lunes, 27 de mayo de 2019

La divina sabiduría

La tarde del viernes, después de la excursión a Rila, la dedicamos de nuevo a pasear por el centro de la ciudad, cuyos edificios oficiales son una curiosa mezcla de estilos. Desde un palacete ecléctico de la época otomana, que ahora alberga la Galería Nacional de Arte, hasta una sala de exposiciones ubicada en los antiguos baños públicos, un precioso edificio en estilo modernista arabizante.

Terminamos el día paseando por la calle Vitosha, el verdadero corazón de la ciudad. Cerrada totalmente al tráfico rodado, está llena de terrazas y restaurantes, y es un punto ideal para observar la mezcla étnica de los habitantes de esta ciudad de más de millón y medio de habitantes.

El sábado, por fin, deja de llover. Amanece muy temprano, con un sol que parece sacar a toda la ciudad a pasear. Dedicamos la mañana a visitar —por fin— muchos de los edificios que habíamos visto por fuera las dos tardes anteriores. Empezamos recorriendo las ruinas romanas descubiertas bajo la plaza de Serdika, que incluyen desde un tramo de las antiguas murallas hasta un anfiteatro de sesenta metros de largo y más de cuarenta de ancho, muy poco visitado.

En el extremo norte del bulevar Princesa María Luisa, y visible desde la misma plaza se levanta la Mezquita de los Muchos Baños, construida en 1576 y único lugar abierto al culto musulmán en toda la ciudad. No olvidemos que Bulgaria perteneció al imperio otomano hasta 1878, hace solo ciento cuarenta años, cuando fue conquistada por las tropas rusas. Su arquitecto, Sedefkar Mehmet Aga, es el mismo que años después diseñaría la Mezquita Azul. Aunque de mucho menor tamaño, su interior ya adelanta la luminosidad de su hermana mayor. Por desgracia, los baños que dan nombre a la mezquita, y que se ubican sobre unos manantiales termales, hace años que dejaron de cumplir esa función.

Justo enfrente de la mezquita está el Mercado Central, un edificio victoriano con estructura de hierro fundido. Nos resulta un tanto decepcionante, sobre todo después de haber leído en una guía que recordaba a los grandes bazares turcos. Un par de pescaderías, varias carnicerías y alguna frutería ocupan una pequeña parte del mercado; el resto de las tiendas se dedican a la venta de suvenires de poca calidad, de ropa pasada de moda o de trastos diversos al estilo de un bazar chino.

Al ser sábado, día de descanso para los judíos, la Gran Sinagoga está cerrada, pero el barrio de alrededor hierve de gente. Muchos locales dedicados a las ocupaciones tradicionales de los judíos: joyeros, ropavejeros, relojeros y chambones, pero también había comercios de barrio: alimentación, peluquerías, pequeños electrodomésticos, ropa un tanto cursi… A unos cientos de metros nos encontramos el llamado Bazar de las Mujeres, lleno de campesinas con los productos de su huerto, vendedores ambulantes, puestos de aceitunas o de pescado seco, tiendas de herramientas domésticas o agrícolas, cerámica, lana y tejidos artesanales. Este era el verdadero bazar, mucho más animado que el decadente Mercado Central.

Cruzamos de nuevo por la inevitable Serdika, y después de asistir a los preparativos de un bautizo en la enorme iglesia de la Semana Santa, nos acercamos a visitar la minúscula iglesia Rotonda San Jorge, encajada en un patio entre el Hotel Balkan y el Ministerio de Educación y Ciencia. Me imagino que los amantes del esoterismo dirán que allí confluyen las líneas de fuerza, o algo parecido, porque el templo se fundó en el siglo IV en los terrenos que había ocupado anteriormente un templo precristiano, y en el siglo XVI, en la época otomana, se utilizó como mezquita. En la actualidad sigue abierto al culto ortodoxo, según me confirma la beata que se ocupa de la tienda de recuerdos. Porque una de las cosas buenas que se han conservado de la época soviética es que los monumentos, tanto religiosos como laicos, son en general de entrada gratuita. Las iglesias se financian con los donativos de sus fieles y la venta de velas, iconos y recuerdos. En el interior se conservan frescos del Cristo Pantocrátor en la cúpula y varios frisos con retratos de profetas en el tambor, algunos de ellos del siglo X.

A pocos metros de la iglesia de San Jorge está el Museo Nacional de Arqueología, instalado en el edificio que en su día albergó la Gran Mezquita del Viernes. No se le habría podido dar mejor destino a tan imponente edificio, convertido ahora en un templo de la ciencia. Todo el museo se organiza en torno a la nave central de la mezquita, con solo dos o tres pequeños cubículos para colecciones muy especializadas, entre ellas la interesantísima Sala del Tesoro. Su colección de piezas tracias se considera la mejor del mundo, debido a que gran parte de la antigua Tracia se encontraba en lo que actualmente es Bulgaria. Algunos irrendentistas búlgaros aspiran a recuperar aquellos territorios, que se extienden por Macedonia del Norte y la Turquía europea, olvidando que en ese caso tendría que abandonar gran parte del norte y oeste de Bulgaria. Así son los nacionalismos.

Las tribus tracias, con una cultura bastante consolidada, comerciaron con las ciudades-estado griegas hasta que fueron sometidas por aquellos mismos griegos, codiciosos de sus reservas minerales. Gracias a su costumbre de enterrar a los nobles junto con sus caballos y carros de combate, se conservan muchos ornamentos ecuestres en plata. Uno de los tracios más famosos de aquellos tiempos fue el gladiador Espartaco. En el siglo VI antes de nuestra era, el país fue ocupado por los persas, y en el año 46 el emperador Claudio lo anexionó al imperio romano.

La zona fue invadida por tribus eslavas y búlgaras en el siglo V, en el momento de mayor esplendor de su historia. Por aquellos tiempos, los monjes Cirilo y Metodio, hijos de padre bizantino y madre búlgara, crearon el alfabeto glagolítico, del que luego se derivaría el cirílico. En el 865, el rey Boris I se convirtió al cristianismo, arrastrando con él a todos sus súbditos.

En los siglos XII al XIV, el Imperio Búlgaro fue la potencia dominante en los Balcanes, extendiéndose entre el rio Dniéster por el norte, el Adriático por el oeste, el golfo de Corinto por el sur y el Mar Negro por el este. Su independencia terminó en 1396, con la invasión otomana.
Después de reponer fuerzas, seguimos nuestro recorrido por la capital. La coqueta Iglesia Rusa nos sirve de aperitivo, antes de meternos en la monumental Catedral de San Alexander Nevsky. De entrada, me sorprende el nombre, yo siempre había asociado a este señor con un guerrero, cuya biografía cuenta magistralmente Sergei M. Einsenstein en la película del mismo nombre. En el siglo XIII, este príncipe de Novgorod defendió con éxito el norte de Rusia contra el ataque de los teutones; la batalla se libró sobre la superficie helada del lago Peipus. También tuvo que hacer frente a la invasión de Rusia por el ejército mongol dirigido por Gengis Khan. No parecen grandes méritos para alcanzar la santidad, pero en España tenemos a Fernando III el Santo, “liberador” de Andalucía del dominio musulmán.

La catedral, espectacular por sus dimensiones, está coronada por una cúpula dorada de 52 metros de altura, pero me decepciona bastante por dentro. Las pinturas que la decoran, del siglo pasado, no me parecen comparables —ni de lejos— a las de la iglesia de la Natividad de Rila. Lo que impresiona es la riqueza de su decoración, con lámparas traídas de Múnich, rejas berlinesas, ónice brasileño y mosaicos venecianos. Por encima del nivel de los fieles normales, el trono del zar, del tamaño de una cama de matrimonio, construido en mármol blanco y situado a la derecha del iconostasio. En el lado opuesto se conserva una costilla de Alexander Nevski.

La construcción de la catedral se llevó a cabo entre 1904 y 1912. Fue diseñada por el arquitecto ruso Alexander Pomerantsev, que se inspiró en el estilo neobizantino, muy de moda en la Bulgaria de la época.

Mientras paseamos, veo que todas las calles del centro están cubiertas de piedra amarilla. A parecer, fue un regalo de la familia real austro-húngara con motivo de las bodas, a comienzos del siglo pasado, de Fernando I, primer rey de Bulgaria tras la retirada de los otomanos.

Esa noche queremos cenar en un restaurante especializado en cocina búlgara, el Rakia Raketa (literalmente, cohete de aguardiente), no muy lejos de nuestro apartamento. Cuando llegamos está algo más que completo, pero no muy lejos nos encontramos otro, el Maistor Manol (Maestro Manolo), en una esquina del bulevar Dondukov. Resulta un acierto total. El menú contiene delikatessen tales como cabeza de cordero deshuesada, higadillos y corazones de pollo, callos fritos o hamburguesas de caballo. Todo lo que pedimos está delicioso, y las raciones son muy abundantes, de acuerdo con el peso que indica la carta.

