viernes, 27 de julio de 2018

“Chesil Beach” (“On Chesil Beach” 2007) de Ian McEwan: Original tema, muy bien novelado.


Queridos Cinéfilos:


Tras varios meses sin daros la lata, por haber estado algo liado, retomo la tarea para recomendaros una buena, en mi opinión, novela que acabo de leer, “Chesil Beach” (“On Chesil Beach” 2007), de Ian McEwan, cuya versión cinematográfica fue estrenada en España hace un mes con un título que corresponde exactamente a la traducción del original del libro, “En la playa de Chesil”.

Como referencia, os recuerdo que Ian McEwan es el autor de la muy exitosa “Expiación” ("Atonement"), cuya homónima notable versión para la pantalla, dirigida por Joe Wright, os comenté en este Foro hace más de diez años, pero nunca llegué a leer la novela original, justo al revés que ahora, cuando tras leer el libro no me atrevo a ver la película porque es una historia tan profundamente intimista que no me parece nada fácil llevarla al cine, trasladando los pensamientos a diálogos o a voz en off, lo que a veces funciona y otras veces fracasa totalmente.

El caso es que el 29 de junio pasado leí la crítica de la película y a la semana escasa me encontré el libro en uno de los anaqueles de la dvd/
biblioteca municipal “Eugenio Trías” (situada exactamente en la antigua Casa de Fieras del Retiro, que hace unos siete u ocho años inauguró la anterior alcaldesa con un nombre nunca más apropiado, el del filósofo, escritor y gran cinéfilo ya desaparecido; si vivís en Madrid y no muy lejos de ella, os la aconsejo para conseguir prestados libros o DVDs disponibles entre una enorme oferta). Ante la inseguridad de poder ir a uno de los pocos cines donde se programaba la película (no está hecha la miel para la boca del…) decidí coger la novela y esperar a ver la cinta, por ejemplo, en La 2 cuando toque. No me arrepiento.

Del tema tan sólo desvelo que se desarrolla en el sur de Inglaterra, en el año 62, siendo sus protagonistas, prácticamente los únicos personajes, una pareja en su noche de bodas, a la que se añaden los antecedentes necesarios insertados para caracterizar sus diferentes mentalidades y una coda final que ilustra las consecuencias del desenlace a medio y largo plazo, siguiendo en cierto modo el modelo de “Expiación”. Todo ello excelentemente descrito y escrito.

Pues me es difícil decir algo más de la novela sin “destripar” la historia, que no corresponde a una trama compleja, en absoluto, pero sí psicológicamente profunda. Es una obra corta, bastan 184 páginas con letra de un tamaño muy adecuado para maduros Space Cowboys, con una excelente traducción de Jaime Zulaika, al que me he encontrado también en otra novela, ésa realmente espléndida, que os comentaré muy en breve, espero.

Me he adelantado con “Chesil Beach” porque a lo mejor alguno de vosotros ha visto la película o puede aún verla. Si es así, ¡¡Que la comente!!

Para comparar, aquí incluyo las críticas de los lectores en el enlace respectivo en “Qué libro leo”

Si la leéis, espero que os sorprenda y guste. Y si no compartís mi opinión, ¡¡exponed la vuestra!!, que éste siempre ha sido un Foro libre.

Manrique

lunes, 11 de junio de 2018

Recuerdos indelebles

El puto maletín. Mira que me lo había dicho Martin, cuando me lo regalaron los compañeros del Rotary. “Cuídalo y no te abandonará nunca”.

De cuero de grano entero, con mis iniciales RBA —Ronald B. Aberroth, con esa B que añadí hace años— grabadas a fuego junto al asa. Grande, pero no demasiado. Blindado. Sumergible hasta cincuenta metros. El mejor, había insistido Martin.

Sentado en la arena, al pie un arbolito enano, hago inventario. El ticket del parking donde dejé el coche de la empresa. Las llaves del Maybach, con el escudo en plata. La factura de la cena: me pasé un poco con el vino, pero no tanto como para no poder pilotar la lancha. Mi licencia de patrón y el contrato de alquiler del barco.

La carta de mi abogado, que sigue insistiendo en que acepte la última oferta de Katherine para el divorcio. Y una mierda. La muy buitre se va a quedar sin nada. Mejor dicho, sin casi nada; por desgracia hay propiedades que no he podido liquidar sin levantar sospechas. Y además, lo que encuentre tendrá que repartirlo con los dos niños. Con ese par de cabrones. Y de flojos. Se van a enterar, de golpe, de cómo es la vida de la gente normal. Lo que cuesta ganarse el dinero. Lo poco que te respetan cuando no eres hijo de un millonario.

Mi dietario, con las últimas citas, y con muchas páginas en blanco a partir de ahora. Para hacer lo que me dé la gana. Sin reuniones, sin inspecciones de Hacienda, sin protestas sindicales.

La pluma, un capricho: Namiki Emperor Maki-e, esmaltada por el mismo Kawaguchi, cuerpo macizo de oro blanco, capuchón con mis iniciales —de nuevo RBA— en diamantes. Para firmar con clase.

Tres botellitas de bourbon robadas del minibar. Como si no pudiera comprarme una botella, una caja o la destilería entera. Nunca pierdo la oportunidad de apropiarme de algo que no sea mío. Como mis amantes, siempre jóvenes, siempre recién casadas. El morbo de destruir una pareja naciente, para luego, a los pocos meses, cambiarla por otra.

Importante: La tarjeta de la Seguridad Social, el pasaporte y el carnet de conducir a nombre de un Don Nadie, alguien que no merecía seguir viviendo. Alguien cuyo cuerpo, discretamente incinerado en la misma frontera de Sierra Vista, nunca aparecerá para pedirme cuentas. Roberto Bakal Alvarado. RBA. Como yo.

La factura del hotel, pagada con la tarjeta de la empresa. Con un renglón de “Extras” por quinientos dólares. Muy discreto. Y la chica, muy bien elegida por el conserje. Al cabo de un par de horas la despedí. Sin propina, yo no regalo nada.

Resúmenes de mi estado financiero en HSBC, BPA y Cayman National Bank. Bancos de toda confianza. Todo a nombre de este nuevo Roberto Bakal Alvarado, que ahora soy yo. Suficiente para vivir muchos años. Más de los que espero durar, incluso en mis sueños más optimistas.

Algunas joyas, las mejores solamente, de mi mujer, que retiré hace un par de días de la caja de seguridad del sótano. Sé perfectamente lo que cuesta cada una, las compré yo mismo. Desde la pulsera de pedida hasta el broche de platino y esmeraldas que le regalé por las bodas de plata.

Y dinero, claro, unos veinte fajos, cada uno con doscientos billetes de quinientos euros. Porque yo soy muy americano, muy republicano y muy socio de la NRA, pero el dinero en euros ocupa la sexta parte que en billetes de cien dólares. Una migaja, comparado con lo que ya tengo en las cuentas offshore. Para una emergencia.

Lo jodido es que, aquí y ahora, lo que hay en el maletín me sirve de poco, por no decir de nada. El dinero no se come.



En cuanto pasó la bocana de Port Everglades, Ron puso su Smartphone en modo avión. No quería que nadie pudiera rastrearlo. Dirigió la proa hacia el norte, en paralelo a la costa, siguiendo escrupulosamente la ruta que había declarado en la capitanía del puerto.

Unas veinte millas más allá, lanzó el teléfono por la borda. Siguió navegando hasta encontrar la zona muerta para los radares de la Guardia Costera y giró hacia el este. Puso rumbo a Bahamas en el piloto automático. La primera escala de su fuga.

Al cabo de un par de horas se hizo de noche. Con el reflector radar arriado, solo el rugido de los dos motores delataba su presencia. Bajó el gas. No tenía prisa. El mar estaba tranquilo, la Phairline Phantom se deslizaba suavemente, rasgando las olas sin un aspaviento. La luna nueva se percibía por momentos entre las nubes. La noche era fresca pero no demasiado, y oscura, muy oscura. Perfecta para que nadie viera su barco. Notaba los efectos de la juerga de la noche anterior.

Poco después de las cuatro de la mañana, sentado en la butaca del patrón, en el puente abierto, debió de dar alguna cabezada. No vio venir al portacontenedores, que probablemente se dirigía a Baltimore. Las cincuenta mil toneladas del Maersk Dauphin pasaron por encima de su lancha sin inmutarse. El ruido del impacto, atronador para Ron, ni se oyó en el puente del mercante. El piloto malayo también dormitaba, y su radar no había detectado nada.

Ron se despertó bruscamente, sumergido en el agua. La popa del enorme buque se alejaba hacía el norte, las hélices batiendo el agua en una ligera estela. Junto a él flotaba el maletín. Nada más: ni un resto de la lancha. Menos mal que llevaba puesto el chaleco salvavidas. Agarró la bengala de señales y la accionó. Nada. No funcionaba. Hijos de puta, seguro que era china. Todo por ahorrarse unos dólares. Buy american.

Apoyando los brazos en el maletín, escudriñó el agua a su alrededor, temiendo encontrar la aleta de un tiburón. Trató de conservar las fuerzas, a oscuras no se orientaba, no sabía hacia donde nadar. En cualquier caso, estaba a unas cien millas de tierra.

Unas tres horas después, al amanecer, vio un punto hacia el oeste. ¿Un barco? Nadó lentamente hacia allí; poco a poco fue aumentando. ¡Un cayo! Si conseguía llegar estaba salvado. Trató de recordar la carta de navegación; quizás fuera Walker’s Cay.

Al caer el sol, ya agotado, llegó a la playa. Arrastró el maletín hasta alejarse unos metros de la rompiente y se dejó caer en la arena.

