martes, 12 de marzo de 2019

El desierto de Danakil


(5 al 9 de febrero de 2019)

Durante un tiempo circulamos por la RN 1, la carretera que une Yibuti Town con Addis Abeba. El tráfico de camiones, en su mayoría etíopes, es incesante. Por aquí pasan cada año ciento sesenta mil toneladas de café (ocho mil camiones, unos 20 al día, en cada sentido), además de semillas de girasol y otras exportaciones etíopes; el oro y las flores cortadas salen directamente en avión. La mayoría de las importaciones llega a Etiopía por vía aérea, al tratarse de mercancías de alto precio, como turbinas de gas y aviones; las medicinas ocupan el tercer lugar en sus importaciones. Por eso se ve regresar a tantos camiones vacíos.

A cien metros escasos del estruendo de la carretera, una gacela de Thompson come hojas de una acacia espinosa, mientras mueve el rabo frenéticamente. Poco después localizamos otro grupo de cuatro gacelas. Es la primera vez que las veo en libertad.

Por fin llegamos a Dikhil, última ciudad yibutí antes de la frontera e importante punto de descanso y avituallamiento para los camioneros. No pasa de ser un pueblo grande, miserable, construido con piedras volcánicas negras y bloques grises de hormigón; en las casitas tiene que hacer un calor de muerte. Todo el pueblo y sus alrededores están cubiertos de plásticos, sobre todo botellas de agua, pero también bolsas, bidones, muebles… El rio que lo cruza es una alcantarilla a cielo abierto, y arrastra más basura que agua. Sin embargo, algunos hombres se asean en sus aguas estancadas, y varias mujeres lavan ropa.

En el mejor restaurante del pueblo, en el que también han parado otros grupos de guiris, comemos un menú estándar: ensalada; arroz largo, al que bautizamos tutti frutti por los granos verdes y rojos que lo salpican; pollo asardinado, tras haberlo freído en el mismo aceite que algún pescado; patatas fritas, y crepes con nocilla.

Después de esperar media hora a uno de los chóferes que se había olvidado de repostar, abandonamos el pueblo y nos desviamos por la mal llamada Nacional 6, que comienza circulando por el centro de una gran pista de aterrizaje sin asfaltar, y pronto se transforma en una red capilar de pistas de arena, en la que cada conductor elige la que le parece más apropiada para internarse en la llanura de Gobaad. Por el camino nos cruzamos con una larguísima columna motorizada de la legión extranjera francesa, probablemente de maniobras. Por suerte, no nos apuntan con sus ametralladoras pesadas, como harían si fueran norteamericanos. Los franceses, que se instalaron en esta región en 1896, todavía no se han ido del todo.

También encontramos gente caminando en mitad de la nada, una constante de este viaje. Omar les lanza, sin detenerse, botellas de agua. La solidaridad del desierto.

Con el sol ya muy bajo, llegamos a la cuenca del lago Abbé, un antiguo brazo de mar que se quedó aislado y se ha ido desecando progresivamente. La orilla actual es inaccesible, debido a las grandes extensiones de lodo y de arenas movedizas que la separan de la tierra firme.

Burros, cabras, camellos y facóqueros pastan en buena compañía. Un chiquillo que cuida un pequeño rebaño intenta, sin éxito, vendernos fósiles, cuernos de gacela, colmillos de facóquero, lo que sea. Me gustaría comprarle un colmillo, pero no me atrevo, pienso que estos animales pueden estar protegidos por el convenio CITES. Cuando regrese a España comprobaré que no es así, pero ya será demasiado tarde.

El lago Abbé sirve de frontera con la vecina Etiopia. Es también salobre, pero no tanto como el Assal, y debido a la construcción de varios embalses en el vecino país, así como a la progresiva aridez del clima, está en proceso de desaparición, ocupando actualmente la cuarta parte de superficie que hace ochenta años.

Hace mucho tiempo, cuando el nivel del agua era decenas de metros más alto, aparecieron unas grietas en el fondo por las que se escapaba vapor sobrecalentado y saturado de sales. En contacto con el agua del lago, el vapor se condensaba y precipitaba las sales en disolución, formando unas chimeneas similares a las que hoy en día siguen creciendo en el fondo de los océanos, en las zonas de separación de las placas continentales. Este y no otro es el origen de las curiosas formaciones que surgen del antiguo fondo, hoy desecado. Sus formas extrañas, la persistencia de fumarolas y manantiales sulfurosos, y el viento, incesante y cargado de arena, explican que en este lugar se rodaran las escenas iniciales de la primera versión de "El planeta de los simios" allá por la década de los 60 del siglo pasado. Claro que otras fuentes indican que en realidad se filmaron en el lago Powell (Arizona), lo que me parece mucho más creíble. Pero como me lo contaron lo cuento.

Después de hacer cientos o miles de fotografías y contemplar la puesta del sol entre estas agujas fantasmales, nos dirigimos al único alojamiento disponible en muchos kilómetros a la redonda, un campamento gestionado por los afar. Un muro de mampostería delimita un recinto en el que aparcan los coches, y donde se apiñan váteres, duchas, una especie de chiringuito de playa al que llaman restaurante, y las cabañas en las que dormimos los guiris. Los empleados locales se alojan en unos edificios de piedra fuera del recinto.

Las cabañas menores, como las de la imagen, acogen a dos personas en una especie de camitas plegables, que se cierran solas al menor descuido. Después de ducharnos y cenar, nos acostamos a la luz de las frontales. Sopla un viento endiablado, es como intentar dormir en la playa de Cortadura una noche de levantera. Las esteras se levantan y golpean contra el armazón de ramas sin desbastar, el aire y el polvo se cuelan sin problemas en las tiendas. Ahora entiendo por qué cada una de las auténticas cabañas afar está rodeada de un círculo de piedras de poco más de medio metro de alto: es para protegerse del viento y que no se cuele bajo las esteras.

A la vista del vendaval, desistimos de instalar las mosquiteras o encender las espirales repelentes. Me acuesto cubierto solo por mi viejo saco sábana, comprado en Hanoi hace ya veinticinco años.
En algún momento indeterminado de la noche, me despierto cubierto de picaduras. El viento ha cesado por completo, permitiendo acercarse a los mosquitos del lago. Siempre a la luz de la frontal, monto la mosquitera, enciendo las espirales y me unto las picaduras de pomada. A continuación, una buena pulverización de repelente por piernas, brazos y cabeza.

Con el sueño y el cansancio, no me doy cuenta de que tengo una pequeña quemadura solar en la cerviz. Los efectos del repelente sobre la piel quemada se hicieron evidentes días después, en forma de una dermatitis de contacto que todavía perdura a la hora de escribir este texto.

El resto de la noche transcurre en paz, sin más problemas que las dificultades de algunos huéspedes para encontrar su cabaña después de una excursión hasta la zona de aseos. Debería haber números sobre la entrada, de noche todas las cabañas parecen iguales.

El viernes nos despertamos antes de amanecer y hacemos una última visita al lago, para ver salir el sol entre las chimeneas de hadas, como las llaman en las guías turísticas. Yo las llamaría de demonios, me parece un nombre mucho más apropiado en un entorno tan duro e inhumano como este.

Iniciamos el regreso muy temprano, tenemos por delante el cruce de la frontera con Etiopía y un larguísimo —en horas, no en kilómetros— recorrido hasta Semera, donde pretendemos hacer noche.
La primera parte es relativamente cómoda, por las pistas de grava y arena que forman la RN 6. En Dikhil perdemos media hora en cambiar dinero, liquidando los últimos francos yibutíes para comprar birs, la moneda etíope.

Al incorporarnos a la RN 1, las dificultades de multiplican. Esta carretera, la más importante de Yibuti porque es por donde llegan los productos etíopes para ser embarcados, estuvo algún día asfaltada. Hoy solo quedan vestigios de aquel pavimento, con una serie de baches y zanjas que hacen imposible circular por la misma. El intenso tráfico que la recorre se desvía en trazados paralelos, a veces sin salida, que se multiplican según la imaginación de cada conductor, y se alejan hasta cinco o seis kilómetros de la antigua carretera, solo transitable en pequeños trechos. Nuestros chóferes se pican entre ellos a ver quién encuentra la mejor ruta.

Esto nos permite adentrarnos en oasis, lagos secos, ramblas y poblados, e incluso avistar chacales, hienas, facóqueros, cebús, cigüeñuelas y gacelas. Aprovechando una parada fisiológica, Omar se arrodilla y reza en dirección a La Meca. Es la hora de la oración de la tarde, el Asr.

Paramos en un bar de carretera, junto a una caseta cuya parte baja está forrada de malla de gallinero, y contra la que se rascan sistemáticamente todas las cabras de un rebaño hasta dejar la malla brillante, como si fuera de acero inoxidable. Algunas de las cabras utilizan el cable de acero que sostiene un poste para rascarse entre los cuernos. En el interior de la cafetería, mesas y sillas de plástico conviven con sofás fabricados con palos y tiras de piel de cabra, sobre los que reposan haces de palitos de qhat, ya desprovistos de hojas. El té que me sirven está imbebible, alguna especia que desconozco intenta sin éxito ocultar el sabor salobre del agua.

