jueves, 22 de agosto de 2019

Una ciudad con tres nombres (y medio)

Antes de empezar, quiero aclarar que hay varias teorías sobre la transcripción correcta al castellano de los nombres rusos. Hay quien transcribe la B como V o como F, la E como E, como IE o como YE, la X como J o como KH, y así sucesivamente. La mayoría de los sistemas más aceptados están basados en la traducción del ruso al inglés, y no siempre resultan lógicos en español. Por eso, yo he procurado utilizar, salvo error, el sistema recomendado por Fundeu.

Viajar a Rusia es, en cierta forma, abrir una puerta al subconsciente. Mientras preparaba el viaje me asediaban las ideas de la gran Rusia; la patria de escritores como Dostoievski, Chejov o Babel; la cuna de la revolución de Octubre; el país de los sóviets y los Gulag, con una historia de la que han surgido personajes como Bakunin, Kropotkin, Lenin o Trotsky; el núcleo duro del comunismo, de la perestroika y de la iglesia ortodoxa; el alma rusa —siempre excesiva, en mi imaginación—; la estepa, la taiga, la tundra… Miguel Strogoff, Iván Denísovich y Dersu Uzala, Stalin y Pedro el Grande, Iván el Terrible y Rasputín… el zapatazo de Khruschov en la ONU y la crisis de los misiles en Cuba; la tumba del ejército nazi y del napoleónico; la Plaza Roja y el Regimiento de los Inmortales; la Guerra Fría y el Parque Gorki, aquella nota en mi primer pasaporte: “VÁLIDO PARA TODOS LOS PAÍSES DEL MUNDO EXCEPTO RUSIA Y PAÍSES SATÉLITES”. Mil razones, y una sola: el anhelo de conocer lo desconocido, aliñada con el miedo a ese mismo desconocimiento. ¿Qué me podía pasar en un país tan ilógico, tan desmesurado, tan intenso?

Lo de aprender ruso también tiene su historia. Hacía diez años que mi amigo Mariano, en una noche de insomnio y mientras buscaba un vuelo barato a Bilbao, se encontró un chollo: Iberia inauguraba su línea diaria Madrid – Moscú, y para celebrarlo ofrecía billetes desde cualquier punto de España por noventa euros ida y vuelta. Pocas horas tardamos en ponernos de acuerdo ocho amigos para viajar juntos y pasar allí algo menos de una semana.

Antes de emprender el viaje, y suponiendo —con razón— que en Moscú no sería muy fácil desenvolverse en inglés, localicé en Cádiz a un par de estudiantes rusos, que en una tarde me enseñaron los rudimentos básicos de su idioma: saludar, dar las gracias, comprar un billete de metro y —lo más importante— pedir una cerveza.

Mis previsiones se cumplieron, y aquella docena de palabras me sacaron de más de un atolladero. Y ni que decir tiene que Moscú, lo único que me dio tiempo a ver en aquel viaje, me encantó.
Cinco años después, en 2014, un recorrido por Georgia (que podéis leer aquí), me confirmó la utilidad del idioma ruso para moverse por una parte importante del planeta: todos los países que, habiendo pertenecido o no a la Unión Soviética, habían formado parte del bloque comunista, desde Vietnam hasta Cuba.

Por todo eso, cuando en 2016 mi mujer y su hermana empezaron a hablar de la posibilidad de hacer un recorrido por Rusia, les pedí un margen de un año para aprender el idioma. Tuve (tuvimos) la gran suerte de que no fue uno, sino dos los años que tuve para empezar a adentrarme en los misterios y maldades de esta lengua de locos. ¿O cómo calificaríais un idioma en el que la única regla que no admite excepción es que todas las demás reglas tienen numerosas excepciones? O en el que la “o” se pronuncia como tal cuando va acentuada, y como “a” cuando es átona. Parece sencillo, sino fuera porque en ruso no se usan las tildes, y la única manera de saber en dónde se acentúa una palabra es de memoria.

Menos mal que en Cádiz está la que creo que es la única sede oficial española del Instituto Pushkin (equivalente a nuestro Cervantes), y que contamos con unas excelentes profesoras nativas y varios grupos muy entusiastas de estudiantes. Con este magnífico profesorado, apoyado con clases particulares para acostumbrar mi mal oído a los matices de las once vocales y veinte consonantes que se distinguen en el alfabeto cirílico, este verano me sentí por fin en condiciones de afrontar el reto: recorrer Rusia sin la ayuda de un guía ni un intérprete. Si lo conseguí o no, si me desenvolví mejor o peor, los iréis leyendo a los largo de estos cuadernos.

El viaje comenzó con malos augurios: la misma mañana en que debía tomar el avión, mi cuñada, que desde hace diez años comparte con nosotros estas escapadas veraniegas, tuvo un accidente y se rompió la muñeca. Nos quedábamos sin sus conocimientos de historia del arte, pero sobre todo sin su compañía.

Comenzamos nuestro recorrido por una pequeña parte de la Federación Rusa como tiene que ser: aterrizando en Petersburgo con un vuelo de Aeroflot.

Aquí los nombres tienen su importancia; digo Federación Rusa y no Rusia, porque el viaje incluía unos días en la República de Tartaristán, que junto con otras veintiuna repúblicas, cuarenta y seis oblast, cuatro distritos autónomos, una región autónoma judía, nueve krais y tres ciudades federales forman el actual estado ruso. Son los restos del imperio zarista y de la URSS, de la que se han separado ya Lituania, Estonia, Letonia, Bielorrusia, Ucrania, Georgia, Armenia, Azerbaiyán, Moldavia, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán (y puede que algún país mas que ya no recuerdo), y de cuya disolución son consecuencia los conflictos más o menos activos de Abjasia, Osetia del Sur, Nagorno Karabaj, Transnistria, Najicheván, Chechenia, Daguestán, Ingusetia, Kabardia-Balkaria, y Crimea.

¿Y por qué Petersburgo y no San Petersburgo, como se nombra habitualmente a la antigua capital de Rusia? Porque Petersburgo es como se suelen referir a ella sus habitantes. La ciudad, la segunda más poblada de Rusia, fue fundada como San Petersburgo en 1703 por el zar Pedro I el Grande; como consecuencia de la revolución, en 1914 se rusificó y desacralizó su nombre, cambiándolo a Petrogrado (ciudad de Pedro), y tras la muerte de Lenin en 1924 pasó a llamarse Leningrado, no recuperando su nombre original hasta 1991.

Pero dejémonos de disquisiciones historicistas; intentaré ceñirme a mis impresiones.

La entrada en el país fue mucho más sencilla de lo que me esperaba. Nada de inmensas colas en los controles de pasaporte, de hoscos policías de la KGB con perros, ni de exigencias de las recetas de todos los medicamentos que llevábamos encima. En su lugar, algo muy similar a lo que se puede encontrar cualquier viajero que pretenda entrar en el territorio Schengen: un control de pasaportes minucioso pero ágil, una tarjeta de inmigración impresa automáticamente por el policía a partir de los datos del pasajero que ya constan en el sistema desde el momento en que te conceden el visado, un canal verde de aduanas, y ya estás en Rusia. La verdad fue que, después de tanta preparación y tanto recelo, me quedé un poco decepcionado de lo fácil que había sido la entrada en el país.

Los siguientes trámites, realizados en el mismo aeropuerto, fueron igualmente sencillos: retirar rublos de un cajero automático con menú en inglés, comprar tarjetas SIM rusas para disponer de un número del país, imprescindible para poder navegar por internet a un precio razonable, y el gran descubrimiento de los taxis Yandex.

La palabra Yandex equivale en Rusia a la americana Google. Yandex tiene correo electrónico, buscador de internet, mapas con navegador y muchos servicios más, de los que el más útil para nosotros resultó el de búsqueda de taxi. Vaya por delante que no es exactamente lo mismo que el polémico servicio de vehículos con conductor que ofrecen Uber y otras empresas. Cuando se solicita un coche vía Yandex lo más probable es que acuda un taxi, aunque en ocasiones sea un vehículo particular. La gran ventaja para los extranjeros es que no es necesario cruzar una palabra con el taxista. La aplicación le indica al cliente el tiempo que tardará el taxi en recogerlo, junto con marca, modelo, color y matrícula, y lo que le va a costar la carrera. Al conductor le dice dónde está el pasajero, a dónde quiere ir, y cuánto va a pagar. Ojalá los taxistas españoles ofrecieran un servicio similar; sería la muerte de los Uber y similares.

Recorrimos con un conductor silencioso las largas avenidas de la ciudad nueva, especialmente la Moskovskaya, a lo largo de la cual se alineaban los edificios oficiales y las viviendas de la nomenklatura de la época estalinista, incluyendo la Casa de los Soviets con su estatua de Lenin. Al adentrarnos en la zona histórica, nos recibieron los canales, que le prestan una luz especial a los palacios y grandes edificios que los bordean. Otro Petersburgo se abría ante nosotros, una ciudad alegre y confiada.

Al llegar a nuestro apartamento —incertidumbre: ¿Cómo sería? ¿cumpliría nuestras expectativas?— nos encontramos con un piso amplio y muy luminoso a orillas del canal Griboyedóv. Nos esperaba la portera, que —en perfecto ruso, por supuesto— nos entregó las llaves y nos explicó cómo abrir y cerrar el portal. La portera vivía en una habitación minúscula, encajada debajo de la escalera, en la que a duras penas cabía una cama, una mesita y una silla, muy similar al cuchitril de Sergei, el protagonista de mi relato Calle del Sol. El ascensor era igualmente pequeño, no era fácil meterse en él dos personas con sus mochilas. Las escaleras, con sus enormes radiadores, nos hicieron pensar en los terribles inviernos. Pero estábamos en agosto, el sol brillaba, y nuestra aventura no había hecho más que comenzar.

Deshicimos ansiosos los equipajes, aprendimos a manejarnos con las dos tarjetas SIM, y nos preparamos para un primer contacto con la ciudad. Pretendíamos ir paseando lentamente hasta la famosa Perspectiva Nevsky, cosa de dos kilómetros y medio, para empaparnos del ambiente, explorar nuestro barrio, localizar algún supermercado y elegir un restaurante para cenar. Pero no contábamos con Iván.

Iván, al que pronto apodé como El Terrible pese a ser un pedazo de pan, era nuestro vecino de descansillo. Alertado por la portera de que sus nuevos vecinos eran españoles, nos estaba esperando en la acera para ponerse a nuestro servicio y, sobre todo, charlar —nuevamente en ruso, por supuesto—. Se declaró encantado de acompañarnos hasta el centro, ya que no tenía nada mejor que hacer, y no hubo manera de renunciar a su generosa oferta. Se desvanecía así unos de los muchos prejuicios que llevábamos encima: la hosquedad rusa. Iván nos llevó a uña de caballo hasta la catedral de Kazán, en menos tiempo del que indica Google Maps; nos explicó que estaba jubilado, y —después de preguntarme por mi pensión, que piadosamente reduje a la mitad— nos indicó que la suya era de solo doscientos euros, y que necesitaba ganarse la vida con los negocios; lo que no hubo manera fue de que precisara qué tipo de negocios eran. Entendí, aunque no puedo asegurarlo, que tenía un hijo en Alicante, con una nieta monísima de la que nos enseñó una docena de fotos; que no tenía dinero para ir a visitarlos y que los echaba mucho de menos. Todo eso entre risas y mal entendidos, que provocaban nuevas risas y nuevas explicaciones, a veces tan largas como incomprensibles. Al principio yo iba radiante: estaba hablando en ruso con un ruso ¡y nos entendíamos! No mucho, pero sí bastante más de lo que yo me esperaba. Las pesadas clases, todos los lunes y miércoles de cuatro a seis de la tarde, estaban dando fruto y la maldición divina de la confusión de las lenguas comenzaba a resquebrajarse.