Se despertó con el sol asomando sobre el mar, justo enfrente de él. Recordó el naufragio como un mal sueño, y —animoso pero hambriento— se puso en pie, dispuesto a buscar ayuda. Al cabo de una hora se convenció de que estaba solo en el cayo. En la milla y media que medía de punta a punta no había más que manglares, playas y algunos cocoteros. Ni un rastro de presencia humana. Aunque en realidad sí que había muestras de civilización. Las playas estaban cubiertas de basura: plástico en todas sus formas y colores. Platos, tapones, bolsas, bastoncillos, alguna colilla, cabos deshilachados, restos de una red… Lástima que el plástico no se comiera. Encontró algunos cocos caídos al pie de las palmeras; con mucha dificultad, a golpes de maletín, consiguió abrirlos. La pulpa blanca, aunque muy seca, le supo a gloria.

Pasó el día dando vueltas a la isla, escudriñando el horizonte, buscando en vano una columna de humo, una vela, algo que señalara la presencia de un barco. Nada. Tan bien había elegido su derrotero para pasar desapercibido, que estaba fuera de las rutas habituales de navegación.

Si no hubiera tirado el móvil al agua podía haber intentado llamar a emergencias si encontraba cobertura. Si no se le hubiera ocurrido aquella idea disparatada de desaparecer en el mar, estaría en Miami tomando el sol en una tumbona. Si no…

Pasaron varios días más, idénticos al primero. No sabía cuántos. No sabía qué hora era. Ni siquiera estaba seguro de seguir vivo. El sol lo volvía loco. El sol y el mar.

Ciento ochenta y un pasos de este a oeste, mil doscientos cincuenta y nueve de norte a sur. Dos números primos. Ciento ochenta y uno por mil doscientos cincuenta y nueve da doscientos veintisiete mil ochocientos setenta y nueve. Hace la prueba del nueve. Correcto. Dieciocho palmeras. Muchos mangles. Ni un nido. Ni un alma.

Cada vez encontraba menos cocos caídos, y la sed lo atormentaba día y noche. Hasta que un día se fijó en una botella que el viento o la corriente habían llevado hasta la playa del este. De plástico, todavía con la etiqueta de Aquapure. Embotellada en Nassau. Se bebió un resto de agua de su interior. Esto le recordó alguna película de naufragios. Las probabilidades de que alguien encontrara su mensaje eran mínimas, pero tenía que intentarlo.

“Soy Ronald B. Aberroth. He naufragado en un cayo, a unas cien millas de la costa, en la ruta entre Hobe Sound (Florida) y Nicholls Town (Bahamas). Ayúdeme. Le recompensaré con 100.000 US$”. El mensaje de naufragio más caro del mundo, escrito con su Namiki Emperor en una hoja arrancada del dietario. Cerró la botella y la lanzó al mar por la costa oeste. El viento soplaba hacia el continente.

Dedicó los días siguientes ¿o era el mismo día? a buscar más botellas en la playa. Algunas, muy pocas, conservaban algunas gotas de agua, de Coca Cola, de Seven Up. Consiguió enviar un par de docenas de mensajes. La esperanza le daba fuerzas, aunque la falta de agua comenzaba a causar estragos. Una diarrea lo debilitó aún más.

Llevaba mucho tiempo en la isla, no sabía cuánto, pero mucho. Quizás semanas. Los días eran siempre el mismo día. El sol ardiendo allá arriba, la arena ardiendo allí abajo. Nunca llovía, nunca se veía una nube, nunca pasaba un barco cerca. Y aunque hubiera avistado un barco, no tenía forma de llamar su atención. No le quedaban más bengalas, ni podía encender una hoguera sin cerillas.

Por fin, una mañana, o igual era una tarde, oyó ruido de motores al otro lado de la isla. Cruzó corriendo, tropezando con los matorrales, y llegó a la playa del oeste. Un yate se acercaba. Debilitado, con la garganta agrietada, no podía ni gritar. Desde el puente lanzaron una bengala de señales. Lo habían visto. Su mujer le saludó desde el puente, vestida de blanco. El barco fondeó a unas cien brazas de la playa y arrió una semirrígida, a la que se subieron dos tripulantes.
Ron se introdujo en el mar, y avanzó hasta que el agua le alcanzó la barbilla.

Desde la lancha le arrojaron una botella, y pusieron el motor a ralentí mientras maniobraban fuera de su alcance. De un par de brazadas agarró la botella, la misma de Aquapure que él había lanzado al mar. En su interior se veía un papel, aparentemente un recorte de periódico. Intentó nadar hacia sus rescatadores, pero estos se alejaron ligeramente, indicándole que volviera a la playa. —Lea primero el mensaje— fue lo que le dijeron.

En cuanto alcanzó la orilla abrió la botella. Tardó bastante en conseguir extraer el papel, tenía los dedos hinchados de la sal y las espinas de los matorrales. Lo desenrolló con mucho cuidado. La lancha se había vuelto a acercar y sus dos tripulantes lo observaban atentamente.
Era una esquela, pulcramente recortada del Baltimore Herald.


Mr. Ronald B. Aberroth
Desapareció en aguas del Atlántico el pasado 8 de mayo
Su amante esposa Katherine, sus hijos, John y Peter, y los empleados de sus empresas ruegan una oración por su alma. No se celebrará oficio de difuntos. No se aceptan flores.
Nunca lo olvidaremos.


“Nunca lo olvidaremos”. Remarcado con rotulador amarillo.

Cayó al suelo de rodillas. La lancha viró y se dirigió hacia el yate. Su mujer le dijo adiós con la mano, minutos antes de que el yate levase anclas y zarpara de vuelta al continente.

viernes, 25 de mayo de 2018

Philip Roth


Philip Roth (Newark, Nueva Jersey, 19 de marzo 1933-Nueva York, 22 de mayo 2018)

Ha fallecido Philip Roth sin el premio Nobel en literatura. Para vergüenza de la Academia sueca que no han sabido o no han  querido valorar los méritos de uno de los mejores escritores de nuestro tiempo.
Philip Roth no sólo era un escritor americano más, sino un escritor universal. Comprometido social y políticamente, podía molestar a algunos. Judío de nacimiento no tenía reparos en denunciar o criticar lo que así le parecía de una religión tan rancia.
Criticaba porque amaba y esto es fácil de encontrar en sus libros. Aquellos libros que son obligatorios leer: para comprender América, para comprender al hombre, para comprender a su generación, en definitiva es un legado, el que nos ha dejado, valiosísimo.
No le faltaron a Philip Roth premios y reconocimientos. En 1997 obtuvo el Premio Pulitzer por Pastoral americana. En 1998 recibió la Medalla Nacional de las Artes y las Letras en la Casa Blanca, y la Medalla de Oro de Narrativa, concedida anteriormente a John Dos Passos, William Faulkner y Saul Bellow, entre otros. Fue galardonado en dos ocasiones con el National Book Award y el National Book Critics Circle Award. Ganó el PEN/Faulkner Award tres veces. En 2005, La conjura contra América obtuvo el Premio de la Society of American Historians. En 2006 el PEN/Nabokov Award y en 2007 el PEN/Saul Bellow Award por logro en la literatura estadounidense. Y en 2011 el Man Booker International.

De los casi doce libros que he leído de Roth hay algunos de canon, como Pastoral americana, La mancha humana o El teatro de Sabbath.
Recomiendo leer seguidas Pastoral Americana, La Mancha humana y Me casé con un comunista. Son todas novelas de los años 90 y constituyen la gran trilogía americana.
Zuckerman encadenado reúne las tres primeras novelas protagonizadas por Nathan Zuckerman- La visita al maestro (1979), Zuckerman desencadenado (1981),  y La lección de anatomía (1983)-y, como epílogo, una pieza genial: La orgía de Praga. Todas ellas tienen en común al alter ego del autor.
Otras: La conjura contra América (2004), Elegía (2006), Sale el espectro (2007), esta última con un Zuckerman envejecido.
Su última novela, Némesis (2010), trata de  cómo se vivió la epidemia de la polio en Netwark, Nueva Jersey por sus habitantes.
Estas son las novelas que me parecen más interesantes pero hay muchas más como Deudas y dolores (1962) o El lamento de Portnoy (1969) también interesantísimas. Lo mejor de Roth es su prosa fluida, bella, elegante- esto último se lo leí a un crítico inglés- e irónica. De manera que gusta leer y que no se acabe nunca…
Pero, por desgracia, se ha acabado y el mejor homenaje que podemos hacerle es leer sus libros una y otra vez porque no nos cansaremos y siempre, es posible, encontrar algo nuevo que habíamos olvidado.
El último Premio que recibió fue el Príncipe de Asturias de las letras en el 2012.
Acaba de hacerse público que el próximo Premio Princesa de Asturias es para Fred Vargas, una escritora francesa de novelas policiacas. Me alegro muchísimo por esta decisión, sus libros son excelentes.

viernes, 18 de mayo de 2018

El último

UNO
No espera a salir del bar. En cuanto compra el paquete de Winston y las cerillas, M. despega con parsimonia la vitola, rasga el celofán y lo guarda en el bolsillo. Seguro que es de esos maniáticos que separan y clasifican la basura hasta el absurdo. Que no se le olvide echar vitola y celofán al contenedor amarillo; al acabar la cajetilla tirará el cartón al azul. Que no se le olvide nada, no equivocarse, no romper ninguna norma, no hacer nada que pueda atraer la atención de alguien. Con los dedos torpes por el frío, abre el paquete, guarda el pedacito de papel metalizado y saca un cigarrillo. El primero del día. Al cuarto intento consigue encender una cerilla, la acerca al cigarrillo y da dos caladas ansiosas. Tose, y al toser se encoje, como si le dolieran las costillas. M. espacia las caladas, las saborea, estira esos momentos de paz. Tira la ceniza al suelo, ahora que nadie lo ve. El viento frio la arrastra. Amanece, cielo gris. No llueve. Camina enérgicamente sin mirar hacia los lados, salvo en los cruces donde, antes de atravesar la calle, comprueba sistemáticamente que no se acerque ningún coche. Antes de que se acabe el cigarro, M. vuelve la cabeza hacia el interior de un portal. Todo tranquilo, ni un ruido, ni una luz que se salga de lo normal. Mira el reloj. Las ocho y diez. Todavía tiene tiempo de fumarse otro, o quizás sea un poco tarde.