Los pocos camiones que utilizan la ruta oficial se arriesgan a graves averías, como este tráiler con remolque:

Al acercarnos a la frontera, los cientos de carriles van confluyendo sobre los vestigios de la carretera, en la que se forman largas colas de camiones en espera de pasar los controles aduaneros. Llegamos por fin al puesto yibutí, una casita de obra al borde de la carretera, detrás de la que orinamos por turno mientras esperamos media hora a que el único vigilante realice algún trámite, supongo que secreto, en el interior de la caseta. Según él, “el sistema va lento”. Lentísimo, considero yo, a la vista de los cables cortados que cuelgan de la fachada. Dudo que tenga luz eléctrica, y mucho menos internet u otro tipo de comunicación. Me imagino que aguarda, infructuosamente, alguna propina extra.

Llega el momento en que, por aburrimiento o simplemente convencido de que no nos va a sacar más dinero, nos deja cruzar a tierra de nadie. Seguimos varios kilómetros hasta llegar al control etíope, que parece otro planeta, o al menos claramente otro país; no es como esas fronteras europeas donde como máximo un par de banderas señalan el cambio de país. En el lado etíope hay asfalto en buen estado, cafetines, tiendas donde se vende aceite de girasol y cerveza, edificios en construcción, rótulos de neón, guirnaldas de LED… ¡y barrenderos!

Casi una hora tardamos en los trámites de entrada, que se complican cuando el policía se equivoca al poner el sello de entrada, y escribe una fecha incompatible con nuestro visado. Nada que no se pueda solucionar con una combinación de tiempo y de dinero. Vaya en su descargo que el error es lógico, dada la relativa similitud entre el calendario Ge’ez de los etíopes, basado en el juliano, y el gregoriano de uso en la mayoría de países civilizados. Cuando escribo esto, 28 de febrero de 2019 en España, en Etiopía es el 21 de Yekati de 2011. Sus días comienzan no a las doce de la noche, como los nuestros, sino a las seis de la mañana, lo que parece mucho más lógico. Así, para ellos la noche del martes es la que sigue a ese día, no la que lo precede.

Nos inspeccionan los equipajes, al parecer en busca de armas, y surge otro problema que puede complicar las cosas. Antonio, mi compañero, no consigue abrir el candado de combinación que cierra su maleta. Sigue intentándolo, cada vez más nervioso, mientras el aduanero revisa otros bultos. Por suerte, al final acierta con la combinación y nos dejan seguir camino con nuestros nuevos vehículos y conductores. El de nuestro coche, el número 3, se llama Salomón. Hasta en esto se nota el cambio de país: nombres musulmanes (Omar) en Yibutí, nombres cristianos o más bien judíos en Etiopía.
También cambian los letreros. El francés, dominante en Yibuti, da paso al amhárico, que tiene su propio alfabeto. Algunos textos en alfabeto latino, para nosotros incomprensibles, están escritos en oromo, uno de los idiomas más hablados del país.

Etiopía, pese a ser considerado un país cristiano, en realidad es un estado laico, que celebra tanto las festividades cristianas como las musulmanas, y alberga otras dos religiones singulares: Falashas y rastafaris. Los falashas, palabra que en amhárico significa forastero o exiliado, profesan la religión judía, y dicen proceder de la tribu perdida de Dan. Descubiertos por un rabino judío a mediados del siglo pasado, hasta ese momento ellos se creían ser los únicos judíos supervivientes en el mundo. El estado de Israel ayudó a su traslado a Palestina, y en los años ochenta organizó varias operaciones más o menos secretas (Moisés, Salomón) para sacarlos de Etiopía. Su situación en Israel, quizás el país más racista del mundo, no es muy buena; la mayoría de los judíos sefardíes y asquenazis los desprecia por su piel negra, y están tan discriminados laboral y económicamente que muchos se están planteando el regreso a Etiopía.

Los rastafaris, de los que es muy conocida su rama jamaicana, a la que perteneció Bob Marley, también están implantados en Etiopía. De hecho, el nombre de esta curiosa religión viene de Ras Tafari (gobernador Tafari), que fue el primer cargo público que ostentó quien luego cambió su nombre a Haile Selassie y en 1930 llegó a emperador de Etiopía.

Todo empezó cuando, a comienzos de los años veinte, y como parte de su lucha contra la discriminación racial, el activista jamaicano Marcus Garvey hizo una extraña profecía:
“Miren a África, donde se coronará un rey negro, porque el día de la liberación se acerca".
Unos años después, efectivamente, Haile Selassie fue coronado en Addis Abeba, en medio de unos fastos que Evelyn Waugh describe con mucho humor en su libro Noticia bomba.

Pero volvamos a nuestro viaje. Terminados los trámites fronterizos, todavía nos quedan dos horas de viaje hasta Semera, donde haremos noche. Pasamos numerosos poblados claramente orientados a dar servicio a los camioneros. Cada pocos kilómetros aparecen hoteluchos, puticlubs, estaciones de servicio, talleres mecánicos o de reparación de neumáticos y grandes aparcamientos donde cientos de camiones se preparan para pasar la noche.

Nuestro nuevo conductor se comunica en inglés, pero es de pocas palabras; en la semana que pasaremos con él nos da muy poca información personal: está casado, tiene dos niños, vive en Addis Abeba y es oromo, de religión musulmana muy poco estricta, según podré comprobar más adelante.
Ya de noche llegamos a Semera, actual capital de la región administrativa afar. Al borde de la carretera se suceden innumerables sucursales bancarias, hoteles, minicentros comerciales, edificios de apartamentos y otras construcciones modernas. Semera es una ciudad de reciente creación, construida en una llanura desértica y azotada continuamente por tormentas de arena. Los afar prefieren la muy cercana ciudad de Logia, protegida de los vientos en el fondo de un barranco.

El hotel Aramis tiene estructura de cuartel, o de caravansería. Los edificios de una sola planta que acogen la recepción, la sala de convenciones, el restaurante y las habitaciones, se ordenan en torno a un patio muy amplio, que sirve de aparcamiento para los vehículos de los huéspedes.

Me asignan una habitación individual con cama de matrimonio. Aunque amplia, carece del más mínimo mantenimiento. Las sábanas, bastante sospechosas, me inducen a utilizar mi propio saco sábana; en la ducha no consigo que salga agua y acabo utilizando la miniducha ubicada junto a la taza del váter, cuyo objetivo es más bien la higiene íntima. Pese a las teóricas comodidades después de la cabaña del lago Abbé, esta es la peor noche del viaje. Me despierto varias veces, y las cinco de la mañana, antes de que empiece a clarear, ya estoy totalmente despejado. Precisamente hoy que podemos dormir hasta tarde por primera vez en el viaje.

Después de desayunar, mientras el guía se ocupa de los trámites necesarios para internarse en el desierto de Danakil, intento dar un paseo por Semera, que a la luz del sol se muestra todavía más inhóspita que anoche. El patio del hotel se abre directamente a la carretera, por la que circula un chorro incesante de peatones, bicicletas, motocarros, microbuses y camiones, pero ningún turismo. A casi un kilómetro de distancia, velados por la arena que arrastra el viento, se divisan algunos edificios muy poco atractivos. Me da la impresión de que aquí solo viven los que no pueden evitarlo. Rápidamente desisto y vuelvo a la relativa comodidad del patio.

A media mañana, una vez conseguidos los permisos de viaje, nos acercamos en coche a Logia, la ciudad vieja, para hacer unas compras necesarias para la expedición que tenemos por delante. Varios, pensando en las cuatro horas de ascensión nocturna al volcán Erta Alé, adquirimos unas estupendas y baratísimas linternas LED, que se pueden cargar tanto directamente de la red como con una placa fotovoltaica incorporada; al volver a casa comprobaré que la batería soporta más de ocho horas de funcionamiento continuo.

Retrocedemos luego unos kilómetros a lo largo de la carretera por la que llegamos anoche, hasta encontrar una desviación que gira hacia el norte internándose en el desierto. Franjas de arena se alternan con coladas volcánicas muy meteorizadas. El paisaje, bajo un sol cegador, es un permanente contraste de blancos y negros casi puros.

En mitad de las piedras surge alguna aldea, pero no se ven personas ni animales; supongo que estarán en el fondo de alguna rambla, donde se encuentran pastos para el ganado e incluso algún pozo. Surge de la nada una pareja de avestruces, que se alejan con calma, despectivos.

Paramos para comer en Sixa, un pequeño poblado que toma su nombre de encontrarse en el kilómetro sesenta de la carretera. Sobre una colina vemos unas tumbas afar, simples columnas de mampostería sobre montículos de piedras. Esto de honrar a los difuntos es una tradición muy reciente entre los afar, que, como la mayoría de los pueblos nómadas, se limitaban a abandonar los cadáveres en el desierto, cubiertos por un mínimo montón de piedras para impedir la acción de los chacales y las hienas. Solo con la sedentarización comenzó la costumbre de construir cementerios rudimentarios en las cercanías de los poblados.

El restaurante, un simple chiringuito, también funciona como hotel; por un precio muy modesto se puede alquilar una cama sin colchón justo al borde de la carretera.

Messi, nuestro cocinero, nos prepara un picoteo de ensalada y bocadillos de chopped pork con las provisiones que llevamos en los coches, y añade la comida tradicional etíope, injera con shiro (un puré muy especiado de legumbres y tomate). Complementa el menú con una fuente de cabra frita, durísima pero muy sabrosa.