Iván nos conducía a tal velocidad que íbamos un poco aturullados; tanto que en un semáforo intentaron abrirme el macuto en el que llevaba la cámara de fotos. Menos mal que la rápida intervención de mi mujer, que se había rezagado unos metros ante la imposibilidad de seguir nuestro ritmo, ahuyentó al ratero. Nuestro guía nos explicó rápidamente que era gitano, mala gente. Siempre la culpa la tiene el diferente.

Nos costó deshacernos de Iván; nosotros queríamos pasear a nuestro aire, yo tenía la cabeza hirviendo de intentar entenderle y responder con cierta coherencia a sus preguntas, y él pretendía que lo contratáramos como guía y taxista para el día siguiente.

Cuando por fin nos dejó solos, y para perderlo de vista cuanto antes, nos metimos en la catedral de Nuestra Señora de Kazán, llamada así en honor del milagroso icono del mismo nombre, que merece una breve digresión.

Entre muchos otros méritos, este icono del siglo XIII ayudó a Iván el Terrible a derrotar a los tártaros musulmanes de Kazán en 1522, y a Pedro I el Grande a ganar en 1790 la batalla de Poltava contra Carlos XII de Suecia. Tras muchas vicisitudes, despareció en 1904 durante las luchas prerrevolucionarias.

Según Wikipedia, y no seré yo quien discuta con esta nueva Gran Enciclopedia Universal, “Fue sacado de Rusia en la segunda década del siglo XX escapando así de los comunistas quienes convirtieron la catedral de la Madre de Dios en Kazán en el museo del ateísmo.” Sin puntos ni comas, para mayor contundencia. Años después apareció en una subasta en Estados Unidos, y de mano en mano y previo paso por el santuario de Fátima llegó al papa Juan Pablo II, quien se lo entregó al patriarca ortodoxo Alejo II en muestra de buena voluntad.

Con este magnífico currículo es fácil comprender las largas colas que se formaban en la catedral para rezar frente a tan milagroso icono. Nosotros no tuvimos ni la paciencia ni el interés necesarios.
La catedral en sí no tiene mayor interés. Se construyó hace doscientos años siguiendo el modelo de la Basílica de San Pedro en Roma, e incluye una columnata, pero sin la elegancia de la de Bernini. Desde el primer momento se convirtió en un monumento a las victorias en la guerra contra Napoleón; en ella se conservan  banderas capturadas a su ejército, del que formaban parte unos batallones españoles que inteligentemente aprovecharon la primera ocasión para desertar y pasarse al enemigo.

Salimos de la catedral a la Perspectiva Nevsky, repleta de edificios tan majestuosos como la antigua sede de la casa Singer, hoy transformada ¡en casa del libro!

Mientras mirábamos con un ojo los edificios y con otro nuestros macutos, para evitar otro intento de hurto, se nos acercaban continuamente vendedores de excursiones por los canales.
Dispuestos a seguir con nuestra tarea de turistas profesionales, nos embarcamos en lo que pomposamente se anunciaba como “Crucero por el Neva y sus canales”, un paseo de una hora en un barquito por el centro de la ciudad. Durante el recorrido una guía nos fue explicando, sin un minuto de descanso, todos y cada uno de los edificios y barcos junto a los que pasábamos.

Por suerte, las explicaciones las hacía en ruso, por lo que no era muy difícil desconectar. Preferíamos simplemente disfrutar del paseo, cómodamente sentados, entrando y saliendo de los canales y pasando bajo unos puentes preciosos. El pasaje, estaba formado por una inmensa mayoría de rusohablantes; los turistas extranjeros solían preferir los paseos con perorata en inglés. A bordo se podía comprobar la tremenda diversidad racial que conforman los países hoy conocidos como repúblicas exsoviéticas. Eslavos, latinos, turcomanos, chinos, esquimales… El más original de todos era un señor, creo que uzbeko, que llevaba una bolsa de las que se suelen utilizar para transportar en avión gatos o pequeños perros. En su interior, un cuervo.

Durante el recorrido pasamos junto a muchos de los monumentos de Petersburgo, iluminados por el sol del atardecer. El primero fue la iglesia del Salvador de la Sangre Derramada, construida en el lugar en el que el zar Alejandro II fue asesinado en 1881, y de un colorido similar a la catedral de San Basilio en la Plaza Roja de Moscú.

Hicimos un breve recorrido de ida y vuelta por el propio río Neva, por la zona donde se ubican el Palacio de Invierno, el  Almirantazgo y los Doce Colegios. Durante esta navegación pasamos junto a varios buques de guerra rusos, desde una fragata de tres puentes del siglo XVIII hasta modernísimas corbetas lanzamisiles o una réplica del Shtandart, el primer buque de guerra moderno de la Armada Rusa, que hoy en día funciona como buque escuela.

También navegamos a lo largo de la fortaleza de Pedro y Pablo, en la otra orilla del Neva. Se trata de un magnífico ejemplo de arquitectura militar del siglo XVIII, con su forma de estrella de seis puntas y sus bastiones y baluartes pentagonales. Me habría gustado visitar su interior, pero tuvimos que dejarlo para otra ocasión.

El objetivo de la fortaleza era defender la entrada del Neva de posibles ataques suecos o polacos; a fin de cuentas la zona había sido sueca hasta poco antes de su construcción. También tuvo un papel importante durante los primeros días de la revolución, cuando su guarnición, pasada al bando soviético, bombardeó el Palacio de Invierno, en el que se había refugiado Kerenski con su gobierno provisional.

Tras la muerte de Lenin, el Soviet (consejo) municipal decidió derribar ese símbolo de la opresión zarista y construir un estadio en su lugar. Por suerte, los planes nunca llegaron a ejecutarse.
Al llegar por la noche al apartamento nos encontramos con unos de esos misterios que contribuyen a la fama de inescrutables que se suele achacar a los rusos. La víspera nos habíamos cruzado una serie de mensajes con Boris, nuestro anfitrión. Hora prevista de llegada, cómo accederíamos al piso, etc., y le hicimos una petición adicional: queríamos una lamparita de lectura a cada lado de la cama; Boris nos confirmó que la tendríamos. Al ir a acostarnos, vimos que solo había una, en el lado izquierdo. Buscando, descubrimos que en el lado derecho había un enchufe del que salía un cable. Tirando del mismo, apareció la lamparita que faltaba, y que alguien había colocado debajo de la cama. ¿Por qué? No me atreví a preguntarle a Boris.

A la mañana siguiente nos esperaba una tarea imposible, descomunal, que ni el mismo Hércules habría sido capaz de terminar con éxito en una jornada: visitar el museo del Hermitage, instalado en varios edificios en torno a la Plaza del Palacio de Invierno. Esta plaza ha sido testigo de episodios históricos tan terribles como el Domingo Sangriento de 1905, en el que una manifestación de 140.000 mujeres, hombres y niños, en su mayoría campesinos, portando íconos religiosos y retratos del zar, le suplicaba al “padrecito zar” una serie de cambios económicos para salir de su tremenda miseria. La represión sobre los manifestantes desarmados dejó cientos de muertos y miles de heridos. Por no hablar de la Revolución de Octubre en 1917, de sobras conocida y tan bien narrada por S.M. Eisenstein en la película “Octubre”.

Antes de entrar en el museo, dimos una vuelta por la Plaza del Palacio, de sesenta mil metros cuadrados, verdadero núcleo de la ciudad. Como referencia, la Puerta del Sol de Madrid mide aproximadamente la quinta parte. A un lado los cinco edificios que forman el Palacio de Invierno; al otro la antigua sede del Estado Mayor del ejército zarista, coronado por el famoso Pórtico de los Atalantes. En medio, una columna de granito rojo de cuarenta y siete metros de altura, que conmemora —una vez más— la victoria rusa en la guerra contra Napoleón. Al pie, una banda de más de doscientos músicos interpretaba himnos militares, entre los que no se encontraban ni la Internacional ni la Varsoviana, los únicos que conozco. Toda una demostración de urbanismo y arquitectura al servicio del poder.

Dicen que una visita completa al  museo puede durar cerca de una semana. No me extraña, si tenemos en cuenta que en el complejo museístico se exhiben (al público, no en los almacenes) más de 3 millones de objetos, y que un recorrido por todas las salas supone unos 24 kilómetros.
Las colas para comprar las entradas o para pasar los controles de seguridad son interminables, pero están tan  perfectamente organizadas, que ni siquiera los chinos son capaces de colarse. Dentro, el guardarropas pequeño tiene 1.300 taquillas; el grande 4.000; los días de mucha afluencia de público pueden llegar a saturarse.

Una vez dentro, por suerte, el noventa por ciento de los visitantes se dirige hacia la escalinata principal y las colecciones de arte europeo. Nosotros preferimos esquivar un poco a la multitud, y comenzar por las salas de la planta baja, dedicadas a los pueblos primitivos de la Rusia asiática.
Allí encontramos, por ejemplo, objetos cotidianos o artísticos del Gran Khanato Turco, con centro en Mongolia, que en los siglos VI y VII se extendió desde Manchuria hasta el Mar Negro. Seiscientos años antes de Gengis Khan.

Nos interesaba más conocer unas culturas para nosotros absolutamente nuevas, que ver miles de cuadros de pintores europeos, de los que podemos contemplar obras en muchos otros museos más asequibles, como el del Prado. Ya puestos, nos saltamos también las antigüedades egipcias, griegas y romanas.

Una vez terminó de pasar la primera oleada de visitantes, volvimos al vestíbulo principal, para ascender por la deslumbrante escalinata de honor, una creación del siglo XVIII en mármol, granito y oro. En la primera planta, que los rusos llaman segunda, se conservan muchas salas tal y como estaban cuando allí vivía la familia imperial. Salones como el de malaquita, el gabinete del zar Alejandro III, la sala dorada de dibujo o el salón de banderas, en el que se exhibe el fastuoso reloj del pavo real, dan una pálida idea de lo que debió de ser la vida en la corte rusa. Tardé un buen rato en poder cerrar la boca, abierta de admiración, y en decir algo más allá de ¡Joder! ¡Qué barbaridad! o ¡Impresionante!

