miércoles, 19 de junio de 2024

Uarzazate, el Hollywood del desierto

   20 de abril de 2024

   En Uarzazate se concentra la mayor parte de la industria cinematográfica marroquí. En la propia ciudad y en sus alrededores se han filmado docenas de películas, desde Lawrence de Arabia hasta La Guerra de las Galaxias y Gladiator 2. Allí está el Museo del Cine, Atlas Studios, CLA Studios y muchas pequeñas empresas auxiliares del cine.

   En el punto más elevado de la ciudad se alza la kasbah de Taourit, quizás la mayor y —hasta hace poco— la mejor conservada del sur de Marruecos. Fue precisamente su tamaño y la seguridad que proporcionaba lo que hizo que el lugar se convirtiera en un punto de parada obligatorio en la ruta de las caravanas que, procedentes del desierto y más allá (algunas traían sal del Danakil y otras esclavos del golfo de Guinea) se dirigían a través del Atlas hasta Marrakech.

   En realidad, esta kasbah responde más al concepto de alcazaba que al de simple palacio fortificado. Por desgracia, no pudimos visitarla ya que había resultado muy dañada en el terremoto de septiembre del año pasado. En su lugar, decidimos pasear por la medina adyacente, donde también nos encontramos muchas viviendas afectadas.

   A la vuelta de una esquina, un rótulo marcaba la entrada a la mellah y otro identificaba una sinagoga. Yaekub, un joven que esperaba apoyado en la pared, se ofreció para guiarnos por dentro del edificio; según él, era un descendiente de los judíos que, hasta hace no muchos años, habían vivido en el barrio.

   Los muros del edificio estaban construidos íntegramente en tapial, y los techos eran de cañizo soportado sobre vigas de palmera; parecía imposible que hubiera resistido el terremoto. El interior era un auténtico laberinto de varios pisos y albergaba la sala de oración, la vivienda del rabino y la escuela judaica, todo ello en desuso. La planta baja parecía, más que una zona de oración, la cueva de Alí Babá o la tienda de un chamarilero.

   Alfombras, tapices, ropajes de seda, fotos antiguas y cientos de objetos rituales cubrían cada centímetro de las paredes. La iluminación tenue y los techos bajos contribuían a la sensación de agobio.

   Yaekub nos contó que en Uarzazate habían convivido hasta hace poco tres grupos de judíos. Los más antiguos, que él llamaba bereberes, habían llegado en el siglo I de nuestra era, tras la diáspora provocada por la represión romana de lo que se conoce como Gran Revuelta Judía. Él afirmaba pertenecer a ese grupo, lo que explicaría el tono muy oscuro de su piel.

   El segundo grupo, los sefardíes, con diferencia el más numeroso, llegó en los siglos XV y XVI, expulsado de España por los Reyes Católicos. El tercer y último grupo fue el de los asquenazis, que vinieron de Centroeuropa a partir del siglo XIX, huyendo primero de los pogromos rusos y luego del holocausto nazi. Parece mentira que un pueblo que ha sufrido tantas persecuciones basadas en su etnia y su religión aplique ahora esas mismas prácticas a los palestinos y que lo haga con una crueldad y a una escala nunca vistas.

   Debido a estos orígenes tan diferentes, en la mellah habían convivido gentes que se expresaban en cuatro idiomas bien distintos: el amazigh de los bereberes, el ladino de los sefardíes y el yiddish de los asquenazis, más el árabe que utilizaban para comunicarse con los no judíos. Según Yaekub, el hebreo solo se usaba para los ritos religiosos y convivían todos como hermanos. En la actualidad no quedan prácticamente judíos en Uarzazate ni en otros puntos de Marruecos. Los más pobres emigraron a Israel en los años cuarenta del siglo pasado y los ricos lo hicieron en los años sesenta y setenta.

   Siguiendo con la visita al edificio, la escuela judaica o yeshivá estaba formada por solo dos pequeñas aulas. En la primera, cuyo único mobiliario era una pizarra con el alfabeto hebreo, los niños más pequeños aprendían los rudimentos de dicho idioma; en la otra aula, sin ningún mueble, los mayores se sentaban en el suelo para estudiar la Torah, un compendio de comentarios a la Biblia y filosofía religiosa.

   En el umbral de cada habitación, Yaekub acariciaba piadosamente la mezuza, una cajita de plata o bronce que contiene un papel con el fragmento de la Torah que habla de la unicidad de Yahvé y de la designación de los judíos como pueblo elegido y propietario de las tierras de Israel. El mismo texto que utilizan ahora los fundamentalistas judíos para reclamar la propiedad de todas las tierras palestinas.

   Estas mezuza, que habitualmente se colocan en la parte exterior de los dinteles a la entrada de las viviendas judías, ha causado la muerte de miles de personas durante la persecución nazi. Para intentar salvarse del arresto y deportación, en muchas casas se arrancaron y escondieron estas mezuza ante la llegada de las tropas alemanas, pero la huella dejada en la madera bastó para delatar a sus habitantes.

   […]

   Esta mañana he recibido las galeradas del que será mi próximo libro, Los santos de mi vida, cuya corrección me obligará a ralentizar el ritmo de escritura en este cuaderno.

   […]

   La jornada en Uarzazate resultó un encadenamiento de desengaños. La famosa kasbah Tifultute, muy cercana a nuestro hotel, estaba en ruinas, no sé si por desidia o como consecuencia del terremoto del año pasado. En el barrio Aït Kadiff nadie parecía conocer el mercado semanal que, según la guía, se celebraba hoy allí. El mercado municipal de Uarzazate estaba cerrado por ser domingo, y el ksar de Aït ben Haddou, atestado de turistas y repleto de tiendas de recuerdos, no tenía nada que ver con el recuerdo que yo conservaba de mi anterior visita, en 1995, cuando la pista entonces sin asfaltar que conducía hasta él moría al otro lado del río y no pudimos cruzarla porque el agua estaba demasiado alta.

   Roger Mimó cuenta en su libro que Aït ben Haddou comenzó siendo, en el siglo XI, el ksar de los Aït Aisa U-Hamed. Su ubicación, en una de las pocas rutas que cruzaban el Alto Atlas, hacía que las caravanas con destino a Marraquech descansaran allí, lo que significaba para sus habitantes un buen ingreso en impuestos y comercio. Así, dentro de este pequeño ksar se levantan nada menos que cinco kasbah, dos de las cuales se pueden visitar. Gracias a los ingresos del turismo y a que en el lugar ha sido escenario para el rodaje de media docena de películas, el conjunto se encuentra en bastante buen estado. De los rodajes se conservan unas puertas monumentales del más puro estilo babilónico, que la declaración del pueblo como patrimonio de la humanidad no ha logrado derribar. La verdad es que son muy fotogénicas.

   Al volver a Uarzazate encontré un buen barbero que me hizo un corte rápido y cuidadoso sin hablar más de cuatro o cinco palabras, que es lo que más aprecio entre los de su oficio.

   21 de abril de 2024

   Hoy pensábamos desviarnos de nuestra ruta a Marrakech para visitar la kasbah de Telouet, perteneciente a la poderosa familia de los Glawi, pero nos enteramos a tiempo de que había quedado destruida por el terremoto.

   Los Glawi o Mezuari, de los que ya he hablado en el texto dedicado a Skoura, lograron gran parte de su poder gracias a su colaboración con las fuerzas de ocupación francesas. Mohammed el Mezuari fue nombrado caíd de Telouet a mediado del siglo XIX; su hijo El Madani llegó a ser gobernador de todo el valle del Todra y la región de Tafilálet, para luego alcanzar el puesto de primer ministro del sultán, mientras que su hermano Thami, conocido como Pantera Negra, León del Atlas y Gazela de las Montañas, fue el pachá de Marrakech durante cuarenta y cuatro años. Entre ambos llegaron a mandar sobre un millón de súbditos.

   Los franceses les dieron carta blanca en su territorio a cambio de que controlaran a las tribus más belicosas del Atlas, y la familia aprovechó sus prerrogativas para prosperar en todo tipo de negocios, incluido el bandidaje y la prostitución. Traicionaron al sultán Mohammed V para consolidar su poder familiar y consiguieron que los franceses lo deportaran a Madagascar. Por suerte, la independencia trajo el fin de su poder y el estado marroquí les expropió todas sus posesiones.

   22 de abril de 2024

   Después de más de tres horas de viaje y de cruzar el puerto de Tiz’n Tichka, a dos mil trescientos metros sobre el nivel del mar, pasamos del desierto de Uarzazate a las llanuras cultivables de Marraquech. Pero esa es otra historia.

Para leer otros capítulos de este cuaderno, pincha sobre el nombre.