Traía muy malas referencias sobre la injera, el alimento base en toda esta zona. En varios blogs de viaje había leído que era algo desagradable, una especie de spontex húmedo y ácido, incomible. Por suerte, me gusta, y a partir de hoy lo comeré siempre que tenga ocasión. La injera se prepara a partir de harina de teff, un cereal endémico de Etiopía. La harina se mezcla con agua y se deja fermentar ligeramente, sin añadirle ningún tipo de levadura; las malas lenguas dicen que la fermentación se produce bajo una capa de estiércol de vaca, cosa que dudo.

La masa resultante, muy líquida, se vierte sobre un gran disco de arcilla situado sobre el fuego, utilizando como embudo una calabaza hueca. Es fundamental el juego de muñeca de la cocinera, que dibuja sobre el disco una espiral perfecta y consigue una especie de crêpe de espesor uniforme.
En dos minutos, sin darle la vuelta, se retira del fuego y se almacena hasta que llega el momento de comerla, habitualmente fría. Su tacto, efectivamente, es la de un spontex ligeramente húmedo, pero ahí acaba toda la semejanza. Tiene un sabor neutro, en absoluto ácido, color marrón, y no huele a nada. Perfecto para acompañar cualquier guiso.

Se come colocando una de estas crepes, de medio metro de diámetro, en el centro de la mesa. Sobre ella se vierten varios cucharones de guiso; cada comensal va cortando pedazos de injera, que utiliza como pinza para rebañar el guiso. Los etíopes comen elegantemente, sin mancharse ni necesidad de servilleta; los guiris acabamos con cara, manos y camisa cubiertos de goterones. Por eso, en los restaurantes más europeos, sirven la injera en cada plato, ya cortada, y se utiliza cuchillo y tenedor.
Dentro del restaurante se está casi fresco; fuera, la temperatura alcanza los cuarenta grados, y el viento es muy incómodo. Una mujer pasa por la carretera empujando a un burro y luchando contra el vendaval.

Seguimos hacia el norte, y por fin divisamos nuestra meta para ese día: el lago Afrera, situado a 80 metros bajo el nivel del mar. Aunque en la actualidad ocupa unos cien kilómetros cuadrados, hace diez mil años alcanzaba más de mil, cuando sus aguas aun eran dulces y la pesca muy abundante. Hoy la evaporación lo ha convertido en salobre, y su uso principal es la extracción de sal. Al no existir mareas, las extensas salinas de sus orillas se rellenan mediante bombas.

Instalamos nuestro campamento justo a orillas del lago, en una playa pública ubicada junto a un manantial termal. Nuestras tiendas iglú, en realidad un incordio para los usuarios habituales, se convierten rápidamente en un foco de atracción. A partir de este momento, todas nuestras actividades son seguidas con interés por un cada vez más nutrido grupos de niños, adultos y ancianos.


El baño en el lago nos refresca y nos ayuda a librarnos del polvo del camino, aunque la densidad del agua impide sumergirse, e incluso nadar boca abajo. Pasamos luego al estanque termal, de muy poca profundidad, con el agua a más de cuarenta grados, en el que permanezco solo unos minutos, temeroso de sufrir una caída de tensión; no tardaré mucho en comprobar la inutilidad de mis precauciones. Los indígenas no se cortan a la hora de fotografiarnos, me parece justo.

Nos acostamos temprano, en mitad del vendaval; las tiendas se agitan y parecen a punto de salir volando.

Al día siguiente, antes de amanecer, justo en el ecuador del viaje, salgo de la tienda a contemplar la salida del sol sobre el lago; luego me alejo para hacer de vientre. En cuanto termino y me incorporo, me entra un terrible mareo, pese al cual consigo alcanzar una alambrada cercana, a la que me aferro. No estoy asustado, sé perfectamente lo que me está pasando, aunque serán luego los médicos del grupo los que le pondrán nombre: una crisis vagal, que consiste en la falta de riego en la cabeza, con los consiguientes mareos, vómitos e incluso pérdida del conocimiento.

Intento acercarme al campamento agarrándome a la alambrada, con cuidado de no clavarme ninguna púa, pero pronto descubro que estoy en la zona elegida por las mujeres del poblado para asearse. Salen de entre los matorrales gritándome y cubriéndose con sus vestidos. Todos mis intentos para que me ayuden son inútiles, creo que están bastante más asustadas que yo.

Sigo avanzando hasta que termina la alambrada. Grito pidiendo ayuda, pero el viento, que no ha cesado en toda la noche, impide que me escuchen desde el campamento. Intento sentarme en unas piedras, pero pierdo por completo el equilibrio y caigo contra la alambrada, que me rasga la camisa. Menos mal que un afar se da cuenta y, deduciendo inteligentemente que formo parte del grupo que acampa a pocos metros, me acompaña hasta dejarme en manos de mis compañeros. Allí se moviliza inmediatamente el nutrido equipo médico, formado por tres médicos y dos enfermeras. Aprovecho para agradecer a Esther, a Menchu, a Marije, a Manu y a Carmen sus cuidados.

Rápidamente me tumban en una colchoneta, me colocan las piernas en alto para favorecer el riego en el cerebro, me abrigan, intentan tranquilizarme. Por suerte, no estoy en absoluto nervioso, reconozco los resultados de la combinación del calor, el cansancio, la tensión arterial excesivamente baja y el rápido paso de una posición en cuclillas a otra erguida. También me curan los rasguños producidos por el alambre de espino. Por suerte, ninguno de ellos ha perforado completamente la epidermis y estoy vacunado contra el tétanos, por lo que no es necesario ponerme el suero.

Cuando mejoro algo me incorporo y me siento a la mesa para desayunar algo y tomar mi medicación habitual, pero en pocos minutos me vuelvo a marear, y me tienen que colocar en la colchoneta, donde vomito. Arrastran mi colchoneta para separarme de los vómitos, que tapan con arena, y me hacen tragar un antiemético.

Descanso allí mientras mis compañeros recogen los equipajes. A continuación tenían previsto un recorrido por las salinas, tengo que insistirles que me encuentro bien para que ninguno se quede conmigo. Dormito un buen rato mientras los conductores desmontan el campamento; luego el guía me acompaña hasta una de las comodísimas camas de madera y piel de cabra en las que han pasado la noche los chóferes; no tardo en quedarme dormido a la sombra de los coches, abrazado a mi macuto; el malestar no me impide cuidar mis pertenencias. Cuando me despierto me tomo de nuevo la tensión: es baja pero no excesivamente.

Cuando los chóferes terminan de estibar y trincar el material, me suben a uno de los coches para trasladarnos al poblado que sirve de base a los trabajadores de la sal. En realidad es un mero asentamiento, la versión moderna de un pueblo del oeste americano en plena fiebre del oro.

Allí se juntan gentes procedentes de toda Etiopía, para dar servicio a los cientos de camiones que llegan cada día a cargar sal. En algunos alojamientos se duerme al aire libre; en otros se ofrecen habitaciones infectas de chapa corrugada. Si me viera obligado a dormir en este lugar tan poco acogedor, creo que preferiría las estrellas a la chapa, los mosquitos a las cucarachas. En cualquier caso, me da la impresión de que las habitaciones numeradas no se usan precisamente para dormir, sino para otro menester que también se suele ejercer en una cama. Veo pasar a uno de los chóferes abrazado a una camarera; luego me entero de que la tarifa por una cerveza y una hora con una chica está en trescientos bir, menos de diez euros, de los que uno es por la cerveza, cuatro para la habitación y cinco para la chica. ¡Y todavía hay quien defiende la prostitución!

No se ven muchas tiendas ni edificios oficiales, ni siquiera iglesias o mezquitas. Barberías, talleres mecánicos, gasolineras, la sucursal de un banco y un centro de salud se reparten por entre las chabolas.

Regresa mi equipo médico habitual y me conminan a beber suero oral. A sorbitos consigo tomarme un litro, pero sigo un poco mareado. Mis compañeros de coche me ceden el asiento de copiloto y me obligan a reclinarlo. Pese a todos sus cuidados, tengo claro que no volveré a hacer yo solo un viaje tan duro como este; me siento indefenso. No quiero ni pensar en qué pasaría si empeoro y me tienen que ingresar, lógicamente el resto del grupo tendría que seguir viaje, y yo me quedaría tirado en cualquier hospital etíope hasta que pudieran evacuarme a España. Mejor no jugar con fuego.

Pasadas las diez de la mañana, nos ponernos en marcha hacia el volcán Erta Alé, una de las joyas del viaje. Todos están deseando ascender al cráter para contemplar el lago de lava de su interior. Yo, en cambio, no me siento con fuerzas y le pido permiso al guía para quedarme en el campamento base.
Su respuesta es tajante:

—Por supuesto que te quedarás abajo, no pensaba dejarte subir.

Los primeros kilómetros transcurren por una carretera asfaltada, que algún día llegará a Mekele. Por ahora, el asfalto termina en el cuartel general de la empresa que construye la carretera, China Wu Yi Co. Ltd., con ingenieros chinos y mano de obra local. Allí se nos suma un policía autonómico, escolta obligatorio a partir de ahora. Uniforme azul, escaras tribales en ambas mejillas, gafas rosa e insignia de “Afar Poolis” en el hombro, daría risa si no fuera por el AK-47 que no suelta ni para comer. Es el modelo original ruso, con inscripciones en cirílico, no una de las imitaciones que se fabrican en numerosos países. Acabaré haciendo buenas migas con él, en el fondo es un pedazo de pan.