No es de extrañar que uno de los primeros actos de la revolución fuera asaltar este palacio y detener al gobierno en pleno, reunido precisamente en el salón de malaquita; lo raro es que no hubiera pasado antes. La familia imperial se había mudado a las afueras de la ciudad tras la proclamación de la república. Ver la alegría con la que los zares derrochaban en dinero de sus súbditos tiene que haber sido más eficaz que todas las obras de Marx y Engels juntas.

Cuatro horas pasamos en el museo, y apenas recorrimos una pequeña parte del edificio principal; ni pensar en pasar a los anexos y menos aún a los edificios del otro lado de la plaza. Al terminar la visita, arrastrando los pies, esquivamos como pudimos a docenas de estatuas vivientes, modelos con trajes de época (zarista, claro está), abrazadores profesionales, fotógrafos con palomas amaestradas, conductores de ciclotaxis, vendedores de excursiones por los canales y representantes de otros oficios similares nacidos al calor de la riada de visitantes. He leído que en Paris se están planteando cerrar el centro de la ciudad a los autobuses turísticos; viendo Petersburgo, lo comprendo.

Después de comer y de una buena siesta dimos un paseo por los alrededores del apartamento, esta vez sin la compañía de nuestro vecino Iván. Llegamos hasta la isla de Nueva Holanda, en la que el zar Pedro el Grande instaló a un grupo de artesanos holandeses para que enseñaran a los rusos sus técnicas de construcción naval. Todavía se conservan los inmensos edificios de almacenaje y secado de madera, hoy en día sin uso. Al parecer, un inversor le compró la isla al Ministerio de Defensa para instalar un gran complejo de ocio. Las obras llevan varios años de retraso, y todavía no hay fecha prevista de terminación; no sé por qué, me vino a la cabeza el tranvía Cádiz – San Fernando – Chiclana.

A lo largo del paseo nos encontramos a varias aspirantes a influencers, que aprovechaban la luz dorada del atardecer para posar incansablemente en los puentes y orillas del canal Griboyédov. A algunas, guapas, con tipazo y mucho estilo, les auguro un gran futuro en ese mundo para mí desconocido; a otras, no.

Después de tomar unos vinos y unas tapas —sí, en Rusia hay tapas, clasificadas en las cartas de los restaurantes como “comida para cerveza” (alitas de pollo, patatas fritas…) o “comida para vodka” (básicamente embutidos y hortalizas en vinagre), asistimos a un espectáculo kafkiano, por llamarlo de alguna manera. Una pareja, claramente borracha, se bañaba vestida en el canal. El problema surgió cuando decidieron salir del agua: el hombre se encaramó a la base de unas escaleras sin grandes dificultades, pero entre el peso de la mujer y el puntazo que llevaban, él era incapaz de izarla hasta el rellano. Poco a poco se iba concentrando público a ambas orillas del canal y sobre un puente cercano, pero nadie hacia ademán de ayudarla ni de llamar a los servicios de emergencia. Harta de intentar salir del agua, ella se quitó los zapatos y los lanzó al centro del canal, para luego ir nadando a recogerlos. El corro de curiosos iba creciendo, mientras ella, con evidente dificultad, volvía nadando hacia la escalera. La situación era, para mí, un tanto angustiosa, pero no me atrevía a intervenir habiendo tantos rusos entre el público. Siguieron sus vanos intentos de subir a tierra, hasta que uno de los espectadores, en vez de limitarse a filmar lo que sucedía, bajó hasta el agua y ayudó al hombre a sacarla. En la refriega, ella había perdido también la falda.

No me quedé a ver el final de la historia, pero me imagino su vuelta a casa, empapada, descalza, en bragas y camiseta. Una noche de juerga inolvidable, sin duda.

Al día siguiente, último de esta breve visita a Petersburgo, nos dedicamos a recorrer el Museo Estatal Ruso, el mismo que tiene una interesantísima sucursal en Málaga, que recomiendo visitar a quienes no tengan el tiempo o las ganas de viajar hasta el Báltico. Así como el Hermitage expone arte de muchos países, este otro museo, ubicado en el impresionante palacio Mikhailovsky, está especializado en arte ruso, desde el siglo X hasta la mitad del XX.

Consta de dos partes claramente diferenciadas; el edificio principal y la llamada Ala Benoit. En el palacio en sí se exhiben las colecciones anteriores al siglo XX, de pintores para mí desconocidos, entre los que descubrimos muy buenos retratistas, como Valentín Serov, León Baket o Iván Kramskoi.

Me sorprendió el movimiento de muchos de los retratos femeninos: escorzos, pies en el aire, torsos semigirados, un perro corriendo… De todas maneras, nos resultó casi más interesante el palacio en sí, de una riqueza comparable al Palacio de Invierno. Cortinajes de seda de Lyon, parqués de maderas nobles, mobiliario de época y otros objetos decorativos mostraban el lujo de una familia noble antes de la revolución.

Se construyó para residencia del gran duque Miguel Pavlovich,  hijo menor del zar Pablo I. Se terminó en 1820, bajo el reinado de Alejandro, tío de Miguel. Años después el zar Nicolás II lo donó al entonces recién creado Museo Ruso, a condición de que solo exhibiera arte nacional.

El ala Benoit, un añadido de 1910, alberga obras rusas de entre 1900 y 1960. Curiosamente, a pesar de dedicarse a estos años cruciales de la historia rusa, en los paneles explicativos buscaremos en vano palabras como revolución o soviético, o nombres propios como Lenin o Stalin, salvo vagas referencias a los tiempos difíciles o al final de la guerra. Solo los títulos de algunos cuadros recuerdan la época soviética: “Atletas de la URSS” o “Komsomoles (juventudes comunistas) adiestrándose militarmente”.

También resultan muy interesantes los cuadros posteriores a la perestroika, que reflejan algunas críticas a la vida cotidiana, como este de Alexei Sundukov, muy apropiadamente titulado “Cola”. Decían que en aquellos años de escasez nadie salía de casa sin llevar una bolsa de tela, para acarrear cualquier artículo que se encontrara inesperadamente a la venta, y que quien se encontraba una cola por la calle ocupaba su plaza rápidamente, antes siquiera de preguntar el objetivo de la espera.

Cuatro horas después salimos del museo, arrastrando los pies más —si cabe— que la víspera.

Después de una comida rusogeorgiana a base de borsch (sopa de remolacha con nata) y khachapuri (pan relleno de queso), recuperamos las fuerzas lo suficiente como para visitar una galería comercial de la época zarista: Gostiny Dvor (el patio de los comerciantes). La construyó en piedra un arquitecto francés a petición de los comerciantes locales, para evitar los frecuentes incendios que arrasaban las construcciones de madera. Hoy en día sigue siendo un centro comercial, un tanto anticuado, en el que no se encuentran las grandes franquicias internacionales. Ropa de calidad mediana, empresas de telefonía, algunas tiendas de recuerdos y las inevitables floristerías.

La tarde se nos fue paseando por los jardines del Palacio de Verano, minúsculo en comparación con el de invierno y situado a unos cientos de metros del mismo. Robles, avellanos, castaños de indias, fuentes, docenas de estatuas de mármol y estanques con patos creaban un entorno a medio camino entre un jardín clásico francés (por el trazado geométrico y las estatuas clásicas) y un parque inglés (por la altura de los árboles y la frondosidad del sotobosque). No faltaba el toque ruso en forma de carritos de helados, que les encanta comer a todas horas.

Las familias paseaban, circunspectas. Ni un papel, ni un grito, ni una lata.

En la puerta del hotel Four Seasons se exhibían los nuevos ricos, rodeados de cochazos robustos, quizás blindados, y guardaespaldas, tanto o más robustos que los coches. Con la época soviética se acabó la nomenklatura y los aparatchniks, pero llegó la mafia. La prohibición absoluta de la propiedad privada de los medios de producción se transformó en  pocos meses en el saqueo total, en las apropiaciones repentinas, en el sálvese quien pueda. Por aquellos días estaba leyendo “El fin del Homo Sovieticus”, de Smetlana Alexeievich, que a base de entrevistas con cientos de protagonistas secundarios retrata a la perfección cómo fue esta “revolución capitalista”, o lo que en términos marxistas se habría denominado como “acumulación acelerada de capital”.

Como contrapunto, a la mañana siguiente, mientras nos dirigíamos a la parada del microbús que nos llevaría a Novgorod, leímos un letrero gigante en lo alto de uno de los edificios que flanquean la avenida Moskovskaya: “San Petersburgo – Leningrado. Ciudad heroica. 1941 - 1944”. Un pequeño recuerdo para los más de tres millones de habitantes a los que Hitler había ordenado bloquear para no tener que alimentarlos, y dejar que murieran de hambre y de frío. Entre cuatrocientos mil y millón y medio no lograron sobrevivir. Para otro viaje nos queda pendiente la visita al cementerio de Piskarióvskoye, donde están enterrados la mayoría de ellos.

Pero eso, como la participación española en el asedio de la ciudad, es otra historia, que puedes leer si pinchas aquí.

jueves, 18 de julio de 2019

Andrea Camilleri


Andrea Camilleri
Porto Empedocle, 1925-Roma, 2019
Una vez leí a un crítico literario comentar: ¿Qué tienen las novelas de Camilleri que se venden rápidamente desde hace unos años? Escogí una al azar, no recuerdo cuál fue la primera que leí, pero siguieron una tras otra, hasta que dije, basta, debo leer a otros autores. Pero, al cabo de un tiempo volví con Camilleri, esa vez con las novelas históricas y fue un nuevo descubrimiento.

Camilleri tardó diez años en encontrar un editor para su primera novela: El curso de las cosas (1978). En mi opinión es una obra maestra. Los lectores vamos viendo cómo se van desarrollando los acontecimientos de la peor manera posible. El policía (todavía no había creado a Montalbano) se siente impotente para impedir un crimen que se veía venir. Posteriormente, introduciría un cambio importante: el punto de vista lo situó en el comisario y no en un narrador omnisciente que lo ve todo y lo sabe todo. Según el propio Camilleri, con este cambio le llegó el éxito. Los lectores se sentían mucho más cercanos a la investigación.
Escribió veintiséis  novelas de la serie Montalbano, casi todos saben que el nombre se debe a su amistad con Vázquez Montalban, otro gran escritor, que yo admiro muchísimo. No las he leído todas, pero sí  muchas, más de diez, así que todavía puedo deleitarme con algunas.

El otro Camilleri, el de las novelas históricas como La conexión del teléfono o La ópera de Vigata, nos sumerge en la Sicilia rural, inculta y obtusa. Esa Sicilia que él amó pero, que también, le dolía.
Estas últimas son de una calidad extraordinaria. En realidad, cuando se trata de un ambiente rural no hay grandes diferencias de un país a otro (estoy pensando en el nuestro). Entonces me pregunto qué es lo que le hace diferente en este caso. La respuesta es relativamente sencilla, el carácter terco de los habitantes de dicha isla. Terquedad hasta unos límites insostenibles, mientras que en el ambiente flota el deseo de venganza. En La voz del violín pero también en otras, aparece la Mafia más o menos indirectamente. Cada cierto tiempo aparecía un muerto de una familia o de otra. Tan acostumbrados estaban los policías a estas situaciones que no les daban mayor importancia. Esta ironía en temas tan dramáticos nos puede  sorprender a veces, aunque no para los habitantes de la isla. De esta manera no se justifica pero se desdramatiza.
El mejor homenaje que se le puede hacer es leer sus libros, más de uno y más de una vez. Desde luego es lo que yo estoy haciendo desde que me he enterado del fallecimiento del autor.
He leído que dejó escrita una novela con la muerte de Montalbano, prohibiendo a su editora publicarla. Me parece una gran idea no hacer desaparecer a un personaje tan carismático. Es posible que ahora se publique pero  no me gustaría leerla.

