jueves, 20 de julio de 2023

De chicharras y medusas

  Ngurrungurrudjba es una gran zona inundable formada por el río al que caen las cataratas Jim Jim. El humedal se encuentra cerca de la carretera que lleva desde Jabiru hasta Katherine, la siguiente etapa de nuestro viaje. Tenía fama de ser muy abundante en cocodrilos, no solo de los de agua dulce que comen pescado y no suelen atacar al hombre sino también de los salties, los de agua salobre, mucho más grandes y peligrosos.

   Un pequeño catamarán de aluminio hacía tres o cuatro recorridos diarios por el humedal, cuando el nivel del agua estaba suficientemente bajo como para que los coches llegaran al embarcadero, pero no tanto como para que el barco no pudiera navegar. Nosotros llegamos en un buen momento, con el agua al máximo nivel que permitía hacer el recorrido fluvial, de unos cuatro kilómetros.

   Por una pasarela protegida por rejas contra eventuales ataques de los cocodrilos, nos embarcamos unos veinte turistas, australianos en su mayoría. En un grupo de ese tamaño no podía faltar un ejemplar de los que se colocan en el mejor sitio y protestan si alguien les tapa una foto pero no tienen el menor reparo en molestar a todos los demás. En este caso, la encargada de tal misión era una francesa, que subió a bordo la última pero que, todavía no entiendo cómo, no tardó en ocupar un asiento en primera fila.


 La ruta transcurría entre praderas y bosques inundados, con muchos pájaros y continuas explicaciones y chistes del piloto, que nosotros no entendíamos pero que les hacían mucha gracia al resto de pasajeros, a juzgar por sus carcajadas y sus comentarios. El recorrido se animó cuando, en dos ocasiones, avistamos cocodrilos, alguno de ellos muy cerca de nuestra embarcación. No llegué a enterarme de si eran de agua dulce o de agua salobre, cosa que tampoco me importaba demasiado.

   En una de las zonas que emergían del agua vimos las consecuencias de la estancia de una manada de búfalos, cuyos efectos ya he descrito más arriba. El islote, en contraste con otros de alrededor, estaba cubierto de huellas de pezuñas y totalmente despojado de vegetación. 

   A media tarde llegamos a Katherine, una población de unos seis mil habitantes, fundada en 1872 y que durante décadas llevó una vida languideciente, a pesar del descubrimiento de varios yacimientos de oro en sus cercanías. Tuvo su momento heroico en 1942, cuando un avión japonés bombardeó el pueblo, matando a un hombre. Hoy en día sirve como centro logístico para los ganaderos y agricultores de una amplia región, a la vez que comienza a desarrollar su industria turística en torno a la garganta de Nitmiluk, principal objetivo de nuestra visita.

   Nos alojamos en un motel muy cerca del centro del pueblo, si es que se puede llamar centro a la aglomeración de supermercados, talleres, tiendas y bares que se extiende por ambos lados de la carretera nacional a lo largo de un par de manzanas. Aquello a mí me recordaba El Colorado, una zona de hostales, gasolineras, talleres y tiendas a orillas de la N-IV, cerca de Conil. Quizás la principal diferencia es que en Katherine hay varias oficinas bancarias y del Gobierno, mientras que en El Colorado tenemos frutería, pescadería, carnicería y mercería, tiendas todas ellas muy poco frecuentes en Australia.

   El motel estaba formado por tres edificios de dos pisos que rodeaban un patio central, ocupado por el aparcamiento y una buena piscina con zona de barbacoa.

   Después de ducharnos y deshacer ligeramente el equipaje, nos instalamos en la piscina, a la sombra de unos toldos, dispuestos a pasar una tarde de descanso que nos merecíamos ampliamente. Desde nuestras tumbonas vimos llegar un camión no muy grande con remolque, que aparcó al lado de recepción. De él se bajaron dos chavales jóvenes, que rápidamente colocaron sus toallas no muy lejos de tres chicas, también jóvenes, que tomaban el sol en bikini. Después de muchos baños y varios intentos infructuosos de ligar, los camioneros se metieron en su habitación y no salieron hasta el atardecer, momento en que se subieron al camión. Pensamos que habían hecho una breve parada para descansar y que ahora seguirían ruta.

   Para cenar, el encargado del motel nos había informado de que su restaurante solo abría para desayunos y nos había entregado una lista de establecimientos más o menos cercanos. Elegimos uno casi al azar, fiados en que en el croquis del pueblo que había junto a recepción figuraba a solo dos o tres manzanas de distancia. Ya anocheciendo, echamos a andar. Teníamos intención de cenar bien y no nos apetecía volver conduciendo de noche y con un par de vinos en el cuerpo. 

   A los pocos minutos nos dimos cuenta de lo que significaba el trazado urbanístico del pueblo. Cada manzana podía tener más de un kilómetro de longitud. No había casi alumbrado público y las pocas viviendas a los lados de la calle estaban totalmente oscuras; aquello parecía el decorado de una película de zombis. Volvimos al hotel, cogimos el coche y, al llegar al restaurante, nos encontramos a los dos camioneros con su camión aparcado en la puerta. En aquel pueblo no caminaba nadie por las calles. En la carta, la típica fritanguería de cualquier pub, consumida por una clientela claramente forastera y por algún que otro lugareño tomándose una cerveza. Al volver al motel, el de recepción nos dijo que el restaurante tenía un servicio de recogida y entrega a domicilio de sus clientes, para solucionar el problema del alcohol al volante.

   A la mañana siguiente salimos del motel a una hora razonable, dispuestos a conocer la famosa garganta Nitmiluk. Al tratarse de un punto en el que hay agua potable durante todo el año, tiene mucha importancia para los aborígenes, que conservan varias leyendas sobre la garganta. Una de ellas cuenta que su creadora fue Bolung, la serpiente arcoíris que yo siempre asocio con Oxumaré, una deidad del panteón del candomblé brasileño. Una vez creada la garganta, la serpiente arcoíris descansa en una poza muy profunda en la que los aborígenes no pescan, beben ni se bañan; esto último me parece muy sensato ante la abundancia de cocodrilos. Como excepción, si tienen mucha hambre, los aborígenes pueden pescar un poco en las pozas cercanas; si les sobra algo de pescado deben devolverlo al agua para aplacar a Bolung. Porque Bolung, como la trimurti del hinduismo, es a la vez destructora y creadora. Cuando se enfada, puede lanzar rayos o enviar una riada.

   El recorrido en barco, que en esta época del año se limita a los dos primeros tramos navegables de los trece en que se divide la garganta, duró solo dos horas, aunque espero que su recuerdo perdure muchos años en mi mente. El patrón, uno los pocos trabajadores de origen indígena que habíamos visto en todo el viaje, recitaba otra leyenda sobre la creación de la garganta a la vez que nos recordaba el peligro constante de los cocodrilos y nos mostraba sus huellas en la arena de las playas. Hace años, nos contó con nostalgia, aquí no había cocodrilos.

Durante Buwurr, el tiempo del ensueño, llegó del oeste un ser con forma de dragón. Se llamaba Nabilil. Nabilil cruzó los caminos de ensueño de Bula, el lagarto de lengua azul, en Yerrelijirriyng y Wingurri.

Nabilil escuchaba a las chicharras: NIT NIT, NITNIT, por eso llamó a este lugar Nitmiluk, el sitio de las chicharras.

Esta tierra era muy seca, por eso Nabilil llevaba agua para beber en su zurrón de hierbas.

Mientras Nabilil descansaba, Walark, el murciélago de las cuevas, le lanzó un arpón. El zurrón se agujereó y el agua derramada llenó la garganta y creó el rio.

Los pájaros se alegraron y bebieron el agua. Los pájaros también encontraron los palos de encender fuego de Nabilil y encendieron una hoguera para cocinar su comida.

   Yo intentaba cerrar la boca, abierta de admiración desde que iniciáramos el recorrido por este cañón que puede llegar a alcanzar los cincuenta metros de altura, con unas paredes casi verticales. Me imaginaba la alegría de los indígenas al llegar a estas gargantas, frescas, repletas de pesca y de animales que se acercaban a beber, libres de cocodrilos… De fondo, el chirrido incesante de las chicharras: NIT NIT, NITNIT.

   De vuelta al embarcadero, hice una rápida y breve ascensión a un mirador en lo alto del acantilado, desde el que se tenía una amplia visión del último tramo de la garganta.

   A la mañana siguiente abandonamos Katherine para regresar a Darwin, en un recorrido de poco más de trescientos kilómetros por la National Highway 1, que a priori nos parecía sencillo.

   Nuestros amigos australianos, Juanita y Peter, nos habían advertido de la conveniencia de llevar el depósito de combustible siempre lleno y rellenarlo a tope cada vez que pudiéramos, ante las enormes distancias que podía haber entre una gasolinera y otra. Mientas estuvimos en el outback, donde lo habitual era recorrer doscientos kilómetros sin encontrar una estación de servicio, seguimos su consejo a rajatabla, pero ahora, en la carretera más importante de Australia y con la experiencia de tres semanas de viaje sin problemas, nos relajamos un poco. Salimos de Katherine con medio depósito y, como las dos gasolineras del pueblo estaban al lado contrario de la carretera, decidimos seguir hasta el siguiente pueblo, Pine Creek, cien kilómetros más al norte. Por el camino no encontramos ninguna gasolinera y las de Pine Creek estaban en el centro del pueblo, algo lejos de la carretera. Un rótulo anunciaba la próxima estación de servicio a cincuenta kilómetros, por lo que resolvimos arriesgarnos.

   Esa mañana nos encontramos incontables road trains, trenes de carretera, camiones que arrastraban tres remolques y podían medir más de cincuenta metros de largo y pesar ciento treinta toneladas. Dada su longitud, si hacía viento la cola del último remolque podía oscilar más de un metro a un lado y al otro.

   En aquella carretera, muchas veces sin arcén, de un solo carril por sentido y un límite de velocidad de ciento treinta kilómetros por hora, era casi imposible adelantar a uno de ellos. Por eso, cada cierto tiempo el carril se desdoblaba en dos.

   La siguiente gasolinera estaba cerrada, con un rótulo que indicaba que no les quedaba combustible y que perdonáramos las molestias. La siguiente también estaba cerrada y no encontramos otra hasta la entrada de Darwin, a donde llegamos ya en la reserva. Tampoco habíamos tenido en cuenta el tremendo consumo del coche chino que habíamos alquilado, muy superior a lo que estábamos habituados en España.

   No me habría apetecido nada quedarme sin combustible en medio de la nada, sin cobertura de teléfono móvil y a treinta seis grados a la sombra.

