domingo, 24 de abril de 2016

Lee, lee, no pares.

Tienes resistencia a la frustración, me dijo, y le clavé la mirada.

Si trabajar en un Astillero ya es algo peculiar, tratándose del situado en Puerto Real aún te distingue más; tan peculiar te hace que hasta formas parte de la historia de la Bahía de Cádiz. Todo esto se incrementa cuando, para colmo, eres componente del Comité de Empresa de dicho Astillero. Y aún podría añadir un par de ingredientes más y bastante curiosos.
Cuando el cabeza de lista por CCOO me llamó para ofrecerme participar del proyecto sindical, sólo el miedo me hubiera hecho decir no; busqué a mi alrededor y no lo encontré. Así las cosas, a primeros del verano pasado me vi convertida en la Coordinadora de la Comisión de Comunicación, posición que me permitiría hacer muchas cosas y para la que me debía preparar, concienciar y concentrar. Lo primero era tener las ideas claras sobre en qué consiste comunicar (yo también acudo a la RAE, ahora es más fácil, pero sigo echando mano de mi María Moliner).
La primera acepción de la palabra es una auténtica preciosidad: "Hacer a una persona partícipe de lo que se tiene".
A partir de aquí se abrían muchas vías, todas atractivas y sugerentes, sólo debía cuidarme en extremo de mi tendencia a una frustración indeseada.
No sé cómo me vino a la cabeza la idea de la primera campaña de las que ya he realizado y tampoco sé muy bien cómo fue que pensé en eso, en las campañas, en el formato de campaña. El caso es que de la mano de las campañas vino a mi la idea de promover la lectura entre las personas que compartimos el trabajo. Tengo que pensar, en algún momento perdido, qué me llevó a ello aunque casi creo que lo sé.

Lo imprescindible que debía hacer era conseguir unas cuantas ideas en un papel así que comencé a escribír "Cervantes, Quijote, lectura, libro, aniversario, Puerto Real, papel, diccionario, María Moliner". Esas palabras fueron encajando, tomando forma y llegaron a conformar el borrador del Cartel enunciativo de la Campaña. Ya estaba lo más importante hecho: la idea había tomado forma I Lectura Continuada "El Dique".

A continuación, debía consultar con la Ejecutiva de CCOO lo idóneo de llevar adelante la iniciativa y, caso de ser aceptada, decidir qué lectura realizaríamos. Para esto tenía dos propuestas: Una era comenzar a leer "El Quijote", cuya duración son unas 48 horas lo que nos ocuparía unos 10 ó 12 años si le dedicábamos 4 horas cada año. La idea me seducía muchísimo, he de confesarlo. La otra opción en la que pensé fue la de elegir un escritor puertorrealeño y así apostar por la tierra.
En mi borrador había dejado algunas cosas inconclusas, como por ejemplo la duración de la lectura, el recorrido del libro por el Astillero, quién comenzaría la lectura (confieso también que propuse a la persona que me parecía idónea so pena de caer en mi primer error), y algunas cosas más. Esperaba que mis compañeros aportaran sus ideas o que me tumbaran de un plumazo la iniciativa por considerarla, quizás, poco apropiada para un Comité de Empresa o por el momento de cargas de trabajo que tenemos o bien por cualquier otro motivo. Realmente, no esperaba que saltaran de contento cuando les puse el borrador en las manos, pero tampoco esperaba el silencio que circundó la iniciativa. Todos se guardaron el papel que les di, y no se volvió a hablar del tema. Mi resistencia a la frustración reapareció y decidí que a Cervantes ya le leía mucha gente, así que dediqué alguna tarde a localizar personas nacidas en Puerto Real que hubiesen escrito alguna obra. Casi todo lo que encontraba eran autores de poesía o escritores de artículos o libros de historia, con lo cual la ansiada novela no terminaba de aparecer. Fue entonces cuando opté por preguntar a algunos de los compañeros que viven en Puerto Real si conocían a algún escritor que fuese de su pueblo. Ahí llegó otra sorpresa porque de los cinco a los que pregunté creyendo hallar la respuesta inmediata ninguno me supo responder salvo referencias a algún otro compañero de los que gustan de publicar sus textos en algún blog o en algún taller literario editando revistas corales. Eso me ponía en una situación fea porque no me parecía adecuado darle ese protagonismo a una persona de esos colectivos habiendo en la Factoría otros muchos del mismo nivel de escritura. Una actividad que pretendía ser positiva no podía provocar nada espinoso.

Alguna noche de estos días quise abandonar la idea, dejarla descansar en el cajón de la mesilla de noche junto con otros trastos y descansar yo también, mas al amanecer del nuevo día la idea volvía y me recordaba que no aceptaría la frustración de no haber conseguido fraguar la celebración del Día del Libro en el Astillero cuando realmente lo veía como algo absolutamente factible y accesible. Así fue que decidí preguntar fuera del Astillero. La hija de "El Pirri" me orientó amablemente diciéndome que preguntase en la Biblioteca Municipal del pueblo, que allí quizás tuviesen algún libro de alguien nacido en Puerto Real y fue entonces cuando se me encendió la luz y le pregunté inquieta ¿Dónde hay una librería en Puerto Real? Ella me respondió rápida: Pérgamo, ve a la librería Pérgamo.
En cuanto pude fui a Pérgamo con la idea diáfana. Encontré la librería haciendo esquina entre las calles Amargura y Cruz Verde. Sonó una campana de aviso cuando entré en el local que estaba vacío, ni el dependiente no se encontraba en él, por lo que me dispuse a ver a alguien aparecer por la puerta de la trastienda mientras aproveché para ojear las estanterías intentando orientarme. El establecimiento era reducido, aunque contaba con un par de sillones, lámpara de lectura y mesa auxiliar lo cual lo hacía muy acogedor para leer. En cambio, el espacio dedicado al dependiente era mínimo, justo lo imprescindible para la caja registradora y poco más y pegado a la puerta de entrada cediendo todo el espacio disponible a las mesas y estanterías expositoras. El local me agradó mucho. Al instante apareció el dependiente que amablemente me preguntó qué deseaba. Busco algún libro de autor nacido en Puerto Real, le respondí y rápidamente se dirigió hacia una estantería y me ofreció un libro enorme que puso en mis manos. Caramba, exclamé al ver mis manos con el ansiado volumen. Por la cara que puse cuando vi el grosor del tomo creo que el dependiente debió pensar que aquello era mucho para mí, que igual yo no estaba dispuesta a leer un libro tan denso, así que sonreí y le dije que lo que me ofrecía estaba muy bien, pero que buscaba una lectura corta, de no más de cinco horas, de un autor puertorrealeño y que éste fuese una persona apreciada por sus paisanos. Creo que tanta precisión le desconcertó, pero él, tenaz, me trajo tres libros de un tamaño de libro infantil y cada uno de ellos de un autor distinto. Dos de ellos eran nacidos en Puerto Real y sus novelas estaban localizadas en otras ciudades, en cambio el tercero no era puertorrealeño, aunque contaba historias cortas de la villa. De manera que me decantaba por los dos primeros sin saber cuál de ellos era el idóneo por su perfil vital. Entre tanto, la campanita de aviso de la puerta volvió a sonar y entró un hombre de aire bohemio que se sentó en uno de los sillones de lectura, extendió las piernas, las cruzó y comenzó a manipular su móvil confortablemente. Y observándole se me ocurrió volver a consultar y también yo hice uso de las tecnologías y envié un WhatsApp al grupo de mis compañeros de Comité con las fotos de las contraportadas de ambos libros preguntándoles ¿Cuál de ellos se merece ser leído? No necesité más que una respuesta, la que me dio rápido Antonio: El segundo, contestó. Para cada mensaje debí salir del local porque la cobertura era escasísima, así que la imagen que debía estar dando al acomodado señor del sillón debía ser de lo más histriónico, por no hablar de la idea que posiblemente había fraguado el dependiente de su inquieta clienta.

El comerciante me observaba curioso hasta que ya no debió aguantar más y me preguntó tímidamente si el libro tenía alguna finalidad concreta. Dejé de observar el anhelado libro para observar al dependiente y por la cara de interés con que me miraba pensé que debía ser el dueño de aquél acogedor establecimiento y decidí prestarme a dar explicaciones. Así fue que le conté la idea de hacer una lectura continuada como celebración del Día del Libro. Claro está que me preguntó que dónde pensaba hacerla, así que seguí dándole explicaciones y le dije que en el Astillero y lo hice de forma altiva, como si no hubiera sitio en el mundo mejor que aquél. Sus ojos se iluminaron y me contestó que él también había pensado hacer algo así en su librería, pero que no contaba con gente suficiente a lo que yo le respondí que, en mi caso, tenía la suerte de contar con 600 potenciales lectores. En esa conversación el señor bohemio había ya dejado su móvil y se había acercado a la caja registradora donde yo estaba a punto de pagar por mi libro. Qué, vas a leerte un libro en papel, ¿no te gustan los ebooks? Le miré y pensé: "Ya la vamos a tener..." y le respondí impertinente al tiempo que le dirigía una mirada incrédula: Disculpe, ¿cómo dice? Qué hombre de aspecto más raro, pensé y acto seguido me reproché qué maldad la mía y sonreí. El señor bohemio rectificó y comenzó a hablarme de usted e intentó mejorar su comentario diciéndome lo poco que se vende el papel y que él era escritor, que colaboraba con la librería y además era el Director de una Escuela de Cine en colaboración con la Universidad de Cádiz y amigo de actores y no sé cuántas cosas más. También quiso demostrar su amor a la tierra revelándome que había dejado Madrid para trasladarse a vivir a Puerto Real donde llevaba desde hacía un tiempo, no sé si me dijo 2 años o 2 meses. A partir de ahí se fue desarrollando una conversación que comenzó tensa y que terminó con el señor bohemio pidiéndome el teléfono para contactar alguna vez conmigo y presentándose como Bruto. Entre tanto, el dueño de la librería me pidió que por favor le enviase fotos de la lectura continuada que él la enviaría a la prensa local para promocionar el libro a lo que le tuve que responder que aún no estaba aprobado por el Comité que la actividad se llevara a cabo, pero que no dudara en que contaría con el material si finalmente se realizaba.