Alrededor de nosotros cenan familias con niños y grupos de parejas, y tres músicos interpretan piezas de baile, con muy poco éxito. El cantante, muy bajito, se acerca varias veces a nuestra mesa, pero por suerte no nos saca a bailar. Llega después una rubia altísima, bien apretada, que se sienta junto en el estrado. Todos esperamos que salga a bailar, pero resulta ser la novia del teclista, un eslavo de su misma talla.

No he hablado hasta ahora de las bebidas búlgaras, pero no porque no existan. Buenas cervezas nacionales (Karmenitsa, Burgasko) y checas (Staropramen); vinos de calidad, en muchas ocasiones elaborados por el mismo propietario del restaurante, vodka, y la omnipresente rakia, un aguardiente similar al raki turco, pero sin sabor a anís. Pruebo una rakia casera (y por tanto ilegal), que el barman esconde bajo la barra en una botella de Fanta. Sabe y huele, sin ninguna duda, como cualquier orujo gallego, sin el menor rastro de las peras con las que, según el barman, está elaborado. A la mañana siguiente, el dolor de la cabeza me confirma su parentesco con el orujo de mi tierra natal.

A mitad de la cena viene a saludarnos uno de los camareros, que habla perfecto español después de varios años trabajando en la Costa del Sol, y por fin llega el mismísimo Maestro Manolo, el cocinero y propietario, que también ha trabajado en la hostelería española hasta ahorrar lo suficiente como para comprar el restaurante.

El domingo amanece también despejado. Queremos visitar la iglesia de Boyana, en las afueras, declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en 1979.

Antes de salir del apartamento planificamos cuidadosamente el recorrido, aparentemente muy sencillo. Metro desde Serdika hasta la estación Vitosha, que es final de trayecto, y desde allí el autobús número 64 dirección Zoopark, hasta la parada Boyansko Hanche. La primera parte del viaje transcurre sin ningún problema, pero cuando llevamos ya un rato en el autobús nos damos cuenta de que va en sentido contrario a nuestro destino. Le preguntamos al conductor, que nos confirma que nos hemos equivocado, pero que no tenemos más que seguir un poco más hasta la cabecera de línea, y esperar unos veinte minutos hasta que el autobús inicie el camino de vuelta. Habla un buen ruso, del que está muy orgulloso, y que —por supuesto—, ha aprendido en la escuela.

Escarmentado ya de que los jóvenes no hablaran ni palabra de ruso, esperé a que se sentara detrás de mí una pareja de cierta edad, aparentemente eslavos, para preguntarles muy educadamente si sabían cuál era la parada para la iglesia de Boyana. Resultaron ser italianos, milaneses por más señas, y estar tan despistados como yo. Pero con la siguiente pareja de edad la regla funcionó, y no solo nos avisaron al llegar a nuestra parada sino que nos explicaron cómo subir a la iglesia, unos doscientos metros monte arriba.

Al llegar a la iglesia nos encontramos la puerta cerrada y otros turistas que nos dicen que solo se puede entrar en visitas guiadas de doce personas, y que están todos los turnos reservados hasta cinco horas más tarde.

Una breve conversación con la encargada resuelve el problema. Si aceptamos no entrar los cinco a la vez, nos irá empotrando en los grupos organizados que copaban el acceso. La mujer cumple su palabra, y nos cuela a dos en un grupo de malayos y a tres en otro. Media hora después hemos terminado nuestra visita, ya que cada grupo no puede permanecer más de diez minutos en el interior de la pequeña iglesia.

Se entra al edificio por la fachada principal, una ampliación de mediados del siglo XIX, sin mayor interés. A continuación se pasa al cuerpo central, un añadido de mediados del siglo XIII. Esta parte consiste en una sepultura familiar en la planta baja con una bóveda semicilíndrica y dos arcos en los muros norte y sur, y una primera planta para la capilla familiar cuyo diseño es idéntico al de la iglesia primigenia.

La zona más antigua de la iglesia, al este, es un ábside con bóveda de crucería. Fue construido durante finales del siglo X o principios del XI. La iglesia es célebre por sus frescos, realizados en 1259 sobre otros más antiguos, de los que solo quedan fragmentos. Representan uno de los ejemplos más completos y mejor conservados del arte medieval de Europa Oriental. Según las guías, son ochenta y nueve escenas con doscientas cuarenta figuras humanas, aunque tengo que confesar que no las conté. Una de ellas representa a Cristo adolescente, cosa muy poco habitual en el arte cristiano, que suele saltar del Jesús niño al adulto.

Las escenas del nártex, que ilustran la vida de San Nicolás, contienen detalles de la sociedad de la época: en El milagro en el mar, el barco y los sombreros de los marineros recuerdan a la flota veneciana; en otras ocasiones el santo aparece vestido de obispo. En Bulgaria, como en muchos otros países del norte y este de Europa, San Nicolás (Santa Klaus) cubre el papel que los Reyes Magos tienen en España. El 5 o el 6 de diciembre, según el país, este obispo llega procedente de Alicante, con su larga barba blanca y su capa roja, cargado de regalos para los niños que se han portado bien. No conseguí enterarme de por qué es el patrono de los marineros, pero el día de su fiesta los búlgaros tienen la costumbre de comer pescado. Debe de ser un santo muy polifacético, porque también es patrón de mineros, mercaderes, arqueros, ladrones arrepentidos, niños, cerveceros, panaderos, viajeros y estudiantes.

Al salir de la iglesia negociamos con un par de taxistas para que nos lleven hasta el Museo del Arte Socialista, señalado en algunos planos de la ciudad como Museo del Arte Totalitario. Está también en las afueras de la ciudad, pero en otra dirección, a más de doce kilómetros de Boyana.

En un amplio y bien cuidado jardín se exponen estatuas de Marx, Lenin, Dimitrov y hasta del Che Guevara; curiosamente, ni una sola de Stalin. No me puedo resistir a la foto de rigor con Vladimir Ilich; me temo que mis amigos más ortodoxos la considerarán una falta de respeto. También está allí, sobre un pequeño pedestal, la gran estrella roja que en su día coronó la sede central del Partido Comunista de Bulgaria. Hay una buena colección de esculturas alegóricas: La Paz, la Guerra, la República, milicianos, obreros, campesinos… Lo que no abundan son los visitantes.

Junto a la tienda, en la que se pueden adquirir diversos recuerdos de la época comunista, como jarras con retratos (solo les queda la de Stalin), abrebotellas de Lenin o de Marx, y otros trastos, hay una pequeña sala de proyección con un vídeo que me recuerda, inevitablemente, el NoDo.
Demostraciones sindicales del 1 de mayo, líderes políticos visitando fábricas, jóvenes pioneros que juran defender a la patria y a la revolución con sus espadas de madera, desfiles militares… ¿Por qué se parecerá tanto la estética y la iconografía de unas dictaduras a la de otras de signo teóricamente opuesto?

El toque humano lo pone una larga mesa en el patio. Varios caballetes sostienen unos tableros con huellas de que, minutos antes, allí se ha celebrado una comida colectiva. Imagino una reunión dominical de los empleados y sus familias. Todavía quedan botellas de vino semivacías, un tupper con pimientos fritos, tarros de arenques y restos de ensalada.

Después de comer, nos acercamos a la sinagoga, que el sábado nos habíamos encontrado cerrada. Construida hace poco más de cien años, es de las más grandes de Europa. Puede acoger hasta a 1.300 personas, aunque entre el abandono generalizado de la religión durante la época comunista, y la emigración a Israel de gran parte de los judíos búlgaros, en la actualidad son pocos los fieles que la usan. En la entrada, después de un somero registro, nos recibe un judío sefardí, que habla en español pero intercala muchos términos ladinos. Por lo visto, la mayoría de los judíos búlgaros son sefardíes, llegados a Bulgaria tras su expulsión de España por parte de los Reyes Católicos. Hoy residen en Bulgaria menos de la décima parte de los judíos que vivían allí antes de la Segunda Guerra Mundial. Y eso que se libraron razonablemente bien del exterminio nazi; todo el país los protegió para evitar su deportación a los campos de concentración alemanes y polacos, y hasta el rey Boris y la jerarquía ortodoxa se pusieron de su parte. El embajador español, Julio Palencia, entregó salvoconductos a varios cientos, lo que le costó la pérdida de su puesto.


El edificio es neoárabe, con algunos elementos de la Secesión vienesa; la fachada tiene un cierto aire veneciano. El interior es bastante recargado, con columnas de mármol de Carrara y mosaicos venecianos multicolores, así como tallas en madera. El candelabro central pesa casi dos toneladas y, según la leyenda, está fabricado con oro traído de Palestina.

Pasamos el resto de la tarde deambulando por el barrio judío y los alrededores del centro, y todavía nos da tiempo para visitar una iglesia más, cuyo nombre, por suerte, no recuerdo.

Acabamos la noche en un antro inolvidable, a pocos cientos de metros de nuestro apartamento. En una calle secundaria, un pequeño anuncio de cerveza Staropramen parece indicar que al otro lado de la cancela herrumbrosa se esconde un bar sin nombre. Luego descubrí en Google Maps que se llama Sterling Club 2, y que es una sucursal del Sterling Club, a secas, ubicado un par de calles más allá.
Empujamos la verja, cruzamos un jardín semiabandonado, más bien un patio, y bajamos al sótano por unas escaleras de madera, estrechas y empinadas. Al fondo se ve una barra de menos de dos metros de largo, aparentemente sin nadie que la atienda.