Gracias a Camilleri que me ha hecho pasar unos maravillosos ratos de lectura. Espero que también a todos ustedes y  si no le conocían les ánimo a probar con uno cualquiera.
En este foro se ha hablado de las series de TV que se han hecho con sus novelas, así que no voy a mencionarlas. Cada uno que elija lo que más le guste.

sábado, 22 de junio de 2019

No os perdáis "Marty" (Delbert Mann 1955): Una modesta película que derrotó merecidamente a las grandes producciones.


Queridos Cinéfilos:

De vez en cuando reencontramos por azar una antigua pequeña joya que teníamos perdida y olvidada, hallazgo que, al reconocerla y apreciar su valor, nos hace recobrar de inmediato el aprecio que le teníamos y que ahora se ve incrementado cuando comparamos su valía frente a la bisutería que actualmente nos empacha.

Quiero compartir con vosotros la oportunidad de que recordéis "Marty", lo que es únicamente posible, por razones cronológicas, para los más senior Space Cowboys, o la descubráis los miembros del Brat Pack, o los que nacisteis entre ambos grupos.

¿Pero qué es "Marty"?: Una pequeña película en blanco y negro, de muy reducido presupuesto, dirigida en por el entonces debutante Delbert Mann, con un actor protagonista, Ernest Borgnine, que por su poco agraciado físico nunca volvió a serlo, aunque le reconoceréis como secundario de cien películas, y una actriz principal poco conocida, Betsy Blair, que después sólo tuvo un papel protagonista en el resto de su carrera, al año siguiente, en una muy justamente celebrada película ...¡española!.

¿Y por qué la aconsejo?. Porque es muy, muy buena y así fue reconocido, a pesar de su "pequeñez":
Marty con su madre
  • Ganó el Oscar y la Palma de Oro de Cannes a la Mejor película, derrotando en el Premio de la Academia nada menos que a "Picnic", "La colina del adiós" o "La rosa tatuada".
  • El novato Delbert Mann ganó con ella el Oscar a la Mejor Dirección, frente a David Lean (por "Locuras de verano"), Elia Kazán (por nada menos que "Al este del Edén") y John Sturges (por la excelente "Conspiración de silencio"), vamos, tres "pesos pesados".
  • Especialmente significativo fue que Ernest Borgnine ganara el Oscar al Mejor Actor Principal por su extraordinaria interpretación de Marty, papel que parecía hecho exactamente a su medida, batiendo al más atractivo y famoso joven actor de moda en esa época, James Dean (por "Al este del Edén") y a los ya muy famosos Frank Sinatra, James Cagney y Spencer Tracy, también magnífico este último en "Conspiración de silencio".
  • Pero como casi siempre ocurre en una buena película, y debe ocurrir, el guión de "Marty" es excelente, a pesar de su falta de pretensiones, por los finos matices que, como las pasas de un plumcake, "ilustran" la sencilla trama, ganando con él su autor, Paddy Chayefsky, su primer Oscar, al que seguirían otros dos posteriormente.
  • La película obtuvo otras cuatro nominaciones, entre ellas como actriz secundaria a Betsy Blair, la "chica" de la película, ya que su papel era menos extenso que el del protagonista absoluto, representando a la tímida, presuntamente poco atractiva y educada Clara, no Claire, aunque a mí me gusta bastante, especialmente por el brillo de su mirada. Y en eso no he sido el único porque Juan Antonio Bardem, uno de los mejores directores españoles de mediados del siglo pasado, la eligió sólo un año después para protagonizar su excelente "Calle Mayor", como un personaje que tenía más de un contacto, y más de dos y de tres, con la Clara de "Marty"
Clara y Marty
¿A qué viene, Manrique, que nos aconsejes ahora esta muy antigua película?: Pues por la presente oportunidad de poder verla en vuestra TV, como yo lo he hecho de nuevo ahora, unos 45 años después de haberla descubierto en la única cadena existente en la España de los primeros 70, oportunidad que todos vosotros podéis aprovechar, sólo hasta el próximo lunes 24 (no sé si inclusive), si disponéis de Movistar+, utilizando la alternativa de recuperar programas de la última semana, ya que fue emitida, con mínimos anuncios, en el Canal Intereconomía (124) el pasado domingo 16 a las 22:15, según acabo de confirmar.         
Me imagino que también podríais conseguirla en dvd o por medio de alguno de los servicios "a la carta" en internet. A mí me parece una película entrañable, de temática muy humana, pero nada ñoña, y magníficamente realizada, lo que justifica que la descubráis los que no supierais de su existencia.

Lo que no voy a hacer esta vez es adelantar "de qué va", ya que considero modélico la presentación del personaje principal y sus circunstancias al comienzo de la película.

Podéis ver un tráiler (3 min), en inglés, de "Marty" en Youtube, presentada por Burt Lancaster

Y la referencia en Filmaffinity, que registra una votación con un más que notable 7,5

Una curiosidad: Betsy Blair estuvo casada con el genial Gene Kelly dieciséis años y posteriormente casi cuarenta con el muy buen director checo-británico Karel Reisz, responsable de las destacadas "Sábado noche, domingo por la mañana" (1960), "Isadora" (1968) y, muy especialmente, "La mujer del teniente francés" (1981), película que glosó Marga en este Foro y que personalmente considero merecedora de un 9,5. Puedo imaginar que Blair, ya casada con Reisz cuando éste dirigió las dos últimas, pudo influir algo en su realización, ya que era una mujer refinada y culta, habiendo escrito "The Memory of All That: Love and Politics in New York, Hollywood, and Paris"

Vuestro turno, Cinéfilos, y si alguno la véis, compartid en el Foro vuestra más personal opinión.

En la mía, muy buen Cine, Amigos.

Manrique
    

sábado, 15 de junio de 2019

"El mar" ("The Sea"), espléndida novela de John Banville.



Queridos "Cinéfilos":

Llevaban unos cuantos años moscardoneándome en el cerebro repetitivas referencias al irlandés John Banville, calificándolo como un interesantísimo escritor entre los mejores actuales en lengua inglesa. 

Creo recordar que la primera me llegó con una encuesta entre 25 destacados autores españoles para elegir la mejor novela de la primera década siglo XXI que el Cultural de ABC (devoro cada sábado ese suplemento semanal) organizó en junio de 2011 con motivo de su número 1000, encuesta de la que alguna vez os he hablado, en la que quedó ganadora "La fiesta del chivo", de Vargas Llosa, que me encantó y os recomendé, segunda "La carretera" de Cormac McCarthy, que Ana Díaz nos comentó muy positivamente,  y la tercera fue "El mar" de Banville.

El siguiente aldabonazo, de gran contundencia, resonó en 2014 cuando le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, señalando el jurado en el acta oficial:

"La prosa de John Banville se abre a deslumbrantes espacios líricos a través de referencias culturales donde se revitalizan los mitos clásicos y la belleza va de la mano de la ironía. Al mismo tiempo, muestra un análisis intenso de complejos seres humanos que nos atrapan en su descenso a la oscuridad de la vileza o en su fraternidad existencial. Cada creación suya atrae y deleita por la maestría en el desarrollo de la trama y en el dominio de los registros y matices expresivos, y por su reflexión sobre los secretos del corazón humano".


Con mucho retraso, perennemente abrumado por la lista de las más de 1000 novelas que debería conocer, decidí, por fin, darle prioridad a "El mar", obra que obtuvo en 2005 el Premio Man Booker, el más destacado dentro de la literatura británica, ampliado a la Commonwealth e Irlanda, y empecé a leer:

"Se marcharon, los dioses, el día de la extraña marea. Las aguas de la bahía, toda la mañana bajo un cielo lechoso, habían crecido y crecido, alcanzando alturas inusitadas, las pequeñas olas inundaban una arena reseca que durante años no había conocido otra humedad que la lluvia y lamían las mismísimas bases de las dunas. El casco oxidado del carguero que permanecía encallado en la otra punta de la bahía desde tiempo inmemorial debió de pensar que iban a volver a botarlo. Después de ese día yo no volvería a nadar. Las aves marinas gimoteaban y se lanzaban en picado, nerviosas, al parecer, ante el espectáculo de ese enorme cuenco de agua inflándose como una ampolla, de un azul plomizo y un brillo maligno. Tenían, aquel día, una blancura antinatural, los pájaros. Las olas depositaban una orla de sucia espuma amarilla en el límite de las aguas. Ningún barco estropeaba la línea del alto horizonte. No nadaría, no. Nunca más.

Alguien acababa de caminar sobre mi tumba*. Alguien." 

* Nota del traductor. "En el mundo anglosajón existe la superstición de que uno siente escalofríos, o cierta aprensión, cuando alguien camina sobre -lo que será- su tumba"

Y tras ese minuto de lectura, supe que era un libro que me iba a gustar. Y no soy el único al que así le ha pasado

Al finalizarlo, internamente lo consideré como una de las novelas que me han parecido más profundas, no por la complejidad de su trama, que no es el caso ni el objetivo de esta obra (lo será de otra suya, también espléndida, pero muy diferente, que os recomendaré pronto) sino por su enorme agudeza en el estudio del alma humana en esa revisión de la vida que realiza el protagonista, lo que todos, o casi todos, haremos, o ya hacemos, cuando somos conscientes de que afrontamos el paso de la madurez a la ...

Está claro de que no se trata precisamente de una obra vitalista, tanto más cuanto los protagonistas de Banville, en las dos únicas obras suyas que he leído, son claramente nihilistas y, consecuentemente, sus expectativas existenciales de un angustiosamente corto futuro.

Quiero subrayar la extraordinaria técnica del autor en la estructuración de la obra. Pluscuamperfecto "montaje", diríamos si habláramos de Cine, de episodios pasados y presentes, así como de personajes diversos, complejidad perfectamente calibrada para que pueda ser bien interpretada por un lector medianamente avezado. Por cierto, muy bien traducida.

Concluyo: Excelente novela que os recomiendo leer, reiterando el aviso de que está impregnada de la melancolía del personaje cuando compara su adolescencia y primer enamoramiento con la fase final de su vida en una residencia para la tercera edad, estando ambos periodos desarrollados en la misma localidad marítima de sus vacaciones juveniles.

Como siempre, pediría a cualquier miembro de nuestro Foro que la haya leído o lo haga, enriquezca nuestra diversidad publicando su más personal opinión sobre esta novela. ¡Ojalá así sea!