   Devuelto el coche a la empresa de alquiler y mientras escribía estas notas en la piscina del motel, el canto de un gecko me recordó los hotelitos sencillos de Ubud, la antigua capital de Bali, en un viaje muy diferente que podéis leer aquí. El encanto se rompió al levantar la vista del cuaderno y, en lugar de los arrozales de mil tonos de verde y el gorgoteo de los canales de riego, encontrarme frente a un edificio de apartamentos de veinte pisos y al zumbido incesante de sus torres de refrigeración.

   En Darwin recordé a un navegante portugués, Vaz de Torres, que trabajó al servicio del rey español Felipe III y fue el primer europeo que atravesó el estrecho que separa el norte de Australia de la isla de Nueva Guinea y que todavía hoy lleva su nombre. En una expedición mandada por Pedro Fernández de Quirós, zarpó de El Callao en 1605 en busca de un continente, Terra Australis, que ningún europeo había visto. Torres se separó del resto de la expedición por motivos poco claros y cartografió los numerosos bajos e islotes de este estrecho de difícil navegación. Se supone, pero no se ha podido demostrar, que avistó el cabo York, en el extremo norte de Australia. Las cartas de navegación que dibujó Torres permanecieron ocultas al resto de armadas, hasta que en 1762 una flota inglesa tomó Manila y logró hacerse con una copia.

   A la mañana siguiente nos levantamos a las cuatro de la madrugada para volar a Cairns, en la costa nordeste de Australia, y navegar desde allí a la isla Fitzroy.

   Siempre he odiado los resorts, esos complejos vacacionales de pulserita, y felicidad garantizada y obligatoria, pero en este caso era una de las pocas posibilidades asequibles de visitar la Gran Barrera. Sin embargo, reconozco que disfruté de aquellos tres días en la isla Fitzroy, primer momento del viaje en que me sentí verdaderamente de vacaciones.

   Cada mañana, cuando me despertaba, era plenamente consciente de que no tenía nada ineludible que hacer. Preparaba un desayuno ligero en la habitación y luego decidía si bañador, toalla, libro y chanclas (piscina) o botas, sombrero y agua (senderismo). Así llegaban las doce, hora de comer en este país. Luego, siesta, un poco de escritura y un paseo corto hasta la hora de sentarse en una terraza para admirar la puesta de sol con una copa de vino en la mano y hacer el tiempo hasta la hora de cenar.

   La segunda mañana conseguí subir hasta el pico más elevado de la isla Fitzroy, de unos trescientos metros de altura. Siguiendo las instrucciones que te repetían por todas partes, inicié la ruta temprano, con botas de monte, pantalón y camisa de manga larga, sombrero de ala ancha y un litro de agua.

   El comienzo del sendero parecía sencillo, con barandillas, pasarelas y escalones de hormigón en los escasos tramos empinados, pero poco a poco fueron desapareciendo todas estas comodidades a la vez que la ruta se hacía más estrecha y crecía la pendiente. Hubo momentos en que estuve tentado de darme la vuelta, pero una mezcla de vergüenza ante la derrota y de adrenalina provocada por mi deseo de superación me ayudó a seguir trepando hasta el mirador que coronaba la montaña. En las dos horas que duró la subida solo me encontré con otra persona, un turista australiano que descendía con chanclas y sin agua ni sombrero.

   Desde arriba no solo se veían las treinta y cuatro hectáreas de la isla, sino el mar en trescientos sesenta grados, las islas cercanas y algunos arrecifes de coral de la Gran Barrera, que se extiende más de dos mil trecientos kilómetros frente a la costa del estado de Queensland.

   Aunque en muchos sitios se lee que la Gran Barrera es el ser vivo más grande de la Tierra, esto no es exacto. En realidad, está formada por millones de pólipos de más de seiscientas especies diferentes. Sí que es la única estructura visible desde la Luna.

Otra tarde hicimos un breve recorrido hasta la mal llamada Playa Nudista, en la que no solo nadie se desnudaba sino que todos los bañistas iban cubiertos con un traje de neopreno protector antimedusas.

   Estos trajes protectores, cuya conveniencia te reiteraban cada pocos metros, cubren desde las muñecas hasta los tobillos, con una capucha que solo deja libre el espacio para las gafas y el tubo. Para los pies te daban unos escarpines tobilleros y para las manos unos guantes. 

      A la vuelta, al borde del sendero una serpiente pitón trituraba una especie de paloma, antes de engullirla.

Esa noche, en el restaurante conocimos a una camarera, Laura, única española que hemos encontrado en todo el viaje. Palentina, abandonó su trabajo en una empresa de informática de Barcelona y consiguió un visado de estudio y trabajo para Australia. Para que se lo renovasen por otro año tenía que trabajar al menos tres meses en algún lugar considerado remoto por el gobierno. Quizás algo similar podría ayudar a resolver el problema de despoblación de la España Vaciada. 

   Una de las cosas curiosas de Australia, que en el resort se hacía más patente, es la cantidad de gente joven y de parejas con al menos dos niños, algo cada vez menos frecuente en España. La edad media de los australianos es de treinta y ocho años, frente a cuarenta y cinco en España. Los niños, de los que aparentemente se ocupaban por igual los padres y las madres, iban protegidos contra las quemaduras del sol por unos bañadores de cuello cerrado y manga larga. En la piscina, donde sus padres les dejaban jugar sin demasiado control pero bajo constante vigilancia, tenían prohibido entrar en el agua con pañales.

   He mencionado antes los peligros de las medusas, especialmente la Irunkandji, con un cuerpo de un centímetro de largo y tentáculos de casi un metro. Esta medusa prolifera en los meses más cálidos y su picadura puede llegar a matarte. Las advertencias me parecieron exageradas, pero cada vez que me sumergí en el arrecife cercano para contemplar los corales y los peces no dudé en embutirme en un traje protector, por incómodo que resultara.

   En una de las inmersiones me llevé un susto de muerte, que me hizo salir despavorido del agua. Me tropecé de frente con una tortuga verde gigantesca, que por lo visto anida en esta isla y es bastante frecuente. Luego me enteré de que los ejemplares adultos llegan a medir más de metro y medio de largo y a pesar casi cuatrocientos kilos.

   A la mañana siguiente, última de nuestra estancia en la isla, mientras esperábamos al ferri que nos devolvería a Cairns, vimos que el personal del resort obligaba a desalojar el pantalán, indicando que se esperaba una evacuación. A los pocos minutos apareció un helicóptero que se estacionó en la vertical del muelle y del que descendieron por un cable tres hombres con abundante material. Sin perder ni un segundo, dos de ellos se despojaron de cascos y arneses y se dirigieron al interior del hotel, mientras el otro desplegaba una camilla. Cuando ya estábamos convencidos de que era un simulacro, regresaron los dos sanitarios con un hombre en silla de ruedas, con una vía en cada brazo y un monitor de constantes vitales, lo trincaron a la camilla y lo izaron con la grúa al helicóptero, para luego subir ellos y largarse rumbo al continente.

   Al parecer, había sido víctima de una picadura de la maldita Irunkandji.

   Llegó el ferri y en menos de una hora estábamos en Cairns, donde atracamos al final del pantalán, a casi un kilómetro de la parada de taxis. Los tripulantes bajaron todo el equipaje al muelle y cada viajero agarró su maleta y echó a andar. Todos, menos una señora, la esposa del evacuado, que se encontró sola y con dos maletones y una mochila, que nadie le ayudaba a transportar hasta los lejanos taxis. Le ofrecimos ayuda, un tanto sorprendidos ante la falta de empatía de sus paisanos. Ella se resistió a aceptarla, alegando que las maletas eran muy pesadas y que el recorrido era muy largo. Por fin, logramos convencerla y, por el camino, nos contó lo sucedido. Habían llegado desde Perth, en la otra punta de Australia, a pasar en isla Fitzroy el puente del primero de mayo. Después de varios días buceando con su traje protector, la última mañana, mientras esperaban la llegada del ferri, su marido había decidido darse un chapuzón rápido en la playita frente al hotel. Menos de un minuto necesitó una medusa para picarle. La sustancia que inyecta la medusa, relacionada con la estricnina y la dopamina, provoca un dolor muy intenso y una fuerte subida de tensión que puede dar lugar a una hemorragia cerebral. Varios supervivientes han descrito la sensación como de muerte inminente. Los efectos de la picadura, sumados al asma crónica que padecía su marido, habían estado a punto de matarlo. La rápida llegada de los sanitarios y su evacuación al hospital le habían salvado la vida, aunque necesitaría permanecer varios días ingresado. No eran exagerados los avisos en la playa.

   Una vez acomodada en un taxi la australiana, nos dirigimos a la pensión que habíamos reservado en el paseo marítimo de Cairns. Allí, Caixabank nos dio el segundo susto del viaje. La empleada nos dijo que no podíamos subir a la habitación hasta que se solucionara el pago del alojamiento, ya que nuestro banco había rechazado el cargo. Descubrimos que Caixabank, cuyo director de sucursal conocía perfectamente nuestros planes de viaje, había bloqueado sin previo aviso las cuatro tarjetas de crédito que llevábamos. La pensión, como muchos negocios australianos, no aceptaba pagos en metálico, por lo que nos veíamos durmiendo en un parque y con el resto del viaje en peligro, ya que en Australia se utiliza la tarjeta de crédito hasta para pagar el tranvía. Menos mal que la empleada se apiadó de nosotros y aceptó que le entregáramos el precio del alojamiento en metálico, para pagarlo ella con su propia tarjeta de crédito.

   Minutos después, recibimos un aviso del banco anunciando el bloqueo de las tarjetas “por motivos de seguridad” e indicándonos un número de teléfono en el que, tras un largo interrogatorio, conseguimos que nos desbloquearan las tarjetas sin ofrecernos ningún tipo de disculpas. Añadiré que, a mi regreso a Cádiz, en mi sucursal siguieron insistiendo en que la culpa había sido “del sistema”, sin lograr explicarme por qué “el sistema” no me había avisado previamente. Cada vez me considero más antisistema.


   Solucionado el incidente, fuimos a relajarnos paseando frente a la playa urbana de Cairns. Frecuentes avisos prohibían bañarse, advirtiendo del peligro de los cocodrilos. A la vista de lo ocurrido con las medusas, esta vez me no me parecieron tan exagerados. Minutos después, hojeando un periódico local, una noticia en portada atrajo mi atención: un hombre de mi edad había desaparecido mientras pescaba en una playa cercana. Según el periódico, se temía que hubiera sido víctima del mismo cocodrilo que, días antes, había devorado a un perro ante los ojos de su dueña. Me lo imaginé buscando un buen sitio para pescar, un arroyo con aguas frescas y transparentes, a la sombra de unos eucaliptos, solitario, tranquilo. Desplegar su silla, montar su caña y su carrete, elegir cuidadosamente el señuelo y lanzar el anzuelo lo más lejos posible. Minutos más tarde, descubrir que él era la presa.