A los lados del pasillo se abren varias habitaciones, pequeñas pero muy abigarradas. Una de ellas, con viejos sofás capitoné de cuero cuarteado, podría ser el salón de una vivienda; otra, ocupada casi totalmente por una mesa larga con una docena de sillas, sería el comedor. Nos sentamos en la última, con varias mesitas tipo casa de comidas y las paredes cubiertas de teteras, mantequeras, salseras y otras piezas de porcelana. En aquel ambiente oscuro e intemporal podías encontrarte con el Golem, con el doctor Caligari, o con un vampiro reposando en la oscuridad de la habitación del fondo.

Menos mal que por fin aparece una empleada que nos explica que todo irá más rápido —¿quién tiene prisa?— si pedimos las consumiciones en la barra, porque ella tiene que “atender la barbacoa”. No sé para quién, ya que somos los únicos clientes, pero en sitios como este es mejor no preguntar demasiado.

Nos instalamos con nuestras bebidas, y al cabo de un rato llega un señor de unos sesenta años, que se sienta en la barra y se pone a darle clases de francés a la camarera. Cuando nos marchamos, tiempo después, siguen allí, con sus libros de texto y sus cuadernos.

El lunes, último día en Sofia, nuestro principal objetivo es cumplir el deseo de una de nuestras compañeras, que tiene, no sé por qué, mucho interés en subir a un tranvía. En el primer trayecto todo va bien, y conseguimos trasbordar sin problemas. Pero cuando ya nos acercamos a nuestro destino, pretendo imitar a los viajeros búlgaros y tocar el timbre para solicitar una parada, apretando un botón situado junto a la puerta de salida. ¡Tremendo error! En lugar de pulsar el botón verde ubicado a la derecha de la puerta, toco el rojo de la izquierda, cubierto de grasa lítica. Inmediatamente comienza a sonar la alarma, el tranvía se detiene y la conductora sale hecha un obelisco, que dirían en Cádiz. Cuando me identifico como el culpable, me dirige una larga y amenazadora invectiva.

Por un momento, temí que me agarrara por las orejas, me colocara sobre sus rodillas y me diera unos buenos azotes. Pero esa sería otra historia. Búlgara, que no vulgar.

domingo, 26 de mayo de 2019

El monasterio de Rila

Koi^ beshe glupak?t, koi^to natisna budilnika!!?— La voz de la mujer uniformada suena amenazante, y su mirada metálica se clava en mis ojos. Avergonzado, bajo la vista. No entiendo ni una palabra, todo el mundo me mira, del dedo índice se me escurre algo viscoso. Pero no adelantemos acontecimientos.

Después de incontables problemas con los billetes de avión, y de renegar convenientemente de Iberia, Air Bulgaria y Ryan Air, un jueves cualquiera de mayo me levanto a las cuatro y media de la madrugada, para llegar al aeropuerto de Jerez a tiempo para el primer vuelo a Madrid. Once horas después aterrizamos en Sofia (con acento en la “o”, como dicen los búlgaros, no Sofía). Por el camino queda el madrugón en Cádiz y la larga espera para facturar en Madrid, justo al lado de los hipervigilados mostradores de El Al, en los que no se libra del cacheo ni siquiera la representación española en Eurovisión. Me gusta que estos cómplices noten en sus carnes una mínima parte de las humillaciones que a diario sufren los palestinos.

En Barajas se nos une un joven —tez clara, ojos verdes rasgados, coleta—, de origen búlgaro pero residente en España desde hace años. Es de un pueblo cercano a Sofia, un primo irá a recogerlo al aeropuerto. Nos confiesa su total ignorancia sobre el vino o el transporte público en la capital de su país; solo es capaz de recomendarnos una marca de cerveza, la ubicua Karmenitza.

Nada más bajarnos del metro junto a la Universidad de Sofia, el primer destello de una época pasada: un gigantesco monumento al Ejército Soviético preside el parque Knyazheska (de la Princesa). No lo busquéis en Google Maps; se distingue perfectamente en la “vista satélite”, pero no está rotulado. Quizás un intento más de ocultar el pasado, tan reciente. Construido en 1954, en plena guerra fría, el monumento consiste en un gran monolito de piedra, en cuya cima alza un grupo escultórico formado por un soldado rojo, un trabajador y una campesina con niño en brazos, perpetuando los roles tradicionales del hombre y de la mujer. En la base, tres alto relieves en bronce muestran distintos aspectos de la guerra; en las cercanías dos grupos escultóricos representan la despedida a grupos de soldados que parten hacia la guerra.



Los ramos de flores situados junto a la base están frescos; supongo que los habrán colocado esa misma mañana, durante las celebraciones del Día de la Victoria, aniversario de la toma de Berlín por parte del ejército rojo y la consiguiente rendición del régimen nazi.

Nuestro apartamento está en un edificio de 1929, con un exterior que parece no haber sido remozado desde el lejano año de su construcción; los cuatro pisos de escalera, sin ascensor y con grandes radiadores fuera de servicio, van en consonancia. Sin embargo, el interior es amplio, luminoso, limpio y acogedor, tal y como muestra la publicidad. Ni un ruido llega desde la calle.

Salimos a pasear en cuanto soltamos el equipaje, para un primer contacto. Queremos recorrer el centro de la ciudad, sin entrar en ningún edificio pero captando el ambiente general. En el primer bar, un grupo de borrachos cantan “Rivers of Babylon”. Bonnie M., puros setenta.

Caminando a lo largo del bulevar Dondukov, en un cuarto de hora nos plantamos en Serdika, la gran plaza que siempre ha constituido el centro no oficial de la ciudad. Durante unas obras se ha descubierto un anfiteatro y otros importantes edificios romanos, que se conservan in situ, al nivel del centro comercial subterráneo y la estación del Metro. En el mismo centro de la plaza está la minúscula iglesia de Santa Petka de los Talabarteros, llamada así porque este gremio fue el que se ocupó de su mantenimiento durante los casi cinco siglos de dominio otomano.

Pero lo que atrae nuestras miradas no es esta iglesita del siglo XI, ni el enorme edificio del Consejo de Ministros, ni siquiera el monumento a Sveta Sofia, la divina sabiduría, que muy apropiadamente sustituye al dedicado a Lenin. El polo de atención es la mole ubicada en el chaflán de los bulevares Dondukov y Zar Libertador, que me recuerda bastante a los rascacielos mandados construir por Stalin en Moscú. En efecto, compruebo en mis notas que se trata de la antigua sede del Partido Comunista de Bulgaria, fiel miembro de la V Internacional hasta el último momento. Ninguna placa recuerda esta parte de la historia del edificio.


En la actualidad, despojado de la estrella roja que lo coronaba, el edificio es una dependencia de la Asamblea Nacional. Por cierto, la estrella la encontramos días después en un museo, como contaré más adelante.

Cenamos en un restaurante cercano, una especie de asador, y tenemos nuestro primer contacto con la gastronomía rumana, aunque en una versión modernizada. Mucha carne, incluyendo por supuesto cordero y caballo, sopas y ensaladas y un buen surtido de vinos y quesos. La cena nos sale por menos de trece euros por persona, bebidas incluidas. De allí nos vamos a un pub inglés, con buenas cervezas pero nada de vino. Cuando le explico al barman que no puedo beber cerveza, no lo duda un momento: me sirve, sin preguntar, un buen vaso de vodka, sin hielo ni otros inventos modernos.

El viernes amanece lluvioso. Tenemos previsto desplazarnos en taxi hasta el monasterio de Rila, considerado el segundo más importante del mundo ortodoxo, solo por detrás del monte Atos en Grecia. Cuando le pregunto si habla ruso al taxista que nos lleva, Demetrio Simeonov, me responde con una sonrisa: “Por supuesto, lo estudié en la escuela”. Antes de salir de Sofia paramos en dos gasolineras, en una para rellenar el tanque de gas y en otra para el de gasoil; en ninguno de los dos casos detiene el motor del Honda que conduce.

Durante las dos horas que dura el viaje hasta el monasterio, mantengo con Demetrio una charla bastante entrecortada, pero suficiente. Tiene 55 años, está casado y con dos hijos y ha recorrido toda Bulgaria y países cercanos conduciendo un camión, antes de dedicarse al trabajo más relajado de taxista. Hablamos de política, sobre todo de la corrupción que impide a Bulgaria entrar en el euro, pero también de vino, de cerveza, del paisaje y de los problemas de la juventud para encontrar vivienda. Ya no se construyen los grandes bloques de viviendas sociales de la época soviética… Intuyo a qué partido vota Demetrio.


