martes, 3 de junio de 2014

Una semana en el otro Barrio

Hace unos meses operaron a mi mujer para retirarle de la muñeca una placa de titanio que le habían colocado en el Bungrungrad Hospital de Bangkok hace casi dos años. Cuando se despejó de la anestesia, y para animarla un poco, le prometí:

- En cuanto te recuperes, nos iremos de viaje a donde tú quieras.

Le faltó tiempo para decirme que quería ir a Nueva York.

Accedí así, por fin, a un antiguo y persistentemente expresado deseo suyo de visitar la nueva capital del mundo. Debo reconocer que llevaba años resistiéndome, debido a mi particular odio a un gobierno que, en nombre de la libertad, ha cometido y sigue cometiendo las mayores tropelías: El lanzamiento sobre Hiroshima y Nagasaki de las únicas bombas atómicas utilizadas en una guerra, el uso sistemático de napalm y agentes químicos contra la población civil en Vietnam, el mayor “muro de la vergüenza” del mundo a lo largo de la frontera mexicana, o la prepotencia frente a amigos y aliados, constituyen una pequeña muestra de un catálogo interminable.

Aun así, a la vista de mi promesa, y haciendo de tripas corazón, me dispuse a emprender el viaje prometido.

Las cosas empezaron a torcerse cuando, a solo dos semanas de la salida, el bed & breakfast de Brooklyn en el que habíamos reservado una habitación nos comunicó que, debido a unos cambios legales no muy bien explicados, se veían obligados a cerrar sus puertas y a cancelar nuestra reserva. Bien es verdad que nos devolvieron diligentemente la cantidad pagada como señal, pero nos obligaron a buscar un alojamiento alternativo con muy poco margen de maniobra.

Después de descartar los hoteles por sus precios muy elevados, acabamos optando por un apartamento particular a bastante buen precio, situado en la Segunda Avenida. Por un error en el manejo de Google Street View, parecía encontrarse en un barrio acomodado, con varios restaurantes y cafeterías con terraza a pocos metros de distancia.

Cuando, a eso de las 8 de la tarde, ya anocheciendo y cansados de las quince horas de viaje desde Cádiz, nos bajamos del taxi en la puerta del edificio en el que íbamos a residir toda la semana, lo que nos encontramos fue una mezcla a partes iguales de West Side Story y el Cerro del Moro (barrio de Cádiz en su día centro del menudeo de drogas).

Una acera llena de boquetes y mal iluminada, un edificio de ladrillo rojo con escaleras de incendios en la fachada, varios locales chinos, pakistaníes y latinos de comida para llevar, con pinta bastante cutre, y un grupo de adolescentes con gorras de béisbol, pantalones caídos y lo que nos parecieron miradas torvas, nos dieron la bienvenida.

Llamamos al portero automático, y cruzamos un estrecho portal, entre una montaña de bolsas de basura y cajas de cartón vacías. Subimos unas escaleras bastante empinadas, sin ascensor y con ventanucos a un patio desvencijado, y por fin nos abrió la puerta del 4º A la brasileña que nos alquilaba el apartamento, acompañada por un par de chavales que estaban dando los últimos toques a la instalación de aire acondicionado.

La verdad es que, objetivamente, el apartamento no presentaba ninguna pega. Estaba limpio, el mobiliario era bastante nuevo, la cocina “americana” tenía casi todo lo que podíamos necesitar, y la conexión WiFi funcionaba. En fin, que respondía literalmente a todo lo que decía el anuncio en www.airbnb.com.

Bajamos a toda prisa al súper más cercano, ya a punto de cerrar, para comprar el desayuno del día siguiente, y allí continuó el choque cultural. Si hacemos una progresión geométrica desde Mantequerías Leonesas hasta Lidl, pasando por Hipercor, el Associated Supermarkets representaba un escalón proporcionalmente más bajo, tanto en la calidad y el surtido de los productos disponibles, como en el nivel de limpieza. Margarina a granel, sucedáneos de vino y otros productos para mí exóticos llenaban las estanterías. Eso sí, las bolsas de plástico eran gratis, y te las ponían de dos en dos; es decir, que cada bolsa la metían a su vez dentro de otra, lo que chocaba con su política ambiental de cobrar un depósito por los envases de vidrio de la cerveza.

Cuando nos metimos en la cama, a las diez hora local pero a las seis de la mañana hora de Cádiz, estuvimos a punto de levantarnos y ponernos a buscar un hotel. Aunque el apartamento estaba en un tercer piso –cuarto para el sistema yanqui de contar- el dormitorio daba directamente a la Segunda Avenida, por la que pasaban continuamente trailers gigantescos, camiones de la basura, y coches de la policía, ambulancias o bomberos con las sirenas a toda pastilla. Las ventanas, deslizantes, de carpintería de hierro y cristales sencillos, no representaban ningún obstáculo para el ruido incesante que llegaba de la calle. La impresión era la de tratar de dormir en mitad del circuito de Jerez, en plena carrera del Mundial de Motociclismo.

A base de somníferos y tapones en los oídos, y ayudados por el agotamiento del viaje, conseguimos pasar una noche interrumpida por sobresaltos cada vez que aceleraba un camión bajo las ventanas, o se escuchaba lo que sonaba como una persecución policial.

Había llegado, demasiado pronto, ese momento que sufro indefectiblemente en todos los viajes, en el que todo se me cae encima y sólo pienso en quién me mandaría viajar a un país, y en lo bien que estaría en mi casa.

Al día siguiente, muy temprano ya que no había manera de seguir durmiendo, nos levantamos y descubrimos la otra cara (o habría que decir cruz) de la moneda: El salón-comedor-cocina era igualmente ruidoso. No daba a la calle, sino encima del techo del supermercado, en el que rugía un grupo de equipos de ventilación y aire acondicionado de mediados del siglo pasado. El único sitio silencioso del apartamento era el cuarto de baño, interior, pero lógicamente era demasiado pequeño como para instalar allí la cama.