Saltie

Es duro ser un perro en Australia. Siempre con la correa puesta, en tu parque habitual limitan hasta su longitud máxima: tres metros de libertad. Te prohíben la entrada en muchos campings y hoteles y en prácticamente todos los restaurantes y parques naturales.

Un sábado, tu dueña decide llevarte a pasar el día en una playa remota. Después de un largo rato encerrado en tu jaula del asiento trasero —los perros no podéis viajar sueltos en un coche—, durante unas horas llegas a soñar que eres libre.

Tu dueña te saca del coche y te deposita sin correa en la arena. Corres, saltas, persigues a algún pájaro, te revuelcas en la arena esperando siempre la llamada que te devolverá a tu vida prisionera.

Tu dueña te mima y te lanza una pelota, que tú buscas y le devuelves una y otra vez. Nunca te cansas. Una de las veces el viento desvía la pelota, que cae al mar, a escasos metros de la orilla. Tu dueña te llama: Saltie, Saltie. Tú no haces caso, te puede la excitación del momento. Vences tu miedo al agua, tu primera vez en el mar, y nadas hacia la pelota.

El cocodrilo, que llevaba un buen rato observándote oculto en la rompiente, te devora de un solo bocado.

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   Esa noche cenamos en un muy buen restaurante indonesio. No pude resistirme a pedir un pincho de cocodrilo en salsa de cacahuete.

   Al día siguiente volamos hasta Sídney, pero esa es otra historia, que podrás leer pinchando aquí. 

Otros capítulos de este cuaderno:

Un país soñado

El desierto rojo

Las rocas sagradas

El salvaje norte

Wollongong y Melbourne

jueves, 13 de julio de 2023

El salvaje norte

    Antes de narrar esta nueva etapa de nuestro viaje, quiero hablar de un problema que ya he esbozado y que nos había perseguido durante estas primeras etapas del viaje: la dificultad de llevar una alimentación sana.

   Incapaces de abordar un desayuno australiano a base de huevos, salchichas, panceta ahumada, alubias cocidas y pan de molde untado con Vegemite, solíamos comenzar el día con un té que nos preparábamos con el hervidor que nunca faltaba en la habitación del hotel, unas galletas de mantequilla y, con suerte, alguna pieza de fruta absolutamente insípida.

   En el outback los supermercados eran muy básicos, así que a mediodía nos teníamos que conformar con unos sándwiches de queso, de sardinas en aceite, de atún o de salchichón, todo igualmente insípido; los días buenos añadíamos un pepino y unos tomates cherry. Para cenar, a eso de las seis o siete de la tarde nos metíamos en algún pub, donde la oferta solía estar limitada a fish and chips, pescado barramundi empanado, alitas de pollo fritas, parmesana de pollo, pizza y hamburguesas. En un arranque de cordura, solíamos compartir unas raciones descomunales que trasegábamos ayudados con vino, cerveza o sidra.

   Menos mal que cuando llegamos a zonas más pobladas nos salvaron los restaurantes chinos y vietnamitas, con menús menos sabrosos pero bastante más sanos.

   En las áreas de descanso o zonas de pícnic comprobé que los turistas australianos, que viajan cargados de provisiones, con neveras, cocinas y barbacoas, comían más o menos lo mismo que nosotros. A nuestra dieta solían añadir chuletas, fideos chinos instantáneos y muchas chucherías.

   Pero sigamos con nuestro viaje.

   La tarde que llegamos a Darwin en un vuelo procedente de Alice Springs, nos limitamos a tomar posesión de nuestra habitación en un motel del centro, recorrer la zona peatonal y comer en el patio de comidas de un centro comercial con aire acondicionado. Después de tantos días de sándwiches y fritangas, el sushi y la sopa de wangtung nos supieron a gloria.

   Al anochecer, después de comprar provisiones para el recorrido que íbamos a hacer dos días más tarde por el parque nacional Kakadu, nos acercamos hasta el Darwin Waterfront, una antigua zona portuaria reconvertida en barrio de lujo, con magníficos apartamentos con vistas al mar y numerosos restaurantes de pescado.

   El centro de Darwin, muy pequeño para sus ciento treinta y cinco mil habitantes, era una combinación de avenidas anchas con pequeñas zonas comerciales y galerías en las que se concentraba todo el comercio y la hostelería, huyendo del calor tropical del exterior. Una ciudad con una población muy similar a la de Cádiz pero con un diseño urbanístico radicalmente opuesto.

   Darwin es la capital del Territorio del Norte, una de las entidades que forman la Mancomunidad Australiana. El Territorio tiene solamente trescientos mil habitantes, repartido en casi millón y medio de kilómetros cuadrados, el triple que España, lo que significa una de las densidades de población más bajas del mundo.

   Desde su fundación en 1869, Darwin ha vivido durante décadas muy al margen del resto de Australia, cuya capital está a casi cuatro mil kilómetros. Los primeros europeos en visitar la zona fueron holandeses procedentes de Indonesia, a comienzos del siglo XVII. De ellos viene algún topónimo, como Arnhem, y el nombre, valanda, que los indígenas aplican a los blancos. Los primeros ingleses que pasaron por allí fueron los tripulantes del Beagle, en el que viajaba el naturalista Charles Darwin, cuyo nombre adoptaría la ciudad.

   Hasta 1870 no llegó a Darwin el telégrafo, que rompió en parte su aislamiento, pero la ciudad no se incorporó totalmente a Australia hasta la Segunda Guerra mundial, cuando diez mil soldados se instalaron allí para proteger la ante un previsible ataque japonés, que no se produjo hasta dos años después. El bombardeo fue más intenso y extenso que el de Pearl Harbour y todavía hoy los australianos guardan una deuda de gratitud hacia la flota estadounidense, que impidió un desembarco japonés. La ciudad quedó prácticamente arrasada.

   Cuando empezaba a recuperarse, en 1977, la puntilla se la dio un ciclón que destruyó tantos edificios que tuvieron que evacuar a más de la mitad de sus habitantes. La nueva ciudad, construida sobre las ruinas, es un tanto desangelada.

   El ferrocarril no llegó hasta 2003.

   Al día siguiente nos acercamos en autobús hasta el Museo y Galería de Arte del Territorio del Norte, ubicado en las afueras. En el autobús, muy barato, éramos los únicos blancos; en el museo, centrado en la historia local, las salas aborígenes estaban cerradas por reformas. Desde el museo dimos un largo paseo siguiendo la playa de Mindil.

   Luego fuimos a la agencia de coches de alquiler a recoger el que habíamos reservado para recorrer el parque nacional Kakadu, el de Cocodrilo Dundee. Nos entregaron un coche enorme, con muy poca potencia, volante a la derecha y mandos del volante ubicados como en los coches europeos, para mayor lío del conductor. José Antonio, un antiguo compañero de trabajo y gran aficionado a los coches, me dijo que era chino y que la marca, GWM, significaba Great Wall Motors. 

   Pasamos el atardecer sentados en un parque frente al mar, empapándonos de brisa marina y viendo cómo se preparaba el escenario para una boda.

   Esa noche cenamos en un buen restaurante asiático muy cercano a nuestro motel. En la carta ofrecían cangrejo herradura, un animal de aspecto extraterrestre que en realidad es una especie más cercana a las arañas o a los escorpiones y que el camarero nos aconsejó no pedir si éramos solo dos personas. También tenían sea bugs, literalmente “bichos de mar”. Incapaz de explicarnos lo que eran, acabó trayéndonos un par de ellos; eran como lo que en Cádiz llamamos galeras pero mucho más grandes, unos crustáceos de aspecto repelente y sabor delicioso, bastante difíciles de comer.

   Pronto descubrimos que el camarero era timorense. Se emocionó cuando le hablé en portugués y le conté nuestros intentos de visitar Dili en 1996, durante las luchas por la independencia contra Indonesia, pero esa es otra historia que podéis leer aquí.

   A la mañana siguiente salimos temprano rumbo al este. En cuanto nos alejamos un poco de Darwin, la carretera se internó en los wetlands, unos inacabables humedales cubiertos de hierba alta y encharcados en las épocas de lluvia, que ocupan una parte muy importante de la Tierra de Arnhem, el territorio más indígena de Australia. Era frecuente ver a cuervos y otros carroñeros devorando walabis atropellados. En los cruces de ríos, lagunas y pantanos solía haber rótulos advirtiendo contra el peligro de los cocodrilos.


   La primera parada la hicimos en una gasolinera, para comprar las últimas provisiones y pagar los permisos de entrada al parque nacional Kakadu, que tiene una extensión similar a la de Eslovenia. En la tienda tenían un buen surtido de ropa deportiva, artículos de camping y pesca y souvenirs de mala calidad. Entre estos últimos, nos llamó la atención un pulverizador repelente de cocodrilos; por suerte, no nos vimos en la necesidad de utilizarlo, pero me temo que habría sido muy poco eficaz.

   El siguiente alto lo hicimos en el humedal de Mamukala, uno de los pocos puntos en que es razonablemente seguro caminar hasta el borde del agua, gracias a unas pasarelas de madera protegidas por rejas. Desde una caseta de observación de aves pudimos contemplar un billabong (laguna) aparentemente ilimitado, entre cuya vegetación se escondían gansos urraca, milanos, jacanas, cormoranes, lavanderas, gallinas de pantano, pinzones y martines pescadores.

   Un panel explicaba las seis estaciones que reconocen los indígenas bininj y cómo los cambios en el régimen de lluvias y el nivel del agua afectan a su vida cotidiana.

“En Gudjewg (enero y febrero), las lluvias del monzón hacen subir el nivel de ríos, lagunas y arroyos. Los cocodrilos aprovechan esta subida para moverse por todos los wetlands y colonizar nuevas áreas. Es el momento de recolectar los tubérculos yam yam y los huevos de ganso.

Durante Banggerreng (de marzo a mayo), los vientos rolan al sudeste, las tortugas de cuello largo ponen sus huevos y los peces vuelven a los ríos y billabongs después de alimentarse en los llanos inundados.

En la estación Yegge (mayo y junio), comienza la temporada seca y las temperaturas bajan. Es el momento de quemar los herbazales secos y cazar a los cocodrilos que toman el sol en las riberas.

En Wurgeng (de junio a agosto), bajan más las temperaturas y los ríos comienzan a secarse. Es más fácil cazar ratas y pitones, que regresan a las llanuras.

Gurrung (de agosto a octubre) es la temporada seca y calurosa. Comienzan a formarse los monzones, es el momento de cazar gansos y tortugas y recolectar huevos de cocodrilo.