Tetuán de las Victorias:

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Marrakech, una distopía inminente

Sidi Ifni, nuestra historia olvidada

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Rabat, la república de los piratas

Fin de trayecto

domingo, 16 de junio de 2024

La arquitectura del barro

    Según Roger Mimó, catalán enamorado de esta franja fronteriza entre las cumbres del Atlas y el desierto del Sáhara que estábamos recorriendo, las palabras ksar (alcázar) y kasbah (alcazaba) tienen aquí un significado muy diferente al del norte de Marruecos. En esta zona, una kasbah es una casa solariega fortificada, mientras que ksar se aplica a cualquier aldea defendida por una muralla. No se entendía en estas tierras lo de vivir sin protección contra los más que probables ataques de las tribus vecinas.

   Los ksar pueden tener entre doscientos y tres mil habitantes. Las casas, siempre de tapial, se apiñan unas contra otras para protegerse del sol y del viento y para formar con sus muros exteriores un recinto compacto más fácil de defender, con solo una o dos entradas y varias torres de hasta cinco pisos de altura. Para reforzar el perímetro defensivo, las paredes exteriores no solían tener ventanas ni puertas, aunque en la actualidad se ven cada vez más aberturas.

   El interior de cada vivienda consta de un patio central al que, en la planta baja, se abren los establos y almacenes y, en las superiores, los dormitorios, dispuestos a lo largo de un corredor. La azotea se dedica a habitaciones de los niños, cocina y secadero de diversos productos agrícolas.

   Además de viviendas, en todo ksar hay al menos una mezquita, a veces tan humilde que no tiene ni minarete. Anejo a la mezquita o en su interior suele ubicarse el hammam, con una gran caldera en la que se calienta el agua para el baño y, al menos, tres salas independientes: una para las mujeres, otra para los hombres y la tercera, más pequeña, para lavar los cadáveres. Bajo la escalera que conduce a la azotea suele guardarse el na’sh, las angarillas en que se llevan los muertos al cementerio.

   Otra institución sorprendente de estos ksar es el toro comunitario, que de día suele estar amarrado a un poste en el exterior de la muralla y que los vecinos pueden utilizar por turnos para cubrir a sus vacas. A cambio, cada vez que entran en la aldea con hierba para su ganado deben entregarle un manojo al toro.

   Los ksar más grandes pueden tener otros edificios colectivos, como una sala de reuniones donde los cabezas de familia deciden los asuntos comunitarios, un fonduk para alojar a los comerciantes, un cementerio, una escuela coránica, fregaderos, pozos y molinos de cereales o de aceite.

   Aquí me vi obligado a hacer una pausa. El viento del desierto, incesante, arrastraba partículas finísimas de arena que, poco a poco, cubrían mi ropa, mi calva, el teléfono, la mochila y hasta las hojas del cuaderno en el que escribía. El bolígrafo crujía al deslizarse sobre el papel. La piscina me llamaba.

   17 de abril de 2024

   Después del baño y aprovechando que mis compañeras habían concertado una excursión por los poblados cercanos a las dunas, me acerqué al centro de Merzouga, a unos diez kilómetros del hotel. Merzouga es un pueblo grande, que se extiende varios kilómetros a lo largo de la carretera N13. Llamarle desolado es poco; el sol intenso apagaba los colores, el calor y el viento cargado de arena expulsaban a los posibles paseantes. Había tal cantidad de alojamientos turísticos (hoteles de todas las categorías, kasbah, campamentos de jaimas y hasta un camping municipal) que dudo que nunca lleguen a más de un veinte por ciento de ocupación. Estos días, sin duda, no formaban parte de la temporada alta. En el arcén se sucedían negocios de alquiler y reparación de quads y motos todo terreno, cafés vacíos, mínimas tiendas de alimentación, agencias de viaje y algún puesto de artesanía de mala calidad. No conseguí encontrar un auténtico shal azul de los tuareg; solo vendían malas imitaciones en tejidos sintéticos y colores demasiado llamativos.

   Aproveché para cambiar dinero y comprar agua, pañuelos de papel y repelente antimosquitos, que pronto descubrí que resultaba absolutamente ineficaz contra las moscas.

   18 de abril de 2024

   Esta mañana hemos emprendido un recorrido de doscientos cincuenta kilómetros que nos llevará hasta Tinerhir, en el curso bajo del valle del Todra. Casi todo el camino transcurría atravesando la hamada, cuyas piedras y grava iban cambiando de color entre el blanco, el gris marengo y el negro. Viendo estas tierras yermas, en las que no puede pastar ni un camello, y que el PIB de España es casi 10 veces más alto que el de Marruecos, se comprende mejor el ansia de muchos jóvenes marroquís por cruzar el Estrecho.

   Nuestra primera parada la hicimos en el mausoleo de Muley al Cherif, un antepasado de la actual dinastía alauita, autoproclamado rey de Tafilálet en 1.639. Su familia procedía de Yambu, en la península arábiga, y había llegado a Marruecos con la primera oleada musulmana, la que extendió el islam por todo el norte de África. Muley fue padre de ochenta y cuatro hijos y ciento veinticuatro hijas. Su tumba, pese a ser antepasado del rey Mohamed VI, se encontraba bastante abandonada.

   Pocos kilómetros más lejos, nos detuvimos en el palacio real de Ouled Abdelhalim, levantado a mediados del siglo XIX y un excepcional ejemplo de arquitectura de tapial. El muro exterior había sido restaurado por el Ministerio de Vivienda, pero la zona de las habitaciones del sultán y de sus cuatro esposas estaba clausurada por hallarse en peligro de ruina inminente. La muralla, de unos nueve metros de alto por uno y medio de espesor, se apoyaba en torreones, también de barro, de quince metros de altura.

   Cruzando la puerta principal se accedía al primer patio, donde vivían los esclavos y se resguardaba el ganado por la noche. Una segunda muralla, con una puerta monumental decorada con yeserías, daba paso al segundo patio, en el que se encontraban los almacenes de la cosecha y donde vivía la servidumbre. Todavía una muralla más rodeaba la vivienda del sultán, a la que no pudimos acceder por el riesgo de derrumbe. El Ministerio de Turismo tiene previsto reconstruir el palacio y transformarlo en un hotel de lujo. Inshallah!

   […]

   No voy a describir con detalle cada uno de los ksar que visitamos a lo largo del día, sino que me centraré en uno de ellos, el Gouliminem, en las afueras de Goulmina.

   Vaya por delante que las altas torres que franqueaban la entrada principal de esta aldea, por muy fotogénicas que sean, no son las originales. Una de ellas se vino abajo hace unos años, ocasión que aprovechó el ayuntamiento para derribar la otra y construir dos torres nuevas.

 La entrada, en ángulo y con doble portón, conserva unos bancos corridos entre ambas puertas, donde, según cuenta Roger Mimó en su libro “Fortalezas de Barro en el Sur de Marruecos”, dormían los visitantes que no fueran de toda confianza. De esa manera, los viajeros pasaban la noche protegidos de los peligros del exterior pero no podían acceder al interior del poblado.

   De la calle principal que cruza todo el ksar de sur a norte salen varios callejones ramificados, muchos de ellos sin salida; en cada uno de ellos habitaban (y en muchos casos habitan todavía) los miembros de un determinado clan familiar de los varios que conforman el poblado. Cada una de estas callejas tiene un portón que se puede cerrar por la noche para evitar conflictos y agresiones entre clanes. No deben ser fáciles las reuniones de cabezas de familia.

   En el otro extremo de la calle principal, otro portón da paso al barrio judío, construido tiempo después. Al fondo de esta mellah, un nuevo arco decorado con motivos bereberes conduce a la montaña. Allí se encuentra el canal principal de abastecimiento de agua, en el que varias mujeres hacían la colada, y el establo colectivo, ocupado por una docena de burros.

   A media tarde llegamos a Tinerhir. Antes de seguir camino, visitamos a Roger Mimó en su Hotel Tomboctou para agradecerle la información que habíamos encontrado en su libro sobre la arquitectura del barro. Desde allí seguimos la carretera N12, que penetra en las gargantas del Todra, para llegar a nuestro hotel. Estas gargantas presentan un fuerte contraste con la hamada y las llanuras esteparias que las rodean. A lo largo de milenios, el Todra ha ido excavando su cauce en las estribaciones del Alto Atlas, hasta formar un desfiladero de trescientos metros de profundidad y treinta kilómetros de longitud.

   La garganta se abre al palmeral de Tinerhir, que se nutre de las aguas superficiales y subterráneas que discurren por ella. En torno al palmeral se agolpan los ksar y kasbah donde residen los miles de familias que viven de la agricultura. 

   La carretera, asfaltada, se internaba en la garganta entre sendas filas casi ininterrumpidas de hoteles, cafés y restaurantes. Nos alojamos en uno de ellos, el Amazir, elegido al azar. Nuestra habitación incluía una terraza muy amplia, desde la que veíamos correr el río diez metros más abajo y escuchábamos cantar a los pájaros entre abedules y palmeras. Frente a nosotros, un farallón interminable nos protegía del sol gran parte del día; de noche incluso hizo frío.