Salimos de Sofia por la autopista que conduce hasta Kulata, en la frontera con Grecia, y vamos cruzando aldeas y pequeñas montañas cubiertas de árboles, en las que contrasta el tono oscuro de las coníferas con las hojas recién brotadas de las hayas, mucho más claras. En Boboshevo nos desviamos hacia el este por una carretera comarcal, a través de viñedos y huertos de frutales. En el centro del pueblo de Rila nos para la policía. Aparentemente es un control rutinario, pero los malos modos de los agentes y el temblor de manos de Demetrio indican que hay algo más; creo que es una búsqueda de cualquier infracción menor que justifique el cobro de una mordida. Al cabo de un buen rato, en el que comprueban hasta el funcionamiento del taxímetro y el navegador, nos dejan seguir. En cuanto salimos del pueblo, Demetrio saca un inhalador de nicotina y, tras pedirnos disculpas repetidamente, se pone a chupar como un loco. Evidentemente, se había puesto muy nervioso, pese a que todo estaba en regla.

La carretera, cada vez más estrecha, se adentra en el macizo de Rila, coronado por el Musala, que con sus casi tres mil metros es el monte más alto de los Balcanes. La zona es un importantísimo refugio para la fauna, ya que sirve de corredor ecológico entre la europea, la mediterránea y la preasiática. De las 172 especies de vertebrados que habitan allí, 24 están en el Libro Rojo Mundial, por el peligro de extinción.

Tres kilómetros más allá del pueblo de Rila nos encontramos con el convento femenino de Orlitsa, desde donde, en la Edad Media, una guardia armada acompañaba a los grupos de peregrinos que se adentraban en las montañas buscando el monasterio central. A partir de ahí, siempre a la orilla del río, se suceden restaurantes de pescado, merenderos, balnearios y puestos de venta de miel, mermeladas y otros productos locales.

El Monasterio de Rila fue fundado en el siglo X por el ermitaño Juan, canonizado luego por la iglesia ortodoxa. Cuenta la leyenda que vivió en el hueco de un árbol tallado en forma de ataúd. Poco a poco fue atrayendo peregrinos y seguidores, y llegó incluso a recibir la visita del Zar Pedro I, con quien se negó a hablar.

El monasterio fue creciendo, incluso durante la larga dominación otomana, donde no solo no fue destruido como cuentan algunos búlgaros —fake news medievales—, sino que varios sultanes reconocieron sus privilegios y enviaron regalos muy suntuosos, algunos de los cuales se exponen en el Museo del Tesoro.

Las tierras del monasterio ocupaban gran parte de los más de dos mil kilómetros cuadrados del macizo, y llegaron a existir otros cincuenta claustros filiales de este, en una especie de franquicia de la predicación. Los monjes de Rila recorrieron toda Rusia para extender el cristianismo y la fama de su fundador.

El actual monasterio es de construcción muy reciente, después de que resultara casi totalmente destruido por un incendio a principios del siglo XIX. El único edificio anterior al incendio que se conserva es la torre de Hrelio, usada en su día como atalaya de vigilancia.

El complejo me recuerda un monasterio tibetano. El interior del patio, al que solamente se puede acceder por dos puertas, una en el extremo sur y otra en el norte, se encuentra rodeado de edificios de cuatro plantas con clara vocación hostelera. En un principio alojaba a los dos o trescientos monjes que allí residían y a los innumerables peregrinos que acudían atraídos por la leyenda de ermitaño fundador; hoy un ala completa está convertida en hotel.

La lluvia, constante, y el aire helado, que desciende a rachas de los montes nevados que se elevan a nuestro alrededor, nos empujan a meternos en la iglesia de la Natividad. Los soportales que la rodean, y todo su interior, están cubiertos de murales del siglo XIX, sin más interés artístico, en mi opinión, que el estilo arcaizante que conservan.

Detalladas escenas de la Biblia se alternan con representaciones del cielo y el infierno, incluyendo leyendas explicativas para los peregrinos. Dentro, una lámpara gigantesca cuelga del centro de la cúpula, y un magnífico iconostasio dorado separa la mayor parte de la iglesia del recinto sagrado, al que solo pueden acceder los popes, como en la naos de los templos clásicos griegos. A la derecha, una urna contiene las reliquias del ermitaño fundador, consistentes —al parecer— en su mano izquierda.

La historia de estos restos habría encantado a Nieves Concostrina. Según he podido averiguar, poco después de su muerte, y ante el acoso de los bogomilita (precedentes de los cátaros) y del imperio bizantino, las reliquias del santo iniciaron una larga peregrinación por el país, de ciudad en ciudad y de iglesia en iglesia. Sus restos llegaron a la actual Sofia, donde tuvo lugar un milagro póstumo: la curación del emperador bizantino .

Unos años después, las reliquias fueron robadas por el Rey Bela III de Hungría. Cuenta la leyenda que a la llegada de los restos del santo a Esztergom, el arzobispo católico se negó a reconocerlos, e inmediatamente se quedó mudo. Solo recuperó la voz después de muchos ruegos y rezos al santo. Impresionados y exaltados por el milagro, los húngaros devolvieron años más tarde (1187) el cadáver a Bulgaria, y sus restos acabaron depositados en Veliko Tarnovo. Trescientos años más tarde, con el permiso del sultán, los monjes trasladaron los restos mortales al Monasterio de Rila, pasando por varias ciudades y permaneciendo brevemente en la actual Sofia. Espero que descanse, por fin, en paz.
Otros restos muy venerados que se encuentran en esta iglesia son los del rey Boris III, supuestamente envenenado por los nazis tras negarse a entregarles a los judíos búlgaros. Conviene recordar aquí que la monarquía búlgara apoyó a Hitler durante la II Guerra Mundial, recibiendo en pago extensas porciones de Yugoeslavia y de la actual Macedonia del Norte. A la muerte de Boris III ascendió al trono su hijo de siete años, Simeón, que con el tiempo se refugiaría en un chalet al final de la avenida Reina Victoria, en Madrid. Con la caída del comunismo, se presentó a las elecciones de su país ¡y las ganó! No creo que nuestro Felipe se arriesgue a algo parecido.

Al acabarse las dos horas de espera volvemos al taxi, muertos de frío pero con miles de imágenes en la cabeza. Demetrio nos enseña un iconito en forma de libro, que ha comprado “para la familia”. Comunista sí, pero al santo lo que es del santo. Las dos horas de vuelta se nos hacen algo pesadas; con el calorcito del coche nos vamos durmiendo los cuatro pasajeros, y me temo que hasta el mismo Demetrio, a juzgar por los bandazos que da el coche en un par de ocasiones y de lo justito que entra en la última glorieta.

Cerca ya de nuestra casa, le pedimos que nos deje en un buen restaurante. Minutos después para delante de un Kentucky Fried Chicken. Ante nuestras protestas, nos dice que nos puede llevar a un restaurante típico búlgaro, pero que está a tres kilómetros. Optamos por pagarle la excursión y buscarnos la vida por nuestra cuenta, y acabamos comiendo magníficamente en el Arbat, un restaurante ruso: carne en gelatina y empanadillas siberianas de aperitivo, papada de cerdo al horno, hígado a la plancha, pollo en salsa de nueces…

La tarde la dedicamos de nuevo a pasear por el centro de la ciudad, pero esa es otra historia, que puedes leer pinchando aquí.

viernes, 19 de abril de 2019

DOLOR Y GLORIA


Ficha técnica:

·       Año 2018
·       Director: Pedro Almodóvar
·  Intérpretes: Antonio Banderas, Asier Etxeandía, Penélope Cruz, Leonardo Sbaraglia, Julieta Serrano
·       Guión: Pedro Almodóvar
·       Música: Alberto Iglesias
·       Nacionalidad: Española
·       Duración 108 minutos

Comentario

DOLOR Y GLORIA narra el reencuentro de Salvador Mallo, un director de cine en el ocaso de su carrera, con su pasado. Imposibilitado para trabajar a causa de una depresión física y moral y el dolor provocado por una lesión medular, que intenta combatir con la ayuda de medicinas y estupefacientes, Salvador Mallo rememora su infancia en Paterna, su primer amor frustrado, la influencia de su madre en su personalidad y sus éxitos cinematográficos, mezclado todo ello con una capacidad innata de creación artística e intelectual desde niño que le conduce a la escritura de guiones y a la dirección de películas de éxito en su madurez. Vida y obra, sueño y realidad se mezclan y se confunden en una serie de “flashbacks” que llevan a la infancia desde el presente y que sirven para explicar la compleja situación del protagonista y su soledad actual, solo parcialmente superada a través de un re intento de vincular el ocaso de su vida a la creación intelectual.

DOLOR Y GLORIA es una película sobre la Soledad magistralmente escrita y conducida por Pedro Almodóvar. Pero no es solo eso. En DOLOR Y GLORIA no faltan las estampas costumbristas típicas del cine de Almodóvar, la música española de calidad, las referencias intelectuales al cine universal, las acostumbradas peleas entre artistas por la fama efímera de los éxitos cinematográficos y hasta la descripción científica de las enfermedades físicas y neurológicas del protagonista.

DOLOR y GLORIA está magníficamente interpretada por Antonio Banderas en el papel de Salvador Mallo, sin duda el “alter ego” de Pedro Almodóvar, que abre en esta película la caja de los recuerdos de su propia vida y la comparte con el espectador en la intimidad.