Salimos a la calle poco después de las ocho de la mañana, tanto por la urgencia de empezar a recorrer Nueva York como por huir del suplicio del apartamento. Y ya en la calle, nos dimos cuenta de que no estábamos en un barrio normal. Lo que los mapas y guías describen como East Harlem o Upper East Side, allí se llamaba, con mucha más propiedad, “El Barrio”. Era una perfecta muestra de la tendencia de los inmigrantes a agruparse, buscando el apoyo de sus compatriotas llegados antes. Y en nuestro caso, se trataba de inmigrantes hispano americanos. Mayoritariamente mexicanos, pero también cubanos, guatemaltecos, nicaragüenses, y creo que de todos los países de habla hispana de América. Es verdad que las fronteras con el vecino Harlem no eran herméticas, y que también se encontraban chinos, vietnamitas, pakistaníes y libaneses, pero el grueso de la población era hispano. Gran parte de rótulos de los comercios eran bilingües, en las esquinas se vendía un periódico en español, y el museo más cercano se llamaba, cómo si no, “El Museo del Barrio”. Proliferaban las iglesias católicas, aunque no tanto como las baptistas en Harlem, y en los bancos de los parques y la puerta de las “cantinas” y “abacerías” era normal encontrar a un grupo de gente escuchando salsa.

Camino del metro tuvimos que dar un rodeo porque la policía había acordonado una amplia zona de bloques de viviendas sociales rodeados de jardines. Como en cualquier telefilm, una fila de policías de uniforme y de paisano iba peinando los jardines, supongo que en busca de pruebas de algún asesinato. Cuatro o cinco camionetas de los noticiarios de televisión estaban aparcadas en las inmediaciones, con sus antenas parabólicas y sus cámaras preparadas para retransmitir en directo cualquier noticia que se pudiera producir, y no faltaba un policía saliendo del deli de la esquina, cargado de vasos de bebidas calientes para sus compañeros. Por un momento dudamos de si era un suceso real o estaban filmando algún episodio de una serie de televisión, tan perfecta era la “caracterización”.

Me estoy dando cuenta de que quien lea esta descripción se puede llevar la impresión de que El Barrio era peligroso. En realidad, creo que no lo era, al menos no especialmente. Aunque el ambiente era muy diferente del del barrio de Salamanca en Madrid, o Bahía Blanca en Cádiz, tampoco era como el Bronx de Nueva York, el Polígono Sur en Sevilla, ni la barriada de Almanjáyar en Granada. No había coches quemados, hogueras nocturnas ni destrozo del mobiliario urbano. No se veían montañas de basura por las calles, ni demasiados edificios abandonados. Era, simplemente, El Barrio, una barriada popular, alegre y sin pretensiones, poblada por gente trabajadora que, aunque bastante mal pagada, tenía un empleo o subempleo. En fin, casi como en casa.

La parte buena del ruido del apartamento fue que nos obligó a pasar todo el día pateando la ciudad. Expulsados bien temprano por el estruendo procedente de la calle, y reconociendo que era inútil intentar dormir una siesta, tuvimos tiempo para ver cada día al menos un gran museo y un par de barrios. Desde las ocho o nueve de la mañana hasta las nueve o diez de la noche recorríamos incansables las calles de la ciudad, sin tener el consuelo de una buena siesta a mediodía. Descansábamos en los restaurantes durante la comida o la cena, y sobre todo en los trayectos en metro y autobús. Cuando llegábamos al apartamento ya de noche cerrada, el cansancio nos hacía caer derrengados en un sueño intermitente y plagado de pesadillas.

Y al día siguiente, vuelta a empezar…

No voy a contar mis impresiones del resto de la ciudad, a fin de cuentas una de las más visitadas y filmadas del mundo, aunque tengo que confesar que visité varios de los escenarios de algunas películas emblemáticas. El vestíbulo principal de la estación Grand Central, el edificio Dakota, Twin Peaks, o la terraza observatorio del Empire State son hitos obligados, y cumplí gustoso con ese rito. Eso sí, no seguí los consejos de mi padre, que recordando su viaje de cincuenta años atrás me había recomendado subir al Empire State al atardecer, para ver la puesta de sol sobre Manhattan. A esa hora las colas de visitantes eran interminables, y opté por una más prosaica visita a media mañana de un día lluvioso, con vistas mucho menos espectaculares pero unas colas más que asumibles.

domingo, 11 de mayo de 2014

“Guillaume y los chicos, ¡a la mesa!” de Guillaume Gallienne (Francia 2013)


Queridos Cinéfilos:

Mi parisina amiga L.A. me escribió: ‘Te recomiendo, si es posible VOS, " Les garçons et Guillaume, á table", redonda y tremendamente original’

Le hice caso y no me arrepiento porque comparto que es una muy buena comedia con un trasfondo profundo que la enriquece, aspecto que no debo desvelar, además de ser un inusual ejercicio de total strip-tease vital por parte de Guillaume Gallienne, que dirige la película, basándose en su vida, escribe el guión, y representa los dos papeles principales: él mismo y su madre (española en la realidad y consecuentemente en la trama), mostrándose sobresaliente en tan diversos campos … siempre que admitamos el muy peculiar enfoque cómico de la película, que a algunos puede que no les guste demasiado. En la sesión a la que asistí creo que la gran mayoría del público salió (muy) satisfecha.

Amplío lo dicho con la sinopsis que figura en la hoja introductoria con la ficha y crítica que dan en los cines Renoir: La película es una historia autobiográfica centrada en la relación de Guillaume Gallienne con su madre: ‘El primer recuerdo que tengo de mi madre es de cuando tenía cuatro o cinco años; nos llamaba a mis dos hermanos y a mí a la mesa diciendo: “Niños, Guillaume, ¡a cenar!” y la última vez que hablé con ella por teléfono, colgó diciendo: “Cuídate, mi niña grande”. Y, bueno, entre esos dos momentos hubo un buen número de malentendidos’

No voy a añadir nada más, salvo una comparación “actual”: Tras los últimos eventos mediáticos, me quedo infinitamente más con el “savoir faire” francés que impregna esta película (que alimenta mi empatía con Guillaume y su circunstancia) que con la originalidad austriaca de ayer, que, estoy seguro, habría hecho enrojecer de vergüenza tanto a los no tan decrépitos vieneses Strauss (hijo), Mahler, Schönberg, Webern, von Zemlinsky y Berg, como a mis admiradísimos Tchaikovski y Britten, nada solidarios, a pesar de su parecida circunstancia con el estrafalario personaje de ayer, figura de barraca que yo hacía olvidada en las ferias de ínfima categoría de hace un siglo. Al menos, esa es mi opinión, perfectamente compatible con mi, por ejemplo, profundo respeto personal y personal sintonía con la poesía de García Lorca, la cinematografía de Zeffirelli o de Visconti y la calidad interpretativa de Dirk Bogarde, no en vano he proclamado aquí mil veces mi predilección por "Muerte en Venecia", que no creo que comparta con Chita, la mona de Tarzán, claro.