   19 de abril de 2024

   Esta mañana decidimos seguir remontando la garganta antes de dirigirnos a Uarzazate. Durante los primeros siete kilómetros, hasta las fuentes de Toudgha, se sucedían los tenderetes de venta de artesanía y los autocares y furgonetas de los tours, apiñados en determinados puntos para hacer la misma foto del mismo acantilado o para posar con el río de fondo en plan influencer. Aguas arriba de estas fuentes, el río se volvía subterráneo y desaparecieron los turistas.

   Seguimos conduciendo otros veinte kilómetros hasta el pueblo de Tamatusht, que parecía vivir ajeno al resto del mundo y donde todavía se conservaban bastantes kasbah en buen uso, como la muy fotogénica del caíd Fuas Basu.

   Nos habría gustado visitar la mellah de Tinerhir, pero no teníamos tiempo si queríamos recorrer el oasis de Skoura y llegar a dormir a Uarzazate. No es fácil la vida del turista.

   El oasis de Skoura se extiende diez kilómetros a lo largo del río Dadés y alberga una altísima concentración de kasbah. Quizás la más conocida, por haber aparecido en la película Lawrence de Arabia, sea la de Amridil, construida en el siglo XIX para M'hamed Ben Brahim Nasiri al lado del ksar donde hasta entonces había residido su familia. El edificio fue un regalo de Madani El Glawi (hermano mayor de Thami el Glawi) en agradecimiento al maestro que había enseñado el Corán a su hijo. Ya volveremos más adelante sobre esta familia Glawi, de la que hay bastante que contar.

   La kasbah de Amridil es de las pocas en las que hay que pagar entrada, pero creo que merece la pena. Tanto el exterior como el interior estaban muy bien conservados y se podía pasear por todas su habitaciones e, incluso, subir hasta la azotea, con buenas vistas sobre el oasis.

   La entrada, en ángulo y con doble puerta para dificultar un asalto, desembocaba en un patio muy estrecho que daba luz y ventilación a las habitaciones. Alrededor de este patio se encontraban los establos, almacenes y dormitorios de servicio. Por el interior de una de las torres se subía hasta el primer piso, donde se encontraban las habitaciones principales y la cocina, ennegrecida por el hollín al carecer de chimenea. Las habitaciones, con aspilleras en los muros exteriores, daban a un corredor que rodeaba el patio.

   Un piso más arriba estaba la azotea, usada para secar la cosecha y donde se encontraban las habitaciones de los niños. Todavía se podía subir un nivel más hasta las terrazas almenadas que coronaban las cuatro torres.

   Al salir de esta kasbah hicimos un recorrido a través del palmeral, en el que se estima que hay más de cien kasbah y un millón de palmeras. Circulando por caminos de tierra que discurrían entre sembrados vimos muchas de estas casas fortificadas, en general peor conservadas que la de Amridil. Al haber perdido su utilidad tradicional y desaparecido el miedo a las algaradas de los clanes vecinos, la mayoría de sus habitantes ha preferido mudarse a viviendas de ladrillo, más sencillas de mantener. Los viejos edificios de tapial se van desmoronando; calculo que en menos de veinte años no quedará más que el recuerdo.

   Desde Skoura seguimos a Uarzazate, donde pasaríamos varios días, pero esa es otra historia.

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jueves, 13 de junio de 2024

Del vergel al desierto

   15 de abril de 2024

   De Mequinez a Er-Rachidia hay poco más de trescientos kilómetros, pero el cambio del paisaje físico y humano da la impresión de un viaje mucho más largo.

   Mientras Mequinez es una de las cuatro ciudades imperiales, fundada hace catorce siglos por los bereberes en medio de un valle muy fértil, Er-Rachidia fue construida por los franceses a comienzos del siglo pasado para servir como base a la Legión Extranjera en sus intentos de controlar a las tribus al este del Atlas Medio. Es una ciudad cuadriculada, sin medina, callejones ni palacios, en el más puro estilo racionalista. Se encuentra en el valle del Ziz, justo donde las últimas estribaciones del Atlas se transforman en llanuras pedregosas y los bosques desaparecen frente a una vegetación esteparia. El verdor de los oasis que se extienden a ambas orillas del río Ziz hace más evidente la aridez de las montañas, en la que no crece ni un árbol. Comenzamos a entrever las primeras kasbah.

   Es lógico preguntarse por qué nos detuvimos en una ciudad sin el menor encanto. La explicación se encuentra en el tipo de viaje que habíamos decidido emprender: tranquilo, reposado, sin agobios ni demasiadas horas al volante. Tardamos seis horas en recorrer los trescientos kilómetros desde Mequinez hasta Er-Rachidia, con una sola parada para comer en Midelt, a mitad de camino.

   La autovía se transformó pronto en una carretera de un solo carril en cada sentido, repleta de curvas y de cambios de rasante; no resultaba fácil superar los sesenta kilómetros por hora.

   Pese a nuestra prudencia, a poco de empezar las curvas nos paró la policía; creo que pertenecían a la Gendarmería Real, equivalente a nuestra Guardia Civil. Habíamos adelantado a otro coche en un largo tramo recto, con perfecta visibilidad, inexplicablemente señalizado con raya continua. Cuatrocientos dirham de multa, unos cuarenta euros, que pagamos sin rechistar. En España habrían sido cuatrocientos euros y cuatro puntos del carnet de conducir.

   A partir de ese momento redoblamos nuestra precaución, pese a las locuras que veíamos cometer a otros conductores.

   Aquellas curvas marcaban el comienzo del ascenso al Atlas, que en esta zona no es demasiado elevado. Aun así, en invierno debe de nevar mucho, pues encontramos numerosas estructuras antiventisqueros, balizas de nieve y barreras preparadas para impedir la circulación cuando lo aconsejara el espesor de la nevada.

   Pasamos muy cerca de Ifrán, con sus estaciones de esquí, donde tienen sus chalets los miembros de la élite marroquí. A ambos lados de la carretera se veían repoblaciones de cedros, pero muy pocos bosques naturales.

   Después del puerto de montaña de Ait Harrou, a mil seiscientos metros de altura sobre el nivel del mar, comenzamos el descenso por la vertiente oriental del Atlas. Desaparecieron los bosques de pinos y de cedros y, en su lugar, crecían ejemplares aislados de araar, una especie de conífera similar al ciprés, que también se encuentra en la sierra minera de Cartagena.

   16 de abril de 2024

   Queríamos visitar Ciudad Orión, una de las obras escultóricas gigantescas construidas por el alemán Handjög Voth en mitad del desierto, pero no esperábamos que resultara sencillo. Había muy pocas referencias en internet y las indicaciones para llegar allí eran, cuando menos, confusas. Según Google Maps, estaba a unos treinta kilómetros al noroeste de Erfud, en el centro de una hammada y a unos cinco kilómetros de la carretera más cercana, pero no teníamos información sobre el estado de las pistas. Como nuestro coche, un Toyota Corolla híbrido, no era muy adecuado para circular por fuera del asfalto, llamamos a varias agencias de viajes y expediciones en Erfud. En ninguna de ellas habían oído hablar de Ciudad Orión ni parecían tener ningún interés en proporcionarnos un todoterreno con conductor para llevarnos hasta allí.

   Ayer, cuando ya estábamos a punto de desistir, se nos ocurrió consultar al recepcionista, un joven muy agradable que pasaba la tarde tocando la guitarra con sus amigos. Uno de ellos afirmó conocer perfectamente el lugar, nos dio unas indicaciones bastante coherentes para llegar hasta allí e insistió en que la pista estaba en perfecto estado y que podríamos llegar con nuestro cochecillo sin ningún problema.

   A la mañana siguiente, de acuerdo con sus indicaciones, condujimos hasta Erfud y allí tomamos una carretera secundaria hacia el noroeste, donde comenzaron a complicarse las cosas. En una gasolinera nos decían que la pista estaba a solo dos kilómetros; en la siguiente, que todavía faltaban veinte para  encontrarla. En algo coincidían todos: en las palabras Khorf khitara, que no sabíamos lo que significaban. Llegamos a un pueblo llamado Khorf, lo que nos indicaba que íbamos por buen camino; algo más adelante paramos en un bar de carretera, donde Ahmed, el encargado, nos dijo que, en efecto, algo más adelante había un lugar perfectamente señalizado como Khorf Khitara desde donde partía la pista hacía Ciudad Orión, pero que la ruta era intransitable con nuestro coche.

   Ahmed se ofreció a llamar a un amigo, conductor de un todoterreno, que aceptó llevarnos por una cantidad razonable. Luego nos aconsejó que siguiéramos un par de cientos de metros por la carretera y que esperáramos a su amigo en “la khitara de Karim”. Allí entendimos por fin lo que eran las famosas khitaras: unas conducciones subterráneas que, en su día, habían llevado el agua de las montañas hasta el oasis de Khorf. Algo muy parecido a los Qanat de los que hablo en mi cuaderno de viajes por la Ruta de la Seda.

