Nuestro barco navegaba directo hacia el banco de arena, pero me tranquilicé al ver cómo la embarcación reducía la velocidad y la sonda indicaba fondo suficiente. Bordeamos el banco hasta uno de sus extremos, donde pudimos acercarnos lo suficiente como para varar y poner la plancha. Se trataba de pasar una tarde de playa, una más de las sorpresas que nos estaba proporcionando este viaje.
Bajamos a tierra, mejor dicho a una arena limpia y dorada, aunque el agua del río, turbia y oscura, me quitó las ganas de bañarme. Mis compañeros me pidieron que les hiciera fotos en el agua, y yo obedecí, aun sabiendo que cuando recibieran las fotos se iban a arrepentir. A nuestra edad, con nuestras tripas, cicatrices, varices, calvas, y algunos órganos un tanto caídos no estábamos para mucha foto reveladora.
Aunque desde la playa no se divisaba ningún poblado, de alguna manera se había corrido la voz por el río y poco a poco iban llegando piraguas cargadas de curiosos. Probablemente fuera la primera vez en su vida que veían a quince monguele y contemplaban los estragos que la civilización había causado en unos cuerpos que en algún momento habían sido duros y esbeltos como los suyos.
Hicimos noche en Yambole con el rito habitual, ampliado esta noche con un espectáculo de sombras chinescas que montó Kim con un pañuelo y un par de frontales. Los chiquillos estaban encantados, cada vez nos parecíamos más a un circo ambulante.
La luna se puso bastante pronto y el generador del barco se apagó a las nueve en punto, lo que me permitió disfrutar antes de dormirme de un cielo absolutamente repleto de estrellas, solo comparable al de un épico viaje hace ya nueve años, en un coche sin techo -no descapotable-, desde Alto Paraíso de Goiás hasta la Chapada dos Veadeiros, a unos cientos de kilómetros al noroeste de Brasilia.
Aquella noche resultó ser la de las mbóro, las ranas. A pocos metros del atraque de la Go Congo había una charca donde vivía una colonia muy numerosa, que nos amenizó toda la noche y gran parte del amanecer.
Llegamos bastante temprano a Bumba, una ciudad mediana donde teníamos que cubrir algunos papeleos y repostar agua, pan y combustible. Mientras Michel se ocupaba de esos asuntos, acompañados por Mikael y uno de los marineros organizamos una excursión en ciclo taxi, otro auténtico circo. Contratamos a diecisiete conductores con sus tolekas (bici taxis) decoradas con flores de plástico y paños multicolores, y nos dirigimos hacia la misión católica, cruzando todo el centro de la ciudad.
Una comitiva como la nuestra era demasiado para los habitantes de la tranquilísima Bumba. Algunos niños lloraban, aterrados; otros nos saludaban a gritos y nos perseguían histéricos por la emoción. Desde casas y tiendas nos filmaban y fotografiaban con los móviles, y yo me sentía como una personalidad, sonriendo y saludando a diestro y siniestro mientras me agarraba como podía al porta bultos de la bicicleta de Etienne, mi conductor.
El suelo, sin asfaltar, era bastante irregular; menos mal que los espectadores les gritaban a los conductores: ¡Malembe, malembe! (despacio), no sé si para que no nos cayéramos o para disfrutar más tiempo de aquel espectáculo inesperado.
Después de un recorrido de un par de kilómetros y de pagarle a cada conductor sus quinientos francos (medio dólar), entramos en la misión católica de Notre Dame de Bumba, llevada por sacerdotes corazonistas y sin mayor interés para mí. Vimos a unos carpinteros fabricando pupitres in situ, visitamos la escuela graduada y un hospital a un precio justo comparado con los hospitales privados de Kinshasa (diez dólares por noche en habitación individual, con todas las comodidades que te trajeras desde casa), y nos marchamos pronto para que siguieran trabajando en paz.
Como curiosidad, en el patio del hospital vimos un pozo con un azulejo que ostentaba la letra “B” y una corona. El pozo había sido construido gracias a un donativo del rey Balduino, quien luego se casaría con nuestra Fabiola de Mora y Aragón allá por 1960, meses después de que la independencia del Congo. La verdad es que Balduino podía haberse estirado un poco más después de todo lo saqueado por su abuelo Leopoldo.
Volvimos al barco paseando a través del mercado, medio vacío, y de la zona comercial, con casi todas las tiendas cerradas. Incluso estaba cerrada la Boutique de la Modernité, donde esperábamos poder comprar algunas de las telas multicolores con las que se vestían las congoleñas.
Ya a la orilla del río, en una terracita encima de los almacenes de “Nogueira SRC” nos bebimos unas cervezas o refrescos, en espera de que abriera Mahi, la mejor tienda de telas de la ciudad. Cuando por fin abrieron vimos que efectivamente tenían un buen surtido de telas, todas de algodón, aunque no las vendían por metros, sino solo por piezas completas de casi seis metros de largo. Elegí rápidamente una, de fondo rojo y muy colorida, mientras alguna de mis compañeras –no voy a señalar- tardó más de media hora en decidirse. Luego me arrepentí de no haber comprado más, pero en aquel entorno no estaba seguro de si las telas eran bonitas o yo estaba abducido por el exotismo del entorno.
Llegamos al barco, en donde no habían terminado las complejas negociaciones para pagar las tasas (sobornar) a los representantes de cuatro organismos diferentes. Todos querían lo suyo, pero en francos congoleños; en Bumba no aceptaban los dólares, muy apreciados en todo el resto del país. Mientras esperábamos a que Mikael volviera con cambio, en la gabarra amarrada al lado de nuestra lancha un negro impresionante se duchaba desnudo en cubierta, para gran revuelo de mis compañeras y cachondeo de los demás tripulantes de la gabarra, que se habían dado cuenta del interés de las monguele. La verdad es que no era para menos, aunque en mi opinión perdió mucho cuando, una vez duchado, se enfundó una camiseta de tirantes color chicle. Y los siento, pero de esto no tengo fotos.
Resueltos los trámites, zarpamos por fin mientras comíamos y pasamos a lo largo de un enorme tren fluvial, formado por seis gabarras y dos empujadoras. En estas últimas, a las que estaba prohibido el acceso del pasaje, convivían los tripulantes, sus familias, una docena de gallinas y un par de cabras.
Claro que el concepto de familia era un tanto elástico; podía referirse tanto a la mujer e hijos legítimos, como a las llamadas “esposas del río”, que convivían durante la travesía con alguno de los tripulantes o pasajeros a cambio de transporte, alojamiento y comida. Al llegar a destino se deshacía el “contrato”.
En Bumba el río alcanzaba su anchura máxima, de entre veinte y treinta kilómetros según las lluvias, pero insisto en que era imposible apreciar esta dimensión, ya que se dividía en innumerables ramales separados por islas muy frondosas.
La palabra “placidez” se quedaba corta para describir este tramo de navegación. Ni una ola, ni siquiera un rizo turbaban la superficie del agua, donde solo algún pequeño remolino y los jacintos flotantes permitían mantener la sensación de movimiento. El momento de máximo chill out se produjo como siempre después de comer, cuando todas las mujeres sin excepción dormitaban sobre los arcones de popa, mientras los hombres leíamos, escribíamos o repasábamos las fotos, sentados en las sillas más a proa en estricta separación de géneros. Solo Kim, fiel a su papel de guía e integrador, circulaba entre ambos grupos.
Habíamos llegado al punto más al norte de nuestro recorrido, y seguíamos sin graves problemas de salud. Aunque algunos compañeros habían caído ante la diarrea del viajero, era muy leve y remitía en menos de cuarenta y ocho horas, a base de agua de arroz y suero oral. La verdad es que la higiene alimentaria a bordo se llevaba bastante a rajatabla. El agua era embotellada, no había hielo, no se servían verduras crudas ni fruta que no fuera fácilmente pelable, y se cocinaba con agua de pozo, sin potabilizar pero razonablemente limpia. El principal riesgo estaba en platos, vasos y cubiertos, que se lavaban con agua del río.
Al atardecer atracamos en un sitio que no llegaba a la categoría de aldea. Cinco cabañas palafíticas alojaban a dos familias amplias, no más de treinta personas en total. Al parecer, se dedicaban a la pesca y no cultivaban absolutamente nada; de hecho cuando estábamos allí atracados llegó una piragua con cinco mujeres de otra aldea, que les cambiaron la mandioca y algún otro producto vegetal que llevaban por varios fardos de pescado ahumado.
Aunque cuando escribo que no cultivaban nada no soy totalmente veraz. En un extremo de la aldea crecía una palmera datilera de las llamadas lontan en Indonesia, y de la cual extraían la savia, muy rica en azúcar, para elaborar vino de palma. Por una escala muy rudimentaria fabricada con palitos amarrados al propio tronco de la palmera se trepaba hasta la copa, donde habían practicado una incisión por donde manaba la savia, que se recogía en una calabaza. Periódicamente vaciaban el contenido de la calabaza en una garrafa de plástico, donde fermentabay el azúcar se transformaba en alcohol. A primeras horas de la mañana el líquido era dulce y suave, como una cerveza de trigo, pero según avanzaba la fermentación se iba haciendo más ácido y potente. La que probamos en aquella aldea tenía un olor nauseabundo pero un sabor muy agradable, con toques cítricos y un regusto a foie gras.
Como Michel procuraba ir haciendo gastos en todas las aldeas para crear buen ambiente, les compró diez litros de aquel brebaje. Bajamos a tierra pasajeros y tripulantes, cada uno con su silla de plástico, formamos un amplio círculo en torno a una pequeña hoguera, y allí nos trasegamos el vino de palma entre los tripulantes, Michel, Kim, yo y un par de pasajeros más; los demás se decantaron por la cerveza convencional. Aprovechando aquel ambiente de fuego de campamento, Kim contó una historia sufí que había oído en el Sahel.
Trataba de un padre moribundo que reúne a sus tres hijos, y les dice que dejará sus tierras y su ganado al que más llene su cabaña, sea de lo que sea. El primero, agricultor, se levanta al amanecer, se va al campo y recoge toda su cosecha, que apila en el interior de la cabaña hasta más de media altura. Al día siguiente el segundo hijo, cazador, sale de casa antes de amanecer y vuelve al final de la tarde cargado con antílopes, facóqueros, puerco espines y otros animales, pero solo consigue llenar una cuarta parte de la cabaña.
El último día, el tercer hijo, sin oficio conocido, se queda en la cama hasta bien entrada la mañana. Pasa el resto del día holgazaneando por la aldea, visitando a sus amigos o simplemente echando la siesta. A punto ya de ponerse el sol, cuando iba a terminar el plazo concedido, coloca en el centro de la cabaña una lámpara de aceite, la enciende, y toda la cabaña se llena de luz.
Por mi parte les conté la leyenda wounaan sobre la creación del mundo. No debió resultar muy interesante, porque en cuanto terminé decidimos volver al barco a dormir.
De nuevo la noche amenazaba lluvia, por lo que volvimos a apiñarnos en la cubierta baja. El habitual concierto polifónico de ronquidos estuvo esta vez punteado por frecuentes toques de trompeta. La cena había sido a base de arroz con judías pintas, y ahora sufríamos las consecuencias.
Al día siguiente llegaríamos a Lisala, ciudad natal de Mobutu Sese Seko, pero esa es otra historia, que podrás leer si pinchas aquí.
viernes, 30 de septiembre de 2016
De piraguas y de aldeas
Bokando era una aldeíta más pequeña que Lokatali, con unas dos docenas de niños, más tranquilos y al principio más asustados que los que habíamos ido conociendo hasta ahora. Se notaba que pocos monguele pasaban por allí, suponiendo que alguna vez hubiera llegado alguno.
En tierra tuve una larga discusión en mi cutrísimo francés con un joven: protestaba porque yo pudiera visitar el Congo cuando quisiera y quedarme a dormir en su aldea por la cara, mientras en cambio a él no lo dejarían entrar en España ni podría irse a dormir a mi casa. Aunque creo que tenía toda la razón del mundo, cuando me insistió en que para compensar tamaña injusticia le regalara mi cámara de fotos, tuve que cortar por lo sano y decirle que lo lamentaba mucho, que la conversación había sido muy interesante, pero que debía volver a bordo. Losanyé, que así se llamaba, me despidió con su mejor sonrisa y un el habitual triple apretón de manos (arriba, abajo y otra vez arriba). Espero que le vaya bien.
Ya de noche cerrada, mientras cenábamos, nos pidieron que dejáramos despejado un pasillo a lo largo del costado de babor. Entre dos marineros sacaron a la cerdita que nos había acompañado desde Kisangani, que chillaba desesperadamente como si fuera consciente de lo que le esperaba al llegar a tierra.
S., un chicharrero de nuestro grupo, se ofreció como matarife y parece ser que la liquidó con bastante maestría de una cuchillada en la yugular. Hay gente con habilidades sorprendentes, aunque en este caso por suerte se demostraron bastante lejos de la barcaza. Volvimos a encontrarnos a la cerdita, convenientemente troceada, en las comidas y cenas de los días siguientes. Sencillamente deliciosa.
Poco después apareció un señor vestido de paisano el cual afirmaba ser el representante de la Oficina de Migraciones en aquella aldea diminuta. No parecía demasiado creíble, no llevaba ningún tipo de credencial, y tras una larga conversación con Michel redujo sus pretensiones a vendernos por 1.500 francos, poco más de un euro, una botella de un aguardiente elaborado con maíz y mandioca. Entre todos no conseguimos bebernos más de media botella, y eso que gran parte se quedó en los vasos o acabó por la borda. De un color blancuzco, olía como un mal orujo gallego y sabía a rayos, con ciertos toques a pinga o cachaza de la peor calidad.
Al día siguiente, de nuevo la rutina habitual. Me desperté como siempre con las primeras luces, una hora antes de la salida del sol, y después de mi uso ritual de la letrina me dediqué simplemente a mirar cómo iba clareando. La aldea era madrugadora y a las cinco y media ya estaba todo el mundo en pie, había que aprovechar la luz solar. Mis compañeros se iban levantando y la cocinera ya había sacado los termos de café recién hecho y de agua hirviendo. Como me encontraba un poco adormilado me aticé un tazón de “café congolaise au lait” (hay que leerlo en voz alta).
Al cabo de unas horas de navegación llegamos a Lokutu, una población lo suficientemente grande como para poder comunicarme de nuevo con mi mujer por SMS. Era capital de distrito y tenía veinte mil habitantes, de los que dos mil trabajaban para Feronia, una plantación de sesenta y tres mil hectáreas con fábrica de aceite de palma y un puerto industrial en el que se oxidaban varias balleneras de construcción remachada, tecnología que dejó de usarse en Europa durante la Segunda Guerra Mundial.
Como el ingeniero jefe había salido en visita de inspección no conseguimos permiso para visitar la plantación ni la factoría, por lo que nos limitamos a recorrer el pueblo, rodear la factoría y llegar hasta el mercado.
En el puerto industrial me encontré con Patrick, un infante de marina que me mostró orgulloso su AK-47, “fabriqué au Congo”, en Lumumbashi para ser más exactos, y cuidadosamente remendado con cuerdas y alambres. Junto con la elaboración de cerveza, la fabricación de ametralladoras debe de ser de las pocas industrias que perviven en este país. Por suerte o por desgracia, la conversación no daba para más, yo no quería preguntarle por su participación en las sucesivas guerras que habían asolado el país, o cómo había entrado en el ejército, si voluntario, reclutado, o se había integrado con alguno de los grupos de guerrilleros que en su día absorbió el ejército regular.
Volvimos al barco, zarpamos, comimos, y de nuevo tiempo de relax. Como si alguien pudiera estresarse, en mi vida había hecho un viaje más tranquilo. Yo creía que en el Congo me esperaba “el horror, el horror”, las últimas palabras pronunciadas por Kurtz en “El corazón de las tinieblas”, o sea policías agresivos y corruptos, calor asfixiante, nubes de mosquitos, comida insulsa, cocodrilos, … y me encontré sonrisas inmensas, continuos saludos “Mboté, mboté”, menos calor que en Sevilla, menos mosquitos que en Cádiz, unos cocineros, Feliciano y Leticia, excelentes, y un menú muy variado, suplementado innecesariamente con los embutidos y latas acarreados desde España por algunos de mis compañeros.
Viendo la alegría y el cálido recibimiento de los congoleños resultaba difícil creer que llevan en guerra más o menos permanente desde la independencia en 1960. Y eso por no recordar los terribles años del Estado Libre del Congo, cuando los sicarios del rey Leopoldo mataban, violaban y cortaban manos a quienes se rebelaban o simplemente no cumplían con su cuota de marfil o caucho.
Los combates comenzaron el mismo año de la independencia con los intentos de secesión de Katanga y Kasai, y siguieron con el golpe de estado de Mobutu contra Lumumba en 1961, la rebelión lumumbista en 1963, la sangrienta dictadura de Mobutu durante treinta años, los motines militares en 1991, la rebelión tutsi en 1994, la invasión ruandesa en 1995, la primera Gran Guerra del Congo de 1996 a 1998, la segunda de 1998 a 2001, las milicias de Kivu de 2006 a 2009, la invasión del Lord Resistance Army de 2006 a 2008, el motín militar de 2012, etcétera, etcétera.
Pero dejemos a un lado la triste historia del país y volvamos al viaje.
Anochecía con una fuerte tormenta tropical en el horizonte y un fresquito de lo más agradable cuando llegamos a Ewolo, otra pequeña aldea en la que no tuvimos mucha interacción con la población local. Michel celebraba el décimo aniversario de la fundación de su empresa turística, que podéis encontrar en www.gocongo.com, y apareció nada menos que con nueve botellas bien frías de Laurent Perrier, un champán francés brut que nos supo a gloria, después de tantos días del infame vinacho sudafricano comprado en Kisangani. Para cenar disfrutamos de un guiso hecho con unas buenas porciones de Bess, la cerdita sacrificada un par de días antes, y que nadie se negó a comer.
