viernes, 19 de octubre de 2018

Tierradentro

(14 al 16 de septiembre de 2018)

Si quieres ver el primer capítulo sobre Colombia, pincha aquí.

Nuestro plan era muy sencillo, o eso parecía. Aterrizar en Popayán a las dos de la tarde, coger un taxi hasta el Parque Arqueológico de Tierradentro y llegar a nuestro destino a las cinco y media, todavía con luz. Pero las cosas no eran tan fáciles. Uno tras otro, los taxistas se negaban a llevarnos —No trabajo esa zona— era la explicación más habitual, mientras que otros manifestaban directamente desconocer el camino. Solo uno de ellos, al volante de un minúsculo Kia Picanto se ofreció a transportarnos por doscientos cincuenta mil pesos, unos ochenta euros, casi el doble de lo que habíamos estimado para un recorrido de ciento veinte kilómetros. Lo elevado del precio y el hecho de que el conductor no tuviera ni idea de adónde nos tenía que llevar —Patrón, usted tendrá GPS, ¿no?— nos hizo desistir. En su favor hay que decir que el nombre de Tierradentro de la zona que queríamos visitar se lo dieron los conquistadores españoles a la vista de lo alejada que estaba de todo, aislada por las montañas de las principales vías de comunicación.

Echamos a andar con nuestros equipajes hacia la cercana terminal de autobuses, cuando otro taxista, más emprendedor, se ofreció a llevarnos a la central de taxis, donde su jefe nos podía organizar el transporte. Solo había un pequeño problema: su teléfono se había quedado sin saldo y no encontrábamos ningún minutero (vendedor de recargas).

Ya en la central de Servitaxi comenzaron las negociaciones telefónicas con el jefe. Nos pedía trescientos mil pesos, y de ahí no se apeaba; insistía en que el viaje podía durar cinco horas y que había muchos tramos de vía destapada (carril sin asfaltar). Ante la falta de alternativas terminamos aceptando. Llegó primero Nilson, el conductor que nos llevaría, al volante de un coche grúa, y por fin apareció el dueño, Ezael, con un vehículo de fabricación china similar al Dacia Duster, de suspensión alta pero sin doble tracción. Serían las tres y cuarto de la tarde cuando arrancamos.

Los primeros cincuenta o sesenta kilómetros no presentaron mayor problema que los atascos de salida de Popayán, y la lluvia, que arreciaba conforme ascendíamos las montañas que separaban las cuencas del Cauca y del Magdalena.

Estas montañas, muy deforestadas, estaban salpicadas de casitas rodeadas de plantaciones de papas, hortalizas y cabuya, una planta de la familia del agave cuya fibra se utiliza para la fabricación de cuerdas, cestas y sombreros.

Algunos desprendimientos salpicaban la carretera asfaltada, pero la mayoría estaban señalizados y en vías de reparación. Aquí y allá, pintadas a favor de un tal Temístocles, que pretendía ser elegido al senado.

Las únicas personas que se veían eran indios paeces o páez, cubiertos con ponchos corto, que cargaban cestas, conducían mulas o simplemente esperaban el autobús bajo una lluvia incesante.

A partir del pueblo de Gabriel López la carretera fue empeorando. Los desprendimientos eran cada vez más frecuentes, hasta que nos topamos con el primer tramo en obras. La maquinaria pesada intentaba reconstruir la carretera, tallada en una ladera muy empinada; mientras tanto, los vehículos circulaban por un desvío provisional de tierra y lodo, tan estrecho que en pocos puntos permitía el cruce de dos coches, por no hablar de un coche y un camión.

La tarde iba cayendo, la lluvia no amainaba, y los kilómetros pasaban muy lentamente.

De pronto, frenazo. Un desprendimiento muy reciente había cubierto la vía de tierra, grava y rocas, y el agua corría por encima. Lo peor era que una Toyota Landcruiser, cargada hasta los topes, se había quedado atascada en la mitad del arroyo. El barro y la grava le llegaban hasta los cubos de las ruedas, y el agua circulaba bajo los asientos. Una gran roca se había encajado bajo el guardabarros trasero; parecía imposible tanto sacar la furgoneta del atolladero como que los demás vehículos pudieran cruzar.

Salvo el conductor y su ayudante, que metidos en el lodo hasta las rodillas intentaban desbloquear la pick up, el resto de pasajeros y conductores de los vehículos que esperaban se limitaban a observar y comentar. Ningún conductor aceptó halar del cable de acero amarrado a la camioneta. Alguien intentó llamar a los operadores de dos retroexcavadoras, aparcadas a pocos metros del desprendimiento, que podrían haber resuelto el incidente en minutos, pero al parecer estaban de vacaciones y no volverían hasta dos días después.

De cada lado del corte llegó un autobús, lo que hizo crecer sensiblemente el número de espectadores. Pronto los pasajeros de ambos autobuses llegaron a un acuerdo a través del arroyo: vadearlo con sus equipajes e intercambiar los autobuses, cosa muy razonable y sensata. El problema era que, mientras uno de los conductores estaba de acuerdo en la operación, al otro no le convencía.

Nuestro conductor observaba muy interesado la situación, pero no tomaba ninguna iniciativa más allá de contarme cómo iba la negociación de los autobuses. La profundidad y la fuerza del agua iban bajando, pronto empezaron a cruzar algunas motos.