La última estación es Gunumeleng (octubre a diciembre); por las tardes se forman nubes de tormenta, los ríos comienzan a crecer y las ranas se aparean.”

   A la entrada de Jabiru, el poblado más grande de Kakadu, pasamos por el punto de información del parque nacional, donde nos informaron de que nuestro objetivo para aquella tarde, el paso de Ubirr, debido al alto nivel del agua, estaba cerrado para vehículos sin doble tracción. Este año Yegge, el comienzo de la estación seca, venía con retraso y la empleada nos dio una lista de los pocos puntos del parque accesibles con nuestro coche chino.

   Nos llevamos una desilusión. Después de un recorrido tan largo, no íbamos a poder ni divisar la Tierra de Arnhem, una de las zonas más salvajes de Australia, a la que se han retirado muchos aborígenes que desean seguir viviendo al margen de la civilización occidental. Como podéis comprobar en el mapa. ni una sola carretera asfaltada la cruza y a la mayoría de los poblados solo se puede llegar en canoa o en avioneta.

   Jabiru, con mil habitantes, debe su fundación y crecimiento a la existencia en sus inmediaciones de la mina de uranio Ranger. El yacimiento, descubierto en 1969, ha estado en explotación por el grupo Rio Tinto desde 1980 hasta su agotamiento en 2012. Curiosamente, los límites del yacimiento de uranio coinciden notablemente con la zona conocida tradicionalmente por los indígenas como Buladjang, el país de la enfermedad, al que procuraban no acercarse en sus desplazamientos. Hoy solo queda una inmensa excavación a cielo abierto y varias balsas de decantación del agua de lavado del mineral.

“En el tiempo del ensueño, el espíritu lagarto de lengua azul Bula llegó del norte, del país de las aguas salobres. Con sus dos esposas, las Ngalenjelenje, cruzó este territorio mientras cazaba, a la vez que transformaba el paisaje con sus sueños y dejaba su imagen pintada en la roca.

Al llegar a Buladjang se introdujo bajo la tierra, donde sigue hoy en día. Bula es muy peligroso y no se le debe molestar. Si se despierta, puede producir incendios y terremotos que destruirían la tierra.”


   Jabiru no es una ciudad, aunque tenga tres hoteles, un centro de salud, una gasolinera, un club de golf y otros servicios. Se mantiene una clara segregación social y racial, con los blancos ricos viviendo en grandes chalets en una zona residencial; los pocos trabajadores que quedan en la mina en un poblado prefabricado y los indígenas en un área cerrada a los visitantes no autorizados.

   Nuestro hotel (categoría que habría que poner entre muchas comillas), era más bien un camping que también alquilaba tiendas de campaña y bungalós. Nosotros nos alojamos en una cabaña con un cuarto de baño austero pero muy bien ventilado; a nuestro alrededor, caravanas y autocaravanas enormes, todoterrenos equipadísimos, remolques para equipajes y barquitos de pesca deportiva. Muchos grupos de hombres sin mujeres, supongo que pescadores aficionados, que bebían cerveza como si no hubiera un mañana.

   Pedimos una cerveza en el restaurante del hotel y nos encontramos que no tenían licencia para vender alcohol, aunque admitían el que aportara cada huésped. En todo Jabiru solo vendían alcohol para llevar en el club de golf, nos explicaron. Para allí nos fuimos, sedientos de vino o de cerveza. Tengo que confesar que nunca había entrado en un club de golf, por lo que abrí la puerta un poco acobardado. El encargado nos dijo que sí que vendían alcohol, pero solo a los socios. Ante nuestra cara de desilusión, nos informó que, por diez euros por persona, podíamos hacernos socios temporales, para una semana. María, mi mujer, pagó su cuota, nos trajeron un balde con un muestrario de todas las botellas de vino que tenían y salimos de allí con una botella de vino y un pack de seis cervezas, suficiente para varios días, a un precio muy razonable. Eso sí, nos advirtió de que solo podíamos ir a comprar una vez al día. Normas absurdas. Delante de nosotros, una pareja de australianos cargó unas veinte cajas de cerveza en el remolque de su todoterreno.

   Aprovechamos la tarde que nos había dejado libre el cierre del paso de Ubirr para acercarnos a Burrungui, unos cuarenta kilómetros al sur. Según Nakangila Nadjok Jeffrey Lee, del clan Djok,

“Burrungui es una zona en la que se reúnen las familias y los clanes para compartir sus leyendas, compartir sus conocimientos, enseñar a los más jóvenes a cazar, a encontrar los alimentos que nos da la tierra, a pintar y a darse cuenta de lo que sucede a su alrededor.

Todas las gentes de todas partes, todos los clanes solían venir aquí y compartir sus conocimientos y sus canciones, pasándoselos a la siguiente generación… igual que hacéis vosotros en Navidad, toda la familia se reunía aquí, eso es lo que solíamos hacer.”

   Desde el aparcamiento, el sendero recorre un complejo de abrigos con innumerables pinturas rupestres, a lo largo de uno de los muchos acantilados que se elevan desde los humedales hasta las mesetas secas. Es una zona ideal para refugiarse del agua en la temporada húmeda y del sol y el calor en la seca.

   Las pinturas que se conservan en Burrungui, datadas desde hace 20.000 años hasta los años sesenta del siglo pasado, son una de las razones por las que la UNESCO ha declarado a Kakadu Patrimonio de la Humanidad.

   Para los indígenas, el acto ritual de pintar es mucho más importante que las pinturas en sí, por eso muchas de las imágenes más antiguas están repintadas o cubiertas por otras más recientes. Las pinturas pertenecen a varios estilos artísticos, como los más primitivos, que se limitaban a soplar pigmento rojo sobre la mano del artista; el mimi, con ciertas similitudes con el arte del neolítico español, en el que los espíritus ancestrales se representan extremadamente delgados, mostrando así su capacidad de ocultarse en cualquier grieta, o el “rayos X”, en el que se recogen los detalles anatómicos internos (esqueleto, venas, órganos) tanto de animales como de personas.

   Entre las escenas representadas, aparecen con frecuencia los espíritus Namandi, Namarrkon (el hombre rayo) y animales extintos hace más de tres mil años, junto a otros introducidos por los colonos europeos. Como curiosidad, las pinturas más recientes incluyen un pigmento azul hecho a partir del azulete que usamos para blanquear las prendas amarillentas.

   La llegada de colonos holandeses en el siglo XIX provocó un desastre humano y ecológico. Los holandeses, al descubrir los enormes humedales, decidieron criar búfalos de agua. Los 250 búfalos traídos en barco desde Indonesia en 1820 se adaptaron muy bien a los pantanos de la tierra de Arnhem. Cuando la crisis económica de 1845, con la caída del precio de la carne, hizo fracasar a la mayoría de los ganaderos, los colonos regresaron a Indonesia y abandonaron allí unos cincuenta búfalos. Estos pocos animales se han reproducido hasta alcanzar en la actualidad más de 160.000 cabezas.

   El peso de los búfalos, que puede llegar a los 1.200 kilos, hace que sus huellas estrechas compacten la tierra, destruyendo la vegetación autóctona, cegando los cursos de agua y provocando la desaparición de muchas especies animales y vegetales que sirven de base para la alimentación de los aborígenes.

   Por este y otros problemas ecológicos, importados por los colonos junto con enfermedades contra las que los aborígenes no tenían defensas, a comienzos del siglo XX resultó extinguido el clan Warramal, propietario original de estas tierras. Por suerte, los clanes vecinos Djok, Murrumburr y Mirarr Kundjeyhmi se ocupan en la actualidad de mantener los ritos en Burrungui.

   A la mañana siguiente, la salida del sol nos trajo una bandada de cientos de cacatúas, muy escandalosas, que dieron varias vueltas sobre nuestra cabaña hasta conseguir que nos levantáramos. Después de nuestro desayuno habitual, discutimos sobre cómo equiparnos para una excursión en avioneta sobre el parque nacional, única manera de apreciar su inmensidad y su dificultad de acceso. ¿Sandalias para ir más cómodos en la avioneta o botas por si teníamos que hacer un aterrizaje forzoso y necesitábamos caminar hasta la civilización? Al final nos decidimos por la comodidad de las sandalias, fiados en la pericia de la piloto. Luego, desde el aire, comprobamos lo inútil de la discusión. No había casi ningún espacio despejado donde aterrizar y el terreno, en general, era impracticable.

   Nos dirigimos a la pista de aterrizaje de Jabiru, donde se ubicaba el galpón de Kakadu Air. En el mismo barracón nos dieron las instrucciones de seguridad habituales, junto con una detalladísima explicación del uso de las bolsas para vomitar. Aquello resultaba sospechoso, aunque el sol lucía radiante sobre la pista y no corría ni una racha de viento. Antes de despegar, la piloto le insistió a un pasajero chino que ocupaba el asiento del copiloto en que no tocara ninguno de los mandos: Here, problem; here also problem, here big problem. Creo que el chino asumió su responsabilidad, porque en todo el vuelo solo separó las manos de los reposabrazos para agarrar la bolsa de vomitar.

    Nada más despegar, se confirmaron nuestros temores: la avioneta empezó a saltar como un toro mecánico y siguió así la interminable hora que duró el recorrido. Confieso que hubo momentos en los que sentí miedo. De los seis pasajeros, dos chinos, dos australianos jóvenes y nosotros, vomitaron cuatro; por suerte, la piloto se mantuvo impertérrita y se limitó a informarnos que era normal, que el sol provocaba columnas térmicas y que ella, volando a baja altura para que viéramos bien el parque, no podía detectarlas ni evitarlas. La piloto nos ordenó que nos colocáramos los auriculares y no paró de hablar en todo el viaje. Creo que contaba cosas tremendamente interesantes, pero, entre los saltos de la avioneta, lo espectacular del paisaje y las arcadas del chino que se sentaba detrás de mí, me temo que me perdí gran parte de sus explicaciones.

   Desde el aire pronto nos dimos cuenta de por qué era casi imposible recorrer aquellas tierras. Las zonas bajas, inundadas gran parte del año, estaban infestadas de cocodrilos desde que el gobierno prohibiera su captura, hasta el punto de que los aborígenes ya no podían caminar por ellas en sus expediciones de caza. Las zonas altas, separadas por acantilados de las bajas, consistían en llanuras estériles de piedra cortadas por barrancos muy profundos. Las pocas comunidades indígenas que resisten lo hacen precisamente en el fondo de esos barrancos y en las cuevas de los acantilados, con una disponibilidad de alimentos muy reducida.

   El punto más alejado de nuestra ruta era Twin Falls, unas cataratas dobles de cincuenta metros de altura, que se encuentran al final de una pista de tierra de sesenta kilómetros, accesible solo en vehículos todoterreno durante la temporada seca.

