miércoles, 9 de marzo de 2016

Armenia

Si quieres leer el primer relato de esta serie sobre la Ruta de la Seda, pincha aquí.

Salimos de Tabriz en autobús y en menos de tres horas nos plantamos en Norduz, en la frontera con Irán. Una breve parada en un cambista para cambiar a dram armenios los pocos riales que nos quedaban, y llegamos a la frontera iraní, donde con unos mínimos trámites y sin someternos a ningún registro nos dejaron seguir hacia Armenia. Como el autobús no podía pasar,  tuvimos que hacer andando el kilómetro que nos separaba de la aduana armenia; el problema eran los equipajes, y en mi caso las dos alfombras y el enorme kilim que me había comprado. Conseguí embutirlos en la bolsa con ruedas que me habían regalado con la última compra, y tuve que arrastrarla bajo el sol de mediodía, a la vez que cargaba en la espalda la mochila con el equipaje normal; el que algo quiere algo le cuesta.

Al cruzar el puente internacional sobre el río Araz, que separa los dos países, todas mis compañeras se quitaron sus hijab, y más de una lo dejó amarrado a la barandilla del puente. Las comprendí perfectamente, a la vez que recordaba que las iraníes –igual que millones de mujeres en muchos países- se ven obligadas a llevarlos hasta la muerte. Y todavía peor las que tienen que usar chador o burka.

Todavía seguimos andando un rato hasta que llegamos al edificio de la aduana armenia, en el que el control de pasaportes lo ejercían soldados rusos, en virtud de un acuerdo entre ambos países, consecuencia del apoyo ruso en los conflictos con Azerbaiyán y Turquía, de los que hablaré más adelante. Los impresos de entrada eran todavía más difíciles de rellenar que los iraníes, ya que estaban escritos en el alfabeto armenio, que no se usa en ningún otro país y no se parece a ninguno que yo conozca. Por suerte, estaban subtitulados en ruso con caracteres cirílicos, y nuestro guía Marc, con su perfecto dominio de este idioma, nos indicó lo que debíamos escribir en cada apartado.

Al otro lado de la aduana nos esperaba un nuevo autobús con nuestro guía armenio, cuyo nombre he olvidado. Pensábamos seguir hasta Sisian, a doscientos kilómetros, con paradas en Tatev para visitar su monasterio y Goris, por su ciudad rupestre, pero los planes se torcieron.

Paramos en el primer pueblo, Agarak, al ver que la carretera estaba bordeada por tiendas de venta de cerveza, vino y licores. Después de diez días de templanza no pudimos resistirnos, y en la misma acera nos bebimos las primeras cervezas, unas Kotayk que nos supieron a gloria. Sin comer para no perder tiempo nos volvimos a subir al autobús y nos adentramos en un estrecho valle que se dirigía hacia el norte. La zona había sido recientemente escenario de combates, ya que estaba encastrada entre Azerbaiyán y el enclave de Najichevan, una zona que históricamente había estado poblada tanto por armenios como por turcos, pero que tras el famoso genocidio de 1915 quedó ocupada mayoritariamente por turcos azeríes. Fuente de continuos conflictos entre Armenia y Azerbaiyán, en 1921 Lenin entregó este territorio a Azerbaiyán, junto con Nagorno Karabaj. Con esto terminó la guerra abierta, pero los pogromos contra la población de origen armenio se mantuvieron hasta una fecha tan cercana como 1988.

Por el fondo del valle, muy estrecho y rodeado de montañas, corría una carretera que en España habría sido comarcal, pero que constituía la única comunicación entre Armenia e Irán. En aquellos momentos registraba un tráfico muy intenso, como consecuencia de la guerra que se acababa de declarar entre Georgia y Rusia por el control de Osetia del Sur y Abjasia (podéis leer algo más sobre este conflicto en mi relato “La chatarra del imperio”), y los disturbios de Adjaria, que unidos a las malas relaciones de Georgia y Armenia con Azerbaiyán dejaban a ambos países sin otra salida terrestre que precisamente esta carreterita.