Pues, así fue cómo salí de la librería llevando un libro en una coqueta bolsa de papel la misma que al día siguiente llevé al Astillero y de la que saqué el libro para presentárselo a la Comisión de Comunicación solicitando la aprobación de la actividad. Estaba claro que mi capacidad de resistencia a la frustración estaba en todo su apogeo. Tras algunas pequeñas aclaraciones y modificaciones al proyecto, finalmente se aprobó con lo que había vía libre para hacer la lectura continuada de la obra "Veracruz" del autor puertorrealeño José Antonio Alcedo Rubio.

Ya tenía la aprobación, el autor, la novela, el cartel enunciativo y nada más. Todo eran palabras.

Palabras.

María Moliner seguía en mi idea, tenía que concederle su espacio y ese era justamente el de las palabras, y así fue que imaginé a cada lector de la novela, al terminar su trozo de lectura, llevando consigo una palabra como gesto de agradecimiento por parte de los organizadores y como recuerdo de su participación en un acto no más inaudito que insólito. Había que regalarles una palabra, había que darles la palabra, debían tomar la palabra. Era cerrar el círculo.

No sé si disfruté más haciendo una colección de palabras que me gustaban o confeccionando la tarjetita conmemorativa. En cada folio, usando las tablas del word me cabían 4 tarjetas que luego recortaría con la guillotina de la oficina. En el anverso coloqué el homenaje a María y el recordatorio del evento. Por el reverso estaría situada cada palabra regalada y sus acepciones más frecuentes de la RAE.
A mi magnífico acervo de palabras amadas por mí se fueron sumando otras que están de moda y que la gente suele oír aun sin conocer su significado y otras pocas más que alguno de los que intenté implicar en esta aventura me facilitó en un correo (Anda, envíame en un correito palabras que te gusten).
Todas las palabras fueron encajando en el reverso del homenaje de María. Por la impresora, en blanco y negro, fueron apareciendo elegantemente. No tuve más que dar tres tajos con la guillotina y ya tenía un abanico de palabras para regalar a mis compañeras y compañeros de trabajo. Fue magnífico.


Reconozco que necesitaba verbalizar lo que estaba haciendo y ya estábamos en vísperas del día acordado para comenzar la lectura, ya era la primera hora del miércoles, así que llevé mi libro al local del Comité de Empresa dispuesta a compartir con ellos mi valiosa joya. Y tuve la fortuna de que allí estuviese uno de mis compañeros que, al ver el libro exclamó: Hombre, Pepe, este fue mi Director de Fiestas cuando estuve de Concejal en el Ayuntamiento. Magnífico, pensé. Ya sólo me quedaba volver a burlar mi frustración y preguntarle si él me ayudaría a contactar con José Alcedo para pedirle que nos dedicara y firmara el libro. Mi colega me animó a hacerlo ya que afirmaba que Pepe era un tipo fenomenal y que lo haría encantado, así que me facilitó el número de su móvil una vez que se puso en contacto con él y le introdujo en la iniciativa antes de que recibiera mi llamada. Ya todo debía ser rápido, ya había enviado el correo a toda la plantilla anunciando el evento y colgado los carteles en los vestuarios de operarios, así que hablé con José, le di los detalles que pude sobre la actividad y los motivos de su elección como autor y le solicité que tuviese a bien dedicarnos unas palabras en el libro que yo ya había adquirido. Claro, él estaba en el Ayuntamiento y yo en el Dique, así que uno de los dos debía desplazarse por lo que volví a dar un giro a las frustraciones y tomé mi coche, salí rápida pensando "esto es una acción sindical" y me dirigí al Ayuntamiento donde encontré una plaza milagrosa de aparcamiento en la que dejar mi vehículo unos minutos. Subí a la primera planta y allí estaba mi autor. Ah.

El saludo fue cordial, el autor ya estaba al tanto de mi propuesta y encantado se prestó a escribir su dedicatoria sin antes dudar y observar: Bueno, ¿A quién se lo dedico? Si escribo "A los trabajadores" alguien se puede enfadar. A lo que rápidamente objeté:  Bueno, somos las personas que trabajamos en el Astillero de Puerto Real. José Antonio Alcedo sonrió y comenzó a escribir "A las personas...".
Aún quedaba algo más por esquivar a mis frustraciones y me atreví a informarle sobre cuál sería la persona que iniciaría la lectura, aunque realmente el adecuado, el idóneo, era sin lugar a dudas él. Sonrió aún más y me respondió humildemente que para él sería un auténtico placer y un honor porque su padre estuvo trabajando desde los 14 años en ese Astillero, el cual formaba parte de su vida. Yo no me podía creer que algo tan simple de hacer tuviese tanta importancia para él. Viendo que tenía dificultades para desplazarse al día siguiente al Astillero le ofrecí recogerle yo misma con mi coche a eso de las 9:30 am y con dos besos afectuosos dejé en la oficina consistorial a mi escritor preferido. -Hasta mañana- -Hasta mañana-


A las 10 de la mañana del jueves 21 estaban programadas varias actividades en el astillero y de índole muy diversa, una de ellas era la concentración en la puerta de Dirección de los empleados de prevención de la empresa SPRIL que estaba en suspensión de nóminas a sus trabajadores desde hacía meses con la situación tan delicada y urgente de solventar que tenían estas personas. En ese mismo sitio y a esa misma hora, como decía la canción, y por desconocimiento, se había anunciado el inicio de la campaña "Lee, lee, no pares". El margen de maniobra para modificar el sitio y hora no existía ya y los compañeros que me rodeaban eran la mayoría del propio Comité de Empresa y de los distintos sindicatos por lo que pensé que si ellos, que eran veteranos, no advertían nada por hacerlo coexistir con la protesta, no debía yo por qué temer ningún incidente.


Tras una pequeña introducción de la actividad que íbamos a realizar, haciendo alusión a la protesta legítima de los trabajadores que estaban allí y con la intención de continuar la lectura dentro del edificio una vez que el autor la hubiese comenzado en el exterior, di paso a Pepe Alcedo que expresó su agradecimiento y emoción y comenzó a leer "Veracruz". Seguidamente, dio paso a Paco que, asimismo, dio paso a Arturo. Mientras este último estaba leyendo se fueron caldeando los ánimos entre los trabajadores de SPRIL y lo que era un murmullo se convirtió en unos gritos que provocaron que nuestro lector dejase de leer. No te molestes, por favor, le dije y bajé la escalera dirigiéndome al que gritaba Siento que no os parezca bien, pero esta actividad ya estaba anunciada y no tienen por qué dejar de convivir las dos situaciones, vuestra protesta y nuestra lectura. Me esforcé por ser lo más asertiva que pude, creo que conseguí que él y el resto entendieran que podíamos solapar actividades y que aquéllo que hacíamos no suponía ninguna falta de respeto hacia ellos, tal y como me reprochaban. No sé si lo hice bien, espero que sí, también era consciente de las consecuencias que podía tener y de las tan diferentes apreciaciones que se hacen de estas situaciones. Lo cierto es que volví sobre mis pasos junto con mis compañeros del Comité de Empresa y a los lectores y, al igual que otros días de protestas de SPRIL, nos quedamos allí apoyando la movilización y con la lectura interrumpida. Tampoco pasaba nada. Terminada la movilización continuamos nuestras lecturas ya dentro del edificio y con un sistema de relevo magnífico por parte de todo aquél que quiso participar.


A cada lector, una vez terminaba su participación, le pedíamos que firmase en el margen de los párrafos u hojas que había leído, cosa que hacían con ilusión al tiempo que les recordábamos que sólo ese día estaba permitido escribir en los libros.





“El recuerdo que deja un libro, a veces,   es más importante que el libro en sí.”

-Adolfo Bioy Casares-

Uno tras otro se fueron sucediendo personas que en voz alta leían delante de otros compañeros que atentamente esperaban su turno de participación. De esa forma pasaban a nuestro alrededor otros que observaban y se excusaban por no poder participar por diversos motivos y de esa manera también, cada cual fue disfrutando de algo distinto en esta Factoría, algo humano, algo sencillo, algo que comunica, algo que compartir y algo que recordar.



Las palabras no le pertenecen a nadie, las palabras son lo único que tenemos si no queremos que se las lleve el viento.

Marga. (Esta vez burlé a la frustración.)

Lo mejor de todo fue cuando alguien, a quien cada día admiro más cuanto más conozco, me dijo: Marga, ¿cómo he leído? No lo he hecho mal, ¿verdad? Hay que enfatizar las comas, los puntos, hay que hacerlo detalladamente y así he intentado hacerlo. Ah, y me he dado cuenta de lo mal que lee mucha gente, yo pensaba que lo hacía mal, pero he visto que hay algunos empleados que no lo hacen del todo bien.

viernes, 22 de abril de 2016

MELOCUENTE

Resulta que ayer en la clase que doy como voluntario en Norte Joven salió la palabra "elocuente" ; traduciendo del inglés apareció la expresión "elocuent speech". Desde luego yo no esperaba que mis alumnos conociesen el término speech, pero mi sorpresa fue que la palabra elocuente no les decía absolutamente nada: caras largas, expresiones de asombro. Hasta que un chico de Santo Domingo me dice: ¡ profesol, será me-lo-cuente !

Esto lo digo porque, espoleado por la interesante historia del Zaguán que ya se empieza a conocer como El Duelo del Zaguán, me he decidido a contribuir con una palabrita o dos. Naturalmente la palabra no es "melocuente" sino otra que me llega en los años 60 cuando Joan Baez nos decía, al cantar El preso número 9:

El preso número nueve era un hombre muy cabal
iba la noche del duelo muy contento en su jacal

A mí nunca me pareció muy cabal llamar jacal a una jaca, pero todo el viento que venía de determinada dirección era bueno y Joan Baez no podía equivocarse.

Recientemente releyendo las Sonatas de Valle Inclán ( verano), me encuentro con que "... llegamos al jacal de un negro que era liberto". Consultado el DRAE encuentro " Hond. y Méx. Especie de choza". Ni que decir tiene que el coronado preso iba a su jacal.

