edificios de una sola planta que acogen la recepción, la sala de convenciones, el restaurante y las habitaciones, se ordenan en torno a un patio muy amplio, que sirve de aparcamiento para los vehículos de los huéspedes.

Me asignan una habitación individual con cama de matrimonio. Aunque amplia, carece del más mínimo mantenimiento. Las sábanas, bastante sospechosas, me inducen a utilizar mi propio saco sábana; en la ducha no consigo que salga agua y acabo utilizando la miniducha ubicada junto a la taza del váter, cuyo objetivo es más bien la higiene íntima. Pese a las teóricas comodidades después de la cabaña del lago Abbé, esta es la peor noche del viaje. Me despierto varias veces, y las cinco de la mañana, antes de que empiece a clarear, ya estoy totalmente despejado. Precisamente hoy que podemos dormir hasta tarde por primera vez en el viaje.

Después de desayunar, mientras el guía se ocupa de los trámites necesarios para internarse en el desierto de Danakil, intento dar un paseo por Semera, que a la luz del sol se muestra todavía más inhóspita que anoche. El patio del hotel se abre directamente a la carretera, por la que circula un chorro incesante de peatones, bicicletas, motocarros, microbuses y camiones, pero ningún turismo. A casi un kilómetro de distancia, velados por la arena que arrastra el viento, se divisan algunos edificios muy poco atractivos. Me da la impresión de que aquí solo viven los que no pueden evitarlo. Rápidamente desisto y vuelvo a la relativa comodidad del patio.

A media mañana, una vez conseguidos los permisos de viaje, nos acercamos en coche a Logia, la ciudad vieja, para hacer unas compras necesarias para la expedición que tenemos por delante. Varios, pensando en las cuatro horas de ascensión nocturna al volcán Erta Alé, adquirimos unas estupendas y baratísimas linternas LED, que se pueden cargar tanto directamente de la red como con una placa fotovoltaica incorporada; al volver a casa comprobaré que la batería soporta más de ocho horas de funcionamiento continuo.

Retrocedemos luego unos kilómetros a lo largo de la carretera por la que llegamos anoche, hasta encontrar una desviación que gira hacia el norte internándose en el desierto. Franjas de arena se alternan con coladas volcánicas muy meteorizadas. El paisaje, bajo un sol cegador, es un permanente contraste de blancos y negros casi puros.

En mitad de las piedras surge alguna aldea, pero no se ven personas ni animales; supongo que estarán en el fondo de alguna rambla, donde se encuentran pastos para el ganado e incluso algún pozo. Surge de la nada una pareja de avestruces, que se alejan con calma, despectivos.

Paramos para comer en Sixa, un pequeño poblado que toma su nombre de encontrarse en el kilómetro sesenta de la carretera. Sobre una colina vemos unas tumbas afar, simples columnas de mampostería sobre montículos de piedras. Esto de honrar a los difuntos es una tradición muy reciente entre los afar, que, como la mayoría de los pueblos nómadas, se limitaban a abandonar los cadáveres en el desierto, cubiertos por un mínimo montón de piedras para impedir la acción de los chacales y las hienas. Solo con la sedentarización comenzó la costumbre de construir cementerios rudimentarios en las cercanías de los poblados.

El restaurante, un simple chiringuito, también funciona como hotel; por un precio muy modesto se puede alquilar una cama sin colchón justo al borde de la carretera.

Messi, nuestro cocinero, nos prepara un picoteo de ensalada y bocadillos de chopped pork con las provisiones que llevamos en los coches, y añade la comida tradicional etíope, injera con shiro (un puré muy especiado de legumbres y tomate). Complementa el menú con una fuente de cabra frita, durísima pero muy sabrosa.

Traía muy malas referencias sobre la injera, el alimento base en toda esta zona. En varios blogs de viaje había leído que era algo desagradable, una especie de spontex húmedo y ácido, incomible. Por suerte, me gusta, y a partir de hoy lo comeré siempre que tenga ocasión. La injera se prepara a partir de harina de teff, un cereal endémico de Etiopía. La harina se mezcla con agua y se deja fermentar ligeramente, sin añadirle ningún tipo de levadura; las malas lenguas dicen que la fermentación se produce bajo una capa de estiércol de vaca, cosa que dudo.