   Durante el vuelo, vimos varias columnas de humo en el horizonte. La piloto nos explicó que se trataba de incendios forestales y que había una fuerte controversia sobre este asunto entre aborígenes, partidarios de las quemas tradicionales controladas, y los ecologistas, defensores de la rápida extinción de todos los incendios. Reproduzco a continuación el argumentario de un aborigen, Jim Wok Wok.

“Ya sabéis como es la ley de los ancianos para quemar, desde hace mucho tiempo.

Sabíamos cuándo está seca la hierba, la quemábamos.

Lo sabíamos antes de que llegaran los blancos, quemábamos cuando no hacía viento.

En el tiempo frío, quemábamos sin viento. Lo sabíamos, cuidábamos el fuego.

Si no quemamos así es muy peligroso, porque vendrá un gran incendio que acabará con todo.”

   En la actualidad los expertos les dan la razón a los aborígenes y los rangers, los guardias del parque, provocan pequeños incendios forestales en los días sin viento, lanzando bombas incendiarias desde helicópteros para evitar una acumulación excesiva de material combustible. Estos incendios controlados dejan vivos a la mayoría de los árboles y de los animales y despejan el terreno para el crecimiento de nueva hierba en la siguiente estación húmeda.

   Esa misma tarde, ya repuestos del mal rato en la avioneta, intentamos visitar Nangawulurr, otra cueva con pinturas rupestres muy cercana a Burrungui. Habíamos leído que en ese abrigo había muchas imágenes, de diferentes estilos, entre las que se encontraban un velero de dos palos, un buque de vapor y un bote que los expertos relacionan con la llegada de los holandeses y sus búfalos de agua. Por desgracia, al comienzo de los años setenta unos turistas destruyeron algunas de las pinturas y robaron objetos ceremoniales. La descripción me recordó al Tajo de las Figuras, en la sierra de Cádiz, donde unas pinturas rupestres muestran también el contacto entre dos culturas mediante la representación de unos barcos fenicios por parte de los artistas neolíticos.

   Cuando aparcamos el coche en el comienzo de la ruta eran las tres de la tarde y el termómetro marcaba 36 grados. No había ningún otro coche en el aparcamiento y en un panel explicativo leímos que los aborígenes, al representar los buques holandeses en el estilo “rayos X”, habían dibujado también una vista esquemática de las calderas. El rótulo también indicaba que el sendero, trazado a lo largo de un bosque ralo de eucaliptos, tenía dos kilómetros de largo y que los últimos trescientos metros eran bastante empinados.

   Echamos a andar animosamente, ilusionados ante la posibilidad de poder disfrutar de las pinturas en absoluta soledad. A los muy pocos minutos nos dimos cuenta de la locura que representaba caminar dos horas con aquella temperatura, bajo el sol, sin más agua que la que cargábamos en nuestra mochila ni la posibilidad de pedir ayuda en caso de un accidente o un golpe de calor. Nos paramos, conferenciamos y no tardamos en decidir dejar la excursión para la mañana siguiente muy temprano, antes de que apretara el calor.

   Esa noche soñé que, cuando avanzábamos por el sendero de Nangawulurr, un cocodrilo gigantesco nos cortaba el paso. Al darnos la vuelta, otro cocodrilo de la misma talla nos impedía regresar al coche.

   A la mañana siguiente, con muy buen criterio y recordando que estábamos en el país de los sueños, decidimos hacer caso de los mensajes que tan claramente nos había enviado Kinga, el cocodrilo ancestral, y dejar la visita a Nangawulurr para un futuro viaje. En su lugar, partimos con el coche hacia Katherine, trescientos kilómetros al sur, pero esa es otra historia que podréis leer pinchando aquí.

Otros capítulos de este cuaderno:

Un país soñado

El desierto rojo

Las rocas sagradas

La ciudad del mar

Wollongong y Melbourne

jueves, 6 de julio de 2023

Las rocas sagradas

    A la mañana siguiente nos levantamos temprano, llenamos el coche de gasoil a un precio bastante más caro que en Melbourne y salimos para Yulara, la localidad más cercana a Uluru y Kata Tjuta. Teníamos por delante trescientos kilómetros de carretera, por suerte asfaltada, en una zona muy poco poblada. En las dos primeras horas de recorrido adelantamos a un solo coche, un gran todoterreno con remolque cuyo conductor entraba dentro de la abundante categoría de anempáticos. En una carretera muy estrecha, con el remolque dando bandazos por el viento, no hizo ningún esfuerzo para facilitarnos el adelantamiento: ni se arrimó al arcén ni redujo mínimamente la velocidad. Esa misma mañana ya habíamos encontrado a otros dos ejemplares de la misma especie, que habían dejado sus largos todoterrenos con remolque aparcados a ambos lados de los surtidores de la gasolinera mientras desayunaban y hacían su compras en el supermercado anexo. Hasta que no terminaron y pusieron en marcha sus coches nadie más pudo rellenar combustible en ninguno de los cuatro surtidores teóricamente disponibles.

   Cuando hablamos del desierto rojo se nos puede venir a la cabeza imágenes del Sáhara con sus inmensos arenales, pero la zona que atravesábamos no era así; en esta época del año, tras las recientes lluvias, se parecía más a las dehesas extremeñas. Una llanura con pequeñas ondulaciones que se extendía monótona hasta el infinito en todas las direcciones que mirases. La tierra era roja, embarrada por las lluvias recientes. Había bastantes casuarinas y robles australianos creciendo sobre un mar dorado de Spinifex, una hierba áspera que los aborígenes utilizan para cestería. Dentro de su monotonía, el paisaje cambiaba de manera casi imperceptible. Había zonas con más o menos arbolado, otras ennegrecidas por algún incendio; en unas el mar de hierba era dorado y en otras verde, pero en todas el paisaje era desértico e inhumano. Acababas sintiendo una manida sensación de pequeñez, se te encogía el estómago ante aquella inmensidad sin límites.

   Paramos a tomar café en la primera gasolinera que nos encontramos después de dos horas de viaje. El empleado tardó quince minutos en decirnos, tras volver a pedirle los cafés, que la cafetera no funcionaba. ¡Viva la empatía! Menos mal que unos pocos kilómetros más adelante divisamos en la lejanía la silueta fantasmal del monte Conner, un anticipo de lo que sería Uluru, el punto más sagrado del desierto central. El monte me recordó al Valle de la Muerte, en California, donde nunca he estado pero que he visto en muchas películas.

Yulara, la población más cercana a Uluru, es un ejemplo perfecto de los abusos de los monopolios. Los indígenas, tras recuperar la propiedad de todo el parque nacional e incapaces de reunir los capitales y conocimientos necesarios para una explotación racional y sostenible, le han cedido los derechos de explotación turística a una sola empresa, Ayers Rock Corporation, que ha concentrado en esa localidad todos los recursos para los visitantes. Está prohibido pernoctar en ningún otro lugar del parque nacional y tampoco hay otros establecimientos comerciales fuera de Yulara, donde se puede encontrar un camping, un supermercado, varios hoteles, cinco tiendas de recuerdos y una gasolinera. Los precios son muy altos, incluso para Australia, pero no del todo descabellados si tenemos en cuenta que las mercancías y la inmensa mayoría de los empleados proceden de Adelaida o de Darwin, a dos mil kilómetros de distancia. De esa operación los aborígenes han conseguido una buena renta anual, pero prácticamente ningún puesto de trabajo, ningún avance real en su integración. Aunque han logrado un cierto respeto por sus lugares más sagrados, no se los ve trabajando en bares, restaurantes, hoteles, tiendas, gasolineras ni oficinas del gobierno; como mucho, de ayudantes de guardias del parque o guías de paseos didácticos. Uluru no es más que un fiel reflejo de la falta de integración de los indígenas y de los pocos esfuerzos del gobierno en ese sentido.


   
Uluru impresiona y emociona desde el primer momento en que la ves, irguiéndose solitaria en medio de la llanura. Luego, conforme te acercas y la rodeas, va cambiando según la hora del día, con el ángulo de incidencia y la intensidad de los rayos solares. Parece que se mueve, que cambia de forma, que está viva.

   Uluru es la mayor roca de una sola pieza en el mundo, quizás el ejemplo más famoso y antiguo de lo que en geología se conoce como monte isla. Hace unos 550 millones de años, en el período cámbrico, se produjo la emersión y plegamiento de los materiales que afloran actualmente en la cuenca del lago Amadeus. La brutal erosión que se produjo a continuación creó grandes depósitos de areniscas y conglomerados, que en el futuro servirían de materiales para Uluru y Kata Tjuta.

   Ciento cincuenta millones de años después comenzó un nuevo período de plegamiento, fracturación y elevación. Se prolongó durante otros cien millones de años y, mientras duró el proceso, los estratos originalmente horizontales adquirieron una nueva disposición casi vertical. La erosión posterior ha eliminado los materiales sueltos, sacando a la luz estos montes isla. Para que comprendamos mejor el tamaño de Uluru, pensemos que a los trescientos cuarenta y ocho metros que vemos sobre el nivel del terreno habría que añadir otros dos mil quinientos metros de roca bajo tierra y que tiene un perímetro de diez kilómetros.

   Para los Anangu, avistar esta roca tan singular en sus recorridos por el desierto en busca de comida significaba llegar a un lugar donde encontrarían caza, agua, sombra y cuevas para refugiarse del sol; por eso, Uluru concentra varias leyendas del tiempo del ensueño. Todavía hoy hay zonas cerradas a los visitantes y los indígenas siguen celebrando en sus cuevas distintos ritos religiosos. Los Anangu cuentan que Uluru, sus cuevas y manantiales han sido creados en distintos momentos, por la acción de hasta diez seres ancestrales. Trataré de contar alguna de estas historia conforme describa los lugares a los que se refieren.

   Desde que los Anangu recuperaron el control de la zona se han tomado una serie de medidas para mejorar el respeto al fuerte significado religioso de la roca. Así, desde hace años está prohibido trepar a ella y sobrevolarla con drones o globos aerostáticos; los visitantes no pueden acercarse a ciertas zonas de su cara sur ni fotografiar determinadas pinturas.

   Comenzamos nuestras visita por la cara sudoeste de Uluru, donde nos encontramos con el manantial de Mutitjulu, un lugar fresco y umbrío, un oasis en el desierto rojo. Esta es su canción de ensueño:

Minyima Kuniya, la mujer pitón, llegó desde el este, cerca de Erldunda. En su estómago creció un mal sentimiento, algo iba mal. Tenía que ir a Uluru.