Me enteré entonces de que la Ruta de la Seda no ha pasado siempre por los mismos sitios, sino que ha ido cambiando su itinerario en función sobre todo de las condiciones de seguridad, pero también del estado de los caminos, la disponibilidad de agua, comida y pienso, los impuestos o peajes, y muchos otros factores. Por ejemplo, durante los siglos X a XIII pasaba precisamente por el valle que estábamos recorriendo en su camino hacia el Mar Negro, que alcanzaba en el puerto de Batumi, el mismo que describo en “La costa del betún”.

En esas andábamos cuando en pleno monte, sin ninguna aldea cerca, el motor del autobús empezó a pegar tirones hasta que se paró por completo. El conductor aparcó en la cuneta como pudo, y nos bajamos mientras intentaba repararlo. Cuando por fin se convenció de que era imposible, Marc y el guía armenio se pusieron a hacer gestiones para conseguir un transporte alternativo, cosa nada sencilla. Los demás pasábamos el rato, cada vez con más apetito, paseando por los campos que rodeaban la carretera o dormitando debajo de los árboles. El hallazgo de unos zarzales repletos de moras nos sirvió para entretenernos y engañar un poco el hambre, hasta que al cabo de un par de horas aparecieron dos furgonetas, lo que en los países exsoviéticos llaman marshrutka, en los que nos acomodamos como pudimos con nuestros equipajes.

Entre el tiempo perdido con la avería y el tráfico tan intenso tuvimos que cambiar de planes e irnos directamente a Sisian, en cuyo hotel Lalaner teníamos previsto hacer noche. Poco vimos del paisaje, que debía ser precioso, porque enseguida empezó a anochecer, pero lo que pudimos ver tenía muy buena pinta: bosques, praderas alpinas, montañas escarpadas, pueblecitos perdidos, rebaños de ovejas… Un paisaje en cierta forma parecido al de Las Encartaciones y completamente diferente a los desiertos iraníes y a la estepa uzbeka.

El hotel Lalaner resultó una delicia, y nos pareció todavía mejor gracias al vino que nos sirvieron con la cena. Según leo ahora en algunos blogs, ha envejecido muy mal en los casi ocho años transcurridos, pero en aquel momento lo clasifiqué como “hotelito con encanto”, ideal para pasar unos días haciendo senderismo por los alrededores. Lo único que fallaba era su pinta exterior: un gran caserón de piedra, con aspecto de haber sido un hospital o un instituto de enseñanza media. De todas maneras, como ya he dicho, llegamos tarde, hambrientos y cansados, y salimos muy temprano al día siguiente, para tratar de recuperar el tiempo perdido, o sea que del hotel solo disfrutamos de la cena, la habitación y el desayuno.

Hablando de la cena, por fin pudimos salirnos de la dieta de cordero con arroz de las últimas tres semanas. Nos pusieron lo que nos pareció un auténtico festín, a base de aperitivos varios (en realidad muy similares, hasta en los nombres, a los mezze turco-libaneses: Humus, tabulé, dolma…), una sopa de albóndigas deliciosa que se llamaba kololik, y un montón de mante, unos hojaldres en forma de barquitos rellenos de carne picada. Tengo que decir que cuando llegué a España tardé más de un año en volver a comer cordero, con lo mucho que me gusta.

Durante la cena acordamos saltarnos Goris, ya que según Marc su principal atracción, la cercana aldea troglodita de Khndzoresk (no me preguntéis cómo se pronuncia) era bastante parecida a Kandovan, con la diferencia de que ya existía en el siglo V antes de nuestra era, cuando pasó por allí Jenofonte durante la Anábasis, la retirada de los diez mil guerreros de Ciro el Joven desde Mesopotamia hasta la costa del mar Negro. En el siglo XIX quedaron abandonadas las cuevas.

Pero lo que no queríamos perdernos era el monasterio de Tatev, aunque significara retroceder cincuenta kilómetros sobre nuestros pasos de la víspera. El autobús nos dejó en las afueras del pueblo, y desde allí seguimos andando un par de kilómetros hasta el monasterio, después de cruzar el Puente del Diablo, una formación rocosa natural que salva el rio Vorotan.