Continuando con la Sonata de Otoño me encuentro con el uso de la palabra "inocente" como sinónimo de retrasado mental, o como quiera que se denomine un amplio conjunto de síndromes, carencias o dolencias que yo pienso que hacen mucho más infelices a los padres y allegados que a los propios afectados. Una niña importuna al Marqués de Bradomín y el padre le dice: "No haga caso señor. ¡ La pobre es inocente!" Este uso está en pleno vigor por lo menos en Asturias e invito a cualquiera a que encuentre un término que sea a la vez más políticamente correcto y más compasivo y cristiano.

Amable lector de este Foro, para no quitarte más tiempo y guiado por mi afán de brevedad  y por una cierta deformación profesional permíteme hacer un resumen de mi contribución:

a) Para la sección "Palabras" dos humildes entradas
b) Para la sección "Violencia Machista" o denuncias un ejemplar crudo y brutal de cultura machista: "El preso número 9"
c) Para la sección libros Las memorias del Marqués de Bradomín. Si alguien no los ha leido y quiere empezar le recomiendo que empiece por la Sonata de Otoño aunque recomendar estos 4 libros es, como dicen los italianos "la scoperta dell'aqcua calda".

jueves, 21 de abril de 2016

El zaguán

Según el diccionario de la RAE, zaguán, procedente de la palabra árabe ustuwán, es un “Espacio cubierto situado dentro de una casa, que sirve de entrada a ella y está inmediato a la puerta de la calle.”.

Pero desde esta mañana, para mí zaguán es un regalo. Puedo decir, con toda propiedad, que hoy me han regalado una palabra, suponiendo que las palabras se puedan regalar.

Todo empezó ayer, cuando me llegó un comunicado del Comité de Empresa de Navantia Puerto Real, convocando una campaña insólita inspirada por nuestra compañera y administradora Marga: “Lee, lee, no pares”. Para celebrar el día internacional del libro, a lo largo de seis horas repartidas en dos días se desarrollaría una lectura ininterrumpida de la obra “Veracruz” del autor puertorrealeño José Antonio Alcedo Rubio.

Ante este llamamiento, y sintiéndome aludido por que se anunciaba que las páginas iniciales correrían a cargo de “la persona más antigua, la más mayor y la que antes se jubilará”, a las 10 en punto de esta mañana me presenté en la escalera del edificio de Dirección, donde a la vez se estaba celebrando una concentración de los trabajadores de SIPRI, cuyo puestos de trabajo están en serio riesgo ante la liquidación de su empresa, que en este astillero presta servicios de prevención de riesgos laborales (enfermería, lucha contra incendios…).

En ese ambiente un tanto caldeado, y tras una presentación a cargo de Marga, fue el propio autor del libro, José María Alcedo el que dio comienzo a la lectura de “Veracruz”, no sin antes recordar que su padre había entrado a trabajar en el astillero con 14 años, y que tuvo que irse con 56, en una de las muchas reconversiones que ha sufrido la construcción naval española.

A José María Alcedo le relevó el más antiguo de los presentes, que lleva en el astillero la friolera de 49 años, y luego me tocó a mí, ya que resulté ser el más viejo de los que allí estábamos reunidos.
Cuando llevaba leída más o menos media página, me interrumpió uno de los trabajadores de SIPRI, muy enfadado porque, según él, se estaba mezclando una importante lucha sindical con una actividad cultural que creo que consideraba poco seria.

Resuelto el incidente, pude reanudar la lectura hasta completar las dos páginas acordadas. Y al terminar, el regalo. Después de firmar al margen de las páginas leídas, con mi mano más o menos inocente extraje una palabra de una bolsa: Me tocó la que sirve de título a este texto: “zaguán”. Ese era el regalo que me hacía el Comité de Empresa por mi colaboración.

Esta tarde me he puesto, lógicamente, a intentar conocer algo de mi nueva amiga. Lo primero fue buscar su significado en el diccionario de la Real Academia, fuente para mí más fiable que Wikipedia y otras páginas web, por muy bien diseñadas que estén.

Mi primera sorpresa fue que era de origen árabe. O sea que mi nueva amiga era una inmigrante, evidentemente sin papeles, que había conseguido llegar a España de la mano del islam, en un largo recorrido desde la península arábiga, atravesando todo el norte de África hasta cruzar el estrecho de Gibraltar en algún jabeque, las pateras de aquella época.

Como varios miles de sus compañeras, con el tiempo consiguió la nacionalidad española, sin duda por arraigo, aunque en el proceso no le quedó más remedio que españolizarse y pasar de ustuwán a istawán, y luego a zaguán con muchas etapas intermedias (ischaguán – achaguán - azaguán). Y tanto se afianzaron estas palabras en nuestra lengua que los Reyes Católicos les permitieron emigrar a América ya desde la expediciones de Colón, pese a no ser cristianas viejas ni poder demostrar su pureza de sangre.

Muy adaptable y acostumbrada a viajar, en América arraigó tan bien que hoy en día goza allí de mejor salud que en España. Mientras que nuestros hermanos trasatlánticos la siguen usando con naturalidad, aquí ha pasado a ser una palabra culta, que viene a ser un eufemismo de moribunda. Ya no recibimos a las visitas ni al repartidor de telepizzas en el zaguán, sino en el británico hall, en la humilde entradita, en el rústico porche o en el también enfermo recibidor. Como honrosa excepción tenemos su primera tierra de acogida, Andalucía, donde todavía se usa con bastante frecuencia, aunque se pronuncie saguán. Eso sí, en Cádiz, la ciudad más cosmopolita de Andalucía, preferimos casapuerta, otro precioso vocablo cuya etimología desconozco.

Dando rienda suelta a la imaginación, me dio por pensar que los árabes, en los siglos VII y VIII, eran nómadas, por lo que ese espacio cubierto a la entrada de la casa en realidad podría hacer referencia al toldo situado a la entrada de la tienda de campaña, lo que ahora llamamos avance, que daba sombra y protegía al visitante aún antes de que entrara en la propia vivienda.

Tengo que reconocer que, después de tan bonito como imaginario origen, mi amiga adquirió un tufillo aristocrático, clasista, que no va nada con mis gustos, pero a los amigos se les perdona casi todo. Si comenzó siendo un elemento barato, probablemente presente en cualquier jaima, me temo que cuando aquellos nómadas se asentaron, la cosa cambió. Los palacios de la nobleza y las casas de los burgueses mantuvieron un espacio de interfase, donde el visitante podía protegerse de las inclemencias del timepo sin penetrar en la zona íntima, familiar, prohibida, haram. Mientras tanto las chozas, cabañas o chabolas de los trabajadores, que no se podían permitir ningún lujo, tenían unas simples aperturas que daban paso directamente al único espacio de la casa, ese salón-cocina-comedor-dormitorio (y a veces establo) al que se reducía la zona habitable.

Pero pese a eso, la perdono, la quiero y procuraré conservar el resto de mi vida esta amistad con el zaguán. Aunque para ello tenga que traicionar a la casapuerta.

miércoles, 20 de abril de 2016

Ozu redivivo y Zen: "Nuestra hermana pequeña" (“Umimachi diary” 2015) de Hirokazu Kore-Eda



Queridos Cinéfilos:

En el pasado diciembre vi, por primera vez y en DVD, dos películas japonesas catalogadas como magistrales en la Historia del Cine, pero joyas casi desconocidas para las actuales jóvenes generaciones: “Vivir” (“Ikiru” 1952, nota media 8,3 en Filmaffinity) de Akira Kurosawa y “Cuentos de Tokio” (“Tokyo monogatari” 1953, nota 8,2) de Yasujiro Ozu.

Incluyo este antecedente porque cuando he visto y “saboreado” la última película de Hirokazu Kore-eda, "Nuestra hermana pequeña" (“Umimachi diary” 2015), se ha reforzado mi opinión de que el Cine japonés es el que mejor refleja el fluir de la vida, sin grandes alharacas o tragedias. Por dar un símil inmediato que se me ha ocurrido como cuando algunas veces, desgraciadamente muy escasas en Occidente, apreciamos detalladamente la inadvertida belleza de un jazmín natural, por ejemplo, acto cada vez más inimaginable en la moderna “civilización” de los “smartphones”.


Las cuatro hermanas en el porche de su casa
Yo no sé si esta comparación, que se me ha ocurrido a la primera, está inspirada por el espíritu Zen (sobre el que no he leído ni estudiado absolutamente nada) o no, pero lo cuento como lo siento: la visión de este tipo de películas me produce una sanadora tranquilidad de espíritu y empatía con el resto de los humanos, habiendo sido muy notable este efecto en "Nuestra hermana pequeña", como lo fue especialmente con “Cuentos de Tokio”, llegando a la conclusión, que no es mía, sino de varios críticos, de que Kore-eda es el sucesor más fiel de Ozu, cosa que ya se veía venir en las dos otras películas suyas que os comenté, “Still walking” (“Caminando”) y “Kiseki” (“Milagro”). En mi lista de “películas que hay ver” tengo destacadamente apuntada su “Nadie sabe”. Esperemos que de una vez La 2 se olvida de reponernos la totalidad de la producción española (que incluye muchas cintas malas o absolutamente prescindibles) y se anima de nuevo a activar el extinto programa de los lunes a las 22:00 “Cinefilia”, que estaba dedicado a buenas películas extranjeras.

Centrándonos en "Nuestra hermana pequeña", así como en “Mustang” se nos contaba la historia de cinco hermanas turcas sometidas a unas reglas de educación estrictamente machistas, aquí se trata de tres hermanas (desde los veinte a los veintimuchos años), que viven juntas y emancipadas en la casa de la abuela que las crió tras ser abandonadas por su madre, y una hermanastra pequeña (de unos doce) fruto de la unión del padre común con una segunda pareja tras abandonar a su primera esposa, cuya existencia aquéllas descubren en el funeral del padre, primera reunión familiar en muchos años. Naturalmente todo ello sin gritos, reproches, ni siquiera malos gestos, sino de nueva acomodación de las piezas del puzle a la nueva realidad, cuatro piezas muy distintas entre sí, cada una con sus aristas y encajes, operación en la que japonesamente se aplica mucho más la lima que el afilador.