DOS
Decide arriesgarse, saca el segundo cigarro de la caja y lo enciende con el primero, mientras observa disimuladamente a la gente que pasa por su lado, adultos camino del trabajo, niños con mochilas escolares. Los autobuses van llenos de gente. Mira a ambos lados de la calle y lanza el humo hacia los coches que circulan con los faros encendidos. Dentro de nada amanecerá. Hace frio. Parece nervioso, mira repetidamente a su alrededor. Apaga el cigarro sin terminar.

TRES
Ya ha recogido todo. Los guantes, la jeringuilla, el envase de la medicina y algún que otro indicio de su paso por el apartamento los mete en una bolsa de plástico que coge de la cocina. Enciende el tercer cigarrillo del día. Tiene que dejarlo, lo sabe mejor que nadie, no quiere pasar las últimas semanas de su vida ahogándose, como el hombre que yace en la cama. Porque nunca sabe cómo llamarles. Pacientes no, desde luego, no por lo menos en el sentido tradicional. Clientes tampoco, porque no les cobra. Víctimas menos, él solo los libera de sus sufrimientos. Una compañera irlandesa hablaba de targets, objetivos. Quizás sea esa la expresión correcta. El cigarrillo se va consumiendo en un cenicero; antes de irse lo agarra y chupa fuerte para reavivar la llama. Una última ojeada circular, y sale al descansillo después de asegurarse de que no hay nadie en la escalera. Cierra la puerta de un tirón. Apaga el cigarrillo contra el tacón y guarda la colilla en la mano, para tirarla más tarde a una papelera.

CUATRO
Al llegar a la estación de autobuses, M. se fuma el cuarto. Antes de encenderlo, ya con el cigarrillo en la mano, busca con la mirada un bar para desayunar, pero no ve ninguno cerca, solamente la cantina de la propia estación. Prohibido fumar. Observa a las personas que lo rodean, taxistas, viajeros, buscavidas. Espera en la acera, cerca de la parada de taxis, hasta que se agota el cigarrillo. Lo apaga meticulosamente contra el borde de una papelera, comprueba que no queda ni un rescoldo, y tira dentro la colilla antes de dirigirse al andén número cinco.

CINCO
Voz grabada: Señores viajeros, el autobús hará una parada técnica de quince minutos. Pueden descender si lo desean, pero no olviden llevar consigo todos sus objetos personales. El chófer, más humano, recuerda a los viajeros que están en el andén catorce, y que el autobús saldrá a las diez menos cuarto en punto. M. se baja con movimientos pausados, el cigarrillo y las cerillas en una mano, el maletín en la otra. Parece un médico. Pero los médicos viajan en avión o en tren de alta velocidad, no en autobús. Prohibido fumar en los andenes. Sale a la calle, se aleja media docena de pasos, enciende por fin su cigarro. De la estación entran y salen jóvenes con maletas enormes. Dos extranjeras, parecen, lo miran sin verlo. Ellas beben unos refrescos mientras comen cualquier porquería. M. todavía no  tiene hambre. Un descafeinado de la máquina expendedora. Asqueroso, a quién se le ocurre, lo tira sin terminar al contenedor amarillo, después de dudar unos segundos. Tira el cigarro al suelo y lo pisa con rabia.

SEIS
Vueltas arriba y abajo por la acera. Enciende otro cigarrillo mientras mira el reloj cada veinte o treinta segundos. Se le acerca un taxista ilegal. Lo rechaza con un gesto. No abre la boca. Todavía faltan cinco minutos para que salga el autobús. No ve a nadie sospechoso. Una pareja de la Guardia Civil vigila frente a la entrada de un edificio oficial. Apaga el cigarro antes de terminarlo.

SIETE
Nueva parada, esta vez de media hora, para comer. En esta estación dejan fumar, es al aire libre. Tiendas de chucherías, de recuerdos, de prensa. M. enciende el cigarro que lleva en la mano desde que se bajó del autobús y compra el periódico. Solo queda La Tribuna. Se espera que continúe la sequía, los embalses están al quince por ciento. El presidente regional se reúne con el ministro en Madrid. El obispo anuncia una procesión con la imagen de la patrona, para pedir lluvias. Todo eso en primera. Tira el periódico, sin terminar, a un contenedor azul al otro lado de la calle.

OCHO
Cuando va a encender otro cigarrillo, se le acerca un mendigo. Le da el cigarro que se iba a fumar, se lo enciende, no responde a sus palabras de agradecimiento. M. se aleja hacia el otro extremo de la estación. Entra en los urinarios. El mendigo parece dudar, mira a uno y otro lado. Cruza la calle, se compra un cartón de vino. Le pide fuego al quiosquero, y se instala en un banco, al sol, junto a una mujer con la que cruza una mirada de reconocimiento. Comparten el cigarro y el cartón. Beben lentamente, saboreando, igual que fuman. De vez en cuando se miran, sonríen. Se dan la mano. Se está bien: sol, tabaco, vino, compañía. El cigarrillo les dura una eternidad, aspiran despacio, suavemente, cerrando los ojos. Retienen el humo todo lo que pueden, luego lo dejan salir. Ella hace aros con el humo. No lo tiran hasta que empieza a quemarse el filtro.

NUEVE
Enciende un nuevo cigarro y se compra un sandwich de jamón y queso. Para llevar, por favor. Se acerca al andén donde espera su autobús. Contacto visual con el conductor. A su lado, una pareja se abraza, inmóvil. Parecen muy jóvenes. Se escuchan unos sollozos. No hablan, se aprietan más fuerte. Cuando el altavoz anuncia la salida del autobús, se separan unos centímetros. ¿Nunca nos volveremos a ver?, pregunta ella, rubia, pelo liso. Nunca, responde él, moreno, pelo rizado, mientras la suelta y da un paso atrás. M. apaga cuidadosamente el cigarro en un cenicero, lo tira a la papelera y se sube al autobús.

DIEZ
Fin de trayecto. M. saca un cigarrillo del paquete, ya mediado, mientras recoge su maletín y baja del autobús. Nadie lo espera en la estación, poco más que un andén con una marquesina. Al chico de antes, el de la despedida, lo espera otra mujer también muy joven, morena esta vez. Largo abrazo, sollozos. ¿Verdad que no me dejarás nunca? Verdad, contesta él antes de volver a besarla. M. pasa frente a la parada de taxis, donde los conductores juegan al dominó sobre unas cajas de refrescos vacías. Cruza la plaza, enciende el cigarrillo  y camina a paso rápido por las calles desiertas. De una ventana sale música; de otra olor a fritanga. La acera es estrecha, la ocupan cubos de basura, motos aparcadas. M. circula por la calzada, acelerando el paso y comprobando que no se acerca ningún coche. Al final de la calle se ve agua, un río, quizás, o un canal. Al llegar a la ribera, M. da una última calada, más profunda que las anteriores, y mira alrededor. Cuando está seguro de que nadie lo observa, tira la colilla al agua.

ONCE
Estación marítima. M. se sienta en el bar, con un cigarrillo en la mano. Prohibido fumar. Prohibido consumir productos del exterior. Pague al ser servido. Exija el ticket de su consumición. Los clientes se callan, el camarero sube el volumen del televisor. La presentadora anuncia que R.S.O. ha aparecido muerto en su domicilio. Según la policía no se descarta ninguna hipótesis, aunque todo apunta a una muerte natural. Imágenes de archivo del fallecido. Imágenes del portal de la casa, entrevista a una vecina que no ha visto ni oído nada. Era muy buena persona, es todo lo que alcanza a decir, con cara indiferente. Declaraciones de compañeros de trabajo, de alguna personalidad. Todos hablan de él con respeto, casi con miedo. M. deja el cigarro sobre la mesa mientras mira a su alrededor y se toma un descafeinado. En la mesa de al lado se sientan el chico que venía en el autobús y la chica que lo esperaba en la estación. Ella hace planes: la nueva casa, los muebles, la decoración, el niño que nacerá dentro de unos meses… Él asiente con la cabeza, distraído. Ella se enfada, él la besa. M. paga y sale a la calle con el cigarrillo en la mano, se acoda en la barandilla sobre el agua y por fin lo enciende. La ceniza cae al agua y unos mújoles se acercan. A pocos metros, unos niños tiran pan a los mismos peces. Una gaviota se lleva el trozo más grande. El niño pequeño llora. Se acerca el sonido de una sirena ¿policía, ambulancia, bomberos? M. aprieta los labios. La sirena se aleja, M. se relaja, apaga el cigarrillo, lo tira a una papelera.

DOCE
Han abierto la taquilla. M. se acerca, pide un billete. Solo ida, por favor. El barco no sale hasta dentro de una hora. Tres euros con cincuenta, la travesía no debe de ser muy larga. Cuando va a encender el cigarro, una mujer le pide dinero para comprar un billete. M. le da el cigarrillo, todavía apagado. Ella le pide fuego y da varias caladas ansiosas. Huele mal, se tambalea, se agarra a la barandilla. Se va a sentar en la sala de espera, pero el guardia de seguridad la echa. Se marcha protestando, dando tumbos. Se deja caer en el bordillo de la acera, termina el cigarro, tira la colilla al suelo. Se queda allí sentada, mirando a la nada.