El complejo fortificado se elevaba sobre un espolón rocoso, en lo alto de un meandro del rio, de forma que solo era accesible por uno de sus lados, defendido por murallas. En la Edad Media alcanzó su máximo esplendor, cuando llegó a controlar unas setecientas aldeas de la comarca, que le pagaban diezmos.

La iglesia de Pedro y Pablo, construida en el siglo IX, nos supuso una inmersión directa en una rama del cristianismo para mí desconocida, la Iglesia Apostólica Armenia. Se dice que fue fundada muy pocos años después de la muerte de Jesucristo por los apóstoles Bartolomé y Judas Tadeo, y lo que sí es histórico es que al comienzo del siglo IV Armenia fue el primer país del mundo que adoptó el cristianismo como religión del Estado, antes incluso de la conversión del emperador Constantino. Y hasta ahora ha resistido, pese a estar rodeada por tres lados por países musulmanes, haber sido gobernada por musulmanes durante nueve siglos, y de haber pasado por setenta años de ateísmo oficial durante la época soviética.

He intentado averiguar los motivos por los que la Iglesia Armenia no depende ni de la católica ni de la ortodoxa, y la explicación me parece un poco rocambolesca, pero en materia de religión no siempre impera lo razonable. Parece ser que a mitades del siglo V, cuando se celebró en Calcedonia el cuarto concilio ecuménico, los representantes armenios no pudieron llegar a tiempo debido a una guerra contra los mazdeístas. Copio literalmente de la página Armenia on line:

Cuando se informaron de las decisiones tomadas en este concilio, no las aceptaron. La Iglesia Armenia se mantuvo firme en su adhesión a la cristología de Cirilo de Alejandría que había proclamado una sola naturaleza del verbo encarnado.” O sea que se declararon monofisitas, defensores de que en Jesucristo no había una doble naturaleza humana y divina sin confusión entre ellas, sino que ambas naturalezas están fusionadas. En fin, me imagino que esta discusión bizantina no preocupaba demasiado al pueblo armenio, pero para sus dirigentes religiosos del momento fue motivo suficiente para independizarse de Roma. Creencias similares a los armenios creo que tienen las iglesias copta, siria y etíope, entre otras, pero no me hagáis mucho caso.

Volviendo a la iglesia de Pedro y Pablo, tuvimos la suerte de asistir al final de una liturgia que creo equivalía a una misa católica. El olor del incienso, el humo de las velas, los rayos de sol que se colaban por las ventanas, las voces de las beatas, los ropajes dorados del pope  y el color negro de las piedras cubiertas por el hollín de mil quinientos años creaban un efecto totalmente medieval. Pero lo que más me llamaba la atención era la devoción con que familias enteras seguían la ceremonia, desde niños bien pequeños hasta ancianos que a duras penas se tenían en pie. Allí no se veían esos grupos de hombres que se quedan fuera de la iglesia, tan habituales en España. Se notaba que la religión tenía un papel muy importante en su identidad nacional.


En el patio se elevaba una columna de piedra denominada Gavazan, de varios metros de altura. Construida en el siglo X con una depurada técnica antisísmica, oscila sobre su base con el simple toque de una mano, como pude comprobar.

Con pena nos fuimos de aquel lugar mágico y regresamos andando al pueblo para emprender el camino hacia nuestra siguiente parada, Noravank, a ciento cincuenta kilómetros. Seguíamos por un valle entre montañas, y ahora teníamos que cruzar la parte más estrecha de Armenia, donde el pasillo entre Najichevan y el propio Azerbaiyán no llegaba a los veinte kilómetros de ancho, y justo a la altura del enclave armenio de Nagorno-Karabaj, en donde todavía no se ha firmado la paz después de la guerra de 1994. Creo que este conflicto merece un par de párrafos, aunque solo sea por la cantidad de gente que ha muerto en él.

Armenia, un pequeño país cristiano, nunca se ha llevado bien con Turquía, uno de los estados musulmanes más poderosos de la historia y con el que tiene una larga frontera común; el genocidio armenio de 1915 es solo una muestra. Cinco años después, los armenios declararon la guerra a Turquía, aprovechando la guerra civil que enfrentaba al imperio otomano con los Jóvenes Turcos de Kemal Ataturk. Pero los armenios habían calculado mal las fuerzas de sus enemigos y sufrieron una vergonzosa derrota. El Tratado de Alexandropol, además de prácticamente disolver el ejército armenio, les obligó a ceder a Turquía más de la mitad de su territorio, entre el que se encontraba el Monte Ararat, uno de sus más importantes símbolos nacionales. Es lo que los armenios siguen denominando Armenia Occidental.