Como seguía amenazando lluvia, aunque luego no llegara a descargar en toda la noche, los del piso de arriba nos instalamos directamente en la cubierta principal. Apilando las mesas y las sillas hicimos sitio para un par de tiendas, varias mosquiteras, y los dos o tres que dormíamos "al fresco". La verdad es que entre la piretrina con la que había impregnado en Cádiz la ropa y el saco de dormir, y el Relec que pulverizado en pies, brazos y cabeza cada noche era suficiente para mantener a raya a los mosquitos.
Pasé una buena noche, con una temperatura muy agradable y amenizada por un concierto polifónico de ronquidos. A mi edad, quien sea capaz de dormir en el suelo sin roncar que tire la primera piedra.
Al día siguiente a media mañana paramos en Monbongo Mombesa, mercado importante en el que estaba atracado uno de los trenes fluviales que en dos o tres meses hacen el recorrido Kisangani – Kinshasa (y en casi seis el camino de regreso, contra la corriente). Este empujador parecía nuevo y solo empujaba dos gabarras, o sea que con un poco de suerte tardaría algo menos en llegar. De momento estaba cargando maíz y combustible.
Un largo paseo por el pueblo me permitió saludar a decenas de adultos y cientos de niños, a la vez que le compraba el machete que estaba usando a un hombre para construir un tejadillo de cañas. De fabricación artesanal, con cuarenta y cinco centímetros de hoja, un poco mellado pero en perfecto estado de funcionamiento, si conseguía llevarlo hasta Cádiz sería una buena pieza para mi colección de machetes, que ya alcanzaba los veintidós ejemplares. Y de precio me pareció muy razonable. Un tripulante de la barcaza me había dicho que nuevos de ferretería costaban unos siete mil francos, y por este usado me pidieron cinco mil, que pagué sin rechistar. Al cabo de media hora, cuando volvimos a pasar por delante del tenderete de vuelta hacia el barco, sobre el mostrador había media docena de machetes usados. Un verdadero emprendedor, que se había dado cuenta de cómo podía ganar una pasta vendiéndoles machetes a los monguele. La pena es que ninguno de mis compañeros se animó a comprarle otro.
A mediodía nos comimos uno de los peces tigre de la víspera, pero el cocinero se ve que no andaba muy fino: el pescado estaba soso, el arroz pasado y el piri piri le había quedado extra fuerte, media cucharadita era suficiente para convertir en incomible una buena ración de arroz.
Nuestro grupo seguía funcionando muy bien, no se puede decir que fuéramos amigos, pero si muy bien avenidos. No había fricciones ni discusiones, estábamos todos tan relajados que aceptábamos siempre sin rechistar las propuestas que nos hacía Kim, nuestro guía.
Por cierto, hasta ahora no había contado casi nada de mis catorce compañeros de viaje. Más o menos de mi edad, como escribí en el primer episodio, gran parte de su conversación se dedicaba a contar batallitas de viajes anteriores, la verdad que bastante interesantes para mí, que nunca había estado en la mayoría de los destinos de los que hablaban. Dada su gran experiencia en viajes “de aventura”, acarreaban un gran surtido de material de acampada de última generación. Para mí, que me había quedado en las tiendas canadienses de algodón, todo era nuevo: las tiendas iglú de nylon, las colchonetas inflables que cabían en un bolsillo, los sacos de dormir ligerísimos, la ropa técnica de secado rápido, las bolsas impermeables para documentos y cámaras, y mil cosas más. Lo único que les sorprendió de mi equipaje fue una cuerda para tender la ropa, elástica y con ganchos en las puntas, que permitía prescindir de pinzas. Bueno, y la ligereza de mi equipaje, que me había permitido llegar hasta Kinshasa sin facturarlo.
A la hora de la siesta pasamos por un poblado algo más grande de lo habitual, Mombongo Elunga, cuyas chozas eran de tejado a cuatro aguas, frente a las de dos aguas habituales hasta ahora. Se trataba de una aldea mombesa, la etnia mayoritaria en este tramo del río.
Las orillas estaban cada vez más distantes la una de la otra, el caudal del río aumentaba con los incontables afluentes, pero al estar en temporada seca también abundaban los bancos de arena, por lo que Sofa, el robustísimo marinero encargado de la seguridad, se pasaba horas sondando de pie en la proa, con una pértiga de caña.
A media tarde, observé algo preocupado que la barcaza se dirigía en línea recta hacia un enorme banco de arena que emergía del agua en mitad del río. Cuando se lo comenté al piloto, me respondió muy tranquilo: “Probleme eza té”, no hay problema.
Pero esa es otra historia, que podrás leer si pinchas aquí.
En tierra tuve una larga discusión en mi cutrísimo francés con un joven: protestaba porque yo pudiera visitar el Congo cuando quisiera y quedarme a dormir en su aldea por la cara, mientras en cambio a él no lo dejarían entrar en España ni podría irse a dormir a mi casa. Aunque creo que tenía toda la razón del mundo, cuando me insistió en que para compensar tamaña injusticia le regalara mi cámara de fotos, tuve que cortar por lo sano y decirle que lo lamentaba mucho, que la conversación había sido muy interesante, pero que debía volver a bordo. Losanyé, que así se llamaba, me despidió con su mejor sonrisa y un el habitual triple apretón de manos (arriba, abajo y otra vez arriba). Espero que le vaya bien.
Ya de noche cerrada, mientras cenábamos, nos pidieron que dejáramos despejado un pasillo a lo largo del costado de babor. Entre dos marineros sacaron a la cerdita que nos había acompañado desde Kisangani, que chillaba desesperadamente como si fuera consciente de lo que le esperaba al llegar a tierra.
S., un chicharrero de nuestro grupo, se ofreció como matarife y parece ser que la liquidó con bastante maestría de una cuchillada en la yugular. Hay gente con habilidades sorprendentes, aunque en este caso por suerte se demostraron bastante lejos de la barcaza. Volvimos a encontrarnos a la cerdita, convenientemente troceada, en las comidas y cenas de los días siguientes. Sencillamente deliciosa.
Poco después apareció un señor vestido de paisano el cual afirmaba ser el representante de la Oficina de Migraciones en aquella aldea diminuta. No parecía demasiado creíble, no llevaba ningún tipo de credencial, y tras una larga conversación con Michel redujo sus pretensiones a vendernos por 1.500 francos, poco más de un euro, una botella de un aguardiente elaborado con maíz y mandioca. Entre todos no conseguimos bebernos más de media botella, y eso que gran parte se quedó en los vasos o acabó por la borda. De un color blancuzco, olía como un mal orujo gallego y sabía a rayos, con ciertos toques a pinga o cachaza de la peor calidad.
Al día siguiente, de nuevo la rutina habitual. Me desperté como siempre con las primeras luces, una hora antes de la salida del sol, y después de mi uso ritual de la letrina me dediqué simplemente a mirar cómo iba clareando. La aldea era madrugadora y a las cinco y media ya estaba todo el mundo en pie, había que aprovechar la luz solar. Mis compañeros se iban levantando y la cocinera ya había sacado los termos de café recién hecho y de agua hirviendo. Como me encontraba un poco adormilado me aticé un tazón de “café congolaise au lait” (hay que leerlo en voz alta).
Al cabo de unas horas de navegación llegamos a Lokutu, una población lo suficientemente grande como para poder comunicarme de nuevo con mi mujer por SMS. Era capital de distrito y tenía veinte mil habitantes, de los que dos mil trabajaban para Feronia, una plantación de sesenta y tres mil hectáreas con fábrica de aceite de palma y un puerto industrial en el que se oxidaban varias balleneras de construcción remachada, tecnología que dejó de usarse en Europa durante la Segunda Guerra Mundial.
Como el ingeniero jefe había salido en visita de inspección no conseguimos permiso para visitar la plantación ni la factoría, por lo que nos limitamos a recorrer el pueblo, rodear la factoría y llegar hasta el mercado.
En el puerto industrial me encontré con Patrick, un infante de marina que me mostró orgulloso su AK-47, “fabriqué au Congo”, en Lumumbashi para ser más exactos, y cuidadosamente remendado con cuerdas y alambres. Junto con la elaboración de cerveza, la fabricación de ametralladoras debe de ser de las pocas industrias que perviven en este país. Por suerte o por desgracia, la conversación no daba para más, yo no quería preguntarle por su participación en las sucesivas guerras que habían asolado el país, o cómo había entrado en el ejército, si voluntario, reclutado, o se había integrado con alguno de los grupos de guerrilleros que en su día absorbió el ejército regular.
Volvimos al barco, zarpamos, comimos, y de nuevo tiempo de relax. Como si alguien pudiera estresarse, en mi vida había hecho un viaje más tranquilo. Yo creía que en el Congo me esperaba “el horror, el horror”, las últimas palabras pronunciadas por Kurtz en “El corazón de las tinieblas”, o sea policías agresivos y corruptos, calor asfixiante, nubes de mosquitos, comida insulsa, cocodrilos, … y me encontré sonrisas inmensas, continuos saludos “Mboté, mboté”, menos calor que en Sevilla, menos mosquitos que en Cádiz, unos cocineros, Feliciano y Leticia, excelentes, y un menú muy variado, suplementado innecesariamente con los embutidos y latas acarreados desde España por algunos de mis compañeros.
Viendo la alegría y el cálido recibimiento de los congoleños resultaba difícil creer que llevan en guerra más o menos permanente desde la independencia en 1960. Y eso por no recordar los terribles años del Estado Libre del Congo, cuando los sicarios del rey Leopoldo mataban, violaban y cortaban manos a quienes se rebelaban o simplemente no cumplían con su cuota de marfil o caucho.
Los combates comenzaron el mismo año de la independencia con los intentos de secesión de Katanga y Kasai, y siguieron con el golpe de estado de Mobutu contra Lumumba en 1961, la rebelión lumumbista en 1963, la sangrienta dictadura de Mobutu durante treinta años, los motines militares en 1991, la rebelión tutsi en 1994, la invasión ruandesa en 1995, la primera Gran Guerra del Congo de 1996 a 1998, la segunda de 1998 a 2001, las milicias de Kivu de 2006 a 2009, la invasión del Lord Resistance Army de 2006 a 2008, el motín militar de 2012, etcétera, etcétera.
Pero dejemos a un lado la triste historia del país y volvamos al viaje.
Anochecía con una fuerte tormenta tropical en el horizonte y un fresquito de lo más agradable cuando llegamos a Ewolo, otra pequeña aldea en la que no tuvimos mucha interacción con la población local. Michel celebraba el décimo aniversario de la fundación de su empresa turística, que podéis encontrar en www.gocongo.com, y apareció nada menos que con nueve botellas bien frías de Laurent Perrier, un champán francés brut que nos supo a gloria, después de tantos días del infame vinacho sudafricano comprado en Kisangani. Para cenar disfrutamos de un guiso hecho con unas buenas porciones de Bess, la cerdita sacrificada un par de días antes, y que nadie se negó a comer.
Como seguía amenazando lluvia, aunque luego no llegara a descargar en toda la noche, los del piso de arriba nos instalamos directamente en la cubierta principal. Apilando las mesas y las sillas hicimos sitio para un par de tiendas, varias mosquiteras, y los dos o tres que dormíamos "al fresco". La verdad es que entre la piretrina con la que había impregnado en Cádiz la ropa y el saco de dormir, y el Relec que pulverizado en pies, brazos y cabeza cada noche era suficiente para mantener a raya a los mosquitos.
Pasé una buena noche, con una temperatura muy agradable y amenizada por un concierto polifónico de ronquidos. A mi edad, quien sea capaz de dormir en el suelo sin roncar que tire la primera piedra.
Al día siguiente a media mañana paramos en Monbongo Mombesa, mercado importante en el que estaba atracado uno de los trenes fluviales que en dos o tres meses hacen el recorrido Kisangani – Kinshasa (y en casi seis el camino de regreso, contra la corriente). Este empujador parecía nuevo y solo empujaba dos gabarras, o sea que con un poco de suerte tardaría algo menos en llegar. De momento estaba cargando maíz y combustible.
Un largo paseo por el pueblo me permitió saludar a decenas de adultos y cientos de niños, a la vez que le compraba el machete que estaba usando a un hombre para construir un tejadillo de cañas. De fabricación artesanal, con cuarenta y cinco centímetros de hoja, un poco mellado pero en perfecto estado de funcionamiento, si conseguía llevarlo hasta Cádiz sería una buena pieza para mi colección de machetes, que ya alcanzaba los veintidós ejemplares. Y de precio me pareció muy razonable. Un tripulante de la barcaza me había dicho que nuevos de ferretería costaban unos siete mil francos, y por este usado me pidieron cinco mil, que pagué sin rechistar. Al cabo de media hora, cuando volvimos a pasar por delante del tenderete de vuelta hacia el barco, sobre el mostrador había media docena de machetes usados. Un verdadero emprendedor, que se había dado cuenta de cómo podía ganar una pasta vendiéndoles machetes a los monguele. La pena es que ninguno de mis compañeros se animó a comprarle otro.
A mediodía nos comimos uno de los peces tigre de la víspera, pero el cocinero se ve que no andaba muy fino: el pescado estaba soso, el arroz pasado y el piri piri le había quedado extra fuerte, media cucharadita era suficiente para convertir en incomible una buena ración de arroz.
Nuestro grupo seguía funcionando muy bien, no se puede decir que fuéramos amigos, pero si muy bien avenidos. No había fricciones ni discusiones, estábamos todos tan relajados que aceptábamos siempre sin rechistar las propuestas que nos hacía Kim, nuestro guía.
Por cierto, hasta ahora no había contado casi nada de mis catorce compañeros de viaje. Más o menos de mi edad, como escribí en el primer episodio, gran parte de su conversación se dedicaba a contar batallitas de viajes anteriores, la verdad que bastante interesantes para mí, que nunca había estado en la mayoría de los destinos de los que hablaban. Dada su gran experiencia en viajes “de aventura”, acarreaban un gran surtido de material de acampada de última generación. Para mí, que me había quedado en las tiendas canadienses de algodón, todo era nuevo: las tiendas iglú de nylon, las colchonetas inflables que cabían en un bolsillo, los sacos de dormir ligerísimos, la ropa técnica de secado rápido, las bolsas impermeables para documentos y cámaras, y mil cosas más. Lo único que les sorprendió de mi equipaje fue una cuerda para tender la ropa, elástica y con ganchos en las puntas, que permitía prescindir de pinzas. Bueno, y la ligereza de mi equipaje, que me había permitido llegar hasta Kinshasa sin facturarlo.
A la hora de la siesta pasamos por un poblado algo más grande de lo habitual, Mombongo Elunga, cuyas chozas eran de tejado a cuatro aguas, frente a las de dos aguas habituales hasta ahora. Se trataba de una aldea mombesa, la etnia mayoritaria en este tramo del río.
Las orillas estaban cada vez más distantes la una de la otra, el caudal del río aumentaba con los incontables afluentes, pero al estar en temporada seca también abundaban los bancos de arena, por lo que Sofa, el robustísimo marinero encargado de la seguridad, se pasaba horas sondando de pie en la proa, con una pértiga de caña.
A media tarde, observé algo preocupado que la barcaza se dirigía en línea recta hacia un enorme banco de arena que emergía del agua en mitad del río. Cuando se lo comenté al piloto, me respondió muy tranquilo: “Probleme eza té”, no hay problema.
Pero esa es otra historia, que podrás leer si pinchas aquí.
Una noche inolvidable
Como contaba en el episodio anterior, zarpamos a las cinco y media de la tarde, con casi un día entero de retraso. Al cabo de media hora, justo a la puesta del sol, viramos a estribor y nos acercamos a la orilla. Había que buscar una buena zona para acampar, a ser posible en los terrenos de la misión de San Gabriel que se alzaba a pocos metros de la orilla, y para encontrar un lugar apropiado bajaron a tierra Mikael, el hijo de Michel, y dos marineros.
Pasaba el tiempo y Mikael no volvía. Se estaba haciendo de noche y decidimos pasar la noche a bordo; los cinco que habíamos decidido dormir sobre la cubierta superior instalamos allí nuestras tiendas y colchonetas a la tenue luz de la luna nueva y de miles de estrellas. El grupo electrógeno seguía sin funcionar.
Después de cenar, en pleno bochorno de calma chicha, subimos para intentar dormir mientras el resto del grupo se instalaba con tiendas y mosquiteras en la cubierta baja. Pasaba de las nueve de la noche, el calor era asfixiante y la humedad superior al cien por cien, si es que eso es posible. El exterior de la tienda estaba húmedo, pero no menos que el interior, la colchoneta o mi ropa. Cerré la cremallera y aprovechando que no tenía que compartir la tienda con K. me desnudé y me dejé caer sobre la colchoneta de tres centímetros de grosor.
Ni así se podía dormir; el sudor me corría a chorros por todo el cuerpo, mojando más si cabe la sábana. La charla incesante de la tripulación, el ruido de algún fueraborda que pasaba, una música que sonaba en la lejanía… Acabé poniéndome tapones en los oídos, y maldije a la agencia de viajes por haberme hecho cargar con un saco de dormir y un forro polar, claramente inútiles en aquellas circunstancias.
Al cabo de un tiempo me desperté. Se había levantado una brisa fresquita que en poco tiempo secó todo. Me sentía en la gloria y volví a dormirme, para despertarme de nuevo en pleno vendaval. La tienda de campaña oscilaba con fuerza, y me dio miedo que una racha acabara con la tienda y conmigo en el río.
Me vestí a toda prisa, recogí mis pertenencias y salí de la tienda. Kim, el guía, estaba también en pie; entre los dos recogimos como pudimos nuestras tiendas, despertamos a nuestros compañeros y les ayudamos a doblar las suyas. Bajamos todos a la cubierta principal y buscamos un hueco para acomodarnos; yo encontré uno bastante aceptable sobre los arcones de estribor. Antes de tumbarme de nuevo a dormir todavía dediqué unos minutos a disfrutar del viento y del aire de pie en la proa de la embarcación.
