sábado, 1 de febrero de 2025

De Chaitén hacia el sur

   A la hora de pagar el Hostal La Minga tuvimos un problema que luego se repitió en algún otro alojamiento. En teoría, para los turistas extranjeros que paguen en divisas, el precio de los hoteles está exento de impuestos, lo que significa un ahorro del 19%, nada desdeñable. A mí me parece injusto este descuento, aunque en parte compensa el sobreprecio que pagamos los extranjeros en algunos transportes y en las entradas a los parques naturales.

   El problema es que, para poder aprovecharse de esta rebaja, el establecimiento hotelero debe estar inscrito en el Servicio de Impuestos Internos y cobrar con tarjeta de crédito. Esto no presenta ningún inconveniente en hoteles de cierta categoría, pero muchos de los locales más sencillos no cumplen estos requisitos, pese a que anuncien el descuento en Booking. Cuando llega la hora de pagar pueden contarte diversas excusas, como que no funciona el lector de tarjetas de crédito o que el registro del ministerio todavía no les ha contestado. La solución puede ir desde pagar la tarifa completa hasta colaborar en un fraude fiscal pagando en metálico sin IVA.


   Solucionado este asunto, nos metimos en el coche para conducir 235 kilómetros hasta Puyuhuapi, tres horas de carretera entre lagos, bosques y puertos de montaña.

   Pasamos primero por el arranque del sendero al ventisquero Yelcho, una ruta considerada como corta (menos de ocho kilómetros entre ida y vuelta), pero después del intento fallido de la víspera decidimos continuar camino, costeando primero el lago Yelcho para luego seguir hacia el sur. La carretera, estrecha pero en bastante buen estado, me hizo pensar en las dificultades de comunicación de los primeros colonos; hay que tener en cuenta que la Carretera Austral no se construyó hasta los años ochenta, y que antes solo había dos maneras de llegar hasta aquí desde Puerto Montt: en barco hasta el puerto más cercano y luego andando o a caballo durante días, o en coche en un largo rodeo a través de Argentina, que obligaba a cruzar dos veces la cordillera de los Andes.

   Ya en 1794, con la llegada de los primeros exploradores españoles, el navegante y cartógrafo Moraleda dijo que España jamás poblaría estas tierras, pues no tenían buenas entradas o salidas por mar ni por tierra; Darwin, en 1829, definió esta zona como el desierto verde. Tras la independencia de Chile, los intereses del Estado no consideraron prioritaria la franja entre el archipiélago de Chiloé y las orillas del estrecho de Magallanes. El valle de Coyhaique fue descubierto tan tarde como en el año 1871, y varios intentos de establecer colonias en la costa fracasaron rápidamente.

   Los siguientes en llegar allí fueron varios exploradores que, partiendo de Argentina y acompañados por indios tehuelches, recorrieron el Alto Palena y descubrieron los largos O’Higgins y General Carrera. El gobierno chileno, que veía que los avances argentinos ponían en peligro su soberanía sobre estas tierras, contrató a un geógrafo alemán, Hans Steffen, quien en los años finales del siglo XIX remontó los principales ríos de la región. Para evitar disputas territoriales, Chile y Argentina acordaron someterse al arbitrio del rey de Inglaterra, que fijó los límites actuales en 1902.

   A partir de ese momento, el estado chileno concedió grandes extensiones de terreno (en algunos casos de más de 800.000 hectáreas) a tres grandes empresas constituidas por los principales estancieros de Magallanes. Estas concesiones estuvieron en vigor hasta los años sesenta del siglo pasado.

   Hasta finales de los años veinte no existían prácticamente estructuras del estado en este inmenso territorio; la policía no llegó hasta 1920 y las primeras carreteras de ripio comenzaron a construirse en 1936. Un año después se dictó una ley de colonización, con resultados nefastos que todavía hoy se aprecian perfectamente: la propiedad no se consolidaba hasta que las tierras estuvieran limpias, lo que en la práctica llevó a que se provocaran enormes incendios, cuyo humo llegó incluso hasta la costa atlántica argentina. Al recorrer aquellas carreteras infinitas, en muchas ocasiones cruzábamos valles de origen glacial cuyo fondos había sido incendiados. Entre los prados se apilaban los restos de árboles calcinados. Ni árboles frutales ni cultivos, solo pastos y pequeños huertos domésticos al lado de alguna cabaña.

   La llegada de numerosos colonos dio un fuerte impulso al desarrollo de la zona, que se plasmó en la inauguración de la primera central hidroeléctrica en 1962 ¡hace solo sesenta y tres años! y en la construcción de la Carretera Austral, que enlazó los tramos sueltos ya existentes y articuló por primera vez este territorio. Esta carretera, que en realidad no está terminada ni se prevé que lo esté nunca ante la imposibilidad de atravesar el gigantesco Campo de Hielo Patagónico Sur, en la actualidad llega desde puerto Montt hasta Villa O’Higging, con una longitud de mil doscientos kilómetros de vía principal y otros tantos de caminos transversales. El proyecto se puso en marcha durante la dictadura de Pinochet y contó con la participación de diez mil soldados y grandes empresas de obras públicas.

   Su principal opositor fue Douglas Tompkins, que se negaba a que la carretera atravesara el parque nacional Pumalín, entonces de su propiedad, y consiguió imponer un trazado costero, mucho más lento y con dos ferris en su recorrido, como cuento en el capítulo anterior.

Seguimos avanzando por una de las carreteras más espectaculares del mundo y llegó un momento en que decidimos no hacer ni una foto más, si queríamos llegar a tiempo de visitar el Ventisquero Colgante. Por supuesto, esta decisión duró lo que tardamos en llegar al siguiente paisaje de película.

      Por suerte, todo este tramo de carretera está bien asfaltado, por lo que pudimos seguir unos kilómetros al sur de Puyuhuapi para acercarnos al famoso ventisquero, uno de los puntos clave de nuestro viaje. Después de hablar con el guardabosques, que nos aconsejó darle una alegría a las rodillas, de todos las vías de aproximación al ventisquero elegimos la ruta menos exigente. Un sendero fácil nos llevó desde el aparcamiento hasta un embarcadero en el que una empresa local ofrecía navegaciones por la Laguna de los Témpanos hasta la base del ventisquero. El glaciar terminaba al borde de un precipicio, cuatrocientos metros más arriba, y desde allí caían varias cascadas y se desprendían de vez en cuando grandes bloques de hielo que caían estruendosamente hasta la laguna. No es casualidad que este glaciar se encuentre en el Parque Nacional Queulat, palabra que en el idioma de los chonos, pobladores originarios de esta zona, significa algo así como cascada estruendosa. 

   Allí fuimos testigos de una prueba más que palpable del calentamiento global. Las fotos que no enseñó el patrón de la lancha, de los años cincuenta, mostraban la laguna congelada en invierno y cubierta de témpanos en verano. En la actualidad no se congela en todo el año y en verano no flota ningún bloque de hielo. En las laderas del valle, hace años cubiertas por el hielo, se ven todas las etapas de recuperación de la vegetación, desde los primeros líquenes y musgos hasta los arbustos, los árboles jóvenes y el clímax de grandes árboles


   Esto no le quita espectacularidad el paisaje, pero, en mi opinión, hay glaciares mucho más bonitos en la Patagonia chilena, como el San Rafael, el Serrano o el Grey.

   Mientras comíamos nuestros habituales bocadillos de queso y salami se nos acercó un chucao, un pájaro pardo rojizo del tamaño de un mirlo, al que habíamos venido escuchando en todos nuestros paseos por los bosques. Como los mirlos, es omnívoro, camina a saltitos con la cola siempre levantada y no tiene el menor reparo en acercarse a los seres humanos para conseguir comida. Metido entre mis botas recogió una por una todas las migas que caían de los bocadillos, dejando el suelo más limpio que antes de nuestra llegada.

   Los mismos chavales que operaban las lanchas de laguna Témpanos nos ofrecieron para después de comer un recorrido de varias horas por el fiordo de Puyuhuapi, que desemboca en el Pacífico por Puerto Gaviota, a más de cien kilómetros de distancia. Nosotros preferimos dedicar la tarde a descansar, lavar la ropa, hacer algunas compras menores y pasear un rato por el pueblo, sin caer en la cuenta de que era domingo y de que todos los negocios estaban cerrados. Lo que sí hicimos fue recorrer exhaustivamente las cuatro calles mal contadas.

   Puyuhuapi significa nido de puyes en mapudungún, el idioma de los mapuches. Los puyes son unos pececitos muy pequeños, sin escamas, que habitan en las aguas semisalobres de los estuarios de los ríos. Esto encaja con la ubicación del pueblo, que se extiende por ambas orillas de la desembocadura del río que conduce desde el lago Risopatrón hasta el fiordo.