Aquel fue el momento que escogió el Ejército Rojo para invadir Armenia, cosa que consiguieron sin demasiados esfuerzos, salvo por el Alto Karabaj, donde los nacionalistas armenios consiguieron resistir durante varios meses contra un ejército invasor infinitamente superior en número y armamento. Como ya he contado antes, Nagorno Karabaj quedó incorporado a la República Socialista Soviética de Azerbaiyán, pero bajo el férreo control ruso no se produjeron enfrentamientos entre sus habitantes mayoritariamente armenios y las autoridades azeríes.


Este falso equilibrio, como tantos otros, saltó en pedazos con el desmoronamiento de la Unión Soviética, aunque los problemas empezaron a agudizarse con la llegada al poder de Gorbachov. En 1988, un pogromo en Bakú provocado por los líderes nacionalistas azeríes, que empezaban a posicionarse de cara a una previsible independencia, marcó el comienzo de las hostilidades. A partir de ese momento se fue produciendo una limpieza étnica en ambos países, en forma de retorno a su lugar de origen de la mayoría de los armenios residentes en Azerbaiyán y de los azeríes que vivían en Armenia. Espero que esto nos sirva de lección, y en caso que el procés siga adelante no vivamos situaciones similares, pero la ceguera (o la falta de escrúpulos) de los líderes nacionalistas de todo tipo no tiene límites.

Los únicos que no emigraron fueron los más de doscientos mil armenios del Alto Karabaj, básicamente porque consideraban que aquel era su país y no tenían otro lugar al que ir, especialmente al tratarse de labradores y ganaderos sin otro medio de vida que sus tierras. Decididos a que el territorio se integrase en Armenia, en 1991 convocaron un referéndum de autodeterminación no reconocido por el gobierno de Bakú ¿a que esta historia os suena de algo?, que en respuesta bombardeó la capital de la región secesionista.

A los pocos meses Armenia declaró la guerra a Azerbaiyán para apoyar a las guerrillas del Alto Karabaj, y pese al apoyo oficial de Turquía y a la llegada al bando azerí de combatientes chechenos y afganos, consiguió liberar las zonas ocupadas y resistir hasta que los rusos impusieron un alto el fuego dos años más tarde. Y así seguían las cosas cuando estuvimos nosotros, e incluso hoy en día, por lo que las zonas armenias próximas a la línea de alto el fuego no son muy recomendables.

Después de una parada a comer en Yeghegnadzor, un pueblecito situado al borde de la carretera, nos salimos de la carretera general y nos internamos en otra carreterilla todavía más estrecha y tortuosa que recorría un valle lateral, el del rio Gnishik, hasta desembocar ocho kilómetros después en el monasterio de Noravank, situado en una colina entre inmensos acantilados rojos. Construido en el siglo XII sobre una iglesia del siglo IX y fortificado en el XVIII, el complejo está compuesto por tres iglesias recién reconstruidas, dedicadas San Juan Bautista, San Gregorio y Santa María. La importancia de este monasterio para los actuales armenios se debe a las dos principales funciones que ha tenido a lo largo de la historia: Por una parte, sirvió de mausoleo de los príncipes orbelianos, que allá por el siglo XI gobernaban parte del país, en el breve intervalo de prosperidad entre el dominio selyúcida y la llegada de Genghis Khan; por otra, durante muchos siglos fue el principal centro de copistas y miniaturistas, que reprodujeron, ilustraron y conservaron los principales textos religiosos armenios, como atestiguaban varios alfabetos grabados en piedra.

