sábado, 14 de febrero de 2015

EL BALCON EN INVIERNO, de Luis Landero




 Hace unos días, almorzando con Luis Landero, del que fui compañero y sin embargo amigo como diría aquel cronista, me aseguró que ya lleva cinco ediciones de “El balcón en invierno”, lo que supone una tirada de bastantes miles de ejemplares, todo un éxito editorial en estos tiempos difíciles para los autores, y yo diría que merecido. Porque las 245 páginas de “El balcón en invierno”, publicado por primera vez en septiembre de 2014, se degustan en un santiamén, o eso fue al menos lo que me ocurrió a mí, que las devoré entre las tres de la tarde y las tres de la madrugada de un día del pasado enero.

Claro que muchos de los referentes autobiográficos que ilustran este tierno relato del escritor extremeño ya los conocía por conversaciones con su protagonista, con el que trabé amistad en el campus de la Universidad Complutense cuando coincidimos, a principios de la década de los 70 del pasado siglo, matriculados en la licenciatura de Lengua y Literatura Hispánicas, devenida después en Filología Hispánica.

Luis siguió la senda de la enseñanza en un centro público tras aprobar las correspondientes oposiciones, una época en la que había perspectivas de futuro para los licenciados cuando España estaba a punto de salir de la larga noche de la dictadura franquista. Al menos había oferta pública de empleo y muchos compañeros de carrera optaron por conseguir alguna de aquellas plazas.

Por esas mismas fechas, yo alternaba los estudios en la Facultad de Letras con los de Periodismo en la Escuela de la Iglesia –entonces no había aún Facultad de Ciencias de la Información- y muy pronto comencé a ejercer esa apasionante profesión a la que estuve ligado por espacio de cuarenta años, y con la inmensa suerte de practicarla en medios diferentes.

Una vez que concluimos nuestros estudios universitarios, la relación con Landero se interrumpió unos años pero, afortunadamente, y gracias a unos amigos comunes de la época de la Facultad retomamos el contacto que coincidió con la época en que publicó su primera y fascinante novela, Juegos de la edad tardía (1989), que le valió los premios de la Crítica de aquel año y el Nacional de Narrativa de 1990. Aquel libro –espero que muchos de vosotros lo hayáis leído- supuso una verdadera conmoción en el panorama literario español.

Luis, que tiene la misma edad que yo (66), trabajó con ahínco en la elaboración del texto de aquella novela, cuya redacción perfiló durante varios años y llegó a escribir tres versiones hasta que a su autor le pareció que podría ser digna de publicarse. Juegos de la edad tardía tenía mucho de crónica de la posguerra española y muchas notas de perfil autobiográfico porque, a fin de cuentas, todo escritor que se precie habla siempre del yo y de sus circunstancias, parafraseando a Ortega y Gasset. Su protagonista, Gregorio/Faroni, bien puede ser un trasunto del propio escritor.

Tras aquel primer éxito, Landero ha publicado otras siete libros de relatos y novelas –Caballeros de fortuna (1994), El mágico aprendiz (1998), El guitarrista (2002), Hoy, Júpiter (2007), Retrato de un hombre inmaduro (2010), Absolución (2012) y El balcón en invierno- que han demostrado su calidad literaria en el soberbio manejo de situaciones y ambientes y en la descripción de sus personajes.


Foto reciente de mi amigo Luis Landero
El balcón en invierno tiene mucho de realidad íntima de su autor y muy poco o nada de ficción. A lo largo de los distintos capítulos, Landero describe cómo se hizo a sí mismo, buscándose la vida tras dejar el pueblo natal de la lejana Extremadura y venirse a Madrid con su familia dispuesto a ser “un hombre de provecho”, según prometió a su padre, una figura poderosa que marca las vicisitudes del autor en aquellos años en que comienza a alternar sus trabajos en comercios, talleres y oficinas con sus estudios nocturnos, lo que le permite descubrir su verdadera vocación, la literatura, aún a costa de renunciar a otra de sus grandes pasiones, la guitarra. Animado por un primo suyo, tal como cuenta en el libro, Landero aprendió a manejar el bello instrumento en una academia, lo que le permitió intervenir en conciertos y viajar por España y por el mundo.

Pero la aventura equinoccial tocó a su fin y Landero comenzó a leer con fruición a los clásicos y a los contemporáneos hasta que logró fundir sus ansias de “hombre de provecho” con las de escritor de fama.

Y en esas estamos. Ahora me toca leer Absolución, que fue proclamada la mejor novela de 2012 por la crítica. Cuando la termine ya os contaré. De momento os aconsejo que os asoméis a este “balcón”, editado por Tusquets, por la módica cantidad de 17 euros y me digáis qué os parece…

Javier PARRA


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