Kuniya organizó una ceremonia para entrelazar sus huevos. Los llevó hasta Uluru en un anillo en torno a su cuello y los colocó en Kuniya Piti.

Mientras, el sobrino de Kuniya llegó a la otra cara de Uluru, perseguido por un ejército de Liru, hombres víbora procedentes de Kata Tjuta. El sobrino había infringido la ley en Kata Tjuta y los Liru querían castigarlo.

Los hombres víbora arrojaron sus lanzas contra el sobrino de Kuniya; una de ellas le atravesó la pantorrilla y las otras se clavaron en la roca, dejando las marcas que todavía se ven.

Un guerrero, Wati Liru, se quedó para cuidar al hombre pitón herido, pero no cumplió su obligación y dejó solo al herido.

Minyma Kuniya se dio cuenta de que su sobrino estaba herido y que no lo estaban cuidando apropiadamente. Corrió hacia el manantial Mutitjulu y vio a Wati Liru en lo alto del acantilado. Lo llamó para que viniera a cuidar de su sobrino, pero él se rio.

Minyma Kuniya clavó su palo de excavar en el suelo, frente a ella. Arrodillándose, cogió puñados de arena y los arrojó sobre su propio cuerpo, cantando a la vez que se fortalecía. Era una ceremonia para ayudarla a luchar contra Wati Liru.

Kuniya avanzó hacia el Liru cantando y bailando la danza guerrera de las mujeres. Kuniya le golpeó en la cabeza con su palo de excavar. Él cayó pero se volvió a levantar. Ella lo golpeó por segunda vez y lo mató.

Luego, Kuniya recogió a su sobrino herido, lo limpió y se lo llevó al manantial Mutitjulu. Allí celebró una ceremonia para fusionar su espíritu con el de su sobrino, transformándose en Wanampi, la serpiente arcoíris, que desde entonces vive en el manantial para protegerlo.

      Después de descansar un rato a la sombra, comenzamos a rodear la roca en el sentido del reloj, en busca del manantial de Kantju. Por el camino pasamos frente a varias cuevas, entre las que nos llamó la atención el nombre de una de ellas: Mala Puta.

La historia ancestral de esta cueva comenzó en el tiempo del ensueño, cuando el pueblo Mala, el de los hombres walabi liebre, organizó una ceremonia.

Cuando su ceremonia acababa de comenzar, llegó desde el este una invitación para unirse a otra fiesta, pero los Mala no podían interrumpir sus ritos. Sus vecinos se enfadaron y crearon a Kurpany, un diablo perro gigante, para destruir a los Mala.

El diablo viajó hacia los Mala; Lunpa, la mujer martín pescador, fue la primera en verlo y avisó a sus compañeros, pero no le hicieron caso. El diablo se transformó en muchas cosas: pájaros, rocas, árboles, hasta volver a adoptar la forma del perro gigante. Lunpa volvió a gritar para alertar de su llegada, hasta que, por fin, los Mala lo vieron y quedaron aterrorizados.

El perro atacó y mató a muchos de los hombres Mala; los que quedaron vivos huyeron hacia el sur de Uluru. El diablo Kurpany no atacó a las mujeres Mala, las walabi liebre. La mujer martín pescador sigue vigilando y las huellas de las garras del perro han quedado grabadas en la roca Uluru para que recordemos esta historia.

   Hoy en día, la cueva Mala Puta solo puede ser utilizada por las mujeres del clan walabi liebre, mientras que en el manantial de Kantju pueden bañarse todos los indígenas, hombres y mujeres, pero no los blancos.

   Atardecía y había que abandonar el parque nacional. Solo los aborígenes y los espíritus pueden recorrerlo después de la puesta del sol.

   A la mañana siguiente nos dirigimos a Kata Tjuta, a cincuenta kilómetros al oeste de Yulara, para caminar entre las rocas y gargantas que forman este otro lugar sagrado de los Anangu. Al contrario que Uluru, Kata Tjuta no es una sola roca, sino una aglomeración de rocas algo menores, de donde le viene su nombre anangu, Muchas Cabezas.

   El primer europeo en ver Kata Tjuta fue un explorador y buscador de oro, Ernest Giles, que en 1872, en su búsqueda de una ruta hacia el oeste, partió de la línea de telégrafo Adelaida – Alice Springs – Darwin y siguió el rio Finke hasta descubrir el lago Amadeus. Hundido con sus compañeros en el barro salado que rodea el lago en época de sequía, se dio cuenta de que no podía seguir avanzando. Deslumbrado por el reflejo del sol en el lago, Giles creyó ver una montaña distante, Kata Tjuta, a la que bautizó como Monte Olga. Sabía que debía volver cuanto antes si quería ser el primero en llegar a ella. Al año siguiente consiguió alcanzarla, pero se encontró con las huellas de William Gosse, su gran rival, también el primer europeo en llegar a Uluru.

   Pero Giles no se desanimó. Dos años después logró su gran objetivo, establecer una ruta terrestre hasta Perth, a dos mil trescientos kilómetros de distancia. Para que no quedaran dudas sobre su hazaña, en 1876 regresó a Alice Spring por la misma ruta.

   Comenzamos nuestro recorrido por la garganta Walpa, que cruza el macizo en dirección este - oeste a lo largo de más de dos kilómetros. Como todas las gargantas del desierto rojo, Walpa es un refugio fresco y húmedo frente al calor exterior; la sombra de las propias rocas y el aire fresco que corre hacen bajar la sensación térmica desde los 35 grados del exterior hasta 24 en el fondo de la garganta. 

   Las restricciones de los aborígenes nos impidieron llegar hasta el final de la garganta, desde donde supongo que habría una vista espectacular sobre el desierto. En su lugar, hicimos otra ruta por el Valle de los Vientos Andantes, más abierto y más expuesto al sol.

   Tras un rápido picnic en pugna con las moscas, volvimos a Uluru para rodearla en coche. Pasamos del costado oeste, donde el sol poniente agudizaba las arrugas de la roca, al lado este, casi a oscuras, con oquedades que producían formas fantasmagóricas.

   Luego asistimos a un gran espectáculo, la puesta de sol, que congrega cada día a cientos de personas en las dos áreas habilitadas para contemplarla, una para autobuses y otra para coches. Desde varios kilómetros antes estaba prohibido aparcar al borde de la carretera, aunque muchos australianos hacían caso omiso de estas prohibiciones.

   Nosotros llegamos al aparcamiento con el tiempo justo y nos costó encontrar un hueco. Cientos de coches se alineaban meticulosamente entre las marcas pintadas en el suelo y sus ocupantes habían desplegado sillas, mesas, trípodes con enormes cámaras fotográficas y neveras repletas de botellas de cerveza o de cava. A nuestro lado, unas influencers en bikini posaban para sus redes sociales, con un anorak a mano para protegerse del fresco nocturno. No sé cuántos miles de fotos pueden hacerse allí cada día, pero vale la pena. El contraste entre el despliegue de colores y los cambios de luz de la roca, con el despliegue de medios de los australianos, resulta sorprendente y cautivador.

   Mientras, la roca iba cambiando de color desde un rojo brillante, casi dorado, hasta un granate que terminaría fundiéndose con el azul oscuro del cielo.

   En el camino de regreso a Yulara, cuando pensábamos que ya nada podría superar las imágenes del día, nos asaltaron unos inolvidables contraluces de Kata Tjuta en el horizonte. Siempre hay un más allá.

   En el hotel, pomposamente denominado “Albergue del Pionero”, solo había dos alternativas para cenar, barbacoa por kilos o barra libre de ensalada. Las distintas opciones para combinar la ensalada que te apeteciera se resumían en un uno por ciento de lechuga o tomate frente a una amplia variedad de salsas, patatas, maíz asado, verduras y legumbres cocidas, encurtidos o pan con mantequilla. Resultaba casi imposible seguir una alimentación mínimamente sana.

   Si optabas por la barbacoa, primero tenías que comprar la carne (pollo, cordero, ternera o cerdo) en la barra y luego preparártela tú mismo en una de las muchas planchas a disposición de los clientes. Las raciones eran descomunales, excesivas incluso para dos personas que, como nosotros, nos habíamos pasado gran parte del día andando con solo unos sándwiches a mediodía. A mi lado, una adolescente china con un enorme rulo sobre la frente ponía cara de asco ante la carne que le había cocinado su padre.

      Al día siguiente regresamos a Alice Springs, disfrutando por última vez del paisaje del desierto rojo en otro largo recorrido de más de cuatrocientos kilómetros, sin más indicios de presencia humana que dos desviaciones, cuatro gasolineras, alguna granja que se atisbaba en la distancia y, ya cerca de Alice, un correccional aislado del mundo.

   No quiero dejar sin reseñar un dato interesante en relación con Alice Springs. Si te interesa el arte aborigen y quieres llevarte a casa alguno de los maravillosos óleos que dibujan, mi consejo es que lo compres en alguna de las galerías especializadas de esta ciudad. En ellas encontrarás un surtido mucho más amplio que en las propias comunidades de donde proceden los artistas, muchas veces limitadas a un solo artista o a un solo estilo, y mejores precios que en las grandes ciudades como Darwin, Sídney o Melbourne.

   En Alice volvimos a la normalidad habitual. Había que eliminar el polvo rojo antes de volar a Darwin, mil quinientos kilómetros al norte, pero esa es otra historia que podrás leer pinchando aquí.

Otros capítulos de este cuaderno:

Un país soñado

El desierto rojo

De chicharras y medusas

La ciudad del mar

Wollongong y Melbourne

jueves, 29 de junio de 2023

El desierto rojo

   En el vuelo de Melbourne a Alice Springs hicimos una larga escala en Adelaida, donde me llevé la sorpresa de encontrar un cartel de propaganda de las Fuerzas Armadas australianas en el que aparecía un destructor que me resultaba familiar. Mis excompañeros de trabajo de Navantia me confirmaron que se trataba de la primera unidad de la serie Hobart, diseñado por mi antigua empresa y construido en Australia con tecnología española. Al parecer, los tres buques han costado un total de seis mil millones de euros. Lo pongo con cifras (6.000.000.000 €) para que comprendamos mejor la locura que representan los gastos militares.

   Aterrizamos en Alice Springs anocheciendo y con un calor bochornoso, que nos acompañaría durante nuestra estancia. En el aeropuerto no había nadie esperando a los pasajeros, por lo que agradecimos la oferta de un residente de compartir con él el taxi que había pedido por teléfono. Llegó una furgoneta en la que nos metimos siete u ocho turistas despistados, con nuestros equipajes. Sin que dijéramos nada, el taxista nos cobró a cada uno nuestra parte del coste del trayecto.