   Puyuhuapi respira todavía un aire de frontera, de pioneros, de gente luchadora que no espera que nadie la ayude. Un ejemplo claro fue Fritz, el abuelo de la actual propietaria del hostal en que estábamos alojados. Los primeros alemanes llegaron a la zona en 1935 y se construyeron una gran residencia, que todavía existe y en la que vivían en comunidad. Cuando llegó Fritz, en los años cuarenta, huyendo según unas versiones de los nazis y según otras escapando de su pasado, trabajó durante un tiempo como telegrafista. Una de las condiciones del estado chileno para conceder la residencia a los inmigrantes era que trabajaran para el mismo estado. A la vez que se ocupaba del telégrafo vendía todo tipo de productos, especialmente aparatos alemanes, que su clientela le encargaba sobre catálogo y que luego él hacía traer desde Puerto Montt tres o cuatro veces al año. La llegada del vapor congregaba en el muelle a toda la población de los alrededores, a recoger sus encargos, cotillear quién llegaba al pueblo y leer la prensa que solía traer el comandante del buque.

   Fritz construyó luego un molino en el río Pascua y montó el primer hotel de Puyuhuapi. Era, como su nieta se encargó de recalcar, un inmigrante con papeles, no como estos venezolanos y colombianos que nos están invadiendo. Pienso que los alemanes, muchos de ellos con una buena formación técnica, debieron ser una especie de aristocracia entre los colonos llegados de todas partes del mundo; eso explicaría que hubiera un cementerio alemán, alejado del general del pueblo.

   Como ejemplos de la autoorganización de los colonos, todavía subsisten algunos edificios construidos colectivamente, como el centro de salud, la iglesia, la escuela o el cuartel de bomberos. Hace años, los sueldos de todos los que trabajaban en estas instituciones los pagaban directamente los vecinos.

   Cuando se proyectó la Carretera Austral, los colonos ya habían construido a lo largo del lago Risopatrón un camino que unía con el mar a muchos de los pueblos del interior. La actual carretera sigue ese mismo trazado, en vez de ir por Lago Verde, como planeaba el gobierno chileno.

 


 Esa noche cenamos en un restaurante excelente, que no esperábamos encontrar en un lugar tan perdido. Se llamaba Comuy-Huapi y el encargado nos contó que había vivido muchos años en un pueblo de Andalucía, trabajando como camarero. Allí probamos por fin un marisco rico y un salmón rebozado delicioso. El encargado nos explicó que el rebozo estaba hecho a base de cochayuyos, unas algas comestibles de gran tamaño que tradicionalmente han sido una de las principales fuentes nutritivas de los indígenas del sur de Chile. Su ligereza, una vez secas, permitía su transporte hasta largas distancias de la costa, y todavía hoy se pueden ver sus atados en cualquier tienda de alimentación. 

   El mismo encargado nos contó luego la fiebre de la merluza y sus consecuencias. La merluza austral ha sido un recurso alimenticio tradicional de las poblaciones costeras del sur de Chile, que la capturaban artesanalmente con espineles, una especie de palangre. El aumento de tamaño de los barcos y su motorización llevó a un crecimiento desproporcionado de las capturas, llegándose a un máximo en los años setenta. Hay que destacar que gran parte de estas capturas se dedicaba a la fabricación de harinas para pienso. El elevado precio que alcanzó este pescado cuando empezó a exportarse a España y a otros países europeos, llevó a mucha gente a desplazarse a los pueblos costeros para dedicarse a su pesca y, sobre todo, atrajo a grandes buques factoría de todo el mundo. Al detectarse la sobreexplotación de los caladeros y el riesgo de agotamiento de este recurso, comenzaron a tomarse medidas que acabaron con el establecimiento de unas cuotas asignadas a los pescadores tradicionales.

   El gran error político, en mi opinión, fue que estas cuotas se concedieron con carácter indefinido y no estaban ligadas a la continuidad de la actividad pesquera tradicional. Esto llevó a que los pescadores artesanales encontraran más rentable alquilar sus cuotas a las grandes empresas de pesca industrial y abandonaran el trabajo en el mar. Hoy en día estos alquileres los siguen cobrando sus descendientes, que en muchos casos ni siquiera residen en la costa. Así, una parte importante de la población de los antiguos pueblos de pescadores disfruta en la actualidad de unas rentas no muy elevadas pero compatibles con cualquier otra actividad.

   Buscando información sobre esta guerra me encontré con un episodio que no conocía de la época del gobierno de Unidad Popular. La subida del poder adquisitivo de las clases más desfavorecidas, a partir de la victoria de Salvador Allende, hizo crecer rápidamente la demanda de carne, alimento que hasta ese momento había estado fuera del alcance de ampliar capas de la población. Al desabastecimiento inicial se sumó una más de las campañas de la oposición de derechas, que usando su control de las grandes estancias, de los mataderos y de la cadena logística, intentaba fomentar el descontento. El gobierno de la Unidad Popular aprovechó la presencia en aguas chilenas de tres buques factoría soviéticoa, Astronom, Yantar y Sumi, para poner en el mercado grandes cantidades de merluza a precios asequibles. Para promover el consumo de este pescado, el gobierno desplegó la “batalla de la merluza”, a la que la derecha respondió con una fuerte campaña en los medios de comunicación denunciando los riesgos que la merluza representaba para la salud. Un ejemplo temprano de esa estrategia de mentiras y bulos que ahora sufrimos a diario.

   Volviendo a nuestro encargado, que resultó ser una excelente fuente de información, nos preguntó por los efectos de la dana de Valencia: no podía comprender la descoordinación entre los gobiernos central y autonómico. Nos explicó que en Chile, donde prácticamente en todas las localidades costeras existe un sistema de megafonía para alertar de posibles sunamis, la activación de las sirenas de alarma se ordena desde Santiago, por parte del Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres.

   A la mañana siguiente, después de comprar pan para nuestros habituales bocadillos y unos cordones de repuesto para mis botas, salimos rumbo a Coyhaique, nuestra siguiente etapa. Los más de doscientos quilómetros de la ruta discurren de nuevo entre fiordos, cascadas, bosques y picos cubiertos de nieve.

   A poco de salir de Puyuhuapi nos encontramos con una situación que nos sorprendió, pero que más adelante se repitió con cierta frecuencia. Entiendo que un río, lago o puente no tenga nombre, pero el recoger esa circunstancia en una señal de carretera creo que es muy poco habitual.

     La primera parada la hicimos en el salto del Padre García, una pequeña cascada ubicada muy cerca de la carretera, al pie de las famosas cuestas de Queulat. El salto no era de mucha altura, pero el sendero se internaba por un bosque tan cubierto de líquenes que me recordó inmediatamente a los árboles que caminan por la Tierra Media en El Señor de los Anillos

 


 Este tramo de carretera, sin asfaltar, cruza un puerto de montaña de solo cuatrocientos metros de desnivel pero que, en muy poca distancia, acumula veinte curvas de ciento ochenta grados. Si en coche se hace un poco pesado, no puedo imaginarme lo que sería aquella subida para los numerosos ciclistas que recorren la Carretera Austral. Los veíamos subir lentamente, pedaleando con todas sus fuerzas o caminando mientras empujaban sus bicicletas por aquellas pendientes interminables. Adelantamos incluso a una pareja que arrastraban un remolque con un bebé. Luego nos enteramos de que eran chilenos y que aquella era la cuarta vez que hacían la ruta.

   Seguimos conduciendo a lo largo del valle de río Cisnes y pasamos por la laguna Las Torres, rodeada de las inevitables montañas cubiertas de nieve.

   Antes de llegar a Puerto Aysén nos metimos por el valle del río Simpson, ya en dirección a Coyhaique, para ver dos cascadas muy renombradas por otros viajeros: la cascada la Virgen y la cascada Velo de la Novia. En la primera, ampliamente señalizada, casi no paramos el motor del coche. Capillas, puestos de venta de recuerdos, imágenes marianas y mucha basura habían convertido el lugar en una parada muy poco recomendable.

   En la siguiente, mucho más solitaria, nos encontramos un cartel que habla bastante mal de los visitantes habituales.     

   A lo largo de ese recorrido nos encontramos con una planta en flor que crecía en los márgenes de la carretera pero que, en ocasiones, cubría prados enteros. La había de varios colores: la azulada de la foto, blanca, roja, amarilla, violeta… En Puerto Río Tranquilo nos enteramos de que eran lupinas y que en España se las conoce como altramuces.

   Después de varios cortes de tráfico provocados por obras en la carretera, llegamos por fin a Coyhaique, la segunda ciudad más grande de la Carretera Austral, superada solo por Puerto Montt.

   La región estuvo habitada por pequeños grupos indígenas, como los chonos, tehuelches y alacalufes, que vivían de la caza y la pesca. Los colonos blancos comenzaron a llegar en el siglo XIX, aunque la ciudad no fue fundada hasta 1929, en el valle formado por los ríos Simpson y Coyhaique, para dar apoyo a los colonos y a la Sociedad Industrial de Aysén, la cual desde 1906 tenía su central a orillas del río y que destruyó casi 3 millones de hectáreas de bosque para destinarlas a pastos. El nombre le viene de su ubicación; en mapudungún significa aldea o campamento entre aguas.