Mientras tanto, un grupo de indios se dedicaba a una tarea que podía parecer infantil: lanzar cantos rodados del tamaño de un puño a una determinada zona del torrente. Al cabo de un rato se subieron a su carro, un vetusto R12, se dirigieron sin titubear hacia donde habían tirado las piedras y consiguieron cruzar al otro lado.

Urgí a Nilson a que hiciera lo mismo, antes de que intentara pasar algún vehículo más pesado y estropeara aquel vado tan precario. En un momento pareció que nos íbamos a quedar bloqueados en mitad del arroyo, en el siguiente las ruedas agarraron y logramos cruzar. Así pudimos continuar camino, después de solo una hora de espera.

Cruzábamos ahora una zona llana, el llamado Páramo de Guanacos, donde crecían cientos de frailejones. Dejó de llover pero se hizo de noche, y conforme bajábamos hacia el valle del río Sucio los bancos de niebla se hacían más espesos. A nuestro coche le faltaba uno de los faros, por lo que yo, que iba de copiloto, tenía que sacar la cabeza por la ventanilla para controlar la distancia hasta el borde de la pista. Muy lentamente seguimos bajando, hasta que la niebla desapareció casi por completo. A eso de las siete y cuarto llegamos al pueblo de Inzá, capital municipal; ya solo nos quedaban quince kilómetros y tres cuartos de hora hasta nuestro destino.

Por fin llegamos al hotel, en las cercanías de la aldea de San Andrés de Pisimbalá. Nilson, con muy buen criterio y el permiso de su jefe, decidió no intentar volver a Popayán esa misma noche. Se quedaría a dormir en Tierradentro e iniciaría el regreso al amanecer.

En el hotel nos costó un buen rato despertar a Harvey, el encargado, que por fin apareció somnoliento, vestido con un esquijama. Las habitaciones del hotel, propiedad de la Junta Comunal Vereda de Escaño, eran amplias aunque un tanto escuetas. Hacía bastante frío, o quizás era que estábamos destemplados después de las cinco horas de viaje por carretera, así que tuve que volver a despertar a Harvey para pedirle otra manta. Me la entregó, pero me advirtió:
—Si tiene más frío, no se preocupe. El café tiene resorte y dentro hay más cobijas—, frase críptica que me tuvo que repetir varias veces para que la entendiera. Busqué por todas partes el café y su resorte, pero no encontré nada que se le pareciera; por suerte la noche no fue muy fría. Eso sí, a las tres y media empezaron a cantar los gallos, que no pararon ya en lo que quedaba de noche.

El sábado amaneció nublado, pero sin lluvia. Empezamos nuestro recorrido por el museo arqueológico, formado por una única sala que servía a la vez de almacén y exposición. Muchos croquis de los hipogeos que queríamos visitar, mapas de la zona y urnas funerarias extraídas de las tumbas.

Comenzamos nuestro recorrido cuesta arriba, por un sendero bien señalizado, empiedrado y con frecuentes bancos para descansar contemplando el paisaje de montañas empinadas y coronadas de niebla. Nuestra guía decía que se tardaba veinte minutos en llegar al primer grupo de tumbas, pero una persona de mi edad y estado físico necesita casi el doble.

En el Alto de Segovia se podían visitar hasta veinticinco hipogeos de distintos tamaños y más o menos decorados con relieves humanos muy esquemáticos y pinturas geométricas en blanco, rojo y negro. El acceso al fondo de los hipogeos se hace por unas escaleras muy irregulares, talladas en la misma toba volcánica que forma las tumbas, con peldaños de entre cuarenta y setenta centímetros de alto. Abajo, a una profundidad de más de siete metros, suele haber una mínima antesala, separada por una barandilla de la cámara de enterramiento. Estas cámaras oscilan entre dos y medio y nueve metros de diámetro; las más grandes cuentan con columnas, pilastras y nichos laterales.

Por los restos encontrados, se cree que los hipogeos fueron construidos entre los siglos IX y VI antes de nuestra era, por una cultura ya extinguida y de la que muy poco se conoce. No se sabe de dónde llegaron, ni por qué se extinguieron, no tenían escritura, y en sus cerámicas representaban culebras, lagartos y escolopendras. Se ha comprobado que el pueblo que labró estas tumbas está relacionado con otros que por la misma época habitaban el Alto Magdalena, pero solamente aquí se han encontrado hipogeos. Se supone que le concedían gran importancia a la vida después de la muerte, a la vista de los esfuerzos que dedicaron a los ritos funerarios. Se sabe que primero colocaban los cadáveres en posición fetal, en el suelo de la cámara mortuoria, rodeados de vasijas con ofrendas de grano, herramientas, armas y joyas. Al cabo de un tiempo, cuando el cadáver estaba completamente descompuesto, se guardaban los huesos en una olla de barro decorada según la moda del momento, y se depositaban en alguno de los nichos laterales.

En algunas de las tumbas, los tres escalones más bajos se ampliaban por los lados hasta formar una especie de gradas, probablemente para permitir que un pequeño grupo de personas contemplara los ritos que se celebrasen en el interior de la cámara.

No fuimos capaces de bajar a los veinticinco hipogeos, sino solo a diez o doce; nos quedaba mucho recorrido por delante.