También se nos une un policía local, en realidad un miliciano de la subtribu afar que controla la zona del volcán. Armado también con su kalash, va de paisano y es de muy pocas palabras. No solo no habla inglés ni francés, lo que es normal, sino que ni siquiera entiende el árabe, lengua franca en todos los países que bordean el mar Rojo y en el cuerno de África.

A partir de ese momento, circulamos dos horas por la vía de servicio, una simple pista de arena y piedras que se va entrecruzando con la carretera en construcción. El traqueteo es demasiado para mi cuerpo debilitado, y acabo echando lo poco que me queda en el estómago. Menos mal que en lo sucesivo cierro los ojos y cesa el mareo, pese a que el firme no mejora, sino todo lo contrario.

Unos cincuenta kilómetros antes de llegar al volcán, la pista desaparece y la travesía se complica, además de que el calor también aumenta. Circulamos prácticamente campo a través, sobre coladas de lava muy irregulares; en algunos tramos seguimos las rodadas de los pocos vehículos que se acercan al volcán. La ruta está señalizada con montones de piedras, lo único que abunda en esta zona. El camino es un matadero, un destrozacoches, pero poco a poco me voy recuperando.

Llegamos por fin al campamento base, un círculo de cabañas de piedra volcánica con grandes rendijas para que circule el aire y entre la luz solar. El techo es una estructura de palos recubierta de paja; el suelo, muy irregular, de arena y piedras.

Mientras el cocinero prepara la comida, nos acomodamos en una par de cabañas, sobre esteras. Dentro no se está mal, el techo nos protege del sol y el viento que se cuela por entre las piedras refresca un poco el ambiente. Después de comer nos apiñamos para dormir una siesta durante las horas de más calor.

Mis compañeros se preparan para la ascensión al volcán: tres litros de agua y un bocadillo, buen calzado, frontal con baterías cargadas, sombrero, un pañuelo o mascarilla para protegerse del humo, saco sábana y cámara de fotos. Unos camellos contratados para la ocasión subirán más agua, las colchonetas y el desayuno. Los pastores afar aparecen con dos camellos extra, aparejados para montar; insisten en que no están incluidos en el precio contratado, los traen solo “por si acaso”.

El plan es empezar la subida, técnicamente sencilla, sobre las cuatro y media de la tarde, cuando el sol comienza a bajar. Luego seguirán caminando a oscuras hasta las nueve de la noche, hora en la que estiman llegar a la cima. Allí tendrán un par de horas para descansar y admirar el lago de lava incandescente, uno de los cinco únicos que existen en el mundo. Si los camellos llegan, harán vivac en la cumbre y comenzarán el descenso al amanecer; si no, descansarán otras dos o tres horas y comenzarán a bajar todavía de noche, para llegar al campo base antes de que el sol apriete. Sin agua adicional es muy arriesgado aventurarse a caminar al sol, el guía nos cuenta que hace unos años se le murió un turista en esta ruta, de un golpe de calor que degeneró en una parada cardíaca.

Antes de partir, uno de los bilbaínos se interesa por mi estado. “Zer moduz” (¿cómo estás). Le contesto, muy serio, con una de las pocas frases que conozco en euskera: “Salda dago” (hay caldo, rótulo muy habitual en las tascas de Bilbao). Por suerte, se lo toma bien.

Arranca por fin la expedición. Yo me quedo encantado, a la puerta de la cabaña en la que dormiré esta noche, bebiendo una infusión muy aguada de té verde y hierbabuena, mientras reviso mis notas.

El volcán se considera en erupción desde 1967. Los primeros europeos llegaron a su base en 1841 y a su cima en 1873, pero al estar situado en una región desértica y de difícil acceso, no había sido estudiado muy estudiado hasta la erupción.

Tampoco los afar se suelen acercar a él, en primer lugar porque no les ofrece ningún interés más allá del negocio turístico, y en segundo porque creen que en la cima habitan espíritus malignos que se pasean a caballo.

Yo sigo sentado, charlando a ratos con los conductores y hasta con Abdul, el ertzaina, que acaba prestándome su AK-47 para hacerme una foto. Con los conductores me entiendo en inglés y con Abdul en un árabe muy rudimentario, y —sobre todo— a base de gestos y sonrisas.

Conductores y ayudantes van preparándose para pasar la noche; a mí me adjudican la cabaña más cercana a la cocina. Primero forman un rectángulo con los coches, dentro del recinto del campamento, de forma que solo quede un estrecho paso para acceder a la zona en que se ubica mi cabaña y la cocina. Pienso que lo hacen como protección, al fin y al cabo ellos son oromo y estamos en territorio afar; no hace tantos años que los afar asaltaban y saqueaban sistemáticamente los trenes que iban de Addis Abeba a Yibuti. Luego descubriré que los coches son una protección, pero contra el viento que no cesará de soplar en toda la noche.

Luego extienden por el suelo las grandes lonas que usan habitualmente para proteger la carga de los coches, cuidando de subirlas hasta un metro de altura por los bordes. Forman así una especie de cubeta en la que colocan sus esteras y colchonetas.

Ceno con el personal; ellos tumbados en esteras, yo en mi silla plegable y con una mesita, como buen europeo. Me siento un poco bwana. El menú único es injera con shiro, que me encanta. Ellos comparten la comida de una fuente colectiva, pero a mí me la traen servida en un plato. Tengo que reconocer que Messi es un buen cocinero, aunque está enfadado porque el viento le apaga continuamente los fogones.

Después de cenar, y pese a ser musulmanes, me ofrecen compartir con ellos una botella de un licor al que llamar rakis, y que supongo relacionado con el anís turco raki, que no me gusta demasiado. A la mañana siguiente examino la botella vacía y leo la etiqueta: “Fine Champagne cognac - Distilled and bottled in Asmara (Eritrea)” A saber lo que es, pero con solo doce grados no parece demasiado peligroso.

Para corresponder, les ofrezco una botella mediana de Camus, auténtico coñac francés, comprada en Estambul. La aceptan con grandes muestras de agradecimiento, pero luego se la beben en el mismo vaso que el rakis, sin más comentario. Messi, el jefe de todos ellos, se limita a decirme: Eritrea coñac, french coñac. En el fondo, todo es alcohol.

Pasan el tiempo bebiendo muy lentamente, escuchando música pop etíope y, sobre todo, charlando. Por las pocas palabras que creo entender, hablan de música (Bob Marley), de política nacional e internacional (Yemen, Yibuti, per cent, tigriña) y principalmente de trabajo (Jordi, program, Kombolcha). De vez en cuando, por pura cortesía, me hacen una pregunta en inglés (las eternas cuestiones: edad, profesión, familia…) Me enseñan a dar las gracias en amhárico: Ama seke nato. Cuando el primero se levanta para acostarse, yo también me retiro a mi cabaña.

Todos se meten en sus sacos y apagan las frontales, aunque la música sigue sonando un rato. El viento cada vez es más fuerte, y se mete por todas partes, cargado de arena. Ahora comprendo mejor lo del rectángulo de coches y el parapeto de lona. En mi cabaña, sin puerta y con la entrada orientada a barlovento, no encuentro forma de dormir. Tres veces tengo que cambiar la ubicación y orientación de la colchoneta antes de poderme relajar. Termino de espaldas a la entrada, con el saco sábana cubriéndome hasta la cabeza. Aún así me despierto, al amanecer, rebozado en arena. No muy lejos del campamento, con un resto de infusión de hierbabuena que me resulta muy refrescante, me lavo los dientes y la cara; también enjuago las gafas en un vano intento de limpiarlas de polvo.

Cuando regreso al campamento, algunos siguen durmiendo, pero Messi los pone rápidamente en marcha. Hay que recoger el dormitorio y preparar el desayuno para los expedicionarios.

Sobre las nueve llegan mis compañeros, cansados y un tanto decepcionados, por no decir mucho. El intenso humo ocultaba completamente el lago de lava, han sido 9 horas de camino para nada. Abdul, el ertzaina, me saluda hombro contra hombro, al estilo etíope. Amigos para siempre.

Me cuentan, entre risas, el gran negocio de los camellos de silla. Durante la ascensión, alguna de mis compañeras se rindió, agotada. En ese momento, sin otra alternativa, el alquiler de los camellos disponibles de multiplicó por diez. Era la ley del mercado, en una situación de monopolio perfecto. O pagabas lo que te pedían por subirte a un camello, o te quedabas a mitad de la pendiente.
Poco después emprendemos viaje hacia el infierno de Dallol. Pero esa es otra historia, que podéis leer pinchando aquí.

Y si quieres reservar mi nueva novela, "El olor de un diamante"puedes reservarla aquí.

miércoles, 6 de marzo de 2019

La falla del Rift

(1 al 5 de febrero de 2019)

Dedico este texto y los siguientes a Antonio, Carmen, Esther, Inma, Karmen, Marije, los dos Manuel, Manuela, Menchu, Ricardo, Rosalía, Tomás y Xavi, que me acompañaron en este viaje, y que tanto contribuyeron a hacérmelo más llevadero.