Muy buena Literatura, Amigos. 

Manrique

PD: Los que estéis en Madrid mañana podríais aprovechar el último día de la Feria del Libro, en el perfecto marco de El Retiro, para comprar esta novela ... o "Christine Falls", en español "El secreto de Christine", título mucho menos atractivo ya que en inglés tiene un intraducible doble sentido perfectamente acorde con la trama. Claro que el autor de esta obra ¿es otro?, Benjamin Black. Hablaremos de ella.





miércoles, 12 de junio de 2019

"La corresponsal” (“A Private War” USA 2018), dirigida por Matthew Heineman: Vida y muerte de Marie Colvin, testigo de la barbarie.



Queridos Cinéfilos:

La verdad es que este curso está siendo uno de los que menos he ido a un cine.

Sí, me refiero a uno de los escasísimos degenerados herederos de aquellos templos donde me quedaba mágicamente hipnotizado cuando era niño: un sábado me convertía en el marinero Ismael a bordo del bergantín ballenero Pequod partiendo a la caza de la Gran Ballena Blanca, la semana siguiente en un testarudo y amargado coronel yankee al frente de su columna de caballería durante la Guerra Civil norteamericana que destruía un núcleo ferroviario de los sudistas en una audaz misión en territorio confederado, un mes más tarde en el patrón de un remolcador de salvamento que arriesgaba su barco y su vida tratando de descubrir quiénes y por qué querían hundir en aguas profundas el vetusto carguero Mary Deare, un sábado lluvioso en un sagaz policía suizo que ponía un astuto cebo para cazar a un asesino de niñas, un hombre grande y siempre vestido de negro, que las atraía regalándoles bombones cuando regresaban a casa desde el colegio, o, siendo ya preadolescente, me enamoraba de la perversa princesa Nellifer, que terminaba encerrada viva en la Gran Pirámide de la tierra de los faraones, mientras me preguntaba ¿porqué las chicas malas siempre estaban más buenas que las chicas buenas en las películas?


Colvin (Pike) en una escena de la película con su chófer en Irak
¡¡Feliz época… y qué inolvidables tardes en sesiones dobles de Cine!! (este nostálgico párrafo se lo dedico a los Space Cowboys, porque los miembros del Brat Pack, y no digamos los “ternerillos millennials”, seréis incapaces de entenderlo sin haber vivido ese dorado pasado, incompatible con “Matrix” o highlypolleces semejantes).

El caso es que no he ido por diversos motivos, entre ellos porque sólo me han atraído pocas películas en estos últimos meses, generalmente minoritarias y exhibidas en muy pocos cines, ya que la tentación de volver a ver cómodamente en la tele de casa alguna de las ¿mil? que recuerdo con especial cariño o, mejor aún, las ¿cien? que adoro, ha vencido a la alternativa de arriesgarme a salir del cine con la sensación de haber malgastado 8 € y, lo que es mucho peor, unas tres horas de mi vida. Aclaro que, excepcionalmente, se me ha escapado “Dolor y gloria”, que nos recomendó José Ramón, por un invalidante esguince del que sigo renqueante tras dos meses y medio.

Pero siempre hay excepciones: el martes pasado estábamos circunstancialmente en las cercanías del Cinesa Manoteras a una hora apropiada y entramos a ver la única película que me atraía entre las que se proyectaban en sus 20 salas, aunque tenía muy escasas referencias sobre ella, "La corresponsal”, primera dirigida por Matthew Heineman, para mí absolutamente desconocido hasta ese día. Afortunadamente, a la salida no me arrepentí en absoluto de haber decidido ver esa interesante película y consecuentemente os la recomiendo porque:
Foto real de Homs, "desescombrado" tras la batalla
  • Narra históricamente los últimos doce años de la vida de una intrépida y multipremiada reportera de guerra, permanentemente trabajando para el británico Sunday Times, Marie Colvin (Long Island, Nueva York 1956 – Homs, Siria 2012), persona genéticamente volcada en su peligrosa profesión, que la subyugaba, porque creía firmemente que tenía la obligación de desvelar al desarrollado mundo anglosajón las barbaridades de las que era testigo, y la esclavizaba al mismo tiempo, similarmente a lo que le pasaba con sus inseparables martinis de vodka al anochecer. Era todo un carácter, como califican los ingleses.
  • El director, experto documentalista, recrea con absoluta verosimilitud los ambientes de guerras, todas ellas esencialmente civiles, que suelen ser las más crueles por su substrato vengativo entre etnias o bandos enfrentados de por vida, en Sri Lanka, Irak, Afganistán, Libia y, finalmente, Siria, donde Colvin y un compañero acabaron muriendo en uno de los bombardeos gubernamentales utilizados por las fuerzas del Presidente Al Assad II para “castigar” a la rebelde ciudad de Homs, eliminando de paso a la población civil desafecta que sobrevivía semienterrada entre ruinas. Espeluznante la última media hora de película.
  • La interpretación de la británica Rosamund Pike (ya nominada al Oscar y al Globo de Oro por el papel de la desaparecida esposa en “Perdida”, dirigida por David Fincher en 2014, que aquí os comenté positivamente) es realmente magnífica y le ha valido su nueva nominación al Globo de Oro como Mejor Actriz Dramática este último año (Rogelio, tú que aquí nos comentaste muy brevemente “La buena esposa”, cuyo papel protagonista le ha valido ese premio a Glenn Close, si ves “La corresponsal” ya nos dirás cuál de las dos interpretaciones femeninas es la mejor, porque me consta que a Close le debían tal galardón, con efecto retroactivo, desde “Las amistades peligrosas” y ya era hora de que se lo hicieran efectivo. Rosamund a esperar).
  • Vamos a ponerle un “pero” al guión de "La corresponsal”: la exploración psicológica de Marie Colvin, personaje complejo, es muy poco profunda y se facilita casi “didácticamente”, en vez de desvelarla inteligentemente al espectador. Hacerlo bien no hubiera sido sencillo, pero el nivel con que se cubre el expediente es demasiado bajo e incompleto.
La auténtica Colvin con Remi Ochlick, murieron juntos
Habida cuenta de mis anteriores consideraciones, yo calificaría esta película con un 8, basándome fundamentalmente en el interés de la vida del personaje central y la calidad técnica de la película, siendo una pena que el guión no haya estado a la altura de las circunstancias. En tal caso, habría podido llegar al 9… en mi opinión, claro.

Le paso la palabra, como acostumbro, a la Crítica profesional:

Esta vez recomiendo mucho la presentación en “Días de Cine” en La 2 de TVE (8 min, advierto que inicialmente incluyen un spot, de pocos segundos, con la programación inmediata de La 2, no penséis que el enlace está equivocado), donde interviene la muy experta corresponsal de TVE Ángela Rodicio, que conoció a Marie Colvin cuando coincidieron profesionalmente en Bagdad durante la Guerra del Golfo:
http://www.rtve.es/alacarta/videos/dias-de-cine/corresponsal/5257555/

Comentario de Federico Martín Bellón en ABC “Relato con chaleco antibalas” (****)
https://www.abc.es/play/cine/criticas/abci-critica-corresponsal-retrato-chaleco-antibalas-201905302250_noticia.html
“…
Testigo de lo peor del ser humano, la cámara se aproxima a Colvin con pasión y conocimiento, y con una interpretación fantástica de Rosamund Pike, pero no llega a profundizar de verdad en su pensamiento, no consigue quitarle el chaleco. Vemos a la corresponsal jugarse la vida y ahogar sus fantasmas, incluso se atisba una justificación a su temeridad ante el riesgo.” Faltan sus palabras, por completar el retrato, sobre todo si tenemos en cuenta que se ganaba la vida con ellas. Esa ausencia, combinada con una estructura incompleta, impide que el espectador salga saciado del todo.”

Crítica de Jordi Costa en El País: “La guerra privada de Marie Colvin”
https://elpais.com/cultura/2019/05/30/actualidad/1559207916_771659.html
“Un cronista de guerra sabe que no trabaja para la Historia con mayúsculas, sino para ese territorio mucho menos noble y perdurable que es este presente que mancha de café las páginas del periódico -o la pantalla de la tableta- que se lee apresuradamente en las primeras horas de la mañana. Su meta no es levantar acta de una gran crisis a vista de pájaro, sino contar el dolor a la altura de los ojos de la víctima civil, abandonando grandes palabras de líderes de fuerzas militares y retóricas de jefes de estado para trenzar una corriente de empatía entre quien lo ha perdido todo y ese lector para quien la guerra es aquello que sucede, siempre, muy lejos de casa…”

Crítica de Alberto Luchini en Metrópoli de El Mundo: “La corresponsal: una heroína víctima de sí misma”
https://www.elmundo.es/metropoli/cine/2019/05/30/5ceec280fc6c8327218b45c6.html
“…
Como cabía esperar de una película firmada por un director con los antecedentes de Heineman, las partes bélicas, rodadas con estilo semidocumental, crudo y muy directo, y el certero retrato del peculiar mundo de los corresponsales están muy por encima de los momentos intimistas, en los que el melodrama aparece desaforado y no siempre bien calibrado, incluso con algunas concesiones innecesarias al tremendismo psicológico. Menos mal para el realizador que la rotunda interpretación de una casi irreconocible Rosamund Pike, probablemente la más redonda de su carrera, contenida y llena de matices, compensa y le aporta a esos momentos la credibilidad y la emoción que la puesta en escena es incapaz de darles.”


Buen CINE, Amigos.

Manrique

PD: Pensé saliendo del cine, lo juro, y luego he leído que también lo ha escrito un periodista: ¿para cuándo una película sobre la inigualable Oriana Fallaci?, de la que tengo un ejemplar de su “Inshallah” con lomo dorado. Seguro que tú, Rogelio, por tu profundo estudio de la lengua de Dante, eres el Space Cowboy que más nos puede ilustrar sobre esa fantástica periodista, cuyos escritos sobre el atentado de las Torres Gemelas fueron su testamento final.

lunes, 27 de mayo de 2019

La divina sabiduría

La tarde del viernes, después de la excursión a Rila, la dedicamos de nuevo a pasear por el centro de la ciudad, cuyos edificios oficiales son una curiosa mezcla de estilos. Desde un palacete ecléctico de la época otomana, que ahora alberga la Galería Nacional de Arte, hasta una sala de exposiciones ubicada en los antiguos baños públicos, un precioso edificio en estilo modernista arabizante.

Terminamos el día paseando por la calle Vitosha, el verdadero corazón de la ciudad. Cerrada totalmente al tráfico rodado, está llena de terrazas y restaurantes, y es un punto ideal para observar la mezcla étnica de los habitantes de esta ciudad de más de millón y medio de habitantes.

El sábado, por fin, deja de llover. Amanece muy temprano, con un sol que parece sacar a toda la ciudad a pasear. Dedicamos la mañana a visitar —por fin— muchos de los edificios que habíamos visto por fuera las dos tardes anteriores. Empezamos recorriendo las ruinas romanas descubiertas bajo la plaza de Serdika, que incluyen desde un tramo de las antiguas murallas hasta un anfiteatro de sesenta metros de largo y más de cuarenta de ancho, muy poco visitado.