De momento seguimos subiendo monte por un sendero de tierra, que poco a poco se hacía más empinado y resbaladizo. Pasamos junto a varias viviendas indígenas, con paredes de bajareque (barro reforzado con cañas) y techo de paja. En ninguna faltaba una radio emitiendo música a máximo volumen. Alrededor de las casas, colgados de las laderas, cultivos de café, plátanos, papas y tomates.
Al cabo de una hora de ascensión llegamos al Alto del Duende, esta vez con solo cuatro hipogeos pero con la decoración perfectamente conservada. Confieso que bajamos solo a dos, pero con unos escalones todavía más altos que los anteriores.

Desde allí, tras otra media hora de subir por el filo entre dos laderas, llegamos a la carretera que nos llevaría hasta el Alto del Tablón. Lo de carretera era un eufemismo, aunque como tal aparecía clasificada en el mapa del municipio de Inzá. En realidad era una simple pista de tierra y grava, que conducía por un lado a Santa Rosa de Tierradentro y por el otro a San Andrés de Pisimbalá. Por suerte, nuestro destino quedaba cuesta abajo, y solo tardamos otra hora en llegar.

A pocos metros de la carretera, en la cima de un montículo, nos encontramos con un galpón que protegía once esculturas, que no están relacionadas con las tumbas, sino que aparecieron por toda la zona en diversas oquedades bajo las raíces de algunos árboles de gran tamaño. Las estatuas, de entre sesenta centímetros y dos metros y medio de altura, eran todas antropomorfas y de un estilo muy diferente a la decoración de los hipogeos. Se parecían algo a las que luego veríamos en San Agustín, pero eran bastante más primitivas.

Tanto hombres como mujeres tenían formas paralepipédicas, con la cabeza del mismo ancho que los hombros y mucho más grande de lo normal. Se podían distinguir peinados más o menos elaborados, pendientes bicónicos, faldas de borde escalonado, pectorales, cinturones y aros en los tobillos, si se las miraba con detenimiento y un poco de imaginación.

Desde El Tablón se veían otros dos núcleos arqueológicos que pretendíamos visitar: el Alto de San Andrés, a media ladera al otro lado del valle, y el Alto del Aguacate, mucho más lejos y más arriba. Pero era demasiada distancia para nosotros, ese día ya habíamos tenido nuestra ración de senderismo y arqueología. Decidimos dejarlos para el día siguiente.

Seguimos bajando por la carretera hasta el pueblo de San Andrés, cabecera del resguardo indígena del mismo nombre. Allí nos encontramos con los trabajos de reconstrucción de su capilla doctrinera, incendiada hace cinco años como consecuencia de los conflictos entre la población indígena y los colonos mestizos. La lucha, como todas, era por el poder y por dinero. Los indígenas controlaban el poder político, lo que incluía la única escuela de la zona; los mestizos pretendían que la escuela se integrase en el sistema escolar del estado.

El caso es que la capilla, unas de las seis que pervivían de las doce que los españoles obligaron a construir a los indios páez, sufrió el incendio de su techo de paja y de las vigas de quince metros de largo, con lo que también se desplomó el campanario y se perdieron las pinturas murales. Ahora los páez la están reconstruyendo con alguna ayuda del Ministerio de Cultura. Los mismos páez que llegaron en el siglo XIII, lucharon contra la colonización española, y que allí siguen. La foto es anterior al incendio, lógicamente.

Frente a la capilla se alzaba un pedrusco de unos tres metros de alto, en el que aparecían grabadas figuras muy similares a las de los hipogeos: cabezas en forma de triángulo invertido, alacranes, incisiones circulares… No sé si tienen algo que ver con los propios hipogeos o son una invención reciente, pero en cualquier caso resultaba muy apropiada la presencia de estos símbolos precristianos junto a la iglesia parroquial.

En el único restaurante de San Andrés comimos sopa de choclo (maíz tierno) y la inevitable bandeja, un plato combinado formado por filete de res o pechuga de pollo, arroz blanco, patatas y plátanos fritos, ensalada y legumbres. Es este viaje por Colombia llegaríamos a odiarla, ya que muchas veces es la única alternativa en los restaurantes sencillos.

El día que estuvimos en San Andrés se celebraba una fiesta para recaudar fondos para la escuela, que verdaderamente los necesitaba. La fiesta, por llamarle de alguna manera, consistía en un sancocho comunitario en el patio de la escuela, junto con un bingo y juegos para los más pequeños En la plaza del pueblo atronaba la música, aunque nadie bailaba. Los indios, claramente vestidos de domingo, se sentaban muy serios en torno a la pista. Familias enteras comían el sancocho mientras miraban hacia el infinito, con expresiones más de funeral que de alegría.

En Tierradentro hay 21 resguardos que velan por la propiedad comunal de la tierra. Los resguardos son dirigidos por un gobernador, un secretario, un alcalde, los alguaciles, el capitán y el fiscal. Ellos son los encargados de adjudicar las tierras, organizar las mingas comunitarias, solucionar los conflictos e imponer los castigos. Según el delito, así es la pena, que va desde los latigazos hasta el calabozo e incluso el cepo. Los miembros del cabildo se eligen en asamblea, por períodos de un año. Se reconocen fácilmente por la vara de madera de chonta con empuñadura de planta, adornada con cintas de colores. Los hemos visto circulando por carretera en una moto o caminando por alguna ciudad, siempre con su vara de mando en la mano.