Tengo que aclarar aquí que algunas de las fotos utilizadas para ilustrar este texto han sido realizadas por mis compañeras de viaje, especialmente por Inma. A todas ellas les agradezco su colaboración.

Este viaje solo se puede entender como un arrebato de locura. Cuando leí los datos en el folleto de la agencia, me di cuenta inmediatamente de que iba a ser duro. No íbamos a dormir dos noches seguidas en el mismo sitio, los recorridos en coche eran muy largos, había varias noches de acampada y un par de ascensiones un tanto exigentes, y las temperaturas —durante la mayor parte del recorrido— serían muy altas, incluso en invierno. Luego, la realidad superó ampliamente mis previsiones; por eso, a quienes me dicen que he sido muy valiente para meterme en esta aventura, les contesto que se trata más de inconsciencia que de valentía.

El Ministerio de Asuntos Exteriores lo advierte muy claro; en su página de consejos a los viajeros por Etiopía se lee:

No se recomienda visitar y desplazarse por la región de Afar (noroeste de Etiopía), y en particular por la región de Danakil, fronteriza con Eritrea. Además de la existencia de grupos de bandidos incontrolados y terroristas en la región, en enero de 2012 se produjo un atentado contra turistas extranjeros en la zona del volcán Erta Ale. Asimismo, cabe señalar que, debido al carácter remoto de la región del Danakil, resulta sumamente complejo garantizar una evacuación médica en caso de accidente.


El primer día de viaje se nos va entre esperas en los aeropuertos y el vuelo a Estambul, en el que compruebo la realidad de lo que hasta ahora había considerado una leyenda urbana. Mi vecino, un español de unos cuarenta años, me cuenta que viaja a Turquía con otros cuatro amigos, trabajadores como él de una cementera en Lanzarote, para hacerse un injerto de pelo.

Yo sabía que España es el segundo país del mundo con mayor porcentaje de personas con calvicie (43%), precedido solo por la República Checa, que solo nos supera en unas décimas. Y dado que la calvicie nos afecta mayoritariamente a los hombres, la porporción de calvos en España estoy convencido de que supera el 75%. Estamos en franca mayoría.

Al parecer, los turcos se han especializado en este mercado, y existe un flujo creciente de calvos españoles (y de otros países) que aprovechan los precios bajos y la experiencia de los cirujanos para esta mejora de imagen. Numerosas agencias españolas ofrecen paquetes “Especial calvos”, que por unos cinco mil euros incluyen viaje en avión, visado, traslados hotel – aeropuerto - clínica, alojamiento en pensión completa, asistencia en español, y, por supuesto, la operación de trasplante de pelo con todos los gastos asociados. Teniendo en cuenta que en España solo el tratamiento cuesta en torno a catorce mil euros, se comprende la afluencia de compatriotas. Se calcula en más de doscientos los españoles que acuden cada día a Estambul para operarse, cifra que se incrementa los fines de semana.

Espero que le haya salido todo bien, aunque estaba preocupado por el posoperatorio, que se puede complicar por efectos del casco de seguridad y el polvo de cemento que tendrá que soportar cuando vuelva al trabajo.

El aeropuerto de Estambul, todavía dedicado al modernizador Kemal Ataturk, hierve de mujeres con vestidos y tocados de todos los países de la zona. Turcas, por supuesto, con el cabello más o menos cubierto; turcomanas de enormes turbantes cilíndricos; árabes con las caras casi completamente ocultas, y, destacando por encima de todas ellas, las impresionantemente guapas mujeres del Cuerno de África. No sé si eritreas, etíopes o somalíes, aunque mejor habría que hablar de tigrays, mursis, afar, amharas u oromos, que compiten en belleza y elegancia.

En la madrugada del segundo día volamos hasta Yibuti Town, la capital del actual estado de Yibuti, el antiguo Territorio Francés de los Afar y los Issas. Yibuti es un país muy pequeño, poco más grande que la provincia de Badajoz, cuya única riqueza es su ubicación, entre el Mar Rojo y el océano Índico, en la principal ruta de tráfico marítimo entre Europa y Asia. Entró en la historia como parte del reino abisinio de Aksum.

Su escasa población, la casi total ausencia de riquezas naturales, y los desiertos y montañas que dificultaban la comunicación con el macizo etíope hicieron que sus lazos con Aksum fueran muy lasos, y que poco a poco se convirtiera al islam por influencia de los comerciantes árabes.

Cuando los ingleses ocuparon Egipto y Yemen y controlaron el Canal de Suez, los franceses hicieron tratos con los sultanes afar de Obock y Tadjoura y se instalaron en la zona. El puerto de la capital se convirtió en una escala de los paquebotes franceses en su ruta hacia Madagascar e Indochina.

En 1977, la República de Yibuti obtuvo la independencia formal.

Hoy en día sigue explotando su posición geográfica, tanto desde el punto de vista logístico (posee un importante puerto y un ferrocarril que lo comunica con Etiopía) como estratégico. Allí tienen bases militares los japoneses, italianos, chinos, franceses y norteamericanos, y también sirve como punto de avituallamiento para la Operación Atalanta de control de la piratería somalí. Curiosamente, esos mismos piratas utilizan Yibuti para blanquear el dinero obtenido con los secuestros.

Se trata de un país artificial, en el que la mayor parte de la población vive en la miseria, dependiendo de la ayuda internacional, y donde la esperanza de vida es muy baja, 43 años frente a los 66 de promedio en el resto del planeta, añadiendo a esta situación una tasa de natalidad de 5,23 hijos por mujer, una de las más altas del mundo.

Durante el vuelo, voy reconociendo los escenarios del libro “Los secretos del Mar Rojo”, que he leído muy recientemente. Por aquí se movía su autor, Henri de Monfreid, comerciante, escritor y aventurero. Recorrió estas aguas desde 1911 hasta 1960. Port Sudán, Massawa, Al Hodeida, las islas Dahlak y Hasin, el golfo de Adén, el estrecho de Bab el-Mandeb o Puerta de las Lamentaciones, y muchos más lugares, le sirvieron como telón de fondo de sus negocios. Habitualmente bordeaba la legalidad, cuando no la despreciaba abiertamente. Comenzó comerciando en cuero y café, pero pronto se pasó a otros negocios que le parecían más lucrativos, como la pesca de perlas o el tráfico de armas y puede que hasta el de esclavos. Pero poco podía hacer un francés frente a sus competidores árabes, que llevaban siglos en el negocio. Su fin llegó cuando se enfrentó al sindicato, una mafia de contrabandistas yemeníes que controlaba los movimientos de armas y municiones en todo el golfo, con la complicidad bien pagada de las autoridades francesas.

Tras sufrir sucesivas estafas, acabó condenado a varios años de prisión. Solo salió de ella a cambio de ser deportado a Francia y presentarse voluntario para luchar contra los alemanes.

En aquellos tiempos, en torno a la Primera Guerra Mundial, ya había por aquí patrulleras inglesas y francesas tratando de reprimir hipócritamente los tráficos ilícitos, a la vez que vigilaban y contrarrestaban la influencia de los agentes alemanes en un amplio territorio que, al menos sobre el papel, pertenecía al imperio otomano.

El avión aterriza bruscamente en una pista llena de baches, premonitoria de lo que luego serán las carreteras yibutíes. Los trámites de inmigración son bastante ágiles, pero pronto nos encontramos con la primera prueba de la reluctancia a las fotografías que impera en este país. Un soldado nos indica que solamente podemos hacer fotos del letrero que reza “Airport International de Djibouti”, pero no del resto de instalaciones, y revisa minuciosamente cámaras y móviles para comprobar que no hemos fotografiado ningún edificio de interés estratégico.

La capital no presenta demasiado interés. Tiene cerca de un millón de habitantes, pero sus calles, polvorientas y llenas de baches, no lo parecen. Muchas de ellas conservan sus nombres franceses (Marseille, Clemenceau, Foucauld) y otras recuerdan capitales europeas; incluso hay una Rue de Madrid.

Cruzamos una zona militar francesa, donde tiene su base una brigada de la Legión Extranjera. A su alrededor se extienden organismos oficiales, embajadas y chalés protegidos con concertinas. Por las calles, burros y cabras en abundancia.

El hotel no es nada del otro mundo. Una estrecha escalera al fondo de un portal conduce al segundo piso, donde le recepción se limita a un despacho con ventana al pasillo. Las habitaciones se organizan en torno a este pasillo que rodea el patio central, y son una mezcla de cutrerío y nuevo lujo chino. La que compartiré con Antonio, madrileño, cuenta con un dormitorio amplio, una cocina en ruinas por la que corren las cucarachas, un cuarto de baño en no muy buen estado, y una salita con muebles estilo años 70, recién fabricados en China, que encajarían perfectamente en las primeras películas de Almodóvar.

Una vez duchado, hecha la colada y descansado un rato, acompaño a nuestro guía a cambiar dinero; nada de ir a un banco, eso sería demasiado prosaico. Probamos primero con varias cambistas callejeras, siempre mujeres, que nos ofrecen precios muy similares, algo menos de doscientos francos yibutíes por euro. Nos metemos en un callejón muy estrecho, en el que dormitan varios mendigos, y detrás de un recodo encontramos una auténtica oficina de cambio. Un guardia de seguridad con el Kalashnikov colgado de un clavo en la pared, una mampara de cristal detrás de la cual media docena de hombres cuentan, grapan y enfajan billetes de varios países, y un grupo de presuntos clientes, que simplemente descansan en unos sofás y dejan pasar el tiempo charlando. Como le dicen los tuareg a los europeos: Ustedes tienen reloj, nosotros tenemos tiempo.