La masa resultante, muy líquida, se vierte sobre un gran disco de arcilla situado sobre el fuego, utilizando como embudo una calabaza hueca. Es fundamental el juego de muñeca de la cocinera, que dibuja sobre el disco una espiral perfecta y consigue una especie de crêpe de espesor uniforme.
En dos minutos, sin darle la vuelta, se retira del fuego y se almacena hasta que llega el momento de comerla, habitualmente fría. Su tacto, efectivamente, es la de un spontex ligeramente húmedo, pero ahí acaba toda la semejanza. Tiene un sabor neutro, en absoluto ácido, color marrón, y no huele a nada. Perfecto para acompañar cualquier guiso.

Se come colocando una de estas crepes, de medio metro de diámetro, en el centro de la mesa. Sobre ella se vierten varios cucharones de guiso; cada comensal va cortando pedazos de injera, que utiliza como pinza para rebañar el guiso. Los etíopes comen elegantemente, sin mancharse ni necesidad de servilleta; los guiris acabamos con cara, manos y camisa cubiertos de goterones. Por eso, en los restaurantes más europeos, sirven la injera en cada plato, ya cortada, y se utiliza cuchillo y tenedor.
Dentro del restaurante se está casi fresco; fuera, la temperatura alcanza los cuarenta grados, y el viento es muy incómodo. Una mujer pasa por la carretera empujando a un burro y luchando contra el vendaval.

Seguimos hacia el norte, y por fin divisamos nuestra meta para ese día: el lago Afrera, situado a 80 metros bajo el nivel del mar. Aunque en la actualidad ocupa unos cien kilómetros cuadrados, hace diez mil años alcanzaba más de mil, cuando sus aguas aun eran dulces y la pesca muy abundante. Hoy la evaporación lo ha convertido en salobre, y su uso principal es la extracción de sal. Al no existir mareas, las extensas salinas de sus orillas se rellenan mediante bombas.

Instalamos nuestro campamento justo a orillas del lago, en una playa pública ubicada junto a un manantial termal. Nuestras tiendas iglú, en realidad un incordio para los usuarios habituales, se convierten rápidamente en un foco de atracción. A partir de este momento, todas nuestras actividades son seguidas con interés por un cada vez más nutrido grupos de niños, adultos y ancianos.


El baño en el lago nos refresca y nos ayuda a librarnos del polvo del camino, aunque la densidad del agua impide sumergirse, e incluso nadar boca abajo. Pasamos luego al estanque termal, de muy poca profundidad, con el agua a más de cuarenta grados, en el que permanezco solo unos minutos, temeroso de sufrir una caída de tensión; no tardaré mucho en comprobar la inutilidad de mis precauciones. Los indígenas no se cortan a la hora de fotografiarnos, me parece justo.

Nos acostamos temprano, en mitad del vendaval; las tiendas se agitan y parecen a punto de salir volando.

Al día siguiente, antes de amanecer, justo en el ecuador del viaje, salgo de la tienda a contemplar la salida del sol sobre el lago; luego me alejo para hacer de vientre. En cuanto termino y me incorporo, me entra un terrible mareo, pese al cual consigo alcanzar una alambrada cercana, a la que me aferro. No estoy asustado, sé perfectamente lo que me está pasando, aunque serán luego los médicos del grupo los que le pondrán nombre: una crisis vagal, que consiste en la falta de riego en la cabeza, con los consiguientes mareos, vómitos e incluso pérdida del conocimiento.

Intento acercarme al campamento agarrándome a la alambrada, con cuidado de no clavarme ninguna púa, pero pronto descubro que estoy en la zona elegida por las mujeres del poblado para asearse. Salen de entre los matorrales gritándome y cubriéndose con sus vestidos. Todos mis intentos para que me ayuden son inútiles, creo que están bastante más asustadas que yo.

Sigo avanzando hasta que termina la alambrada. Grito pidiendo ayuda, pero el viento, que no ha cesado en toda la noche, impide que me escuchen desde el campamento. Intento sentarme en unas piedras, pero pierdo por completo el equilibrio y caigo contra la alambrada, que me rasga la camisa. Menos mal que un afar se da cuenta y, deduciendo inteligentemente que formo parte del grupo que acampa a pocos metros, me acompaña hasta dejarme en manos de mis compañeros. Allí se moviliza inmediatamente el nutrido equipo médico, formado por tres médicos y dos enfermeras. Aprovecho para agradecer a Esther, a Menchu, a Marije, a Manu y a Carmen sus cuidados.