Volvimos al hotel cuando empezaba a chispear. Toda la noche llovió, y al amanecer seguía cayendo una manta de agua, que hacía muy peligroso el ascenso al Alto del Aguacate, porque el sendero estaba embarrado y muy resbaladizo. Aprovechamos la mañana para descansar, que a fin de cuentas estábamos de vacaciones.

Al día siguiente intentaríamos llegar a San Agustín, en el departamento de Huila, a doscientos kilómetros de distancia. Pero esa es otra historia, que podrás leer pinchando aquí.

miércoles, 17 de octubre de 2018

La derrota de La Heroica

(8 al 13 de septiembre de 2018)

Los habitantes de Cartagena de Indias, a lo largo de la historia, se han destacado por su valentía, por no rendirse fácilmente ante ninguna invasión. Por eso la llaman “La Heroica”, como si fuera una sinfonía.

Pero no siempre ha sido así. En su primera etapa, a partir de 1533, cuando la fundó Pedro de Heredia sin contar con opinión de los indios kalamari, tuvo una historia verdaderamente infame. Cartagena, paradigma de opresión colonial, a los cinco años de su fundación ya conoció un “Repartimiento General de Indios”. Este glorioso evento, que hoy sería considerado un delito contra la humanidad, consistió nada menos que en el reparto entre los colonos españoles de todos los indígenas que habitaban la zona, o al menos de los que no escaparon a tiempo. Este reparto incluía hombres, mujeres y niños, junto con sus tierras, sus animales domésticos y todas sus posesiones. A fin de cuentas, la propia inquisición católica los consideraba “pobres animales”.

Los kalamari, que según un texto de la época “vivían sumidos en secular barbarie, pero también en absoluta libertad”, no fueron capaces de soportar los esfuerzos educadores y evangelizadores de los españoles, y se acabaron extinguiendo como pueblo.


Poco, más bien nada, quedó de su cultura, pero sí de sus genes, que se atisban en las caras ligeramente achinadas del casi un millón de personas que hoy habitan en esta ciudad.

Gracias a los kalamari y a los esclavos negros, de los que hablaremos más adelante, el verdadero espectáculo de Cartagena, para mí, no es el de sus casas y palacios coloniales, con balcones de madera engalanados de buganvillas, glicinias e ipomeas y patios profundos sombreados por helechos y palmeras; menos todavía el de los baluartes, castillos, muros cortina y caminos de ronda que la defienden. No, allí la atracción está a pie de calle, en las aceras, en los bancos de las plazas, en algún balcón. Es un espectáculo en constante movimiento, que cambia y muta a cada instante.

Son sus inmensas mulatas, vestidas con los colores bolivarianos, que cargando cestas de frutas tropicales se alquilan para las fotos de los turistas. Sus familias multirraciales, que forman un catálogo de tonos, desde el rosa palo hasta el café solo, pasando por toda la gama intermedia: avellana, café con leche, largo, cortado, manchado…

Esos ancianos delgados, renqueantes, que se apoyan en un bastón mientras nos miran pasar a los turistas, y exhiben su guayabera encalada y sus zapatos de charol.

Es también esa mujer, de color confuso y cuerpo rotundo, embutida en un minimono acolchado y metálico, que parece fabricado con un quitasol de automóvil. O un güero de barrio, camiseta sin mangas, pantalón pitillo y visera para atrás, que canta un rap al compás de una lata vacía. Y hasta una pandilla de adolescentes, paseando de noche por el baluarte de San Juan Bautista mientras corean una bachata cansina y evangelizadora.

O el vendedor de botellas de agua, fresquitas según él, que contesta con un atento “a la orden” nuestro rechazo desabrido, hartos ya de tanta oferta: de cigarrillos y coca cola, esmeraldas y sombreros de paja, caramelos y jugos, café y arepas, almojábanas y bocadillos.
O esos pregones que son todo un monumento al mestizaje lingüístico:  A la olden la caliseca, lo cabellito ‘e ángel, la bolita ‘e ajonjolí, la alegría ‘e millo, lo muñeco ‘e coco, la cocaíta, lo marranito ‘e arequipa, lo enlutao, la panelita ‘e maní, lo cubanito ‘e leche, el casabe…. A la olden.

Pero volvamos a La Heroica y a su historia. En el siglo XVI soportó los asaltos de bucaneros y corsarios ingleses, franceses y holandeses, que querían llevarse su parte de la ingente plusvalía generada por el comercio de esclavos africanos. Las veinticuatro “tiendas de negros” de que llegó a presumir, las decenas de miles de hombres y mujeres que por allí pasaron, raptados en África para trabajar en las minas y plantaciones de todo el Virreinato, son hoy una anécdota turística, una historia que relatan los guías a los visitantes que eligen la “Ruta del Esclavo”.

 Después de varios saqueos, entre los que quizás el más terrible fue el comandado en 1697 por el barón de Pointis, por fin la corona española mandó fortificar la ciudad. Doce años y miles de esclavos después, se cerró el polígono defensivo formado por veinte baluartes unidos por lienzos de muralla, más varios fuertes aislados en las islas de Bocagrande y Tierra Bomba.