Por si fueran de vuestro interés, os adjunto los siguientes enlaces:

Trailer en español en Youtube: 

Trailer en francés (más amplio) en Youtube: 

“Pobre diablo” crítica de Jordi Cuesta en El País: 
http://cultura.elpais.com/cultura/2014/03/27/actualidad/1395954414_302550.html


“Psicosis interior” crítica de Federico Marín en ABC: 
http://hoycinema.abc.es/critica/20140328/abci-guillaume-ninos-mesa-pelicula-201403261705.html

Buen CINE, Amigos. 

Manrique

domingo, 4 de mayo de 2014

Los Puentes de Madison

Francesca murió sola. Estaba en la cocina, sentada y recostada la cabeza sobre su brazo apoyado en la mesa. La halló una vecina.

Cuando sus hijos encontraron a su madre, ella ya estaba muerta.

Es curioso, la mayoría de los hijos conocen de sus madres sólo los brazos y la cabeza. Si tomáramos un espantapájaros y le colocásemos la cabeza de cartonpiedra de una madre y sus brazos, sus hijos la reconocerían en él. Ese desconocimiento me llamó siempre la atención con respecto a mis padres y a otros. Yo sabía de mis padres lo que hacían en el tiempo presente, conocía las batallas pasadas que ellos contaban una y mil veces, pero desconocía absolutamente quienes eran. En alguna ocasión leí una frase que me llamó la atención "Las madres están siempre llenas de secretos". Las personas que nos dan la vida son justamente esas de las que menos sabemos. Damos por hecho quién son. Inventamos un personaje adecuado a la figura de nuestra madre o padre y en eso basamos nuestros niveles de aceptación. Los consideramos asexuados. Intentamos que se ajusten a lo que queremos que sean, procuramos que no nos den sorpresas. Preferimos que se amolden a nuestro futuro y nos estorba su pasado. Somos injustos viéndolos como personas. Incompasivos con sus errores y envidiosos de sus dichas y triunfos. ¿Quién era mi padre? ¿Qué sé yo de mi madre? Bastan unas cuantas fechas, un puñado de anécdotas y unos pocos rasgos físicos para que tengamos ya hecho el perfil de nuestros padres.

Robert decía: "El análisis destruye el todo. Algunas cosas, las cosas mágicas, han sido hechas para permanecer enteras. Si uno las observa por pedazos, desaparecen."

Qué difícil es ser mujer en toda la dimensión cuando se es madre. Qué pocas veces se olvida esa condición para ser sólo mujer. Y cuando eso sucede, cuando eso te atrapa una sólo quiere ser eso, una mujer. Una mujer. Como lo fue Francesca entre los brazos de un fotógrafo de National Geographic. Era casi como si hubiera tomado posesión de ella en todas sus dimensiones.
Los hijos no lo son todo. Quién dijo que sí. Me llevarán a la hoguera, me lapidarán, me repudiarán, arderé en los infiernos, pero sé en lo profundo de mi ser que esa afirmación es absolutamente cierta. La relación entre madre e hijos es inmanente, y también la más desequilibrada que existe. Nos dan la vida, pero también nos obliga a renunciar a una gran parte de ella. La vestimos de satisfacciones, de recompensas, de compensaciones, pero realmente está llena de renuncias, de sacrificios, de esfuerzos y de soledades. Un beso de un hijo es el universo, pero sólo toco el cielo con las manos cuando estoy fundida con él. Qué guapa y tierna sale una en las fotos rodeada de hijos, pero qué luz me ilumina cuando te miro a los ojos.
Así fue cómo Francesca encontró esas palabras que siempre habían estado ahí pero que nunca había pronunciado hasta que Robert se sentó a la mesa de la cocina frente a ella.

Robert no tenía estudios, pero sí mucha vida. Vivo en el mundo. Francesca era literata, pero sin vida. Muerta en Iowa. De ambos surgió un nuevo ser. Estaba dentro de ellos, pero sólo faltaban ellos para que surgiera. Son esas cosas que no se saben explicar, que nadie entiende, que uno se ruboriza cuando las cuenta porque se saben difíciles de entender para quienes no han sido nunca presos de lo inevitable, presos de la entrega, del cuerpo vibrante y entregado, de los "te quiero" y del deseo constante, de lo irrefrenable que resulta estar junto al otro un minuto y el resto de tu vida. Y eso surge en un segundo para no desaparecer nunca más. Condiciona por siempre tu existencia. Quizás me vuelva a encontrar con el corazón lleno de polvo, pero la memoria perdurará y hará que el cuerpo entero vuelva a vibrar aun estando quieto y solo.

La vida se sitúa en la línea donde la ilusión se encuentra con la realidad.

Nunca un error fue tan acertado. No recuerdo qué fechas eran, ni qué motivo hizo que me quisiera regalar algo, pero allí estaba delante de mí con un paquete en las manos. Era un libro. "Qué bien. Sí, gracias, Los Puentes de Mádison" "Era éste el que querías, ¿verdad? " "Bueno, sí. Sí, he oído hablar de la película". De esa imprevista manera llegó a mí la historia de Francesca y Robert. Hoy lo he vuelto a leer, mi libro está amarillento, no huele a libro nuevo, pero la historia sigue siendo la misma.