Rápidamente me tumban en una colchoneta, me colocan las piernas en alto para favorecer el riego en el cerebro, me abrigan, intentan tranquilizarme. Por suerte, no estoy en absoluto nervioso, reconozco los resultados de la combinación del calor, el cansancio, la tensión arterial excesivamente baja y el rápido paso de una posición en cuclillas a otra erguida. También me curan los rasguños producidos por el alambre de espino. Por suerte, ninguno de ellos ha perforado completamente la epidermis y estoy vacunado contra el tétanos, por lo que no es necesario ponerme el suero.

Cuando mejoro algo me incorporo y me siento a la mesa para desayunar algo y tomar mi medicación habitual, pero en pocos minutos me vuelvo a marear, y me tienen que colocar en la colchoneta, donde vomito. Arrastran mi colchoneta para separarme de los vómitos, que tapan con arena, y me hacen tragar un antiemético.

Descanso allí mientras mis compañeros recogen los equipajes. A continuación tenían previsto un recorrido por las salinas, tengo que insistirles que me encuentro bien para que ninguno se quede conmigo. Dormito un buen rato mientras los conductores desmontan el campamento; luego el guía me acompaña hasta una de las comodísimas camas de madera y piel de cabra en las que han pasado la noche los chóferes; no tardo en quedarme dormido a la sombra de los coches, abrazado a mi macuto; el malestar no me impide cuidar mis pertenencias. Cuando me despierto me tomo de nuevo la tensión: es baja pero no excesivamente.

Cuando los chóferes terminan de estibar y trincar el material, me suben a uno de los coches para trasladarnos al poblado que sirve de base a los trabajadores de la sal. En realidad es un mero asentamiento, la versión moderna de un pueblo del oeste americano en plena fiebre del oro.

Allí se juntan gentes procedentes de toda Etiopía, para dar servicio a los cientos de camiones que llegan cada día a cargar sal. En algunos alojamientos se duerme al aire libre; en otros se ofrecen habitaciones infectas de chapa corrugada. Si me viera obligado a dormir en este lugar tan poco acogedor, creo que preferiría las estrellas a la chapa, los mosquitos a las cucarachas. En cualquier caso, me da la impresión de que las habitaciones numeradas no se usan precisamente para dormir, sino para otro menester que también se suele ejercer en una cama. Veo pasar a uno de los chóferes abrazado a una camarera; luego me entero de que la tarifa por una cerveza y una hora con una chica está en trescientos bir, menos de diez euros, de los que uno es por la cerveza, cuatro para la habitación y cinco para la chica. ¡Y todavía hay quien defiende la prostitución!

No se ven muchas tiendas ni edificios oficiales, ni siquiera iglesias o mezquitas. Barberías, talleres mecánicos, gasolineras, la sucursal de un banco y un centro de salud se reparten por entre las chabolas.

Regresa mi equipo médico habitual y me conminan a beber suero oral. A sorbitos consigo tomarme un litro, pero sigo un poco mareado. Mis compañeros de coche me ceden el asiento de copiloto y me obligan a reclinarlo. Pese a todos sus cuidados, tengo claro que no volveré a hacer yo solo un viaje tan duro como este; me siento indefenso. No quiero ni pensar en qué pasaría si empeoro y me tienen que ingresar, lógicamente el resto del grupo tendría que seguir viaje, y yo me quedaría tirado en cualquier hospital etíope hasta que pudieran evacuarme a España. Mejor no jugar con fuego.

Pasadas las diez de la mañana, nos ponernos en marcha hacia el volcán Erta Alé, una de las joyas del viaje. Todos están deseando ascender al cráter para contemplar el lago de lava de su interior. Yo, en cambio, no me siento con fuerzas y le pido permiso al guía para quedarme en el campamento base.
Su respuesta es tajante:

—Por supuesto que te quedarás abajo, no pensaba dejarte subir.

Los primeros kilómetros transcurren por una carretera asfaltada, que algún día llegará a Mekele. Por ahora, el asfalto termina en el cuartel general de la empresa que construye la carretera, China Wu Yi Co. Ltd., con ingenieros chinos y mano de obra local. Allí se nos suma un policía autonómico, escolta obligatorio a partir de ahora. Uniforme azul, escaras tribales en ambas mejillas, gafas rosa e insignia de “Afar Poolis” en el hombro, daría risa si no fuera por el AK-47 que no suelta ni para comer. Es el modelo original ruso, con inscripciones en cirílico, no una de las imitaciones que se fabrican en numerosos países. Acabaré haciendo buenas migas con él, en el fondo es un pedazo de pan.