Transcribo un comentario (tomado “de oído” en “Días de Cine”, espero que exactamente) de Kore-Eda que me parece esclarecedor:

“En ninguna de mis películas he tenido la intención de juzgar a mis personajes con mano de hierro. No es una batalla entre el bien y el mal. Todos tienen sus sombras, pero todos son pasajeros del mismo barco. No hay malos ni buenos”


En una celebración tradicional
No sé, lo reitero, si acierto con el uso del calificativo: puro Zen, puro fluir de la vida hasta desembocar en el mar, físicamente presente a lo largo de la historia (se desarrolla en Kumakura, pequeña ciudad costera en las cercanías de Tokio) y simbólicamente en la última escena, como metaforaría Jorge Manrique.

Y una aclaración: esta película no es, en absoluto, ñoña ni edulcorada, como, haciendo honor a su nombre, me resultó un poco la también japonesa “Una pastelería en Tokio”, que no es que fuera mala y sí tenía buenas cosas, y reflejaba un muy parecido espíritu japonés de fondo, también con la inevitable presencia de la muerte en nuestra vidas, pero era bastante inferior a la presente, desde mi punto de vista, y por ello ni la comenté ni os la aconsejé cuando la vi hace seis meses.

Yo dudo en calificarla a "Nuestra hermana pequeña" entre un 8 y un 9: por ser prudente me quedaría en el 8, pensando que quizás se le podría haber podado algunas escenas no imprescindibles, rebajando su duración de los actuales 128 minutos. Claro que… a lo peor es que tengo inoculado el vicio occidental de la inmediatez y no ser capaz de apreciar el tempo Zen. Casi seguro que sí.

No debo añadir más (técnicamente es muy buena y las interpretaciones son excelentes) que aconsejaros ir a verla (seguirá un tiempo en los circuitos cinéfilos, como los Cines Golem de Madrid), reiterando el consejo de hacerlo en VO ya que la entonación japonesa es, desde mi punto de vista, esencial para captar la intencionalidad en los diálogos.

Para que podáis contrastar mi opinión con las más válidas de los críticos profesionales, incluyo los siguientes enlaces:

Interesante presentación de la película en el programa semanal “Días de Cine” en La 2 de TVE (6 min) incluyendo el tráiler de fondo:

Crítica de Oti R. Marchante en ABC “Aroma de Ozu”:

“Salvo alguna excepción, el japonés Kore-eda solo hace dos tipos de películas, o buenas o buenísimas, y ésta prodigiosa miniatura de sentimientos personales y familiares es claramente de las segundas. Con algo más de espacio y, sobre todo, de talento, podría indagar en todo el caudal poético y humano que funde a Kore-eda con Ozu, tanto en el cuerpo como en el alma de su cine, y en esta historia de paseos, de vías de tren, de tarde soleada, de cámara sentada, de interior confortable, de espacios de hogar, de tradición, respeto, sentimiento, de amores suaves sin tacto, ni contacto, ni beso que no sea con la mirada?, es cine que saca la emoción de la talla de la imagen, como lo saca el escultor de la talla de la piedra.
 …"

Opinión de Jordi Costa en El País “Aprendiendo a (sobre)vivir”:

"… 
En “Nuestra hermana pequeña”, Sachi, Yoshino y Chika Kouda, tras asistir al funeral de su padre, deciden acoger en su hogar compartido en la ciudad costera de Kamakura a la hija que el difunto tuvo con otra relación. El hogar familiar es un espacio de supervivencia libre de resentimientos, que fue sucesivamente abandonado por un padre adúltero y una madre que se vio incapaz de tomar las riendas del orden doméstico. Kore-eda propone, en consonancia con el manga original, un relato fragmentario, sin un conflicto dramático central, cuyos grandes temas van afirmándose por sedimentación, con extrema elegancia, sin florituras de estilo, pero con exquisitas composiciones de plano liberadas de toda tentación exhibicionista. Película sobre los retos, pero también los placeres de aprender a vivir, “Nuestra hermana pequeña” apuesta por la redención de los pecados de los padres a través de la limpieza de mirada, la capacidad de perdón y la aceptación de los obstáculos vitales de una descendencia desbordantemente vital. Dominada por la serenidad de tono y el asombro ante el detalle cotidiano, “Nuestra hermana pequeña” no es cursi: es sabia."

Comentario de Quim Casas en El Periódico “Delicadeza y precisión”:

"...
El estilo del filme es elogiosamente transparente: tres hermanas, la hermanastra pequeña que descubren que tienen durante el funeral del padre que las abandonó hace años, la casa que comparten con la abuela, los rechazos y los afectos, la convivencia, la pequeña ciudad y el mar. Pocos pero más que suficientes elementos para relatar una historia en la que la delicadeza en el detalle gana siempre a la tensión, aunque la relación entre las protagonistas sea considerablemente compleja."

Muy buen Cine, Amigos.

Manrique

domingo, 17 de abril de 2016

La guerra no tiene rostro de mujer – Svetlana Alexiévich

Hace ya un mes que terminé este libro, y así como lo leí de un tirón, me ha costado la misma vida ponerme a comentarlo. Sobre todo porque, una vez leído, sobran todos los comentarios. De hecho, hasta casi sobran los escasos comentarios que la autora hace en el propio libro.

Para entender lo que digo, creo que basta lo escrito en la contraportada:

“Casi un millón de mujeres combatió en las filas del Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial, pero su historia nunca ha sido contada. Este libro reúne los recuerdos de cientos de ellas, mujeres que fueron francotiradoras, condujeron tanques o trabajaron en hospitales de campaña. Su historia no es un relato de la guerra ni de los combates, es la historia de hombres y mujeres en guerra. ¿Qué les ocurrió? ¿Cómo las transformó? ¿De qué tenían miedo? ¿Cómo era aprender a matar? 

Así, el libro está formado digamos en un noventa por ciento por las transcripción de los miles de entrevistas que realizó durante años a las combatientes que pudo localizar. El otro diez por ciento son comentarios de la autora, que en realidad no sobran sino que ayudan a poner en contexto los testimonios y nos cuentan las emociones tanto de la autora como de las entrevistadas.

Lo que más llama la atención es que el recuerdo de la guerra que tienen las mujeres que combatieron no tiene nada que ver con el de los hombres. Ellos recuerdan fechas, lugares, nombres de los mandos, número del regimiento, marca de las armas… Ellas recuerdan el miedo, la mugre, la muerte de los compañeros, los sentimientos. Como si hubieran estado en dos guerras diferentes.

El libro destapa también los motivos de la rápida victoria inicial de los ejércitos alemanes, que en pocos meses llegaron hasta las puertas de Moscú. No fue solo el efecto sorpresa, la guerra relámpago y la superioridad técnica del armamento alemán, hubo otro factor del que no se suele hablar pero que varias de las protagonistas recuerdan amargamente: La purga de oficiales realizada por Stalin en 1935, que descabezó a los mandos naturales, a los oficiales más brillantes y experimentados; a todos, en fin, los que Stalin consideró que en algún momento podrían rebelarse contra él. Y fiel a su paranoia, se ocupó de que las unidades militares no dispusieran de munición abundante.

Así, cuando el 22 de junio de 1941 cuatro millones de soldados alemanes lanzaron un ataque sobre la frontera rusa, desde el Báltico hasta el Mar Negro, no había enfrente un verdadero ejército que se le pudiera oponer. No fue hasta la llegada conjunta de uno de los inviernos más crudos de la historia, y de los refuerzos siberianos, acostumbrados a vivir en condiciones de frío extremo, cuando los alemanes no solo se vieron frenados en su avance sino que empezaron a retroceder.

Pero ya estoy asumiendo el papel masculino en el relato de la guerra: fechas, números, datos. Cedo la palabra a las mujeres, que nos cuenten ellas sus sentimientos: el miedo, la alegría, el asco, el horror:

“No se imagina lo difícil que es matar a un ser vivo […] Es difícil… Matar es más difícil que morir”

“De la guerra no recuerdo gatos ni perros. Solo recuerdo ratas. Ratas grandes… Con unos ojos de color amarillo y azul… Las había a mares.”

“Fuimos a la oficina de reclutamiento, entramos por una puerta y salimos por otra: me había hecho una trenza pero salí de allí sin ella… Sin la trenza… Me cortaron el pelo al estilo militar… También dejé allí mi vestido.”

“Viajábamos, por todas partes yacían los muertos, tenían las cabezas rapadas y verdes como las patatas cuando les da el sol. Estaban esparcidos como patatas… Iban en plena carrera y cayeron allí mismo, sobre el campo labrado… Como unas patatas…”

“Sin embargo, éramos felices. ¡De pronto hice tantas amigas! Eran tiempos difíciles, pero no nos desanimábamos.”

“Yo era una niñita de mamá… Nunca había viajado fuera de mi ciudad, nunca había dormido en casa ajena, y de pronto me había convertido en la medico subalterna de una batería de morteros. ¡Lo mal que lo pasaba!”

“Al final de la jornada, por la noche, teníamos sangre en el pelo, traspasaba las batas y llegaba al cuerpo, empapaba los gorros y las mascarillas.”

“Ardían los bosques y los campos… Humeaban los prados. Vi perros y vacas quemados… Un olor insólito. Desconocido. Vi… los barriles con los tomates y las coles quemados. Ardían los pájaros. Los caballos… Todo… Había que acostumbrarse a ese olor…”

“¡Por fin estábamos en su tierra… Lo primero que nos sorprendió fue la calidad de sus carreteras. Unas casas de campesinos enormes… Macetas, cortinas bonitas incluso en los cobertizos. En las casas había manteles blancos. Una vajilla de calidad. Porcelana. Allí fue la primera vez que vi una lavadora… No lográbamos entenderlo: ¿si allí vivían tan bien, para qué hacer una guerra?”

“Usted es escritora. Invéntese algo. Algo bonito. Sin parásitos ni suciedad, sin vómitos… Sin olor a vodka y a sangre… Algo no tan terrible como la vida.”