Nos ofrecen un cambio correcto, ligeramente superior al de las cambistas, y solo después de mucho insistir acceden a darnos algunos billetes pequeños. Casi todo el dinero nos lo entregan en billetes de dos mil francos, unos diez euros, que representan una caravana de camellos circulando por el lago Abbé.

Sigo yo solo recorriendo el mercado, o mejor dicho lo que queda del antiguo zoco, trasladado hace años a un nuevo y aséptico emplazamiento en las afueras. Busco telas africanas, con sus estampados coloridos, como las que compré hace años en la República Democrática del Congo. Todas las que encuentro son chinas, de poliéster o como mucho de viscosa, con diseños bastante feos. No veo por ninguna parte las magníficas piezas de cinco metros de largo fabricadas en la India, que visten la mayoría de las mujeres en el África subsahariana. Ni siquiera la ayuda de Menchu, gaditano-murciana y tejedora, me permite encontrar lo que busco.

A lo largo de una cuadrícula de callejuelas se extienden los puestos de ropa, de zapatos, de electrónica, de utensilios de cocina, los asaderos de pinchitos y los sastres con sus máquinas de coser, auténticas piezas de museo. Uno que maneja una antiquísima Pfaff motorizada artesanalmente, me dice que la máquina original perteneció a su padre, y antes a su abuelo. La inmensa mayoría son hombres, aunque entre ellos destaca alguna mujer con sus ropas coloridas.

También abundan los mabraz, establecimientos para mascar khat. Esta planta, que llega diariamente desde Etiopía antes de mediodía, forma parte de la cultura de los países que rodean el mar Rojo. Por todas partes se ve a la gente con una bola en la mejilla, formada por las hojas que mascan continuamente.

La planta (Catha Edulis), una vez cortada, pierde rápidamente sus propiedades psicotrópicas, así que los consumidores tienen que darse prisa y tomarla fresca. Mastican los brotes, como si de hojas de coca se tratase. La bibliografía dice que la primera sensación es de risa tonta, seguida de una locuacidad excesiva e incluso de brotes de euforia. Yo no noto nada de todo eso, los mascadores parecen más bien ensoñados.

Sigo callejeando hasta que me encuentro con dos compañeros de viaje, Manu y Esther, que, fieles a la tradición bilbaína, han salido a tomar unos potes. Nos metemos en el primer local que vemos con aspecto de bar, oscuro como un club nocturno. Le pregunto al encargado si tienen cerveza, y niega con la cabeza. Señala a una chica guapísima apoyada en la barra, muy pintada y bastante ligera de ropa. Está claro que su negocio no es el alcohol. Muy amable, el encargado ¿chulo habría que decir? me indica otro local cercano, más apropiado para lo que buscamos.

En la terraza de este bar sí que nos sirven unas copitas de vino, blanco o tinto a elegir, sin más detalles. Como nos los traen ya servidos, nos quedamos con las ganas de saber de dónde proceden y con qué uvas están elaborados. No es muy malo, pero para los mil francos (cinco euros) que nos cobran por cada copa me parece carísimo. Nos queda el consuelo de haber ido de vinos por Yibuti Town.

De vuelta al hotel, charlo un rato con un toledano, que teclea frenético en su portátil mientras trata de conectarse a la endeble red WiFi de recepción. Está desesperado. Vino a Yibuti para hacer un trabajo no especificado, que debería haber resuelto en una semana, y lleva aquí casi un mes sin que el asunto —sea cual sea— avance lo más mínimo. No entiende que hayamos venido aquí de turismo. Yo tampoco.

Después de comer, damos un breve paseo sin sentido por la playa, conocida aquí como La Siesta. El sol cae a plomo y la marea está baja, dejando al descubierto una gran extensión de fango maloliente. No se ve un alma.

Visitamos a continuación el puerto pesquero, también inactivo al mediodía. Parece que la vida de la ciudad se paraliza de doce a seis de la tarde; lo mismo deberíamos haber hecho nosotros. Vemos algunos de los antiguos dhows de madera, que en su día surcaron el Mar Rojo y el océano Índico, desde Madagascar hasta Omán, desde Egipto hasta la India, y que sirvieron de modelo para las carabelas. Hoy, motorizados, compiten difícilmente con los buques más modernos. Por la plancha suben a hombros cajas de cerveza,  botellas de agua, cubos de plástico, sacos de arroz, con destino a las islas y los pequeños puertos del golfo de Adén.

Una fragata india comparte muelle con cargueros franceses y, sobre todo, chinos. Un imperio se acaba y otro comienza.

No se ve a casi nadie por las calles polvorientas. ¿Dónde se mete el casi un millón de habitantes de esta ciudad fantasma?

Con el sol a punto de ponerse, regresamos a la playa de La Siesta. El ambiente más fresco y la marea alta me incitarían a darme un baño si no supiera que este mar azul oscuro oculta un barrizal pestilente. Varias parejas jóvenes juegan al volley-playa; los hombres con vaqueros y camiseta, las mujeres con sus largos vestidos multicapas. Se nota que ellas disfrutan de la diversión, pese a lo incómodo de sus atuendos.

Al día siguiente, domingo, después de un desayuno servido en la habitación, nos subimos a nuestros Toyota Landcruiser y salimos para la bahía de Goubet y el lago Essal.

Estamos justo en un extremo de la falla del gran valle del Rift, por donde algún día se romperá África, dejando derivar a toda su costa oriental hacia el subcontinente indio. Esta falla, cuyas muestras más conocidas son los lagos Malawi, Tanganica y Alberto, se extiende a lo largo de más de cuatro mil kilómetros, desde Mozambique hasta Yibuti, pasando por Malaui, Tanzania, Burundi, Ruanda, Congo, Uganda, Kenia y Etiopía. En sus laderas se han encontrado los fósiles de homínidos más antiguos que se conocen, como la famosa Lucy, ejemplar de Australopithecus afarensis.


Encontramos una primera muestra de la falla en el cañón de Dimbya-Adailé, una profunda cicatriz que rompe la corteza terrestre, hasta más de setecientos metros de profundidad, y desemboca en el mar seis kilómetros más lejos.


En este trayecto me toca sentarme en el asiento del copiloto. Omar, el conductor, es de pocas palabras, y la cháchara incesante de mis compañeros me llega en sordina. Me relajo contemplando el paisaje.

Algunas daboitás, las cabañas afar, se pierden entre coladas volcánicas, acacias espinosas y algunas solanáceas claramente venenosas. Si las piedras valieran dinero, aquí todos serían millonarios. Miles de botellas de plástico se extienden sobre las costras de lava resquebrajada. No vemos ningún cultivo, solo algunas palmeras en las desembocaduras de las ramblas.

Llegamos por fin al lago Assal o Bahr al Assal (Mar de Miel en árabe) cuya superficie está a ciento cincuenta metros bajo el nivel del mar. Es el lago más salino de la Tierra y el punto más bajo de África. En todo el mundo, solo el Mar Muerto y el mar de Galilea están más bajos.

Sus aguas, con 348 gramos de sal por litro, constituyen la mayor reserva de sal del planeta, y siguen en explotación. Pese a estar a diez kilómetros de la bahía de Goubet, las aguas del mar se filtran hasta este lago, donde forman manantiales submarinos que aportan continuamente más sal. La fuerte insolación y el viento seco de levante hacen el resto del trabajo, y la sal se va depositando en las playas, sobre las que forma gruesas costras. En algunos tramos se han construido estanques artificiales que aceleran el proceso; luego la sal se tritura en una instalación industrial y se envía en camiones hasta la bahía de Goubet, donde se embarca.

En las aguas poco profundas, cerca de la orilla, se forman crestas de sal que parecen olas rompiendo.

Unos afar venden en la misma playa las llamadas perlas de Yibuti, esferas perfectas de sal que se forman de manera natural en el fondo del lago, así como diversos objetos recubiertos de sal cristalizada: ramas de arbustos, calaveras de cabra bastante macabras…. Compro un paquete de perlas, y me dan la vuelta en más perlas, con el pretexto de que no tienen cambio.

Seguimos ruta, y al borde de la carretera nos encontramos con el manantial termal de Korili, un rosario de charcas cuya temperatura va descendiendo conforme nos alejamos de la fuente; así cada cual puede encontrar el punto ideal para bañarse. Mientras estamos sumergidos en el agua, más o menos desnudos, unos pececillos nos mordisquean la piel.

En una rutina que luego descubrimos que era diaria, Omar nos castiga con una emisora que alterna interminables cánticos del Corán con no menos inacabables sermones. Según Omar, el predicador narra fragmentos de la historia sagrada, pero el tono me parece demasiado agrio y conminativo.

Seguimos costeando la bahía de Goubet Al-Kharab o Golfo de los Demonios, que se comunica con el golfo de Tadjoura a través de un paso de menos de doscientos metros de ancho. El nombre, según algunas fuentes, viene de los diablos que habitaban en sus profundidades e intentaban ahogar a quienes navegaban sus aguas. En cualquier caso, los fuertes vientos, las corrientes y el relieve escarpado de sus costas hacen peligrosa la navegación por la misma, según cuenta Henri de Monfreid en varios de sus libros.