Al principio me impedían dormir el ruido del vendaval y la descarga de adrenalina que me había provocado el rápido desalojo de la cubierta superior, pero creo que pronto me quedé frito de nuevo, envuelto en el saco sábana, ya que el verdadero saco de dormir lo tenía dentro de mi arcón, sobre el que dormía a pierna suelta otro de mis compañeros.
Pero la noche todavía no había terminado. En algún momento me desperté de nuevo, esta vez con la lluvia empezando a caerme sobre la cara; en buena lógica meteorológica, después de la calma chicha había llegado el vendaval, y ahora tocaba el remate de la tormenta, que pronto se convirtió en un fuerte temporal de agua. Otra vez en pie buscando refugio.
Aunque los marineros se apresuraron a soltar las lonas que protegían los costados, para cuando terminaron se había mojado toda la zona de barlovento de la cubierta inferior, incluyendo el arcón sobre el que me había instalado. El costado de sotavento estaba atestado, y acabé tendiendo la colchoneta debajo de la mesa del desayuno. ¡Y allí volví a dormirme! Entre sueños oía el crepitar de la lluvia, el flamear de las lonas y el roncar de mis compañeros. Amaneció pero nadie se movía, apurábamos hasta el último momento de descanso según aminaba el viento y la lluvia se convertía en un orballo suave. Una noche inolvidable.
Salió el sol por completo y desayunamos pero seguíamos parados; comprobé en mi GPS que estábamos a unos cinco kilómetros del centro de Kisangani, a la altura del aeropuerto. Al parecer había que cambiar una pieza del grupo electrógeno y el mecánico, Patrick, se había ido a la ciudad a intentar comprarla en cuanto abrieran las tiendas.
Menos mal que volvió a las once de la mañana y pudimos zarpar, pero con veinticuatro horas de retraso. Empezábamos mal.
Aunque el día seguía nublado y hacía fresquito no llovía, por lo que pudimos colgar sacos y colchonetas a secar. Patrick consiguió reparar el grupo electrógeno, y pusimos nuestras baterías a recargar. Bueno, más que las nuestras las de cámaras, teléfonos móviles y frontales; las mías corporales estaban al cien por cien, me notaba rebosante de energía y a la vez poseído por una calma totalmente zen.
Después de comer, mientras gran parte del grupo dormía la siesta, aproveché para tener una larga charla con Kim, de escritor a escritor. El estaba terminando su primera novela, con muy buena pinta por lo que me contó, y yo acababa de terminar la mía y estaba buscando editor. Prometimos vernos en la entrega del premio Planeta, que no dudábamos sería para alguno de los dos.
Como el cielo seguía nublado y la temperatura andaba sobre los veintiocho grados, después de la charla todavía pudimos echarnos una siesta sobre la toldilla.
Cuando nos despertamos, nos dedicamos a la que sería nuestra principal ocupación a lo largo de la travesía: Mirar el paisaje La verdad es que era muy cómodo, no tenías más que sentarte y por delante de ti desfilaban aldeas, piraguas, y la omnipresente selva. Un crucero perfecto, salvando todas las circunstancias. Eso sí, conforme nos alejábamos de Kisangani se iba espaciando la presencia humana. Poco a poco nos adentrábamos en el corazón de África.
A poco nos cruzamos con el primer tren fluvial, un conjunto formado por varias gabarras amarradas entre sí y empujadas por un remolcador. Las gabarras iban atestadas de carga, y por en medio o encima se instalaban cientos de personas. Aquella era la única forma de desplazarse por el rio para la mayoría de los congoleños, en un viaje que podía durar un par de meses o no terminar nunca, dados los frecuentes naufragios por sobrecarga. Por lo que había leído, la vida a bordo era francamente precaria. Las escasas instalaciones sanitarias estaban reservadas para los tripulantes; el resto de pasajeros tenía que hacer sus necesidades por la borda. No había servicio de comedor, por lo que cada familia transportaba o compraba su comida por el camino y la cocinaba en un hornillo de carbón; los pasajeros que viajaban solos podían contratar un servicio de catering con cualquiera de las mujeres que se dedicaban a ese negocio, junto con la lavandería y otros servicios digamos más personales.
A media tarde pasamos frente a Yanonge, una aldea bastante grande con misión católica, varias factorías abandonadas y mucha vida en la orilla: pescadores, lavanderas, niños jugando, curiosos… Cuando vi una gran antena, probé a enviar un SMS. ¡Funcionaba! Por lo menos tendría una forma de comunicación con el exterior, aunque fuera esporádica.
No paramos, teníamos que recuperar el tiempo perdido en Kisangani si queríamos llegar a Mbandaka a tiempo de coger el avión a Kinshasa. Unos kilómetros más abajo apareció de la nada una piragua en la que una pareja remaba furiosamente. Cuando nos alcanzaron y se nos abarloaron, vimos que eran fabricantes y vendedores de tableros de un juego, muy popular en toda África y entre los negros del Caribe, que se conoce con distintos nombres en cada país, siendo el más extendido el de awele. Se juega con cuarenta y ocho fichas (piedras, semillas…) y catorce casillas (agujeros, recipientes…) y funciona de una manera similar a las damas, comiendo fichas al contrario.
De todas maneras los tableros eran muy bastos y demasiado grandes, y esperábamos encontrar más y mejor artesanía a lo largo del recorrido, por lo que no les compramos ni uno. Se soltaron y se dejaron arrastrar por la corriente. Me dieron pena, tanto esfuerzo para nada, y a saber cuándo pasaba otro barco al que le pudieran ofrecer su mercancía. En castigo, no volvimos a encontrar ni una pieza de artesanía hasta llegar a Kinshasa.
La tripulación, que seguía con curiosidad y bastante guasa mis intentos de aprender algunas palabras de lingala, estaba empeñada en enseñarme algo cada día. Aquel día tocaba Babé agani bondéle, (¿qué idioma hablas?), frase perfectamente inútil pero que anoté con total dedicación, y que tuve que repetirles varias veces entre sus risas. Creo que mi acento no era muy bueno.
Al anochecer repetimos la jugada de la noche anterior, ya habíamos aprendido que era mucho más cómodo y más seguro dormir a bordo que acampar en la orilla. No había serpientes ni tarántulas, teníamos váter, las tiendas no se manchaban de barro, y no había riesgo de visitas indeseadas, ya que un marinero dormía en una silla, justo al pie de la plancha de desembarco, y se despertaba al menor ruido.
Atracamos en la aldea de Lotukali, atrayendo a un centenar de niños y a un par de docenas de adultos; de hecho no creo que faltase nadie que no estuviera gravemente enfermo. Saludos (¡Mboté!), gritos de excitación, y cientos de fotos y de sonrisas. Hasta bien entrada la noche se escucharon las voces de los niños desde la oscuridad de la orilla: ¡Monguele! Así nos llamaban a los blancos en lingala. No era una palabra peyorativa, sino meramente descriptiva. La usan para designar el color blanco en general, y a los hombres blancos en particular, aunque nos sorprendía la naturalidad con que la usaban: Merci, monguele. Nada que ver con la carga negativa que entre nosotros tiene la palabra negro.
La noche fue fresquita y antes de amanecer tuve que vestirme y meterme en el saco de dormir. Banoa tenía razón, al Congo había que venir abrigado.
A las cinco amanecimos envueltos en una bruma densa como el puré de mandioca de la cena. Cuando salí de la tienda los niños estaban en la orilla, sentados en cuclillas, esperando pacientemente a que les repartiéramos las botellas de plástico vacías, todo un tesoro para ellos. Me di cuenta entonces que en los pocos días que llevaba en el Congo no había visto ningún juguete, más allá de una pelota de trapo en el patio de una escuela. Ni siquiera esos juguetes que en otros países de África se fabrican los propios niños con pedazos de madera, alambres y chapas de cerveza. Nada. Una prueba más de la absoluta miseria de la vida en las aldeas, donde no se solía pasar hambre, pero donde tampoco había nada que no fueran herramientas o artes de pesca.
Zarpamos en seguida para intentar recuperar el retraso, y mientras nosotros recogíamos el campamento se fue levantando la bruma.
Después de un tiempo (hacía días que no miraba la hora) llegamos a Yangambi, un antiguo centro de investigación agro forestal en desuso desde la época de Lumumba, con una gran factoría también abandonada pero que podría haber sido un magnífico museo de la revolución industrial. Reconocí una enorme máquina de vapor de eje horizontal y con un solo pistón de unos treinta centímetros de diámetro. No encontré vestigios de la caldera, pero se conservaba un gran volante de inercia de más de dos metros de diámetro, la biela y la rueda que movía la polea principal. Esta polea, ya desaparecida, es la que en su día hacía girar un eje de unos cincuenta metros de largo que recorría toda la nave y a su vez accionaba toda la maquinaria: centrifugadoras, molinos, tamices, cintas transportadoras, cilindros de secado, prensas…
La maquinaria había sido canibalizada poco a poco, al menos en sus piezas menores, que se usaban para fines tan variados como pesas para las redes, yunques o material para fabricar hoces y machetes.
En su día, calculo que allá por los años veinte o treinta del siglo pasado, esta factoría había elaborado aceite de palma y procesado caucho, café y nuez de cola, apropiándose en nombre del Rey Leopoldo de Bélgica de las riquezas naturales de la zona y pagando unos sueldos de miseria a sus habitantes.
En un rincón, detrás de un coche antiguo al que no le quedaba ni la marca, vivía una familia numerosa, con su hoguera para cocinar en el suelo, sus gallinas, su ropa tendida…
Dimos también un paseíto por el mercado, mucho más organizado y amigable que el de Kisangani, y pudimos ver cómo era la alimentación habitual de los lugareños: Mandioca, papaya, plátanos de tres o cuatro variedades, alubias, arroz, pescado fresco o requemado, grandes caracoles de río, y gusanos. Gusanos grandes, vivos, del tamaño más o menos de mi dedo pulgar. Negros, rojos, blancos, con pelos o sin ellos… Por lo visto muy apreciados por su bajo precio y la buena calidad de las proteínas que contienen. Tengo que confesar que no me decidí a probarlos, aunque viviendo en una ciudad que come caracolas, anémonas de mar, navajas, chipirones, ranas y galeras, no debería haberles hecho ascos.
Cuando zarpamos me decidí por fin a asearme; no me había atrevido a ducharme con aquella agua turbia y marrón desde que salimos de Kinsangani. Una vez vencida la primera impresión de asco, el agua estaba fresca y apetecía remojarse, aunque fuera a cacitos. Aproveché también para lavar un par de mudas que tendí en la amura, donde el aire y el sol las secaron rápidamente.
La tarde la pasamos como siempre, charlando, leyendo, escribiendo, escuchando música y mirando el paisaje. La sensación era la de viajar en un chiringuito, con las sillas y mesas de plástico, el techo de madera, las vistas al río y las bebidas casi siempre frescas. Y con la ventaja de que el paisaje no era estático, sino que se renovaba continuamente.
Esa noche llegamos a Bokando, pero esa es otra historia, que podrás leer si pinchas aquí.
Pasaba el tiempo y Mikael no volvía. Se estaba haciendo de noche y decidimos pasar la noche a bordo; los cinco que habíamos decidido dormir sobre la cubierta superior instalamos allí nuestras tiendas y colchonetas a la tenue luz de la luna nueva y de miles de estrellas. El grupo electrógeno seguía sin funcionar.
Después de cenar, en pleno bochorno de calma chicha, subimos para intentar dormir mientras el resto del grupo se instalaba con tiendas y mosquiteras en la cubierta baja. Pasaba de las nueve de la noche, el calor era asfixiante y la humedad superior al cien por cien, si es que eso es posible. El exterior de la tienda estaba húmedo, pero no menos que el interior, la colchoneta o mi ropa. Cerré la cremallera y aprovechando que no tenía que compartir la tienda con K. me desnudé y me dejé caer sobre la colchoneta de tres centímetros de grosor.
Ni así se podía dormir; el sudor me corría a chorros por todo el cuerpo, mojando más si cabe la sábana. La charla incesante de la tripulación, el ruido de algún fueraborda que pasaba, una música que sonaba en la lejanía… Acabé poniéndome tapones en los oídos, y maldije a la agencia de viajes por haberme hecho cargar con un saco de dormir y un forro polar, claramente inútiles en aquellas circunstancias.
Al cabo de un tiempo me desperté. Se había levantado una brisa fresquita que en poco tiempo secó todo. Me sentía en la gloria y volví a dormirme, para despertarme de nuevo en pleno vendaval. La tienda de campaña oscilaba con fuerza, y me dio miedo que una racha acabara con la tienda y conmigo en el río.
Me vestí a toda prisa, recogí mis pertenencias y salí de la tienda. Kim, el guía, estaba también en pie; entre los dos recogimos como pudimos nuestras tiendas, despertamos a nuestros compañeros y les ayudamos a doblar las suyas. Bajamos todos a la cubierta principal y buscamos un hueco para acomodarnos; yo encontré uno bastante aceptable sobre los arcones de estribor. Antes de tumbarme de nuevo a dormir todavía dediqué unos minutos a disfrutar del viento y del aire de pie en la proa de la embarcación.
Al principio me impedían dormir el ruido del vendaval y la descarga de adrenalina que me había provocado el rápido desalojo de la cubierta superior, pero creo que pronto me quedé frito de nuevo, envuelto en el saco sábana, ya que el verdadero saco de dormir lo tenía dentro de mi arcón, sobre el que dormía a pierna suelta otro de mis compañeros.
Pero la noche todavía no había terminado. En algún momento me desperté de nuevo, esta vez con la lluvia empezando a caerme sobre la cara; en buena lógica meteorológica, después de la calma chicha había llegado el vendaval, y ahora tocaba el remate de la tormenta, que pronto se convirtió en un fuerte temporal de agua. Otra vez en pie buscando refugio.
Aunque los marineros se apresuraron a soltar las lonas que protegían los costados, para cuando terminaron se había mojado toda la zona de barlovento de la cubierta inferior, incluyendo el arcón sobre el que me había instalado. El costado de sotavento estaba atestado, y acabé tendiendo la colchoneta debajo de la mesa del desayuno. ¡Y allí volví a dormirme! Entre sueños oía el crepitar de la lluvia, el flamear de las lonas y el roncar de mis compañeros. Amaneció pero nadie se movía, apurábamos hasta el último momento de descanso según aminaba el viento y la lluvia se convertía en un orballo suave. Una noche inolvidable.
Salió el sol por completo y desayunamos pero seguíamos parados; comprobé en mi GPS que estábamos a unos cinco kilómetros del centro de Kisangani, a la altura del aeropuerto. Al parecer había que cambiar una pieza del grupo electrógeno y el mecánico, Patrick, se había ido a la ciudad a intentar comprarla en cuanto abrieran las tiendas.
Menos mal que volvió a las once de la mañana y pudimos zarpar, pero con veinticuatro horas de retraso. Empezábamos mal.
Aunque el día seguía nublado y hacía fresquito no llovía, por lo que pudimos colgar sacos y colchonetas a secar. Patrick consiguió reparar el grupo electrógeno, y pusimos nuestras baterías a recargar. Bueno, más que las nuestras las de cámaras, teléfonos móviles y frontales; las mías corporales estaban al cien por cien, me notaba rebosante de energía y a la vez poseído por una calma totalmente zen.
Después de comer, mientras gran parte del grupo dormía la siesta, aproveché para tener una larga charla con Kim, de escritor a escritor. El estaba terminando su primera novela, con muy buena pinta por lo que me contó, y yo acababa de terminar la mía y estaba buscando editor. Prometimos vernos en la entrega del premio Planeta, que no dudábamos sería para alguno de los dos.
Como el cielo seguía nublado y la temperatura andaba sobre los veintiocho grados, después de la charla todavía pudimos echarnos una siesta sobre la toldilla.
Cuando nos despertamos, nos dedicamos a la que sería nuestra principal ocupación a lo largo de la travesía: Mirar el paisaje La verdad es que era muy cómodo, no tenías más que sentarte y por delante de ti desfilaban aldeas, piraguas, y la omnipresente selva. Un crucero perfecto, salvando todas las circunstancias. Eso sí, conforme nos alejábamos de Kisangani se iba espaciando la presencia humana. Poco a poco nos adentrábamos en el corazón de África.
A poco nos cruzamos con el primer tren fluvial, un conjunto formado por varias gabarras amarradas entre sí y empujadas por un remolcador. Las gabarras iban atestadas de carga, y por en medio o encima se instalaban cientos de personas. Aquella era la única forma de desplazarse por el rio para la mayoría de los congoleños, en un viaje que podía durar un par de meses o no terminar nunca, dados los frecuentes naufragios por sobrecarga. Por lo que había leído, la vida a bordo era francamente precaria. Las escasas instalaciones sanitarias estaban reservadas para los tripulantes; el resto de pasajeros tenía que hacer sus necesidades por la borda. No había servicio de comedor, por lo que cada familia transportaba o compraba su comida por el camino y la cocinaba en un hornillo de carbón; los pasajeros que viajaban solos podían contratar un servicio de catering con cualquiera de las mujeres que se dedicaban a ese negocio, junto con la lavandería y otros servicios digamos más personales.
A media tarde pasamos frente a Yanonge, una aldea bastante grande con misión católica, varias factorías abandonadas y mucha vida en la orilla: pescadores, lavanderas, niños jugando, curiosos… Cuando vi una gran antena, probé a enviar un SMS. ¡Funcionaba! Por lo menos tendría una forma de comunicación con el exterior, aunque fuera esporádica.