   El esquema de la ciudad es muy particular, ya que su centro lo constituye una plaza pentagonal de la cual parten diez calles centrales para luego dividirse en damero. En ese parque central se ubican varias terrazas, locales de comida rápida y tiendas de artesanía de baja calidad, que recorrimos meticulosamente sin encontrar nada que nos gustase.

   Luego paseamos por las calles centrales, en las que la existencia de grandes supermercados y de comercios especializados era una prueba más de que estábamos en una ciudad. Aprovechamos para renovar nuestras provisiones y comprar unos cordones nuevos para mis botas, ya que los comprados en Puyuhuapi resultaron demasiado cortos. Encontramos una cordonería, donde la dueña estuvo removiendo sus existencias hasta encontrar justo lo que yo necesitaba, unos cordones gruesos y resistentes de la longitud exacta que buscaba. En los demás pueblos de nuestro recorrido la mayoría de los comercios vendían de todo y de nada; tenían productos de limpieza y de alimentación, aperos de labranza, hilos y telas, zapatos y muchas otras mercancías, pero casi todas de calidad bastante baja. Eran lo que en México, con su maravilloso uso del lenguaje, habrían llamado una miscelánea. En Chile les llamaban abarrotes, quizás en recuerdo de los pequeños bultos que “abarrotaban” los espacios entre los toneles cajas y sacos de los antiguos veleros para evitar el corrimiento de la carga. Estos abarrotes, muchas veces pasados de contrabando, solían ser un negocio particular de cada tripulante, no del armador que había fletado el buque.

   Al atardecer, el recepcionista de nuestro hostal nos aconsejó varias opciones para cenar, de las que elegimos el Dagus, un restaurante especializado en cocina francesa, quizás como reacción a tantos días seguidos comiendo bocadillos de jamón y salchichón. No nos equivocamos; la liebre a la cazadora y la sopa de cebolla estaban excelentes.

Al día siguiente saldríamos para Puerto Río Tranquilo, pero esa es otra historia, que puedes leer pinchando aquí.

miércoles, 29 de enero de 2025

De Puerto Montt a Chaitén

       Puerto Montt es una ciudad de un cuarto de millón de habitantes, la más grande del sur de Chile, y constituye el principal nudo de comunicaciones de la Patagonia norte, una estrecha franja de tierra a lo largo de los mil doscientos kilómetros de la Carretera Austral. Fundada a mediados del siglo XIX, sus primeros habitantes, como en gran parte de la Patagonia norte, fueron colonos alemanes.

   Quizás el hecho más importante ocurrido en su corta historia haya sido la llamada Masacre de Puerto Montt, cantada por Víctor Jara:

Muy bien, voy a preguntar

por ti, por ti, por aquel

por ti que quedaste solo

y el que murió sin saber

Murió sin saber por qué

le acribillaban el pecho

luchando por el derecho

de un suelo para vivir.

   Al amanecer del 9 de marzo de 1969, doscientos cincuenta carabineros irrumpieron en unos terrenos ocupados por noventa familias sin hogar, matando a tiros a once personas. Esta masacre, seguida de fuertes protestas por todo el país, fue una de las causas de la pérdida de popularidad del presidente Frei y de la victoria electoral, al año siguiente, de Salvador Allende y la Unidad Popular.

   En el aeropuerto de Puerto Montt recogimos el coche que habíamos alquilado y que nos acompañaría durante dos semanas y casi dos mil kilómetros. La ciudad nos recibió con un enorme atasco, una lluvia suave y un cielo encapotado que le daban cierto aire de tristeza. Recordamos entonces lo que nos habían contado nuestros entrevistadores de Santiago: los chilenos jóvenes la conocen como “Muerto Montt”, dada la falta de diversiones que presenta.

   Recorrimos varias veces el centro de la ciudad, siempre bajo la lluvia, buscando un cuchillo para preparar nuestros habituales bocadillos de mediodía y un lugar agradable donde cenar. No encontramos ninguna de las dos cosas y acabamos metidos en un local mezcla de cafetería sesentera y pub inglés, el Sherlock. La cena, por desgracia, estuvo acorde con la fealdad del establecimiento. Nos fuimos a la cama contagiados por la melancolía de una ciudad de provincias, fría, triste y lluviosa y con el temor de habernos equivocado de destino. ¿Dónde estaban las bellezas naturales de Patagonia?

   El día siguiente amaneció despejada, con la bahía de Reloncaví, a la que se asoma Puerto Montt, como un plato. Del buffet del hotel nos llevamos el cuchillo que no habíamos logrado comprar la víspera y emprendimos camino por la Carretera Austral. Nuestro objetivo para ese día era visitar el Parque Nacional del Alerce Andino y llegar a Hornopirén, a solo cien kilómetros de distancia. No parecía difícil.

   Nuestro primer destino era el lago Chapo, a cuarenta kilómetros de Puerto Montt. El problema lo tuvimos con el navegador, Google Maps, que como en tantas otras ocasiones nos condujo por lo que su algoritmo consideraba un atajo. Las rutas que ese día nos iba marcando para acercarnos al lago se iban haciendo cada vez más estrechas e impracticables, obligándonos a dar la vuelta en varias ocasiones. Al final llegamos a una barrera, marcada claramente como “Prohibido el paso a todo vehículo no autorizado”, que cerraba el acceso a un centro vacacional de la Policía de Investigaciones. Sin hacer caso del letrero, levantamos la barrera y entramos con el coche por una pista muy estrecha pero en buen estado hasta encontrarnos de frente con un autobús. La vuelta marcha atrás hasta la barrera, con el morro del autobús pegado a nuestro guardabarros, se nos hizo interminable. Por suerte, el conductor del autobús nos “autorizó” a seguir por el sendero hasta el lago. Allí un policía, un tanto extrañado de nuestra llegada, nos permitió pasear unos minutos por la orilla, pero llovía con bastante intensidad y nos volvimos al coche.

   Desde allí seguimos hasta el sector Correntoso, donde por fin encontramos un sendero bien señalizado y muy bien acondicionado que nos permitió llegar hasta el mirador Huillifotem en un recorrido circular corto, de solo dos kilómetros, pero bastante empinado. Seguía lloviendo, aunque no muy intensamente. El camino atravesaba un bosque secundario muy frondoso, que invitaba a andar lentamente, pero en el que no quedaba ni un solo ejemplar del famoso alerce andino, símbolo y objetivo de aquel Parque Nacional. Este alerce, Fitzroya cupressoides, no tiene ninguna relación con el alerce europeo Lariz decidua, sino que está más emparentado con nuestro ciprés. Son árboles de crecimiento lento que pueden alcanzar los cuatro mil años de edad y más de cincuenta metros de altura. Se cree que uno de estos alerces, el conocido como el «Gran Abuelo» en el Parque Nacional Alerce Costero, puede tener cinco mil quinientos años. De hecho, los alerces se han usado para recalibrar la escala de medición del carbono 14.

   Aunque no llegamos a ver (o no reconocimos) ningún alerce andino, el bosque secundario nos permitió imaginarnos lo difíciles que debieron ser las primeras expediciones terrestres por aquella zona, ya que era tan tupido que hacía prácticamente imposible abandonar el sendero. La humedad cubría los troncos de setas, musgos y líquenes de un tamaño para mí desconocido.

   El mirador Huillifotem, ubicado más o menos a la mitad de la ruta, se abría sobre un valle amplio con granjas y prados, que luego nos enteramos de que había sido abierto por los colonos quemando el bosque primitivo.

   Regresamos al coche ya bastante mojados, pero como nos habían advertido de que el clima de Patagonia era muy lluvioso, pensamos que tendríamos que habituarnos a la lluvia y decidimos acercarnos hasta otro sector del parque nacional y caminar hasta la laguna Sargazo. Pasamos el control de acceso al parque, donde el guardia nos confirmó que llovía bastante pero que el sendero estaba en buen estado, aunque nos recomendó tener cuidado porque las tablas que cubrían las zonas más húmedas podían estar resbaladizas.

   Este sendero, de unos cinco kilómetros, se adentraba en zonas del bosque mucho más frondosas que las anteriores y terminaba a orillas de ,la laguna Sargazo, donde las vistas y el aislamiento nos reconciliaron con la Patagonia.

   Ni una casa, ni un camino, ningún signo de presencia humana mancillaba la laguna. El cielo cubierto, que ocultaba las cimas de las montañas, contribuía a darle un aire mágico. Cualquier cosa podía ocultarse en aquellas laderas impenetrables.

   Bajo un tejadillo de tablas al borde del agua nos preparamos unos bocadillos de pan amasado con queso y salchichón, la que sería nuestra dieta habitual de mediodía en gran parte del viaje, y después de descansar un rato iniciamos la vuelta.