Cuando el 13 de mayo de 1741 se presentó frente a la ciudad el almirante inglés Vernon, al mando de la mayor flota del momento, con ciento ochenta navíos, dos mil cañones y casi veinticuatro mil hombres, no esperaba encontrarse una resistencia como la que organizó Blas de Lezo y Olabarrieta, alias Mediohombre, al que le faltaban una pierna (perdida en Vélez Málaga, durante la guerra de Sucesión), un ojo (en el asedio de Tolón) y un brazo (en Barcelona, el 11 de septiembre de 1714, fecha que rememora la Diada), y le sobraban nada menos que otras dieciséis heridas de guerra.

En colaboración con Sebastián de Eslava, virrey de Nueva Granada, y con solo cuatro mil hombres armados (soldados profesionales, milicianos criollos y la Compañía de Negros y Mulatos Libres) y con la eficaz ayuda de la peste, impidió la toma de la ciudad. Los duros combates a Mediohombre le costaron la vida y a Vernon el oprobio, tras haber acuñado monedas conmemorando su inexistente victoria.

La otra gran batalla que a la larga ganaron los cartageneros fue la de la independencia. Alentados por el liberalismo y el constitucionalismo que recorrían España y sus colonias, el 11 de noviembre de 1811 se dirigieron al Palacio de Gobierno y demandaron la declaración de independencia absoluta. En un proceso constituyente contemporáneo con el de La Pepa, blancos, negros y mulatos se autoproclamaron ciudadanos de pleno derecho. Tan elevadas ideas no incluían a los esclavos, sostén de la economía local, que mantuvieron su condición hasta cuarenta años después.

La reacción de los centralistas no se hizo esperar, dentro de los ritmos y plazos de la época. En 1815, tras varios meses de combates, las fuerzas monárquicas tomaron la ciudad y colgaron o fusilaron a los líderes independentistas. Solo cinco años pasaron desde esta última ocupación hasta la independencia total de Colombia.

Pero no se puede hablar de la independencia sin mencionar a Policarpa Salavarrieta, símbolo de las muchas mujeres que participaron activamente y de diferentes maneras en las luchas. Inició sus labores clandestinas de propaganda en Guaduas, y en 1817 se trasladó a Bogotá con un pasaporte falso, pues ya era buscada por las autoridades.

Como costurera, una de sus tareas era coserle a las señoras de los realistas con el fin de escuchar noticias y averiguar el número, los movimientos, el armamento y las órdenes de las tropas enemigas, para que así los guerrilleros triunfaran en las emboscadas. Otras actividades eran recibir y mandar mensajes de la guerrilla de los Llanos, comprar material de guerra y convencer y ayudar a los jóvenes a unirse a los grupos de patriotas.

La Pola, como la llamaban sus amigos, fue detenida junto con su hermano. Un consejo de guerra la condenó a muerte el 10 de noviembre de 1817, y ella consiguió convertir su ejecución en un acto más de propaganda independentista. Así, en lugar de unirse a los rezos de los dos sacerdotes que la acompañaban, no hacía sino maldecir a los españoles y encarecer su venganza. Al salir a la plaza y ver al pueblo reunido para presenciar su fusilamiento, gritó la valentía de morir por la libertad de la patria. La ejecución de Policarpa, mujer joven, por un crimen político, movió a la población en general y creó una mayor resistencia al régimen impuesto por Juan Sámano. Si bien muchas mujeres fueron igualmente asesinadas durante la ocupación española, el caso de la Pola cautivó la imaginación popular.

Pero la batalla actual, la que los habitantes del Casco Histórico ya dan por perdida, es la del turismo. Gracias a sus playas, a sus murallas y al excelente estado de conservación del centro y del barrio de Getsemaní —en donde conviven el barroco andaluz, la arquitectura colonial y el neoclásico republicano— se ha convertido en uno de los principales destinos turísticos de América Latina.

Otro factor que ha colaborado al salvaje crecimiento del turismo ha sido su declaración por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

Al margen del dato oficial de más de dos millones de visitantes al año (cifra muy cercana a la que recibe toda la provincia de Cádiz), basta con darse un paseo por el Centro Histórico para ver como la inmensa mayoría de los edificios han sido transformado en residencias turísticas, sean hoteles, hostales o pisos de alquiler por días. No encontré en toda la zona una sola carnicería, frutería o pescadería; comprar un rotulador resultó una tarea casi imposible. Los escasos habitantes permanentes se ven obligados a desplazarse al inmenso y caótico mercado de Bazurto, a varios kilómetros de distancia,  si no quieren pagar los elevados precios de las tiendas de conveniencia.

Algunos establecimientos resisten, como el miniferreterito El Mejor o la Barbería del Arzobispo, pero salvo algunas oficinas públicas y sucursales bancarias, los únicos empleos que se ofrecen en el centro son los relacionados de una u otra manera con el sector turístico: agentes de viajes; cambistas; empleados en tiendas de recuerdos, de esmeraldas, de café, de puros, de ropa de diseño; hosteleros, caleseros y vendedores ambulantes de refrescos, de sombreros de paja, de excursiones a las islas o de hormigas culonas.