   Estos de Marruecos, propiedad cada uno de un clan familiar distinto, discurrían en paralelo y tenían pozos de acceso cada veinte o treinta metros. Ya no funcionaban; el cambio climático había secado los manantiales de las montañas y las khitaras estaban abandonadas. Previo pago, y mientras esperábamos a nuestro conductor, pudimos visitar una de ellas. Karim, el propietario, después de consultarme prudentemente cuál de las mujeres que me acompañaban era mi esposa, me hizo la típica broma machista: preguntarme por cuántos camellos le cambiaba a mi cuñada. Creo que mi respuesta lo dejó cortado: No hay camellos en todo el valle del Draa para comprar a una mujer libre.

   Cuando llegó nuestro conductor confirmamos el trato: transporte a las tres megaesculturas y un tiempo de espera razonable en cada una de ellas, por el módico precio de 15€ por persona. Empezamos por la Espiral Dorada, levantada por Handjög Voth en piedra negra y cuya planta sigue la de una espiral áurea, una figura logarítmica en la que el radio es proporcional al número 1,358456 elevado al ángulo expresado en radianes.

    Esta figura aparece en la naturaleza en muchas formas, desde la concha del nautilus hasta las galaxias espirales o la disposición de las semillas en un girasol.

   Vista desde fuera, la escultura parecía un bloque negro, con aspecto monolítico, que destacaba contra el fondo gris de la hammada. Al acercarnos, descubrimos que la espiral se prolongaba por la llanura mediante alineaciones de piedras hincadas en el suelo y que el edificio, de unos diez metros de alto, estaba construido en mampostería negra e iba subiendo lentamente hasta la plataforma superior, desde donde una escalera de caracol conduciría hasta las habitaciones donde se alojó el alemán durante la construcción, si no estuviera clausurada. Yo calculé un radio de doscientos metros para los tramos finales de la espiral.

   A pocos kilómetros, entre la calima, apareció Ciudad Orión, quizás la obra más impresionante de las tres. La ubicación de cada torre dentro del conjunto se corresponde con la situación aparente desde la Tierra de cada estrella de la nebulosa de Orión, y la altura de las torres es proporcional al brillo aparente de la estrella que representan. Las torres están construidas en tapial y las más elevadas cuentan con una escalera que permite ascender a la plataforma superior. El calor, que comenzaba a ser demasiado intenso, y la luz deslumbrante del sol contribuían a la sensación extraterrestre que daba el recinto. A lo

lejos, como si se tratara de un espejismo, se divisaba a unos camellos que pastaban una hierba inexistente; cerca de ellos, una jaima supongo que protegía a sus propietarios. Ni un árbol, ni una casa. Nada.

   Unos kilómetros más de pista y llegamos a la última y más modesta de las esculturas, la Escalera Celeste. Una escalera se eleva dieciséis metros hacia el cielo en el centro de un círculo de piedras; me recordó inmediatamente los observatorios astronómicos medievales de Asia Menor. Handjög Voth debe de haber sido todo un personaje.

   Se nos había hecho tarde, absortos en la contemplación de estas maravillas. Cuando regresamos a Khor, aparcamos frente a los que nos pareció un buen sitio para comer: el restaurant Sahara, adornado con una gran copia del icónico retrato del Che Guevara firmado por Alexander Korda y con fotos de varios platos: tajín, pinchitos, ensalada…

   El camarero nos aseguró que podíamos comer allí, pero, en cuanto nos sentamos, nos dijo que solo tenían bocadillos y shawarma. Pedimos tres shawarma de pollo y el camarero desapareció calle abajo montado en una bicicleta. Volvió al cabo de cinco minutos, asegurando que la comida estaría lista en media hora. Cierto. A la hora prevista llegó un cochazo negro desde el que le entregaron nuestros tres shawarma. Evidentemente, en el Sahara no tenían nada para comer pero no iban a perderse un negocio caído del cielo, Bismilah! La factura confirmó nuestras sospechas: seis euros por persona puede parecer barato, pero en Marruecos y para un local como aquel era un precio desmesurado.

   A media tarde llegamos al hotel que habíamos reservado cerca de Merzouga, la Kasbah Erg Chebbi, a la que se accedía desde la carretera general por una pista de grava de poco más de un kilómetro. El hotel, construido con materiales tradicionales justo en el límite entre el desierto de grava y el de arena, permitía acceder a las dunas directamente desde su patio trasero. Grandes salones decorados con mucho gusto al estilo bereber, habitaciones amplias en torno a un patio rodeado de soportales, piscina en otro patio independiente y, por fin después de más de una semana de viaje, carta de vinos. Allah’ Akbar!.

   En cuanto empezó a caer el sol, mientras hacíamos tiempo para la cena, nos dimos un paseo por las dunas más cercanas. Bastaba caminar cien metros por aquella arena rojiza y finísima para sentirse Lawrence de Arabia. El hechizo se completó cuando, tras unas dunas, apareció una caravana de camellos. Tengo que confesar que, al acercarse, los presuntos hombres del desierto resultaron ser un grupo de moteros llanitos, a los que los turbantes mal colocados les daban más aspecto de accidentados que de beduinos.


   Pero esa es otra historia.

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Fin de trayecto

lunes, 10 de junio de 2024

Mequinez: cerrada por obras

   11 de abril de 2024

    El Ramadán terminó antes de ayer martes por la noche; ayer miércoles fue la fiesta del fin del ayuno, mañana viernes es el día semanal dedicado a la oración y el sábado y domingo son días teóricamente no
laborales. Estamos en medio de un largo puente de cinco días durante los cuales muchos negocios y casi todos los centros oficiales permanecen cerrados. Si sumamos a esto que los monumentos religiosos (la Gran Mezquita, entre ellos) están vetados a los no musulmanes, que muchos de los edificios más significativos de Mequinez (madraza de Bou Inania, puerta de Al-Mansour, fonduk El Hanna, prisión subterránea de Kara) están en obras y que a los palacios reales no se puede acceder por motivos de seguridad, poco es lo que podremos visitar durante nuestra estancia. Para reforzar esa sensación de ciudad cerrada, las calles más comerciales de la medina y los principales zocos, que habitualmente están atiborrados de gente y con las mercancías cubriendo todas las paredes, estos días aparecen desiertas. Este efecto se refuerza por la inexistencia de escaparates, ya que las tiendas de la medina suelen almacenar todas sus existencias en el interior y colgar las mercancías más atractivas de las fachadas.

   Un paseante con ganas de charla me contó la explicación oficial del cierre por obras de tantos monumentos. En 1996 la Unesco declaró patrimonio de la humanidad la medina de Mequinez, seguida años después por las de las otras tres ciudades imperiales: Rabat, Fez y Marrakech. Sin embargo, no fue hasta veintitrés años más tarde, en 2019, cuando el gobierno marroquí decidió emprender un ambicioso plan cuatrienal para las restauración de estas ciudades. En el caso de Mequinez, el proyecto acumula ya un año de retraso y no tiene aspecto de estar próximo a finalizar. Han terminado, eso sí, las obras de derribo de cientos de viviendas adosadas al interior y el exterior de las murallas, pero calculo que a la reconstrucción le quedan varios años por delante.

   Uno de los pocos edificios que pudimos visitar hoy fue el museo Dar Jamai, un palacio construido en el siglo XIX por el gran visir del sultán Muley Hassan. Situado en el borde de la medina más cercano a la Villa Imperial, es una buena muestra del poder y las riquezas acumuladas por aquel alto funcionario. Su amplitud, sus fuentes, el jardín y la riqueza de la decoración contrastan con la estrechez y la falta de ventilación de muchas viviendas de la medina.

   La parte baja del palacio, con enormes salones en torno a un patio, era donde se desarrollaba la vida pública del visir: reuniones, fiestas y despacho de asuntos oficiales, mientras que en la planta superior, con una decoración todavía más recargada, se centraba la vida familiar. Allí vivían las mujeres y los niños: ningún extraño podía acceder al harén, palabra que, en árabe, tiene el doble sentido de “sagrado” y “prohibido”.

   

   En la actualidad, el palacio alberga una excelente exposición de instrumentos musicales. Allí pude enterarme de lo que era la música gnawa, que llegó a Marruecos de la mano de los esclavos negros procedentes de la zona que se extiende entre el Sahel y el golfo de Guinea (hausas, bambaras, mandingas…). Sus ritmos con repetitivos y en las letras en árabe insertan palabras de sus idiomas originales. Se cree que los primeros gnawa llegaron a finales del siglo XVI, y ellos se consideran a sí mismos árabes, no bereberes; no por su origen racial, sino por su cultura.

   Las cofradías gnawa cultivan una mística relacionada con el sufismo y utilizan la repetición de determinados movimientos y del nombre de Allah para llegar a un estado de trance que les facilita la comunicación con la esfera de la divinidad. Este mismo trance aparece también en otras religiones sincréticas procedente del África, como el candomblé brasileño o el vudú haitiano. Las prácticas gnawa son consideradas heréticas por los musulmanes más estrictos.