   No cesó de llover en todo el camino; cuando, tres horas después, llegamos al coche, el agua había calado nuestros impermeables y todas las capas de ropa que llevábamos puestas, llegando a mojar el dinero y los pasaportes, que no nos habíamos atrevido a dejar en el coche y que tuvimos que poner a secar sobre el salpicadero. En el mismo aparcamiento nos cambiamos de ropa para no congelarnos.

   Mientras nos vestíamos, vimos a un zorro culpeo (Lycalopex culpaeus) que nos observaba con tanta curiosidad como nosotros a él. No estaba domesticado, pero se le notaba habituado a la presencia humana. Me imagino que los guardias forestales lo alimentarían de vez en cuando.

   De camino hacia Hornopirén nos encontramos uno de los varios fiordos que interrumpen la Carretera Austral. Cruzamos en un pequeño transbordador y, una hora después, llegamos a nuestro hostal Entre Montañas. Allí, una calefacción bien potente nos ayudó a secar la ropa, el dinero y los documentos y a reconciliarnos un poco con la vida.

   Ya secos, al menos por dentro, caminamos bajo la lluvia hasta un restaurante del que habíamos leído una muy buena reseña hecha por otro gaditano. Piedra Lobo se llamaba el sitio, en recuerdo de una roca del fiordo cercano donde solían tomar el sol los lobos marinos.

     El restaurante estaba repleto de guiris como nosotros, pero una ración de navajuelas encebolladas, una fuente de papas fritas, un par de copas de buen tinto y el primer pisco sour del viaje nos levantaron los ánimos. Este cóctel, a base de pisco (aguardiente de uva), clara de huevo bien batida y zumo de limón, parece ser que procede de una bebida habitual en el siglo XVIII entre los colonizadores españoles de Perú. Otras versiones incluyen maracuyá, calafate (una especie de arándanos) o nalpa (otra planta silvestre de la zona), pero a mí me gusta el tradicional. Me pareció delicioso, pero la mala calidad del aguardiente me provocó al día siguiente un fuerte dolor de cabeza. No por eso dejé de probarlo en otras ocasiones, siempre con el mismo resultado.

   La mañana nos recibió con un sol espléndido, que nos permitió ver desde nuestra ventana el volcán Hornopirén, situado a solo diez kilómetros del pueblo. Esa cercanía me permitió comprender la conveniencia de las señales de evacuación, que se pueden encontrar en muchos lugares de Patagonia.

   En el hostal desayunamos una paila (sartén) de huevos fritos mientras charlábamos con un grupo de españoles que pretendían, como nosotros, embarcar poco después en el ferry que, en ese tramo, reemplaza a la inexistente Carretera Austral. Nosotros habíamos reservado los pasajes antes de salir de Cadiz, pero ellos confiaban en poder adquirirlos a bordo. Al llegar al embarcadero, la larga cola de vehículos que esperaban para embarcar les hizo sospechar que quizás no quedaran plazas, pero aun así confiaban en poder embarcar gracias a las cancelaciones. Ni que decir tiene que se quedaron en tierra, aunque días después nos lo volvimos a encontrar y nos contaron que habían conseguido pasajes para el siguiente barco.

   El recorrido en ferry (dos, en realidad, ya que una pequeña lengua de tierra obliga a cambiar de ferry a mitad del recorrido), resultó uno de los puntos fuertes del viaje, a lo que ayudó un día bastante soleado.

   En las más de cinco horas que dura el trayecto desde Hornopirén hasta Caleta Gonzalo pude comprobar lo amantes de la conversación que son los chilenos; desde un par de mariscadores de Chauchil, que me explicaron las diferencias entre las granjas de salmón y las de choros (mejillones) y cómo se prepara una paila mar y tierra (un guiso de choros, almejas, carne de cordero, ajo, cilantro y vino o cerveza), hasta un tal Víctor Urrutia, que después de trabajar diez años en el sector financiero de Bruselas había decidido vivir más libremente y ejercer como guía turístico. Ahora se dirigía hacia el sur, donde esperaba que sus cuatro idiomas le permitieran encontrar trabajo fácilmente. Algún día le gustaría viajar España para buscar sus orígenes, que él supone en la aldea vizcaína de Urrutia, no muy lejos de Lekeitio.

   Todos los chilenos con los que he hablado durante el viaje adoran la Patagonia, lo que no me extraña viendo el paisaje que iba pasando por el costado de nuestro ferry.

   La navegación transcurría por varios fiordos, rodeados a babor por una sierra muy empinada, con las cumbres cubiertas de nieve, que marcaba la cercana frontera con Argentina. Durante los primeros veinte o treinta kilómetros una pista de ripio permitía el acceso por tierra a una serie de viviendas aisladas y alguna piscifactoría; a partir de ahí, la comunicación con las granjas que de divisaban solo podía hacerse por mar, a lo largo del fiordo. Lo escarpado de las laderas y lo espeso del bosque impedían llegar hasta allí ni siquiera andando.


   Pasamos frente a Huinay, una aldeíta mínima en la que se ubica la única escuela en muchos kilómetros a la redonda y que se ha convertido en un ejemplo del llamado efecto Tompkins. Cuando diversas fundaciones, en este caso la de Endesa, comenzaron a comprar enormes extensiones de tierra para crear parques nacionales, siguieron una política en mi opinión errónea respecto a los habitantes de las zonas cercanas. En lugar de procurar integrarlos en los beneficios que se esperaban de los parques, decidieron tratar de expulsarlos para que el parque se conservara en estado puro. Como resultado, de los treinta y siete niños que acudían a esa escuelita hoy en día solo están matriculados once. Se repite la historia de la expulsión de los indígenas hace un par de siglos antes, pero cambiando ahora de motivos y protagonistas.

   Al desembarcar en Caleta Gonzalo nos encontramos uno de los tramos más duros de la Carretera Austral, veinticinco kilómetros de ripio en bastante mal estado. Según nos contó luego Klaus, nuestro anfitrión en Chaitén, la carretera la habían abierto “a pura dinamita”. Este tramo discurre a través del Parque Nacional Pumalín – Douglas Tompkins, cuya historia va muy ligada al empresario y filántropo estadounidense Douglas Tompkins, conocido por ser el cofundador de The North Face.


   El proyecto Pumalín empezó en 1991, cuando Tompkins adquirió la finca Reñihué, de 17.000 hectáreas, para proteger su bosque templado nativo y virgen, el cual se encontraba amenazado por la tala de árboles. El proyecto siguió creciendo hasta llegar a las 293.000 hectáreas, las cuales fueron donadas al Estado de Chile para crear este parque nacional.

   El Parque Pumalín se inserta dentro de la Reserva de la Biósfera de los Bosques Templados Lluviosos de los Andes Australes, declarada por la Unesco en septiembre de 2007. Su riqueza no es solo forestal, sino que se basa también en la gran diversidad de especies animales y vegetales que viven en, bajo y sobre los árboles.

   A pocos kilómetros de Caleta Gonzalo dejamos el coche para recorrer andando una breve ruta: el Sendero de los Alerces. Como indica un rótulo en el arranque del camino, “cuando la expedición de Alonso de Camargo avistó por primera vez las costas de Chiloé en febrero de 1540, estos alerces ya eran viejos, habían nacido mil años antes”.

   A los pies del volcán Michimauida, un sendero sencillo y bien acondicionado de solo kilómetro y medio de longitud permite internarse en el bosque de alerces y contemplar algunos de los ejemplares más antiguos. Pese a las intensas lluvias de días anteriores, el camino no estaba demasiado embarrado. El alerce ha estado a punto de extinguirse por las excesivas talas, llegando a operar en estas aguas hasta doscientos barcos dedicados al transporte de su madera. Su madera, muy resistente a la pudrición y fácil de trabajar, llegó a utilizarse como moneda. Otros alerces han muerto de la manera más tonta, cuando les han arrancado su corteza para fabricar estopa y calafatear esos mismos barcos. Hoy en día el alerce está declarado monumento nacional y no se permite su tala, salvo como parte de programas de mantenimiento del bosque.

 Los alerces son unos árboles extraños, con muy pocas ramas en la parte baja y una copa alta y no demasiado frondosa. Como en otros bosques patagónicos, la gran cantidad de troncos caídos y lo cercanos que nacen unos árboles de otros hacen muy difícil caminar fuera de los senderos acondicionados.

     Después de tantas horas de viaje agradecimos la acogida tan cálida que nos dieron Klaus y Marcela, propietarios del Hostal la Minga, donde nos alojaríamos esa noche y la siguiente. El hostal estaba ubicado en una parcela de bosque, muy cerca de la playa, y los alojamientos se repartían entre edificios variopintos: una caravana, una casa central con 3 dormitorios, una cabaña prefabricada y un autobús escolar.

   Mientras preparaban la cena nos contaron su vida aventurera y cómo habían llegado a asentarse en aquel pueblo, asolado años antes por una erupción. El dos de mayo de 2008, el volcán Chaitén entró en actividad, con columnas de cenizas y gases de hasta veinte kilómetros de altura y provocando el deshielo de miles de toneladas de nieve en sus laderas y la consiguiente riada. Afortunadamente, el ejército y los carabineros lograron evacuar a tiempo a los más de cinco mil habitantes del pueblo y no se produjo ninguna víctima. La lava del volcán desvió el río que cruzaba el pueblo y las cenizas formaron una fajana que hizo avanzar medio kilómetro la línea de costa, dejando la antigua Costanera alejada del mar.