Paramos en una playa de piedras, solitaria, y aprovechamos un merendero abandonado para comer unos bocadillos. En un paseo por la orilla, además de cangrejos, lapas y gaviotas, me encuentro los restos de una defensa Yokohama, un gran cilindro de caucho y cuerdas que en su día defendió a algún buque de los golpes contra el muelle. Probablemente, una tormenta la arrancó de cualquiera de los cargueros que cruzan el golfo de Adén.

Conforme nos acercamos a los montes Goda, aumenta el número y tamaño de las ramblas, y cruzamos varios pueblos mínimos. Chozas de palos y esteras, alguna casa de bloques de hormigón sin enlucir, una escuela y una mezquita que se agrupan en torno al pozo comunal.

Por fin nos alejamos de la costa, y por el fondo de una rambla nos internamos en las montañas. Los chinos están construyendo una nueva carretera para acceder al norte de Etiopía y a Eritrea, y la circulación es muy cómoda. A los pocos kilómetros abandonamos la carretera y nos metemos por un camino casi impracticable para nuestros Landcruiser. Tantos son los botes que damos dentro del coche que por la fuerza que hago con los pies se me descose una sandalia. Los árboles aumentan en número, tamaño y variedad. Siguen predominando las acacias espinosas, pero aparecen muchas otras especies, entre las que distingo algarrobos y almendros.

Ya anocheciendo llegamos al campamento turístico de Bankoualé, un grupo de cabañas amplias, con paredes de palos que dejan grandes rendijas entre ellos, y techo de cañas. Tienen hasta bombillas. La cama es también de palos y cañas, pero dispone de una colchoneta y una manta, casi lo prefiero al hotel cutre de anoche.

Los conductores, cansados por las muchas horas al volante, no pierden el tiempo. En cuanto descargamos los equipajes se instalan a charlar en un sombrajo al borde del barranco.

A la puesta del sol, el almuédano de una aldea cercana lanza una breve llamada a la oración. Se agradece que no nos castigue con la oración completa, como hacen en otras mezquitas.

La cama de palos es mucho más cómoda de lo que parece, y duermo casi ocho horas de un tirón, sin mosquitos, ni grillos, ni siquiera ronquidos de Antonio, mi excelente compañero de habitación. Me despierta el almuédano al amanecer y aprovecho ese rato de tranquilidad para anotar mis impresiones de la víspera.

Después de desayunar caminamos rambla arriba, donde comprobamos el milagro del agua subterránea. La escorrentía que circula varios metros por debajo de la rambla aflora en pozos y manantiales, permitiendo la existencia en medio de este paisaje inhóspito de huertos con hortalizas y grandes árboles del mango. Un chiquillo armado con una honda espanta a los monos que intentan comer los frutos.


Nos acercamos a la cercana aldea de Ardo, para visitar una pequeña tienda cooperativa de artesanía y una escuela, ambas construidas con ayuda francesa y de la Unión Europea. Nuestra llegada causa una revolución en la escuela, hasta que los maestros comprenden que lo mejor es interrumpir las clases y dejar que la chiquillería interactúe con los visitantes. Niños y niñas nos miran, con ojos enormes y toda la inocencia del mundo; nosotros los fotografiamos. Al principio, lógicamente, están un poco asustados, pero pronto cogen confianza. Nos enseñan sus exámenes de francés, sus dibujos, nos piden nuestras cámaras para fotografiarnos, intentan enseñarnos a contar en afar… La nota triste la ponen otros niños, sin uniforme, que se quedan fuera del recinto de la escuela. Me imagino que la imposibilidad de costearse el uniforme es lo que los deja fuera del sistema educativo.

 Volvemos a la carretera asfaltada y seguimos hasta Tadjoura, pomposamente conocida como la Ciudad Blanca de las Siete Mezquitas. Aunque es la ciudad más antigua de Yibuti y antigua capital de esta región, en la actualidad es un pueblecito habitado por poco más de 3.000 personas y muchas más cabras, que se alimentan de plásticos, papeles y cualquier otro desecho. Poco queda de las famosas siete mezquitas, la única que localizo es minúscula.

En el mercado, las vendedoras se muestran muy reticentes a ser fotografiadas.

En tiempos, Tadjoura fue un importante centro del comercio de esclavos y del tráfico de armas, al que se dedicaron tanto Arthur Rimbaud como el ya mencionado Henri de Monfreid. Allí sigue viviendo el sultán, máxima autoridad de los afar Ad-Ali Abli. Quizás cuando los chinos terminen la carretera hasta la frontera etíope, el ferrocarril a Mekele a través del desierto del Danakil, y el gran puerto de contenedores, al que solo le faltan las grúas, Tadjoura vuelva a ser el importante centro comercial de otros tiempos.

Después de un breve recorrido por este pueblo soñoliento, seguimos hacia el norte hasta el faro de Ras Bir, considerado el segundo más alto de África. En funcionamiento desde 1889, ahora alberga también un radar de control del tráfico marítimo. El encargado nos pide quinientos francos por cabeza si queremos subir al faro, en negro, por supuesto. Nadie acepta su oferta, y paseamos un rato por el borde del acantilado, donde nos encontramos la mezquita más pobre y escueta que he visto en mi vida. Ni techo tiene, solamente la existencia de un nicho orientado a La Meca nos da pistas sobre el uso de este cercado de piedras, que más parece un aprisco.

En torno a la mezquita, otros corralitos, más pobres si cabe, guardan esteras y colchonetas. ¿Quién dormirá aquí, en este secarral, sin siquiera un techo para guarecerse?

Regresamos a Tadjoura, con una parada en Obock para comer. Este pueblo, antigua base francesa, es todavía más desolado, si cabe, que Tadjoura. Las botellas y bolsas del plástico cubren todo el pueblo y sus alrededores.

A la izquierda de la carretera vemos el campamento de Markazi para refugiados yemeníes. Construido en 2015 y ampliado en varias ocasiones, en la actualidad alberga a más de cinco mil personas que han llegado a través del Mar Rojo huyendo de la guerra. Es de destacar que Yibuti, pese a su pequeño tamaño y su pobreza (puesto 146 sobre 196 países), no está obstaculizando la llegada de los barcos de refugiados, que pueden establecerse en cualquier punto del país. Los que optan por quedarse en el campamento es porque no tienen recursos para conseguir una vivienda mejor. Tampoco es que las condiciones del campo sean magníficas; los refugiados más antiguos viven en caracolas, los siguientes en carpas y los recién llegados en chabolas. Los niños reciben cursos de apoyo en Obock para facilitar su integración en el sistema escolar yibutí.

No olvidemos que Yemen, otro de los países más pobres del mundo, lleva más de tres años envuelto en una guerra civil, en la que en realidad se enfrentan las dos potencias regionales: por un lado Irán, y por otro una coalición internacional liderada por Arabia Saudí y apoyada por Estados Unidos, Reino Unido y Francia. Se calcula que unos noventa mil niños han muerto de hambre, y que más de veinte millones de personas necesitan ayuda urgente. No es de extrañar que tres millones de yemeníes se hayan visto obligados a abandonar sus hogares.

Después de visitar estos lugares desolados, la llegada a la playa de Sables Blanches es un verdadero choque. Ni miseria, ni desierto, ni plásticos, ni matojos. Una larga franja de arena blanca, deslumbrante, se apoya en un acantilado negro mate. Nos alojamos en el único hotel, un edificio bajo, a pie de playa, en el que los cuatro ocupantes del coche número tres compartimos una suite. Antes de anochecer nos da tiempo a meternos en un mar verde intenso, a bucear entre los corales y miles de peces de colores. El agua está a una temperatura ideal, cuesta salirse para la cena.

Aprovecho la última oportunidad que voy a tener en varios días de ducharme cómodamente, lavar la ropa y recargar las baterías de los tres aparatos eléctricos que llevo: móvil, cámara y linterna frontal.

Antes de amanecer salgo a dar un paseo por la orilla. Unos animales fosforescentes brillan justo en donde las olas rompen contra la playa. Los busco con la frontal pero no veo nada, supongo que se trata de una concentración de Noctiluca Scintillians, muy habitual en las aguas cálidas y poco profundas. El efecto es hipnótico, y no soy capaz de volver a la cama. Me siento en la orilla hasta que el amanecer apaga estas lucecitas microscópicas.

Dicen que estas mismas aguas son visitadas a menudo por  los tiburones ballena, el pez más grande del mundo (pesa más que un elefante). Aunque las avistaciones son frecuentes ahora en invierno, cuando estos escualos acuden para alimentarse de plancton, no tengo la suerte de verlos.

El martes, después de desayunar, reanudamos nuestro viaje, aunque yo me habría quedado aquí un par de días más. Son las desventajas de viajar en grupo.

Nos internamos en una zona de alta actividad volcánica, debida a la erupción del Ardoukouba hace solo cuarenta años. La empresa Islandic Drill está construyendo una planta de energía geotérmica, para lo que bombean agua salada desde la bahía de Goubet, la transforman en vapor con el calor del subsuelo, y luego vierten la salmuera de condensación en el lago Essal. No se sabe si este aporte alterará el equilibrio del lago, ni creo que le importe al gobierno de Yibuti, conocido por su alto nivel de corrupción. Junto a la planta, grandes grietas rompen las coladas de lava de la última erupción; por alguna de ellas sale vapor.