-Robert, no he terminado todavía. Si me levantaras en tus brazos y me llevaras a tu camión y me obligaras a ir contigo no murmuraría una queja. Eres demasiado sensible, percibes demasiado bien mis sentimientos como para hacerlo. Y yo tengo sentimientos de responsabilidad aquí. Si, en cierto modo es aburrido. Me refiero a mi vida. Le falta romance, erotismo, bailar en la cocina a la luz de las velas, y la maravillosa sensación de un hombre que sabe cómo amar a una mujer. Más que nada le faltas tú. Pero está este maldito sentido de la responsabilidad que tengo. Hacia Richard, hacia mis hijos. El solo hecho de que me fuera, de que faltara mi presencia física sería suficientemente duro para Richard. Eso solo podría destruirlo.
Además de eso, y tal vez sería lo peor, tendría que vivir el resto de su vida con las murmuraciones de la gente de aquí. "Allá va Richard Johnson. Su mujer, esa italianita calentona, se escapó con un fotógrafo de pelo largo hace unos años". Richard tendría que sufrir eso, y los chicos oirían las burlas de Winterset todo el tiempo que vivieran aquí. También sufrirían ellos. Y me odiarían por ello por más que te desee y quiera estar contigo y ser parte tuya no puedo arrancarme a la realidad de mis responsabilidades.
Si me obligas, física o mentalmente a irme contigo, como te dije antes, no podré luchar contra eso. No tendré fuerzas, si pienso en mis sentimientos por ti. A pesar de las razones para no lanzarme contigo al camino, iría por mis deseos egoístas. Pero, por favor, no me hagas ir. No me hagas abandonar esto, mis responsabilidades. No puedo hacerlo y vivir pensando en ello. Si parto ahora, ese pensamiento me convertirá en una mujer diferente de la que has llegado a amar. -Robert Kincaid guardó silencio-.

Queridos Carolyn y Michael:
Aunque me siento muy bien, creo que es tiempo de poner mis cosas en orden. Hay algo, algo muy importante, que debéis saber. Por eso escribo... Si es posible, por favor sentaos a leer esta carta en la mesa de la cocina. Pronto entenderéis por qué os lo pido.
Me resulta difícil escribir esto a mis propios hijos, pero debo hacerlo. Esto es algo demasiado fuerte, demasiado hermoso como para que muera conmigo. Y si queréis saber quién fue vuestra madre con todo lo bueno y todo lo malo, debéis saber lo que os voy a contar. Valor.
La paradoja es que si no hubiera sido por Robert Kincaid no sé si hubiera podido quedarme en la granja todos estos años. En cuatro días me dio toda una vida, un universo. Nunca dejé de pensar en él, ni por un momento.

-Ay, Michael, Michael, piensa en ellos todos estos años, deseándose tan desesperadamente. Ella renunció a él por nosotros y por papá. Y Robert Kincaid se mantuvo aparte por respeto a los sentimientos de mamá por nosotros. Michael, me resulta difícil pensarlo. Tratamos con tanta indiferencia a nuestros matrimonios, y nosotros fuimos parte de la razón de que ese increíble amor terminara como terminó.
Tuvieron cuatro días juntos, sólo cuatro. En toda una vida. Cuando nosotros fuimos a esa ridícula feria en Illinois. Mira la foto de mamá. Nunca la vi así. Tan increíblemente hermosa, y no es la fotografía. Es lo que él le hizo. Mírala, tan salvaje y libre. Con los cabellos al viento, el rostro lleno de vida. Está maravillosa.

-Dios mío -fue todo lo que pudo decir Michael, enjugándose la cara-.


Va para dos años que cometí el último error al hablarles de la mujer y no de la madre. Tropecé. Estas cosas no se hacen en vida.
A ver cómo me apaño para que no lean esto.

Marga.

domingo, 20 de abril de 2014

Gracias, Gabriel. Un beso, Mamá.

Gabriel García Márquez me estaba esperando cuando logré levantarme del suelo en aquel invierno de 1984. Consiguió que mis piernas se olvidaran del entumecimiento y mi espalda del dolor lumbar y consiguió que mi cabeza comenzara a funcionar otra vez y que mi corazón no se sintiera raro aún habiendo estado sentada en el suelo en posición fetal y sin pronunciar palabra por largo tiempo. En mi mundo fuera de la realidad entró Gabo con su realidad fantástica y con su fantasía real. Me llevó a Macondo, me presentó a la familia Buendía y mi vida comenzó a parecerme más normal. Por todo esto le estoy muy agradecida, pero lo que realmente le debo a Gabo es más profundo, más grande y más intenso; sucedió dos años después de levantarme de aquel suelo.

Una tarde de estío a finales de los ochenta, en mi casa de Madrid mientras yo estaba sentada leyendo un libro que no recuerdo, mi madre me dijo:

- Nunca he leído un libro, ¿tienes algo que yo pueda leer?

Realmente, no sé si supe contener la emoción que me abrazó al oír aquellas palabras de mi madre. Creo que lo hice. Me dirigí a la estantería y me puse a mirar entre mis libros de entonces y ninguno me parecía que pudiera ser el elegido para algo tan importante como aquello. Iba comentando banalidades mientras intentaba concentrarme en buscar el libro adecuado a la primera lectura de mi madre. Dios mío, me emocionaba tanto, me parecía tan importante lo que acababa de oír, me sentía con tanta responsabilidad... no sé... creo que debí haberme ido hacia ella y haberla abrazado y besado, pero no lo hice. Y me arrepiento, me arrepiento ahora tanto que sería capaz de sentarme en ese rincón que hay en mi dormitorio y no me levantaría hasta que... no sé... quizás lo diga ahora porque ya no lo puedo hacer, no me dejan.

- Sí, mira, éste. Te va a gustar.
- Ah, gracias. "El Amor en los Tiempos del Cólera".

Y después de ese libro vino otro, "El Coronel no tiene quién le escriba" y otro más "La Hojarasca", y comenzaron a llegar más y más libros a sus manos y leyó durante años libros desde el principio al fin, no dejó a medias ninguno por muy tarugo que fuese. Y mi madre leyó libros desde aquél verano hasta casi el final de sus días a principios de aquél triste 2013. Gracias, Gabriel. Un beso, Mamá.
Marga.

La magia de Gabriel García Márquez



Primera edición
En 1970 leí (por primera vez, luego lo he hecho otra, creo que lo haré una tercera) "Cien años de soledad", maravillado desde su primer párrafo (siempre he dicho, quizás también lo he escrito en este Foro, que me seducen de entrada las novelas que me impactan con su primera frase, como ocurre en, citando sólo dos ejemplos, "Un corazón tan blanco" o "La tempestad", pero es que ayer, en el programa "Informe Semanal" de TVE1 le oí decir a Gabriel García Márquez que él consideraba esencial captar la atención del lector desde el primer párrafo, para que quedara prendido desde ese instante, y ponía el ejemplo de "Crónica de una muerte anunciada": 'El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.') que a continuación transcribo:

'Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.'

Pero el KO definitivo me llegó cuando 85 páginas después leí:

'El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados todos uno tras otro en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera treinta y cinco años. Escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento.'