También se nos une un policía local, en realidad un miliciano de la subtribu afar que controla la zona del volcán. Armado también con su kalash, va de paisano y es de muy pocas palabras. No solo no habla inglés ni francés, lo que es normal, sino que ni siquiera entiende el árabe, lengua franca en todos los países que bordean el mar Rojo y en el cuerno de África.

A partir de ese momento, circulamos dos horas por la vía de servicio, una simple pista de arena y piedras que se va entrecruzando con la carretera en construcción. El traqueteo es demasiado para mi cuerpo debilitado, y acabo echando lo poco que me queda en el estómago. Menos mal que en lo sucesivo cierro los ojos y cesa el mareo, pese a que el firme no mejora, sino todo lo contrario.

Unos cincuenta kilómetros antes de llegar al volcán, la pista desaparece y la travesía se complica, además de que el calor también aumenta. Circulamos prácticamente campo a través, sobre coladas de lava muy irregulares; en algunos tramos seguimos las rodadas de los pocos vehículos que se acercan al volcán. La ruta está señalizada con montones de piedras, lo único que abunda en esta zona. El camino es un matadero, un destrozacoches, pero poco a poco me voy recuperando.

Llegamos por fin al campamento base, un círculo de cabañas de piedra volcánica con grandes rendijas para que circule el aire y entre la luz solar. El techo es una estructura de palos recubierta de paja; el suelo, muy irregular, de arena y piedras.

Mientras el cocinero prepara la comida, nos acomodamos en una par de cabañas, sobre esteras. Dentro no se está mal, el techo nos protege del sol y el viento que se cuela por entre las piedras refresca un poco el ambiente. Después de comer nos apiñamos para dormir una siesta durante las horas de más calor.

Mis compañeros se preparan para la ascensión al volcán: tres litros de agua y un bocadillo, buen calzado, frontal con baterías cargadas, sombrero, un pañuelo o mascarilla para protegerse del humo, saco sábana y cámara de fotos. Unos camellos contratados para la ocasión subirán más agua, las colchonetas y el desayuno. Los pastores afar aparecen con dos camellos extra, aparejados para montar; insisten en que no están incluidos en el precio contratado, los traen solo “por si acaso”.

El plan es empezar la subida, técnicamente sencilla, sobre las cuatro y media de la tarde, cuando el sol comienza a bajar. Luego seguirán caminando a oscuras hasta las nueve de la noche, hora en la que estiman llegar a la cima. Allí tendrán un par de horas para descansar y admirar el lago de lava incandescente, uno de los cinco únicos que existen en el mundo. Si los camellos llegan, harán vivac en la cumbre y comenzarán el descenso al amanecer; si no, descansarán otras dos o tres horas y comenzarán a bajar todavía de noche, para llegar al campo base antes de que el sol apriete. Sin agua adicional es muy arriesgado aventurarse a caminar al sol, el guía nos cuenta que hace unos años se le murió un turista en esta ruta, de un golpe de calor que degeneró en una parada cardíaca.

Antes de partir, uno de los bilbaínos se interesa por mi estado. “Zer moduz” (¿cómo estás). Le contesto, muy serio, con una de las pocas frases que conozco en euskera: “Salda dago” (hay caldo, rótulo muy habitual en las tascas de Bilbao). Por suerte, se lo toma bien.

Arranca por fin la expedición. Yo me quedo encantado, a la puerta de la cabaña en la que dormiré esta noche, bebiendo una infusión muy aguada de té verde y hierbabuena, mientras reviso mis notas.

El volcán se considera en erupción desde 1967. Los primeros europeos llegaron a su base en 1841 y a su cima en 1873, pero al estar situado en una región desértica y de difícil acceso, no había sido estudiado muy estudiado hasta la erupción.

Tampoco los afar se suelen acercar a él, en primer lugar porque no les ofrece ningún interés más allá del negocio turístico, y en segundo porque creen que en la cima habitan espíritus malignos que se pasean a caballo.

Yo sigo sentado, charlando a ratos con los conductores y hasta con Abdul, el ertzaina, que acaba prestándome su AK-47 para hacerme una foto. Con los conductores me entiendo en inglés y con Abdul en un árabe muy rudimentario, y —sobre todo— a base de gestos y sonrisas.