La iglesia de Santa María, la mayor de las tres, tenía la peculiaridad de que la planta baja, a nivel del terreno circundante, hacía las veces de cripta, albergando las tumbas de los príncipes orbelianos, mientras que la zona del altar y oratorio estaban en la planta alta, a la que se accedía por una estrecha escalerilla exterior. Tanto esta iglesia como las otras dos estaban decoradas con relieves muy naif, que recordaban el arte románico, aunque con claras influencias orientales, como el hecho de que representaran a la virgen sentada sobre una alfombra, con las piernas cruzadas, o que el Pantocrator del tímpano tuviera los ojos claramente rasgados.


La más curiosa de las tres es la capilla de San Gregorio el Iluminador, evangelizador y patrono de Armenia, en la que aparece una tumba decorada con lo que los libros dicen que es una mezcla de hombre y león, pero que a mí me pareció directamente el diablo.

Después de un recorrido a fondo por el monasterio tuvimos que subirnos de nuevo al autobús. Todavía nos quedaban dos horas hasta Ereván, la capital, además de una última parada en Khor Virap, un monasterio bastante más moderno, pero con la peculiaridad de que en los días despejados se divisaba el Monte Ararat, en el que la tradición dice que varó el Arca de Noé después del diluvio. Símbolo de la patria Armenia, ya he explicado más arriba que en la actualidad es territorio turco, y que los armenios tienen muchas dificultades para visitarlo, ya que la frontera con Turquía está cerrada y solo pueden acceder a través de Georgia, si es que consiguen un visado. Tuvimos la suerte de entreverlo unos minutos, entre la calima del atardecer, y era verdaderamente impresionante, con su cumbre cubierta de nieve asomando por encima de las nubes, a más de cinco mil de altura.

Pero el verdadero motivo que atrae a muchos peregrinos armenios no es la vista del Ararat, sino el hecho de que en una fortaleza de la que ya solo quedan vestigios estuvo encerrado durante trece años Gregorio el Iluminador, el monje que en el año 301 consiguió la conversión de Armenia al cristianismo. Desde una capillita construida sobre las ruinas del castillo se puede bajar por un pasadizo con escaleras hasta la antigua mazmorra, llena de velas y sin ventilación, por lo que me resultó sofocante y angustiosa. Salí de allí en cuanto pude, deseando respirar el aire exterior.

Llegamos a Ereván al atardecer, en medio de un impresionante atasco de tráfico, y después de atravesar los suburbios industriales, repletos de fábricas abandonadas como las que nos encontraríamos años después en Georgia (como podéis leer en “La chatarra del imperio”).
El Best Eastern Hotel Valensia en el que nos alojamos estaba a unos seis kilómetros del centro, y era muy normalito en cuanto a las habitaciones e instalaciones; tenía la pinta de esos hoteles construidos a toda prisa con motivo de una exposición universal o unas olimpiadas. Suficiente para dormir, procuramos organizarnos para no tener que ir y venir mucho al centro, ya que incluso en taxi se podía tardar casi una hora en los momentos de mayor tráfico. Sería ideal para una familia con niños que fuera a la capital a visitar el Aqua Park que había al lado, pero no era nuestro caso.

Ereván era y es la mayor ciudad de Armenia, con más de un millón de habitantes cuando la visitamos, y a la vez es el motor económico y principal nudo de comunicaciones del país. Los textos históricos dicen que la fundó en 782 antes de nuestra era Argishti I, rey de Urartu, o sea que es casi tan antigua como Cádiz. Igual que el resto de Armenia, pasó gran parte de su historia controlada por persas, rusos o turcos, y no alcanzó una auténtica independencia hasta la disolución de la Unión Soviética.

Fue precisamente durante la época soviética cuando se diseñó el trazado actual, a base de círculos concéntricos y radios, y se transformó en una ciudad moderna. Eso sí, a costa de la destrucción de la práctica totalidad de los edificios anteriores, incluida la fortaleza, mezquitas, caravasares e iglesias.
Aprovechamos el anochecer para dar un primer paseo por la Plaza de la República, la Avenida del Norte y la Plaza de la Libertad, que constituyen el núcleo central de la ciudad. Peatonales,
animadísimas, llenas de terrazas de bares y restaurantes, pasamos un buen rato caminando arriba y abajo y mirando las fuentes iluminadas en colores, un tanto horteras para mi gusto. Además del alcohol, omnipresente, se notaba una gran diferencia con Irán en la composición étnica y el vestuario. Frente al chador, la minifalda y los tacones; frente a los ojos profundos y las grandes narices iraníes, una inmensa mayoría de caucasianos con una importante minoría eslava.