Podría seguir copiando frases durante horas, pero prefiero que leáis el libro y saquéis vuestras propias conclusiones. Si queréis saber algo más, ahí van algunos enlaces:

http://www.elcultural.com/revista/letras/La-guerra-no-tiene-rostro-de-mujer/37260

http://cultura.elpais.com/cultura/2015/10/08/actualidad/1444317537_050436.html

https://lajungladelasletras.com/2016/01/22/la-guerra-no-tiene-rostro-de-mujer/

viernes, 1 de abril de 2016

Emma Bovary se reencarna ante un Space Cowboy francés: "Primavera en Normandía" (“Gemma Bovery” 2014) de Anne Fontaine


Queridos Cinéfilos:


Creo que a Woody Allen le hubiera gustado hacer esta película porque:
  • La idea raíz de su guión se basa en un substrato literario, cosa que él siempre ha adorado, y además lo es de una novela mítica de Flaubert, “Madame Bovary”, el no va más de la seducción para un intelectual neoyorquino, como Allen (o, incluso americano, en general, como Vargas Llosa, que le dedicó su famosísimo ensayo “La orgía perpetua” a la infiel Emma Bovary).
  • El protagonista es un antiguo editor literario, reconvertido desde hace pocos años en panadero “artesano y perfeccionista” tras retornar a su pueblo en Normandía, que ya no cumple los ¿65? y se considera avejentado para cualquier “tentación carnal”, pero que pierde toda su “calma” cuando aparece una atractiva nueva vecina … que se llama Gemma Bovery. ¿No le “pega” a Woody esta trama?.
  • La poderosísima atracción que una joven mujer ejerce sobre el maduro panadero, ¿no es un remedo de las tramas de tantas películas de Allen, empezando por “Manhattan”?.
  • ¡¡Las escenas con reuniones de las parejas alrededor una buena mesa en esta película!!, con buen vino francés, claro. ¿Algo mejor para un cosmopolita americano como él?. Desde luego las ha prodigado en muchas de sus películas.
  • En "Primavera en Normandía" se habla mucho. A lo mejor es porque Anne Fontaine lo ha heredado directamente de Eric Rohmer, pero no cabe duda de que Woody también es de esa Escuela.
  • Y para acabar, el desenlace: Puro match point, con la pelota no superando la red. ¿O deberíamos decir que un demasiado mal trago para la deliciosamente adúltera Gemma?. Puro Allen.

Nuevos vecinos llegan al pueblo
Y al final, el panadero retorna a su decrepitud… ¿a la espera de otra Anna Karenina?.

A mí, que soy un Space Cowboy, también me gustaría haber protagonizado esta película, haber convivido con Bovary-Arterton y haber soñado esos meses de vida en Normandía.

Estoy casi seguro que si no es por el boca a boca entre Cinéfilos, casi nadie la vería ya que es europea y no una gran producción americana, siendo su promoción comercial prácticamente nula (diez días tras su estreno la vimos 17 personas, el miércoles por la tarde, día del espectador).

Buen Cine, Amigos.

Manrique

PD: Tras tan personal “confesión”, que no evita que, pasado el efecto del “coup de foudre” (quien no sepa francés, no sabe lo que se pierde), mi calificación global se deba quedar en 7, por más que haya disfrutado al verla (como espero que os pasaría a la gran mayoría de vosotros, muy especialmente a los de la quinta de los Space Cowboys), como es habitual incluyo los enlaces para que tengáis acceso a otras opiniones, mucho más profesionales, entre las que no existe unanimidad respecto a la “atracción” que Gemma Arterton insufla a su personaje de Gemma Bovery, que no Emma Bovary (esto no esa errata ni un trabalenguas, es… la película); ni que decir tiene que yo me alineo con los dos primeros críticos en esta ocasión:

Tráiler en castellano (1:21 min):

Presentación de la película en el programa semanal “Días de Cine” en La 2 de TVE (5 min) incluyendo el tráiler de fondo:

Gemma en su clase práctica de amasar pan
Crítica de Oti R. Marchante en ABC “El pastelero de Madame Bovary”:

“Sin Gustave Flaubert y sin Fabrice Luchini esta película dirigida por Anne Fontaine no tendría tanta gracia, y sin la presencia de la actriz Gemma Arterton, no sería tan sensual. ... 
La cámara es precisa y sugerente; la actriz es un portento de física y química; la descripción trivial, irónica y sentimental tanto de los personajes como de los ambientes rurales, primaverales y normandos es muy jugosa, y es imprescindible no perderse el magnífico guiño final de amasijo entre realidad, cine y literatura”.

Comentario de Alberto Bermejo en El Mundo “Fijaciones literarias”:

“Bienvenidas sean las revisiones originales de los clásicos. Por ello, esta pintoresca aproximación al mundo de Flaubert y su Madame Bovary desde una óptica contemporánea no puede sino despertar simpatía. Anne Fontaine se inspira en una novela gráfica para contar en tono de comedia amable la fascinación obsesiva de un panadero normando, en realidad profesor de Literatura y editor frustrado, por una bella mujer en la que cree reconocer el destino melancólico de la heroína de Flaubert… 
Lo mejor: La sensualidad de Gemma Arterton bajo la mirada obsesiva, casi psicótica, de Fabrice Luchini”.


Jordi Costa en El País “Espiando a Madame Bovary”:

“… El personaje le sienta como una segunda piel a Fabrice Luchini, que aporta un sustrato de claro patetismo a su ensoñación romántica de mediana edad. El problema está en la carnalidad de Arterton, que no ofrece la más adecuada encarnación de esa Gemma que, en las páginas de Simmonds, pasa de mujer con sobrepeso a cisne infiel y atormentado. Con todo, Fontaine no estaba tan fina desde su ya lejana Limpieza en seco”

domingo, 20 de marzo de 2016

Chicas bajo el yugo: "Mustang" (2015) de Deniz Gamze Ergüven


Queridos Cinéfilos:

Creo que hace una semana yo no tenía el menor conocimiento de que existiera la película que hoy os recomiendo, “Mustang”, de la joven y novel directora turca, asentada en Francia, Deniz Gamze Ergüven, coproducción franco, alemana, turca y hasta catarí, pero rodada íntegramente en Turquía. Ahora sé que este año ha sido una de las cinco finalistas para el Óscar de la Mejor Película de Habla no Inglesa, que no ha ganado, pero sí una docena de otros galardones menos conocidos: Premio LUX de Cine concedido por la Eurocámara de la Unión Europea, Premio Discovery del Cine Europeo a la Mejor Ópera Prima,  cuatro premios César (a Mejor Ópera Prima, Guión, Montaje y BSO), Goya a la Mejor película Extranjera, Espiga de Plata en la Seminci de Valladolid … y no sigo.

He ido a verla y, sin poder afirmar que sea técnicamente perfecta, me ha gustado mucho porque:
  • Es una película fresca y vital, con estructura lineal sin el mínimo artificio pero que enseguida te atrapa tras un inicio muy significativo que nos sitúa en el entorno social y familiar de las cinco hermanas huérfanas (de edades entre 11 y 17 años) que son los personajes centrales, junto a su abuela y tío, que gobiernan la casa familiar, relativamente acomodada y básicamente occidentalizada, pero situada en una desarrollada pequeña población a 1000 kms de Estambul, donde cualquier “salida de las normas tradicionales” es rápidamente conocida y criticada por los vecinos.
  • Las intérpretes de las cinco hermanas (cuatro de ellas debutantes absolutas) son muy buenas, siendo excepcional la casi todavía niña Günes Sensoy, que hace de Lale, la hermana menor. También muy acertada la de la abuela, personaje atrapado entre su amor a las nietas y su sensación de que es incapaz de educarlas adecuadamente, todo ello visto desde un espíritu atávicamente educado en la moral tradicional junto con una importante herencia islámica, por más que Ataturk impusiera, manu militari, eso sí, una occidentalización profunda en Turquía tras la Primera Guerra Mundial, modernización que sólo parece haberse detenido o incluso ligeramente invertido tras el acceso al poder del partido islamista moderado del actual presidente Erdogán hace más de una década.
  • El punto fuerte de la película es, al menos para mí, que sólo tengo hijas y nietas, la denuncia de la educación coercitiva a la que se ven sometidas las jóvenes, lo que sorprende más tras la primera secuencia donde abandonan el colegio en el último día del curso, uniformadas como cualquier chica de Europa Occidental, y cometen el desliz de bañarse en la playa (vestidas) junto con unos presuntos alumnos del mismo colegio (supongo que de clases segregadas por sexos), falta a la moral tradicional por la que son severamente castigadas. Y a partir de ese instante seguimos a las cinco hermanas en sus aburridas vacaciones, educación en actividades propias de “ama de casa”, bodas tradicionales para tres de ellas y la consecuente rebelión propia de los caballos salvajes (mustangs). Pero todo ello se hace con una combinación de momentos duros con otros sutilmente entrañables, hasta alguno risueño, aumentando exponencialmente nuestra empatía por las jóvenes hermanas.
  • Pero la película también tiene “peros” como consecuencia de su depurado mensaje, como, por ejemplo destacado, la falta de matizaciones en el comportamiento del “tío”, que aquí es el “padre” de la familia. También, para mi gusto, se debería haber definido más el personaje de la abuela o la evolución en el comportamiento de las hermanas segunda y tercera. Algunos de estos defectos son señalados por el crítico de El País en el enlace que incluyo al final o, más explícitamente, por Luis Martínez de El Mundo cuando señala como lo peor de la película que ”Sobra el empeño de subrayar cada gesto hasta reducir el argumento a denuncia demasiado evidente”.
  • Una última apreciación: Respecto al presunto paralelismo entre las circunstancias de las chicas de “Las vírgenes suicidas” de Sofia Coppola con las hermanas de “Mustang”, me alineo con Oti R. Marchante de ABC y Beatriz Martínez de Fotogramas cuando opinan que las correspondientes problemáticas no son comparables.
Las cinco hermanas en el todoterreno del tío

Después de todo lo anterior concluyo aconsejando que la veáis porque, a pesar de los presuntos defectos que señalo, creo que su calificación global debería estar entre el 7 y el 8, y si primamos su “denuncia educativa” mejor le corresponde la nota más alta de las dos.