Inmediatamente comprendí que yo nunca podría ya soñar ser escritor porque Gabriel García Márquez se había adelantado redactando el más (perdonadme la chulería) "manriqueño" párrafo que puede existir, y, de paso, creando el Realismo mágico, que podría haber sido mi "País de Nunca Jamás".

Luego, mucho después, descubrí a otros escritores magníficos; confieso, ya lo he hecho aquí varias veces, que el escritor que más admiro es Mario Vargas Llosa, para mí el número 1 en español entre los coetáneos, pero nunca he experimentado una "sintonía" tan fuerte como la que sentí con 20 años al leer por primera vez "Cien años de soledad".

Y termino dirigiéndome a García Márquez: 

Muchísimas gracias, Gabo, por tu obra, muy especialmente por "Cien años de soledad". Como ayer te oí decir en la tele que tu novela más perdurable es "El amor en los tiempos del cólera", que no he leído, vaya fallo, te prometo que lo haré de inmediato.
Descansa en paz. Y, si me permites un consejo, trata de contactar allí arriba con Gonzalo Torrente Ballester y Álvaro Cunqueiro, seguro que congeniáis los tres (de alguna manera son de tu "cuerda" literaria) aunque no esperaras poder tener esos encuentros. ¡¡Son perfectamente coherentes con el Realismo mágico!!. ¿No?.

Manrique 

sábado, 5 de abril de 2014

"IDA" (2013, dirección y guión de Pawel Pawlikowski): ¿Dreyer y Bergman redivivos?



Queridos Cinéfilos:

Al contemplar las primeras imágenes de esta inusual película polaca, formalmente me pareció trasladarme a hace 45 años, cuando empezaba a conocer las obras maestras nórdicas que ya tenían entonces 10 o 20 años, vamos, las de Dreyer o del Bergman de los 50 (o, incluso, en la mucho más humilde "El cuchillo en el agua" de Polanski, cuya trama coincide en tiempo y lugar con la de "Ida").

Está claro que, tras este preámbulo, ya podéis prever mi opinión respecto a esta película. ¿Si?.

¿Cuál es la trama?:

En la Polonia de los primeros 60, una joven novicia, Anna, criada en un orfanato de su misma orden desde que allí la abandonaron en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, estando a punto de tomar los votos definitivos es informada por la madre superiora de que tiene una tía carnal, que se negó absolutamente a ocuparse de ella, sugiriéndole que la visite antes de dar ese definitivo paso.

Su tía, Wanda  (juez en buena posición social, ¡hasta tiene coche en esa época y país!, miembro del partido comunista que, por su nada ejemplar vida privada, perdió su anterior puesto de fiscal de alto nivel) informa a la sorprendida Anna de que es judía, que su nombre es Ida Lebenstein y que sus padres desaparecieron para siempre. Tía y sobrina deciden visitar la zona donde vivían y, tras una rápida investigación, descubren qué le pasó al matrimonio ... y a otro niño que aparece con ellos en las fotos antiguas. En paralelo, como en el hotel de la ciudad cercana donde se hospedan se celebra una serie de baile-conciertos, un día recogen en el camino a un joven músico participante y ocurren más cosas, buenas, malas y trascendentes, que no vamos a desvelar.

Lo que es bastante absurdo es que escriba ahora una crítica que coincidiría casi exactamente con  lo que comentan profesionales mucho más expertos que yo, así:


En el convento
Destaco un par de párrafos de “Del tronco a las raíces”, crítica de Oti R. Marchante en ABC:

"Tal vez le resulten disuasorios a un potencial espectador el nombre del director, Pawel Pawlikowski (polaco, afincado en Gran Bretaña), y la inequívoca apariencia de film polaco de los sesenta, en riguroso blanco y negro y con planos de ansiosa vocación estética y estática. Pero lo cierto es que «Ida» propone varias ideas tan interesantes y complejas, con tanto sentido individual y social, que enseguida se entiende que no había mejor modo de contar esta historia...
El viaje de estas dos mujeres hasta las costuras de sí mismas y hasta el trágico destino familiar se traduce en una temperatura extraña, sin dramatismos ni sentimentalismos, con suma frialdad, pero al tiempo de un modo cálido; de forma escueta, ascética, pero alimentada de detalles nocturnos, de «color», con poso romántico y con un trazado musical lleno de encanto y misterio (el personaje del saxofonista y la música de Coltrane)..."

Y de “Hipnosis en blanco y negro”, crítica de Carlos Boyero en El País:
La joven novicia con su tía, destacada funcionaria polaca.

"Es una película rodada en un precioso blanco y negro y que no puedo ni quiero imaginármela en color, en la que su elección cromática sirve para hacerte respirar la época en la que está ambientada. Son los años sesenta en Polonia y si no poseyeras datos de ella creerías que fue concebida en aquel tiempo por un poderoso creador de imágenes, que no es cine de ahora. Utiliza el formato 4:3, la pantalla es casi cuadrada. Y tiene sentido, no es gratuito, coqueto, ni experimental. No existe música subrayando las emociones de los personajes, aunque a estos les ocurran muchas y terribles cosas. La única que escuchamos es la que ponen en su casa (Bach), cantos religiosos en una iglesia, o cuando alguien interpreta al saxo, con veneración y sentimiento Naima, de John Coltrane. El metraje es de 80 minutos, el tiempo que necesita el director para contarte esta historia con tanta precisión como poder de sugerencia. No sobra ni falta un plano. Me siento hipnotizado de principio a fin."

Desvelo que mi calificación global es de 8 sobre 10, ya que no se me ocurre igualarla a las obras maestras de Bergman o de Dreyer, aunque Pawel Pawlikowski formalmente borda la película, así como Agata Kulesza, como Wanda, la tía de Ida, actúa espléndidamente, y Agata Trzebuchowska, como la joven novicia, cumple razonablemente.

La espléndida fotografía, ambientación hiperrealista y eficaz montaje, ajustadísimo a su muy escasa duración, son componentes muy positivos para esta película.


Ida conversando con un joven músico.
Pero suscribo el último párrafo de la crítica (todas las citadas las he leído hoy, tras ver la película el pasado miércoles) “De la fe y otros demonios”, firmada por Judith Romero desde el London Film Festival ("Ida" ha ganado el premio a la Mejor Película en Londres, Varsovia y Gijón, y el de la Crítica en Toronto):

"...Sin embargo, a pesar de su sobria belleza, de su pulso certero y de sus dos espléndidas actrices, es una película que debe ser vista en el estado de ánimo adecuado. De lo contrario, esa misma austeridad podría provocar que nos quedemos en la superficie, y que sea vista como un ejercicio de estilo, bellísimo pero frío, y no como la experiencia emocional y reflexiva que puede llegar a ser."