Al día siguiente nuestros compañeros decidieron hacer una excursión hasta el lago Sevan, a unos sesenta kilómetros, pero ni su tamaño de más de mil kilómetros cuadrados, ni la cantidad de pesca que producía, ni sus playas y resorts nos atraían a María y a mí, por lo que decidimos quedarnos en la capital. De todas maneras, no puedo perderme esta ocasión para recordar los efectos perniciosos de la combinación de buenos ingenieros con malos políticos. Cuando en los años veinte Stalin decidió dedicar el agua del lago al regadío y a la producción de energía eléctrica, reduciendo su nivel en cincuenta metros y su superficie en un 90%, los ingenieros se pusieron manos a la obra. Construyeron túneles, canales y centrales hidroeléctricas, y en pocos años el nivel del lago empezó a descender, a la vez que la calidad del agua caía en picado por turbiedad y eutrofización, y la pesca comenzaba a escasear. El político, incapaz de reconocer su error, ordenó a los ingenieros que buscaran una solución. Y de nuevo los ingenieros, muy eficientes, construyeron nuevos canales, presas y túneles para traer al Sevan agua de otros lagos y ríos. Consiguieron que se recuperara el nivel y la calidad del agua, pero de los resultados en los ríos Arpa y Vorotan de donde se traía ese agua nunca se habló.

Así que, ahorrándonos unas cuantas horas de autobús y una jornada de playa, salimos con calma a recorrer Ereván. Como ya he contado antes, no quedan edificios anteriores al siglo XX, y los museos estaban rotulados exclusivamente en armenio y/o ruso, lo que reducía considerablemente las visitas obligadas. Pudimos por fin, después de tres semanas sin casi parar, dedicar el día a actividades más relajadas: pasear por la ciudad, beber cerveza en una terraza, comprar sellos en Correos, ir de tiendas, beber otra cerveza…

Por supuesto que volvimos a la Plaza de la República (antigua Plaza Lenin), donde admiramos desde fuera los edificios de los tiempos soviéticos, construidos en un estilo historicista armenio, y que desde la independencia habían cambiado de funciones.  Así, mientras la Casa de Gobierno seguía manteniendo el mismo papel, el edificio del Consejo Sindical Armenio acogía a un Hotel Marriot, y el Ministerio de Asuntos Exteriores se limitaba a alquilar parte de sus bajos al restaurante Ararat, uno de los más populares de la ciudad, especializado en cocina armenia.


Recorrimos la Avenida del Norte, peatonal, que cruzaba todo el centro en diagonal a la retícula de calles y que concentraba tiendas de las principales franquicias mundiales de la moda, junto con pequeños locales donde se podía encontrar lo más moderno de la producción de los jóvenes diseñadores locales; acabamos comiendo en una de las muchas  terrazas que salpicaban la Plaza de la Libertad, al pie del Palacio de la Ópera. Recordamos entonces la ocupación de esta misma plaza que habían llevado a cabo meses antes los seguidores del expresidente Levon Ter-Petrosyan, cuando este último perdió las elecciones. Al final, la policía y el ejército habían expulsado a los manifestantes y ocupado la plaza, y cuando nosotros estuvimos allí estaban empezando a vallarla, en teoría para construir un gran aparcamiento subterráneo, y en realidad -según nos contaron desde la mesa vecina- para impedir nuevas manifestaciones. Comimos de maravilla, primero una porción de lamajoun, una especie de pizza hecha con pan lavash, trozos de carne y tomate, y luego un estofado de hígado de ternera en salsa de cerveza. Todo acompañado de un buen vino georgiano, que nos recomendó el camarero. Pero lo mejor fue una copita de brandy armenio, favorito de Stalin y muy elogiado por Churchill. Elegimos Akhtamar, con diez años de envejecimiento en barrica, aunque también tenían otro de veinte años, el Armenia, pero según el mismo camarero no valía la pena gastarse tanto dinero si no éramos expertos bebedores de brandy. Y creo que tenía razón.