   Alice Springs, destino del mítico viaje en autobús de Priscilla, reina del desierto, es considerada la capital del desierto central, una división administrativa de más de medio millón de kilómetros cuadrados poblada por solamente 40.000 personas, de las cuales la cuarta parte son aborígenes. Esto nos da una densidad de 0,08 habitantes por kilómetro cuadrado; para calibrarlo basta pensar que tanto en Mongolia Exterior como en la antigua provincia española del Sáhara Occidental la densidad es de dos habitantes por kilómetro cuadrado, veinticinco veces superior. 

      Alice, como le llaman los australianos, tiene unos veinticinco mil habitantes. Para hacernos una idea de lo aislada que está, pensemos que no hay ninguna ciudad más grande en mil quinientos kilómetros a la redonda.

   En Alice se puede contemplar en toda su crudeza la dura situación de los aborígenes, que constituyen, a mucha distancia de los blancos, el segmento más pobre de la población. Es muy habitual encontrarlos por las calles del centro, sentados en la acera o tumbados en un parque, rodeados de niños, malolientes y muchas veces borrachos. Aunque representan la cuarta parte de la población del desierto central, su cultura parece estar perdiéndose a toda velocidad: ya solo uno de cada diez habla su idioma tradicional. El gobierno australiano, pese a todas sus declaraciones de respeto y reconocimiento hacia los pueblos indígenas, no parece hacer muchos esfuerzos por su integración; de hecho, es muy difícil encontrar un empleado público indígena, como tampoco camareros, conductores de taxi o trabajadores de la construcción. Los empleos mejor pagados parecen estar reservados para los blancos de origen anglosajón, seguidos por otros blancos (griegos, italianos, españoles, iberoamericanos) chinos, vietnamitas, indonesios y otros habitantes del sudeste asiático. Algo nos habíamos olido en el vuelo Melbourne – Adelaida, cuando embarcaron unos cincuenta estudiantes y diez profesores de un colegio, Saint Patrick, que supuse privado. Entre ellos había uno de aspecto asiático, otro negro y una aplastante mayoría de blancos rubios y con la cara colorada. Ni un solo aborigen.

   Otra prueba de esta discriminación la podemos encontrar en los poderes del Estado. En la actualidad, solo once de los doscientos veintisiete miembros del parlamento central se definen como aborígenes y el primero que llegó a ese organismo lo hizo en 2010. Bien es verdad que la primera mujer que llegó al Senado lo consiguió en 2013, y no me refiero solo a mujeres aborígenes sino a mujeres en general.

   El centro de Alice Springs, como el de la mayoría de los pueblos grandes y ciudades pequeñas de Australia, está formado por ocho o diez manzanas en las que se concentran casi todos los hoteles, bares, oficinas y tiendas; el resto de la ciudad se compone de viviendas unifamiliares, rodeadas de jardines cada vez más extensos conforme te alejas del centro.

   Lo primero que hicimos al día siguiente fue pasarnos por la oficina de información para visitantes a comprobar el estado de las carreteras que se adentraban en el desierto, ese outback tan apropiadamente nombrado. Allí nos dieron un buen mapa de la zona y nos indicaron que se esperaban lluvias, por lo que muchas de las carreteras, incluso las asfaltadas, podían resultar cortadas por inundaciones. En varias de ellas estaba prohibido circular si no era a bordo de un todoterreno “de fondo alto”, nos insistieron. Nos leyeron también una larga lista de prohibiciones, como salirse de la carretera en las zonas no específicamente señalizadas para ello, llevar perros sin correa, pasar la noche en un vehículo fuera de un camping o encender fuego salvo en las barbacoas públicas (que, por cierto, ofrecían gas gratis a sus usuarios). El resto del día lo pasamos comprándonos sendos sombreros australianos, imprescindibles con el sol que caía; acopiando provisiones para los picnics que pensábamos organizar en nuestros recorridos por el campo, e intentando comprar vino o cerveza, asunto complicado como pocos. Comprobamos así en primera persona la relación tan peculiar entre el gobierno australiano y sus súbditos, a los que trata como si fueran niños o adolescentes descerebrados incapaces de cuidarse por sí mismos, ciudadanos inconscientes de los peligros que se les pueden presentar en la vida diaria.

   Resulta que en todo el Territorio del Norte la venta y consumo de alcohol están muy restringidos, en un inútil intento de evitar el alcoholismo entre los indígenas. Así, en todo Alice Springs solo se puede comprar vino o cerveza para llevar en un par de locales, custodiados por policías armados que te piden la documentación y te preguntan dónde y con quién lo vas a consumir. Luego, el tendero te pide de nuevo tu pasaporte para registrarlo y te advierte que ese día ya no puedes comprar más alcohol.

   Al atardecer, con la temperatura un poco más soportable, subimos a la colina Tharrartleneme, ahora llamada Annie Meyer. Allí, además de una buena vista sobre la ciudad, pudimos acercarnos a unos walabis y enterarnos de una parte del sueño de la creación de Alice Springs.

   Los Arrernte, habitantes originales de los alrededores de Alice, se consideran descendientes de tres orugas ancestrales. Ntyaarlke, Utenrrengatyye y Yeperenye son las que crearon la ciudad y el manantial que le da nombre; la colina a la que habíamos subido era la cabeza de Ntyarlike.   

Esa noche decidimos acercarnos al Festival de luz Parrtjima, un evento artístico inspirado en la cultura aborigen, con diversas instalaciones luminosas y la proyección de un espectáculo multimedia sobre la cercana cordillera MacDonnell Occidental.   Durante el festival, María sufrió un pequeño accidente que pudo haber dado al traste con nuestros planes de viaje. Por suerte, todo se quedó en un susto y en unas molestias en la rodilla que durante unos días le impidieron emprender rutas complicadas de senderismo y que al día siguiente nos aconsejaron acercarnos al Hospital General.

   Este hospital da servicio a todo el desierto rojo con la colaboración de los Flying Doctors, un servicio de médicos que se desplazan en avioneta a donde sea necesaria su presencia. Se veían muy pocos blancos entre los pacientes, supongo que la mayoría tendrían seguros privados. No había cola en la sala de triaje, donde tres enfermeras nos atendieron inmediatamente. Mientras avisaban al traumatólogo, pasé a secretaría a rellenar papeles por ser extranjero y enseñarles la tarjeta de crédito con la que luego pagaríamos los cuatrocientos euros que costaba la consulta. La empleada me comentó que era un día muy ajetreado; ya me gustaría verla en urgencias del Hospital Puerta del Mar de Cádiz, donde puedes esperar una hora para llegar a triaje y cuatro o cinco para que te vea un médico.

   Enseguida nos atendió el traumatólogo. Unas preguntas, unas manipulaciones de la pierna dolorida y un diagnóstico inmediato y esperanzador: no había lesiones, solo una inflamación fuerte que desaparecería en pocos días a base de vendas e ibuprofeno, como así fue. Ni una radiografía, ni un TAC ni ninguna otra prueba larga y costosa.

   Por contraste con esta eficacia de la sanidad pública australiana, el seguro privado de viajes que teníamos contratado con Adeslas nos proporcionó una atención bastante deficiente. Peloteo desde unos números de teléfono a otros, indicaciones erróneas sobre sus horarios de atención y una página web en la que era imposible cargar todos los documentos que nos pedían. Cinco semanas han tardado en reintegrarnos los gastos del accidente.

   Solucionados los problemas sanitarios y mientras intentábamos habituarnos a las temperaturas de hasta 38 grados, salimos en coche hacia el tramo más cercano de la cordillera MacDonnell Oriental. Se trataba también de que María se acostumbrara a conducir por la izquierda en una ruta corta y poco concurrida. No es que sea especialmente complicado este cambio de lado, pero la cosa se complica en las escasas rotondas, donde se gira en el sentido de un reloj, y en los semáforos que permiten el giro a la derecha, cuya lógica nunca llegamos a entender del todo.

   Otro aspecto dificultoso, del que se quejan los mismo australianos, es la ubicación de los mandos de luces y limpiaparabrisas. En algunos modelos, estos mandos se organizan igual que en España, con las luces en el lado izquierdo del volante y el limpiaparabrisas en el derecho; en otros modelos es exactamente al revés, por lo que con mucha frecuencia poníamos en marcha las escobillas cuando queríamos adelantar o encendíamos los intermitentes si se ponía a llover.

   Nuestra idea original era ir en coche hasta la garganta Emily, seguir andando hasta la garganta Jessie y volver andando hasta donde pensábamos dejar el coche. Era la misma ruta que había seguido Yeperenye, una de las tres orugas ancestrales, mientras creaba las pozas de agua y las gargantas antes de convertirse ella misma en la actual cordillera.

   En la garganta Emily el paso a las pinturas rupestres, que al parecer representan el sueño de las orugas, estaba cortado por la subida del nivel de la poza tras las recientes lluvias. En vista de esto y de que María no podía acompañarme, decidí no ir andando hasta la garganta Jessie. Siete kilómetros caminando a 35 grados, con el riesgo de que el sendero estuviera impracticable, me pareció demasiado esfuerzo.

   Al llegar en coche a la segunda garganta, un letrero advertía a las mujeres y niños aborígenes que no debían ver las pinturas. El tabú no nos afectaba a los extranjeros, pero otro letrero indicaba que, para respetar las creencias de los aborígenes, no se permitía fotografiar las imágenes sagradas.

   Al día siguiente salimos temprano de Alice, dispuestos a nuestro primer recorrido largo por el outback, y nos encontramos con algo que no nos esperábamos: lluvia, intensa, todo el día. Cada pocos kilómetros nos veíamos obligados a cruzar una charca o a vadear una rambla. En la garganta Ormiston, uno de los pocos pasos que permiten que personas, animales salvajes y ganado crucen la cordillera MacDonnell Occidental, se anunciaba una cafetería con tienda de artesanía gestionada por unos aborígenes. Ante la total indiferencia de los dos empleados, nos tomamos un café y curioseamos entre los objetos (cuadernos, bolsas, postales, marcalibros) decorados con diseños indígenas y a unos precios muy superiores a los que habíamos visto la víspera en las tiendas del centro de Alice Springs.

   La lluvia no tenía trazas de escampar, los charcos eran cada vez más profundos y, cuando a las dos de la tarde llegamos al comienzo del Mereenie Loop, un tramo sin asfaltar de ciento sesenta kilómetros, una pista de tierra roja que imponía, nos paramos para pensar y tomar una decisión. Podíamos seguir por aquella pista hasta Kings Canyon, donde habíamos previsto pernoctar, con el riesgo de que la ruta estuviera cortada más adelante y tener que pasar la noche en el coche, o retroceder hasta Alice Springs para llegar a nuestro destino desde el sur, en un rodeo de unos ochocientos kilómetros que tendríamos que recorrer en gran parte por la noche.