El contraste entre lo que es y lo que pudo haber sido esta ciudad se hace más evidente en una visita mañanera al cercano barrio de San Diego. Con un trazado y una arquitectura igualmente coloniales, sus calles las forman casitas de un solo piso, sin los grandes balcones ni los portones de piedra del centro.

Sus habitantes, de una mareante variedad racial, llenan las aceras mientras van a trabajar o a estudiar. Supermercados, tiendas de ropa de diario, talleres que reparan todo y nada, misceláneas, salsimentarias y areperas muestran la vida diaria de las clases populares.

La población de clase media y alta hace tiempo que abandonó estas zonas céntricas. Ahora viven en las torres de apartamentos de Bocagrande, o en los chalets de Manga, rodeados de concertinas, reflectores automáticos y garitas de vigilancia.

Cada tarde, cumplida por la mañana nuestra ración obligatoria de museos, iglesias y castillos, me refugiaba en el aire acondicionado del apartamento, a escasos metros de la catedral. En el breve intervalo entre el sol asfixiante de media tarde y la oscuridad total, salía a la calle y aprovechaba esos minutos de luz extraña para seguir los pasos de mi personaje Eliseo Rekalde, que según cuenta en sus poco creíbles cuadernos anduvo por aquí a finales de 2002. Me decepcionó bastante el Hotel Las Américas, en el que pasó unos días esperando a Don Trini y donde trabó una íntima y breve relación con Gladys. Lo que Rekalde describe como un resort de playa lleno de turistas españoles, no es mal que un hotel con piscina, en la zona norte de la ciudad, junto a una playa estrecha y sucia frecuentada solo por los habitantes de las barriadas vecinas.

Me costó encontrar el teatro Heredia, en el que Rekalde afirma haber asistido a un importante festival de vallenatos, ya que su nombre oficial es Teatro Adolfo Mejía. Sobornando a uno de los conserjes conseguí acceder al patio de butacas, y verdaderamente es tan lujoso como describe Eliseo.

En cambio, casi sin buscarlo me encontré con el restaurante El Santísimo, a poca distancia del teatro, en la calle del Torno de Santa Clara, donde Rekalde cenó con una familia de Santa Marta. Me echaron para atrás sus precios, muy elevados, pero tenía pinta de ser uno de los mejores restaurantes de la ciudad.

Callejeaba también por las calles del centro, que aún manteniendo el sistema de numeración utilizado en todo el país, no habían perdido los viejos nombres: Santa María de los Niños Perdidos, Tripita y Media, Los Siete Infantes, Pasaje de la Moneda, de la Artillería…

Volviendo a la fallida invasión inglesa de 1741, en aquella época —como ahora— el acceso al interior de la bahía solo podía hacerse por dos brazos de mar, Bocachica y Bocagrande, ubicados respectivamente al sur y al norte de la isla de Tierra Bomba, o por un larguísimo y tortuoso canal que a través de ciénagas y manglares enlazaba con el delta del Magdalena.


Como Bocagrande era difícilmente navegable debido a los bancos de arena y a varios pecios, la corona española ordenó construir diversas obras defensivas en torno a Bocachica. Aunque las baterías resistieron durante varios días los ataques combinados por tierra y por mar, todas acabaron cayendo.

Pero su resistencia no fue inútil, ya que permitió ganar un tiempo precioso para organizar la defensa de la propia ciudad. Los cinco únicos buques con que contaba Blas de Lezo participaron en los combates de Bocachica, donde cuatro de ellos se hundieron y el quinto cayó en manos inglesas.

Cuando decidimos ir a conocer los restos de aquellas defensas, no sabíamos cómo se iba a complicar la excursión. Empezamos por acercarnos a la zona de Castillogrande, desde donde nos habían dicho que salían continuamente lanchas hacia la isla de Tierra Bomba.
Para ello tuvimos que recorrer toda la barra de Bocagrande, verdadera pesadilla para un urbanista: una mezcla de antiguos chalets reconvertidos en tiendas, restaurantes o colegios privados, con docenas de edificios de apartamentos de entre diez y veinte pisos construidos en solares mínimos; todo ello salpicado por rascacielos dejados caer sin orden ni concierto. La zona servía como lugar de residencia de la clase media cartagenera y de muchos miles de turistas. A nivel de calle se sucedían centros comerciales, hipermercados, cadenas de comida basura, clínicas privadas y concesionarios de automóviles. Tampoco allí había mercerías, papelerías ni fruterías.

En la playa de Castillogrande nos esperaba una pandilla como las que tan bien describe Jorge Amado en Capitães da areia. Jóvenes sin oficio y casi sin beneficio, que luchaban por ganarse unos pesos ayudando a turistas despistados como nosotros. Ellos nos informaron de que las lanchas solo se dirigían a los resorts, aldeas y beach clubs de la costa norte de Tierra Bomba, según ellos sin comunicación terrestre con Bocachica, en la costa sur.

Con dinero, como siempre, había una solución: alquilar una de aquellas lanchas para que nos llevara directamente hasta nuestro destino, el castillo de San Fernando de Bocachica. Pero el precio a pagar era tan descabellado que decidimos intentar otra opción.