   En Dar Jamai aprendí que en Marruecos hay muchas otras cofradías relacionadas con la música. La Aisawa, fundada en Mequinez por el mítico Cheij el Kamel, reúne a miles de fieles en su procesión anual, en la que los participantes danzan al son de la taaruja, el bendir, la ghaita, el laut, el ttabal y la tassa. Los miembros de Hamduchia, otra cofradía también fundada en Mequinez, alcanzan el trance mediante la repetición incesante de alabanzas a Allah y a Mahoma.

   12 de abril de 2024

   Hoy hemos pasado parte del día en la ciudad francesa, al otro lado de una vaguada que la separa la medina. Íbamos a la caza de edificios decó, en especial del Cámera Cinema, construido en 1938 y cuyo vestíbulo está decorado con un inmenso mural de Marcel Couderc. En el mural, que recorre toda la escalera del cine y que pudimos admirar tranquilamente gracias a la amabilidad de una taquillera, contiene imágenes de todo lo que en los años treinta representaba la modernidad: Tenistas, trasatlánticos, música de jazz, cine, rascacielos, ciclistas, carreras de caballos, boxeadores, la Estatua de la Libertad, marineros franceses…

   Unos metros más allá encontramos el Hotel Majestic, perfectamente restaurado y que mantiene en su interior gran parte de la decoración y mobiliario Art Déco.

      El contraste con la medina se hacía cada vez más evidente. Me imagino las caras de los marroquíes de la primera mitas del siglo pasado, entre la admiración y el desprecio, al ver los cambios introducidos en su vida por los ocupantes franceses.

   13 de abril de 2024

   Para evitar un día más recorriendo una ciudad cerrada, hoy hemos ido a Volubilis. Es una excursión sencilla: una carretera en buen estado nos condujo hasta la entrada de la ciudad romana, a poco más de treinta kilómetros de Mequinez. Muchas familias marroquíes habían tenido la misma idea que nosotros.

   La ciudad se alza sobre una colina, en el centro de un valle muy fértil, cubierto de olivos y trigales. Estábamos contemplando un paisaje muy similar al que vieron los cartagineses hace dos mil trescientos años y los romanos seiscientos años después. A esa riqueza agrícola se debe la fundación de la ciudad; el mismo nombre de Volubilis deriva de Oulili, el nombre bereber de una flor silvestre, todavía muy abundante en toda la zona.

   No fue difícil esquivar a los guías que se ofrecían a enseñarnos las ruinas en el idioma que quisiéramos. Comprendo que necesitan ganarse la vida, pero prefiero leer en un libro unos datos más o menos fiables y —sobre todo— pasear a mi ritmo, que escuchar los posibles errores e invenciones de algunos guías. Lo digo con conocimiento de causa, porque en varias ocasiones he sido testigo de las tremendas patrañas que nos cuentan a los grupos de turistas. En Ceuta me hablaron de la visita de los Reyes Católicos, Alfonso XIII y Victoria Eugenia, y en la torre Tavira de Cádiz me han mostrado la calle San José del Toro, sin que valieran de nada mis protestas de que José del Toro pudo haber sido un buen alcalde, pero nunca alcanzó los altares. El único alcalde de Cádiz santificado por decisión popular ha sido san Fermín Salvochea.

   Dos horas y media estuvimos recorriendo los mosaicos que decoran muchos de los palacios de la ciudad, en medio de una luz deslumbrante y bajo un cielo intensamente azul que nos acompañarían durante casi toda nuestra estancia en Marruecos. Nos preocuparon las malas condiciones de conservación de los restos mosaicos; no creo que duren mucho tiempo si las autoridades no toman medidas. Nada protegía los mosaicos de las inclemencias del tiempo, nadie eliminaba los matojos que crecían entre sus grietas y nadie impedía a los visitantes saltar las endebles barreras y pisar directamente los mosaicos; solo un par de vigilantes provistos de silbatos intentaban inútilmente controlar a las docenas de turistas.

   Un padre de familia, incluso, se encaró con mi cuñada cuando ella le reprochó que pusiera a sus hijos a posar en el centro de un mosaico ubicado en una zona de acceso prohibido.

   Sorprende el contraste entre las dimensiones de algunos palacios, de hasta cuatro mil quinientos metros cuadrados, y el exiguo tamaño de los dormitorios de servicio. Peor vivirían, estoy convencido, los esclavos y colonos que trabajaban las tierras de los nobles, y de cuyas chozas no ha quedado ningún vestigio.

   […]

   Merece la pena hablar de los riad, los alojamientos tan de moda últimamente. Influidos por varios artículos en revistas de viaje y por nuestra experiencia previa en Tánger, habíamos decidido alojarnos, siempre que fuera posible, en establecimientos de este tipo.

   Descubrimos,  a nuestra costa, que los riad suelen ser más bonitos y con mucho más encanto que los hoteles tradicionales, pero también bastante más incómodos. Escaleras estrechas y empinadas, habitaciones pequeñas y sin ventanas a la calle, mala cobertura de la red Wifi y cercanía excesiva a las mezquitas resultaron ser rasgos comunes a la mayoría de ellos.

   En el caso del Riad Mama, el que habíamos reservado en Mequinez, estas deficiencias se veían agravadas por la mala gestión. Nada más llegar, el encargado, que hablaba un francés muy elemental,

pretendió cobrarnos en metálico. Cuando le mostramos la reserva, en la que indicaba claramente que admitían tarjetas de crédito, se limitó a llamar al dueño por teléfono para que habláramos con él. El dueño nos prometió solucionarlo, pero no tuvimos más noticias suyas hasta cuatro días después, cuando nos pidió que retrasáramos nuestra marcha un rato, hasta que él llegara con un datáfono nuevo.

   El encargado se pasaba el día fumando canutos con un colega en la azotea del edificio; a veces hasta le costaba bajar las escaleras para abrir la puerta. Cuando nos quejamos porque no nos habían arreglado las habitaciones, volvió a ponernos con su jefe, el cual se disculpó y prometió solucionarlo. Era inútil preguntarle nada a Abdelganí, que así se llamaba el encargado. Era más fácil dirigirse a la cocinera, una señora mayor que no pretendía hablar francés pero al menos se esforzaba en entendernos. Si se acababa el papel higiénico, Abdelganí afirmaba estar désolé, como cuando protestábamos porque el pan o los bollos del desayuno eran del día anterior o se cortaba el funcionamiento de la WiFi, pero en ningún caso hacía nada para solucionar el problema.

   Se iba acabando el largo puente y los turistas brotaban de nuevo, como las setas tras las lluvias de otoño. También reabrían las tiendas de los zocos, mucho más amplios y modernos que los de Tetuán. Las principales calles de la median estaban cubiertas por unas techumbres de madera con celosías a los lados, para proteger a los caminantes del sol a la vez que dejaban circular el aire para refrescar un poco el ambiente.

   Aprovechando las circunstancias, a la vuelta de Volubilis pudimos cumplir uno de los dos ritos ineludibles para todo turista que visite Marruecos: comprar una alfombra. Es casi tan inevitable como la diarrea del viajero; puedes tomar precauciones, prometerte a ti mismo que no caerás en la tentación, pero, al final, todos acabamos pasando por el aro.

   El pecado lo cometimos en una tienda aneja al restaurante “Au gout de Meknès”, en cuya agradable terraza habíamos comido un par de veces. En el local, que el camarero nos describió primero como una cooperativa y luego como un negocio familiar, dormitaba el abuelo. Apareció luego el padre del camarero y, por fin, su hermano, que era quien en realidad llevaba el negocio.

   Por suerte, yo tenía muy claro lo que quería, lo que al vendedor le evitó extender por el suelo los cientos de alfombras que almacenaba y a mí me privó de gran parte del espectáculo. Yo quería un kílim tejido, no una alfombra de nudo, lo que reducía mucho el rango de precios. Las dimensiones que buscaba, unos setenta por cien centímetros, contribuían a cerrar el abanico, igual que los colores base (rojo o azul) y el diseño que buscaba, muy sencillo y basado en motivos bereberes.

   Los kílim marroquíes no tienen los dibujos entretejidos con la urdimbre, como los turcos y de otros países de Oriente Medio, sino bordados, lo que los hace menos resistentes pero permite una elaboración mucho más rápida.

   Cuando el dueño se convenció de que no iba a lograr vendernos sus productos más caros, las alfombras de nudo de dos o tres metros de largo, y se resignó a enseñarme lo que yo pedía, el ambiente se relajó notablemente y pronto encontré uno que me gustó. Casi igual de rápido fue el regateo, lo que me dejó con la impresión de que mi primera oferta había sido demasiado alta. Pero ya sabemos que el precio justo es el que satisface tanto al vendedor como al comprador, por lo que no me quejo en absoluto de mi compra. Espero que el kílim me acompañe largos años..