   Mientras discutíamos, vivimos en directo una de esas muestras de solidaridad que permiten la supervivencia a las pocas personas que residen en el desierto rojo. Un coche, el único que nos adelantó en todo el camino, se detuvo un momento a nuestro lado para preguntarnos si teníamos algún problema. Sabían que en aquella zona, sin cobertura de telefonía móvil, no podías recibir más ayuda que la que te prestaran otros conductores. Este mismo comportamiento solidario se repitió en varias ocasiones a lo largo de nuestro recorrido por el país, incluso en carreteras asfaltadas.


      Al final tomamos, por suerte, la decisión correcta: continuar camino por la pista de barro. Cruzamos docenas de arroyos, patinamos por los barrizales y nos cruzamos con caballos, burros, vacas y hasta un dingo, pero ni un solo coche vimos en cuatro horas, salvo un microbús todoterreno cargado de turistas, parado al borde del camino para hacer fotos. Cumplimos con el rito de detenernos y saludar, pero el conductor iba en el mismo sentido que nosotros y no estaba seguro de si la pista estaría abierta. Además, ya nos quedaban pocos kilómetros para llegar a nuestro hotel, el único en toda la ruta, junto con la única gasolinera, el único supermercado y el único bar y restaurante.

   Cuando, ya atardeciendo, llegamos a Kings Canyon, nuestro coche, cubierto de barro por completo, causó sensación. Todos los demás que había en el aparcamiento, unos todoterrenos inmensos, equipados con palas, planchas metálicas y todo lo necesario para alcanzar el fin del mundo, lucían impolutos después de haber llegado por el sur. Varios conductores, cuando les confirmamos lo evidente, que habíamos venido por el norte, nos preguntaron por el estado de la pista Mereenie, que algunos pensaban intentar recorrer al día siguiente. Con aquellos cochazos seguro que lo conseguían sin ningún problema.

   Nosotros tuvimos la suerte de que la dirección del complejo había decidido alojarnos en un bungalow de lujo, amplio, con veranda, aire acondicionado y baño privado, en lugar de en la cabinita prefabricada y sin cuarto de baño que habíamos reservado.

   Esa noche celebramos el final feliz de la pequeña aventura con una buena cena en Hungry Dingo, el pub de Kings Canyon, con música country en directo y buenos vinos. El alcohol para llevar no lo vendían antes de las once de la mañana, lo que me parece razonable, pero solo si eras huésped del camping o del hotel cercanos, lo que constituía una clara discriminación contra los aborígenes Matutjara que vivían en un asentamiento cercano.

   A la mañana siguiente fuimos al supermercado a comprar provisiones para las rutas de senderismo que pretendíamos recorrer. Cuando nos preguntaron de dónde éramos, sorpresa: según las dependientas, éramos los primeros españoles que habían pasado por allí.

   Decidimos no abordar la ruta más bonita y complicada, una circular que incluía un desnivel de cien metros hasta el borde superior del cañón Kings, el que da nombre al complejo turístico; la lesión de María, aunque había mejorado mucho, todavía no le permitía muchas subidas y bajadas; en su lugar, hicimos otra mucho más sencilla, de ida y vuelta por el fondo del cañón, a lo largo del arroyo del mismo nombre.

   Los aborígenes llaman al cañón Watarka Karru y cuentan que los hombres gato recorrieron todo el río desde el sudoeste y celebraban sus ceremonias al pie de la cascada que cae desde lo alto del cañón. Un tabú les prohíbe cortar madera, ni para hacer boomerangs ni para las hogueras. Muchos tabús tienen su motivo; este, en concreto, les obligaba a conservar intacta la vegetación del cañón para así poder capturar a los animales que se acercaban a beber. A los turistas se nos permite ver los árboles, pero no tocarlos.

   

   En el cañón Kings, como en toda Australia, se toman muy en serio el senderismo. Las rutas están perfectamente señalizadas y clasificadas en función de su dificultad. Hay rótulos que explican las leyendas aborígenes relacionadas con la zona a atravesar e información abundante sobre la flora y fauna que te puedes encontrar o sobre los restos arqueológicos (algunos de no más de cincuenta años). En los inicios de cada ruta hay aseos limpios y con papel higiénico; en los puntos de riesgo, escaleras y barandillas. Hay depósitos de agua potable, sombrajos con barbacoas de gas, mesas y sillas para comer. Por todas partes hay bancos para descansar, habitualmente situados a la sombra de un árbol y con buenas vistas.

   También hay recomendaciones y prohibiciones, muchas. Prohibido iniciar la ruta si se esperan temperaturas elevadas a lo largo del día, fumar, tirar papeles, beber alcohol, acampar y permanecer en los parques naturales después de la puesta del sol si no se dispone de un permiso para una noche y un lugar concreto, creo que hasta gritar o poner música, por lo silencioso que caminan.

   Los que no son tan silenciosos son los grupos de estudiantes que te encuentras por todas partes. Como en España, los pequeños son bullangueros pero atienden con interés las explicaciones de sus benditos maestros, mientras que los adolescentes, con cara de asco permanente y la vista fija en sus móviles, no prestan ninguna atención a lo que están visitando.

   La normativa de los parques te aconseja cosas obvias y otras no tanto. Calzado, ropa y sombrero adecuados, dos litros de agua por persona y hora, pasar por el centro de información más cercano o consultar en internet la posible presencia de cocodrilos, de medusas o de dingos o el estado de los senderos… Me da la impresión de que los australianos se autoengañan con su pasión por la libertad y los espacios abiertos. Con sus enormes todoterrenos se limitan a circular ordenadamente de un punto de parada autorizado a otro, sin plantearse siquiera romper las reglas.

   Los australianos adoran su país y lo recorren con mucha afición. De hecho, en el outback la inmensa mayoría del turismo es nacional, seguido por un pequeño porcentaje de chinos y muy pocos europeos. Españoles no encontramos ni uno en todo el desierto rojo.

   Viajar por Australia es caro hasta para sus propios habitantes; por eso muchos de ellos optan por las autocaravanas, a veces de un tamaño un poco exagerado, y procuran comprar todo lo que van a consumir en los centros comerciales de las grandes ciudades. Hemos visto todoterrenos o camionetas cargados de cerveza como si fueran un camión de reparto de Cruzcampo, o autocaravanas con un remolque-barbacoa.

   Su vestuario de turistas es también un tanto peculiar. Pantalones cortos o de camuflaje; botas con cordones y cremallera por encima del tobillo; sombreros de ala ancha, de cuero o de fieltro y con o sin colmillos de cocodrilo, cazadoras de cuero y bandanas al cuello o en la frente. Una mezcla entre Cocodrilo Dundee, Mad Max e Indiana Jones.  

Durante el recorrido, sentados en un banco a la sombra de unos eucaliptus de corteza deslumbrante bajo el sol, comprendimos que el lugar fuera sagrado para los indígenas. El frescor y la humedad constituyen un refugio salvador durante los largos e intensos veranos australianos y, para un pueblo sin armas de fuego, un lugar ideal para cazar a algún canguro de los que acuden a beber. 

   Desde el final del sendero contemplamos con los prismáticos a los senderistas que recorrían la otra ruta, la que discurría por el borde superior del cañón. Buenas vistas, sin duda, pero también un recorrido de varias horas y una subida de quinientos escalones que no estábamos en condiciones de abordar.

   Continuamos la ruta en coche y pasamos frente a un desvío que conducía a la comunidad aborigen Lila, oculta también a la sombra de un cañón y a cuya entrada una señal nos recordó la prohibición de acceso sin permiso. No era una norma del gobierno sino un deseo de la propia comunidad, que no quiere ser molestada por los turistas blancos y prefiere seguir viviendo al estilo tradicional.

   Así llegamos al comienzo de la segunda ruta que habíamos planificado para ese día: los manantiales Kathleen. Allí nos encontramos un buen ejemplo de los choques económicos y culturales entre colonos y aborígenes. Los aborígenes consideran que estos manantiales, que no se secan en todo el año, están protegidos por la serpiente arcoíris; por eso, durante veinticinco mil años los han tratado con gran respeto y nunca se bañan en ellos. Cuando las temperaturas bajaban y les permitían desplazarse a mayor distancia para cazar, recolectar o, simplemente, visitar a sus parientes, los dejaban “descansar” hasta que el calor los convertía de nuevo en un oasis imprescindible. Solían construir sus cabañas a un par de kilómetros del agua, para no espantar a los animales salvajes que se acercaran a beber.

   Además de la serpiente arcoíris, también recorrió esta zona la mítica serpiente pitón Inturrkunya, que dejó sus huellas en la roca.

   Si el grupo necesitaba carne, formaba una cadena humana que cerraba la salida del cañón y empujaba a los animales hacia el fondo, sin salida, donde no les era difícil cazarlos con sus lanzas.


   En 1872 llegaron los primeros exploradores blancos, que consiguieron una licencia para explotar la tierras como pasto para dos mil quinientas cabezas de ganado. Los pastores se establecieron en la zona y se apropiaron de los manantiales. Diecisiete años después la zona sufrió una larga sequía, de la que surgieron los primeros conflictos entre pastores y aborígenes. Con la sequía, regresaron los aborígenes, que pretendían seguir viviendo como era su costumbre y cazar los animales que entraban a beber en la garganta, fueran vacas o canguros, como habían hecho desde el tiempo del ensueño. La policía intervino en favor de los pastores blancos y la mayoría de los indígenas murió de hambre, aunque las luchas por el uso del agua duraron veinte años más. Solo sobrevivieron los pocos que aceptaron trabajar para los blancos y que pronto adquirieron fama de buenos conocedores del terreno ¡Menos mal! El ganado fue retirado en 1982, con el establecimiento del parque nacional.

   Nosotros caminamos hasta los manantiales, al fondo de la garganta, procurando no molestar a la serpiente arcoíris; luego hicimos un breve almuerzo a la sombra de los eucaliptus, sobre los restos del cercado construido por los pastores para controlar a sus vacas. Solo una pega le encontramos a este y otros recorridos a pie por el desierto rojo: las moscas. Innumerables, se abalanzan sobre ti cuando caminas, cuando te sientas, cuando intentas comer algo o descansar un rato. Allí entendimos por qué muchos turistas llevaban mosquiteras integradas en sus gorras.

   Después regresamos al coche para pasar la tarde descansando en nuestro fantástico bungalow de lujo. Al día siguiente nos esperaba la mitológica roca de Uluru, pero esa es otra historia que puedes leer pinchando aquí.

Otros capítulos de este cuaderno:

Un país soñado

El salvaje norte

De chicharras y medusas

La ciudad del mar

Wollongong y Melbourne