En el extremo norte del bulevar Princesa María Luisa, y visible desde la misma plaza se levanta la Mezquita de los Muchos Baños, construida en 1576 y único lugar abierto al culto musulmán en toda la ciudad. No olvidemos que Bulgaria perteneció al imperio otomano hasta 1878, hace solo ciento cuarenta años, cuando fue conquistada por las tropas rusas. Su arquitecto, Sedefkar Mehmet Aga, es el mismo que años después diseñaría la Mezquita Azul. Aunque de mucho menor tamaño, su interior ya adelanta la luminosidad de su hermana mayor. Por desgracia, los baños que dan nombre a la mezquita, y que se ubican sobre unos manantiales termales, hace años que dejaron de cumplir esa función.

Justo enfrente de la mezquita está el Mercado Central, un edificio victoriano con estructura de hierro fundido. Nos resulta un tanto decepcionante, sobre todo después de haber leído en una guía que recordaba a los grandes bazares turcos. Un par de pescaderías, varias carnicerías y alguna frutería ocupan una pequeña parte del mercado; el resto de las tiendas se dedican a la venta de suvenires de poca calidad, de ropa pasada de moda o de trastos diversos al estilo de un bazar chino.

Al ser sábado, día de descanso para los judíos, la Gran Sinagoga está cerrada, pero el barrio de alrededor hierve de gente. Muchos locales dedicados a las ocupaciones tradicionales de los judíos: joyeros, ropavejeros, relojeros y chambones, pero también había comercios de barrio: alimentación, peluquerías, pequeños electrodomésticos, ropa un tanto cursi… A unos cientos de metros nos encontramos el llamado Bazar de las Mujeres, lleno de campesinas con los productos de su huerto, vendedores ambulantes, puestos de aceitunas o de pescado seco, tiendas de herramientas domésticas o agrícolas, cerámica, lana y tejidos artesanales. Este era el verdadero bazar, mucho más animado que el decadente Mercado Central.

Cruzamos de nuevo por la inevitable Serdika, y después de asistir a los preparativos de un bautizo en la enorme iglesia de la Semana Santa, nos acercamos a visitar la minúscula iglesia Rotonda San Jorge, encajada en un patio entre el Hotel Balkan y el Ministerio de Educación y Ciencia. Me imagino que los amantes del esoterismo dirán que allí confluyen las líneas de fuerza, o algo parecido, porque el templo se fundó en el siglo IV en los terrenos que había ocupado anteriormente un templo precristiano, y en el siglo XVI, en la época otomana, se utilizó como mezquita. En la actualidad sigue abierto al culto ortodoxo, según me confirma la beata que se ocupa de la tienda de recuerdos. Porque una de las cosas buenas que se han conservado de la época soviética es que los monumentos, tanto religiosos como laicos, son en general de entrada gratuita. Las iglesias se financian con los donativos de sus fieles y la venta de velas, iconos y recuerdos. En el interior se conservan frescos del Cristo Pantocrátor en la cúpula y varios frisos con retratos de profetas en el tambor, algunos de ellos del siglo X.

A pocos metros de la iglesia de San Jorge está el Museo Nacional de Arqueología, instalado en el edificio que en su día albergó la Gran Mezquita del Viernes. No se le habría podido dar mejor destino a tan imponente edificio, convertido ahora en un templo de la ciencia. Todo el museo se organiza en torno a la nave central de la mezquita, con solo dos o tres pequeños cubículos para colecciones muy especializadas, entre ellas la interesantísima Sala del Tesoro. Su colección de piezas tracias se considera la mejor del mundo, debido a que gran parte de la antigua Tracia se encontraba en lo que actualmente es Bulgaria. Algunos irrendentistas búlgaros aspiran a recuperar aquellos territorios, que se extienden por Macedonia del Norte y la Turquía europea, olvidando que en ese caso tendría que abandonar gran parte del norte y oeste de Bulgaria. Así son los nacionalismos.

Las tribus tracias, con una cultura bastante consolidada, comerciaron con las ciudades-estado griegas hasta que fueron sometidas por aquellos mismos griegos, codiciosos de sus reservas minerales. Gracias a su costumbre de enterrar a los nobles junto con sus caballos y carros de combate, se conservan muchos ornamentos ecuestres en plata. Uno de los tracios más famosos de aquellos tiempos fue el gladiador Espartaco. En el siglo VI antes de nuestra era, el país fue ocupado por los persas, y en el año 46 el emperador Claudio lo anexionó al imperio romano.

La zona fue invadida por tribus eslavas y búlgaras en el siglo V, en el momento de mayor esplendor de su historia. Por aquellos tiempos, los monjes Cirilo y Metodio, hijos de padre bizantino y madre búlgara, crearon el alfabeto glagolítico, del que luego se derivaría el cirílico. En el 865, el rey Boris I se convirtió al cristianismo, arrastrando con él a todos sus súbditos.

En los siglos XII al XIV, el Imperio Búlgaro fue la potencia dominante en los Balcanes, extendiéndose entre el rio Dniéster por el norte, el Adriático por el oeste, el golfo de Corinto por el sur y el Mar Negro por el este. Su independencia terminó en 1396, con la invasión otomana.
Después de reponer fuerzas, seguimos nuestro recorrido por la capital. La coqueta Iglesia Rusa nos sirve de aperitivo, antes de meternos en la monumental Catedral de San Alexander Nevsky. De entrada, me sorprende el nombre, yo siempre había asociado a este señor con un guerrero, cuya biografía cuenta magistralmente Sergei M. Einsenstein en la película del mismo nombre. En el siglo XIII, este príncipe de Novgorod defendió con éxito el norte de Rusia contra el ataque de los teutones; la batalla se libró sobre la superficie helada del lago Peipus. También tuvo que hacer frente a la invasión de Rusia por el ejército mongol dirigido por Gengis Khan. No parecen grandes méritos para alcanzar la santidad, pero en España tenemos a Fernando III el Santo, “liberador” de Andalucía del dominio musulmán.

La catedral, espectacular por sus dimensiones, está coronada por una cúpula dorada de 52 metros de altura, pero me decepciona bastante por dentro. Las pinturas que la decoran, del siglo pasado, no me parecen comparables —ni de lejos— a las de la iglesia de la Natividad de Rila. Lo que impresiona es la riqueza de su decoración, con lámparas traídas de Múnich, rejas berlinesas, ónice brasileño y mosaicos venecianos. Por encima del nivel de los fieles normales, el trono del zar, del tamaño de una cama de matrimonio, construido en mármol blanco y situado a la derecha del iconostasio. En el lado opuesto se conserva una costilla de Alexander Nevski.

La construcción de la catedral se llevó a cabo entre 1904 y 1912. Fue diseñada por el arquitecto ruso Alexander Pomerantsev, que se inspiró en el estilo neobizantino, muy de moda en la Bulgaria de la época.

Mientras paseamos, veo que todas las calles del centro están cubiertas de piedra amarilla. A parecer, fue un regalo de la familia real austro-húngara con motivo de las bodas, a comienzos del siglo pasado, de Fernando I, primer rey de Bulgaria tras la retirada de los otomanos.

Esa noche queremos cenar en un restaurante especializado en cocina búlgara, el Rakia Raketa (literalmente, cohete de aguardiente), no muy lejos de nuestro apartamento. Cuando llegamos está algo más que completo, pero no muy lejos nos encontramos otro, el Maistor Manol (Maestro Manolo), en una esquina del bulevar Dondukov. Resulta un acierto total. El menú contiene delikatessen tales como cabeza de cordero deshuesada, higadillos y corazones de pollo, callos fritos o hamburguesas de caballo. Todo lo que pedimos está delicioso, y las raciones son muy abundantes, de acuerdo con el peso que indica la carta.

Alrededor de nosotros cenan familias con niños y grupos de parejas, y tres músicos interpretan piezas de baile, con muy poco éxito. El cantante, muy bajito, se acerca varias veces a nuestra mesa, pero por suerte no nos saca a bailar. Llega después una rubia altísima, bien apretada, que se sienta junto en el estrado. Todos esperamos que salga a bailar, pero resulta ser la novia del teclista, un eslavo de su misma talla.

No he hablado hasta ahora de las bebidas búlgaras, pero no porque no existan. Buenas cervezas nacionales (Karmenitsa, Burgasko) y checas (Staropramen); vinos de calidad, en muchas ocasiones elaborados por el mismo propietario del restaurante, vodka, y la omnipresente rakia, un aguardiente similar al raki turco, pero sin sabor a anís. Pruebo una rakia casera (y por tanto ilegal), que el barman esconde bajo la barra en una botella de Fanta. Sabe y huele, sin ninguna duda, como cualquier orujo gallego, sin el menor rastro de las peras con las que, según el barman, está elaborado. A la mañana siguiente, el dolor de la cabeza me confirma su parentesco con el orujo de mi tierra natal.

A mitad de la cena viene a saludarnos uno de los camareros, que habla perfecto español después de varios años trabajando en la Costa del Sol, y por fin llega el mismísimo Maestro Manolo, el cocinero y propietario, que también ha trabajado en la hostelería española hasta ahorrar lo suficiente como para comprar el restaurante.

El domingo amanece también despejado. Queremos visitar la iglesia de Boyana, en las afueras, declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en 1979.

Antes de salir del apartamento planificamos cuidadosamente el recorrido, aparentemente muy sencillo. Metro desde Serdika hasta la estación Vitosha, que es final de trayecto, y desde allí el autobús número 64 dirección Zoopark, hasta la parada Boyansko Hanche. La primera parte del viaje transcurre sin ningún problema, pero cuando llevamos ya un rato en el autobús nos damos cuenta de que va en sentido contrario a nuestro destino. Le preguntamos al conductor, que nos confirma que nos hemos equivocado, pero que no tenemos más que seguir un poco más hasta la cabecera de línea, y esperar unos veinte minutos hasta que el autobús inicie el camino de vuelta. Habla un buen ruso, del que está muy orgulloso, y que —por supuesto—, ha aprendido en la escuela.

Escarmentado ya de que los jóvenes no hablaran ni palabra de ruso, esperé a que se sentara detrás de mí una pareja de cierta edad, aparentemente eslavos, para preguntarles muy educadamente si sabían cuál era la parada para la iglesia de Boyana. Resultaron ser italianos, milaneses por más señas, y estar tan despistados como yo. Pero con la siguiente pareja de edad la regla funcionó, y no solo nos avisaron al llegar a nuestra parada sino que nos explicaron cómo subir a la iglesia, unos doscientos metros monte arriba.

Al llegar a la iglesia nos encontramos la puerta cerrada y otros turistas que nos dicen que solo se puede entrar en visitas guiadas de doce personas, y que están todos los turnos reservados hasta cinco horas más tarde.