DOLOR Y GLORIA, la película número 22 de Pedro Almodóvar, es, posiblemente la menos Almodovariana de todas por su sobriedad, la ausencia de mensajes políticos y el respeto a todas las convicciones personales, pero a mi es la que mas me ha gustado. Cine de calidad de un genio de la cinematografía, que, cuando se dedica a hacer lo que sabe hacer, es insuperable.
JRL (19-04-2019)


lunes, 8 de abril de 2019

Rafael Sánchez Ferlosio


Rafael Sánchez Ferlosio

El  1 de Abril  del 2019 fallecía Rafael Sánchez Ferlosio, en Madrid, a la edad de 91 años. Desde entonces, han corrido ríos de tinta sobre su personalidad, su calidad como novelista, como ensayista o como lingüista.
Sánchez Ferlosio hizo sorprendentes declaraciones a la Prensa en los últimos años: avergonzándose de sí mismo, arrepintiéndose de su más famosa novela y sintiéndose muy amargado por ser español e italiano. (Sánchez Ferlosio había nacido en Roma, en 1927).
Cualquiera tiene  derecho a equivocarse. Pero si, además, ha escrito una obra maestra, se le puede perdonar todo: su falta de patriotismo, su inestabilidad emocional y hasta su locura memorística. Porque Sánchez Ferlosio escribió El Jarama en 1955 y no tenemos mejor novela, que retrate a la sociedad de los años cincuenta, tan bien como ésta.

El Jarama recibió el Premio Nadal, el mismo año de su publicación. Narra una historia muy sencilla: unos jóvenes van a pasar un Domingo de Verano junto al río Jarama, con intención de pasar un día de campo, bañarse para refrescarse del calor y disfrutar de la compañía. Cómo hablan, qué se cuentan entre ellos, cómo es su relación; su presente y su pasado saldrán a relucir. Al final, un suceso inesperado  y, sin embargo, lógico, les cambiará la vida. Pese a  que algunos digan que es abrupto.
Si El Jarama es la novela por excelencia de los años cincuenta, Nada es de los cuarenta y Tiempo de silencio de los sesenta. Las tres, constituyen novelas de canon, de las que nos podemos sentir orgullosos los españoles. Después, se han escrito buenas novelas, muy buenas, pero no encuentro una que destaque como excepcional ni que se pueda decir que retrate a la sociedad de su época. Al contrario, cuando nuestros novelistas quieren hacer algo extraordinario, recurren a escenarios pasados o recuerdos que de una manera u otra influyen en el presente.
Unos recurren a la guerra civil; otros son muy localistas, su ciudad, su barrio, pero éstos no representan el resto de España; también están los recursos a cuadros de pintores famosos, para hilvanar una historia;  manuscritos encontrados, casualmente, que les obliga a investigar. La gente corriente no solemos encontrarnos este tipo de valiosos documentos. Sin embargo, los personajes de El Jarama,  de Nada o de Tiempo de silencio son gente corriente, como nosotros mismos.
La obra literaria de Sánchez Ferlosio fue muy reconocida, en vida: recibió el Premio Cervantes en el 2004 y el Premio Nacional de las Letras Españolas en el 2009. Descanse en paz. Siempre estará en nuestra memoria como un escritor excepcional.

domingo, 7 de abril de 2019

El olor de un diamante

Por uno de mis habituales despistes, que espero me perdonéis, no había publicado aquí lo que para mí es una gran noticia.

He encontrado editorial para mi segunda novela, “El olor de un diamante”. En este nuevo libro, en la frontera entre la novela y el diario, Eliseo nos narra una huida interminable de un pasado que limita su futuro. Contrabandistas, agentes secretos, fuerzas especiales y milicianos se cruzan en la historia.

Si leísteis “Los cuadernos de Rekalde”, si queréis saber lo que le sucedió al protagonista después de lanzarse al mar en el bajo de Las Puercas, si estáis en condiciones de tragaros una nueva ración de aventuras y desventuras, apresuraos a reservar vuestro ejemplar en este enlace. Advierto que conduce a una página en inglés, pero es absolutamente de fiar.
.
El sistema utilizado por esta editorial es el llamado “crowdfunding” o microfinanciación colectiva. Cuando se alcance un determinado número de reservas, recibiréis vuestro ejemplar y yo estaré encantado de dedicároslo.

domingo, 31 de marzo de 2019

Mis tardes con Julie conociendo la Francia profunda



Julie al volante de Micheline
Me pregunto, "Cinéfilos", ¿cómo competir con Arturo y sus inimitables crónicas de viajes ¡reales!?

Desde luego no puedo hacerlo sin algún tipo de "artimaña" y justamente esta semana Julie me ha dado una idea.

Voy a ser sincero con vosotros, Cinéfilos, desvelándoos una historia hasta ahora secreta: desde hace algo más de dos años mantengo una aventura varios días a la semana con una maravillosa treintañera francesa. 

¿Lo he hecho para reparar mi corazón del desgarro sufrido tras la inevitable y amarga ruptura con María del Mar? Supongo que sí, he abandonado mi esforzado amor al balearismo catalanizado tras su traición, cancelando 46 años de ser su rendido chevalier servant y, por el otro flanco, constatar el desenmascaramiento de Lluís, al que traté de comprender y del que admiré su música y poesía desde que lo conocí aquel 7 de diciembre de 1970 en la Plaza de Santa Ana de Madrid. 


Julie aprendiendo una nueva receta local
Herido, he buscado consuelo volviendo mis ojos a otras influencias, empezando por Francia ahora que los actuales ensoberbecidos gerifaltes de la Marca Hispánica oriental de Carlomagno  (con la inevitable comparsa de su corte de trovadores, saltimbanquis y paniaguados), que jamás fué Reino, me han expulsado para siempre de su cultura por su insoportable prepotencia supremacista.

En ese estado de desamor descubrí a Julie, que me invitó a acompañarla por toda la Francia más tradicional, nada de París, como la mejor compañía y guía para recorrer sus cocinas, siempre evitando restaurantes, entrando en casas particulares y allí siendo testigo de cómo cocineras, y cocineros, amateurs mantienen sus más veteranas recetas y, de paso, aprovechando ese peregrinaje para descubrir sorprendentes paisajes  y recónditos monumentos en cada entorno visitado.

Comida resumen de la visita
El caso es que el pasado martes recorrimos en su cochecito, que ella llama Micheline, el País de los Albigenses, en el Departamento de Tarn, una de las más interesantes jornadas que he pasado en compañía de Julie porque, además de gozar de una muy buena mesa como colofón de la visita, esa mañana habíamos visitado su capital, Albí, histórica ciudad donde se hicieron fuertes los cátaros, secta religiosa que fue declarada herética por la Iglesia en el siglo XII y perseguida militarmente en una cruzada ad oc, nunca mejor dicho lo de "Oc", ya en el XIII, dentro de un escenario político más amplio, el enfrentamiento del Conde de Toulouse contra el Rey de Francia, apoyando a aquél Pedro II de Aragón, que en dicha campaña murió en la batalla Muret en 1213 (sí, el mismo rey que había participado en la decisiva batalla de Las Navas de Tolosa derrotando al gran ejército almohade de Al-Nasir tan sólo un año antes, acompañando a Alfonso VIII de Castilla, junto con Sancho VII, El Fuerte, de Navarra)  concluyendo la guerra en 1229 con la completa derrota de los provenzales.


Catedral de Albí: órgano y frescos del Juicio Final
Y paso a glosar la catedral de Albí, consagrada a Santa Cecilia, singular fortaleza gótica exteriormente que internamente tiene una decoración espectacular, destacando la enorme pareja de frescos en los cilindros simétricos que soportan un gigantesco órgano. Nos la enseñó un magnífico guía.

En la mañana siguiente, mientras Julie aprendía una nueva receta local yo me "escapé" a ver el precioso Museo Toulouse-Lautrec... porque Henri nació en Albí.


Remate del coro y bóveda
Concluyendo, he gozado de unos 50 o 60 excursiones con Julie conociendo la Francia profunda en sus recetas locales, paisajes, bastante monumentos y a muchos franceses amantes de sus pueblos y costumbres, con los que hemos celebrado una comida en cada destino. Una delicia y, como no soy nada egoísta sino que me encanta compartir todo lo bueno, os ofrezco conocer los reportajes que se están emitiendo en La 2, por tercera vez, de lunes a viernes a las siete de la tarde. 

Pero si queréis ver específicamente el capítulo de la visita al País de los Albigenses, como TVE deja disponibles "a la carta" estos reportajes tras su emisión durante una semana en su página web, podréis disfrutarlo en el enlace Las recetas de Julie: Albí. Departamento de Tarn hasta el martes 2 de abril. 

Y si lo hacéis, seguro que seréis cautivados por Julie, una encantadora francesa que derrocha simpatía y savoir faire, además de conocer, en este caso, la interesantísima Catedral de Albí.

 Manrique

 





viernes, 22 de marzo de 2019

La flor nueva

(11 al 15 de febrero de 2019)

Addis Abeba, la flor nueva en amhárico, es la ciudad más alta de África, situada a 2.300 metros sobre el nivel del mar, en las faldas del monte Entoto.