   14 de abril de 2024

   Marruecos no me parece un país preocupado por su futuro; muchos jóvenes están convencidos de que su vida será mejor que la de sus padres, pero creo que esa idea es más producto de la fe que del razonamiento. La población, muy concentrada en el noroeste del país, crece a un ritmo ligeramente decreciente del 1% anual, mientras que el PIB, una vez superada la pandemia, sube algo por encima. Sin embargo, la inflación, actualmente en un 6% anual, hace que el nivel de vida esté descendiendo. El 27% de la población tiene menos de 15 años, frente a un 13% en España; este dato objetivo coincide con mis impresiones subjetivas: las calles están llenas de niños. Es verdad que la tasa de desempleo (en torno a un 9%) está por debajo de la española, pero esa cifra no reconoce el subempleo ni la economía informal. Los jóvenes, con un paro cuatro veces superior, del 36%, están por encima de la media española.

   Por otra parte, la corrupción permanece incrustada en la sociedad. Aunque la situación parecía haber mejorado con el nuevo rey, la posición de Marruecos en el ranking mundial ha empeorado en los últimos años. No nos engañemos: Marruecos no disfruta de una verdadera democracia, sino que vive bajo un régimen autoritario y teocrático, en el que el rey, como Carlos de Inglaterra, es también la máxima autoridad religiosa del país.

   Mención aparte merece la situación de las mujeres, aunque, como turistas, no tiene en nosotros más consecuencias directas que el que los camareros, independientemente de quién pague la cuenta, me traigan siempre a mí la vuelta. Pero ver a esos jóvenes con ropas deportivas y peinados hipster junto a sus parejas, cubiertas desde la cabeza hasta los pies; a muchas niñas de pocos años con el hijab ocultando sus cabellos o a alguna mujer mayor con un litam tapándole la cara, excepto una estrecha ranura para los ojos, me revuelve las tripas. También en esto el nuevo rey trajo cierta esperanza. Su boda con Halma Sellami, que siguió teniendo vida pública después del matrimonio, parecía mostrar un ligero cambio de mentalidad, pero su casi desaparición (llegó a rumorearse que estaba secuestrada) tras su divorcio han mostrado que era un espejismo.

   Al día siguiente salimos para el desierto, pero esa es otra historia.

Para leer otros capítulos de este cuaderno, pincha sobre el nombre.

Tetuán de las Victorias:

Del vergel al desiert

La arquitectura del barro 

Uarzazate, el Hollywood del desierto

Marrakech, una distopía inminente

Sidi Ifni

Essauira

Rabat, la república de los piratas

Fin de trayecto

viernes, 7 de junio de 2024

Tetuán de las Victorias

   8 de abril de 2024

   Mi primer viaje a Marruecos fue en la primavera de 1973. Yo tenía 20 años (no es necesario echar la cuenta, nací en 1953), el dictador aún vivía y parecía que iba a seguir así eternamente. Por aquellos años compartía un piso de estudiantes en el barrio de Tetuán, pero casi nadie recordaba que por allí estuvo la casa del dirigente anarquista Cipriano Mera ni que en el patio del colegio de la esquina con Bravo Murillo se había organizado el Quinto Regimiento. El Ministerio del Interior nos había recordado que la Asociación de Vecinos estaba obligada a conservar el nombre de Tetuán de las Victorias. Ninguno nos atrevimos a preguntar de qué victorias se trataba. Años después descubrimos lo que no nos contaban en las clases de historia: en 1860, después de una guerra más, el ejército de O’Donnell, que regresaba a España después de ganar Tetuán al sultán Mohammed IV, acampó allí, donde entonces solo había pastos y dehesas. No éramos conscientes entonces de que toda victoria se empareja con una derrota, que lo que los españoles llaman “el desastre de Annual”, para los marroquíes es “la victoria de Annual”, ni no habían contado que Mohammed IV recuperó la ciudad dos años después de la victoria de O'Donnell.

   No voy a hablar ahora de aquel viaje, donde las ganas de aventura y la inexperiencia de nuestros pocos años formó una combinación que pudo haber sido explosiva. Ahora, cincuenta años después, nos disponíamos a emprender un largo (en días y kilómetros) recorrido por Marruecos.

   Mi mujer y yo embarcamos en Tarifa en el ferry que nos llevaría a Tánger. Tarifa, además de ser una de las mecas mundiales del kite-surf y de marcar la interfase biológica entre el Atlántico y el Mediterráneo, es también la ciudad en la que, en el 711, desembarcaron nueve mil soldados de Tarif ibn Malik, un caudillo bereber al servicio de Musa ibn Nusair, más conocido en España como El moro Muza, gobernador del norte de África durante el califato omeya.

   Es evidente que muy pocos o ninguno de esos nueve mil soldados venían de la península arábiga, por lo que no podemos llamarles árabes; es más correcto escribir que eran musulmanes y, en su inmensa mayoría, bereberes.

   Casi cuatrocientos años tardaría Sancho IV de Castilla en recuperar el control de Tarifa, y otros cuatrocientos más los llamados Reyes Católicos en eliminar de la península ibérica todo vestigio de dominio musulmán.

   Ya antes de que el ferry soltase amarras, a la sombra del castillo de Guzmán el Bueno, fui testigo de una escena que me impresionó: docenas de mujeres marroquíes arrastraban fardos enormes desde la bodega del buque hasta unos camiones que esperaban pocos metros más allá.


Eran las porteadoras, empleadas por los comerciantes atípicos (que yo llamaría directamente contrabandistas) para transportar mercancías entre Marruecos y España, simulando que se trataba de equipaje personal. El trasiego era descarado, a la vista de los agentes de aduanas que, se supone, deberían luego inspeccionar los camiones. 

   Este mismo tipo de contrabando se realizaba abiertamente entre Marruecos y Ceuta y Melilla hasta octubre de 2019, cuando las autoridades marroquíes lo suprimieron unilateralmente, tomando como pretexto el fallecimiento de dos porteadoras en una avalancha. Las perjudicadas por esta decisión fueron, como siempre, las más débiles: las porteadoras marroquíes. En lugar de un recorrido andando de unos cientos de metros a través de la frontera de El Tarahal, que habitualmente repetían varias veces al día, ahora se ven obligadas a realizar la travesía del Estrecho (una hora en cada sentido), con esperas de al menos dos horas en Tarifa para tomar el ferry de vuelta. En estas condiciones, solo pueden realizar dos portes al día, por lo que sus ingresos se han reducido considerablemente.

   Desconozco qué artículos traerán a España estas mujeres; en sentido contrario suelen transportar pequeños electrodomésticos y otros objetos manufacturados en China o en Bangladesh.

   Nada más desembarcar en Tánger y emprender la ruta hacia Tetuán, recordamos la expresión Allah’ akbar (Dios es grande) que gritan los almuédanos para llamar a la oración. Veintiocho días, cinco oraciones al día y una media de tres veces en cada llamada me dicen que habré escuchado esta expresión unas cuatrocientas veinte veces en el curso de este viaje. Dios no es grande, sino inmenso, omnipresente y misericordioso, me repito cada vez que contemplo una de las numerosas infracciones graves que me encuentro mientras conduzco. No se explica de otra manera que al final del viaje, después de recorrer más de tres mil quinientos kilómetros, no hayamos visto ni un solo accidente. Conducir en Marruecos es un deporte de riesgo.

   ¿Qué puede hacer un conductor marroquí? Casi todo lo que se le ocurra, excepto, aparentemente, usar los intermitentes: pararse en medio de la carretera o en una glorieta, girar a la izquierda o a la derecha, saltarse las rayas continuas o las señales de Ceda el Paso, pitarte si te detienes ante un paso de peatones o un semáforo en rojo, pararse en un puente para hacer fotos, conducir muy por encima o muy por debajo de los límites de velocidad, saltar la mediana de la autopista para cambiar de sentido… Todo vale. 

   Quizás la explicación a este comportamiento esté en el concepto de maktub, “está escrito”. Si está escrito que vas a morir en un accidente de tráfico, es inútil conducir con prudencia, pues nada puede salvarte de tu destino. Y si no está escrito, ¿para qué preocuparse?

   Después de solo una hora de conducción, respiramos al dejar el coche en un aparcamiento subterráneo de Tetuán.

   En el recorrido de apenas doscientos metros hasta Dar Rehla, la casa de huéspedes donde nos alojaríamos, me sentí retroceder otros tantos años. Empezaba a atardecer, era el penúltimo día del ramadán y una multitud se afanaba en hacer las últimas compras para llegar a casa a tiempo de la ruptura del ayuno. Por las callejuelas de la medina circulaba más gente que por la calle Compañía un martes de carnaval. A duras penas conseguimos arrastrar nuestras maletas entre los mostradores de pastelerías, fruterías y carnicerías que se apilaban junto a la puerta de Bab Tout. Carros de mano, bicicletas, borricos y peatones competíamos por el espacio.