   Las casas y negocios quedaron destruidos en su casi totalidad, y muchos de los habitantes, refugiados en Chiloé o en Puerto Montt, nunca regresaron. Un paseo por el pueblo reconstruido puede dar una idea de lo que tuvo que significar la erupción. Las calles, de nuevo trazado, son muy anchas, con una amplia acera, bolsas de aparcamiento, dos carriles en cada sentido y mediana ajardinada, lo que contrasta con la escasez y la poca altura de los edificios. Cuando quisimos acercarnos desde el antiguo paseo marítimo hasta la playa, tuvimos que atravesar la nueva fajana de más de quinientos metros de ancho. Sobre una base de grava arrastrada por el río, ceniza volcánica y restos de árboles calcinados, comenzaba a brotar la nueva vegetación.

   El pequeño Museo de Sitio, que varias personas nos recomendaron visitar, consta de una sola sala que explica de manera muy didáctica el proceso de subducción de placas, el levantamiento de la cordillera de los Andes y la formación de los volcanes. En cuanto a la erupción del volcán Chaitén, los mapas y gráficos muestran cómo varió el paisaje de la zona, el desbordamiento y cambio de curso del Río Blanco y la destrucción de la mayoría de los edificios del pueblo.

   Al día siguiente, cuando empezaba a amanecer, nos despertaron unos golpecitos insistentes en el cristal de nuestra ventana. Cuando conseguí abrir los ojos descubrí al culpable, que nos volvería a despertar al día siguiente: un pajarito minúsculo que revoloteaba junto a la ventana. Luego nos enteramos de que se alimentaba de los insectos que se posaban en el cristal y que allí le llaman picatocinos, pero que no tiene nada que ver con el picatocinos español, conocido también como carbonero.

   Después de desayunar, envalentonados por las pequeñas caminatas que habíamos hecho los días anteriores y animados por nuestro anfitriones, decidimos subir a un mirador en el borde de la caldera del volcán, desde donde se contempla perfectamente el nuevo cono y las fumarolas que siguen emanando del mismo.


   En el aparcamiento al pie del sendero nos encontramos con una excursión de estudiantes de universidad, que nos fueron adelantando alegremente mientras nosotros luchábamos por seguir subiendo. La ruta no es muy complicada, con escalones excavados en la tierra y reforzados con tablones, y transcurre a la sombra del nuevo bosque crecido después de la erupción. Sin embargo, al cabo de más de dos horas, en vista de que el camino se hacía cada vez más empinado y los escalones más altos, y de que nuestras fuerzas iban menguando, decidimos dar la vuelta e iniciar el descenso. Las tres horas que, según los paneles del aparcamiento, se tarda en el recorrido completo de ida y vuelta, me parecen demasiado optimistas y nosotros, como nos recordó mi cuñada, no estamos para muchos ochomiles.

   Pese a no haber podido llegar al mirador, sí que vimos el cono central y el valle del Río Blanco por algún claro entre los árboles. El esfuerzo merecía la pena. El contraste entre los viejos troncos quemados y el riquísimo sotobosque nos alegraba la vista, a la vez que nos impresionaba la riqueza de líquenes, musgos, hongos y otras plantas epífitas, las cuales conformaban un minibosque sobre los troncos vivos o muertos de los árboles mayores.


   A la vuelta del volcán visitamos un par de playas de la zona pero no conseguimos avistar ningún delfín, que en teoría se acercan al atardecer para alimentarse. Sí que vimos en todo su esplendor el Corcovado, un picacho cubierto de nieve ubicado a treinta kilómetros de Chaitén, que es un icono de la Patagonia norte.


   Ya de regreso en el hostal La Minga y mientras saboreaba una copa de Chardonnay a una temperatura perfecta, contemplé un cielo empedrado que esperé no nos estropeara la excursión al ventisquero colgante prevista para el día siguiente. Klaus y Marcela me contaron que se habían refugiado en Chaitén —no quise preguntarles de qué huían— en 2019 e inaugurado el hostal un mes antes de la pandemia. Con mucho esfuerzo aguantaron los dos primeros años y ahora, por fin, las cosas comienzan a irles bien a base de trabajo duro y entusiasmo. Hablamos luego del distinto significado que el nombre de su hostal tiene en España y en Hispanoamérica, y me confirmaron que para ellos se refería al trabajo voluntario en pro de una comunidad o de alguno de sus miembros.

   Se nos unió entonces a cenar un tejano, también alojado en el hostal, que nos informó de la caída del régimen sirio y de la huida de El Assad a Moscú. Compartimos la incertidumbre sobre el futuro de un país castigado por tantos años de dictadura y de guerra, probable objetivo de nuevos ataques israelíes.

Al día siguiente reanudamos nuestro recorrido por la carretera austral, pero esa es otra historia, que puedes leer pinchando aquí.

sábado, 25 de enero de 2025

Santiago: no pisaré tus calles nuevamente

    Estas notas corresponden a un viaje a la Patagonia chilena realizado en diciembre de 2024 junto con María, mi mujer, autora de muchas de las fotos utilizadas y a la que le dedico este texto.

   Llevábamos años con ganas de visitar Patagonia, especialmente después de leer algún libro de viajes por la zona, como el de Bruce Chatwin, o los cuadernos del viaje de Darwin a bordo del Beagle. Pensábamos en lugares como Ushuaia, El Calafate o el glaciar Perito Moreno, todos ellos ubicados en Argentina, pero desconocíamos la existencia de la Patagonia chilena o el hecho de que el canal de Magallanes discurriera íntegramente por Chile.   


Solo cuando nos pusimos a preparar el viaje y consultamos a varios amigos que habían visitado la zona, nos hablaron de esta otra Patagonia, mucho más salvaje y bonita, según ellos, que la argentina. Así fue como, a primeros de diciembre, a punto de comenzar el verano austral, aterrizamos en Santiago, la única ciudad chilena con vuelos directos desde España. Mis recuerdos se iban sin querer evitarlo hacia el golpe de estado de Pinochet y sus terribles consecuencias, con la banda sonora de Pablo Milanés en Pisaré tus calles nuevamente .Yo no lo haré, si puedo evitarlo. 

   Me imaginaba, quizás por semejanza con otras capitales iberoamericanas, un centro histórico que conservara los viejos edificios coloniales, repleto de buenos restaurantes, hoteles con encanto y tiendas de artesanía mapuche. El choque con lo que de verdad me encontré allí, sumado al desfase horario y a las más de veinte horas de viaje que llevaba encima, fue demasiado fuerte.

   Santiago, especialmente su centro, no es bonito ni agradable. Los poquísimos edificios coloniales que han sobrevivido a los frecuentes terremotos y a la huida de las clases medias y altas hacia los barrios residenciales del este están muy abandonados, cubiertos de hollín y de vallas publicitarias, sumergidos entre construcciones modernas sin ninguna personalidad y ocupados por bancos o por locales comerciales de poca categoría: pizzerías, casas de cambio, bazares, tiendas de chucherías o de venta de tarjetas telefónicas y docenas de farmacias. Por las calles peatonales se distribuye el comercio informal, que en estas fechas de diciembre se especializaba en artículos de temporada como calendarios, dulces navideños, papel de envolver regalos y disfraces de princesa o de Papá Noel.

   Por si fuera poco, la limpieza de las calles más céntricas es muy deficiente. La basura sin recoger y el olor a pis, especialmente intenso en la Plaza de Armas, nos acompañaron durante todo el recorrido del primer día.

   Después de cambiar algo de dinero y de comprar unas tarjetas telefónicas de prepago, nos metimos en el Museo Chileno de Arte Precolombino, que me provocó otra desilusión. El museo está dedicado al arte anterior a la llegada de los españoles, pero la mayor parte de los objetos expuestos pertenecen a colecciones privadas y proceden de Ecuador, Perú y Colombia. Solo al finalizar la visita, cuando estábamos a punto de abandonar el edificio, vimos un cartel que anunciaba una exposición en el sótano: Chile antes de Chile.

   Allí sí que encontramos, por fin, objetos precolombinos procedentes de los territorios que hoy en día forman Chile, incluyendo la isla de Pascua o Rapa Nui. En los objetos expuestos se reconocían claramente cuatro franjas culturales bien diferenciadas de norte a sur: los desiertos extremos de la frontera con Perú y Bolivia, habitados solo en la franja costera por pueblos pescadores llegados del norte; la zona central, de clima templado y tierras fértiles, que formó parte del imperio inca hasta la llegada de los españoles; la Araucanía, habitada por los mapuches, que no permitieron la entrada de los incas y que defendieron muy eficazmente su independencia, primero contra los invasores españoles y después contra el estado chileno, que no logró controlar la zona hasta finales del siglo XIX, y, por último, la Patagonia Sur, en torno al estrecho de Magallanes, cuyo clima frío y ventoso no permitió el asentamiento de grandes grupos humanos ni mucho menos la acumulación de excedentes alimentarios ni la aparición de una civilización avanzada.