Su fundación es muy reciente, y adquirió la condición de capital de la efímera África Oriental Italiana en 1936.

Hasta ahora he pasado casi de puntillas sobre la presencia italiana en Etiopía, pero no podemos olvidar la tormentosa relación entre estos dos países. Ya a finales del siglo XIX, Italia ocupó el puerto de Massawa, en el Mar Rojo, siguiendo el ejemplo de otras potencias europeas. Pero cuando intentaron deponer al emperador Menelik II fueron derrotados por el ejército etíope, mucho peor armado.

Con la llegada al poder de Mussolini, los italianos intentaron quitarse la espina de esa derrota, y en 1935 invadieron Etiopía desde Eritrea. No consiguieron una verdadera victoria militar hasta haber asesinado a más de un millón de etíopes rociándolos con gas mostaza.

Pírrica victoria, porque solo cinco años después los etíopes, con ayuda británica, lograron expulsar a los italianos, momento en que el emperador Haile Selassie regresó a Addis Abeba y comenzó su reconstrucción y modernización, hasta conseguir que la sede de la Organización para la Unidad Africana se instalará aquí.

La ciudad, con más de 3 millones de habitantes, es un verdadero caos. De una orografía muy complicada, consiste en diferentes núcleos de edificios altos, fundamentalmente de oficinas, separados por un mar de barrios residenciales de clase media, que en España se considerarían chabolas.

En uno de esos núcleos modernos, junto al aeropuerto, se encuentra nuestro hotel; otra zona importante se organiza en torno a Piazza, donde abundan los grandes edificios racionalistas de diseño italiano.

Cenamos cerca del hotel, en el Yod Abisinia, un gran restaurante de lujo, frecuentado por turistas, diplomáticos y hombres de negocios. La cena, una versión para ricos de la cocina tradicional, incluye por supuesto varias fuentes de injera acompañada de muy diversos ingredientes: carne, verduras, legumbres… Los rollos parecidos a servilletas que bordean la fuente son tiras adicionales de injera.

Pese a ser miércoles, día en el que los cristianos más piadosos no ingieren carne, nos sirven kitwo, un plato de carne cruda, picada y muy aliñada, que me parece simplemente curiosa.

El espectáculo, en cambio, me resulta interesantísimo. Media docena de músicos, tres cantantes y ocho bailarines se van alternando para mostrar un catálogo de música y danza de diferentes zonas del país. Si queréis verlos con más detalle, podéis probar con este enlace a un vídeo filmado en este mismo restaurante: 

Junto a mí se sientan dos parejas de color, o sea negras, que no africanas. Aunque son de origen etíope, han nacido en Paris, donde residen, y han venido a Etiopía como turistas. Por suerte, conocen perfectamente su folclore, y en varias ocasiones me aclaran la procedencia de determinados números. Los bailarines van cambiando de vestuario para ofrecernos danzas de diferentes zonas del país; me impresiona la fuerza y rapidez de alguno de los bailes: una de las bailarinas gira la cabeza a tal velocidad que la vista no es capaz de seguir sus movimientos, y su cara adquiere un aspecto picassiano, deformado. Ocho minutos de reloj está bailando de esa manera, como en un ejercicio de movilidad de las cervicales ejecutado a diez veces la velocidad normal.

Un grupo de turistas, creo que israelíes, sentados detrás de nosotros, están deseando salir a la pista, y responden con entusiasmo a la invitación de los bailarines. Resulta totalmente penoso, la agilidad y el ritmo de unos frente a la rigidez y patosidad de otros. Y más vergüenza ajena siento cuando de entre el público salen a bailar etíopes. No se pueden comparar con los profesionales, pero mantienen el tipo más que dignamente. Siguen el ritmo, imitan los movimientos de los bailarines, incluso improvisan algún paso nuevo. Como nuestra compañera Menchu, que hace toda una demostración de danza cuando se anima a salir al escenario.

Son más de las diez de la noche, tardísimo para Etiopía, cuando regresamos al hotel, esquivando a los ingenuos carteristas que rondan por los semáforos.

A la mañana siguiente, último día de estancia en Etiopía, comenzamos visitando el Museo Etnográfico, construido en un antiguo palacio que Haile Selassie donó con este fin. El palacio se construyó en 1934, algo después de la coronación, que supuso que Addis Abeba se hiciera visible en el ámbito internacional. Si queréis conocer más detalles de esta ceremonia, Evelyn Waugh narra muy bien las peripecias de un periodista británico invitado a los fastos.

Durante la ocupación italiana, el palacio sufrió importantes transformaciones para adaptarse a los gustos de las nuevas autoridades, que lo usaron como residencia de los virreyes (el mariscal Badoglio, el duque de Aosta…). Llegaron a erigir frente a su entrada un monumento en honor a Mussolini, que todavía se conserva, aunque ahora está coronado por dos leones de Judá, símbolo del imperio abisinio.

El museo alberga exposiciones muy variopintas, en un ambiente decadente. Se pueden contemplar desde las habitaciones privadas de la familia imperial, incluidos sus cuartos de baño, hasta una discreta exposición de objetos cotidianos procedentes de las diferentes tribus en que se divide la población. En mi opinión, lo más interesante son sus obras de arte religioso, las grandes cruces de oro con un diseño geométrico muy intricado, y las pinturas de los siglos XIV en adelante.

Tampoco desmerece una gran colección de antiguos instrumentos musicales, cuya exposición ha sido organizada por un equipo de museólogos italianos.

Siguiendo de museos, visitamos a continuación el Nacional, enclavado en un edificio que me parece una buena muestra del estilo racionalista.

En su sótano se conserva el esqueleto original de Lucy, la famosa Australopithecus afarensis, cuyos restos, de más de tres millones de años de antigüedad, se encontraron en el valle del río Awash, no muy lejos del lago Abbé. El resto de objetos expuestos no tiene mucho interés.

Volvemos a subir al microbús para dirigirnos a Merkato, uno de los mayores mercados de África. Por el camino, el guía nos alerta contra los carteristas, y nada más llegar contrata a dos policías locales para que nos acompañen. No sé si exagera un poco o si los policías son muy eficaces, pero recorremos un par de kilómetros de callejuelas sin ningún percance.

A la entrada del mercado, cae enfermo otro de mis compañeros, Ricardo, que se tiene que volver al hotel en el microbús. Por suerte, se recupera a las pocas horas.

El mercado, que yo llamaría más bien zoco, es muy heterogéneo. Lo mismo se circula por avenidas amplias, cargadas de tráfico y flanqueadas por edificios comerciales de varios pisos, como por mínimos callejones serpenteantes. En toda la zona la constante es la multitud, que ocupa todo el espacio disponible.
Las tiendas exponen sus mercancías en la calle, que se utiliza también como lugar de trabajo: herreros, carpinteros, sastres o seleccionadoras de café se instalan en medio del tumulto. Los vendedores de menos categoría extienden sus mercancías directamente en el suelo, algunos sobre plásticos al modo mantero.

Allí conviven los artículos más modernos, como televisores o microondas, con los más tradicionales, de paja, madera o barro.

Entre otras curiosidades, vemos varios talleres que elaboran mancuernas a partir de engranajes y otras piezas de maquinaria desechadas. También encuentro una zona donde se fabrican injereras eléctricas, para su uso en viviendas de ciudad en las que no se puede encender una fogata. Sobre el grueso disco tradicional de barro, con un pequeño cincel y mucho cuidado se talla un largo surco con forma de laberinto, como el que podemos ver en los antiguos hornillos eléctricos. Luego extraen el alambre de cobre de cables usados, lo enrollan sobre una varilla para darle forma de espiral, y lo van insertando en el surco. Con eso y un borne en cada extremo del cable, ya tienen fabricado el electrodoméstico. Ahora basta con ponerlo sobre un soporte con el surco hacia abajo y conectarlo a la corriente. Si todo sale bien, el flujo eléctrico pondrá al rojo el alambre de cobre, y sobre la otra cara se podrá cocinar la injera. En el proceso se rompen muchos discos, el suelo está cubierto de sus restos.

Vemos también puestos de venta de una especie de pan, elaborado con el grueso tallo de una planta, la Ensete ventricosum o bananero de Etiopía. Cuando la planta tiene seis o siete años, se corta y del tallo se extrae la pulpa, que se deja fermentar varios meses bajo tierra. El producto de esta fermentación, llamado kocho, se utiliza para hacer pan y tiene un sabor ligeramente amargo y un olor ácido que a mí me resulta bastante desagradable; no pienso incorporarlo a mi dieta. Lo interesante de esta planta, y el motivo de que se esté intentando aclimatar en otras zonas del mundo, es su altísimo rendimiento (diez toneladas por hectárea) y su resistencia a sequías e inundaciones.

Impresiona la zona de reciclaje. Montañas de bidones de plástico, que luego usarán las mujeres para acarrear el agua; almacenes de papel usado, de botellas de agua, de cables, de material de construcción recuperado de derribos. Todo se aprovecha.