Exactamente eso es lo que le falta para darle una máxima nota: el "toque" de un genio como Bergman que hacía que "El manantial de la doncella" o "El Séptimo Sello", por citar sólo dos de su etapa en los 50, sean aunténticas obras maestras. Pawel Pawlikowski todavía no es capaz de darlo. ¿Lo será en un futuro?. Veremos. Alcanzar esos niveles es complicado.


Iniciación
Pregunto al(os) Cinéfilo(s) que la vea(n), si hay alguno, claro (a pesar de su estrictamente nula promoción, descubro alucinado que es la 4ª película con mejor recaudación por pantalla en su primera semana y la ¡13ª en valores absolutos!, aunque sólo se proyecte en 19 salas en toda España, frente a las 709 de "Capitán América"): ¿Me "paso" al interpretar como un símbolo que en la escena final todo el tráfico en la carretera sea en dirección opuesta a la caminata de Ida?. Ruego respuesta en estas páginas.

Por si os interesan las críticas citada completas, sus enlaces son:

Del tronco a las raíces”, crítica de Oti R. Marchante en ABC:
Hipnosis en blanco y negro”, crítica de Carlos Boyero en El País:
 http://cultura.elpais.com/cultura/2014/03/27/actualidad/1395952703_523820.html

De la fe y otros demonios”, crítica de Judith Romero en: http://www.elantepenultimomohicano.com/2013/11/ida-critica.html

Muy buen CINE, Amigos.

Manrique

sábado, 29 de marzo de 2014

Labor Day - Una Vida en Tres Días

Confieso que, desde hace demasiados meses, no voy al cine porque no quiero ir sola; no quiero encontrarme en la taquilla con nadie, no quiero saludar mientras subo las escaleras buscando mi fila y no quiero salir de la sala dando vueltas en mi cabeza a lo que he visto y oído y no quiero ver a mi alrededor a parejitas ni a grupitos de amigos ni puñetas obligándose a comentar entre ellos lo visto. Ea, ya está dicho.

Lo que otrora era algo que me agradaba sobremanera ahora se ha vuelto insoportable.

- ¿Nos vamos al cine?
- Venga. Mirad qué hay.

Y allí que me colé yo, felizmente acompañada por mis hijas y con un litro de coca-cola light en una mano y un cubo de palomitas en la otra. Feliz me las prometí y me repanchingué en mi butaca.

No tenía ni idea de qué iba la película aunque el cartel tenía olorcillo a melodrama romántico con sus luces y sus sombras, sus cielos y sus ramas; su abrazo y su espalda; ella y él. En fin, que pensé que igual era de las de llorar, vaya tela.

Y sí, vaya tela. Vaya... vaya... Lo suelto: Hacía años que no veía una película tan machista como ésta. Qué atrocidad. ¡Por los clavos de Cristo! Juro que durante toda la película estuve repitiendo mentalmente la siguiente frase "no seas mal pensada, venga, disfruta de la película, quédate con lo bueno, sé positiva, fíjate en la fotografía, valora la interpretación, venga... tonta" Pero no, qué va, no pude. Cuando salí de la sala lo largué: "Qué peaso película machista. Una porquería en tres patadas". Y no sólo me dieron la razón sino que entre las tres no dejamos títere con cabeza y es que... claro, la que tenía sentada en el asiento de mi derecha se marcha la próxima semana al CETI de Melilla a trabajar como enfermera voluntaria atendiendo a los que nada tienen salvo su vida migrante, y la que tenía sentada a la izquierda madrugaba el sábado para asistir junto a otras siete chicas estudiantes de quinto de medicina, todas mujeres, a una autopsia que sería dirigida por una médico forense. Y yo, claro, yo, que no necesito que ningún hombre me cambie el aceite del cárter, je.

No, damas y caballeros, no; por mucho que hayan querido teñir la cinta de sensualidad y profundo amor, el trasfondo es que muestran una mujer convertida en una inútil porque ha sufrido abortos a pesar de ser madre, amargadamente divorciada, incapaz de mantener un hogar, de resolver problemas, que vive metida en un agujero; y cuando aparece un hombre... se arreglan los desperfectos, todo funciona. ¡Por los clavos de cristo! Me callo, me callo, ya no digo nada más.

Bueno, sí, diré algo más. Qué magnífico es tener a quien querer, enamorarse y retomar la ilusión. La fuerza que da un abrazo lo puede todo y la vida que te insufla un beso apasionado no lo iguala nada.

Y qué nefasto es que dé contigo la persona equivocada. Te puede arruinar la vida o abandonarte porque desea una vida normal después de haberte causado estragos de palabra de obra o por omisión, incluso. Ah, y, claro, ¡alguien sabe quién descubre "el pastel"? Acaso el padre normalizado, la niña que se inmortaliza con un beso, la vecina que cruza caras, la cajera cotilla, el policía extraservicial, el bancario proactivo, el tendero experto en quitapelos, el paralítico que si le aprietan habla, o tú.

Por cierto, no conoceréis a algún tipo guapete, fortote, soltero (eso sí), que sea apañao... (Jo, es que no se me ocurre nada más porque yo hago mis chapuces, no necesito a nadie, todo está perfecto en casa, ..., qué ruina de mujer soy.)