Como es habitual, incluyo los siguientes enlaces para que tengáis acceso a distintas opiniones:

Absolutamente acertada presentación de la película en el programa semanal “Días de Cine” en La 2 de TVE (5 min, incluyendo el tráiler de fondo). Si llegáis a verla, no podréis resistiros a hacer lo mismo con la película, en mi opinión:
http://www.rtve.es/alacarta/videos/dias-de-cine/mustang/3518961/

Crítica de Oti R. Marchante en ABC “Salirse del burka”:
“No es raro ver aquí un lejano eco de «Las vírgenes suicidas» de Sofía Coppola, pero estas «Mustang», o caballos sin dueño, hablan más de sobrevivir que de morir, y no es una película que trate un problema generacional sino cultural o, más precisamente, de falta de ella.”

Comentario de Luis Martínez en El Mundo “Femineidad, deseo y muerte”
“La película se maneja con pulso irregular entre las notas tristes de una poesía sucia, que remite quizá de forma demasiado evidente a la novela de Jeffrey Eugenides que adaptó Sofia Coppola, y la voluntad de denuncia tal vez demasiado ingenua. Pero, sea como sea, queda, aunque sólo sea en instantes iluminados, la voluntad, transparente y dolorosa, de explorar esos largos silencios en los que el tiempo sin consciencia de la infancia, de la adolescencia o del propio cuerpo se parte por dentro. Queda un ruido de cristales rotos.”

Negativo comentario de Jordi Costa en El País “Maniqueísmo acorazado”:
“La ópera prima de la actriz devenida directora Deniz Gamze Ergüven es un caso de libro de película acorazada por su mensaje y sus buenas intenciones”

Entusiasta comentario (*****) de Beatriz Martínez en Fotogramas “Para rastreadores de experiencias únicas”:
“A través de los ojos de la pequeña Lale y su perpetuo gesto de rebeldía, nos sumergimos en una atmósfera luminosa, tan voluptuosa y carnal como asfixiante y viciada por la intolerancia y la demonización sexual. La cámara se mueve orgánicamente alrededor de las niñas, las envuelve a ellas materializando sus frustraciones y a nosotros a través de un hipnotismo que invita al trance sensorial, revelando una obra de aliento trágico de exuberante belleza”

Buen Cine, Amigos.

Manrique

miércoles, 9 de marzo de 2016

Armenia

Si quieres leer el primer relato de esta serie sobre la Ruta de la Seda, pincha aquí.

Salimos de Tabriz en autobús y en menos de tres horas nos plantamos en Norduz, en la frontera con Irán. Una breve parada en un cambista para cambiar a dram armenios los pocos riales que nos quedaban, y llegamos a la frontera iraní, donde con unos mínimos trámites y sin someternos a ningún registro nos dejaron seguir hacia Armenia. Como el autobús no podía pasar,  tuvimos que hacer andando el kilómetro que nos separaba de la aduana armenia; el problema eran los equipajes, y en mi caso las dos alfombras y el enorme kilim que me había comprado. Conseguí embutirlos en la bolsa con ruedas que me habían regalado con la última compra, y tuve que arrastrarla bajo el sol de mediodía, a la vez que cargaba en la espalda la mochila con el equipaje normal; el que algo quiere algo le cuesta.

Al cruzar el puente internacional sobre el río Araz, que separa los dos países, todas mis compañeras se quitaron sus hijab, y más de una lo dejó amarrado a la barandilla del puente. Las comprendí perfectamente, a la vez que recordaba que las iraníes –igual que millones de mujeres en muchos países- se ven obligadas a llevarlos hasta la muerte. Y todavía peor las que tienen que usar chador o burka.

Todavía seguimos andando un rato hasta que llegamos al edificio de la aduana armenia, en el que el control de pasaportes lo ejercían soldados rusos, en virtud de un acuerdo entre ambos países, consecuencia del apoyo ruso en los conflictos con Azerbaiyán y Turquía, de los que hablaré más adelante. Los impresos de entrada eran todavía más difíciles de rellenar que los iraníes, ya que estaban escritos en el alfabeto armenio, que no se usa en ningún otro país y no se parece a ninguno que yo conozca. Por suerte, estaban subtitulados en ruso con caracteres cirílicos, y nuestro guía Marc, con su perfecto dominio de este idioma, nos indicó lo que debíamos escribir en cada apartado.

Al otro lado de la aduana nos esperaba un nuevo autobús con nuestro guía armenio, cuyo nombre he olvidado. Pensábamos seguir hasta Sisian, a doscientos kilómetros, con paradas en Tatev para visitar su monasterio y Goris, por su ciudad rupestre, pero los planes se torcieron.

Paramos en el primer pueblo, Agarak, al ver que la carretera estaba bordeada por tiendas de venta de cerveza, vino y licores. Después de diez días de templanza no pudimos resistirnos, y en la misma acera nos bebimos las primeras cervezas, unas Kotayk que nos supieron a gloria. Sin comer para no perder tiempo nos volvimos a subir al autobús y nos adentramos en un estrecho valle que se dirigía hacia el norte. La zona había sido recientemente escenario de combates, ya que estaba encastrada entre Azerbaiyán y el enclave de Najichevan, una zona que históricamente había estado poblada tanto por armenios como por turcos, pero que tras el famoso genocidio de 1915 quedó ocupada mayoritariamente por turcos azeríes. Fuente de continuos conflictos entre Armenia y Azerbaiyán, en 1921 Lenin entregó este territorio a Azerbaiyán, junto con Nagorno Karabaj. Con esto terminó la guerra abierta, pero los pogromos contra la población de origen armenio se mantuvieron hasta una fecha tan cercana como 1988.

Por el fondo del valle, muy estrecho y rodeado de montañas, corría una carretera que en España habría sido comarcal, pero que constituía la única comunicación entre Armenia e Irán. En aquellos momentos registraba un tráfico muy intenso, como consecuencia de la guerra que se acababa de declarar entre Georgia y Rusia por el control de Osetia del Sur y Abjasia (podéis leer algo más sobre este conflicto en mi relato “La chatarra del imperio”), y los disturbios de Adjaria, que unidos a las malas relaciones de Georgia y Armenia con Azerbaiyán dejaban a ambos países sin otra salida terrestre que precisamente esta carreterita.

Me enteré entonces de que la Ruta de la Seda no ha pasado siempre por los mismos sitios, sino que ha ido cambiando su itinerario en función sobre todo de las condiciones de seguridad, pero también del estado de los caminos, la disponibilidad de agua, comida y pienso, los impuestos o peajes, y muchos otros factores. Por ejemplo, durante los siglos X a XIII pasaba precisamente por el valle que estábamos recorriendo en su camino hacia el Mar Negro, que alcanzaba en el puerto de Batumi, el mismo que describo en “La costa del betún”.

En esas andábamos cuando en pleno monte, sin ninguna aldea cerca, el motor del autobús empezó a pegar tirones hasta que se paró por completo. El conductor aparcó en la cuneta como pudo, y nos bajamos mientras intentaba repararlo. Cuando por fin se convenció de que era imposible, Marc y el guía armenio se pusieron a hacer gestiones para conseguir un transporte alternativo, cosa nada sencilla. Los demás pasábamos el rato, cada vez con más apetito, paseando por los campos que rodeaban la carretera o dormitando debajo de los árboles. El hallazgo de unos zarzales repletos de moras nos sirvió para entretenernos y engañar un poco el hambre, hasta que al cabo de un par de horas aparecieron dos furgonetas, lo que en los países exsoviéticos llaman marshrutka, en los que nos acomodamos como pudimos con nuestros equipajes.

Entre el tiempo perdido con la avería y el tráfico tan intenso tuvimos que cambiar de planes e irnos directamente a Sisian, en cuyo hotel Lalaner teníamos previsto hacer noche. Poco vimos del paisaje, que debía ser precioso, porque enseguida empezó a anochecer, pero lo que pudimos ver tenía muy buena pinta: bosques, praderas alpinas, montañas escarpadas, pueblecitos perdidos, rebaños de ovejas… Un paisaje en cierta forma parecido al de Las Encartaciones y completamente diferente a los desiertos iraníes y a la estepa uzbeka.

El hotel Lalaner resultó una delicia, y nos pareció todavía mejor gracias al vino que nos sirvieron con la cena. Según leo ahora en algunos blogs, ha envejecido muy mal en los casi ocho años transcurridos, pero en aquel momento lo clasifiqué como “hotelito con encanto”, ideal para pasar unos días haciendo senderismo por los alrededores. Lo único que fallaba era su pinta exterior: un gran caserón de piedra, con aspecto de haber sido un hospital o un instituto de enseñanza media. De todas maneras, como ya he dicho, llegamos tarde, hambrientos y cansados, y salimos muy temprano al día siguiente, para tratar de recuperar el tiempo perdido, o sea que del hotel solo disfrutamos de la cena, la habitación y el desayuno.

Hablando de la cena, por fin pudimos salirnos de la dieta de cordero con arroz de las últimas tres semanas. Nos pusieron lo que nos pareció un auténtico festín, a base de aperitivos varios (en realidad muy similares, hasta en los nombres, a los mezze turco-libaneses: Humus, tabulé, dolma…), una sopa de albóndigas deliciosa que se llamaba kololik, y un montón de mante, unos hojaldres en forma de barquitos rellenos de carne picada. Tengo que decir que cuando llegué a España tardé más de un año en volver a comer cordero, con lo mucho que me gusta.

Durante la cena acordamos saltarnos Goris, ya que según Marc su principal atracción, la cercana aldea troglodita de Khndzoresk (no me preguntéis cómo se pronuncia) era bastante parecida a Kandovan, con la diferencia de que ya existía en el siglo V antes de nuestra era, cuando pasó por allí Jenofonte durante la Anábasis, la retirada de los diez mil guerreros de Ciro el Joven desde Mesopotamia hasta la costa del mar Negro. En el siglo XIX quedaron abandonadas las cuevas.

Pero lo que no queríamos perdernos era el monasterio de Tatev, aunque significara retroceder cincuenta kilómetros sobre nuestros pasos de la víspera. El autobús nos dejó en las afueras del pueblo, y desde allí seguimos andando un par de kilómetros hasta el monasterio, después de cruzar el Puente del Diablo, una formación rocosa natural que salva el rio Vorotan.