Una breve conversación con la encargada resuelve el problema. Si aceptamos no entrar los cinco a la vez, nos irá empotrando en los grupos organizados que copaban el acceso. La mujer cumple su palabra, y nos cuela a dos en un grupo de malayos y a tres en otro. Media hora después hemos terminado nuestra visita, ya que cada grupo no puede permanecer más de diez minutos en el interior de la pequeña iglesia.

Se entra al edificio por la fachada principal, una ampliación de mediados del siglo XIX, sin mayor interés. A continuación se pasa al cuerpo central, un añadido de mediados del siglo XIII. Esta parte consiste en una sepultura familiar en la planta baja con una bóveda semicilíndrica y dos arcos en los muros norte y sur, y una primera planta para la capilla familiar cuyo diseño es idéntico al de la iglesia primigenia.

La zona más antigua de la iglesia, al este, es un ábside con bóveda de crucería. Fue construido durante finales del siglo X o principios del XI. La iglesia es célebre por sus frescos, realizados en 1259 sobre otros más antiguos, de los que solo quedan fragmentos. Representan uno de los ejemplos más completos y mejor conservados del arte medieval de Europa Oriental. Según las guías, son ochenta y nueve escenas con doscientas cuarenta figuras humanas, aunque tengo que confesar que no las conté. Una de ellas representa a Cristo adolescente, cosa muy poco habitual en el arte cristiano, que suele saltar del Jesús niño al adulto.

Las escenas del nártex, que ilustran la vida de San Nicolás, contienen detalles de la sociedad de la época: en El milagro en el mar, el barco y los sombreros de los marineros recuerdan a la flota veneciana; en otras ocasiones el santo aparece vestido de obispo. En Bulgaria, como en muchos otros países del norte y este de Europa, San Nicolás (Santa Klaus) cubre el papel que los Reyes Magos tienen en España. El 5 o el 6 de diciembre, según el país, este obispo llega procedente de Alicante, con su larga barba blanca y su capa roja, cargado de regalos para los niños que se han portado bien. No conseguí enterarme de por qué es el patrono de los marineros, pero el día de su fiesta los búlgaros tienen la costumbre de comer pescado. Debe de ser un santo muy polifacético, porque también es patrón de mineros, mercaderes, arqueros, ladrones arrepentidos, niños, cerveceros, panaderos, viajeros y estudiantes.

Al salir de la iglesia negociamos con un par de taxistas para que nos lleven hasta el Museo del Arte Socialista, señalado en algunos planos de la ciudad como Museo del Arte Totalitario. Está también en las afueras de la ciudad, pero en otra dirección, a más de doce kilómetros de Boyana.

En un amplio y bien cuidado jardín se exponen estatuas de Marx, Lenin, Dimitrov y hasta del Che Guevara; curiosamente, ni una sola de Stalin. No me puedo resistir a la foto de rigor con Vladimir Ilich; me temo que mis amigos más ortodoxos la considerarán una falta de respeto. También está allí, sobre un pequeño pedestal, la gran estrella roja que en su día coronó la sede central del Partido Comunista de Bulgaria. Hay una buena colección de esculturas alegóricas: La Paz, la Guerra, la República, milicianos, obreros, campesinos… Lo que no abundan son los visitantes.

Junto a la tienda, en la que se pueden adquirir diversos recuerdos de la época comunista, como jarras con retratos (solo les queda la de Stalin), abrebotellas de Lenin o de Marx, y otros trastos, hay una pequeña sala de proyección con un vídeo que me recuerda, inevitablemente, el NoDo.
Demostraciones sindicales del 1 de mayo, líderes políticos visitando fábricas, jóvenes pioneros que juran defender a la patria y a la revolución con sus espadas de madera, desfiles militares… ¿Por qué se parecerá tanto la estética y la iconografía de unas dictaduras a la de otras de signo teóricamente opuesto?

El toque humano lo pone una larga mesa en el patio. Varios caballetes sostienen unos tableros con huellas de que, minutos antes, allí se ha celebrado una comida colectiva. Imagino una reunión dominical de los empleados y sus familias. Todavía quedan botellas de vino semivacías, un tupper con pimientos fritos, tarros de arenques y restos de ensalada.

Después de comer, nos acercamos a la sinagoga, que el sábado nos habíamos encontrado cerrada. Construida hace poco más de cien años, es de las más grandes de Europa. Puede acoger hasta a 1.300 personas, aunque entre el abandono generalizado de la religión durante la época comunista, y la emigración a Israel de gran parte de los judíos búlgaros, en la actualidad son pocos los fieles que la usan. En la entrada, después de un somero registro, nos recibe un judío sefardí, que habla en español pero intercala muchos términos ladinos. Por lo visto, la mayoría de los judíos búlgaros son sefardíes, llegados a Bulgaria tras su expulsión de España por parte de los Reyes Católicos. Hoy residen en Bulgaria menos de la décima parte de los judíos que vivían allí antes de la Segunda Guerra Mundial. Y eso que se libraron razonablemente bien del exterminio nazi; todo el país los protegió para evitar su deportación a los campos de concentración alemanes y polacos, y hasta el rey Boris y la jerarquía ortodoxa se pusieron de su parte. El embajador español, Julio Palencia, entregó salvoconductos a varios cientos, lo que le costó la pérdida de su puesto.


El edificio es neoárabe, con algunos elementos de la Secesión vienesa; la fachada tiene un cierto aire veneciano. El interior es bastante recargado, con columnas de mármol de Carrara y mosaicos venecianos multicolores, así como tallas en madera. El candelabro central pesa casi dos toneladas y, según la leyenda, está fabricado con oro traído de Palestina.

Pasamos el resto de la tarde deambulando por el barrio judío y los alrededores del centro, y todavía nos da tiempo para visitar una iglesia más, cuyo nombre, por suerte, no recuerdo.

Acabamos la noche en un antro inolvidable, a pocos cientos de metros de nuestro apartamento. En una calle secundaria, un pequeño anuncio de cerveza Staropramen parece indicar que al otro lado de la cancela herrumbrosa se esconde un bar sin nombre. Luego descubrí en Google Maps que se llama Sterling Club 2, y que es una sucursal del Sterling Club, a secas, ubicado un par de calles más allá.
Empujamos la verja, cruzamos un jardín semiabandonado, más bien un patio, y bajamos al sótano por unas escaleras de madera, estrechas y empinadas. Al fondo se ve una barra de menos de dos metros de largo, aparentemente sin nadie que la atienda.

A los lados del pasillo se abren varias habitaciones, pequeñas pero muy abigarradas. Una de ellas, con viejos sofás capitoné de cuero cuarteado, podría ser el salón de una vivienda; otra, ocupada casi totalmente por una mesa larga con una docena de sillas, sería el comedor. Nos sentamos en la última, con varias mesitas tipo casa de comidas y las paredes cubiertas de teteras, mantequeras, salseras y otras piezas de porcelana. En aquel ambiente oscuro e intemporal podías encontrarte con el Golem, con el doctor Caligari, o con un vampiro reposando en la oscuridad de la habitación del fondo.

Menos mal que por fin aparece una empleada que nos explica que todo irá más rápido —¿quién tiene prisa?— si pedimos las consumiciones en la barra, porque ella tiene que “atender la barbacoa”. No sé para quién, ya que somos los únicos clientes, pero en sitios como este es mejor no preguntar demasiado.

Nos instalamos con nuestras bebidas, y al cabo de un rato llega un señor de unos sesenta años, que se sienta en la barra y se pone a darle clases de francés a la camarera. Cuando nos marchamos, tiempo después, siguen allí, con sus libros de texto y sus cuadernos.

El lunes, último día en Sofia, nuestro principal objetivo es cumplir el deseo de una de nuestras compañeras, que tiene, no sé por qué, mucho interés en subir a un tranvía. En el primer trayecto todo va bien, y conseguimos trasbordar sin problemas. Pero cuando ya nos acercamos a nuestro destino, pretendo imitar a los viajeros búlgaros y tocar el timbre para solicitar una parada, apretando un botón situado junto a la puerta de salida. ¡Tremendo error! En lugar de pulsar el botón verde ubicado a la derecha de la puerta, toco el rojo de la izquierda, cubierto de grasa lítica. Inmediatamente comienza a sonar la alarma, el tranvía se detiene y la conductora sale hecha un obelisco, que dirían en Cádiz. Cuando me identifico como el culpable, me dirige una larga y amenazadora invectiva.

Por un momento, temí que me agarrara por las orejas, me colocara sobre sus rodillas y me diera unos buenos azotes. Pero esa sería otra historia. Búlgara, que no vulgar.

domingo, 26 de mayo de 2019

El monasterio de Rila

Koi^ beshe glupak?t, koi^to natisna budilnika!!?— La voz de la mujer uniformada suena amenazante, y su mirada metálica se clava en mis ojos. Avergonzado, bajo la vista. No entiendo ni una palabra, todo el mundo me mira, del dedo índice se me escurre algo viscoso. Pero no adelantemos acontecimientos.

Después de incontables problemas con los billetes de avión, y de renegar convenientemente de Iberia, Air Bulgaria y Ryan Air, un jueves cualquiera de mayo me levanto a las cuatro y media de la madrugada, para llegar al aeropuerto de Jerez a tiempo para el primer vuelo a Madrid. Once horas después aterrizamos en Sofia (con acento en la “o”, como dicen los búlgaros, no Sofía). Por el camino queda el madrugón en Cádiz y la larga espera para facturar en Madrid, justo al lado de los hipervigilados mostradores de El Al, en los que no se libra del cacheo ni siquiera la representación española en Eurovisión. Me gusta que estos cómplices noten en sus carnes una mínima parte de las humillaciones que a diario sufren los palestinos.

En Barajas se nos une un joven —tez clara, ojos verdes rasgados, coleta—, de origen búlgaro pero residente en España desde hace años. Es de un pueblo cercano a Sofia, un primo irá a recogerlo al aeropuerto. Nos confiesa su total ignorancia sobre el vino o el transporte público en la capital de su país; solo es capaz de recomendarnos una marca de cerveza, la ubicua Karmenitza.

Nada más bajarnos del metro junto a la Universidad de Sofia, el primer destello de una época pasada: un gigantesco monumento al Ejército Soviético preside el parque Knyazheska (de la Princesa). No lo busquéis en Google Maps; se distingue perfectamente en la “vista satélite”, pero no está rotulado. Quizás un intento más de ocultar el pasado, tan reciente. Construido en 1954, en plena guerra fría, el monumento consiste en un gran monolito de piedra, en cuya cima alza un grupo escultórico formado por un soldado rojo, un trabajador y una campesina con niño en brazos, perpetuando los roles tradicionales del hombre y de la mujer. En la base, tres alto relieves en bronce muestran distintos aspectos de la guerra; en las cercanías dos grupos escultóricos representan la despedida a grupos de soldados que parten hacia la guerra.



Los ramos de flores situados junto a la base están frescos; supongo que los habrán colocado esa misma mañana, durante las celebraciones del Día de la Victoria, aniversario de la toma de Berlín por parte del ejército rojo y la consiguiente rendición del régimen nazi.