Marga.

viernes, 21 de marzo de 2014

Una vida en tres días

Una vida en tres días viene a sumarse a la lista de películas que cuentan una historia de amor como: West side story, Un paseo por el amor y la muerte, La reina de Africa, Titanic, Love story, Un hombre y una mujer, Enamorarse, Casablanca, Los puentes de Madison o Memorias de África. Sin embargo, son historias diferentes con finales desiguales y, en casi todas, es el papel de la mujer el que determina el principio y el final de la historia, aunque este final esté por encima de su voluntad. Por esto la actriz tiene un trabajo arduo, debe trasmitir, por lo menos, amor, además de los sentimientos propios de cada historia. Y aquí nos encontramos con la parte más difícil, porque no es sexo, no es placer, no es felicidad. A veces el amor se expresa con una simple taza de té, otras, arriesgando la vida, otras enfrentándose a hermanos o padres intransigentes, otras, dando literalmente la vida, otras, perdiendo el prestigio social y otras veces prevalece la cobardía y se prefiere renunciar al amor. En Una vida en tres días hay una mezcla de ingredientes tan rica que habría que poner orden para no perder detalle. Primero, interviene el azar y, aunque esto es común a todas las historias, en este caso es absolutamente imprevisible. Segundo, el pasado ejerce un poder maléfico en Frank y también en Adéle. Tercero, se enamoraran al descubrir bondades ocultas, pero para llegar a este amor hay que tener una sensibilidad especial, y Adéle la tiene y Frank es capaz de captarla. Cuarto, el final no lo pueden controlar y se les escapará de las manos porque, nuevamente, interviene el azar. Henry, el hijo de Adéle y narrador de la historia, conviene no olvidar éste detalle, intervendrá directamente en la historia, tanto para propiciarla como para terminarla. La magia de esta película reside en Adéle. Y para expresar cómo es ella lo mejor es recurrir a un personaje secundario: el padre de Henry le confiesa a éste, años después de haberse separado de Adéle y haber iniciado una relación con otra mujer que “Yo quería tener una vida normal” y añade “Estoy arrepentido de haberos abandonado” y como escusa dice” No fui capaz de ayudarla a salir de tanta tristeza”. También Frank nos informa de cómo es Adéle “Debió estar loco tú padre por abandonaros a ti y a tú madre” Qué mejor actriz para un papel con tantos matices que Kate Winsiet, esta perfecta en este trabajo y es un placer verla. La acompañan en el reparto Josh Brolin en Frank y Gattin Griffith en Henry. El director y guionista Jason Reitman, que hemos visto en otras películas no precisamente antológicas, ha hecho un magnífico trabajo cuidando los detalles al máximo, moviendo la cámara para narrar, cosa lógica en el Cine, pero que no siempre se hace, por ejemplo: la realización de un pastel de melocotones. Dicho pastel se convertirá en un punto de inflexión en la historia. Hay un antes y un después de confeccionado el pastel.

lunes, 10 de marzo de 2014

“La Venus de las pieles” (“La Vénus à la fourrure” 2013) de Roman Polanski


Chéri Roman:

Paso a mi lengua materna porque mi francés está muy oxidado. ¡Cómo envidio a mi amiga L.A. por sus años recientemente vividos en París y las escondidas maravillas que seguro ha descubierto o por “ensayar” sus interpretaciones en francés, con Jorge Semprún como único espectador, en medio de la Place de Dauphiné y luego poder charlar con él!. A ver si, a pesar de las calabazas que dio a mi intento de fichaje para “Cinéfilos”, la animo a que nos cuente esa historia en este Foro, on verra. Aunque realmente es más fácil acceder al relato directamente en su blog:

http://asiessiasiosparece.wordpress.com/2011/06/09/rincones-y-recuerdos/

Con ella sí que te entenderías bien, Roman, en esa lengua que los dos, ninguno francés, domináis. Reitero: ¡qué envidia!.


Bueno, Roman, resulta que tú y yo “coincidimos” en el preestreno en Madrid de “El pianista”, aunque yo era un simple espectador y tú, en el escenario del Capitol, acompañabas a la auténtica viuda del personaje central en la presentación de aquella película. ¡Menuda experiencia la suya!. La vuestra, quiero decir. Porque tú, de niño, también estuviste en Varsovia durante aquella terrible experiencia. No mucha gente puede decirlo.


Es normal que no reparases en mí, aunque, si me lo permites, quiero pensar que, si hubieras sabido lo mucho que cinematográficamente me has influido desde que te descubrí en “Repulsión”, antecedente que ya relaté 
en estas páginas hace tres años al comentar tu película “El escritor”, habrías aceptado dedicarme un par de minutos para charlar algo de CINE, tú, gran director, conmigo, aspirante a ingresar en la Escuela Oficial de Cinematografía, cuyo examen de acceso ... no superé.

Ya sabes que cuentas con tantos seguidores como detractores (si éstos lo son por temas privados, por mi parte no considero tener los datos fiables mínimos para juzgarte, en todo caso éticamente lo podría sólo hacer basándome en los “mensajes” que, acertadamente o no, capto en tus películas, mensajes que, personalmente, encuentro positivos y moralizantes en su generalidad). Dejando aparte los juicios éticos y centrándome en los puramente cinematográficos, creo que me cuento entre tus admiradores tras una evaluación racional, no emocional, nunca me he sentido “hincha incondicional” de nadie. No justifico de nuevo porque ya lo hice en mi arriba referenciada anterior crítica en el Foro.



Polanski dirigiendo
Hablando de lo que ahora se trata, “La Venus de las pieles”, tu última película, quiero felicitarte por tu gran originalidad y audacia para elegir un tema tan poco comercial (en España se estrenó con 34 copias, frente a las 600 de cualquier producción hollywoodense, y nula promoción; moraleja: si se quiere ver en Madrid, cuatro semanas después de su estreno, sólo se puede conseguir en dos salas, supongo que es parecido a lo que ocurriría si quieres beber Dom Perignon del 50 en un restaurante…) y desarrollarlo sin la más mínima concesión al morbo a pesar de que la trama se centra en el casting para una adaptación teatral de la novela del mismo título de Leopold von Sacher-Masoch (el “creador” del masoquismo, vamos). Y que la película podría ser calificada como apta para +7, eso sí, las pobres criaturas no se enterarían de nada. Esta es una película adulta y culta.

Con tu permiso, Roman, como los personajes de algunas obras clásicas, me dirijo ahora al público, vamos a los “Cinéfilos” que, a lo mejor, hasta nos leen, para comentarles tu película.


¿De qué va?: Vencida la hora para un casting para la protagonista femenina del próximo montaje en un pequeño teatro parisino y cuando sólo queda el director, que ya está apagando las luces, llega apresuradamente una última atrabiliaria aspirante, enfundada en un vestido de cuero sado (nada especialmente atrevido, aclaremos), empapada por la lluvia y con el rímel corrido. Tanto se disculpa por el retraso e implora que le hagan la prueba que consigue que el director, únicamente para eliminarla rápidamente, acepte efectuársela. Entonces ocurre lo inesperado: nada más empezar, ella demuestra que domina el papel, conoce perfectamente la obra y se trasmuta de una persona superficial (¿simulada?) en la intérprete perfecta para el papel. 