No paramos, teníamos que recuperar el tiempo perdido en Kisangani si queríamos llegar a Mbandaka a tiempo de coger el avión a Kinshasa. Unos kilómetros más abajo apareció de la nada una piragua en la que una pareja remaba furiosamente. Cuando nos alcanzaron y se nos abarloaron, vimos que eran fabricantes y vendedores de tableros de un juego, muy popular en toda África y entre los negros del Caribe, que se conoce con distintos nombres en cada país, siendo el más extendido el de awele. Se juega con cuarenta y ocho fichas (piedras, semillas…) y catorce casillas (agujeros, recipientes…) y funciona de una manera similar a las damas, comiendo fichas al contrario.
De todas maneras los tableros eran muy bastos y demasiado grandes, y esperábamos encontrar más y mejor artesanía a lo largo del recorrido, por lo que no les compramos ni uno. Se soltaron y se dejaron arrastrar por la corriente. Me dieron pena, tanto esfuerzo para nada, y a saber cuándo pasaba otro barco al que le pudieran ofrecer su mercancía. En castigo, no volvimos a encontrar ni una pieza de artesanía hasta llegar a Kinshasa.
La tripulación, que seguía con curiosidad y bastante guasa mis intentos de aprender algunas palabras de lingala, estaba empeñada en enseñarme algo cada día. Aquel día tocaba Babé agani bondéle, (¿qué idioma hablas?), frase perfectamente inútil pero que anoté con total dedicación, y que tuve que repetirles varias veces entre sus risas. Creo que mi acento no era muy bueno.
Al anochecer repetimos la jugada de la noche anterior, ya habíamos aprendido que era mucho más cómodo y más seguro dormir a bordo que acampar en la orilla. No había serpientes ni tarántulas, teníamos váter, las tiendas no se manchaban de barro, y no había riesgo de visitas indeseadas, ya que un marinero dormía en una silla, justo al pie de la plancha de desembarco, y se despertaba al menor ruido.
Atracamos en la aldea de Lotukali, atrayendo a un centenar de niños y a un par de docenas de adultos; de hecho no creo que faltase nadie que no estuviera gravemente enfermo. Saludos (¡Mboté!), gritos de excitación, y cientos de fotos y de sonrisas. Hasta bien entrada la noche se escucharon las voces de los niños desde la oscuridad de la orilla: ¡Monguele! Así nos llamaban a los blancos en lingala. No era una palabra peyorativa, sino meramente descriptiva. La usan para designar el color blanco en general, y a los hombres blancos en particular, aunque nos sorprendía la naturalidad con que la usaban: Merci, monguele. Nada que ver con la carga negativa que entre nosotros tiene la palabra negro.
La noche fue fresquita y antes de amanecer tuve que vestirme y meterme en el saco de dormir. Banoa tenía razón, al Congo había que venir abrigado.
A las cinco amanecimos envueltos en una bruma densa como el puré de mandioca de la cena. Cuando salí de la tienda los niños estaban en la orilla, sentados en cuclillas, esperando pacientemente a que les repartiéramos las botellas de plástico vacías, todo un tesoro para ellos. Me di cuenta entonces que en los pocos días que llevaba en el Congo no había visto ningún juguete, más allá de una pelota de trapo en el patio de una escuela. Ni siquiera esos juguetes que en otros países de África se fabrican los propios niños con pedazos de madera, alambres y chapas de cerveza. Nada. Una prueba más de la absoluta miseria de la vida en las aldeas, donde no se solía pasar hambre, pero donde tampoco había nada que no fueran herramientas o artes de pesca.
Zarpamos en seguida para intentar recuperar el retraso, y mientras nosotros recogíamos el campamento se fue levantando la bruma.
Después de un tiempo (hacía días que no miraba la hora) llegamos a Yangambi, un antiguo centro de investigación agro forestal en desuso desde la época de Lumumba, con una gran factoría también abandonada pero que podría haber sido un magnífico museo de la revolución industrial. Reconocí una enorme máquina de vapor de eje horizontal y con un solo pistón de unos treinta centímetros de diámetro. No encontré vestigios de la caldera, pero se conservaba un gran volante de inercia de más de dos metros de diámetro, la biela y la rueda que movía la polea principal. Esta polea, ya desaparecida, es la que en su día hacía girar un eje de unos cincuenta metros de largo que recorría toda la nave y a su vez accionaba toda la maquinaria: centrifugadoras, molinos, tamices, cintas transportadoras, cilindros de secado, prensas…
La maquinaria había sido canibalizada poco a poco, al menos en sus piezas menores, que se usaban para fines tan variados como pesas para las redes, yunques o material para fabricar hoces y machetes.
En su día, calculo que allá por los años veinte o treinta del siglo pasado, esta factoría había elaborado aceite de palma y procesado caucho, café y nuez de cola, apropiándose en nombre del Rey Leopoldo de Bélgica de las riquezas naturales de la zona y pagando unos sueldos de miseria a sus habitantes.
En un rincón, detrás de un coche antiguo al que no le quedaba ni la marca, vivía una familia numerosa, con su hoguera para cocinar en el suelo, sus gallinas, su ropa tendida…
Dimos también un paseíto por el mercado, mucho más organizado y amigable que el de Kisangani, y pudimos ver cómo era la alimentación habitual de los lugareños: Mandioca, papaya, plátanos de tres o cuatro variedades, alubias, arroz, pescado fresco o requemado, grandes caracoles de río, y gusanos. Gusanos grandes, vivos, del tamaño más o menos de mi dedo pulgar. Negros, rojos, blancos, con pelos o sin ellos… Por lo visto muy apreciados por su bajo precio y la buena calidad de las proteínas que contienen. Tengo que confesar que no me decidí a probarlos, aunque viviendo en una ciudad que come caracolas, anémonas de mar, navajas, chipirones, ranas y galeras, no debería haberles hecho ascos.
Cuando zarpamos me decidí por fin a asearme; no me había atrevido a ducharme con aquella agua turbia y marrón desde que salimos de Kinsangani. Una vez vencida la primera impresión de asco, el agua estaba fresca y apetecía remojarse, aunque fuera a cacitos. Aproveché también para lavar un par de mudas que tendí en la amura, donde el aire y el sol las secaron rápidamente.
La tarde la pasamos como siempre, charlando, leyendo, escribiendo, escuchando música y mirando el paisaje. La sensación era la de viajar en un chiringuito, con las sillas y mesas de plástico, el techo de madera, las vistas al río y las bebidas casi siempre frescas. Y con la ventaja de que el paisaje no era estático, sino que se renovaba continuamente.
Esa noche llegamos a Bokando, pero esa es otra historia, que podrás leer si pinchas aquí.
Kisangani
A las cuatro y media de la madrugada ya estábamos en pie para coger un avión a Kisangani, que en teoría despegaría a las ocho. Por las calles el trasiego de personal había descendido algo, pero no cesaba ni a esas horas en que todavía era noche cerrada.
La terminal de vuelos nacionales no tenía nada que ver con la internacional; era un caos muy bien organizado para crear el mayor número posible de puestos de trabajo perfectamente inútiles. Antes de embarcar había que pasar quince controles, conseguir tres sellos, pagar las tasas de embarque e ir repartiendo las cuatro copias del recibo en diferentes colas. Pero en medio de ese caos vi a un verdadero artista: un señor que llevaba puesto un chaleco reflectante del personal de mantenimiento del aeropuerto y que se saltó, lógicamente, la cola más larga, la del control de pasaportes. Lo que no me pareció tan lógico fue que al llegar al control se quitara el chaleco, lo doblara y lo guardara en un maletín antes de entregarle su pasaporte al agente de inmigración. Nunca sabré si el chaleco era suyo o si lo había alquilado para la ocasión, pero estoy seguro de que se había ahorrado más de media hora de espera. ¡Torero!.
En la cola más o menos caótica tenía delante a una negra altísima, con unos zapatos rojos con tacón de aguja adornados con cadenas doradas y que llevaba tal cantidad de broches, pendientes, collares, pulseras y otros complementos que parecía un árbol de navidad. El pantalón blanco le quedaba tan ceñido que se le había reventado la costura, justo lo suficiente para dejar ver unas bragas de encaje con cadenitas doradas a juego con los zapatos. Cuando su acompañante la avisó, se quitó el chal que llevaba sobre los hombros y se lo amarró en torno a las caderas. Problema resuelto.
Al entrar en el avión me asaltó un olor que tardé en reconocer, hasta que conseguí identificarlo con las tiendas de productos africanos de la calle San Francisco de Bilbao. La mezcla de especies, sudor y colonia me resultaba poco usual, pero no me desagradaba.
A mi lado se sentó una señora con un precioso traje de gitana, o al menos eso parecía. Estampado con grandes lunares multicolores sobre un fondo marfil, muy entallado, se abría por abajo en unos volantes, y se cerraba en el pecho con un drapeado en forma de piquitos, a juego con los lunares. Completaba su atuendo con unas chanclas de charol rojo, perfectas para ir a la feria de Kisangani.
Poco a poco se iba imponiendo sobre los demás el olor a sudor, omnipresente; hasta las impolutas azafatas emitían un fuerte aroma acre, me imagino que fruto de las especies que le añadían a la comida. Nuestro grupo había decidido colaborar al ambiente declarando que no era obligatorio ducharse ni cambiarse de ropa todos los días. Las camisas técnicas que usaban la mayoría de mis compañeros y compañeras hedían; yo, al menos, vestí todo el viaje exclusivamente de algodón, decorado habitualmente con los cercos salinos del sudor evaporado.
Cuando levantamos el vuelo, después de sobrevolar Kinshasa y de ver Brazzaville al otro lado de Lago Stanley pronto estuvimos sobre una selva cerrada, en la que no se veía ni una carretera. Recordé entonces las palabras de Javier Reverte en Vagabundo en África: ”Volábamos ya sobre las selvas oscuras del Congo, una suerte de mancha casi negra, un abismo de tierra que nos observaba desde allá abajo con ojos invisibles. No resultaba bella aquella visión primera de la selva desde lo alto, en todo caso era inquietante.”
Al aterrizar nos trasladamos al decadente Palm Beach Hotel, en el que a K. y a mí nos adjudicaron toda una suite con una cama de matrimonio de casi dos metros de ancho, un colchón adicional en el suelo, televisión de plasma, tresillo de terciopelo y otros lujos. Eso sí, el agua de la ducha caía con cuentagotas y aclararse el champú era todo un ejercicio de paciencia, pero con un barreño y mucha calma conseguí hasta hacer una pequeña colada. Luego nos fuimos todos a conocer nuestro barco, el “Go Congo”. Amarrada a una pieza de chatarra en una playa cochambrosa estaba una embarcación de madera de las que en el río llaman balleneras. Treinta y ocho metros de eslora, cinco o seis de manga y poco más de un metro de calado limitaban lo que sería nuestro hogar durante semana y media. La barcaza no tenía una cubierta estanca propiamente dicha; en los dos tercios de proa se ubicaba la zona del pasaje, con un piso de tablas sueltas directamente sobre la sentina, techo de madera, grandes ventanales y una fila de arcones a cada costado, que nos servirían tanto de taquillas individuales como de camas. Cuatro mesas de plástico y una buena cantidad de sillas amueblaban la zona destinada a comedor, y en el extremo de popa del local estaban las regletas para cargar nuestros múltiples equipos electrónicos.
Más a popa, una escalera subía hacia la zona de servicio: La cocina, en la que se ubicaban varios fogones de carbón de leña, tipo barbacoa; las dos letrinas con sus cubos de agua y sus sanitarios de loza que descargaban directamente al río; la zona de lavado, con más barreños y un cubo amarrado a una estacha para rellenarlos también con agua del río y una cabina de ducha con una placa oxidada, media docena de clavos para colgar la ropa y otro barreño de agua del río con dos cacitos, con los que te mojabas y te enjuagabas.
Un carpintero estaba rematando la segunda letrina y varios detalles más, y el mecánico tenía desmontado un carburador sobre un banco de trabajo precario, casi en equilibrio sobre el agua; todo ello bajo la dirección de Michel, un belga de mi edad que casi se había arruinado con un negocio de exportación de peces tropicales y que, desde hacía diez años, intentaba mantener a flote su empresa de servicios turísticos. Era la primera vez que llevaba a bordo a un grupo tan numeroso de viajeros y, quizás por las expectativas, se había esmerado en que el barco estuviera en el mejor estado de revista posible, dentro de las limitaciones del país.
Después de lo negras que me habían puesto las cosas en la agencia de viajes, me sorprendió agradablemente el equipamiento del barco: dos motores fueraborda de cincuenta y cinco caballos cada uno, un grupo electrógeno de seis kilovatios, alumbrado de fantasía en la zona de proa…
Eso sí, en el puente no había más que la silla del piloto, un volante de coche y un acelerador. Ni equipos de navegación, ni GPS, ni siquiera una brújula o una sonda electrónica. Tampoco llevábamos luces de navegación, ya que teóricamente estaba prohibido navegar de noche, ni chalecos salvavidas. Cuando le pregunté a Michel por estos últimos, se hizo el belga, que viene a ser como hacerse el sueco pero en francés.
Para irnos familiarizando con el barco y sus nueve tripulantes hicimos nuestra primera comida a bordo. Cabra guisada, arroz blanco, plátano macho frito y una salsa terriblemente picante, el piri-piri, que nos acompañaría durante toda la travesía.
En la orilla un hombre barría cuidadosamente las escaleras que descendían desde un bar hasta la ribera. Cuando hubo reunido toda la basura la metió cuidadosamente en una bolsa y la lanzó al río, el mismo río en el que una madre estaba aseándose, lavando la ropa y bañando a una niñita en un barreño. A pocos metros una señora mayor con el pelo al cero se arremangó el vestido, se quitó las bragas, se adentró en el agua, y se puso a mear tranquilamente. A continuación lavó las bragas, se las puso y se marchó, empapada pero limpia. Aguas abajo un pescador lanzaba la atarraya desde una piragua. Cuando consiguió un pez se acercó a nuestro barco para vendérnoslo.
Todo esto sucedía en la misma agua que usaríamos a partir de ese momento para ducharnos y lavar la ropa. Menos mal que para cocinar llevábamos un montón de garrafas de agua de pozo y, para beber, una amplia provisión de botellas de agua depurada.
Volvimos hasta el hotel caminando por el paseo fluvial y pasamos por entre varios edificios de la época colonial, todos en un lastimoso estado de conservación y a los que estaba prohibido fotografiar, pues contenían cosas tan estratégicas como una comisaría o una escuela. Creo que en el fondo no dejaban hacer fotos para que no se difundiera su mal estado.
En un microbús nos desplazamos unos quince kilómetros río arriba, hasta las cataratas o rápidos de Boyoma, Wagenia o Stanley, que de las tres maneras se conocen. Estos rápidos, que se extienden río arriba a lo largo de más de cien kilómetros hasta la ciudad de Ubundu, cierran el mayor tramo navegable del río Congo, de unos 1.500 kilómetros de longitud, que desciende desde aquí hasta Kinshasa.
Por eso Stanley llegó hasta este lugar, no en su búsqueda del Doctor Livingstone sino en un viaje posterior en pos de las fuentes del Nilo, y estableció aquí cerca una base de comercio en 1883. Pero poco duró aquella primera fundación de la ciudad, ya que al año siguiente aparecieron los cazadores de esclavos tanzanos, que obligaron a los europeos a abandonar la ciudad en 1887. Como el rey Leopoldo no estaba dispuesto a rendirse definitivamente, al año siguiente firmó la paz con los esclavistas, nombró a uno de ellos gobernador provincial y bautizó la ciudad como Stanleyville. Este nombre se mantuvo hasta la campaña de africanización de Mobutu, en la que se recuperó el nombre swahili de Kisangani. La ciudad acabaría convirtiéndose en la tercera del Congo en población y en su segundo puerto fluvial.
Kisangani vivió una época relativamente tranquila desde la paz con Tanzania hasta que en 1958 Patricio Lumumba, nacido allí, fundó el Movimiento Nacional Congoleño y obtuvo la independencia dos años después.
Los años más duros vinieron algo más tarde, con la revolución Simba y las dos guerras africanas de las que hablaré más adelante. Pero volvamos a las cataratas.
Como escribía más arriba, estos rápidos impiden la navegación aguas arriba, dividiendo el río en dos tramos tan desconectados entre sí que hasta tienen distinto nombre. Los portugueses, que llegaron a su desembocadura en 1482, acabaron llamándole Congo, por el reino Kongo que ocupaba la parte baja del río en aquella época. Desde Kisangani hasta la desembocadura sigue nombrándose como río Congo, pero el tramo desde su nacimiento cerca del lago Tanganica hasta las cataratas Wagenia se conoce como Lwalaba. También cambia el idioma: Swahili aguas arriba y Lingala aguas abajo. Por cierto, fue Stanley el primer europeo que descubrió que el Lwalaba y el Congo eran, en realidad, el mismo río, y también el primero que navegó el rio desde Kisangani hasta Kinshasa.
El nombre más usado de las cataratas, Wagenia, se debe a la tribu enya, formada por bantúes pescadores, que hace siglos se estableció en esta zona precisamente para explotar la pesca en los rápidos, negocio que siguen monopolizando hoy en día. Los enya usan varios sistemas de pesca: desde la atarraya circular que lanzan metidos en el agua hasta la cintura, hasta las gigantescas nasas que constituyen el principal atractivo turístico.
Para manejar las nasas, unos embudos de caña de hasta seis metros de largo, han construido dentro de los rápidos unas estructuras de madera a modo de andamios, sobre las que se juegan la vida al amanecer y atardecer, cuando acuden a recoger la cosecha del día tras el toque de tambor del jefe de la tribu, todos juntos para evitar la tentación de levantar la nasa del vecino y quedarse con su captura.