TRECE
M. saca otro cigarro de la cajetilla. Cuando coge las cerillas mira a su alrededor. Prohibido fumar. El guardia lo observa. Se mete las cerillas en el bolsillo, coge el maletín, vuelve a la barandilla, le pide fuego a una mujer de gafas oscuras que fuma mirando a la otra orilla. M. da una calada y vuelve la cabeza para darle las gracias, pero ella ya se aleja. M. se sienta en un banco, saca del maletín una agenda, la revisa, toma alguna nota para el día siguiente. Comprar verdura. Cita para el otorrino. Llamar a P. Un grupo de turistas se baja de un autobús y se dirige hacia la terminal. Compran helados, postales, hacen fotos del trasbordador, de la otra orilla del rio, de los barquitos que pasan. Empieza a refrescar. Guarda la agenda, apaga el cigarro, se levanta para tirar la colilla a la papelera.

CATORCE
Por fin, un marinero quita el cordón que impide el acceso a la pasarela. Justo ahora M. decide encender un cigarrillo, quizás por si a bordo no se puede fumar. Se forma una cola algo caótica, en la que se encuentra otro de los pasajeros del autobús. Viste un poco como M., pero más informal. Gorra de béisbol azul marino con el logo de un equipo americano, cazadora oscura, vaqueros, zapatillas deportivas, gafas de sol. Unos treinta años, alerta, aparenta descuido. No encaja en el pasaje, casi todos jubilados o familias con niños. Pero tampoco encaja M., que se sienta en la cubierta superior, a la sombra de un toldo, mirando hacia proa. El otro se queda abajo, junto a los aseos. Al llegar a la bocana, un marinero le dice a M. que no se puede fumar a bordo. M. asiente con la cabeza, da una última calada, tira el cigarrillo al agua.

QUINCE
En cuanto pisa tierra, M. se echa a un lado y saca otro cigarrillo. Solo le quedan seis, no debería fumar tanto. Se queda junto a la puerta de la estación marítima hasta que todos los pasajeros han salido y se han dispersado por la plaza. Unos entran en la estación de trenes, varios se dirigen al centro de la ciudad, al otro lado de la plaza. El de la gorra de béisbol se para en una marquesina de los autobuses urbanos, consultando los horarios. M. rodea la plaza, comprueba que nadie le sigue y se encamina hacia un barrio desastrado, sucio, con basura por las esquinas y mujeres en bata que vienen de comprar la cena en algún mini súper. Titubea, pero no pregunta. Al final tira el cigarrillo al suelo, sin apagar, y echa a andar con decisión.

DIECISEIS
Anochece. M. está sentado en la terraza de un café, en una plaza llena de niños que corren y chillan entre los bancos. Pasa una gitana repartiendo romero, un vendedor de pañuelos de papel, un barrendero con su carro. Unos metros más lejos se detiene un taxi y baja una señora muy mayor, con andador. Una chica joven, parece colombiana, la ayuda a llegar hasta un portal. En el otro extremo de la terraza toma café el hombre de la gorra azul, ahora con la cabeza descubierta. De vez en cuando comprueba de reojo que M. sigue sentado. M. enciende el cigarrillo que un rato antes había dejado sobre el cenicero. Fuma lentamente, mira al infinito. A saber en qué piensa. El camarero lo observa, sin verlo. Es un profesional. Al cabo de un rato le cambia el cenicero. M. agradece con un gesto, luego vuelve a perder la mirada en el otro extremo de la plaza.

DIECISIETE
Hace bastante frio. M. se pide un gin tonic y enciende otro cigarro. Con la mano, le indica al camarero que no ponga más ginebra. Agita un poco el vaso, para mezclarlo bien. Demasiado hielo, le pide al camarero que quite un cubito. El camarero se lleva el vaso a la barra y lo vuelve a traer. La terraza se va vaciando, el de la gorra se levanta, paga, se mete en otro bar y sigue vigilando desde la barra. Pasa un grupo de adolescentes cargados con bolsas de plástico. Botellón. M. apaga el cigarrillo en el cenicero, se levanta y deja unas monedas sobre la mesa.

DIECIOCHO
Cada vez hay menos gente por la calle, y las pocas personas que se ven caminan con prisa, encogidas, con las manos en los bolsillos. El viento ha enfriado mucho el ambiente. Los comercios están cerrados y los bares medio vacíos. M. se para delante del escaparate de una ferretería, y parece observarlo con atención mientras enciende un cigarrillo. Ya le quedan muy pocos. Se mueve con decisión. Un mendigo acomoda sus cartones en un cajero, preparándose para pasar la noche. Un repartidor de pizzas pasa petardeando. M. se cruza con una pareja que empuja a dos niños demasiado abrigados. Vacía el resto del cigarrillo y lo tira a la papelera.

DIECINUEVE
Antes de llegar al portal, abre la cajetilla. Saca uno de los dos cigarrillos que quedan, pero está roto. Lo tira con rabia a una papelera. Un camión vacía los contenedores de vidrio.

VEINTE
El último. Hay un estanco en la esquina, pero no entra. Va a ser el último de verdad, como dice todas las noches. Enfrente de su casa se le acercan el hombre que lo ha venido siguiendo todo el día y la mujer que fumaba junto al río. ¿Doctor M.? ¿Le importa que le hagamos unas preguntas? Le muestran un carnet que puede ser de cualquier cosa. Antes de contestar enciende el cigarrillo. Esta vez sí que va a ser el último. Seguro. Se lo mete en la boca, saca la caja de cerillas del bolsillo y lo enciende. Aspira tres caladas a fondo, estruja la cajetilla, la tira a una papelera, asiente con la cabeza, y apaga el cigarro con el tacón. Ha dejado de fumar.

jueves, 17 de mayo de 2018

Presentación de "Fauna y cuento"

La verdad es que me había preparado este texto precioso para leerlo aquí, lleno de metáforas, de analepsis y de polisemias, con muchas esdrújulas y polisílabos, sin un solo anacronismo y con casi ninguno de esos lugares comunes que tan poco le gustan a nuestra profesora. Pero después de escuchar a mi compañera y a mis compañeros, me he dado cuenta de que si lo leía iba a quedar como el culo. Como el culo o como un cochero, que no sé lo que es peor. (Aquí rompo los papeles) Pero no os preocupéis, tengo un plan B.

Empecé a escribir muy joven, lo que en mi casi significa hace unos sesenta años. Ya mi primer texto era un buen ejemplo de escritura posmoderna, con aliteraciones, repeticiones y buen ritmo, aunque tengo que reconocer que no muy original.

Lo malo es que, ya desde aquel momento, el vicio de la mentira empezó a cruzarse con el vicio de escribir. En aquella mi primera obra se mezclaban verdades a medias, falsedades rotundas y afirmaciones dudosas tenían cabida.

La introducción era, con toda seguridad, falsa: Mi mamá me mima. En aquellos duros y felices años cincuenta, en el seno de una familia que me educaba espartanamente en la obediencia y la austeridad, no había peor insulto que el de niño mimado. Mi mamá no me mimaba.

El nudo era, cuando menos, discutible: Mi mamá me ama. No mejoraba la veracidad en el desenlace: Amo a mi mamá. ¡Si todavía ni sabía lo que significaba la palabra amar!

Con los años seguí escribiendo textos cada vez más extensos, en los que surgían, como malas hierbas, los brotes verdes de la mentira: Este fin de semana no he salido, he estado estudiando mucho, tenía la caradura de escribirles a mis padres, con la seguridad de que los seiscientos kilómetros que nos separaban les haría imposible comprobar mis afirmaciones.

En aquellos tiempos convulsos no me privé de redactar textos dirigidos a un público más amplio, panfletos a ciclostil y carteles escritos a mano con proclamas anarquistas plenas de mentiras piadosas: comunismo libertario, igualdad entre el hombre y la mujer, la salud por el ajo y la cebolla… Menos mal que no los leían más allá de veinte o treinta personas.

Con la búsqueda de trabajo llegó el maquillaje del currículo, y una vez encontrado, mis informes contenían habitualmente cierta dosis de imaginación, para suplir mi falta de dedicación o de conocimientos. Con razón decía mi padre (y a sus noventa y tantos años lo sigue manteniendo), que yo lo que no sé lo invento.

Seguí con unos relatos de mis presuntos viajes por países exóticos, en los que para hacerlos más atractivos describía anécdotas y situaciones en las que, por suerte, nunca me había visto envuelto. Geografías imaginarias, idiomas inventados, fotos sacadas de contexto, todo valía para atraer la atención de los lectores.

Hace unos años, por desgracia demasiado pocos, descubrí una solución que, combinando mis dos vicios, el de escribir y el de mentir, los transformaba en una virtud, en algo aceptado socialmente. La panacea era dedicarse a “La Ficción Literaria”, así, con mayúsculas. Ahora ya puedo contar impunemente mentiras, sin miedo a que me desenmascaren. Como se supone que me invento todo lo que escribo, a nadie le extraña encontrarse en mis relatos situaciones inverosímiles, personajes imposibles o lugares inexistentes.

Lo malo es que, ahora que por fin puedo escribir tranquilo y engarzar toda una sarta de falsedades hasta formar una novela, el virus me ataca desde otro ángulo. Comencé, primero con cuentagotas y luego a chorro, a mezclar verdades con lo que en teoría era pura ficción. Algunas, cada vez más, de las cosas que les pasaban a mis personajes, no eran imaginarias, como yo afirmaba, sino que en realidad me habían sucedido a mí, o al menos a personas muy cercanas. Esta contaminación ha ido creciendo, hasta que a mí mismo me resulta difícil distanciarme de alguno de mis personajes, distinguir mis sueños y recuerdos de los suyos.

Para terminar, y aunque mucho me temo que a estas alturas mis palabras no os ofrezcan ya ninguna credibilidad, os aseguro que los dos relatos del libro que aparecen firmados por mí los he escrito yo. De verdad. Lo prometo. O sea que si no os gustan, solo a mí me podréis echar la culpa.