Nuestro guía, excesivamente protector, nos hace recorrer el mercado casi a la carrera, como huyendo de algún peligro inminente. Las ansias de rebuscar, mirar y regatear nos hacen remolones, pero entre él y los dos municipales consiguen que batamos el récord mundial de recorrido de mercados. Parece imposible que podamos comprar nada, pero en un despiste de nuestros ángeles protectores consigo adquirir un machete artesanal, uno más que añadir a mi colección, que con este alcanza ya los veinticuatro ejemplares. No me gusta visitar un mercado solo para hacer fotos, siempre que puedo intento comprar algo, aunque sean unas frutas.

Nos vamos a comer al hotel Taitu, construido en 1907 por iniciativa de la emperatriz del mismo nombre, esposa del emperador Menelik II, que quería tener un lugar apropiado para alojar a sus invitados. Muy lujoso para la época, da la impresión de que ha recibido muy poco mantenimiento desde su construcción. Sin embargo, o quizás gracias a eso, conserva perfectamente el ambiente de aquella época. Las habitaciones son muy amplias, con una mezcla de muebles de época y otros más modernos, de peor calidad; las de la planta superior cuentan con grandes verandas. La comida, que consiste en un bufete vegano surtido con verduras del huerto del hotel, la ameniza una pianista de jazz.

Después de comer, por fin, el momento más esperado del viaje: las compras. Llevamos dos semanas sin tiempo ni para mirar un escaparate, y hay que gastar como sea los últimos bir, que nadie nos cambiaría de nuevo en euros. Joyas, artesanía, café… todo vale para nuestro afán consumista. Recorremos, ya más relajados, la calle Haile Selassie, en la que se alinean una tras otras las joyerías, que venden sus piezas al peso. Una cafetería, Tomoka, que esconde en la trastienda un tostadero de café, nos permite comprar kilos y kilos del producto más conocido de Etiopía. Doy fe de que se merece su fama y se puede comparar con el colombiano, más apreciado en España, y estoy de acuerdo con Balzac cuando dice que “El café acaricia la garganta y pone todo en movimiento: las ideas se movilizan como los batallones de un gran ejército sobre el campo de batalla”.

En una galería comercial nos aprovisionamos de imanes de nevera, falsas antigüedades, ropa tradicional y otros objetos imprescindibles. Conseguimos acabar con todos los bir que nos quedan.

El problema surge al llegar al hotel. Por lo visto, se está celebrando una importante reunión internacional, y han activado el escáner de la entrada. Pretenden confiscarme el machete recién comprado, pero después de mucho discutir y una larga espera, consigo que me lo dejen subir a la habitación para meterlo en la mochila, bien envuelto en un periódico que me llevo de recepción.

Ya de noche, nos desplazamos al aeropuerto, donde paso sin mayores problemas el control de seguridad, pese a mi machete. De madrugada, en el aeropuerto de Estambul, despedida a los compañeros que vuelan desde allí a Bilbao y a Barcelona. En la sala de embarque para Madrid me encuentro con un par de docenas de hombres con el pelo recién trasplantado, muy fáciles de detectar por la cabeza pintada de Betadine y una especie de diadema negra cuya utilidad desconozco. Supongo que los de la cementera de Lanzarote, con lo que coincidimos a la ida, ya estarán en su isla, felices con sus implantes, pero temerosos de que no arraiguen bien los nuevos pelos.

Pero eso sería otra historia, que nunca contaré.

Pero si quieres reservar mi nueva novela, "El olor de un diamante"puedes reservarla aquí.

martes, 19 de marzo de 2019

Las tierras altas

(10 al 11 de febrero de 2019)

El Tigray no tiene nada que ver con el desierto del Danakil; es, literalmente, otro país. En menos de dos horas pasamos de ciento cincuenta metros bajo el nivel del mar a dos mil por encima, y la temperatura cae desde los cuarenta grados hasta unos agradabilísimos veintitrés. La población afar, musulmana, se ve reemplazada por los tigray o tigriña, cristianos, cubiertos con capas blancas en sus idas y venidas a misa. Las mezquitas se ven sustituidas por iglesias, y aparecen los perros, por primera vez en todo el viaje. El islam considera al perro como símbolo del diablo, y en las zonas musulmanas no se encuentra ni uno.

Aquí se estableció el segundo reino cristiano del mundo, antes incluso de la conversión del emperador romano Constantino. La iglesia etíope es monofisita, como el resto de las iglesias ortodoxas orientales. Esto significa que defiende la existencia de una sola naturaleza de Cristo, opuesta a la creencia en dos naturalezas, humana y divina, que la Iglesia católica estableció como oficial en el siglo V, durante el Concilio de Calcedonia.

La tradición religiosa etíope atribuye la fundación de su Iglesia al apóstol Felipe. Aunque esto no está comprobado, sí existen datos de que el Reino de Aksum, creado hace dos mil quinientos años, adoptó el cristianismo en el siglo IV, gracias a los esfuerzos de un monje dependiente del patriarca copto de Alejandría. Pero antes de eso, Aksum fue el primer reino africano en acuñar su propia moneda, y sus reyes se consideraban descendientes de Salomón y la reina de Saba, aunque no exista confirmación histórica. Tampoco es seguro que en su capital se conserve la auténtica Arca de la Alianza, teóricamente guardada en el interior del templo de Nuestra Señora de Sion, y a la que únicamente puede acceder su guardián vitalicio. Lo que sí es cierto es que su principal fuente de ingresos era el comercio entre el Mediterráneo (Egipto) y el océano Índico, a través de los puertos que poseía en el Mar Rojo.

El cristianismo etíope se mantuvo aislado de la mayoría de los demás núcleos cristianos hasta principios del siglo XVII, aunque ya en la Edad Media en Europa se tenía conocimiento de la existencia de un reino cristiano en oriente, gobernado por el famoso Preste Juan.

Por eso resultó creíble en las cortes aragonesa y portuguesa la embajada enviada por el emperador etíope para pedir ayuda contra el Sultanato de Adal y el imperio otomano, que amenazaban la propia existencia del país. Los portugueses, más interesados en el control de la ruta comercial a la India a través del Mar Rojo que en la defensa del catolicismo, enviaron sin embargo una legación, de la que formaba parte un jesuita, Pedro Páez. Este personaje, que intentó imponer el catolicismo y romper los lazos de la iglesia etíope con la copta, provocó una insurrección popular que terminó con la abdicación del emperador Susenyos y la expulsión de los jesuitas.

La influencia de la religión en la política se redujo notablemente tras la abdicación de Haile Selassie I en 1974 y la instauración en Etiopía de un estado socialista, que acabó con miles de años de monarquía absoluta y luchó por la separación entre Iglesia y Estado.

Seguimos circulando por el macizo abisinio, siempre por encima de los mil metros de elevación. No es una meseta como la castellana, sino que su orografía se parece más a Galicia, con una continua alternancia de montañas y valles cultivados, todos densamente poblados. Lástima que ya se haya recogido la cosecha y que el terreno presente el color pardo de los barbechos y rastrojos. En el bar en que paramos a descansar un rato nos encontramos con un retrato de Meles Zenawi, guerrillero tigriña que consiguió derrocar al dictador Haile Mengistu Mariam, hoy exiliado en Zimbawe. Zenawi llegó primero a jefe del estado y, tras unas elecciones libres, a primer ministro.

También nos enteramos de que las famosas hambrunas de Eritrea y Etiopía, aunque causadas por una sequía demasiado prolongada, se agudizaron por motivos políticos.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Etiopía, que había luchado por su independencia contra las tropas de Mussolini, se encontró en el bando ganador. Intentó aprovechar esa ventaja anexionándose Eritrea, abandonada por los italianos, y en un primer momento lo consiguió.

En torno a 1990, coincidiendo con la sequía que cito un poco más arriba, se produjo una rebelión independentista en Eritrea, que rápidamente fue apoyada por otra similar en el Tigray, región muy emparentada culturalmente con Eritrea. Para sofocarlas, Mengistu decretó un bloqueó de las zonas en conflicto, lo que impidió la llegada de ayuda internacional. Todos recordamos las imágenes de niños famélicos y de personas muertas en el borde de los caminos.

Al atardecer entramos en Wukro, donde haremos noche. Es una ciudad mediana, sin ningún encanto; hay que tener en cuenta que Etiopía nunca ha tenido una tradición urbana, y que la mayoría de las ciudades son de reciente creación. Mucho tráfico, edificios altos de oficinas que se alternan con barrios residenciales de casas bajas, tiendas, animación en las calles llenas de gente, pero nuestra caravana pasa de largo hasta llegar al hotel, situado sobre una colina a un par de kilómetros de la ciudad.

Nada más llegar nos encontramos con una boda, en la que los novios posan hablando por sus respectivos móviles, escoltados por un par de damas de honor con el peinado tradicional tigray, que hasta hace poco usaban tanto hombres como mujeres, y que parece recordar la melena de un león.

Después de varios días de aislamiento telefónico, todo el grupo está ansioso de comunicarse con su familia y amistades. Nos concentramos en la zona de recepción, único punto del hotel en el que hay señal WiFi, pero la mayoría no conseguimos conectarnos a Internet. Menos mal que en el grupo contamos con un auténtico hacker, Xavi, que consigue acceder como administrador al router del hotel y cambiarle ligeramente la configuración. A partir de ese momento, la conexión funciona perfectamente.