No éramos los únicos turistas que visitábamos las pesquerías, principal y casi único atractivo de Kisangani; varias familias congoleñas habían decidido pasar allí la tarde del domingo. El segundo atractivo creo que éramos nosotros, los wazungu o mzungu, palabras con que se nos designa en swahili a los blancos. Lo digo por la cantidad de fotos que nos hicieron los congoleños, casi más que nosotros a ellos. Fotos a nosotros, fotos con nosotros… Ahora con el niño…ahora con las dos niñas…ahora con toda la familia…otra más con el río al fondo… Ojo por ojo y diente por diente.
Esa noche cenamos en Chez Mama Eliza, un restaurante muy popular entre la clase media local. Nuestra entrada, aunque éramos los únicos blancos, pasó casi inadvertida por la expectación que levantaba el partido de fútbol (creo que era Congo contra Gabón) que retransmitían a todo volumen por varias pantallas de televisión repartidas por el recinto.
La carta incluía platos tan exóticos como boa en salsa de dendé y antílope, facóquero o puerco espín con tomate. Me limité a un discreto “pichón verde” en salsa de cacahuetes, aunque no estaba muy seguro de qué pájaro me estaba comiendo. Espero que no estuviera protegido por el convenio CITES. Creo que acerté, me trajeron dos pajaritos tamaño perdiz y una buena ración de patatas fritas, que sin llegar a la perfección de las gallegas podían pasar perfectamente por sanluqueñas.
Me sorprendió lo del vino. Mis compañeros pidieron cerveza, pero cuando le pregunté a Mama Eliza si tenían vino tinto me trajeron cuatro botellas diferentes, todas francesas. Me decanté por un burdeos del 2008, bastante potable pero a casi treinta dólares la botella. No demasiado dadas las circunstancias.
A las doce de la noche llegamos al hotel, después de un paseo por las calles casi desiertas; lo justo para encontrar una tiendecita en la que comprar una botella de agua para lavarme los dientes. Suponiendo que en el hotel hubiera agua, sería sin depurar, sacada del río o, en el mejor de los casos, de algún pozo.
A la mañana siguiente, aunque estaba previsto zarpar a primera hora, recibí la primera lección sobre los horarios africanos. Al barco le faltaban algunos detalles, sin concretar, y Michel nos aconsejaba aprovechar la mañana para conocer la ciudad. Nos lanzamos así a un agotador recorrido de varias horas bajo el sol inclemente. Después de una rápida visita a la catedral, sin ningún interés, nos acercamos al mítico Hôtel del Chutes, el Hotel de las Cataratas.
Fue en este edificio racionalista, hoy en día semi abandonado, donde los guerreros Simba encerraron en 1964 a más de mil seiscientas personas, incluyendo a todos los blancos a los que pudieron pillar y a varios cientos de “évolué”, los indígenas que habían adoptado los modos de vida europeos. A unos y a otros les echaban la culpa de todos los males del país y pretendían eliminarlos para volver a la vida primitiva, la de antes de la llegada de los sicarios del Leopoldo de Bélgica. El mito del buen salvaje.
Por respeto a quien lea esto no voy a escribir aquí los detalles espeluznantes que me contaron sobre el terreno. Baste decir que poco me faltó para vomitar allí mismo y que durante varias noches sufrí pesadillas.
Más de mil personas murieron asesinadas en aquel edificio maldito, hasta que los supervivientes fueron liberados en una operación conjunta de los ejércitos belga y congoleño y de un buen puñado de mercenarios. Los mismos mercenarios que se rebelaron un par de años después y saquearon la ciudad.
Pero no con eso llegó la paz a Kisangani. A principio de los años noventa soportó varias batallas de la llamada Primera Guerra de Congo; en 1999 se enfrentaron allí dos facciones rivales del RCD, un movimiento contrario al entonces presidente Laurent Kabila, y en el año 2000 fue escenario de la Guerra de los Seis Días entre los ejércitos de Uganda y de Ruanda, país este último que ocupó la ciudad hasta 2003, manteniéndola aislada del resto de Congo mientras saqueaba sistemáticamente las grandes riquezas minerales de la zona. Hasta 2006 no se restableció una cierta normalidad y se reanudó el tráfico fluvial.
Reproduzco a continuación una frase traducida de “Congo”, obra de Thomas Turner que me había recomendado mi amiga librera Teresa, y que, en mi opinión, es el mejor ensayo sobre la historia reciente del Congo: Desde el siglo XIX se ha descrito al Congo como “el corazón de las tinieblas”. Este es el cliché favorito de los periodistas, según el cual se puede atribuir todo tipo de atrocidades al salvajismo innato de los congoleños. La mayoría de ellos no se da cuenta de que Joseph Conrad llegaba a la conclusión de que la verdadera oscuridad estaba en los corazones de los hombres blancos, que enviaban a sus agentes a violar y matar por toda África Central.
Pero no todo han sido desgracias en la historia reciente de Kisangani. También ha vivido sus momentos de glamur; no puedo omitir que esta ciudad sirvió de localización a las aventuras de Bogart y Katherine Hepburn en la inolvidable “La Reina de África”, o a la no menos encantadora Audrey Hepburn en “Historia de una monja”. Muchos años después del rodaje, Katherine Hepburn escribió un libro titulado “La Reina de África, o cómo viajé a África con Bogart, Bacall y Huston y casi perdí la razón”.
Desde el centro de la ciudad caminamos hasta la Maschid al Kebir, la Gran Mezquita. La República Democrática del Congo es un país predominantemente católico, pero existe una amplia y respetada minoría musulmana, descendiente de los esclavistas y pastores watutsi que llegaron desde Sudán y Zanzíbar. Aunque a los infieles no nos estaba permitida la entrada en el edificio, nos dejaron descansar a la sombra de los soportales que protegen la entrada principal, rato que aproveché para comentar primero con un sacristán y luego con el imam un episodio de la historia sagrada que siempre ha dividido a los seguidores del islam y a los judíos. Resulta que Abraham (Ibrahim para los otros) tuvo un primer hijo, Ismael o Ismail, con su esclava Agar y años después tuvo otro, Isaac, con su legítima esposa Sara. De entonces viene la disputa: los musulmanes, a los que también se conoce como ismaelitas o agarenos, dicen proceder de Agar e Ismail y defienden su derecho de primogenitura frente a Isaac, del que se declaran descendientes los judíos. Resolvimos la cuestión amistosamente, afirmando que todos, musulmanes, judíos y católicos somos pueblos del Libro. De mi ateísmo militante mejor no hablar en aquel ambiente.
Me preguntó el imam que cuántas veces había leído el Corán, y con todo el descaro del mundo le contesté que solamente una, pero que me sabía de memoria la primera azora, la Fatiha. Se la tuve que recitar íntegra, mientras él la repetía en árabe: En el nombre de Dios, el Clemente y Misericordioso…
Nos despedimos tan amigos.
Visitamos también el inmenso, caótico y atestado mercado central, pero creo que quince wazungu juntos éramos demasiados y que suponíamos una auténtica molestia para compradores y vendedores al movernos y sobre todo al pararnos a hacer fotos por aquellos pasillos estrechos y laberínticos, repletos de mercancías.
Volvimos al hotel a descansar un poco y a seguir esperando, lo que iba a ser nuestra principal ocupación de aquel día. El Go Congo no estaba listo, pero teníamos la promesa de Michel de que zarparíamos. Primero que a las doce, luego que a las cuatro, luego que antes del atardecer. Por el camino aprovechamos para comprar vino, porque en el barco solo habría agua, cerveza y Coca Cola. En el primer supermercado tuvimos poca suerte, el mejor vino disponible era un Mateus Rosé, y el siguiente en calidad un San Simón en tetra brik. Menos mal que en el segundo encontramos unas “bag in box” de un tinto sudafricano, a unos diez dólares el litro. Por ese precio no podíamos esperar gran cosa, pero entre los ocho aficionados al vino arramblamos con los diecinueve litros que les quedaban. No demasiado si teníamos en cuenta que era nuestro único suministro para los próximos once días: habría que racionarlo a una copa por comida para que nos llegara hasta Mbandaka.
Nos instalamos con nuestros equipajes en el barco, pero a las cinco de la tarde seguíamos amarrados. Dentro de una hora se haría de noche y nos prohibirían salir a navegar hasta el día siguiente.
De pronto, de una manera tan inexplicable como todo lo anterior, la tripulación subió la plancha, soltaron amarras y Graça, uno de los marineros, se tiró al agua para empujar la proa de la barcaza, a modo de remolcador. Por fin zarpamos, entre las despedidas de los muchos curiosos que se agolpaban en la orilla.
A unos cinco o seis nudos como máximo empezamos a navegar rio abajo, hacia el oeste. La visión era idílica, con las piraguas cruzado de orilla a orilla, el sol bajando entre reflejos rojo-anaranjados, las aldeas con sus fogatas humeantes… Comenzaba la aventura.
Pero esa es otra historia, que podrás leer si pinchas aquí.
La terminal de vuelos nacionales no tenía nada que ver con la internacional; era un caos muy bien organizado para crear el mayor número posible de puestos de trabajo perfectamente inútiles. Antes de embarcar había que pasar quince controles, conseguir tres sellos, pagar las tasas de embarque e ir repartiendo las cuatro copias del recibo en diferentes colas. Pero en medio de ese caos vi a un verdadero artista: un señor que llevaba puesto un chaleco reflectante del personal de mantenimiento del aeropuerto y que se saltó, lógicamente, la cola más larga, la del control de pasaportes. Lo que no me pareció tan lógico fue que al llegar al control se quitara el chaleco, lo doblara y lo guardara en un maletín antes de entregarle su pasaporte al agente de inmigración. Nunca sabré si el chaleco era suyo o si lo había alquilado para la ocasión, pero estoy seguro de que se había ahorrado más de media hora de espera. ¡Torero!.
En la cola más o menos caótica tenía delante a una negra altísima, con unos zapatos rojos con tacón de aguja adornados con cadenas doradas y que llevaba tal cantidad de broches, pendientes, collares, pulseras y otros complementos que parecía un árbol de navidad. El pantalón blanco le quedaba tan ceñido que se le había reventado la costura, justo lo suficiente para dejar ver unas bragas de encaje con cadenitas doradas a juego con los zapatos. Cuando su acompañante la avisó, se quitó el chal que llevaba sobre los hombros y se lo amarró en torno a las caderas. Problema resuelto.
Al entrar en el avión me asaltó un olor que tardé en reconocer, hasta que conseguí identificarlo con las tiendas de productos africanos de la calle San Francisco de Bilbao. La mezcla de especies, sudor y colonia me resultaba poco usual, pero no me desagradaba.
A mi lado se sentó una señora con un precioso traje de gitana, o al menos eso parecía. Estampado con grandes lunares multicolores sobre un fondo marfil, muy entallado, se abría por abajo en unos volantes, y se cerraba en el pecho con un drapeado en forma de piquitos, a juego con los lunares. Completaba su atuendo con unas chanclas de charol rojo, perfectas para ir a la feria de Kisangani.
Poco a poco se iba imponiendo sobre los demás el olor a sudor, omnipresente; hasta las impolutas azafatas emitían un fuerte aroma acre, me imagino que fruto de las especies que le añadían a la comida. Nuestro grupo había decidido colaborar al ambiente declarando que no era obligatorio ducharse ni cambiarse de ropa todos los días. Las camisas técnicas que usaban la mayoría de mis compañeros y compañeras hedían; yo, al menos, vestí todo el viaje exclusivamente de algodón, decorado habitualmente con los cercos salinos del sudor evaporado.
Cuando levantamos el vuelo, después de sobrevolar Kinshasa y de ver Brazzaville al otro lado de Lago Stanley pronto estuvimos sobre una selva cerrada, en la que no se veía ni una carretera. Recordé entonces las palabras de Javier Reverte en Vagabundo en África: ”Volábamos ya sobre las selvas oscuras del Congo, una suerte de mancha casi negra, un abismo de tierra que nos observaba desde allá abajo con ojos invisibles. No resultaba bella aquella visión primera de la selva desde lo alto, en todo caso era inquietante.”
Al aterrizar nos trasladamos al decadente Palm Beach Hotel, en el que a K. y a mí nos adjudicaron toda una suite con una cama de matrimonio de casi dos metros de ancho, un colchón adicional en el suelo, televisión de plasma, tresillo de terciopelo y otros lujos. Eso sí, el agua de la ducha caía con cuentagotas y aclararse el champú era todo un ejercicio de paciencia, pero con un barreño y mucha calma conseguí hasta hacer una pequeña colada. Luego nos fuimos todos a conocer nuestro barco, el “Go Congo”. Amarrada a una pieza de chatarra en una playa cochambrosa estaba una embarcación de madera de las que en el río llaman balleneras. Treinta y ocho metros de eslora, cinco o seis de manga y poco más de un metro de calado limitaban lo que sería nuestro hogar durante semana y media. La barcaza no tenía una cubierta estanca propiamente dicha; en los dos tercios de proa se ubicaba la zona del pasaje, con un piso de tablas sueltas directamente sobre la sentina, techo de madera, grandes ventanales y una fila de arcones a cada costado, que nos servirían tanto de taquillas individuales como de camas. Cuatro mesas de plástico y una buena cantidad de sillas amueblaban la zona destinada a comedor, y en el extremo de popa del local estaban las regletas para cargar nuestros múltiples equipos electrónicos.
Más a popa, una escalera subía hacia la zona de servicio: La cocina, en la que se ubicaban varios fogones de carbón de leña, tipo barbacoa; las dos letrinas con sus cubos de agua y sus sanitarios de loza que descargaban directamente al río; la zona de lavado, con más barreños y un cubo amarrado a una estacha para rellenarlos también con agua del río y una cabina de ducha con una placa oxidada, media docena de clavos para colgar la ropa y otro barreño de agua del río con dos cacitos, con los que te mojabas y te enjuagabas.
Un carpintero estaba rematando la segunda letrina y varios detalles más, y el mecánico tenía desmontado un carburador sobre un banco de trabajo precario, casi en equilibrio sobre el agua; todo ello bajo la dirección de Michel, un belga de mi edad que casi se había arruinado con un negocio de exportación de peces tropicales y que, desde hacía diez años, intentaba mantener a flote su empresa de servicios turísticos. Era la primera vez que llevaba a bordo a un grupo tan numeroso de viajeros y, quizás por las expectativas, se había esmerado en que el barco estuviera en el mejor estado de revista posible, dentro de las limitaciones del país.
Después de lo negras que me habían puesto las cosas en la agencia de viajes, me sorprendió agradablemente el equipamiento del barco: dos motores fueraborda de cincuenta y cinco caballos cada uno, un grupo electrógeno de seis kilovatios, alumbrado de fantasía en la zona de proa…
Eso sí, en el puente no había más que la silla del piloto, un volante de coche y un acelerador. Ni equipos de navegación, ni GPS, ni siquiera una brújula o una sonda electrónica. Tampoco llevábamos luces de navegación, ya que teóricamente estaba prohibido navegar de noche, ni chalecos salvavidas. Cuando le pregunté a Michel por estos últimos, se hizo el belga, que viene a ser como hacerse el sueco pero en francés.
Para irnos familiarizando con el barco y sus nueve tripulantes hicimos nuestra primera comida a bordo. Cabra guisada, arroz blanco, plátano macho frito y una salsa terriblemente picante, el piri-piri, que nos acompañaría durante toda la travesía.
En la orilla un hombre barría cuidadosamente las escaleras que descendían desde un bar hasta la ribera. Cuando hubo reunido toda la basura la metió cuidadosamente en una bolsa y la lanzó al río, el mismo río en el que una madre estaba aseándose, lavando la ropa y bañando a una niñita en un barreño. A pocos metros una señora mayor con el pelo al cero se arremangó el vestido, se quitó las bragas, se adentró en el agua, y se puso a mear tranquilamente. A continuación lavó las bragas, se las puso y se marchó, empapada pero limpia. Aguas abajo un pescador lanzaba la atarraya desde una piragua. Cuando consiguió un pez se acercó a nuestro barco para vendérnoslo.
Todo esto sucedía en la misma agua que usaríamos a partir de ese momento para ducharnos y lavar la ropa. Menos mal que para cocinar llevábamos un montón de garrafas de agua de pozo y, para beber, una amplia provisión de botellas de agua depurada.
Volvimos hasta el hotel caminando por el paseo fluvial y pasamos por entre varios edificios de la época colonial, todos en un lastimoso estado de conservación y a los que estaba prohibido fotografiar, pues contenían cosas tan estratégicas como una comisaría o una escuela. Creo que en el fondo no dejaban hacer fotos para que no se difundiera su mal estado.
En un microbús nos desplazamos unos quince kilómetros río arriba, hasta las cataratas o rápidos de Boyoma, Wagenia o Stanley, que de las tres maneras se conocen. Estos rápidos, que se extienden río arriba a lo largo de más de cien kilómetros hasta la ciudad de Ubundu, cierran el mayor tramo navegable del río Congo, de unos 1.500 kilómetros de longitud, que desciende desde aquí hasta Kinshasa.
Por eso Stanley llegó hasta este lugar, no en su búsqueda del Doctor Livingstone sino en un viaje posterior en pos de las fuentes del Nilo, y estableció aquí cerca una base de comercio en 1883. Pero poco duró aquella primera fundación de la ciudad, ya que al año siguiente aparecieron los cazadores de esclavos tanzanos, que obligaron a los europeos a abandonar la ciudad en 1887. Como el rey Leopoldo no estaba dispuesto a rendirse definitivamente, al año siguiente firmó la paz con los esclavistas, nombró a uno de ellos gobernador provincial y bautizó la ciudad como Stanleyville. Este nombre se mantuvo hasta la campaña de africanización de Mobutu, en la que se recuperó el nombre swahili de Kisangani. La ciudad acabaría convirtiéndose en la tercera del Congo en población y en su segundo puerto fluvial.
Kisangani vivió una época relativamente tranquila desde la paz con Tanzania hasta que en 1958 Patricio Lumumba, nacido allí, fundó el Movimiento Nacional Congoleño y obtuvo la independencia dos años después.