Si queréis leer uno de los relatos, podéis pinchar aquí.

domingo, 1 de abril de 2018

"La Pasión de Cristo" ("The Passion of the Christ" USA 2004), dirigida por Mel Gibson



Queridos Cinéfilos:


Creo que hoy es fecha oportuna para comentar "La Pasión de Cristo", película dirigida por Mel Gibson que levantó una enorme diatriba en la crítica, dividida en bandos más o menos equivalentes entre los que la consideraron una buena versión y los que la acusaban de ser un espectáculo sádico u, otros, de ser ferozmente antisemita.

Yo me pregunto: imaginemos por un momento que esta película la hubiera rodado Pasolini, de no haber sido asesinado 30 años antes, o, por tomar un americano, un resucitado Sam Peckinpah y hubieran obtenido un resultado de muy similar patetismo Es indemostrable lo que afirmo, pero estoy absolutamente convencido de que la inmensa mayoría de los críticos que han masacrado la película por considerarla casi "gore" hubieran alabado el hiperrealismo con el que fue rodada, porque ni un  sólo colega suyo de los años cumbre de aquellos cineastas se atrevió jamás a cuestionarlos por la crudeza de sus películas. Así (me dirijo, por cuestiones de edad, a los Space Cowboys, ya que los más jóvenes es menos probable que hayáis conocido las cintas que cito):

  • De Pier Paolo Pasolini: ¿Era menos violenta su última película, "Saló, o los 120 días de Sodoma" (1975), adaptación libre de una obra del Marqués de Sade? Yo opino que era  muchísimo más dura y causaba en el espectador una repugnancia totalmente gratuita (en IMDB he visto que algunos comentaristas que le asignan 10/10 esa cinta, al mismo tiempo afirman que es la película más dura de la historia; por mi parte recuerdo que un compañero de ASTANO, la única persona conocida que me consta fuera a verla cuando se estrenó en España a finales de los 70, me contó que era la única vez en su vida que se había salido del cine sin terminar la película). Además, yo afirmo que carecía absolutamente de la menor historicidad o valor artístico y, lo peor, ¿cuál era su utilidad o mensaje positivo?
  • De Sam Peckinpah: ¿Es que nadie  recuerda la tremenda repercusión de "Grupo Salvaje" (1969), con su revolucionario uso de la cámara lenta para grabar los impactos y salpicaduras de sangre en los feroces tiroteos (adicionalmente, "curioso" detalle el de los rubitos niños quemando alacranes, hasta que estos se "suicidan", en la primera secuencia) y luego en "Perros de Paja" (1971) su violencia brutal? 
Jesucristo en la última cena
Aclaro: En  la época de la producción de las dos citadas películas existían unos límites implícitos de moral pública respecto a la escenificación de las escenas de sexo y violencia, límites que han sido posterior y progresivamente relajados muy considerablemente, con la inmensa mayoría de la crítica actual aplaudiendo la verosimilitud alcanzada en las escenas eróticamente tórridas o de extrema violencia. Entonces, ¿a qué viene escandalizarse porque un director haya rodado de forma muy realista la flagelación y la más despiadada ejecución prevista en la ley romana, la crucifixión, de Cristo? Estoy convencido que ello se debe muy mayoritariamente a que el director es Mel Gibson, al que muchos no le perdonan que sea una persona de ideario conservador y, por si le faltaba algo, además católico. Tampoco conviene olvidar que el poderosísimo lobby sionista "se la tenía jurada" debido a la famosa frase del Evangelio que se reproduce fielmente en la película, cuando Poncio Pilato pregunta a la muchedumbre a quién liberar, si a Jesús o a Barrabás, y, tras la respuesta, hace responsable ante la Historia de la condena de Cristo a la vociferante masa, que lo acepta explícitamente ("Caiga su sangre sobre nosotros y nuestros hijos...", si recuerdo bien).

Tratando de mantenerme estrictamente en el ámbito cinematográfico, yo le dí una nota alta (8) a "La pasión de Cristo" porque:
  • Creo que, en sentido general, la película está excelentemente rodada.
  • Su ambientación, localización y referencias históricas (entre las que se cuenta las de los instrumentos para aplicar la más dura flagelación prevista en esa época, según leí en algún sitio) son extraordinarias.
  • Las interpretaciones son de buenas a muy buenas: Jim Caviezel se ha "trabajado" a conciencia su papel (parece ser que hasta recibió accidentalmente un "rasponazo" en la flagelación, naturalmente no puedo constatarlo, pero no me extraña habida cuenta cómo está rodada) y entre los secundarios destacaría a la rumana Maia Morgenstern como María, a Hristo Jivkov como Poncio Pilato  y a Mónica Bellucci como María Magdalena.
  • Fotografía e iluminación, sobresalientes. Alguna escena simbólica, como la casi al final de la gota de agua, original e inspiradísima.
  • Es de destacar cómo, para alcanzar la mayor verosimilitud, se optó porque los personajes hablaran en sus correspondientes lenguas (fundamentalmente arameo por los judíos y latín por los romanos) y la película jamás ha sido doblada, lo que sorprendentemente no le impidió obtener un más que notable éxito en taquilla. 
Más como cristiano que como cinéfilo "puro", yo le reprocharía que no dé una imagen más profundamente trascendente de Jesucristo, cosa, por otra parte, difícil de hacer por el director si no se quiere caer en un retrato hagiográfico... A mí no se me ocurre cómo hacerlo, pero noto que "falta ese toque".

Como siempre he intentado insertar los enlaces de los críticos profesionales pero por ser la película anterior al inicio de Filmaffinity, no figuran allí y refiero directamente a esa página, donde constataréis la división similar de los críticos oficiales entre a favor y en contra, en https://www.filmaffinity.com/es/film332621.html

María Magdalena, San Juan y María en el descendimiento
Pero demos voz a las opiniones particulares en esa página (para esta película hay nada menos que 314 críticas subidas), de las que las cinco más apoyadas le dan respectivamente una nota de 8, 10, 8, 6 y 9. Yo me identifico plenamente con el contenido del comentario de Juan Cádiz, apoyado por el 87% de los otros usuarios que lo han leído, "¿Me haces un retrato, pero con los ojos más bonitos?", persona que ha subido 621 críticas, ha votado más de 4000 películas, asignándoles una media de 5,7;  con estos datos me supera astronómicamente, ya que yo sólo he votado 608 películas y con una media de 7,2. Me pregunto autocríticamente: ¿me quedé corto con el 8 que asigné a esta película en Filmaffinity frente al 10 que le da Juan Cádiz?. 

Si ya la habéis visto o la veis como consecuencia del presente comentario, os ruego que compartáis vuestra opinión, tanto si es convergente como divergente.


Y quiero acabar con un mensaje optimista de esperanza, en línea de cómo acaba la película tras la Pasión, ya en el Domingo y con el sepulcro vacío, ¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!!, como han felicitado los cristianos desde hace casi 2000 años en tal día como hoy.


Manrique

jueves, 29 de marzo de 2018

Los archivos del Pentágono


Los archivos del Pentágono
2017
Steven Spielberg
En 1971 el New York Times y el Washington Post publican los documentos clasificados del Pentágono, sobre la guerra de Vietnam, una guerra que nadie esperaba ganar, un error tras otro y una información oculta a la opinión pública que duro cuatro décadas y afecto a cuatro presidentes.
La historia se centra en Katherine Graham (Meryl Streep) editora del Post y su redactor jefe Ben Bradlee (Tom Hanks). Para Graham es un reto como dueña del periódico y como mujer. Además por esos días se está considerando la salida en Bolsa del Post, un periódico, hasta ese momento modesto, no como el Times de mayor prestigio. Graham está en ese cargo por herencia, debe demostrar cuánto vale para dirigirlo. Bradlee es testarudo, sabe dirigir a sus redactores pero él arriesga menos que ella. El duelo entre ambos, en el mejor sentido interpretativo, es extraordinario, como espectadora he disfrutado muchísimo.
Cuando empieza la película Katherine Graham es una mujer insegura, tímida pero dispuesta para la lucha. Intenta convencer  a Bradlee que sea más suave con la administración de Nixon, ya que ésta le ha negado las credenciales para cubrir la boda de la hija del presidente. Cuando la película termina, Graham se siente segura y lanzada a asumir la decisión más importante de su vida.
Cómo se consiguen los famosos archivos clasificados forma parte de la trama de la película pero no es la esencia. Hay un inevitable espionaje periodístico y unas escenas bélicas para que nos hagamos una idea de lo que supuso esa guerra, a la que iban los jóvenes soldados sin convicción. Supongo que ninguna guerra es popular pero ésta mantuvo una oposición sin precedentes en la calle.
Al final se llega hasta el Supremo que debe votar a favor o en contra de la publicación: si pone  o no en peligro la seguridad del Estado. Decisión que sentó un precedente importante en la historia del periodismo. El Supremo declararía que un bien a corto plazo no puede ir en contra de un principio general para todo el país y el periodismo debe estar al servicio de los gobernados y no de los gobernantes. Sentencia aprobada por seis votos a favor y tres en contra. El momento culminante de la película es cuando se llega al Tribunal Supremo, recogido en la famosa escalinata, fotografiada desde abajo para que el impacto sea aún mayor de respeto y aceptación.
La mínima aparición de Richard Nixon hablando por teléfono de espaldas y dando la orden: que nadie del Washington Post entre jamás en la Casa Blanca, manifiesta su derrota. Derrota que sería definitiva cuando se descubriera el asunto del Watergate.
Spielberg dirige y produce nuevamente una obra maestra para guardar en su mejor filmografía.
Recomiendo verla por cómo está tratado el tema, por la magnífica interpretación de Meryl Streep y Tom Hanks, actores que con la  madurez ganan en calidad  interpretativa y como documento histórico.

viernes, 23 de marzo de 2018

Todo el Dinero del Mundo

Todo el Dinero del Mundo
2017
Ridley Scott
Mi admiración por Ridley Scott es de sobra conocida en este foro. En este caso, sabe transmitir admirablemente la desesperación de una madre por su hijo secuestrado, que nos deja a los espectadores conmovidos. No ahorra este director ninguna imagen particularmente sangrienta y cruel de los secuestradores.