El complejo fortificado se elevaba sobre un espolón rocoso, en lo alto de un meandro del rio, de forma que solo era accesible por uno de sus lados, defendido por murallas. En la Edad Media alcanzó su máximo esplendor, cuando llegó a controlar unas setecientas aldeas de la comarca, que le pagaban diezmos.

La iglesia de Pedro y Pablo, construida en el siglo IX, nos supuso una inmersión directa en una rama del cristianismo para mí desconocida, la Iglesia Apostólica Armenia. Se dice que fue fundada muy pocos años después de la muerte de Jesucristo por los apóstoles Bartolomé y Judas Tadeo, y lo que sí es histórico es que al comienzo del siglo IV Armenia fue el primer país del mundo que adoptó el cristianismo como religión del Estado, antes incluso de la conversión del emperador Constantino. Y hasta ahora ha resistido, pese a estar rodeada por tres lados por países musulmanes, haber sido gobernada por musulmanes durante nueve siglos, y de haber pasado por setenta años de ateísmo oficial durante la época soviética.

He intentado averiguar los motivos por los que la Iglesia Armenia no depende ni de la católica ni de la ortodoxa, y la explicación me parece un poco rocambolesca, pero en materia de religión no siempre impera lo razonable. Parece ser que a mitades del siglo V, cuando se celebró en Calcedonia el cuarto concilio ecuménico, los representantes armenios no pudieron llegar a tiempo debido a una guerra contra los mazdeístas. Copio literalmente de la página Armenia on line:

Cuando se informaron de las decisiones tomadas en este concilio, no las aceptaron. La Iglesia Armenia se mantuvo firme en su adhesión a la cristología de Cirilo de Alejandría que había proclamado una sola naturaleza del verbo encarnado.” O sea que se declararon monofisitas, defensores de que en Jesucristo no había una doble naturaleza humana y divina sin confusión entre ellas, sino que ambas naturalezas están fusionadas. En fin, me imagino que esta discusión bizantina no preocupaba demasiado al pueblo armenio, pero para sus dirigentes religiosos del momento fue motivo suficiente para independizarse de Roma. Creencias similares a los armenios creo que tienen las iglesias copta, siria y etíope, entre otras, pero no me hagáis mucho caso.

Volviendo a la iglesia de Pedro y Pablo, tuvimos la suerte de asistir al final de una liturgia que creo equivalía a una misa católica. El olor del incienso, el humo de las velas, los rayos de sol que se colaban por las ventanas, las voces de las beatas, los ropajes dorados del pope  y el color negro de las piedras cubiertas por el hollín de mil quinientos años creaban un efecto totalmente medieval. Pero lo que más me llamaba la atención era la devoción con que familias enteras seguían la ceremonia, desde niños bien pequeños hasta ancianos que a duras penas se tenían en pie. Allí no se veían esos grupos de hombres que se quedan fuera de la iglesia, tan habituales en España. Se notaba que la religión tenía un papel muy importante en su identidad nacional.


En el patio se elevaba una columna de piedra denominada Gavazan, de varios metros de altura. Construida en el siglo X con una depurada técnica antisísmica, oscila sobre su base con el simple toque de una mano, como pude comprobar.

Con pena nos fuimos de aquel lugar mágico y regresamos andando al pueblo para emprender el camino hacia nuestra siguiente parada, Noravank, a ciento cincuenta kilómetros. Seguíamos por un valle entre montañas, y ahora teníamos que cruzar la parte más estrecha de Armenia, donde el pasillo entre Najichevan y el propio Azerbaiyán no llegaba a los veinte kilómetros de ancho, y justo a la altura del enclave armenio de Nagorno-Karabaj, en donde todavía no se ha firmado la paz después de la guerra de 1994. Creo que este conflicto merece un par de párrafos, aunque solo sea por la cantidad de gente que ha muerto en él.

Armenia, un pequeño país cristiano, nunca se ha llevado bien con Turquía, uno de los estados musulmanes más poderosos de la historia y con el que tiene una larga frontera común; el genocidio armenio de 1915 es solo una muestra. Cinco años después, los armenios declararon la guerra a Turquía, aprovechando la guerra civil que enfrentaba al imperio otomano con los Jóvenes Turcos de Kemal Ataturk. Pero los armenios habían calculado mal las fuerzas de sus enemigos y sufrieron una vergonzosa derrota. El Tratado de Alexandropol, además de prácticamente disolver el ejército armenio, les obligó a ceder a Turquía más de la mitad de su territorio, entre el que se encontraba el Monte Ararat, uno de sus más importantes símbolos nacionales. Es lo que los armenios siguen denominando Armenia Occidental.

Aquel fue el momento que escogió el Ejército Rojo para invadir Armenia, cosa que consiguieron sin demasiados esfuerzos, salvo por el Alto Karabaj, donde los nacionalistas armenios consiguieron resistir durante varios meses contra un ejército invasor infinitamente superior en número y armamento. Como ya he contado antes, Nagorno Karabaj quedó incorporado a la República Socialista Soviética de Azerbaiyán, pero bajo el férreo control ruso no se produjeron enfrentamientos entre sus habitantes mayoritariamente armenios y las autoridades azeríes.


Este falso equilibrio, como tantos otros, saltó en pedazos con el desmoronamiento de la Unión Soviética, aunque los problemas empezaron a agudizarse con la llegada al poder de Gorbachov. En 1988, un pogromo en Bakú provocado por los líderes nacionalistas azeríes, que empezaban a posicionarse de cara a una previsible independencia, marcó el comienzo de las hostilidades. A partir de ese momento se fue produciendo una limpieza étnica en ambos países, en forma de retorno a su lugar de origen de la mayoría de los armenios residentes en Azerbaiyán y de los azeríes que vivían en Armenia. Espero que esto nos sirva de lección, y en caso que el procés siga adelante no vivamos situaciones similares, pero la ceguera (o la falta de escrúpulos) de los líderes nacionalistas de todo tipo no tiene límites.

Los únicos que no emigraron fueron los más de doscientos mil armenios del Alto Karabaj, básicamente porque consideraban que aquel era su país y no tenían otro lugar al que ir, especialmente al tratarse de labradores y ganaderos sin otro medio de vida que sus tierras. Decididos a que el territorio se integrase en Armenia, en 1991 convocaron un referéndum de autodeterminación no reconocido por el gobierno de Bakú ¿a que esta historia os suena de algo?, que en respuesta bombardeó la capital de la región secesionista.

A los pocos meses Armenia declaró la guerra a Azerbaiyán para apoyar a las guerrillas del Alto Karabaj, y pese al apoyo oficial de Turquía y a la llegada al bando azerí de combatientes chechenos y afganos, consiguió liberar las zonas ocupadas y resistir hasta que los rusos impusieron un alto el fuego dos años más tarde. Y así seguían las cosas cuando estuvimos nosotros, e incluso hoy en día, por lo que las zonas armenias próximas a la línea de alto el fuego no son muy recomendables.

Después de una parada a comer en Yeghegnadzor, un pueblecito situado al borde de la carretera, nos salimos de la carretera general y nos internamos en otra carreterilla todavía más estrecha y tortuosa que recorría un valle lateral, el del rio Gnishik, hasta desembocar ocho kilómetros después en el monasterio de Noravank, situado en una colina entre inmensos acantilados rojos. Construido en el siglo XII sobre una iglesia del siglo IX y fortificado en el XVIII, el complejo está compuesto por tres iglesias recién reconstruidas, dedicadas San Juan Bautista, San Gregorio y Santa María. La importancia de este monasterio para los actuales armenios se debe a las dos principales funciones que ha tenido a lo largo de la historia: Por una parte, sirvió de mausoleo de los príncipes orbelianos, que allá por el siglo XI gobernaban parte del país, en el breve intervalo de prosperidad entre el dominio selyúcida y la llegada de Genghis Khan; por otra, durante muchos siglos fue el principal centro de copistas y miniaturistas, que reprodujeron, ilustraron y conservaron los principales textos religiosos armenios, como atestiguaban varios alfabetos grabados en piedra.

La iglesia de Santa María, la mayor de las tres, tenía la peculiaridad de que la planta baja, a nivel del terreno circundante, hacía las veces de cripta, albergando las tumbas de los príncipes orbelianos, mientras que la zona del altar y oratorio estaban en la planta alta, a la que se accedía por una estrecha escalerilla exterior. Tanto esta iglesia como las otras dos estaban decoradas con relieves muy naif, que recordaban el arte románico, aunque con claras influencias orientales, como el hecho de que representaran a la virgen sentada sobre una alfombra, con las piernas cruzadas, o que el Pantocrator del tímpano tuviera los ojos claramente rasgados.


La más curiosa de las tres es la capilla de San Gregorio el Iluminador, evangelizador y patrono de Armenia, en la que aparece una tumba decorada con lo que los libros dicen que es una mezcla de hombre y león, pero que a mí me pareció directamente el diablo.

Después de un recorrido a fondo por el monasterio tuvimos que subirnos de nuevo al autobús. Todavía nos quedaban dos horas hasta Ereván, la capital, además de una última parada en Khor Virap, un monasterio bastante más moderno, pero con la peculiaridad de que en los días despejados se divisaba el Monte Ararat, en el que la tradición dice que varó el Arca de Noé después del diluvio. Símbolo de la patria Armenia, ya he explicado más arriba que en la actualidad es territorio turco, y que los armenios tienen muchas dificultades para visitarlo, ya que la frontera con Turquía está cerrada y solo pueden acceder a través de Georgia, si es que consiguen un visado. Tuvimos la suerte de entreverlo unos minutos, entre la calima del atardecer, y era verdaderamente impresionante, con su cumbre cubierta de nieve asomando por encima de las nubes, a más de cinco mil de altura.

Pero el verdadero motivo que atrae a muchos peregrinos armenios no es la vista del Ararat, sino el hecho de que en una fortaleza de la que ya solo quedan vestigios estuvo encerrado durante trece años Gregorio el Iluminador, el monje que en el año 301 consiguió la conversión de Armenia al cristianismo. Desde una capillita construida sobre las ruinas del castillo se puede bajar por un pasadizo con escaleras hasta la antigua mazmorra, llena de velas y sin ventilación, por lo que me resultó sofocante y angustiosa. Salí de allí en cuanto pude, deseando respirar el aire exterior.