   La exposición no incluía muchos objetos, pero la selección era excepcional. Me impresionaron los chemamülles, las enormes esculturas funerarias de los mapuches, quizás la cultura más evolucionada de las que se encontraron los españoles al llegar allí, y me encantó la joyería en plata de la misma procedencia. Leí que los chemamülles de los héroes se colocaban mirando a oriente, hacia la cordillera, sobre cuyos volcanes vivirían eternamente sus espíritus, mientras que los de los cobardes se orientaban hacia el Pacífico, al otro lado del cual comerían para siempre papas amargas.

   


Al salir del museo nos pusimos a buscar algún sitio para comer, cosa complicada en aquel centro degradado. Acabamos en un local de comida rápida peruana, donde nos costó entender el menú: aguadillo de choros (sopa clara de arroz con mejillones), locos en salsa verde (unos extraños moluscos emparentados con nuestras lapas, llamados orejas de mar o abalones en otros países), chicharrones de pota (calamares a la romana), lomo vetado (veteado) y otros platos de nombre igualmente incomprensible que nos obligaron a pedir ayuda a la camarera, la garzona como le llaman aquí.

     Después de comer visitamos el Palacio de la Moneda, de tan triste recuerdo. Nunca olvidaré aquel 11 de septiembre de 1973, yo con veinte años y la dictadura franquista dado sus últimas boqueadas, cuando me enteré del golpe militar en Chile que ponía fin a la esperanza de una vida mejor para los chilenos. Las fotos del bombardeo aéreo y terrestre del palacio presidencial o de Allende con casco y ametralladora negándose a rendirse forman parte del imaginario colectivo de mi generación.

   Una estatua de Allende frente a la fachada principal y, sobre todo, una gran placa de bronce con los nombres de los “37 valientes compatriotas que salieron por esta puerta tras resistir el bombardeo del Palacio de la Moneda y defender la democracia junto al presidente de la República Salvador Allende Gossens. Chile no puede olvidar sus detenciones, torturas, ejecuciones y desaparición forzada. Su historia fortalece nuestra democracia y contribuye a garantizar que nunca más en nuestro país se cometan crímenes de lesa humanidad.” ¿Cuándo veremos placas similares en España?

   Desde allí caminamos hasta el barrio Lastarria, epicentro de la movida juvenil e informal y muy cercano a nuestro hotel. A la entrada del Centro Cultural Gabriela Mistral nos abordaron dos jóvenes, cámara en mano, que en perfecto inglés pretendieron entrevistarnos sobre nuestros gustos literarios. Cuando confesamos nuestra nacionalidad, la entrevista continuó en español: estaban grabando un documental para publicitar la Feria Internacional del Libro que tendrá lugar en el barrio de Recoletas en abril de 2025.

   Menos mal que habíamos preparado bien el viaje y pudimos citar a varios autores chilenos al margen de los obvios Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Antonio Skármeta. Compartían nuestro gusto por Luis Sepúlveda, Roberto Bolaño y Alejandro Zambra, pero José Donoso les parecía un tanto anticuado e Isabel Allende bastante sobrevalorada. En lo que sí coincidimos es en el trauma que la dictadura de Pinochet supuso para la inmensa mayoría de escritores chilenos, incluso para los nacidos después del golpe, y que se transparentaba en la omnipresencia de las detenciones y torturas en sus libros. Me sorprendió que no conocieran a Naomi Klein, cuyo libro La doctrina del shock explica de una forma muy didáctica el mecanismo utilizado por Estados Unidos y las oligarquías locales para destruir los regímenes democráticos que comenzaban a surgir en Iberoamérica en los años setenta del siglo pasado. Entre los escritores más recientes, nos recomendaron a Pedro Lemebel y Alia Trabuco, cuyos libros acabamos comprando semanas después con nuestros últimos pesos.

   Después de la entrevista paseamos por las calles del barrio, donde descubrimos una ciudad muy diferente de la que habíamos recorrido hasta ese momento. Calles estrechas y retorcidas, chalets historicistas y algún edificio modernista o racionalista albergaban librerías, tiendas de ropa con estilo y restaurantes con buena pinta. Policías municipales y vendedores callejeros muy jóvenes practicaban el eterno juego: los policías hacían como que expulsaban a los vendedores y éstos simulaban desmontar sus puestos de libros de segunda mano y ropa o bisutería de diseño propio, aunque se limitaban a enrollar las mantas o descolgar las perchas donde exhibían sus mercancías y esperar a que los policías se aburrieran y los dejaran vender en paz.

   El otro gran atractivo de Lastarria lo constituía la fauna juvenil que paseaba, intentaba vender sus libros, discos o ropas en desuso o bebía cerveza sentada en cualquier acera. Minifaldas imposibles, pelos de colores nunca vistos, tatuajes omnipresentes y estilismos radicales formaban parte de un paisaje urbano en constante renovación. Gais y lesbianas mostraban su afecto libremente y exhibían los atuendos más rompedores.

   Nos sentamos en una terraza a cenar algo ligero y me sorprendió la buena calidad del vino de la casa, algo que se repetiría en prácticamente todos los restaurantes a lo largo del viaje. En Chile los vinos no se piden por denominación de origen, como en España, sino por uvas. A las tradicionales Cabernet, Merlot, Pinot Noir o Shiraz se suman variedades para mí desconocidas, como los tintos Carmenere o los blancos Cinsault.

   A la mañana siguiente, con la mente todavía un poco nublada por la diferencia horaria, decidimos subir al cercano cerro de Santa Lucía para hacer el tiempo hasta la apertura del museo de San Francisco, especializado en arte colonial. La perspectiva desde el cerro sobre los barrios cercanos no mejoró en absoluto mi opinión estética sobre Santiago, envuelta en una nube de contaminación que ocultaba, incluso, las cumbres nevadas de los Andes que se elevan al este de la ciudad. Con más de siete millones de habitantes, la capital concentra a más de un tercio de la población de Chile en una llanura de unos mil doscientos kilómetros cuadrados encajada entre la cordillera costera y la andina, lo que favorece la formación de grandes inversiones térmicas como la que estábamos contemplando.

   Bajamos del cerro por su ladera oeste y recorrimos la avenida Libertador O’Higgins, más conocida como la Alameda pese a que la mayoría de los álamos que le dieron nombre han desaparecido víctimas de la contaminación y la falta de riego.

   El museo de San Francisco, alojado en el convento del mismo nombre, no es un museo de arte virreinal en un sentido estricto, sino una mera acumulación un tanto heterogénea y deslavazada de objetos que van desde recuerdos de la premio Nobel Gabriela Mistral hasta el núcleo de la colección, 54 grandes óleos pintados en Cuzco a finales del siglo XVII y que narran la vida de san Francisco de Asís, fundador de la Orden Franciscana, de las Hermanas Clarisas y de la Orden Tercera, reservada para los seglares. Los óleos cuelgan adosados los unos a los otros, con una iluminación bastante deficiente.

 


 Nuestra última visita la dedicamos al Mercado Central, que todavía conserva muchos puestos de pescado y marisco, en donde aprendimos a reconocer los que luego iríamos comiendo a lo largo del viaje. Sin embargo, más de la mitad del mercado está ahora ocupado por restaurantes y tiendas de recuerdos para turistas, hasta el punto de que el Ayuntamiento ha construido un nuevo mercado, el de Tirso de Molina, al otro lado del rio Mapocho, para albergar la verdadera vida comercial.

   A mediodía tomamos un Uber, ilegal en Chile pero claramente tolerado, para desplazarnos hasta el aeropuerto, en el que abordamos un vuelo de LATAM con destino a Puerto Montt, ciudad donde comenzaría nuestro recorrido por Patagonia.

   Pero esa es otra historia, que puedes leer pinchando aquí.

lunes, 6 de enero de 2025

El Imperio Otomano.

 

 

El  imperio Otomano en tren es una serie del Reino Unido del 2024, presentada por la profesora Alice Roberts.

Alice explora en tren una de las civilizaciones más fascinantes del mundo. 


Comenzando cerca de la frontera con Siria, atravesando Turquía antes de entrar en los Balcanes y terminando en Budapest, el punto más occidental del Imperio.

Un Imperio que llegó a abarcar tres continentes, más de setenta países y que duró 600 años.

Esta serie de cinco episodios y de cuarenta minutos de duración  cada uno, muestra los restos de dicho Imperio, que podemos visitar hoy en día. Desde las mezquitas que se han conservado en Turquía hasta los mínimos restos en aquellos países occidentales que, por un motivo u otro, decidieron borrar cualquier resto otomano.