Los años más duros vinieron algo más tarde, con la revolución Simba y las dos guerras africanas de las que hablaré más adelante. Pero volvamos a las cataratas.
Como escribía más arriba, estos rápidos impiden la navegación aguas arriba, dividiendo el río en dos tramos tan desconectados entre sí que hasta tienen distinto nombre. Los portugueses, que llegaron a su desembocadura en 1482, acabaron llamándole Congo, por el reino Kongo que ocupaba la parte baja del río en aquella época. Desde Kisangani hasta la desembocadura sigue nombrándose como río Congo, pero el tramo desde su nacimiento cerca del lago Tanganica hasta las cataratas Wagenia se conoce como Lwalaba. También cambia el idioma: Swahili aguas arriba y Lingala aguas abajo. Por cierto, fue Stanley el primer europeo que descubrió que el Lwalaba y el Congo eran, en realidad, el mismo río, y también el primero que navegó el rio desde Kisangani hasta Kinshasa.
El nombre más usado de las cataratas, Wagenia, se debe a la tribu enya, formada por bantúes pescadores, que hace siglos se estableció en esta zona precisamente para explotar la pesca en los rápidos, negocio que siguen monopolizando hoy en día. Los enya usan varios sistemas de pesca: desde la atarraya circular que lanzan metidos en el agua hasta la cintura, hasta las gigantescas nasas que constituyen el principal atractivo turístico.
Para manejar las nasas, unos embudos de caña de hasta seis metros de largo, han construido dentro de los rápidos unas estructuras de madera a modo de andamios, sobre las que se juegan la vida al amanecer y atardecer, cuando acuden a recoger la cosecha del día tras el toque de tambor del jefe de la tribu, todos juntos para evitar la tentación de levantar la nasa del vecino y quedarse con su captura.
No éramos los únicos turistas que visitábamos las pesquerías, principal y casi único atractivo de Kisangani; varias familias congoleñas habían decidido pasar allí la tarde del domingo. El segundo atractivo creo que éramos nosotros, los wazungu o mzungu, palabras con que se nos designa en swahili a los blancos. Lo digo por la cantidad de fotos que nos hicieron los congoleños, casi más que nosotros a ellos. Fotos a nosotros, fotos con nosotros… Ahora con el niño…ahora con las dos niñas…ahora con toda la familia…otra más con el río al fondo… Ojo por ojo y diente por diente.
Esa noche cenamos en Chez Mama Eliza, un restaurante muy popular entre la clase media local. Nuestra entrada, aunque éramos los únicos blancos, pasó casi inadvertida por la expectación que levantaba el partido de fútbol (creo que era Congo contra Gabón) que retransmitían a todo volumen por varias pantallas de televisión repartidas por el recinto.
La carta incluía platos tan exóticos como boa en salsa de dendé y antílope, facóquero o puerco espín con tomate. Me limité a un discreto “pichón verde” en salsa de cacahuetes, aunque no estaba muy seguro de qué pájaro me estaba comiendo. Espero que no estuviera protegido por el convenio CITES. Creo que acerté, me trajeron dos pajaritos tamaño perdiz y una buena ración de patatas fritas, que sin llegar a la perfección de las gallegas podían pasar perfectamente por sanluqueñas.
Me sorprendió lo del vino. Mis compañeros pidieron cerveza, pero cuando le pregunté a Mama Eliza si tenían vino tinto me trajeron cuatro botellas diferentes, todas francesas. Me decanté por un burdeos del 2008, bastante potable pero a casi treinta dólares la botella. No demasiado dadas las circunstancias.
A las doce de la noche llegamos al hotel, después de un paseo por las calles casi desiertas; lo justo para encontrar una tiendecita en la que comprar una botella de agua para lavarme los dientes. Suponiendo que en el hotel hubiera agua, sería sin depurar, sacada del río o, en el mejor de los casos, de algún pozo.
A la mañana siguiente, aunque estaba previsto zarpar a primera hora, recibí la primera lección sobre los horarios africanos. Al barco le faltaban algunos detalles, sin concretar, y Michel nos aconsejaba aprovechar la mañana para conocer la ciudad. Nos lanzamos así a un agotador recorrido de varias horas bajo el sol inclemente. Después de una rápida visita a la catedral, sin ningún interés, nos acercamos al mítico Hôtel del Chutes, el Hotel de las Cataratas.
Fue en este edificio racionalista, hoy en día semi abandonado, donde los guerreros Simba encerraron en 1964 a más de mil seiscientas personas, incluyendo a todos los blancos a los que pudieron pillar y a varios cientos de “évolué”, los indígenas que habían adoptado los modos de vida europeos. A unos y a otros les echaban la culpa de todos los males del país y pretendían eliminarlos para volver a la vida primitiva, la de antes de la llegada de los sicarios del Leopoldo de Bélgica. El mito del buen salvaje.
Por respeto a quien lea esto no voy a escribir aquí los detalles espeluznantes que me contaron sobre el terreno. Baste decir que poco me faltó para vomitar allí mismo y que durante varias noches sufrí pesadillas.
Más de mil personas murieron asesinadas en aquel edificio maldito, hasta que los supervivientes fueron liberados en una operación conjunta de los ejércitos belga y congoleño y de un buen puñado de mercenarios. Los mismos mercenarios que se rebelaron un par de años después y saquearon la ciudad.
Pero no con eso llegó la paz a Kisangani. A principio de los años noventa soportó varias batallas de la llamada Primera Guerra de Congo; en 1999 se enfrentaron allí dos facciones rivales del RCD, un movimiento contrario al entonces presidente Laurent Kabila, y en el año 2000 fue escenario de la Guerra de los Seis Días entre los ejércitos de Uganda y de Ruanda, país este último que ocupó la ciudad hasta 2003, manteniéndola aislada del resto de Congo mientras saqueaba sistemáticamente las grandes riquezas minerales de la zona. Hasta 2006 no se restableció una cierta normalidad y se reanudó el tráfico fluvial.
Reproduzco a continuación una frase traducida de “Congo”, obra de Thomas Turner que me había recomendado mi amiga librera Teresa, y que, en mi opinión, es el mejor ensayo sobre la historia reciente del Congo: Desde el siglo XIX se ha descrito al Congo como “el corazón de las tinieblas”. Este es el cliché favorito de los periodistas, según el cual se puede atribuir todo tipo de atrocidades al salvajismo innato de los congoleños. La mayoría de ellos no se da cuenta de que Joseph Conrad llegaba a la conclusión de que la verdadera oscuridad estaba en los corazones de los hombres blancos, que enviaban a sus agentes a violar y matar por toda África Central.
Pero no todo han sido desgracias en la historia reciente de Kisangani. También ha vivido sus momentos de glamur; no puedo omitir que esta ciudad sirvió de localización a las aventuras de Bogart y Katherine Hepburn en la inolvidable “La Reina de África”, o a la no menos encantadora Audrey Hepburn en “Historia de una monja”. Muchos años después del rodaje, Katherine Hepburn escribió un libro titulado “La Reina de África, o cómo viajé a África con Bogart, Bacall y Huston y casi perdí la razón”.
Desde el centro de la ciudad caminamos hasta la Maschid al Kebir, la Gran Mezquita. La República Democrática del Congo es un país predominantemente católico, pero existe una amplia y respetada minoría musulmana, descendiente de los esclavistas y pastores watutsi que llegaron desde Sudán y Zanzíbar. Aunque a los infieles no nos estaba permitida la entrada en el edificio, nos dejaron descansar a la sombra de los soportales que protegen la entrada principal, rato que aproveché para comentar primero con un sacristán y luego con el imam un episodio de la historia sagrada que siempre ha dividido a los seguidores del islam y a los judíos. Resulta que Abraham (Ibrahim para los otros) tuvo un primer hijo, Ismael o Ismail, con su esclava Agar y años después tuvo otro, Isaac, con su legítima esposa Sara. De entonces viene la disputa: los musulmanes, a los que también se conoce como ismaelitas o agarenos, dicen proceder de Agar e Ismail y defienden su derecho de primogenitura frente a Isaac, del que se declaran descendientes los judíos. Resolvimos la cuestión amistosamente, afirmando que todos, musulmanes, judíos y católicos somos pueblos del Libro. De mi ateísmo militante mejor no hablar en aquel ambiente.
Me preguntó el imam que cuántas veces había leído el Corán, y con todo el descaro del mundo le contesté que solamente una, pero que me sabía de memoria la primera azora, la Fatiha. Se la tuve que recitar íntegra, mientras él la repetía en árabe: En el nombre de Dios, el Clemente y Misericordioso…
Nos despedimos tan amigos.
Visitamos también el inmenso, caótico y atestado mercado central, pero creo que quince wazungu juntos éramos demasiados y que suponíamos una auténtica molestia para compradores y vendedores al movernos y sobre todo al pararnos a hacer fotos por aquellos pasillos estrechos y laberínticos, repletos de mercancías.
Volvimos al hotel a descansar un poco y a seguir esperando, lo que iba a ser nuestra principal ocupación de aquel día. El Go Congo no estaba listo, pero teníamos la promesa de Michel de que zarparíamos. Primero que a las doce, luego que a las cuatro, luego que antes del atardecer. Por el camino aprovechamos para comprar vino, porque en el barco solo habría agua, cerveza y Coca Cola. En el primer supermercado tuvimos poca suerte, el mejor vino disponible era un Mateus Rosé, y el siguiente en calidad un San Simón en tetra brik. Menos mal que en el segundo encontramos unas “bag in box” de un tinto sudafricano, a unos diez dólares el litro. Por ese precio no podíamos esperar gran cosa, pero entre los ocho aficionados al vino arramblamos con los diecinueve litros que les quedaban. No demasiado si teníamos en cuenta que era nuestro único suministro para los próximos once días: habría que racionarlo a una copa por comida para que nos llegara hasta Mbandaka.
Nos instalamos con nuestros equipajes en el barco, pero a las cinco de la tarde seguíamos amarrados. Dentro de una hora se haría de noche y nos prohibirían salir a navegar hasta el día siguiente.
De pronto, de una manera tan inexplicable como todo lo anterior, la tripulación subió la plancha, soltaron amarras y Graça, uno de los marineros, se tiró al agua para empujar la proa de la barcaza, a modo de remolcador. Por fin zarpamos, entre las despedidas de los muchos curiosos que se agolpaban en la orilla.
A unos cinco o seis nudos como máximo empezamos a navegar rio abajo, hacia el oeste. La visión era idílica, con las piraguas cruzado de orilla a orilla, el sol bajando entre reflejos rojo-anaranjados, las aldeas con sus fogatas humeantes… Comenzaba la aventura.
Pero esa es otra historia, que podrás leer si pinchas aquí.
Vete al Congo Belga
En las familias finas, en lugar de mandarte a la mierda directamente, unas veces te enviaban a freír monos y otras al Congo Belga. Nunca supe por qué ni para qué, ni los motivos de que eligieran uno u otro destino.
Cuando llegó a casa el catálogo de verano de Banoa, la agencia especializada en viajes “diferentes” con la que ya había viajado en alguna ocasión, y vi su propuesta de hacer un recorrido de once días en una barcaza, bajando por el río Congo desde Kisangani hasta Mbandaka, acampando en las aldeas de la orilla y viviendo con todas las incomodidades imaginables, no lo pensé dos veces.
Por supuesto, había leído “El corazón de las tinieblas”, pero se me vinieron a la cabeza las palabras que en “Vagabundo en África” le dice Pierre a Javier Reverte: “Un río…, un río no es lo mismo que el mar. Y el Congo… Bueno, he oído hablar del río Congo. Es difícil navegarlo. Tenga cuidado, en cualquier caso, hay lugares que tienen leyendas malditas, y ese es uno de ellos”.
En cualquier caso, creo que estaba escrito en algún sitio que yo acabaría por visitar el Congo. En mis años de adolescencia tenía pegada en la puerta de mi armario una reproducción de una carta de navegación de la desembocadura del río Congo desde Boma hasta Matadi, el tramo navegable entre el mar y las cataratas Livingstone.
Resuelta mi jubilación a mediados de mayo, pude dedicarme en cuerpo y alma a la preparación del viaje. Vacunas, compra de artículos de acampada, elección de ropa y calzado (el eterno ¿Qué me pongo?), estudio de unos rudimentos de francés, y –sobre todo- búsqueda y lectura de documentación sobre el país, nada fácil de encontrar.
Al margen de los dos libros ya citados, que releí, y de los clásicos como el informe de Roger Casement sobre el Estado Libre del Congo (novelado por Vargas Llosa en “El sueño del celta”), no había mucha información actualizada.
Y la que encontré era como para no ir. Desde las recomendaciones de viaje de nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores: “SE DESACONSEJA ABSOLUTAMENTE EL VIAJE, SALVO POR RAZONES DE NECESIDAD” hasta las noticias sobre el conflicto armado en el Este del país, y sobre todo las recomendaciones de un congoleño amigo de mi hermana, “no se te ocurra ir a mi país”.
Pese a todo esto, el 1 de septiembre me encontré en Barajas con parte de mis compañeros de viaje. El resto, procedente de Barcelona, se nos sumaría en Estambul, ya que por motivos económicos volaríamos hasta Kinshasa con Turkish Airlines. Catorce personas más o menos de mi edad, con estricta paridad de hombres y mujeres, y que como enseguida pude comprobar tenían una amplia experiencia en viajes de este tipo. La mayoría habían recorrido el Amazonas, el Himalaya y África en general en muchas ocasiones, a base de hasta tres viajes al año. Las excepciones éramos S., un canario, y yo, absolutamente novatos en África negra.
No voy a contar el pesado viaje desde Cádiz hasta Kinshasa, la antigua Leopoldville, con escalas en Jerez, Madrid, Estambul y Brazzaville; solo que salí de casa un día antes de comer, y llegué al Hôtel Invest de Kinshasa a la hora de cenar del día siguiente. Una paliza.
Ya en el avión Estambul-Kinshasa, mi primera experiencia congoleña. Una pasajera de armas tomar afirmaba haber perdido su pasaporte congolés, y pedía que la dejasen volver a buscarlo al autobús que nos había traído desde la terminal. En cuestión de minutos se montó una tremenda discusión entre ocho o diez pasajeros congoleños y hasta seis tripulantes. Las voces subían de tono mientras buscaban un consenso imposible, en una mezcla de francés, inglés, turco y otro idioma que no identifiqué pero que podía ser lingala o swahili.
Después de media hora de discusión, el avión arrancó motores y comenzó a rodar con varios pasajeros de pie, que se negaban a obedecer las órdenes de la tripulación de sentarse y ponerse los cinturones. De pronto, y sin causa aparente, la bronca empezó a decaer. Poco a poco los pasajeros se fueron sentando y los tripulantes volvieron a sus puestos. Despegamos.
Ya de noche, y tras una breve escala en Brazaville en la que ni salimos del avión, aterrizamos en el aeropuerto N’Djili de Kinshasa. La terminal podría decir que me decepcionó, donde esperaba unas instalaciones mugrientas y un caos de controles y extorsiones me encontré un aeropuerto limpio, ordenado, sin ningún problema con los trámites. Aunque supongo que algo ayudaría la presencia de Evelyn, empleada de la agencia Go Congo, que acudió a esperarnos y ayudarnos en cualquier problema burocrático.
Pero fue salir del recinto aeroportuario y darme de bruces con la verdadera realidad. El trayecto de algo más de veinte kilómetros hasta el Hôtel Invest se convirtió en un sobrevuelo a baja altura sobre el lado oscuro de África. Atascos de tráfico, olor a humo y a basura, miles de personas caminando en la semi oscuridad, música africana a toda pastilla, microbuses atestados con el cobrador colgando fuera, camiones cargados de bultos y gente hasta límites insospechados, controles de policía, semáforos enormes con aspecto de Mazinger Z… No quería ni imaginarme caminando de noche por los arcenes de aquella carretera.
En el Hôtel Invest llegó uno de los momentos más importantes del viaje, el que podía transformar mis vacaciones en una pesadilla o en un paraíso: el reparto de habitaciones. Me temía un compañero como el famoso Sostoa de la ruta de la seda, que con su alcoholismo le había amargado el viaje al pobre con quien le tocó compartir habitación. Mi primera sorpresa fue que todos, absolutamente todos los viajeros iban desparejados. Ni matrimonios, ni parejas de hecho o de derecho, ni siquiera amigos. Cada uno por su cuenta.
El reparto se hacía por consenso. Dispuesto a dejar al azar la culpa de mi suerte o mi desgracia, permanecí callado hasta que solo quedamos dos personas. ¡Bingo! Me tocaría compartir habitación (y más adelante tienda de campaña) con K., una enfermera donostiarra de mi edad que ya en Barajas me había caído muy bien.
Adelanto ya que la cohabitación resultó perfecta. Ni una discusión, ni un roce en todo el viaje. Consensuábamos sin difcultad la hora de apagar la luz, de poner el despertador, el orden de uso del cuarto de baño, si poner o no el aire acondicionado o encender la apestosa espiral anti mosquitos. He tenido mucha suerte.
A la mañana siguiente salimos con el microbús a visitar un centro de recuperación de bonobos en las afueras de la capital. Ya a la luz del día vimos lo que la noche anterior solo intuíamos: una gran ciudad del tercer mundo en todo su esplendor, o mejor dicho en toda su miseria. No se podía hablar de calles, sino de carreteras –en general sin asfaltar- entre barriadas de chabolas que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, y en las que se calcula que viven unos ocho millones de personas.