Llegamos a Ereván al atardecer, en medio de un impresionante atasco de tráfico, y después de atravesar los suburbios industriales, repletos de fábricas abandonadas como las que nos encontraríamos años después en Georgia (como podéis leer en “La chatarra del imperio”).
El Best Eastern Hotel Valensia en el que nos alojamos estaba a unos seis kilómetros del centro, y era muy normalito en cuanto a las habitaciones e instalaciones; tenía la pinta de esos hoteles construidos a toda prisa con motivo de una exposición universal o unas olimpiadas. Suficiente para dormir, procuramos organizarnos para no tener que ir y venir mucho al centro, ya que incluso en taxi se podía tardar casi una hora en los momentos de mayor tráfico. Sería ideal para una familia con niños que fuera a la capital a visitar el Aqua Park que había al lado, pero no era nuestro caso.

Ereván era y es la mayor ciudad de Armenia, con más de un millón de habitantes cuando la visitamos, y a la vez es el motor económico y principal nudo de comunicaciones del país. Los textos históricos dicen que la fundó en 782 antes de nuestra era Argishti I, rey de Urartu, o sea que es casi tan antigua como Cádiz. Igual que el resto de Armenia, pasó gran parte de su historia controlada por persas, rusos o turcos, y no alcanzó una auténtica independencia hasta la disolución de la Unión Soviética.

Fue precisamente durante la época soviética cuando se diseñó el trazado actual, a base de círculos concéntricos y radios, y se transformó en una ciudad moderna. Eso sí, a costa de la destrucción de la práctica totalidad de los edificios anteriores, incluida la fortaleza, mezquitas, caravasares e iglesias.
Aprovechamos el anochecer para dar un primer paseo por la Plaza de la República, la Avenida del Norte y la Plaza de la Libertad, que constituyen el núcleo central de la ciudad. Peatonales,
animadísimas, llenas de terrazas de bares y restaurantes, pasamos un buen rato caminando arriba y abajo y mirando las fuentes iluminadas en colores, un tanto horteras para mi gusto. Además del alcohol, omnipresente, se notaba una gran diferencia con Irán en la composición étnica y el vestuario. Frente al chador, la minifalda y los tacones; frente a los ojos profundos y las grandes narices iraníes, una inmensa mayoría de caucasianos con una importante minoría eslava.

Al día siguiente nuestros compañeros decidieron hacer una excursión hasta el lago Sevan, a unos sesenta kilómetros, pero ni su tamaño de más de mil kilómetros cuadrados, ni la cantidad de pesca que producía, ni sus playas y resorts nos atraían a María y a mí, por lo que decidimos quedarnos en la capital. De todas maneras, no puedo perderme esta ocasión para recordar los efectos perniciosos de la combinación de buenos ingenieros con malos políticos. Cuando en los años veinte Stalin decidió dedicar el agua del lago al regadío y a la producción de energía eléctrica, reduciendo su nivel en cincuenta metros y su superficie en un 90%, los ingenieros se pusieron manos a la obra. Construyeron túneles, canales y centrales hidroeléctricas, y en pocos años el nivel del lago empezó a descender, a la vez que la calidad del agua caía en picado por turbiedad y eutrofización, y la pesca comenzaba a escasear. El político, incapaz de reconocer su error, ordenó a los ingenieros que buscaran una solución. Y de nuevo los ingenieros, muy eficientes, construyeron nuevos canales, presas y túneles para traer al Sevan agua de otros lagos y ríos. Consiguieron que se recuperara el nivel y la calidad del agua, pero de los resultados en los ríos Arpa y Vorotan de donde se traía ese agua nunca se habló.

Así que, ahorrándonos unas cuantas horas de autobús y una jornada de playa, salimos con calma a recorrer Ereván. Como ya he contado antes, no quedan edificios anteriores al siglo XX, y los museos estaban rotulados exclusivamente en armenio y/o ruso, lo que reducía considerablemente las visitas obligadas. Pudimos por fin, después de tres semanas sin casi parar, dedicar el día a actividades más relajadas: pasear por la ciudad, beber cerveza en una terraza, comprar sellos en Correos, ir de tiendas, beber otra cerveza…

Por supuesto que volvimos a la Plaza de la República (antigua Plaza Lenin), donde admiramos desde fuera los edificios de los tiempos soviéticos, construidos en un estilo historicista armenio, y que desde la independencia habían cambiado de funciones.  Así, mientras la Casa de Gobierno seguía manteniendo el mismo papel, el edificio del Consejo Sindical Armenio acogía a un Hotel Marriot, y el Ministerio de Asuntos Exteriores se limitaba a alquilar parte de sus bajos al restaurante Ararat, uno de los más populares de la ciudad, especializado en cocina armenia.


Recorrimos la Avenida del Norte, peatonal, que cruzaba todo el centro en diagonal a la retícula de calles y que concentraba tiendas de las principales franquicias mundiales de la moda, junto con pequeños locales donde se podía encontrar lo más moderno de la producción de los jóvenes diseñadores locales; acabamos comiendo en una de las muchas  terrazas que salpicaban la Plaza de la Libertad, al pie del Palacio de la Ópera. Recordamos entonces la ocupación de esta misma plaza que habían llevado a cabo meses antes los seguidores del expresidente Levon Ter-Petrosyan, cuando este último perdió las elecciones. Al final, la policía y el ejército habían expulsado a los manifestantes y ocupado la plaza, y cuando nosotros estuvimos allí estaban empezando a vallarla, en teoría para construir un gran aparcamiento subterráneo, y en realidad -según nos contaron desde la mesa vecina- para impedir nuevas manifestaciones. Comimos de maravilla, primero una porción de lamajoun, una especie de pizza hecha con pan lavash, trozos de carne y tomate, y luego un estofado de hígado de ternera en salsa de cerveza. Todo acompañado de un buen vino georgiano, que nos recomendó el camarero. Pero lo mejor fue una copita de brandy armenio, favorito de Stalin y muy elogiado por Churchill. Elegimos Akhtamar, con diez años de envejecimiento en barrica, aunque también tenían otro de veinte años, el Armenia, pero según el mismo camarero no valía la pena gastarse tanto dinero si no éramos expertos bebedores de brandy. Y creo que tenía razón.

Seguimos paseando por las calles del centro, y a última hora de la tarde volvimos al hotel, a esperar a nuestros compañeros. Allí nos encontramos con Sostoa, el bebedor empedernido. Aunque había soportado muy bien los diez días de templanza en Irán, al llegar a Armenia se estaba desquitando en plan intensivo. Al parecer también había decidido no hacer la excursión al lago Sevan, y debía llevar todo el día catando destilados locales, dudando todavía entre el vodka y el brandy. No creo que esa noche resolviera sus dudas.

Cuando llegaron nuestros compañeros, nos fuimos todos juntos a cenar al Caucasus Tavern, un local enorme de comida tradicional, donde después de esperar más de una hora probé lo que se consideraba el mejor plato de la cocina armenia, una enorme e insípida trucha asada dentro de una especie de empanada de pasta filo. Los más jóvenes del grupo se fueron a bailar a uno de los muchos locales de marcha, pero María y yo, pensando en la larga jornada que nos esperaba al día siguiente, preferimos retirarnos a una hora prudente, para intentar digerir una cena más que abundante.

El último día de nuestra estancia en Armenia todavía nos dio tiempo de acercarnos a Garni, a solo veinticinco kilómetros de Ereván. En ese pueblo se juntaban una fortaleza, un templo helenístico y unos baños termales, entre otros atractivos.

Aunque no se conoce exactamente cuándo se construyó el primer fuerte, sí que se sabe que en la Edad del Bronce ya se desarrollaban cultos a los dragones, que el fuerte se reforzó durante la dinastía urartiana, en el siglo VII antes de nuestra era, más o menos cuando se fundó Ereván, y que los restos actuales son de la época de las invasiones de Alejandro Magno, otra figura recurrente en todo este viaje. Durante el siglo I se construyó un palacio real, los baños termales y un templo de Mitra, cuando los romanos invadieron Armenia en el curso de sus guerras contra los partos.

El edificio mejor conservado, o mejor dicho mejor reconstruido, es el templo helenístico de Mitra, el dios del sol, principal figura del panteón zoroastrista, antecesor de Helios. Las legiones romanas se aficionaron a los ritos iniciáticos de Mitra, y se llevaron su culto a Roma, donde se han encontrado restos de un templo de Mitra debajo de la Basílica de San Clemente de Letrán.


El de Garni se eleva en un pequeño montículo sobre el cuso superior del río Azat, contra un fondo montañoso. Después de tres semanas en Asia, sorprendía encontrarse con una muestra tan perfecta de arquitectura europea, que nos sirvió para alimentar la discusión sobre si Armenia, desde un punto de vista geográfico, formaba parte de Asia o de Europa. Construido sobre un plinto de nueve escalones, el frontón lo sostenían 24 columnas, y los esotéricos han montado un montón de teorías sobre estos números, la geometría sagrada y Pitágoras, que no pienso reproducir aquí.

Todavía tuvimos tiempo de acercarnos al último monasterio, el de Geghard, y de regresar a Ereván para hacer las últimas compras en la calle Abovian, donde se ubicaban las tiendas más modernas de Ereván.

A la noche comenzó la peor parte del viaje, la vuelta a casa. Un infame vuelo a Estambul con salida a las tres de la madrugada, un día para visitar la Mezquita Azul y Hagya Sofìa, y otro par de vuelos más nos devolvieron a Cádiz.

Con esto termina la serie de relatos sobre la Ruta de la Seda, y cumplo por fin mi promesa de hace ya dos años. Ahora me toca descansar un poco, perfilar otros proyectos que ya iréis conociendo, y –sobre todo- prepararme para mi jubilación, para la que ya solo faltan un par de meses.

Pero eso, nunca mejor dicho, será otra historia, que no voy a contar aquí. Y por eso este relato no tiene un hiperenlace al final.

No puedo dejar de agradecer a las muchas personas que han tenido la paciencia de leer esta serie de relatos, y sobre todo a algunas (Fina, Antonio, Juan, Felipe...) que me han avisado de errores que gracias a ellas he podido corregir.