Alice entrevista a otros historiadores, arqueólogos e investigadores en general, que la acompañan en tan fascinante viaje. Con su  dulzura y simpatía Alice nos motiva para realizar un viaje, aunque sea parcial, a ese mundo tan mal conocido en occidente.

Además de ver la serie recomiendo leer Los señores del Horizonte, libro de Jason Goodwin en el que difunde la historia otomana de forma rigurosa y amena. Goodwin se adentra en dicho Imperio respondiendo a las preguntas que nos hacemos sobre su origen, forma de vida, a qué se debió su expansión y por qué  desapareció. 


martes, 31 de diciembre de 2024

29 de diciembre de 1170: Cuatro barones normandos, cercanos al rey Enrique II, acuchillan al primado de Inglaterra, el Arzobispo Tomás Becket, en su catedral de Canterbury

 Queridos Cinéfilos:

Los que me conocéis desde hace muchos años me habréis oído declarar más de una vez que "Becket" (GB 1964, dirigida por Peter Glenville), que vi en el cine Yago de Santiago de Compostela en un viaje con mis padres, ¿en el verano de 1965?, fue la primera película que conscientemente capté como "adulta" y con una temática más profunda que las de todas las que había visto hasta entonces,  teniendo instantáneamente  la sensación de que la había entendido plenamente y de que era una obra maestra, con mis 15 años recién cumplidos y ya infectado crónicamente de cinefilia. Me impactó y la consideré como la mejor de mi vida hasta que, en unos pocos años y tras de ir mucho a los cines para ver CINE, con mayúsculas, fui conociendo otras muy distintas a ella, pero que también me maravillaron, y  redescubrí algunas películas que no había sabido valorar adecuadamente cuando las vi en mi niñez y preadolescencia, lo que me hizo comprender que nunca más podría considerar sólo una como la "mejor de mi vida". 

Actualmente no me siento capaz de dar una lista de las "mejores de mi vida" con menos de ¿10? elegidas, redondo número pero bajísimo para mi experiencia actual. ¿Diría que 25?, quizás, pero sí tengo una certeza: En cualquier lista de las n mejores de mi vida que yo establezca, SIEMPRE estará "Becket"¿Por qué?:

  • Porque tratando de unos hechos absolutamente históricos de la Edad Media, esta película plantea profundas cuestiones éticas, humanas y religiosas que siguen siendo ahora esencialmente aplicables para establecer las reglas de conciencia a seguir por las autoridades en su área de gobierno.
  • Porque su excelente guion, basado en el drama “Thomas Becket o el Honor de Dios” del reconocido autor francés del siglo XX Jean Anouilh, ganó muy merecidamente el Oscar de ese año, con unos diálogos de calidad y profundidad comparables a los de dramas de Shakespeare.
  • Porque su trama humana es muy interesante y casi desconocida fuera de la Gran Bretaña, siendo esencial para situarla conocer el contexto histórico en el que se desarrolla, tal como se describe en un corto texto al comienzo de la película, que amplio ligeramente: 
En 1966, casi 100 años antes del tiempo en que se desarrolla la película, la isla había sido invadida y conquistada por el ejército de Guillermo el ConquistadorDuque de Normandía, uno de los candidatos al trono vacante de Inglaterra, que tras cruzar el Canal de la Mancha derrotó al ejercito anglosajón del recién coronado Harold, el otro candidato en liza, que murió en la históricamente muy trascendente batalla de Hastings, proclamándose Guillermo rey de Inglaterra, eliminando a toda la nobleza y alto clero anglosajones preexistentes, sustituyéndolos por sus barones normandos, que pasaron a ser los nuevos nobles gobernantes, de forma que la población nativa anglosajona quedó relegada a constituir las clases campesina y trabajadora, que servían a los conquistadores normandos. Cuando la película comienza, aproximadamente en 1150, Enrique II, bisnieto de Guillermo, tiene como su más cercano colaborador y hasta amigo al muy inteligente, ampliamente educado y fiel Thomas Becket, un sajón al que inusualmente ha hecho noble y hasta posteriormente nombra Lord Canciller, máxima autoridad real, lo que provoca  la enorme envidia y el odio de los gobernantes normandos. A la muerte del Arzobispo de Canterbury, en un golpe político  maestro, Enrique II impone al cónclave de obispos  que elijan a Thomas Becket como nuevo arzobispo, ordenándole sacerdote muy pocos días antes. Así el Rey gobernaría a la Iglesia, el segundo poder tras el real, a través de su hombre de confianza, pero...
  • Porque, en mi opinión, es uno de los  más claros casos de manipulación en la historia de los Oscar que esta película sólo ganara el citado de Mejor Guion estando magníficamente realizada (dirección, interpretación de los dos protagonistas y todos los secundarios, montaje, fotografía, música, localizaciones y ambientación…) y nominada para 12 categorías en ese año, considerando además y muy destacadamente que el duelo actoral entre Richard Burton y Peter O’Toole es de los mejores que yo recuerdo en el Cine, pero ninguno de los dos, nominados ambos al Oscar al Mejor Actor, lo ganó, llevándoselo Rex Harrison por su actuación en una perfectamente olvidable película, "My Fair Lady" Supongo que semejante "robo" se pudo deber a que "Becket" era una película inglesa mientras que la inmensa mayoría de  los votantes para los Oscar pertenecían de facto al clan Hollywood. Significativo fue que, a pesar del similar origen del jurado para los más “profesionalmente prestigiosas” Globos de Oro, “Becket” sí ganó en estos premios el de Mejor Película y O’Toole el de Mejor Actor, pero cuando éste falleció bastantes años después, tras haber ser nominado 8 veces al Oscar de esa categoría, se fue sin ninguno, según os lo recordé en la carta de despedida que le "envié" a través de este Foro.
  • Porque incluye una serie de secuencias para mí insuperables. Destacaré sólo dos, ambas hacia el final: El soliloquio de Enrique II  con sus barones más cercanos, medio borrachos (en la versión doblada al castellano, creo recordar que el Rey pregunta al final de ella: ¿Es que no hay nadie en Inglaterra capaz de librarme de ese hombre?), y la otra es la casi inmediata siguiente secuencia, con Becket en el altar mayor de Canterbury recibiendo a los cuatro barones del Rey.
  • Portada de mi ejemplar.
    Porque mucho valor cinematográfico debe habérsele reconocido a esta película  cuando un fotograma suyo fue utilizado como portada el primer libro de Historia del Cine que me compré en mi vida, a los 18 años, que conservo y cuya foto real os adjunto.
  • Y finalmente porque me adhiero al 100% a la crítica  del muy experto usuario de FilmAffinity (la más importante web de Cine en español) "Father Caprio" sobre esta película (tiene publicadas en FilmAffinity 641 críticas como ésta) votada en esa web  como la más fiable de las 30 existentes para esta película, accesible en el siguiente enlace para la "ficha" de la película. Copio esa crítica:

"Los oscuros intereses de los Oscar"
12 nominaciones y únicamente el Oscar al mejor guion adaptado.
Esta es una de esas veces en que me cuestiono los oscuros intereses que se esconden en los premios de la Academia americana. Me pregunto: ¿Qué están premiando? ¿Qué están reconociendo? ¿El trabajo puro y duro de actores y actrices, directores, cámaras, fotógrafos, guionistas, etc., u otras cosas?
Acabo de ver a Peter O'Toole en una interpretación histórica (no solo por la temática del film sino también por su grandísimo valor) y me entero que el Oscar se lo dieron a Rex Harrison por "My Fair Lady" de Cukor (por cierto, también premiado). Mejor será correr un tupido velo y dedicarme a comentar la película.
Me estoy acostumbrando a las “exageradas” interpretaciones de O´Toole y en este caso su exageración contrasta con la sencillez rayana con la parquedad de Burton, sencillez que exige el guion pero que no obsta para que la interpretación de Richard Burton también pueda calificarse de buena. Pero Peter O´Toole le toma la medida al personaje y nos trae, desde los libros de Historia, a un Enrique II absolutamente creíble para todos nosotros. Tan creíble que le volverá a dar vida posteriormente con "El león en invierno". Y de esa exageración interpretativa de la que hablaba, hace arte, auténtico arte.
La película tiene auténticos valores, el vestuario, los decorados, la música, pero me quedo con dos, la interpretación de O’Toole y Burton junto con la de John Gielgud como rey de Francia y como segundo valor el guion.
El guion es genial, los diálogos no tienen desperdicio, derrochan fuerza, humor, ironía, contundencia y mantienen viva nuestra atención en las dos horas y media de proyección. Menos mal que este mérito fue reconocido por los sesudos académicos cinematográficos.
En resumen, una de esas piedras preciosas del llamado séptimo arte que, de tanto en tanto, se tiene la suerte de encontrar.