Las carreteras estaban bordeadas por un frente casi continuo de tienduchas: farmacias, peluquerías, desavíos o ferreterías, casi todas con nombres religiosos: “La bendición de Dios”, “Amor divino”, “Él es el camino”, entre los que de cuando en cuando aparecían nombres chinos o hindúes: “Grand boutique de Chang”, “Bijouterie de Brahma”…
En las zonas donde una muralla trataba de ocultar las barriadas de chabolas o protegía algún recinto oficial, entre el muro y la carretera se extendía otro estrato comercial más bajo: Barberos al aire libre con un espejo clavado en un árbol, puestecillos de venta de gasolina en botellas de litro, tostadores de cacahuetes a la brasa, montones de ropa usada, sastres que cosían uniformes escolares en máquinas de mano, y vendedores de cualquier producto imaginable y de algunos que todavía no me podía imaginar, según leeréis más adelante.
Entre los coches, motos, camiones y microbuses se entremezclaba el último nivel comercial, el de los vendedores ambulantes: Pantalones vaqueros, gafas, bolsitas de cuarto litro de agua supuestamente depurada, naranjas, maracuyás, tarjetas de prepago para teléfonos móviles, bandejas de pescado ahumado, sombreros de plástico con la bandera de la RDC…
Y aliñando todo esto, la multitud incesante. Hombres con traje negro y maletín de ejecutivo se mezclaban con otros en calzonas y camiseta de tirantes, con mujeres vestidas con las llamativas telas africanas, con niños de uniforme blanco y azul que llevaban su carteras escolares, o cubiertos con harapos y cargando grandes bultos o empujando carretillas. Un bullicio incesante, al que contribuían los bocinazos de los camiones, los pitidos de las moto-taxis y la música atronadora de los puestos de alquiler de equipos de sonido.
Cuando empezaron a clarear los edificios nos metimos por una carreterita destrozada que seguía el cauce de un río, convertido ahora en alcantarilla a cielo abierto. El olor pestilente del cauce no impedía que en las orillas se extendieran las huertas regadas por aquellas aguas semi fecales, que debían de ser muy beneficiosas, visto el tamaño de las hortalizas que colgaban de las matas.
Llegamos por fin a Lola ya Bonobo (el paraíso de los bonobos). Era domingo, y varias familias congoleñas y un grupo de chinos esperaban a que el parque se abriera al público.
Los bonobos, que junto con los gorilas, los chimpancés y los orangutanes constituyen el grupo de los llamados grandes primates, son una especie muy curiosa, con grandes similitudes físicas con los chimpancés pero con claras diferencias intelectuales.
Como no saben nadar ni les gusta el agua, su hábitat natural está perfectamente delimitado: los ríos Congo, Lwalaba y Kasai los confinan a un extenso territorio selvático, enclavado íntegramente dentro de la RDC. Estrictamente vegetarianos, a diferencia de los omnívoros chimpancés, forman una sociedad matriarcal, polígama y poliándrica. Aunque los machos son más fuertes, las hembras se alían entre ellas para mantenerlos a raya y defenderse de sus agresiones. Y en caso de conato de conflicto recurren inmediatamente al sexo, tanto homo como heterosexual, para apaciguarse. Por eso los llaman los monos hippies.
Fue una belga, Claudine André, la que más luchó por ellos, igual que Jane Goodall por los orangutanes, Biruté Galdikas por los chimpancés y Dian Fossey por los gorilas. Se las conoce como las cuatro damas de los simios. Ella fundó este santuario, donde se recogen y reeducan bonobos liberados de la cautividad. Siempre que pueden los devuelven a su hábitat natural, y cuando están demasiado dañados física o psíquicamente los dedican a la reproducción, o simplemente a vivir tranquilamente en Lola ya Bonobo.
Hicimos un recorrido guiado por los amplios terrenos del parque, en compañía del grupo de chinos, probablemente empresarios como los miles que viajan al Congo a montar aquí sus negocios. Una de las chinas, que hablaba lingala mejor que el guía local, me enseñó las primeras palabras de esa lengua, que luego usaría con muchísima frecuencia: Matonyi minggi, muchas gracias. Y otra frase algo menos útil: Tó kendé, vámonos.
Al margen de esa anécdota del aprendizaje de lingala, me encantó la visita al parque, en la que la cercanía a los bonobos iba aumentando gradualmente para mantener nuestro interés. Al principio los vimos de lejos, al otro lado de un gran estanque, pero luego el camino, rodeado siempre de vallas electrificadas, nos fue permitiendo un mayor acercamiento. Lo más peligroso era las zonas en las que solo esta valla nos separaba de los bonobos. No porque alguno se hubiera vuelto agresivo en cautividad, sino porque la mayor diversión de muchos de ellos era recoger disimuladamente tierra o excrementos, y arrojárselos a los turistas que se acercaban demasiado para fotografiarlos. Me dio la impresión de que se reían cuando acertaban en sus lanzamientos.
El plato fuerte lo ponía la llegada a la zona de cuidados infantiles para los huérfanos. Los bonobos más pequeños, protegidos de contagios por un grueso cristal, no se soltaban ni un momento de sus cuidadoras, que los llevaban a cuestas mientras tomaban sus biberones. Y los un poco mayores trepaban por las ramas de unas matas de bambú que caían sobre el camino.
Por la tarde hicimos un recorrido en microbús por las principales atracciones de Kinshasa: El museo etnográfico, interesantísimo, con una magnífica colección de máscaras y esculturas indígenas, los restos del monumento a Stanley, conocido como el destructor de rocas por sus trabajos para construir el ferrocarril Matadi – Kinshasa, el monumento a Lumumba, y poco más.
Al día siguiente volaríamos a Kisangani, la antigua Stanleyville, pero esa es otra historia, que podéis leer pinchando aquí.
Cuando llegó a casa el catálogo de verano de Banoa, la agencia especializada en viajes “diferentes” con la que ya había viajado en alguna ocasión, y vi su propuesta de hacer un recorrido de once días en una barcaza, bajando por el río Congo desde Kisangani hasta Mbandaka, acampando en las aldeas de la orilla y viviendo con todas las incomodidades imaginables, no lo pensé dos veces.
Por supuesto, había leído “El corazón de las tinieblas”, pero se me vinieron a la cabeza las palabras que en “Vagabundo en África” le dice Pierre a Javier Reverte: “Un río…, un río no es lo mismo que el mar. Y el Congo… Bueno, he oído hablar del río Congo. Es difícil navegarlo. Tenga cuidado, en cualquier caso, hay lugares que tienen leyendas malditas, y ese es uno de ellos”.
En cualquier caso, creo que estaba escrito en algún sitio que yo acabaría por visitar el Congo. En mis años de adolescencia tenía pegada en la puerta de mi armario una reproducción de una carta de navegación de la desembocadura del río Congo desde Boma hasta Matadi, el tramo navegable entre el mar y las cataratas Livingstone.
Resuelta mi jubilación a mediados de mayo, pude dedicarme en cuerpo y alma a la preparación del viaje. Vacunas, compra de artículos de acampada, elección de ropa y calzado (el eterno ¿Qué me pongo?), estudio de unos rudimentos de francés, y –sobre todo- búsqueda y lectura de documentación sobre el país, nada fácil de encontrar.
Al margen de los dos libros ya citados, que releí, y de los clásicos como el informe de Roger Casement sobre el Estado Libre del Congo (novelado por Vargas Llosa en “El sueño del celta”), no había mucha información actualizada.
Y la que encontré era como para no ir. Desde las recomendaciones de viaje de nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores: “SE DESACONSEJA ABSOLUTAMENTE EL VIAJE, SALVO POR RAZONES DE NECESIDAD” hasta las noticias sobre el conflicto armado en el Este del país, y sobre todo las recomendaciones de un congoleño amigo de mi hermana, “no se te ocurra ir a mi país”.
Pese a todo esto, el 1 de septiembre me encontré en Barajas con parte de mis compañeros de viaje. El resto, procedente de Barcelona, se nos sumaría en Estambul, ya que por motivos económicos volaríamos hasta Kinshasa con Turkish Airlines. Catorce personas más o menos de mi edad, con estricta paridad de hombres y mujeres, y que como enseguida pude comprobar tenían una amplia experiencia en viajes de este tipo. La mayoría habían recorrido el Amazonas, el Himalaya y África en general en muchas ocasiones, a base de hasta tres viajes al año. Las excepciones éramos S., un canario, y yo, absolutamente novatos en África negra.
No voy a contar el pesado viaje desde Cádiz hasta Kinshasa, la antigua Leopoldville, con escalas en Jerez, Madrid, Estambul y Brazzaville; solo que salí de casa un día antes de comer, y llegué al Hôtel Invest de Kinshasa a la hora de cenar del día siguiente. Una paliza.
Ya en el avión Estambul-Kinshasa, mi primera experiencia congoleña. Una pasajera de armas tomar afirmaba haber perdido su pasaporte congolés, y pedía que la dejasen volver a buscarlo al autobús que nos había traído desde la terminal. En cuestión de minutos se montó una tremenda discusión entre ocho o diez pasajeros congoleños y hasta seis tripulantes. Las voces subían de tono mientras buscaban un consenso imposible, en una mezcla de francés, inglés, turco y otro idioma que no identifiqué pero que podía ser lingala o swahili.
Después de media hora de discusión, el avión arrancó motores y comenzó a rodar con varios pasajeros de pie, que se negaban a obedecer las órdenes de la tripulación de sentarse y ponerse los cinturones. De pronto, y sin causa aparente, la bronca empezó a decaer. Poco a poco los pasajeros se fueron sentando y los tripulantes volvieron a sus puestos. Despegamos.
Ya de noche, y tras una breve escala en Brazaville en la que ni salimos del avión, aterrizamos en el aeropuerto N’Djili de Kinshasa. La terminal podría decir que me decepcionó, donde esperaba unas instalaciones mugrientas y un caos de controles y extorsiones me encontré un aeropuerto limpio, ordenado, sin ningún problema con los trámites. Aunque supongo que algo ayudaría la presencia de Evelyn, empleada de la agencia Go Congo, que acudió a esperarnos y ayudarnos en cualquier problema burocrático.
Pero fue salir del recinto aeroportuario y darme de bruces con la verdadera realidad. El trayecto de algo más de veinte kilómetros hasta el Hôtel Invest se convirtió en un sobrevuelo a baja altura sobre el lado oscuro de África. Atascos de tráfico, olor a humo y a basura, miles de personas caminando en la semi oscuridad, música africana a toda pastilla, microbuses atestados con el cobrador colgando fuera, camiones cargados de bultos y gente hasta límites insospechados, controles de policía, semáforos enormes con aspecto de Mazinger Z… No quería ni imaginarme caminando de noche por los arcenes de aquella carretera.
En el Hôtel Invest llegó uno de los momentos más importantes del viaje, el que podía transformar mis vacaciones en una pesadilla o en un paraíso: el reparto de habitaciones. Me temía un compañero como el famoso Sostoa de la ruta de la seda, que con su alcoholismo le había amargado el viaje al pobre con quien le tocó compartir habitación. Mi primera sorpresa fue que todos, absolutamente todos los viajeros iban desparejados. Ni matrimonios, ni parejas de hecho o de derecho, ni siquiera amigos. Cada uno por su cuenta.
El reparto se hacía por consenso. Dispuesto a dejar al azar la culpa de mi suerte o mi desgracia, permanecí callado hasta que solo quedamos dos personas. ¡Bingo! Me tocaría compartir habitación (y más adelante tienda de campaña) con K., una enfermera donostiarra de mi edad que ya en Barajas me había caído muy bien.
Adelanto ya que la cohabitación resultó perfecta. Ni una discusión, ni un roce en todo el viaje. Consensuábamos sin difcultad la hora de apagar la luz, de poner el despertador, el orden de uso del cuarto de baño, si poner o no el aire acondicionado o encender la apestosa espiral anti mosquitos. He tenido mucha suerte.
A la mañana siguiente salimos con el microbús a visitar un centro de recuperación de bonobos en las afueras de la capital. Ya a la luz del día vimos lo que la noche anterior solo intuíamos: una gran ciudad del tercer mundo en todo su esplendor, o mejor dicho en toda su miseria. No se podía hablar de calles, sino de carreteras –en general sin asfaltar- entre barriadas de chabolas que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, y en las que se calcula que viven unos ocho millones de personas.
Las carreteras estaban bordeadas por un frente casi continuo de tienduchas: farmacias, peluquerías, desavíos o ferreterías, casi todas con nombres religiosos: “La bendición de Dios”, “Amor divino”, “Él es el camino”, entre los que de cuando en cuando aparecían nombres chinos o hindúes: “Grand boutique de Chang”, “Bijouterie de Brahma”…
En las zonas donde una muralla trataba de ocultar las barriadas de chabolas o protegía algún recinto oficial, entre el muro y la carretera se extendía otro estrato comercial más bajo: Barberos al aire libre con un espejo clavado en un árbol, puestecillos de venta de gasolina en botellas de litro, tostadores de cacahuetes a la brasa, montones de ropa usada, sastres que cosían uniformes escolares en máquinas de mano, y vendedores de cualquier producto imaginable y de algunos que todavía no me podía imaginar, según leeréis más adelante.
Entre los coches, motos, camiones y microbuses se entremezclaba el último nivel comercial, el de los vendedores ambulantes: Pantalones vaqueros, gafas, bolsitas de cuarto litro de agua supuestamente depurada, naranjas, maracuyás, tarjetas de prepago para teléfonos móviles, bandejas de pescado ahumado, sombreros de plástico con la bandera de la RDC…
Y aliñando todo esto, la multitud incesante. Hombres con traje negro y maletín de ejecutivo se mezclaban con otros en calzonas y camiseta de tirantes, con mujeres vestidas con las llamativas telas africanas, con niños de uniforme blanco y azul que llevaban su carteras escolares, o cubiertos con harapos y cargando grandes bultos o empujando carretillas. Un bullicio incesante, al que contribuían los bocinazos de los camiones, los pitidos de las moto-taxis y la música atronadora de los puestos de alquiler de equipos de sonido.
Cuando empezaron a clarear los edificios nos metimos por una carreterita destrozada que seguía el cauce de un río, convertido ahora en alcantarilla a cielo abierto. El olor pestilente del cauce no impedía que en las orillas se extendieran las huertas regadas por aquellas aguas semi fecales, que debían de ser muy beneficiosas, visto el tamaño de las hortalizas que colgaban de las matas.
Llegamos por fin a Lola ya Bonobo (el paraíso de los bonobos). Era domingo, y varias familias congoleñas y un grupo de chinos esperaban a que el parque se abriera al público.
Los bonobos, que junto con los gorilas, los chimpancés y los orangutanes constituyen el grupo de los llamados grandes primates, son una especie muy curiosa, con grandes similitudes físicas con los chimpancés pero con claras diferencias intelectuales.
Como no saben nadar ni les gusta el agua, su hábitat natural está perfectamente delimitado: los ríos Congo, Lwalaba y Kasai los confinan a un extenso territorio selvático, enclavado íntegramente dentro de la RDC. Estrictamente vegetarianos, a diferencia de los omnívoros chimpancés, forman una sociedad matriarcal, polígama y poliándrica. Aunque los machos son más fuertes, las hembras se alían entre ellas para mantenerlos a raya y defenderse de sus agresiones. Y en caso de conato de conflicto recurren inmediatamente al sexo, tanto homo como heterosexual, para apaciguarse. Por eso los llaman los monos hippies.
Fue una belga, Claudine André, la que más luchó por ellos, igual que Jane Goodall por los orangutanes, Biruté Galdikas por los chimpancés y Dian Fossey por los gorilas. Se las conoce como las cuatro damas de los simios. Ella fundó este santuario, donde se recogen y reeducan bonobos liberados de la cautividad. Siempre que pueden los devuelven a su hábitat natural, y cuando están demasiado dañados física o psíquicamente los dedican a la reproducción, o simplemente a vivir tranquilamente en Lola ya Bonobo.
Hicimos un recorrido guiado por los amplios terrenos del parque, en compañía del grupo de chinos, probablemente empresarios como los miles que viajan al Congo a montar aquí sus negocios. Una de las chinas, que hablaba lingala mejor que el guía local, me enseñó las primeras palabras de esa lengua, que luego usaría con muchísima frecuencia: Matonyi minggi, muchas gracias. Y otra frase algo menos útil: Tó kendé, vámonos.
Al margen de esa anécdota del aprendizaje de lingala, me encantó la visita al parque, en la que la cercanía a los bonobos iba aumentando gradualmente para mantener nuestro interés. Al principio los vimos de lejos, al otro lado de un gran estanque, pero luego el camino, rodeado siempre de vallas electrificadas, nos fue permitiendo un mayor acercamiento. Lo más peligroso era las zonas en las que solo esta valla nos separaba de los bonobos. No porque alguno se hubiera vuelto agresivo en cautividad, sino porque la mayor diversión de muchos de ellos era recoger disimuladamente tierra o excrementos, y arrojárselos a los turistas que se acercaban demasiado para fotografiarlos. Me dio la impresión de que se reían cuando acertaban en sus lanzamientos.
El plato fuerte lo ponía la llegada a la zona de cuidados infantiles para los huérfanos. Los bonobos más pequeños, protegidos de contagios por un grueso cristal, no se soltaban ni un momento de sus cuidadoras, que los llevaban a cuestas mientras tomaban sus biberones. Y los un poco mayores trepaban por las ramas de unas matas de bambú que caían sobre el camino.
Por la tarde hicimos un recorrido en microbús por las principales atracciones de Kinshasa: El museo etnográfico, interesantísimo, con una magnífica colección de máscaras y esculturas indígenas, los restos del monumento a Stanley, conocido como el destructor de rocas por sus trabajos para construir el ferrocarril Matadi – Kinshasa, el monumento a Lumumba, y poco más.