La historia es muy conocida, ya que no hace tanto tiempo que ocurrió. En 1973, el nieto de un famoso millonario, es secuestrado en Roma, por una banda de poca monta que les desborda enseguida el hecho. Pero lo que asombró al mundo fue que el abuelo se negara a pagar el rescate, alegando que tenía munchos más nietos, posibles rehenes, y, por tanto, numerosos rescates a pagar. Argumento que no a todos convencía. El millonario no es ni más ni menos que Paul Getty, magnate del petróleo, que supo sacar tan codiciado producto de Arabia Saudí, negociando “sabiamente”.
Es particularmente importante la figura del mediador, contratado por  Getty y que acompaña y asesora a la madre. No sé, hasta qué punto se desarrollaron las negociaciones cómo se ven en la película, guion basado en un libro, Painfully Rich de John Pearson,  escrito por David Scarpa, pero no creo que difiera demasiado de la realidad.
El secuestro se vuelve particularmente difícil cuando los secuestradores “venden” al secuestrado a una mafia, especialmente cruel.
En medio no podía faltar la prensa, ese colectivo que todo lo justifica porque es noticia y no se paran ante nada.
Pocos premios para una película tan bien hecha. Tres nominaciones  a los Globos de oro para mejor director, mejor actriz y mejor actor de reparto. Nominación a los Oscar para mejor actor de reparto y premio Bafta para este último.
La sustitución de Kevin Spacey por Christopher Plummer supuso una importante pérdida para los que admiramos a Spacey, pero Plummer está bastante bien, aunque dentro de lo esperado. No hace falta que recuerde cuál es la razón de esa sustitución: una denuncia por violación ocurrida hace unos treinta años a un menor, causó estupor en una sociedad, por otra parte bastante frívola e hipócrita.
Michelle Willians esta espléndida como madre impotente, ella no tiene el dinero que piden por su hijo y necesita pedírselo  a su suegro, que se niega sistemáticamente a recibirla.
Mark Wahlberg, interpreta a Fedcher Chase, el que hace tratos, como se define a sí mismo, es el personaje en cuyo papel se pone el espectador, de manera que vive directamente el drama, sin ser parte afectiva en él.
Los demás actores secundarios están bien, cabe destacar a Romain Duris, como el secuestrador compasivo, si es que puede haber una mínima compasión en un acto tan violento.
Charlie Plummer, (Paul Guetty III), un joven de dieciocho años, que ha tenido una buena oportunidad en esta película de lucimiento como actor.
Si alguien tiene dudas de que un secuestro es lo peor que le puede pasar, aquí se resuelven. Efectivamente, es lo peor que te puede pasar.
Resumiendo, muy buena película que recomiendo expresamente

miércoles, 28 de febrero de 2018

Dresde, capital del Estado de Sajonia

Dresde, capital Del Estado federado de Sajonia


Llegué a Dresde en el verano de 1999, la primera ciudad alemana que visitaba. La elegí por su arte y no me defraudó, a pesar de encontrarse en proceso de reconstrucción. Pero conservaba ese glamour que tienen algunas ciudades europeas. Alguien la ha comparado con Florencia, la Florencia del Elba, dicen. Los gustos son tan personales que es difícil establecer cánones. Desde luego, para mí, una cosa es Florencia y otra es Dresde. Ni una es mejor que  la otra ni tampoco se parecen. Prometí volver cuando la cúpula de la Frauenkirche estuviera terminada y no he vuelto. En ese momento estaban todos los pedazos de la famosa cúpula, como si de un puzle gigantesco se tratara,  debidamente clasificados y acordonados en un perímetro aproximado al tamaño de la plaza de España de Madrid. Eso me emocionó, por eso decidí volver.

Era una ciudad que empezaba a levantarse de un pasado duro, todavía se veían trabant, esa marca de coches de la República Democrática alemana, con aspecto de que se iban a parar en cualquier momento para no volver a arrancar. Calles con poca circulación, con lentos tranvías, parecía el tiempo detenido. Pero sabíamos que no iba a seguir así por mucho tiempo, que la reunificación iba en serio y, que en unos pocos años, Dresde se podría comparar a cualquiera de las ciudades del oeste de Alemania.
El mayor esplendor de la ciudad comenzó en 1694 coincidiendo con el comienzo del reinado de Federico Augusto I, el Fuerte; una estatua ecuestre totalmente dorada y con armadura romana que desde un alto pedestal parece que nos diera la bienvenida, nos lo recuerda; 69 años de reinado en el que se dieron cita artistas, músicos, artesanos italianos, literatos, entre los mejores de Europa y  nos dejaron bellísimas obras de arte.
El día de la Ascensión, a las tres, penetraba un joven en la ciudad de Dresde por la Puerta Negra, metiéndose, sin advertirlo, en un cesto de manzanas y de bollos que vendía una vieja, de modo que toda la mercancía salió rodando y los chiquillos de la calle se apresuraron a apoderarse del botín que tan generosamente les proporcionaba aquel señor. (El puchero de oro. E. T. A. Hoffmann  (Könisbreg, Prusia 1776- Berlín, Alemania, 1822)
Estamos en la mejor época de Dresde, la ciudad rococó por excelencia. El nombre de rococó, que viene de rocaille se dio mucho más tarde por los adversarios en sentido despreciativo y caricaturesco. Pasan los años, los gustos cambian y se ponen las cosas en su lugar. Un estilo, que a menudo se considera heredado del barroco y no es así, convive en la misma ciudad, como es nuestro caso y lo supera en gracia, originalidad y belleza. Francia inició el proceso. Pero, por lo menos, en arquitectura, Alemania produjo el mayor número de obras. El Zwinger de Dresde es la obra maestra de
Matthäus Daniel Pöppelmann construido entre 1711 y 1722 para Augusto el Fuerte. El Zwinger es un conjunto de salones de baile, de juego, termas, grutas y galerías, destinado a albergar las grandes fiestas de corte, único en su género en Europa. La estructura adoptada por Pöppelmann en el pabellón del recinto del Zwinger, un cuerpo redondo en el centro de dos alas bajas, fue la solución típica del Rococó alemán. Así, hay que verlo para entenderlo.
No estoy menospreciando el barroco pero la diferencia de estilos es importante. Mientras que el Rococó busca lo agradable, refinado y desenvuelto, sutilmente sensual, el barroco tiende a lo imponente y sublime. Ambos estilos subsisten a la vez, el barroco destinado a edificaciones más serias, iglesias, el rococó más lúdicas. Es decir es la función lo que determina el estilo. Así tenemos la impresionante cúpula de la Frauenkirche, iglesia de Nuestra Señora, construida entre 1726-1743, de estilo barroco.
En escultura y pintura las diferencias son todavía más notables; el abandono de los temas grandiosos, de las proporciones majestuosas, en favor de los temas más ligeros y agradables, de pequeñas y refinadas dimensiones, de colores mórbidos y airosos. Y, además, la valorización de las artes menores, que en este periodo viven un gran momento: muebles, espejos, tapices, porcelanas y plata.
Las primeras porcelanas europeas fueron fabricadas precisamente en la manufactura sajona de Meissen, que mantuvo y mantiene un altísimo prestigio.  
En la estrecha calle Augustusstrasse, se encuentra la fachada exterior de la Larga Galeria, aquí , sobre una longitud de 102 metros, el pintor Wilhelm Walter había representado (1873-76) a los soberanos de la dinastía de los electores de Wettin, el llamado “Desfile de los Príncipes”, primeramente con la técnica del revoque rasguñado. Después de que aparecieran daños en la construcción, en 1906 se reprodujo el monumental mural sobre 24.000 azulejos de porcelana de Meissen. Esta obra aguantó incluso la noche del bombardeo de 1945 sin detrimento y documenta la historia milenaria de la dinastía de los príncipes electores de Wettin así como la vestimenta y armas de las distintas épocas.