Nuestro apartamento está en un edificio de 1929, con un exterior que parece no haber sido remozado desde el lejano año de su construcción; los cuatro pisos de escalera, sin ascensor y con grandes radiadores fuera de servicio, van en consonancia. Sin embargo, el interior es amplio, luminoso, limpio y acogedor, tal y como muestra la publicidad. Ni un ruido llega desde la calle.

Salimos a pasear en cuanto soltamos el equipaje, para un primer contacto. Queremos recorrer el centro de la ciudad, sin entrar en ningún edificio pero captando el ambiente general. En el primer bar, un grupo de borrachos cantan “Rivers of Babylon”. Bonnie M., puros setenta.

Caminando a lo largo del bulevar Dondukov, en un cuarto de hora nos plantamos en Serdika, la gran plaza que siempre ha constituido el centro no oficial de la ciudad. Durante unas obras se ha descubierto un anfiteatro y otros importantes edificios romanos, que se conservan in situ, al nivel del centro comercial subterráneo y la estación del Metro. En el mismo centro de la plaza está la minúscula iglesia de Santa Petka de los Talabarteros, llamada así porque este gremio fue el que se ocupó de su mantenimiento durante los casi cinco siglos de dominio otomano.

Pero lo que atrae nuestras miradas no es esta iglesita del siglo XI, ni el enorme edificio del Consejo de Ministros, ni siquiera el monumento a Sveta Sofia, la divina sabiduría, que muy apropiadamente sustituye al dedicado a Lenin. El polo de atención es la mole ubicada en el chaflán de los bulevares Dondukov y Zar Libertador, que me recuerda bastante a los rascacielos mandados construir por Stalin en Moscú. En efecto, compruebo en mis notas que se trata de la antigua sede del Partido Comunista de Bulgaria, fiel miembro de la V Internacional hasta el último momento. Ninguna placa recuerda esta parte de la historia del edificio.


En la actualidad, despojado de la estrella roja que lo coronaba, el edificio es una dependencia de la Asamblea Nacional. Por cierto, la estrella la encontramos días después en un museo, como contaré más adelante.

Cenamos en un restaurante cercano, una especie de asador, y tenemos nuestro primer contacto con la gastronomía rumana, aunque en una versión modernizada. Mucha carne, incluyendo por supuesto cordero y caballo, sopas y ensaladas y un buen surtido de vinos y quesos. La cena nos sale por menos de trece euros por persona, bebidas incluidas. De allí nos vamos a un pub inglés, con buenas cervezas pero nada de vino. Cuando le explico al barman que no puedo beber cerveza, no lo duda un momento: me sirve, sin preguntar, un buen vaso de vodka, sin hielo ni otros inventos modernos.

El viernes amanece lluvioso. Tenemos previsto desplazarnos en taxi hasta el monasterio de Rila, considerado el segundo más importante del mundo ortodoxo, solo por detrás del monte Atos en Grecia. Cuando le pregunto si habla ruso al taxista que nos lleva, Demetrio Simeonov, me responde con una sonrisa: “Por supuesto, lo estudié en la escuela”. Antes de salir de Sofia paramos en dos gasolineras, en una para rellenar el tanque de gas y en otra para el de gasoil; en ninguno de los dos casos detiene el motor del Honda que conduce.

Durante las dos horas que dura el viaje hasta el monasterio, mantengo con Demetrio una charla bastante entrecortada, pero suficiente. Tiene 55 años, está casado y con dos hijos y ha recorrido toda Bulgaria y países cercanos conduciendo un camión, antes de dedicarse al trabajo más relajado de taxista. Hablamos de política, sobre todo de la corrupción que impide a Bulgaria entrar en el euro, pero también de vino, de cerveza, del paisaje y de los problemas de la juventud para encontrar vivienda. Ya no se construyen los grandes bloques de viviendas sociales de la época soviética… Intuyo a qué partido vota Demetrio.


Salimos de Sofia por la autopista que conduce hasta Kulata, en la frontera con Grecia, y vamos cruzando aldeas y pequeñas montañas cubiertas de árboles, en las que contrasta el tono oscuro de las coníferas con las hojas recién brotadas de las hayas, mucho más claras. En Boboshevo nos desviamos hacia el este por una carretera comarcal, a través de viñedos y huertos de frutales. En el centro del pueblo de Rila nos para la policía. Aparentemente es un control rutinario, pero los malos modos de los agentes y el temblor de manos de Demetrio indican que hay algo más; creo que es una búsqueda de cualquier infracción menor que justifique el cobro de una mordida. Al cabo de un buen rato, en el que comprueban hasta el funcionamiento del taxímetro y el navegador, nos dejan seguir. En cuanto salimos del pueblo, Demetrio saca un inhalador de nicotina y, tras pedirnos disculpas repetidamente, se pone a chupar como un loco. Evidentemente, se había puesto muy nervioso, pese a que todo estaba en regla.

La carretera, cada vez más estrecha, se adentra en el macizo de Rila, coronado por el Musala, que con sus casi tres mil metros es el monte más alto de los Balcanes. La zona es un importantísimo refugio para la fauna, ya que sirve de corredor ecológico entre la europea, la mediterránea y la preasiática. De las 172 especies de vertebrados que habitan allí, 24 están en el Libro Rojo Mundial, por el peligro de extinción.

Tres kilómetros más allá del pueblo de Rila nos encontramos con el convento femenino de Orlitsa, desde donde, en la Edad Media, una guardia armada acompañaba a los grupos de peregrinos que se adentraban en las montañas buscando el monasterio central. A partir de ahí, siempre a la orilla del río, se suceden restaurantes de pescado, merenderos, balnearios y puestos de venta de miel, mermeladas y otros productos locales.

El Monasterio de Rila fue fundado en el siglo X por el ermitaño Juan, canonizado luego por la iglesia ortodoxa. Cuenta la leyenda que vivió en el hueco de un árbol tallado en forma de ataúd. Poco a poco fue atrayendo peregrinos y seguidores, y llegó incluso a recibir la visita del Zar Pedro I, con quien se negó a hablar.

El monasterio fue creciendo, incluso durante la larga dominación otomana, donde no solo no fue destruido como cuentan algunos búlgaros —fake news medievales—, sino que varios sultanes reconocieron sus privilegios y enviaron regalos muy suntuosos, algunos de los cuales se exponen en el Museo del Tesoro.

Las tierras del monasterio ocupaban gran parte de los más de dos mil kilómetros cuadrados del macizo, y llegaron a existir otros cincuenta claustros filiales de este, en una especie de franquicia de la predicación. Los monjes de Rila recorrieron toda Rusia para extender el cristianismo y la fama de su fundador.

El actual monasterio es de construcción muy reciente, después de que resultara casi totalmente destruido por un incendio a principios del siglo XIX. El único edificio anterior al incendio que se conserva es la torre de Hrelio, usada en su día como atalaya de vigilancia.

El complejo me recuerda un monasterio tibetano. El interior del patio, al que solamente se puede acceder por dos puertas, una en el extremo sur y otra en el norte, se encuentra rodeado de edificios de cuatro plantas con clara vocación hostelera. En un principio alojaba a los dos o trescientos monjes que allí residían y a los innumerables peregrinos que acudían atraídos por la leyenda de ermitaño fundador; hoy un ala completa está convertida en hotel.

La lluvia, constante, y el aire helado, que desciende a rachas de los montes nevados que se elevan a nuestro alrededor, nos empujan a meternos en la iglesia de la Natividad. Los soportales que la rodean, y todo su interior, están cubiertos de murales del siglo XIX, sin más interés artístico, en mi opinión, que el estilo arcaizante que conservan.

Detalladas escenas de la Biblia se alternan con representaciones del cielo y el infierno, incluyendo leyendas explicativas para los peregrinos. Dentro, una lámpara gigantesca cuelga del centro de la cúpula, y un magnífico iconostasio dorado separa la mayor parte de la iglesia del recinto sagrado, al que solo pueden acceder los popes, como en la naos de los templos clásicos griegos. A la derecha, una urna contiene las reliquias del ermitaño fundador, consistentes —al parecer— en su mano izquierda.

La historia de estos restos habría encantado a Nieves Concostrina. Según he podido averiguar, poco después de su muerte, y ante el acoso de los bogomilita (precedentes de los cátaros) y del imperio bizantino, las reliquias del santo iniciaron una larga peregrinación por el país, de ciudad en ciudad y de iglesia en iglesia. Sus restos llegaron a la actual Sofia, donde tuvo lugar un milagro póstumo: la curación del emperador bizantino .

Unos años después, las reliquias fueron robadas por el Rey Bela III de Hungría. Cuenta la leyenda que a la llegada de los restos del santo a Esztergom, el arzobispo católico se negó a reconocerlos, e inmediatamente se quedó mudo. Solo recuperó la voz después de muchos ruegos y rezos al santo. Impresionados y exaltados por el milagro, los húngaros devolvieron años más tarde (1187) el cadáver a Bulgaria, y sus restos acabaron depositados en Veliko Tarnovo. Trescientos años más tarde, con el permiso del sultán, los monjes trasladaron los restos mortales al Monasterio de Rila, pasando por varias ciudades y permaneciendo brevemente en la actual Sofia. Espero que descanse, por fin, en paz.
Otros restos muy venerados que se encuentran en esta iglesia son los del rey Boris III, supuestamente envenenado por los nazis tras negarse a entregarles a los judíos búlgaros. Conviene recordar aquí que la monarquía búlgara apoyó a Hitler durante la II Guerra Mundial, recibiendo en pago extensas porciones de Yugoeslavia y de la actual Macedonia del Norte. A la muerte de Boris III ascendió al trono su hijo de siete años, Simeón, que con el tiempo se refugiaría en un chalet al final de la avenida Reina Victoria, en Madrid. Con la caída del comunismo, se presentó a las elecciones de su país ¡y las ganó! No creo que nuestro Felipe se arriesgue a algo parecido.

Al acabarse las dos horas de espera volvemos al taxi, muertos de frío pero con miles de imágenes en la cabeza. Demetrio nos enseña un iconito en forma de libro, que ha comprado “para la familia”. Comunista sí, pero al santo lo que es del santo. Las dos horas de vuelta se nos hacen algo pesadas; con el calorcito del coche nos vamos durmiendo los cuatro pasajeros, y me temo que hasta el mismo Demetrio, a juzgar por los bandazos que da el coche en un par de ocasiones y de lo justito que entra en la última glorieta.

Cerca ya de nuestra casa, le pedimos que nos deje en un buen restaurante. Minutos después para delante de un Kentucky Fried Chicken. Ante nuestras protestas, nos dice que nos puede llevar a un restaurante típico búlgaro, pero que está a tres kilómetros. Optamos por pagarle la excursión y buscarnos la vida por nuestra cuenta, y acabamos comiendo magníficamente en el Arbat, un restaurante ruso: carne en gelatina y empanadillas siberianas de aperitivo, papada de cerdo al horno, hígado a la plancha, pollo en salsa de nueces…

La tarde la dedicamos de nuevo a pasear por el centro de la ciudad, pero esa es otra historia, que puedes leer pinchando aquí.