Al día siguiente volaríamos a Kisangani, la antigua Stanleyville, pero esa es otra historia, que podéis leer pinchando aquí.
jueves, 15 de septiembre de 2016
Clásico y “destilado” Woody Allen: "Café Society" (USA 2016)
Queridos Cinéfilos:
Podemos considerar que cada año Woody Allen nos invita a una cena cinematográfica en la que nos sorprende más o menos, para bien o para mal, con su nuevo menú anual. A veces incorpora un plato rompedor respecto a los usuales de su cocina, con diverso grado de acierto. Así me defraudó su homenaje a Bergman en 1978, simulando el estilo del maestro sueco, en “Interiores” (Carlos Boyero opinó sobre esa película hace un par de años: “…Junto a sus insoportables imitaciones de los universos de sus admirados Fellini y Bergman en “Stardust memories” e “Interiores”…”), mientras que en “Match Point” creo que es muy general la opinión de que acertó de pleno.Este año no hay sorpresa, ni buena ni mala, ya que me parece que “Café Society"
- Formalmente está muy bien rodada: reparto muy acertado y bien dirigido, preciosos escenarios, magnífica fotografía (de Vittorio Storaro, sí, el ganador de tres óscar por “El último emperador”, “Apocalypse Now” y “Rojos”; además de sus excelentes trabajos en “Último tango en París”, “Novecento”, “Goya en Burdeos”, “Lady Halcón”, “El cielo protector”…), espléndida la selección de canciones de la banda sonora, como siempre escoge Allen.
- La trama es bastante simple, como en muchas de sus películas, pero ofrece un magnífico soporte para que su director pueda colgar de ella, cual árbol de Navidad, sus mensajes y reflexiones sobre los temas que siempre le han interesado: la crítica a la vacuidad de la alta sociedad cinematográfica hollywoodiense, la capacidad distorsionadora del amor, la persistencia de las parejas, el envejecimiento, la muerte, Dios/religión, el judaísmo, la violencia como recurso para resolver diferencias… Yo me quedo con uno de los demoledores consejos de uno de los personajes: “Vive cada día como si fuera el último de tu vida. Acabarás acertando” (lo escribo de memoria, pero el inequívoco sentido era ése). Y las reflexiones se acompañan, cuando procede, de las “boutades” gráficas usuales de la “casa”, en este caso con uso generoso del hormigón...
- No podía faltar en la voz en off, inequívocamente del propio Allen, que se reserva este remedo de papel ya que, por la edad no puede ser el protagonista, que ¡anda que no le gustaría de tener 50 años menos!.
![]() |
| La joven pareja protagonista años después en Central Park |
¿Y qué opina la crítica profesional?. Para vuestro conocimiento adjunto, como es habitual, los siguientes enlaces de referencia:
Presentación de la película, incluyendo tráiler y declaraciones de Allen, en el programa semanal “Días de Cine” en La 2 de TVE (4 min):
http://www.rtve.es/alacarta/videos/dias-de-cine/cafe-society/3703663/
Crítica de Oti R. Marchante en ABC: “Feliz y triste juego sobre las bromas inquietantes del amor”
“Hay que ser realmente complicado, como Woody Allen, para lograr expresarse con tanta sencillez como él lo hace y contar esta historia rebosante de vitalidad y feliz fascinación sin que apenas se note que está atravesada por un flechazo de tristeza...”
Opinión de Carlos Boyero en El País: “Un Woody Allen agridulce y magistral”
“....Salgo del cine conmovido. Y rogando para que el cerebro y la sensibilidad del viejo Woody Allen sigan funcionando, que ruede una película al año hasta que cumpla los cien. O los doscientos. Que no se muera nunca”
Comentario de Luis Martínez en El Mundo “Woody Allen: descafeinado, con leche desnatada y con sacarina”
"...Por supuesto, todo en Café Society es de una autoindulgencia que desarma; cada plano discurre por el camino más sencillo, cuando no simple. Y el permanente estado de anticlímax no queda claro si es un gesto de autor o simplemente producto de la vagancia. Privilegios, obviamente, de la edad y de, obviamente también, llamarse Woody Allen. «A veces temo que me dé un infarto, me quede medio tonto y la gente diga de mí: 'Ése es el que hacía películas tan malas'», dice y, la verdad, no quedan fuerzas para discutir. Hace ya tiempo que las ruedas de prensa de Allen están incluso mejor que sus películas..."
Buen Cine, Amigos.
Manrique
viernes, 9 de septiembre de 2016
The get down (parte I)
Netflix ha encargado a Baz Luhrman la producción de su serie más cara y el australiano ha hecho lo que mejor se le da: mezclar música, romanticismo y una pizca de fantasía.
Para ello ha elegido una sólida historia sobre el Bronx en los 70, época en el que las bandas dominaban la zona y el hip-hop y el graffiti empezaban a inundar las calles. Netflix, al parece por motivos de producción, ha decidido emitirla en dos partes. La primera ya está disponible y la segunda lo estará en 2017. Aunque no sea un musical, toda la serie gira en torno a la música y le da un ambiente festivo que dudo que tuviera el Bronx en los años en los que era más rentable quemar edificios que alquilarlos y en los que las bandas acampaban libremente a sus anchas en el que Furiosa (de Mad Max: Fury Road, para los Space Cowboys) no habría desentonado lo más mínimo.
La serie cuenta la historia de unos adolescentes que buscan su lugar en el mundo. El protagonista, Zeke, es un chico listo, al que se le da bien escribir poesía y que está loco perdido por su mejor amiga, Mylene. Pero ella prefiere salir del Bronx al amor, al menos en principio. Todos estos adolescentes y sus amigos tienen en común su amor por la música y el intento de mejorar su vida.
El que sea una serie favorece el que no solo conozcamos bien a los protagonistas, sino a los secundarios que los rodean: Fat Annie, una gánster en toda regla; Cadillac, su hijo, más interesado en la música disco (que competiría con Tony Manero) que en los negocios familiares; Jimmy Smith, que está espléndido como Papá Fuerte, un constructor local sin muchos escrúpulos y quizá el personaje más moralmente gris de la serie y, por supuesto, Shaolin Fantastic, un grafitero mítico entre los jóvenes que quiere reconvertirse en DJ, pero que está metido en negocios con Fat Annie, el productor acabado… Todos tienen historias interesantes, que no distraen de la trama principal, al contrario, consiguen que veamos muchas más facetas y puntos de vista de la historia.
Baz Luhrman no huye de la fantasía, principalmente en lo que rodea a Shaolin Fantastic en los primeros episodios (el primero lo dirige él mismo), pero la serie es mucho más realista que Moulin Rouge, por ejemplo, tanto visualmente como en cuanto a la construcción de personajes. Eso no quiere decir que muchos, en algunos momentos no rocen lo paródico (el baile de Cadillac) o parezcan estereotipos (el productor), pero se redimen porque tienen otras cualidades. De hecho no hay un villano al uso que se oponga al éxito o el amor de la pareja protagonista y al terminar la primera parte da la impresión de que es más posible que sean sus propias decisiones las que los separen.
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| Hasta los DJ necesitan un Sensei1 |
El amor, como siempre en Luhrman, es ciego y sus “víctimas” confían en que conseguirá sobreponerse a todos los obstáculos que se presenten y que, en el momento de terminar la primera parte, parecen venir sobre todo, de madurar y de las decisiones que tendrán que tomar en sus carreras profesionales.
No he hablado todavía de la música, que es espectacular, entre las canciones originales de la época y las elaboradas especialmente para la película. Todas ellas se mezclan de un modo natural, sin importar los estilos: dance, hip-hop, rap, espirituales, rock… incluso el tema principal de “La guerra de las galaxias” aparece en la serie para dar paso a uno de los momentos clave. Para ello, han contado con DJ de la época que empezaron trabajando de consultores y acabaron de productores, como Grandmaster Flash.
Aunque esta primera parte funciona de modo independiente, dejan para la segunda parte el conflicto entre vida profesional y personal o deseos e intereses/deber de muchos personajes. Pero eso tendremos que descubrirlo en 2017.
Lista oficial de Spotify de The Get Down
1 Maestro en japonés, normalmente se usa en artes marciales y los protagonistas están influidos por las películas de Kung Fu de la época. En la imagen están haciendo de "pequeños saltamontes".
1 Maestro en japonés, normalmente se usa en artes marciales y los protagonistas están influidos por las películas de Kung Fu de la época. En la imagen están haciendo de "pequeños saltamontes".
jueves, 4 de agosto de 2016
Onde nasceu Portugal
La Citania de Briteiros
Yendo este verano desde Cádiz a Galicia buscamos un punto más o menos intermedio para cortar el viaje, y nos encontramos con Guimaraes, “onde nasceu Portugal”. Aunque la ciudad es muy interesante y ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, prefiero por ahora hablar de un lugar donde, en mi opinión, nació el verdadero Portugal.
Es verdad que en 1128 el infante D. Afonso Henriques ganó allí una batalla contra los ejércitos aliados de su madre, condesa de Portugal, y de Fernando Pérez de Traba conde de Trastámara, y se autoproclamó rey de Portuugal, pero en mi opinión los países, las naciones, nacen en la cultura y la mente de sus habitantes.
Por eso me gusta más pensar que Portugal nació muchos siglos antes, en la Citania de Briteiros, que a fin de cuentas está a solo 15 km del centro de Guimaraes.
No es difícil llegar a la Citania, si se consigue salir de la ciudad por la carretera correcta (N-309, que pasa por la misma entrada a las ruinas), aunque a nosotros nos tuvo que ayudar un amabilísimo portugués, que nos acompañó hasta ponernos en camino.
Lo primero que me pregunté es qué diferencia había entre un castro y una citania, ya que yo suponía que ambas palabras señalaban a un poblado celta. El diccionario de la RAE me sacó de dudas: Mientras que castro significa “poblado fortificado en la Iberia romana”, citania se define como “ciudad fortificada, propia de los pueblos prerromanos que habitaban el noroeste de la península ibérica”. Está claro, una citania es más grande y más antigua que un castro. Claro que para acabarlo de complicar, el mismo diccionario reconoce que en Galicia se usa la palabra castro para cualquier altura donde haya vestigios de fortificaciones antiguas.
Resuelta la duda, solo quedaba visitar lo que quedaba de la de Briteiros. ¡Y vaya si quedaba! En un espolón rocoso que se erguía sobre el valle del Ave, muy escarpado por tres de sus caras, los indígenas, a los que los romanos conocían como galati bracariensis (gallegos de Braga, que diríamos ahora), construyeron en el siglo II antes de nuestra era una auténtica ciudad, con sus murallas, su casa del consejo, numerosas viviendas, calles, y hasta unos baños termales.
Vivían del pescado del río, de la caza en los montes de alrededor, del trigo, cebada, mijo y lino que cultivaban en las tierras más cercanas al río, de las bellotas y del ganado. Y me pega que un poco también de sus saqueos sobre otros asentamientos cercanos, como era común en aquella época.
Para evitar que a ellos les pasara lo mismo, construyeron una muralla de piedra de unos 3 o 4 metros de alto que rodeaba toda la ciudad en un recorrido de casi dos kilómetros, reforzada por otras tres murallas y dos fosos por el nordeste, donde las laderas del monte eran más accesibles. Se conserva, en mejor o peor estado, más o menos la mitad del muro, con algunas puertas de mampostería muy bien trabada.
Dentro del recinto, a semejanza de los campamentos romanos, las dos calles principales se cruzaban en ángulo recto, dividiendo la ciudad en barrios.
En cada barrio las viviendas (de las que se reconocen más de cien) se agrupaban en lo que se supone eran núcleos de familia extensa. Muros de menor altura y espesor rodeaban estos núcleos, en los que conviven viviendas circulares, que imagino muy parecidas a las pallozas gallegas, con otras más modernas de planta rectangular.
Después de pasarme una hora trepando por aquellos pedruscos, absolutamente solo (o sea, que por no haber no había ni alemanes) y sufrir el sol del mediodía, todavía me quedaron ánimos para descender un sendero hasta lo que consideran la joya del yacimiento: las termas.
Aunque durante la construcción de la N-309 se destruyó parte de la instalación hidráulica antes de percatarse de lo que allí había, vaya en honor de nuestros vecinos portugueses que inmediatamente se paralizaron las obras y se desvió la carretera. Aquí probablemente habríamos trasladado las termas a alguna plaza dura en el centro de Guimaraes, para “ponerla en valor”.
Las termas estaban formadas por un edificio alargado de sillería, de unos quince metros de largo por dos de ancho. En la entrada, una pileta acumulaba el agua fría para los baños finales, y el interior estaba dividido en dos por la llamada pedra Formosa, una enorme losa de granito tallada y con una apertura de no más de 60 cm en la base. Esta apertura permitía los magros habitantes de la citania acceder a la cámara interior y llevar hasta la misma piedras calentadas en una hoguera y recipientes con agua. Como en las saunas finlandesas, al echar agua sobre las piedras calientes se formaba una nube de vapor, que saturaba el ambiente de humedad.
Tengo que reconocer que yo no habría pasar por el agujero; la barriga que me va creciendo desde mi reciente jubilación me lo habría impedido.
Para terminar esta reseña, hay que darle su mérito a Don Francisco Martins Sarmento, abogado, escritor y erudito local, que en el siglo XIX dirigió la primera campaña de excavaciones. Cuando se dio cuenta de lo que este monte escondía, compró los terrenos de su bolsillo para garantizar su conservación.
Yendo este verano desde Cádiz a Galicia buscamos un punto más o menos intermedio para cortar el viaje, y nos encontramos con Guimaraes, “onde nasceu Portugal”. Aunque la ciudad es muy interesante y ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, prefiero por ahora hablar de un lugar donde, en mi opinión, nació el verdadero Portugal.
Es verdad que en 1128 el infante D. Afonso Henriques ganó allí una batalla contra los ejércitos aliados de su madre, condesa de Portugal, y de Fernando Pérez de Traba conde de Trastámara, y se autoproclamó rey de Portuugal, pero en mi opinión los países, las naciones, nacen en la cultura y la mente de sus habitantes.
Por eso me gusta más pensar que Portugal nació muchos siglos antes, en la Citania de Briteiros, que a fin de cuentas está a solo 15 km del centro de Guimaraes.
No es difícil llegar a la Citania, si se consigue salir de la ciudad por la carretera correcta (N-309, que pasa por la misma entrada a las ruinas), aunque a nosotros nos tuvo que ayudar un amabilísimo portugués, que nos acompañó hasta ponernos en camino.
Lo primero que me pregunté es qué diferencia había entre un castro y una citania, ya que yo suponía que ambas palabras señalaban a un poblado celta. El diccionario de la RAE me sacó de dudas: Mientras que castro significa “poblado fortificado en la Iberia romana”, citania se define como “ciudad fortificada, propia de los pueblos prerromanos que habitaban el noroeste de la península ibérica”. Está claro, una citania es más grande y más antigua que un castro. Claro que para acabarlo de complicar, el mismo diccionario reconoce que en Galicia se usa la palabra castro para cualquier altura donde haya vestigios de fortificaciones antiguas.
Resuelta la duda, solo quedaba visitar lo que quedaba de la de Briteiros. ¡Y vaya si quedaba! En un espolón rocoso que se erguía sobre el valle del Ave, muy escarpado por tres de sus caras, los indígenas, a los que los romanos conocían como galati bracariensis (gallegos de Braga, que diríamos ahora), construyeron en el siglo II antes de nuestra era una auténtica ciudad, con sus murallas, su casa del consejo, numerosas viviendas, calles, y hasta unos baños termales.
Vivían del pescado del río, de la caza en los montes de alrededor, del trigo, cebada, mijo y lino que cultivaban en las tierras más cercanas al río, de las bellotas y del ganado. Y me pega que un poco también de sus saqueos sobre otros asentamientos cercanos, como era común en aquella época.
Para evitar que a ellos les pasara lo mismo, construyeron una muralla de piedra de unos 3 o 4 metros de alto que rodeaba toda la ciudad en un recorrido de casi dos kilómetros, reforzada por otras tres murallas y dos fosos por el nordeste, donde las laderas del monte eran más accesibles. Se conserva, en mejor o peor estado, más o menos la mitad del muro, con algunas puertas de mampostería muy bien trabada.
Dentro del recinto, a semejanza de los campamentos romanos, las dos calles principales se cruzaban en ángulo recto, dividiendo la ciudad en barrios.
En cada barrio las viviendas (de las que se reconocen más de cien) se agrupaban en lo que se supone eran núcleos de familia extensa. Muros de menor altura y espesor rodeaban estos núcleos, en los que conviven viviendas circulares, que imagino muy parecidas a las pallozas gallegas, con otras más modernas de planta rectangular.
Después de pasarme una hora trepando por aquellos pedruscos, absolutamente solo (o sea, que por no haber no había ni alemanes) y sufrir el sol del mediodía, todavía me quedaron ánimos para descender un sendero hasta lo que consideran la joya del yacimiento: las termas.
Aunque durante la construcción de la N-309 se destruyó parte de la instalación hidráulica antes de percatarse de lo que allí había, vaya en honor de nuestros vecinos portugueses que inmediatamente se paralizaron las obras y se desvió la carretera. Aquí probablemente habríamos trasladado las termas a alguna plaza dura en el centro de Guimaraes, para “ponerla en valor”.
Las termas estaban formadas por un edificio alargado de sillería, de unos quince metros de largo por dos de ancho. En la entrada, una pileta acumulaba el agua fría para los baños finales, y el interior estaba dividido en dos por la llamada pedra Formosa, una enorme losa de granito tallada y con una apertura de no más de 60 cm en la base. Esta apertura permitía los magros habitantes de la citania acceder a la cámara interior y llevar hasta la misma piedras calentadas en una hoguera y recipientes con agua. Como en las saunas finlandesas, al echar agua sobre las piedras calientes se formaba una nube de vapor, que saturaba el ambiente de humedad.
Tengo que reconocer que yo no habría pasar por el agujero; la barriga que me va creciendo desde mi reciente jubilación me lo habría impedido.
Para terminar esta reseña, hay que darle su mérito a Don Francisco Martins Sarmento, abogado, escritor y erudito local, que en el siglo XIX dirigió la primera campaña de excavaciones. Cuando se dio cuenta de lo que este monte escondía, compró los terrenos de su bolsillo para garantizar su conservación.
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