En 1697, Augusto el Fuerte se pasa, con toda su corte, al catolicismo y se convierte en rey de Polonia. Las primeras misas las mandaba celebrar en la capilla del Palacio Residencial y, a partir de 1707, en el vacío teatro de la ópera, junto al Palacio. En 1727 cuando la población evangélica estaba a punto de crear, con la construcción de la iglesia “Frauenkirche”, la obra arquitectónica religiosa protestante más importante de Europa. Augusto III vio la necesidad de edificar una iglesia católica. La planificación y los preparativos se llevaron en el máximo secreto, Fue encargada a Gaetano Chiaveri, entre 1739-1755, que la decoró con 78 imágenes de santos en las  balaustradas, al gusto italiano. La Horfkirche o catedral de la Santísima Trinidad que así se llamó, tenía prohibido el tañer de las campanas  y las procesiones deberían celebrarse dentro de la catedral.
En el siglo XVIII, un grupo de pintores venecianos, Canalleto, Belloto, Guardi, Marieschi, crean un tipo de paisaje nuevo, son vistas de Venecia en su mayoría, pero no sólo de ésta, también de otras ciudades europeas a donde viajan y recrean su ambiente, los lugares donde se desarrolla la vida cotidiana de sus ciudadanos, sus costumbres, mercados, meriendas en las orillas de los ríos o en pequeñas embarcaciones, todo con el decorado de la ciudad al fondo; son los que se llamarán vedutistas. Se pusieron tan de moda porque muchos príncipes, aristócratas y adinerados personajes de la época deseaban adquirir una de estas “vistas”.
Bernardo Belloto, llamado el Canaletto joven, (Venecia 1721- Varsovia 1780) pintor y grabador, sobrino de Canaletto, viajó por distintas ciudades europeas; llegó a Dresde en 1747 donde trabajó hasta 1758 y fue nombrado pintor de corte de Augusto III.  Nos dejó las más bellas vistas de la ciudad con el Augustusbrücke sobre el Elba en primer término y la ciudad con su esplendorosa cúpula de la Fraunenkirche en segundo término. Se pueden contemplar todas sus obras en la Gemäldegalerie Alte Meister. Belloto en 1759 viaja a Viena, después Munich, pero en 1761 regresa a Dresde, devastada por la guerra de los siete años, permanece allí otros seis años. Acabaría sus años en Varsovia.
En la pinacoteca de los “Maestros Antiguos” además de muchas otras pinturas
magistrales se puede admirar la famosa Madonna Sixtina, obra de Rafael (1483-1520).
Los angelitos que el pintor italiano pintó en la base del cuadro en actitud de cansancio y aburrimiento se han convertido en el  lema de la ciudad y se pueden ver repetidos en multitud de objetos de recuerdo. Estoy casi segura que Rafael incluyó en su cuadro a unos niños que le estaban dando la lata.
Ni en Dresde ni en las principales ciudades europeas se puede vivir sin música. Ha formado parte de nuestra tradición desde siempre y ha evolucionado paralelamente a nuestro desarrollo cultural y científico. Los grandes compositores, los genios son europeos: alemanes, italianos, rusos sobre todo, pero también, ingleses, franceses o españoles.
Por tanto se necesitaban hermosos teatros para escuchar tan maravillosas melodías. Y
los arquitectos se lucían cuando había que hacer un auditorio o un palacio para representar ópera. No sólo la acústica sino también la belleza artística buscaban estos genios de la arquitectura. En Dresde, Gottfried Semper construye un palacio para ópera en 1841 y se convierte en la envidia de toda Europa. Un año después llega Richard Wagner como director de música. Pero el afamado y suntuoso edificio, de estilo renacentista italiano fue pasto de las llamas y quedó destruido en 1869. Nuevamente se le encarga a Semper la planificación de un teatro para ópera y otra vez realiza un maravilloso proyecto que será destruido en febrero de 1945. Pasaron 40 años pero se ha reconstruido fielmente el proyecto de Semper. Ojalá esta ciudad no tenga que sufrir nuevas reconstrucciones.
Continuación de El Puchero de oro de Hoffmann:
Ante el griterío que armó la vieja, abandonaron las comadres sus puestos de bollos y aguardiente, rodearon al joven y lo llenaron de soeces insultos; tanto, que el infeliz, mudo de vergüenza y de susto, sólo pensó en entregar su no muy bien provisto bolsillo a la vieja; que lo cogió ávidamente, haciéndolo desaparecer. Entonces se abrió el círculo; pero cuando el joven salió huyendo, la vieja le gritó: “¡Corre…, corre…, hijo de Satanás, que pronto te verás preso en el cristal! La voz chillona y agria de la mujer tenía algo de horrible; los paseantes se quedaron parados en silencio y la risa de todos desapareció. El estudiante Anselmo-que este era nuestro joven- aunque no comprendía el sentido de las palabras de la vieja, se sintió sobrecogido por un involuntario estremecimiento, y apresuró más y más el paso para escapar a la curiosidad de las gentes. Conforme se abría camino entre la multitud, oía murmurar: “¡Pobre muchacho!... ¡La maldita vieja!...”
Pasó de largo por la puerta de los Baños, y por fin fue a refugiarse en el paseo  a orillas del Elba, que estaba solitario. Bajo un saúco que sobresalía de una tapia halló una sombra amable; se sentó tranquilamente y sacó una pipa que le había regalado su amigo el pasante Paullmann. Ante su vista jugueteaban las ondas doradas del Elba, detrás de las cuales se levantaban las torres esbeltas de Dresde en el cielo polvoriento del cielo, que cubría las verdes praderas floridas y los verdes bosques; y en la profunda oscuridad se erguían las dentadas montañas, nuncios del país de Bohemia.
Como Anselmo podemos sentarnos y disfrutar de tan bellas vistas si, durante unas cortas vacaciones, decidimos pasarnos por Dresde.
Los jardines de los Baños de Linke, en la orilla derecha del Elba, eran uno de los sitios más frecuentados por los habitantes de Dresde; se podía escuchar música y beber café con ron, cerveza o aguardiente. La puerta negra hace referencia a una construcción romana

domingo, 18 de febrero de 2018

Martes de Carnaval, 13 de Febrero de 1945: El mayor crematorio de la Historia actúa en Dresde


Queridos Cinéfilos:

Mi edición (1969) de la novela sobre Dresde
Hace más de diez años, el 5 de abril de 2006, cuando este Foro aún no había empezado a operar como un blog (Marga aún no nos había hecho el inmenso regalo de informatizarlo y tan sólo era una simple lista de correos electrónicos con la que los miembros del “grupo fundador” compartíamos nuestras opiniones sobre películas, obras de teatro, programas culturales en TV o libros), circulé una recomendación sobre un reportaje entonces recién emitido en La 2 en su programa habitual de la noche de los sábados, “La Noche Temática”, dedicado al bombardeo aéreo aliado y consecuente completa destrucción de Dresde (en alemán, Dresden, capital de Sajonia, calificada hasta entonces como "la Florencia del Elba"aunque fuera la más barroca ciudad alemana), masacre que comenzó exactamente a las 22:03 del 13 de febrero de 1945, martes de carnaval, y continuó hasta el anochecer del día siguiente, al menos.

Escribí en aquel correo una pequeña introducción que considero sigue siendo válida:

“El sábado pasado en "La noche temática" de TV2 vi un magnífico documental, que ha ganado no se qué premio internacional, “El bombardeo de Dresde en Febrero de 1945”. Espectacular y no por las imágenes del bombardeo en sí (su eficacia hizo que no queden imágenes) sino por los recuerdos y opiniones de los testigos.

Cuando tenía 20 años leí un libro sobre este bombardeo y me quedé impresionado: No todos saben que es el triste récord mundial de víctimas en un solo día: 150.000 muertos (cifra estimada; para comparar, los muertos durante la totalidad de la guerra en Londres por bombardeos, incluidas las V2, no llegaron a 8.000), duplicando las de la bomba atómica en Hiroshima.


Dresde en 1939. A la derecha la Frauenkirche, principal iglesia luterana.
Dresde era algo así como la Salamanca de Alemania, con medio millón de habitantes, nulo valor militar o industrial y que no había sido bombardeada hasta el fatídico martes de carnaval de 1945, con Alemania perdiendo la guerra a chorros en sus tres últimos meses.

Los habitantes presumían que había un pacto tácito por el que en sus días de poder la Luftwaffe nunca bombardeó Cambridge ni Oxford y a cambio los angloamericanos no lo harían con Dresde. Lo que no habían imaginado es que, como en los acuerdos de Yalta entre la URSS, USA y GB de un mes antes se repartían las porciones de Europa en función de su fuerza militar y aportación de su esfuerzo para derrotar a Alemania, los occidentales quisieron demostrar a la URSS la eficacia que habían conseguido en sus bombardeos estratégicos contra la industria alemana, bombardeando durante una noche y un día, hasta arrasarla, una ciudad "virgen" que el Ejército Rojo conquistaría en pocos días. Lamentablemente era la joya del barroco sajón y lo único que contenía era una inmensa muchedumbre de refugiados que huían del avance ruso a 100 kms de distancia. Lo que dijeron en el programa: una carnicería totalmente inútil (en su inmensa mayoría de no combatientes) para el resultado de la guerra, y cruel (los 3000 bombarderos emplearon masivamente bombas incendiarias precursoras del napalm que desencadenaron lo que se llama una "tormenta de fuego" de dimensiones apocalípticas).

Dresde después de la "tormenta de fuego"

Tengo un amigo que ha estado pasando una semana en Dresde hace un par de años y está maravillado de cómo se han reconstruido los principales monumentos de la ciudad en una labor de décadas. Me mostró fotos preciosas. Eso sí, no han podido revivir a los 150.000 muertos....A ver si el mundo aprende.”