Durante la cena comparto con varios compañeros una botella de Rift Valley, un cabernet-sauvignon etíope, bueno pero excesivamente caro para el país: cuatrocientos bir la botella, unos trece euros, frente a los treinta bir que cuesta una coca cola o una cerveza. Es lo malo de tener vicios caros, aunque en este viaje los estoy satisfaciendo muy esporádicamente.

A la mañana siguiente, después de una noche excelente en la enorme habitación que nos adjudican, me levanto antes de amanecer para una nueva sesión de WiFi. A las cuatro y media de la madrugada comienzan los rezos en la iglesia cristiana del otro lado del valle. Transmitidos por megafonía, el tono me recuerda mucho al de los tapiceros ambulantes que de vez en cuando recorren mi barrio en furgoneta. Taapiicero baarato, soofás, silloones, tresiillos, caabeeceros, coojines. Preesupuesto sin comproomiso, señoora. Casi una hora más tarde, el almuédano convoca desde la mezquita para la oración del Fajr. Dura solo unos minutos, y sus palabras me resultan ya familiares: “Alâju Akbar. Aschadu an lâ ilâja ilâ-lâh…” (Dios es grande. Testifico que no hay más dios que Dios…”).

Circulamos un par de horas por una carretera en construcción, entre plantaciones de cereales, coles, tomates, berenjenas y otras hortalizas, que se alternan con álamos, frutales, algarrobos y otros árboles para mí desconocidos. Al fondo se divisan unas montañas de arenisca roja, el macizo de Gheralta, con un aspecto muy similar a los Mallos de Riglos.

Tal y como me temía, cerca de la cima de una de estas montañas se encuentran las dos primeras iglesias que vamos a visitar, a cuatrocientos metros sobre el nivel de la llanura, que tendremos que subir a pleno sol. Menos mal que en el comienzo del sendero nos espera un numeroso grupo de personal assistants, que por un muy módico precio se ofrecen a ayudarnos en la ascensión. No me lo pienso ni un minuto, y contrato verbalmente a Girmae (nombre tigriña equivalente a nuestro Germán). Es un señor de edad indefinida, bufanda de lana color vómito enrollada a la cabeza, sahariana gris, pantalones príncipe de gales y cangrejeras verdes.

A lo largo de la subida, clasificada como nivel 3 por los montañeros del grupo, compruebo lo acertado de mi decisión. Girmae me lleva la mochila, tira de mí, me empuja, me señala con su cayado dónde debo colocar pies y manos en los tramos más difíciles.

La ascensión es francamente dura para mi estado físico, con tramos bastante complicados. Empezamos con una subida por un sendero cómodo, bastante empinado, pero rápidamente nos metemos por una estrecha grieta, por la que seguimos ascendiendo apoyándonos en las dos paredes verticales entre las que discurre la ruta.

Lo malo empieza cuando abandonamos la protección de esta grieta y comenzamos a trepar por una rampa de piedra, con unas magníficas vistas al valle, que cada vez queda más abajo. Asciendo lentamente, ayudándome siempre con las manos, procurando tener tres puntos de apoyo firmes antes de mover un pie o una mano. Y, sobre todo, sin mirar hacia abajo para que el vértigo no me bloquee.

Paro a cada rato para tomar aliento, y poco a poco me van adelantando los demás miembros del grupo. Cuando llegamos a la iglesia de Maryam Korkor me invade una euforia de triunfo. ¡He conseguido llegar arriba! No quiero pensar en la bajada.

La iglesia es interesante, aunque no se puede comparar con las famosas de Lalibela. Una fachada construida en piedra da acceso al interior, tallado aprovechando una cavidad natural. Sale a recibirnos el abad, vestido con una túnica amarilla. Nos cuentan que subió aquí hace más de setenta años, y que ya nunca volvió a bajar a la llanura. Dudo de si ha sido por alejarse de las tentaciones mundanas o por miedo al vértigo de la bajada; por un momento me veo obligado a hacerle compañía el resto de mi vida. Tendré que vencer mi vértigo, como sea.

El abad padece una ligera demencia senil, enciende velas, reza o murmulla, mira al infinito. Pero recupera la lucidez cuando nuestro guía le pide que nos muestre la cruz ceremonial de oro. Indignado, responde que la cruz solo sale del camarín para las fiestas religiosas.

Las paredes están cubiertas de pinturas naif, que representan diversas escenas de la biblia: Adán y Eva, Sansón destruyendo el templo de los filisteos, la resurrección de Lázaro… Parecen románicas, pero en realidad son del siglo XVII. Tienen un objetivo didáctico, enseñar historia sagrada a unos feligreses analfabetos.

Mis compañeros se dirigen a otra iglesia cercana, Daniel Korkor, y ahora llega lo peor. El sendero transcurre por una cornisa, que a mí me parece muy estrecha pero que reconozco que tiene un metro de ancho. Al lado izquierdo se abre directamente una caída de cuatrocientos metros hasta la llanura que, si fuera capaz de mirar, vería allá abajo. Ni pretil, ni barandilla, ni pasamanos, ni nada más que el vacío. Girmae, mi santo patrón, me coge de la mano y me indica por señas que ponga la mirada en el paredón rocoso de mi derecha. Ojos que no ven, corazón que no siente. Los guías locales descansan relajados al borde del precipicio, ajenos a mi vértigo ajeno.

El sendero termina en un pequeño rellano en el que se abre la entrada a Daniel Korkor. Yo soy incapaz de quitarme las botas para entrar, me siento en un escalón, lo más arrimado que puedo a la pared, esperando a que mis compañeros salgan de la capilla.

No sé cómo conseguí desandar aquella cornisa, es como un mal sueño del que prefiero no recordar mucho. Luego vendría la bajada, más difícil que la subida, ya que durante gran parte del recorrido había que descender mirando directamente hacia los barrancos. Menos mal que Xavi me ayudó, con su charla informática, a no pensar en la insensatez que estaba cometiendo.

Cuando llego abajo le doy una generosa propia a Girmae, convencido de que se la ha ganado con creces. Mis compañeros, que nos han ido adelantando durante el descenso, me reciben con un aplauso. Creo que me lo merezco, solo yo soy consciente de lo que me ha costado vencer el miedo. Han sido tres horas extenuantes en todos los aspectos.

Después de visitar otra iglesia más, esta accesible fácilmente en coche, emprendimos un viaje que, en dos días y medio, nos llevará hasta Addis Abeba a través de las tierras altas.

Este rápido recorrido nos da ocasión de conocer, muy superficialmente, algunas de las costumbres etíopes. Así, vemos como la zona de los restaurantes donde se prepara el yebena buna, el café tradicional, se decora extendiendo hierba recién cortada por el suelo, en recuerdo de los pisos de tierra de las cabañas, que se cubren con hierba verde para no mancharse los pies descalzos.

También asistimos a una misa en Kombolcha, la capital del Tigray. Al filo del anochecer, los fieles, vestidos de blanco, se concentran en el recinto que rodea la iglesia. El sacerdote oficia la misa en el exterior del edificio, acompañado por los cánticos y las palmadas rítmicas del público. A la puerta del recinto se agolpan mendigos, vendedores y toda clase de buscavidas.

En Kombolcha encontramos vestigios de la ocupación italiana, desde un monolito dedicado a Vittorio Emmanuelle, Re Imperatore, hasta túneles y tramos de carretera construidos para facilitar el avance de las tropas de Mussolini, que invadió Etiopía a partir de Eritrea, y que avanzó hacia Addis Abeba a través del Tigray, la Oromía y el país Amhara. También un camarero del hotel, un simpático viejecito, nos saluda con un Buona sera. Va bene?, recuerdo de sus años de emigración a Nápoles.

El cruce de la Oromía, de mayoría musulmana chiita, se nota por la profusión de mezquitas y la presencia de mujeres con la cara tapada. Se adornan con collares fabricados con discos de plata, que aquí llaman María Teresa, y que en realidad son unas monedas austríacas de aleación muy pobre, que Napoleón utilizó para pagar a sus tropas egipcias, los famosos mamelucos que luego participaron en los combates del 2 de mayo de 1808 en Madrid.

Tantas monedas llegaron a circular por todo el cuerno de África, que en Etiopía han sido de curso legal hasta mediados del siglo pasado, aunque ahora se usan exclusivamente como joyas.

Los amhara suelen vivir en complejos familiares amurallados. Durante una visita a una de estas aldeas, vemos como un ama de casa elabora la injera, el alimento básico. Prepara unos cincuenta cada día, que luego vende al borde de la carretera. A los miembros de esta tribu, como a los tigray, se les reconoce desde lejos por sus largas capas blancas.

Nunca olvidaré la tierna visión de un padre, que acompaña a sus dos hijos a la escuela, cada uno cogido de una mano, mientras carga al hombro su kalashnikov.

Al final de este recorrido llegamos a Addis Abeba. Pero esa es otra historia, que podrás leer pinchando aquí.

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