Seguimos paseando por las calles del centro, y a última hora de la tarde volvimos al hotel, a esperar a nuestros compañeros. Allí nos encontramos con Sostoa, el bebedor empedernido. Aunque había soportado muy bien los diez días de templanza en Irán, al llegar a Armenia se estaba desquitando en plan intensivo. Al parecer también había decidido no hacer la excursión al lago Sevan, y debía llevar todo el día catando destilados locales, dudando todavía entre el vodka y el brandy. No creo que esa noche resolviera sus dudas.

Cuando llegaron nuestros compañeros, nos fuimos todos juntos a cenar al Caucasus Tavern, un local enorme de comida tradicional, donde después de esperar más de una hora probé lo que se consideraba el mejor plato de la cocina armenia, una enorme e insípida trucha asada dentro de una especie de empanada de pasta filo. Los más jóvenes del grupo se fueron a bailar a uno de los muchos locales de marcha, pero María y yo, pensando en la larga jornada que nos esperaba al día siguiente, preferimos retirarnos a una hora prudente, para intentar digerir una cena más que abundante.

El último día de nuestra estancia en Armenia todavía nos dio tiempo de acercarnos a Garni, a solo veinticinco kilómetros de Ereván. En ese pueblo se juntaban una fortaleza, un templo helenístico y unos baños termales, entre otros atractivos.

Aunque no se conoce exactamente cuándo se construyó el primer fuerte, sí que se sabe que en la Edad del Bronce ya se desarrollaban cultos a los dragones, que el fuerte se reforzó durante la dinastía urartiana, en el siglo VII antes de nuestra era, más o menos cuando se fundó Ereván, y que los restos actuales son de la época de las invasiones de Alejandro Magno, otra figura recurrente en todo este viaje. Durante el siglo I se construyó un palacio real, los baños termales y un templo de Mitra, cuando los romanos invadieron Armenia en el curso de sus guerras contra los partos.

El edificio mejor conservado, o mejor dicho mejor reconstruido, es el templo helenístico de Mitra, el dios del sol, principal figura del panteón zoroastrista, antecesor de Helios. Las legiones romanas se aficionaron a los ritos iniciáticos de Mitra, y se llevaron su culto a Roma, donde se han encontrado restos de un templo de Mitra debajo de la Basílica de San Clemente de Letrán.


El de Garni se eleva en un pequeño montículo sobre el cuso superior del río Azat, contra un fondo montañoso. Después de tres semanas en Asia, sorprendía encontrarse con una muestra tan perfecta de arquitectura europea, que nos sirvió para alimentar la discusión sobre si Armenia, desde un punto de vista geográfico, formaba parte de Asia o de Europa. Construido sobre un plinto de nueve escalones, el frontón lo sostenían 24 columnas, y los esotéricos han montado un montón de teorías sobre estos números, la geometría sagrada y Pitágoras, que no pienso reproducir aquí.

Todavía tuvimos tiempo de acercarnos al último monasterio, el de Geghard, y de regresar a Ereván para hacer las últimas compras en la calle Abovian, donde se ubicaban las tiendas más modernas de Ereván.

A la noche comenzó la peor parte del viaje, la vuelta a casa. Un infame vuelo a Estambul con salida a las tres de la madrugada, un día para visitar la Mezquita Azul y Hagya Sofìa, y otro par de vuelos más nos devolvieron a Cádiz.

Con esto termina la serie de relatos sobre la Ruta de la Seda, y cumplo por fin mi promesa de hace ya dos años. Ahora me toca descansar un poco, perfilar otros proyectos que ya iréis conociendo, y –sobre todo- prepararme para mi jubilación, para la que ya solo faltan un par de meses.

Pero eso, nunca mejor dicho, será otra historia, que no voy a contar aquí. Y por eso este relato no tiene un hiperenlace al final.

No puedo dejar de agradecer a las muchas personas que han tenido la paciencia de leer esta serie de relatos, y sobre todo a algunas (Fina, Antonio, Juan, Felipe...) que me han avisado de errores que gracias a ellas he podido corregir.

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