Y todo cambia, ya no es una prueba sino un duelo en el que ella desafía al director contraponiendo opiniones personales y referencias eruditas a las ideas de él sobre la obra original y la versión que ha preparado, en un combate a muerte… anímica. Pero, ¿por qué?.

Y lo peor es cuando la diatriba se sale del texto y contexto de la obra ensayada y afecta a las personas, no a los personajes, que están en el escenario y alguna otra tercera en discordia que, ni está, ni se la espera, pero… mejor no lo cuento. No vamos a desvelarlo. Tan sólo añadir que la acción ocurre en 94 minutos, con un travelling inicial por una calle desierta y el final, casi simétrico, incluidos, se refleja en un crono también de 94 minutos y toda la acción en un escenario único, el del teatro.



Él y ella
A mí, la trama me resultó interesantísima y muy pronto esta película me recordó (puedo jurar que sin haber leído previamente la crítica de Javier Ocaña, cuyo enlace incluyo al final), como antecedente formal, a mi (y vuestra, supongo) admiradísima “La huella” de Mankiewicz. Aquí también se trata de de un feroz combate dialéctico entre dos únicos personajes (con un tercero oculto) … que en algunas ocasiones hasta parecen el ying y el yang de uno mismo (la pareja, en singular). Para que la endogamia sea mayor, Polanski ha escogido a Emmanuelle Seigner, su esposa, y a Mathieu Amalric (que se parece fuertemente a él mismo con 30 años menos) como únicos actores.

Existe todo un juego de referencias (estoy seguro que no he captado todas) y matices del lenguaje (la vi en VOS, ¿entendéis ahora mi envidia de antes por el conocimiento de L.A. del francés?) que se me habrán escapado, pero considero que esta película, en la que la interpretación es esencial y está muy conseguida (extraordinaria la de Emmanuelle Seigner), es muy importante verla en su idioma, aunque me vea obligado a leer los subtítulos, pero mi francés del bachillerato me permite, al menos, apreciar las entonaciones de los actores 
 y reconocer ciertos giros puramente galos. Todo ello hace que este sofisticado “bocado” no sea apto para todos los paladares (pero estoy seguro que sí para los de los “Cinéfilos”).

Como el desenlace final no me pareció un broche perfecto para la trama y por las limitaciones existentes para que un espectador que no conozca la novela original llegue a los más destilados mensajes de la película, no puedo calificarla con un 10, como a “La huella”. Yo la dejaría al menos en un 8, pero con la máxima nota para Mme Polanski como actriz (Mathieu Amalric cumple notablemente) y para Mr. Polanski un sobresaliente como director, coguionista y mentor de esta película, que, sin lugar a dudas, os aconsejo ver en VOS para apreciar los diversos tonos de voz que emplea Seigner.


Bueno, Roman, felicidades por “La Venus de las pieles” para ti y para tu esposa. ¿A ver cuál es la siguiente?.


Y para vosotros, Cinéfilos, buen CINE, Amigos.


Manrique


Tráiler en francés (comparad, por ejemplo, el tono de “ella” que se recoge en este traíler en francés respecto a la traducida, mucho mejor verla en VOS):

https://www.youtube.com/watch?v=g5WRsxFjgnw

Comentario de “Días del Cine” en La 2, con el tráiler de fondo:

Crítica de Oti R. Marchante en ABC (la suscribo):


Crítica de Javier Ocaña en El País (la suscribo, igualmente):

http://cultura.elpais.com/cultura/2014/01/30/actualidad/1391104485_938514.html 

Por cierto, en Youtube “anda suelto” un tráiler de otra “Venus in Furs” (1969), absolutamente infumable, del digamos “original” director español Jess Frank, vamos Jesús Franco, tío materno del sobresaliente escritor Javier Marías, que dedicó sus últimos 20 años de actividad a realizar películas más mas que menos porno de ínfima calidad. Se supone que sobre la misma novela original pero diferentemente “adaptada”. Evitad esta 
otra como a la peste.

domingo, 2 de marzo de 2014

La indiscutible ganadora de los Oscar: "Memorias de África" de Sydney Pollack


No, queridos "Cinéfilos", no. No he conocido ni, mucho menos, hecho ninguna encuesta, en vuestro entorno o en uno más amplio.

Es mi pedante opinión: Creo que entre los mortales aficionados al Cine (no restringiéndolo, en absoluto, a los infectados terminales de Cinefilia, como algunos otros y yo), "Memorias de África" es la más universalmente aceptada como la gran película ganadora de Oscar de nuestra vida y por ello le rindo este homenaje, de alguna manera implícito ya en la carta que desde aquí dirigí, al Cielo de los Cinéfilos, a su Director, Sydney Pollack, expresándole, además de por muchas otras, mi agradecimiento por la melancólica felicidad que saboreé cuando vi esta película por primera vez y cuando la veo de nuevo, veo de nuevo ... veo de nuevo, gratitud que extiendo a Meryl, Robert, Klaus... y a John Barry por su inolvidable partitura. Y, seamos justos, el máximo homenaje debería ser para Karen Blixen, extraordinaria Mujer que nos dejó escrito lo mejor de su vida firmando como Isak Dinesen

Suscribo de todo corazón (nunca mejor dicho) lo que acertadísimamente escribía el pasado viernes Oti Rodríguez Marchante en su comentario en ABC glosando esta película (acompañando el anuncio de que hoy se distribuiría el DVD con el periódico, creo que hay que tenerlo):

"...Y la relación, difícil de encajonar con un simple "amorosa", entre Karen Blixen y el aventurero Denys Finch-Hatton, que interpreta con las bendiciones del aura Robert Redford, forma ya parte de ese póster que varias generaciones pasadas y futuras tienen enmarcado y colgado en la pared invisible de su intimidad, aunque sólo sea por ese instante de jabón, porcelana, cabello y río que segrega las sustancias impalpables de la felicidad.

Y la obra maestra de Sydney Pollack, tan fascinantemente urdida para equilibrar lo que le concede y de lo que le despoja al espectador, se va de la pantalla en un final de emoción irresistible y que te ciega de una melancolía inexplicable por una granja que no has tenido y por una vida que no vas a tener."


Amén, digo yo.

Magnífico CINE, Amigos.

Manrique

La "ganadora" de mañana, no le llegará a la suela de los zapatos. Es mi apuesta.