Subimos luego al cráter del volcán, entre campos de lava, fumarolas, bocas menores y afloramientos calizos del fondo de un antiguo mar. La fuerza del levante en lo alto del cono me provoca vértigo, y no me atrevo a recorrer el sendero que bordea la caldera.

Aquí se comprueban sobre el terreno las teorías de Wegener sobre la deriva de los continentes, que nos enseñaban en bachillerato. En 1912, basándose, entre otras cosas, en la manera en que parecen encajar las formas de los continentes a cada lado del océano Atlántico, y en registros fósiles, Wegener declaró que el conjunto de los continentes actuales estuvieron unidos en un pasado muy remoto, formando un supercontinente denominado Pangea. Aunque en aquel momento nadie le hizo caso, en la actualidad sus ideas han quedado englobadas en la tectónica de placas. Esta teoría justifica la creciente apertura de la falla de Rift, cuyas microgrietas estamos contemplando.

Seguimos nuestra ruta a través del desierto, abandonando poco a poco la zona volcánica. Crecen las zonas de arena. Al borde de la carretera, asfaltada en este tramo, se alinean bidones de plástico de unos cien litros. Omar nos explica que cada dos o tres días, los camiones cisterna del gobierno rellenan estos recipientes, a donde vienen a buscar agua las mujeres afar de los alrededores. Cargadas cada una con bidones de veinte litros, caminan largo rato hasta sus cabañas perdidas entre los barrancos.

Pronto llegaremos al lago Abbé, pero esa es otra historia que podéis leer pinchando aquí.

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martes, 12 de febrero de 2019

ROMA


La película es muy lenta y cuesta centrarse. Durante muchos minutos de cinta el juego consiste en tratar de adivinar cual es el tema, o de qué va, como se dice ahora.

Sin embargo, en un momento de la proyección puede que el espectador se de cuenta de que por ensalmo del director Alfonso Cuarón, ha sido transportado a los años 70 del siglo XX. Radios omnipresentes a todo volúmen, actividad bulliciosa, claxons de automóviles, salidas dominicales de cines atestados - ¡ay! cómo me dolió esta imagen cuando me di cuenta de que estaba viendo la película en Netflix.

Pero ¿cómo es posible que la recreación del ambiente de México DF en los primeros 70 presente delante de mis ojos el ambiente de mi barrio de Argüelles en esa época en Madrid? ¿será que no eran tan distintos? ¿será una reedición del milagro de las lenguas de Pentecostés?

Una vez captados por la batuta de Alfonso Cuarón vemos que la película tiene más mensaje que una pura recopilación de recuerdos - he oido o leido por ahí comparaciones con Amarcord de Fellini. Nada que ver, Roma tiene tésis y  muy bien expuesta, es uno de los alegatos contra el machismo mejores que puedo recordar.

La verdad es que Alfonso Cuarón es un gran director. Incluso el viejo truco de crear un personaje abyecto y ridículo y asignarle después una ideología deleznable le funciona y casi ni se nota.

¿Qué si recomiendo ver la película? Eso es cosa tuya, a mi me ha encantado.


sábado, 2 de febrero de 2019

"Campeones": De supervivientes a triunfadores en un mágico cuento de Javier Fesser.



Queridos Cinéfilos

Hace pocos meses vi “Campeones”, película dirigida por Javier Fesser y entonces recién elegida para representar a España en la competición para el Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa, aunque desafortunadamente no pasó la posterior criba por la Academia responsable de dicho premio en la selección del quinteto finalista. 

Antes he calificado “desafortunadamente” por dos razones: me ha parecido una de las películas mejor intencionadas y con el mensaje más humanamente positivo que recuerdo en la producción española de las últimas décadas y, por otra parte, considero que es una cinta de muy difícil realización para que el resultado no se convirtiera en un melifluo pastel aderezado con humor infantiloide, porque lo que se pretende, y consigue, es nada menos que ilustrar la conversión de un entrañable grupo de seres humanos, supervivientes de los procesos de purificación de la raza mediante el descarte de miembros con alguna discapacidad, en una solidaria piña de triunfadores que nos cantan las cuarenta otras tantas veces a lo largo de la historia sobre la injusta segregación a la que por activa y/o por pasiva les solemos condenar los mal llamados “normales”. Pero es que todo ello se lleva a cabo no entre lamentos, sino entre purificadoras risas que impactantemente se convierten en punzadas en nuestra conciencia cuando detectamos el acerado mensaje, aunque venga enfundado en tahalí de seda. El mayor responsable de ello es obviamente Javier Fesser, director y coguionista de “Campeones”, responsable de películas tan variopintas como la surrealista “El milagro de P. Tinto” o la insólita “Camino”.

No puedo dejar de subrayar la interpretación de “los campeones”, sólo uno previamente con estudios de actor, que yo sepa, y entre los profesionales destacar al siempre magnífico Javier Gutiérrez (al que descubrí hace muchos años como protagonista de “Woyzeck” en un montaje del CDN, que aquí os comenté) como el impagable entrenador del equipo de baloncesto. 


El equipo de baloncesto con su entrenador
Pero, desde luego, yo no voy a mejorar la profesional opinión de los críticos, que han juzgado:

Comentario en “Días de Cine” de TVE2 (5 min), muy interesante, como siempre, incluyendo tráiler e intervención de Javier Fesser.

Oti R. Marchante en ABC: “Gracioso en defensa y muy serio en ataque”
“Si el riesgo y la diversión son dos de las notas esenciales del cine de Fesser, en «Campeones» las reúne de un modo asombroso al irse a explorar, con la indumentaria y utensilios de lo cómico, en ese terreno resbaladizo, quebradizo y emocional de las discapacidades intelectuales: el hombre que mejor ha entendido y transfigurado el universo de Ibáñez, nos ofrece ahora su mirada divertida, humana, ácida y audaz de ese mundo en el que las limitaciones mentales y físicas suponen un aprendizaje, un sobreesfuerzo y una relación con el entorno especial.” 

Alberto Luchini en El Mundo: “«Campeones»: ¿y qué es ser normal?”
"No era nada cómodo ni sencillo sacar adelante el reto que se ha planteado en su quinto largometraje Javier Fesser: hacer una comedia protagonizada por discapacitados intelectuales en la que el respeto hacia ellos y la reivindicación de sus derechos cohabitaran armónicamente con la composición de situaciones abiertamente cómicas, sin recurrir a lugares comunes ni a lamentables y manidos chistes fáciles. Y lo ha conseguido con nota, porque Campeones no sólo es la mejor película de su poco prolífica filmografía, sino que alcanza de principio a fin sus dos objetivos: es muy divertida, por momentos divertidísima, y retrata a unos personajes que destilan una humanidad, una dignidad, una bonhomía y una generosidad que ya quisiera para sí la gran mayoría de personas mal llamadas "normales" (sin ir más lejos, ese entrenador de baloncesto cínico y egoísta al que da vida con brillantez Javier Gutiérrez y que gracias a quienes desprecia porque son "diferentes" descubre que la vida es tan bella o tan horrible como cada uno se ocupe de vivirla)."

Carlos Boyero en El País: “Riesgo y personalidad” 
 “… Y es que durante la proyección pensaba que el grupo de discapacitados lo interpretaban actores y actrices profesionales absolutamente creíbles. También admiro el maquillaje, la peluquería, la caracterización de sus personajes. Así lo cuento en un programa de radio en directo. Mi amigo Carles Francino me revela con tacto, pero también firmeza, que no son intérpretes profesionales, sino que todos ellos padecen discapacidad en la vida real. Me quedo pasmado, no sé dónde meterme, es que ya no me entero de nada. Recuperado del susto, aumenta mi admiración hacia la capacidad de riesgo y el espléndido trabajo que ha realizado Javier Fesser con ellos, acompañando al siempre modélico Javier Gutiérrez. Igualmente ha sorteado otros peligros como el ternurismo o el tono sensiblero que podría acompañar al delicado tema. Es una película extraña. En el buen sentido.” 

Juan Pando en Fotogramas: “Para quienes buscan cine con valores que no renuncia a divertir”
“’Jugamos para ganar, no para humillar’, le responde alguien a Marcos, entrenador de baloncesto condenado a hacerse cargo de un equipo de discapacitados intelectuales, cuando grita a sus variopintos jugadores: "¡A machacarlos!" Seis palabras que definen el tono de la nueva película de Javier Fesser, la mejor de su filmografía, en la que se reivindica, sin esas prédicas ni provocaciones tan habituales en nuestro cine, la gloriosa diferencia que hace único a cada ser humano. Lo logra sin renunciar a su estilo y humor tan propios, poniendo la lupa sobre lo que tienen de extremos sus personajes. Estos podrían haber llegado a parecer creaciones de dibujos animados, si el cineasta no hubiera sabido mostrar con ternura su profunda humanidad.”

Artículo de Juan Silvestre en Fotogramas: “Las 11 claves del éxito de «Campeones»”
“Analizamos las causas que han llevado a la película de Javier Fesser a ser la elegida para representar a España en la próxima edición de los Oscar y, lo que es más importante, a ganarse el corazón de todos.” 

Tan sólo me queda desear que tenga suerte “Campeones”. Todos sus responsables se lo merecen.

Manrique