   Recorrimos luego la calle de los peluqueros, donde al menos una docena de establecimientos atendían a una numerosa clientela masculina. Frente al local más cool,


casi veinte jóvenes aguardaban turno en plena calle. Aclaro aquí que, en el caso de esta medina de trazado claramente medieval, llamo calles a las que tienen dos o más metros de ancho y que transcurren a cielo descubierto en la mayor parte de su recorrido, mientras considero callejones a las más estrechas o que discurren, a modo de túneles, por debajo de los edificios que las rodean.

   Dejamos el equipaje en nuestra habitación y salimos de nuevo a la calle. No queríamos perdernos nada. Siguiendo los consejos del dueño de la pensión, abandonamos la medina, donde no existía ni un solo restaurante. En los cafés del barrio español, los clientes, hombres en su mayoría, esperaban sentados frente a platos llenos de dulces a que el almuédano decidiera que ya no se distinguía un hilo blanco de uno negro y un cañonazo anunciara que podía romperse el ayuno. Nosotros, como viajeros, estábamos exentos del ayuno pero no de la abstinencia; sin embargo, por respeto, esperamos al cañonazo para comer y nos sentamos en el Café Ocho Ríos para tomar un “menú ruptura del ayuno”, formado por un tazón de harira, un huevo duro, un pestiño, cuatro dátiles y un bollo relleno de chocolate.

   Durante la cena, las calles se quedaron casi vacías. Guardacoches, algún vendedor de lotería, desocupados en general y muy pocos turistas, por no decir ninguno, daban a Tetuán un aire apocalíptico. Un par de horas después, tras la oración de isha, la noche, las calles volvieron a animarse. Abrían los comercios, se instalaban de nuevo los vendedores callejeros, las familias paseaban y hacían compras como si fuera un día laboral a media tarde.

   A las cuatro de la madrugada me despertaron los altavoces de varias mezquitas del barrio anunciando la oración de fayr, el alba. Este despertar no deseado nos acompañó en casi todas las noches de nuestro recorrido por Marruecos.

   9 de abril de 2024

   Mientras recorríamos el barrio español de la mano del libro sobre arquitectura colonial española escrito por mi difunto amigo Julio Malo de Molina, recordé la intensa relación que Tetuán ha tenido con España. No solo fue la capital del Protectorado Español (desde 1912 hasta 1958), sino que en varias ocasiones ha sufrido las guerras con españoles y portugueses. Base de piratas y corsarios, fue atacada en 1399 por Enrique el Doliente y destruida por los portugueses treinta y ocho años después.

   Tras la conquista de Granada por los Reyes Católicos, acogió a cientos de refugiados andaluces, tanto judíos como musulmanes. Durante el reinado de Felipe III recibió (de no muy buena gana) a gran parte de los moriscos expulsados de la Península.

   En la época del Protectorado, de allí salieron expediciones militares tanto contra el mafioso Al Raisuni como contra Abd-el-Krim, líder de la independencia rifeña. Entre esos conflictos transcurre la acción de La ruta, de mi admirado Arturo Barea.

   El 17 de julio de 1936 fue una de las primeras ciudades cuya guarnición se sumó al golpe militar contra la Segunda República. El bombardeo de la ciudad por parte de un avión republicano procedente de Sevilla estuvo a punto de provocar una rebelión popular contra el ejército español.

   En el trazado urbano de la ciudad se aprecia una notable diferencia con el de las principales ciudades del protectorado francés. En Tetuán no hay, como en Marrakech, Mequinez o Rabat, amplios espacios libres que separen racialmente los barrios. Aquí la medina, el barrio español y la mellah se unen en una plaza, que fue de España y ahora se llama El Mechouar.

   Una visita al antiguo Casino de Oficiales me devolvió a mi infancia ferrolana. Si no fuera por la presencia de algunos hombres con la vestimenta tradicional marroquí diríase que habíamos vuelta a la más pura y rancia esencia social del franquismo. Un público exclusivamente masculino, dedicado por partes iguales a contemplar la vida de la avenida Mohammed VI por los grandes ventanales, a leer el periódico y a dejar pasar el tiempo mirando al infinito. Unos carteles en árabe, de apariencia conminatoria, que supongo prohibían la entrada a los no socios (hace años habría sido a los indígenas). Unos periódicos atornillados a unos largos soportes de madera para que nadie tuviera la tentación de llevárselos a su casa. Un conserje tan anciano como los clientes, que toleró la invasión de tres turistas en la planta baja pero nos impidió la subida a la segunda. Una decoración de los años veinte, que más que modernista yo llamaría antigüista.


   De la ciudad española pasamos a la judía, que nos sorprendió por sus calles rectas y perpendiculares unas a otras, en contraste con la medina. Primero pensamos que sería de reciente construcción, pero luego encontramos el mismo patrón urbanístico en las mellah de otras ciudades. Se me ocurre una explicación para esta característica: durante las dinastías bereberes, los judíos vivían perfectamente integrados y no existían barrios específicos para ellos. Con las llegada de las dinastías de origen árabe (saadíes y alauitas) se decretó la segregación y los judíos se vieron forzados a abandonar las medinas medievales y mudarse a nuevos barrios, las mellahs, de trazado más acorde al siglo XVI en que se crearon.

   Lo que no queda es casi ningún judío en su antiguo barrio; al parecer, la mayoría ha emigrado a Israel.

   Decir que la medina de Tetuán es laberíntica sería un lugar común demasiado evidente. Ni siquiera con un buen mapa es sencillo orientarse y hasta la señal de GPS se pierde en los callejones más estrechos. Si no se quiere acabar en un fondo de saco conviene ceñirse a las calles más frecuentadas. Tampoco resulta demasiado útil preguntar a alguien por la situación de algún punto de interés. Cuando haces eso, es muy probable que se empeñe en acompañarte hasta su destino, sepa o no dónde está. Es una cosa que me sorprendió en Marruecos: la cantidad de veces que recibimos informaciones falsas o, al menos, claramente erróneas. A los pocos días aprendí a no creerme nada de lo que me decían y a tratar de corroborarlo por otras fuentes. Mi cuñada me tachaba de desconfiado. Cierto, pero es una desconfianza fruto de la experiencia, no de prejuicios. En el fondo, creo que no lo hacían por despistarnos, sino por su afán de ayudar y de quedar bien delante del extranjero. ¿Cómo van a decirle a un viajero que no conocen ese mercado indígena por el que pregunta, o, peor aún, que nunca ha existido tal mercado? Algo muy similar nos pasó en Japón, donde los paseantes nos rehuían si pensaban que íbamos a preguntarles algo, o en Indonesia, donde era mejor no hacer preguntas abiertas al preguntar por el camino a algún sitio.

   Durante gran parte de nuestro recorrido por la medina nos acompañaron Sarita, de unos tres años, y sus hermanos, algo mayores. Era enternecedor ver a los dos niños cuidando de su hermanita y a los artesanos, tenderos y paseantes pendientes de los tres chiquillos, regalarles alguna chuchería o un simple saludo cariñoso.

   La separación de gremios no es ahora tan estricta como hace unos siglos, pero todavía se detecta en algunas calles una especial concentración de pollerías, barberos, hojalateros o esparteros. Otro aspecto que diferencia la medina de la ciudad moderna son los ruidos. En los callejones de la medina no se escuchan bocinazos ni petardeos de escapes, sino cacareos de gallinas, rebuznos, salmodias de Corán en las madrazas, martilleo de los hojalateros, campesinas pregonando frutas o verduras frescas, almuédanos llamando a la oración, maullidos de innumerables gatos, pitidos de algún móvil o niños jugando a la pelota.

   Para finalizar nuestra exploración de la medina, ascendimos por entre barrios cada vez más humildes hasta la Kasbah, pero el antiguo Cuartel de Regulares estaba cerrado por reconstrucción.

   10 de abril de 2024

   Hoy se celebra Eid-el-Fitr, la fiesta del fin del ayuno y la abstinencia. Desde primera hora de la mañana, desde nuestra habitación escuchamos cantos y tambores. Un grupo de jóvenes, reunido en nuestra calle en torno a unas mesas adornadas con manteles blancos y flores, como para una boda, coreaba con mucho entusiasmo unas melodías sencillas acompañadas por el ritmo de las darbuka. Eran miembros de una cofradía. Más tarde, llegó otro joven con un equipo de sonido y dos buenos altavoces. Los cánticos desaparecieron, derrotados por el volumen de la música grabada. Se están perdiendo las tradiciones.

   Las calles estaban irreconocibles, con los comercios y oficinas cerrados, excepto alguna tiendecilla de conveniencia. Por la ciudad nueva no circulaba casi ningún coche y la gente paseaba estrenando ropa; había aumentado mucho la proporción de quienes vestían el atuendo tradicional. Los jóvenes, chicos y chicas por igual, presumían de peinado recién hecho; diríase que era el Domingo de Ramos en cualquier ciudad española.