Mi comentario no tenía más utilidad práctica, a posteriori, que resaltar la excelencia del programa por si alguna vez lo repetían y podíais verlo (hecho muy inusual entonces, no como ahora que en las cadenas de TVE se repiten varias veces los reportajes e incluso las películas en un plazo de meses, por los recortes de gasto, supongo) y, no menos importante, llamar la atención de los que no tuvierais noticia previa de dicho bombardeo, cuyo número de víctimas es imposible prácticamente de fijar por unas evidentes razones:
  • Habría que haber sabido con cierta aproximación cuántas personas se encontraban en Dresde esa noche, pero parece lógico aceptar que su población habitual prácticamente estaría duplicada por la enorme cantidad de refugiados civiles de Prusia y Silesia (de los que no había listas o se perdieron) que huían en masa aterrorizados por la proximidad del avance inexorable del Ejército Rojo, que llegaba dispuesto a cobrarse duplicadas, triplicadas o más, las ofensas recibidas de la Wehrmacht en su tierra durante los años anteriores.
    La zona de la Frauenkirche en ¡¡1952!!  Reconstrucciones al fondo
  • Debido a que se utilizaron muy mayoritariamente bombas incendiarias en vez de rompedoras, se alcanzó una enorme temperatura en todo el centro de la ciudad por la “tormenta de fuego” que se desencadenó, por lo que se supone que miles (¿cuántos?) de cadáveres literalmente se convirtieron en ceniza y no quedó rastro de dichas víctimas. Así Dresde se convirtió en un inmenso crematorio "automático".
  • Se pueden obtener en internet datos pavorosos: en los días siguientes al bombardeo, ante la enormidad de víctimas, que desbordaban la posibilidad de enterramientos incluso en fosas comunes, las autoridades organizaron piras colectivas “in situ” de varios cientos de cadáveres apilados en cada una, que se quemaban de la forma más eficaz posible con las escasísimas reservas de combustible disponibles. Es casi un sarcasmo que hubiera que recurrir al fuego para eliminar los cadáveres del pavoroso incendio.
  • Tras apagarlo y enfriarse las ruinas, lo que he leído que tardó siete días, y poder acceder las patrullas de rescate a algunos refugios no muy profundos o protegidos, a veces encontraron un magma resultado de la fusión de los cuerpos humanos que allí se apretujaron a tope durante el ataque. ¡El horror!.
Zona céntrica tras el bombardeo
Mi primera noticia sobre ese terrible bombardeo la obtuve a través de una novela francesa que leí en 1970, “La ciudad asesinada” (“La ville aux toits verts” = La ciudad de los tejados verdes, por el color oxidado de los tejados de cobre de muchos de sus mejores edificios) escrita por Maurice Guillot, sargento voluntario en el ejército francés durante la Segunda Guerra Mundial, con 20 años prisionero de los alemanes tras la debacle militar gala y consiguiente rendición de junio de 1940, logrando escapar posteriormente para unirse a la Resistencia y volver a ser capturado y enviado a los campos de concentración, posteriormente de trabajo, nazis en Polonia y Alemania. Liberado definitivamente al final de la guerra, fue múltiplemente condecorado y ascendido a oficial. Estudió lenguas vivas y en 1948 se reincorporó voluntario al Ejército, participando en la Guerra de Indochina, causando baja definitiva en 1956, cuando declaró que ya no quería ser más “ni funcionario, ni mercenario”, añadiendo que deseaba “poder describir libremente la verdadera imagen de un ejército en la guerra”.

La publicación en 1959 de su primera obra “La Grande Ocassion”, crítica con la política militar francesa, trajo consigo su fulminante despido de su puesto en los Servicios Sociales de la zona de ocupación francesa en Alemania y un largo proceso judicial con el Ejército, que acabó con el Tribunal de Apelación fallando a su favor.

A partir de entonces se dedicó plenamente a escribir, basándose para “La ciudad asesinada” en las experiencias propias y las referencias que le facilitaron otros prisioneros en el cautiverio, novela en la que narra la vida de un supuesto alter ego desde la rendición de junio de 1940 durante su largo calvario en diversos campos de prisioneros para acabar, hacia el final de la guerra, como trabajador forzoso en Sajonia, ya no rígidamente controlado en un campo sino alojándose en semilibertad en una casa de alemanes de la tercera edad con los que establece un relativamente estrecho nivel de convivencia, hasta llegar a la hecatombe de la noche del Martes de Carnaval de 1945 con la destrucción de Dresde, que está narrada de una forma casi de documental periodístico que, os aseguro, no le deja a uno indiferente. Es totalmente impactante.

Pira en el centro de Dresde
En cierto modo “La ciudad asesinada” es una novela con un mensaje y estilo similar a "La Hora 25", recientemente muy bien comentada por José Ramón, aunque, en mi opinión, esta última sea literariamente superior y tenga un personaje fundamental, aunque no protagonista,  Traian Koruga, que inserta la visión razonada de un intelectual como testigo del caos total, categoría de persona que no aparece en “La ciudad asesinada”

En el verano de 2016 participamos en un viaje colectivo visitando el norte de Alemania en el que lamentablemente pasamos sólo cinco o seis horas en Dresde, tres de ellas con una muy buena guía local que nos enseñó la ciudad reconstruida, incluyendo en su explicación una referencia al bombardeo en la que nos comentó que la “tormenta de fuego” llegó a elevar la temperatura en el centro de la ciudad a 1000 o 1500ºC, no lo recuerdo bien pero por ahí andaba. 


En este sentido tengo que añadir un dato llamativo: dos días después, durante nuestra visita al enorme ayuntamiento de Hannover nos enseñaron en su hall cuatro muy grandes y detalladas maquetas de esa ciudad a lo largo de su historia, una de ellas de 1945, al final de la guerra, donde la guía local nos informó que fue la ciudad alemana más destruida durante el conflicto por ser un gran centro fabril; creo recordar que afirmó que el 85% de  los edificios del conjunto de la ciudad quedaron en ruina total, superando en ello a Dresde, Hamburgo y Berlín, eso sí, como resultado de muchos bombardeos y no de uno único y terrible.

Cecilienhof, sede de la Conferencia de Potsdam
Recalco lo que ya escribí en 2006 sobre la absoluta inutilidad militar de la destrucción de Dresde: según todo lo que he leído al respecto, parece claro que se llevó a cabo únicamente porque los Aliados quisieron demostrar a los rusos la capacidad destructiva de su bombardeo estratégico en 24 horas sobre una ciudad anteriormente intacta... cuyos habitantes soñaban estar en un lugar relativamente seguro. Tras la cumbre de Yalta (4 al 11 de febrero de 1945, es llamativo que el ataque a Dresde se llevara a cabo tan sólo dos días después de acabar la cumbre) entre la URSS, Gran Bretaña y USA y con vistas a la próxima en Potsdam, cuando se rindiera Alemania (finalmente se celebró en julio de 1945, cerca de Berlín), por parte de Churchill se trataba de negociar  con Stalin desde una posición de fuerza equilibrada sobre qué parte de Europa quedaría bajo control exclusivo soviético, puesto que éste alardeaba de que el ejército que realmente había desgastado y derrotado a la Wehrmacht era el soviético y no los angloamericanos. 

Volviendo a la novela, el texto “La ciudad asesinada” se abre con una cita: ”Que nuestros ojos se sientan colmados ya de todo esto” (de ‘El Infierno’ en “La Divina Comedia” de Dante) y acaba con un anexo, de sólo una página, tomado de  New Statesman nº 1677, revista semanal británica de temas políticos y culturales, del que copio únicamente sus dos últimos párrafos (estimo que son suficientes):
“… 
En materia de exterminio, constituyó la operación más lograda de la historia de la humanidad, asesinando y destruyendo en una sola noche mucho más que lo conseguido en las dos incursiones atómicas en el Japón y tres veces más que todos los bombardeos alemanes reunidos en la Gran Bretaña.
La destrucción de Dresde el 13 de febrero de 1945 supuso uno de estos crímenes de guerra contra la humanidad cuyos autores habrían comparecido ante el Tribunal de Nuremberg si está jurisdicción no se hubiera convertido en un mero instrumento de venganza de los aliados"

R.H.S. Crossman
(3 de mayo de 1963)

Para ilustrar este comentario he buscado en internet el mejor documental accesible, el espléndido anteriormente citado que emitieron en La 2, “El drama de Dresde” de Sebastian Dehnhardt, ganador del premio Emmy Internacional 2005 y el Magnolia 2006 (que estuvo en youtube, fue eliminado y afortunadamente ya está de nuevo disponible en este enlace)
 
La Frauenkirche, como yo la vi en 2016
Actualmente Dresde está reconstruida con la típica eficacia y minuciosidad germanas, como demuestran las fotos tomadas personalmente en mi corta visita, que incluyo, y es una ciudad muy turística. Como Ana Díaz, muy activa miembro de nuestro Foro pasó una semana visitándola alrededor de 2009, le dejo la tarea de contarnos sus impresiones sobre "Dresde" con muchísima más base que yo, si está de acuerdo.

Tan sólo adelanto que la Frauenkirche era, y ahora vuelve a ser, la más importante iglesia luterana de la ciudad y que tras el pavoroso incendio siguió en pie toda la obra de piedra, pero a una altísima temperatura, y a los pocos días se hundió tras enfriarse. No fue reconstruida hasta después de la reunificación alemana entre 1993 y 2005, tratando de reincorporar los bloques de piedra que no se habían dañado en su derrumbamiento, que habían sido identificados y conservados en la época de la RDA en espera de una posible futura reconstrucción.

Termino, para mí es esperanzador saber que existe desde 1959 un hermanamiento activo entre Dresde y Coventry, la industrial ciudad inglesa que sufrió muy importantes bombardeos alemanes durante la guerra. Cuando se inauguró la nueva catedral de esta ciudad en 1962, sustituyendo a la original que había resultado destruida totalmente en noviembre de 1940Benjamin Britten compuso para dicha ceremonia su impresionante "War Requiem", insistiendo él en que sería en memoria de todos los caídos en las dos guerras mundiales, de cualquier nacionalidad, por eso los tres cantantes solistas representan a una rusa, un alemán y un inglés, oratorio que tanto hemos recomendado en este Foro José Ramón y yo mismo

Si tenéis la oportunidad de visitar Dresde, os aconsejo hacerlo sin la mínima duda y en tal caso opino que para apreciarla correctamente es conveniente conocer el infierno que sufrió, por ello he escrito este largo comentario que pensaba publicar el pasado 13 de febrero, este año también martes de carnaval, día en el que se cumplían 73 años de su destrucción, pero como el tema me parecía absolutamente impactante y merecedor de la más cuidada elaboración,  prepararlo me ha demandado mucha más dedicación y tiempo de lo previsto, por lo que os llega con retraso.

La catedral católica
A lo peor me he pasado detallando el tema en exceso.  Habrá sido porque he considerado que muy buena maestra es la Historia, Amigos, y que el Foro debería tener una digna referencia sobre bombardeo de Dresde

Manrique

PD:  Conservo las dos novelas citadas, “La ciudad asesinada” y "La Hora 25", que están a disposición de cualquier Cinéfilo que quiera leerlas.
Hay una película alemana para TV de 2006, "Dresde, el infierno", que no está mal, pero puramente ilustrativa y con supuestas historias personales en aquel fatídico día. Se encuentra fácilmente en youtube o similar. Ficha en Filmaffinity en https://www.filmaffinity.com/es/film236458.html