Nos fuimos en taxi al muelle de la Bodeguita, en el brazo de mar que separa el casco histórico del barrio de Getsemaní. Resistimos como pudimos el asalto de docenas de vendedores de excursiones, que no se podían creer que prefiriéramos un fuerte a las magníficas playas de Barú, Playa Blanca o Islas del Rosario, y conseguimos acercarnos a la ventanilla de información turística, que parecía más de desinformación. No sé si por ignorancia o en connivencia con los vendedores, la funcionaria que la atendía nos envió a la puerta cinco de la estación marítima, desde donde en teoría salían las lanchas para Bocachica. Al llegar allí, el guardia de seguridad afirmó que lo que buscábamos estaba en la puerta tres.

Efectivamente, en la puerta tres nos vendieron billetes para el pueblo de Bocachica, diciéndonos que desde el pueblo hasta el fuerte era un paseíto de media hora. Eso sí, nadie parecía conocer el horario de salida de las lanchas —“enseguida” fue toda la precisión que conseguimos— ni podía vendernos los tickets de acceso a los muelles, que tuvimos que adquirir en la puerta uno, ante la mirada impertérrita de la funcionaria de información.

Preguntando aquí y allá dimos con un grupo de marineros que parecían salidos de una novela de Álvaro Mutis, y que nos indicaron dónde estaban las lanchas que iban a Bocachica. En lo que no se pusieron de acuerdo fue en cuándo salía la primera: ahora mismo, en media hora, en cuanto se llene la lancha…

Tres cuartos de hora esperamos sentados en un banco, hasta que el que parecía dirigir el cotarro nos ordenó subir a una de las lanchas, que en teoría iba a zarpar en pocos minutos. También nos dijo que el paseo hasta el fuerte, reducido ahora a un cuarto de hora, nos permitiría conocer el pueblo. No sé si estaba cachondeando de mí o era puro realismo mágico, sobre todo cuando sugirió que el barquero podía dejarnos en el mismo castillo para ahorrarnos el paseo.

Pasamos otros veinte minutos sentados en la lancha mientras seguía llenándose poco a poco. Todos los pasajeros eran negros, salvo nosotros y un blanco que no paraba de hablar por el móvil. De sus conversaciones deduje que era un vendedor de paquetes de acceso a internet, y que tanto sus clientes como sus proveedores estaban bastante enfadados con él. Los unos por el mal servicio, que él confirmaba —Sí, reconozco que la avería no está agendada, pero la atención es chévere—, los otros por sus demoras en el pago —Ahorita estoy embarcando, pero en cuanto regrese le ordeno el ingreso.

Por fin soltamos amarras y nos alejamos del pantalán. Me alegró ver que el patrón repartía chalecos salvavidas, aunque estuvieran mugrientos. Observé que nadie se los ponía; yo hice lo mismo.
Pasamos frente al baluarte de San Lorenzo, que defendía la entrada a la laguna de San Lázaro, y al fuerte de San Sebastián del Pastelillo, bautizado así ya que al parecer tenía forma de pastel. Como siempre, la guerra y la religión iban de la mano.

Cuando abandonamos la bahía de las Ánimas y pudimos acelerar, la lancha empezó a planear y a botar sobre las olas. Comprendí entonces la utilidad de los chalecos: los pasajeros más afectados por las salpicaduras los levantaban para protegerse de los rociones.

En media hora, después de tomar y dejar pasajeros en varias aldeas rodeadas de manglares, atracamos en el pantalán de Bocachica. De la promesa de acercarnos al embarcadero del fuerte no se volvió a hablar.

Bocachica era un prototipo de pueblo caribeño. Protegido de las olas por una escollera artificial, se extendía a lo largo de casi dos kilómetros de costa baja, en una sucesión de calles sin asfaltar y casitas a medio terminar.

Contratamos —o más bien no conseguimos quitarnos de encima— a un guía que nos orientó por aquellas callejas y nos contó algunos detalles no demasiado interesantes sobre el pueblo. Vivían de la pesca y del turismo (nosotros éramos los únicos aquel día), no disponían de tierra cultivable ni había ninguna industria. Tampoco parecía funcionar demasiado el comercio; como mucho alguna vivienda anunciaba la venta de helados o refrescos con un cartel escrito a mano. Por no haber, ni siquiera había un auténtico bar. El agua potable la traían en gabarras, y la electricidad llegaba desde tierra firme por un cable submarino.

A un kilómetro del pueblo, en lo alto de una colina, se levantaba un hotel de lujo en plena ampliación, sobre el que nuestro guía hizo un par de comentarios, entre despectivos y rencorosos. Al parecer, la empresa no gastaba ni un peso en el pueblo y los huéspedes nunca salían del recinto. No me extraña nada, Bocachica es uno de los pueblos menos atractivos que he conocido en mi vida.

Llegamos por fin al fuerte de San Fernando, construido después del ataque de Vernon para reemplazar a uno anterior destruido en los combates. Es un ejemplo perfecto de arquitectura militar del siglo XVIII, en la línea de los castillos de Santa Catalina y San Sebastián que defienden la playa de la Caleta, en Cádiz.

Aunque ahora han abierto un portillo en la muralla oeste para facilitar el acceso por tierra, en su día solo tenía acceso desde el mar, a través de un puente levadizo y un túnel abovedado. Esta única entrada está protegida por dos baluartes, el del rey y el de la reina, con más de cuarenta cañones y numerosas saeteras. Por el lado de tierra, el muro se eleva sobre un foso inundado.