Como ya os informé aquí hace casi un año, en febrero pasado inauguramos en nuestra parroquia un Cinefórum con sesiones mensuales de muy buenas películas sobre temas humanos y éticos, no necesariamente religiosos, y para la correspondiente al presente diciembre elegimos esta película por ser anteayer el 854º aniversario del histórico asesinato de Thomas Becket

Personalmente hice su presentación en la sesión y para prepararme tuve que volver a verla de nuevo con mucha atención tras muchos años desde la última vez y me siguió pareciendo tan magnífica como cuando la descubrí hace casi 60 años. Por ello decidí que tenía que hacerle un homenaje en este Foro, para que los que no la conozcáis aún decidáis hacerlo y, confío, apreciarla tanto  como considero que merece.

Aprovecho para desearos, Cinéfilos y Amigos asimilados, que en 2025 consigáis ver buen CINE y si no lo encontráis en las películas de hoy en día por su presunta escasa calidad, recuperad el magnífico legado del siglo XX, su siglo dorado, con películas como "Becket", cuyo tráiler podéis ver en este enlace, aunque sea en inglés ya que lo ha subido a la red Shakespeare Network. Significativo, ¿no?

Y termino compartiendo con vosotros un regalo extraordinario que nos hacen por adelantado los Reyes Magos desde la misma   Shakespeare Network: EL VIDEO COMPLETO DE "BECKET" REMASTERIZADO AL MUY ALTO GRADO DE DEFINICIÓN 4K, EN INGLÉS PERO CON SUBTÍTULOS A ELEGIR EN ESPAÑOL, FRANCÉS, ITALIANO, PORTUGUÉS O INGLÉS, accesible aquí (mientras legalmente lo esté, parece que ya lleva 7 meses en Youtube) 

Manrique


jueves, 4 de julio de 2024

Fin de trayecto


   6 de mayo de 2024

   Nuestra primera parada en el recorrido desde Rabat hasta Arcila ha sido en Lixus. Durante sus diez o doce siglos de existencia, Lixus fue fenicia, cartaginesa, bereber y romana. Plinio cuenta que, en el siglo XII antes de nuestra era, se levantó en ella un templo dedicado a Melkart, por lo que podemos considerarla contemporánea de Cádiz.

   Ubicada en la desembocadura del río Lucus, su principal riqueza se derivaba de la pesca y salazón de atunes a una escala muy superior a la de Baelo Claudia, si juzgamos por el número de piletas que se conservan. Es muy probable que también elaborasen el preciado y apestoso garum, ya que su principal ingrediente, la caballa, sigue siendo muy abundante en estas costas. El repliegue del imperio romano trajo la decadencia y la ciudad quedó abandonada al desparecer el comercio con Roma, su principal fuente de riqueza.    

   Las ruinas, muy poco visitadas, estaban en un estado de conservación muy lamentable. Las lluvias de primavera habían hecho crecer hierbas y matojos de tal manera que sobrepasaban la altura de los restos de los muros de las viviendas. Hoy en día, en mi opinión, no merece la pena visitarla.

   Peor aún resultó la segunda visita que teníamos planificada, la del crómlech de M’zoura. Nuestro interés se debía a que es el único monumento megalítico prehistórico de Marruecos y a que no se conserva ningún otro vestigio de la civilización que lo construyó.

   Otro aspecto curioso de este complejo es que en su centro se eleva un túmulo que, según los autores clásicos, cubría la tumba de Anteo, el mítico gigante rey de Lixus.

   El primer arqueólogo que excavó el túmulo de una manera más o menos científica fue el español César Luis de Montalbán. Detenido con motivo del golpe militar de 1936, las excavaciones quedaron suspendidas.

   Tuvimos una larga discusión sobre si valía o no la pena acercarse a M’zoura. Las informaciones disponibles eran contradictorias, tanto en lo relativo a la ubicación exacta del crómlech como acerca de la ruta a seguir para llegar allí y los horarios de apertura.

   Decidimos acercarnos a M’zoura siguiendo el mapa de carreteras. Los últimos cinco kilómetros, que conservaban vestigios de haber estado asfaltados en algún momento, casi nos hicieron dar la vuelta. Cuando por fin llegamos al crómlech, ni siquiera nos bajamos del coche. Un cercado, una verja con un candado y un letrero: FERMÉ. Dentro del recinto, los matorrales de más de un metro de alto ocultaban la mayoría de las piedras. No tardamos ni dos segundos en continuar camino hasta Arcila, esta vez siguiendo los consejos de Google Maps.

   Arcila, Assilah en la transcripción francesa, es un perfecto ejemplo de gentrificación. La pequeña y preciosa medina, rodeada por las murallas portuguesas, estaba repleta de riads y otros alojamientos con encanto (Dar Jean, Dar Ander, Dar Pepe), que están expulsando a la población original. Las calles más transitadas discurrían entre tiendas de artesanía, casas de cambio, lavanderías y pequeñas tiendas de conveniencia; ni una sola ferretería, pescadería o mercería.

   En el pequeño mirador que se eleva sobre el cementerio, encajado entre el mar y la muralla, marroquíes y visitantes contemplábamos la puesta de sol.

   La verdadera vida de la ciudad se concentraba en torno al mercado central, con todo su colorido. Un pescadero troceaba sobre la acera un atún de buen tamaño; otro hombre transportaba en un motocarro dos grandes peces espada, con las colas colgando por un lado y las espadas por el otro. No faltaban tiendas de especias, de fruta, de encurtidos, de menaje de cocina o de caftanes.

   Aprovechamos para comprar una sandía de seis kilos, varios tipos de aceitunas y un montón de nísperos.

   7 de mayo de 2024

   Esta mañana, con toda la calma del mundo, hemos conducido los cuarenta kilómetros que nos separaban del puerto de Tánger, donde nos recibió el caos habitual. Diríase que era la primera vez que un coche con matrícula española embarcaba en el ferry. Perdí la cuenta de las veces que me pidieron las tarjetas de embarque; pasé un mal rato en la Aduana al no encontrar un papelito mínimo que nos habían dado un mes antes, al llegar, y cuya utilidad no alcanzo a comprender; en el control de pasaportes me hicieron volver a la Aduana a buscar un documento que debería haberme entregado el aduanero; ahora faltaba el imprescindible sello del inspector, que no contestaba al teléfono móvil…

   Ya en el barco, escribo las últimas líneas que ponen fin, de momento, a estos cuadernos bereberes,

   Glosario

   Azora: cada uno de los versículos en que se divide el Corán.

   Bab: puerta.

   Bendir: pandero.

   Bismilah: en el nombre de Dios.

   Dar: casa.

   Darbuka: tambor de un solo parche con forma de copa.

   Cheij: jeque, jefe.

   Erg: desierto de arena.

   Fakih: Alfaquí, maestro islámico

   Fayr: oración del alba.

   Fonduk: fonda. Antes eran puntos de recepción de las caravanas; hoy en día son patios que combinan talleres y tiendas en la planta baja con almacenes y alojamientos en el primer piso.

   Gnawa: estilo musical con connotaciones místicas, traído por los esclavos procedentes del golfo de Guinea.

   Hammam: baño.

   Hammada: desierto de piedra y grava.

  Harira: sopa contundente que suele contener verduras, legumbres, carne, pasta o arroz y varias especias.

   Hijab: pañuelo que cubre el pelo, las orejas y el cuello.

   Inshallah: Dios lo quiera.

   Isha: oración de la noche, al menos dos horas después de la puesta del sol.

   Kabila: cabila, tribu de bereberes.

   Kasbah: en el norte de Marruecos, alcazaba, barrio amurallado en el que viven los militares de la guarnición y sus familias. En el sur del país, palacio fortificado donde reside alguna familia pudiente.

   Kefir: infiel, no musulmán.

   Khitara: canal subterráneo para el transporte de agua a gran distancia.

   Ksar: en el norte de Marruecos, alcázar, castillo o palacio fortificado. En el sur, aldea fortificada.

   Laut: laúd.

   Litam: una de las expresiones del hijab, consistente en un pañuelo que cubre el rostro, muy usado por la marroquíes urbanas de cierta edad.

   Maktub: el destino, lo inevitable, lo que está escrito.

   Medina: parte vieja de la ciudad.

   Medersa: madraza, centro de educación tradicional, en régimen de internado. En ellas nos solo se estudia el Corán, sino árabe culto, Fiqh (legislación tradicional islámica) y Cirat-an-Nabi (hechos y glosas de Mahoma). Allí se forman los futuros sacerdotes, jueces de paz y alcaldes pedáneos.

   Mellah: barrio judío.

   Pastela: hojaldre relleno de carne o verdura y adornado con canela y azúcar molido.

  Riad: literalmente, jardín. En la actualidad se usa para designar edificios más o menos antiguos dedicados al alojamiento de turistas, ubicados en una medina, y cuya categoría puede variar sensiblemente.

   Shal: chal, pañuelo con el que los tuareg se protegen la cara y la cabeza del sol y de la arena.

   Talibán: estudiante de una madraza.

   Ttabal: atabal.

   Yeshiva: escuela judaica.

   Zawiya: zohía, cofradía religiosa.

   Zelig: mosaico realizado con pedazos de azulejos vidriados.

Para leer otros capítulos de este cuaderno, pincha sobre el que te interese.

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