Conductores y ayudantes van preparándose para pasar la noche; a mí me adjudican la cabaña más cercana a la cocina. Primero forman un rectángulo con los coches, dentro del recinto del campamento, de forma que solo quede un estrecho paso para acceder a la zona en que se ubica mi cabaña y la cocina. Pienso que lo hacen como protección, al fin y al cabo ellos son oromo y estamos en territorio afar; no hace tantos años que los afar asaltaban y saqueaban sistemáticamente los trenes que iban de Addis Abeba a Yibuti. Luego descubriré que los coches son una protección, pero contra el viento que no cesará de soplar en toda la noche.

Luego extienden por el suelo las grandes lonas que usan habitualmente para proteger la carga de los coches, cuidando de subirlas hasta un metro de altura por los bordes. Forman así una especie de cubeta en la que colocan sus esteras y colchonetas.

Ceno con el personal; ellos tumbados en esteras, yo en mi silla plegable y con una mesita, como buen europeo. Me siento un poco bwana. El menú único es injera con shiro, que me encanta. Ellos comparten la comida de una fuente colectiva, pero a mí me la traen servida en un plato. Tengo que reconocer que Messi es un buen cocinero, aunque está enfadado porque el viento le apaga continuamente los fogones.

Después de cenar, y pese a ser musulmanes, me ofrecen compartir con ellos una botella de un licor al que llamar rakis, y que supongo relacionado con el anís turco raki, que no me gusta demasiado. A la mañana siguiente examino la botella vacía y leo la etiqueta: “Fine Champagne cognac - Distilled and bottled in Asmara (Eritrea)” A saber lo que es, pero con solo doce grados no parece demasiado peligroso.

Para corresponder, les ofrezco una botella mediana de Camus, auténtico coñac francés, comprada en Estambul. La aceptan con grandes muestras de agradecimiento, pero luego se la beben en el mismo vaso que el rakis, sin más comentario. Messi, el jefe de todos ellos, se limita a decirme: Eritrea coñac, french coñac. En el fondo, todo es alcohol.

Pasan el tiempo bebiendo muy lentamente, escuchando música pop etíope y, sobre todo, charlando. Por las pocas palabras que creo entender, hablan de música (Bob Marley), de política nacional e internacional (Yemen, Yibuti, per cent, tigriña) y principalmente de trabajo (Jordi, program, Kombolcha). De vez en cuando, por pura cortesía, me hacen una pregunta en inglés (las eternas cuestiones: edad, profesión, familia…) Me enseñan a dar las gracias en amhárico: Ama seke nato. Cuando el primero se levanta para acostarse, yo también me retiro a mi cabaña.

Todos se meten en sus sacos y apagan las frontales, aunque la música sigue sonando un rato. El viento cada vez es más fuerte, y se mete por todas partes, cargado de arena. Ahora comprendo mejor lo del rectángulo de coches y el parapeto de lona. En mi cabaña, sin puerta y con la entrada orientada a barlovento, no encuentro forma de dormir. Tres veces tengo que cambiar la ubicación y orientación de la colchoneta antes de poderme relajar. Termino de espaldas a la entrada, con el saco sábana cubriéndome hasta la cabeza. Aún así me despierto, al amanecer, rebozado en arena. No muy lejos del campamento, con un resto de infusión de hierbabuena que me resulta muy refrescante, me lavo los dientes y la cara; también enjuago las gafas en un vano intento de limpiarlas de polvo.

Cuando regreso al campamento, algunos siguen durmiendo, pero Messi los pone rápidamente en marcha. Hay que recoger el dormitorio y preparar el desayuno para los expedicionarios.

Sobre las nueve llegan mis compañeros, cansados y un tanto decepcionados, por no decir mucho. El intenso humo ocultaba completamente el lago de lava, han sido 9 horas de camino para nada. Abdul, el ertzaina, me saluda hombro contra hombro, al estilo etíope. Amigos para siempre.

Me cuentan, entre risas, el gran negocio de los camellos de silla. Durante la ascensión, alguna de mis compañeras se rindió, agotada. En ese momento, sin otra alternativa, el alquiler de los camellos disponibles de multiplicó por diez. Era la ley del mercado, en una situación de monopolio perfecto. O pagabas lo que te pedían por subirte a un camello, o te quedabas a mitad de la pendiente.
Poco después emprendemos viaje hacia el infierno de Dallol. Pero esa es otra historia, que podéis leer pinchando aquí.

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