   Pese a la animación callejera, seguía siendo complicado encontrar un sitio para cenar. Comer en un restaurante no forma parte de la cultura marroquí, especialmente en los días de fiesta; solo come fuera quien, por motivos de trabajo o viaje, no tiene otro remedio. En una ciudad poco visitada, como Tetuán, solo hay un par de restaurantes, claramente orientados a los turistas. En la mayoría de los cafés no se sirven comidas, aunque no se oponen a que lleves unos pasteles de alguna patisserie cercana. Solo en los locales de comida rápida, como pizzerías o shawarmas, que a su vez son los únicos frecuentados por mujeres, se puede comer algo.

Mañana viajaremos hasta Mequinez, pero esa es otra historia.

Para leer otros capítulos de este cuaderno, pincha sobre el nombre.

Mequinez 

Del vergel al desiert

La arquitectura del barro 

Uarzazate

Marrakech

Sidi Ifni

Essauira

Rabat: La república de lospiratas

Fin de trayecto





viernes, 31 de mayo de 2024

"LOS PERROS DE RIGA" de Henning Mankell: Wallander en la Letonia de 1990, que ansiaba liberarse del férreo cepo de la URSS.

 Queridos Cinéfilos:

Especialmente me dirijo a los que sois amantes de la literatura meta policíaca, esto es, la que produce novelas que no se limitan a describir el proceso de investigación de asesinatos u otros crímenes, sino que también incluyen un análisis más o menos profundo del contexto social y/o político en que están inmersos los personajes de dichas novelas, siendo este objetivo tan relevante como la resolución de los crímenes e, incluso, a veces más, modalidad policíaca que supongo se inició con la la llamada "novela negra" norteamericana. 

Ya en diciembre de 2012 desvelé aquí que en mi adolescencia, muy especialmente durante las largas vacaciones veraniegas de entonces y posiblemente por ser hijo único, "devoraba" novelas de Agatha Christie protagonizadas por el famosísimo Hércules Poirot, cuyo núcleo esencial era el esclarecimiento de casos de asesinato, incluyendo en ello, en tanto fuera necesario para su resolución, un análisis de la personalidad de los implicados, casi siempre pertenecientes a la burguesía o a la alta sociedad, junto con sus sirvientes, prestando casi nula atención a la problemática de las clases menos favorecidas o a los cambios sociales que fueron muy importantes entre las dos guerras mundiales, justo las dos décadas en las que se desarrollan las más célebres novelas de esa autora. Pero como sus tramas eran muy originales, endiabladamente complejas y yo todavía muy poco consciente de la problemática social, pronto llegué a considerar a Agatha Christie mi escritora favorita y, aún ahora, le debo el enorme reconocimiento de haberme hecho amar la literatura descubriendo el placer de la lectura cuando, ya preadolescente, había abandonado al Capitán Trueno. Y todavía ahora, confieso, cada pocos años leo o releo alguna novela suya.

Según fui madurando aprecié cada vez más las novelas meta policíacas y por ello retomo hoy a Henning Mankell, excelente novelista y director teatral sueco (además de yerno de ¡Ingmar Bergman!, nada menos) del que ya os recomendé aquí en 2012  "Asesinos sin rostro" su primera novela policíaca (con un muy fino comentario adicional de Belén, que también  podéis leer en ese mismo enlace), obra iniciática de la serie en la que presenta al inspector Kurt Wallander, personaje que supongo es su trasunto ideológico, que vive y trabaja en Ystad, pequeña ciudad de 20.000 habitantes a unos 50 kms de Malmö, en la región de Escania, en el extremo sur de Suecia.

Basta ya de introducción sobre el autor y su personaje, porque cuando Mankell falleció en 2015, Ana D. publicó aquí sobre él un análisis muy acertado como obituario, que a su vez fue apoyado por un comentario de José Ramón (accesibles los dos en este enlace) que, junto con el anterior citado de Belén, son absolutamente definitorios de Wallander y su contexto, por lo que vamos al objeto específico de hoy. 

He leído este otoño la segunda novela de la serie escrita por Mankell y protagonizada por ese inspector,  "Los perros de Riga", sobre un crimen cuando dos cadáveres de hombres asesinados arriban a la costa sueca en 1990 en un bote salvavidas llevado por corrientes y mareas, que rápidamente se constata corresponden a personas letonas, presuntamente provenientes de la orilla opuesta del Báltico, por lo que la policía sueca debe contactar y coordinar su actuación para resolver el caso con la policía de la República de Letonia, en esa época aún soviética y federada en la URSS, aunque ya en proceso de intentar recobrar su perdida independencia aprovechando la apertura de la Perestroika del nuevo Presidente de la URSS, Mijail Gorbachov, existiendo en el país un movimiento pacífico de resistencia nacional letona contra la ocupación soviética que aumentaba día a día su activismo social para conseguirlo.

En las dictaduras, más aún cuando se da el caso de que el omnipotente Estado tiene la entidad de imperio multinacional, con una etnia o nacionalidad preponderante (como destacadísimamente lo fue Rusia en la URSS y, en menor grado, Serbia en Yugoeslavia), las estructuras administrativas de los poderes social, judicial y policial represor siempre están infiltradas/controladas por agentes al servicio del Imperio, "nomenklatura" que a lo largo de su existencia desdobla su actuación generando redes mafiosas de corrupción piramidal que incluso puedan supervivir en una hipotética futura desagregación del Imperio al independizarse de él  los países subordinados. Interesante entorno para la acción de esta novela, ¿no?  

Subrayo, por ser muy importante para entender el contexto en el que se desarrolla la trama, que los tres países bálticos menores, Estonia, Letonia y Lituania, fueron incorporados manu militari a la URSS, tras ser físicamente "intervenidos" en la primavera de 1940 por el Ejército Rojo para "asegurar su independencia" en la fase más expansiva de la Segunda Guerra Mundialacción  "casualmente" simultánea con la exitosa invasión alemana de Holanda, Bélgica e inmediatamente Francia, mientras el ejército aliado franco/británico estaba siendo derrotado y ésta ocupada y rendida por Alemaniarazón por la cual ninguna de las dos potencias occidentales tuvo la mínima oportunidad para auxiliar a los tres pequeños países bálticos "deglutidos" por la URSS, que no osaron defenderse, teniendo muy en cuenta la inmediatamente anterior experiencia de Finlandia, mayor que los tres juntos, que sí lo intentó heroicamente al ser invadida el 30 de noviembre de 1939, tras negarse a las exigencias de cederle territorio nacional y bases estratégicas, teniendo que rendirse tras tres meses de numantina resistencia ante un enemigo que disponía de una población y recursos 25 o 30 veces superior. Finlandia había tenido que aceptar, como mal menor, ceder el 10% de su territorio a la URSS, incluyendo la importante ciudad de Viipuri (que todo sigue formando parte de Rusia) y mantener una independencia tutelada por Putin. Perdón, por Stalin, quise escribir, que, recordemos, previamente había firmado con Hitler el ominoso acuerdo de amistad y cooperación de agosto de 1939 para repartirse Europa, empezando en septiembre por Polonia. Os refiero a mi comentario en este mismo Foro sobre la excelente y rigurosamente histórica "Katyn", del gran maestro polaco Andrzej Wajda, que en 2007 pudo exponer lo que nunca le fue permitido en la época dictatorial comunista en Polonia, a pesar de ser considerado ya entonces el director más internacionalmente reconocido de ese país.

Como soy muy aficionado a la Historia, quizás me he extralimitado en las referencias, pero, ¿de verdad todos conocíais estos antecedentes acerca del papel libertador del Ejército Rojo en los inicios de la Segunda Guerra Mundial cuando actuaba coordinado estratégicamente con la Wehrmacht nazi devorando la  Europa libre simultáneamente? 

Reitero que ese odio/temor anti ruso que impregnaba a la gran mayoría silenciada de la población letona en 1990 (temor que, aunque disminuido, siguen manteniendo ante las amenazas del actual Zar/Presidente ruso) es un elemento esencial en la trama de la novela, hasta el punto de que cuando se edita un año después de la fecha en que la escribió Mankell, él añadió una nota final muy reveladora del curso de la Historia que fue y la que pudo ser en ese plazo. Chapeau!  

Y no creo que sea necesario añadir nada más para respaldar mi consejo de que leáis a Mankell, ahora que empieza la Feria del Libro en Madrid, ya sea las novelas de Wallander, empezando por la primera, la ya aquí muy comentada "Asesinos sin rostro" y siguiendo con esta segunda, "Los perros de Riga", o con una totalmente desconectada de este personaje, que el "Cinéfilo" Antonio R. me aconsejó y me gustó mucho, aunque sea de tema triste, "Zapatos italianos", de la que tan sólo di aquí una mínima referencia.

Muy buena e interesante Literatura, Amigos.

Manrique