Dentro, lo habitual en una fortificación de este tipo: polvorines, capilla, cuarteles (uno de ellos utilizado como aula de una escuela taller de carpintería), un gran patio de armas, alojamientos para oficiales e ingenieros…

Las explicaciones de nuestro guía, por descabelladas, resultaban curiosas. Desde cómo escapó del fuerte el independentista Nariño, que no nos quedó muy claro de si disfrazándose de monja o sobornando a un centinela, hasta una surrealista explicación de la forma de las saeteras: “la ley del embudo, para mí lo ancho y para el enemigo lo estrecho”, pasando por una escalofriante e imaginativa descripción del suplicio de la gota, que al parecer caía sobre un prisionero cuyo brazo y pie habían sido clavados al muro.

Desde el fuerte se veía muy cerca la batería de San José, construida sobre un islote al otro lado del canal de entrada, y que cruzaba sus fuegos con los de San Fernando.

Al terminar la visita al fuerte no nos decidimos a comer en el único y cochambroso restaurante del pueblo, la “Casa de comidas típicas de la Señora Toña”, y llegamos al pantalán justo a tiempo para embarcar de vuelta a Cartagena.

En realidad, la partida se demoró un buen rato, ya que dos de las pasajeras exigían que esperásemos a una tal Yeredi, que estaba de camino. Esta Yeredi debía de ser conocida por sus retrasos, ya que una parte del pasaje opinaba que se estaba bañando, y que luego todavía tendría que arreglarse. Al cabo de una buena espera y una larga discusión ganaron los impacientes, y el patrón comenzó a alejarse lentamente del muelle, como de mala gana.

No nos habíamos separado ni treinta metros cuando apareció la famosa Yeredi, rebosando ampliamente sobre el asiento trasero de un mototaxi. Viramos de nuevo hacia la isla y no fue fácil hacerle un hueco a los ciento cincuenta kilos de Yeredi, por mucho que fuera embutida en unos leggings y un top de licra.

A la mañana siguiente abandonamos la ciudad con ansía de un clima más fresco, después del calor que habíamos pasado; nos esperaban los núcleos arqueológicos de Tierradentro y San Agustín, no muy lejos del nacimiento de los ríos Cauca y Magdalena. Pero esa es otra historia, que puedes leer pinchando aquì.

lunes, 17 de septiembre de 2018

La pérdida de El Dorado de V.S. Naipaul


La pérdida de El Dorado
V.S. Naipaul

Mis antepasados empezaron a irse de la India a Trinidad hace unos cien años. Yo nací en 1932, en un pueblecito llamado Chaguanas, a unos dos o tres kilómetros, tierra adentro, del golfo de Paria, en la casa que había construido mi abuelo en 1920.
Así empieza La pérdida de El Dorado, una novela histórica sobre la isla de Trinidad desde el siglo XVI hasta comienzos del XIX.
El libro está dividido en tres partes: en la primera, los españoles llegan a Trinidad en busca de El Dorado, la leyenda que movió a la conquista a Antonio de Berrío en 1580.
La segunda parte abarca la capitulación española, el ataque y la apropiación de los ingleses, durante el siglo XVII  Y XVIII.
Y la tercera parte, principios del XIX, siglo de revoluciones, fracasos y crueldad del gobernador inglés, Picton.
Naipaul publicó en 1969 este difícil libro sobre la historia de la isla de Trinidad. Libro, en el que busca ser riguroso históricamente y en el que se ve emotivamente involucrado. Algunos críticos sostienen que nunca se sintió completamente satisfecho. Pero este sentimiento está muy desarrollado entre otros famosos escritores. El autor consultó documentos (originales, copias e impresos) del Museo Británico, los Archivos Públicos de Londres y la Biblioteca de Londres. Además de una extensa bibliografía.
Su lectura trasmite el sentimiento con que fue escrito y, por tanto, recomiendo leerlo con devoción, humildad y objetividad. Ya que todo lo que se narra, en ocasiones, es muy duro, triste y lamentable. Juzgar a la ligera no es bueno, sin embargo, reflexionar y acercarnos a una historia, que, de alguna manera, nos afecta, siempre es bueno.
Como ya todos saben Naipaul falleció el 11 de agosto de este año en Londres donde vivía desde 1950. Con todos los honores fue condecorado Caballero de la Orden del imperio Británico en 1990 y obtuvo en Premio Nobel en 2001, precisamente resaltando el trabajo de investigación sobre Chaguanas.
Entre sus obras más destacadas: The Middle Passage, es un libro de viajes por Trinidad, Guyana, Surinam, Martinica y Jamaica. An Area of Darkness, es un viaje a la India. Guerrilleros, analiza la mala conciencia occidental respecto de los paises del tercer mundo. Un recodo en el rio, es una novela cuyo protagonista es un musulmán, de raza hindú, nacido en un pais de la costa oriental de Africa. Entre los creyentes, es una crónica del viaje que realizó en 1979 por Pakistán, India, Malasia e Indonesia. A turn in de South, es una crónica sobre los aspectos más sobrsalientes de la vida del Sur de los EEUU. Un camino en el mundo, colección de ensayos y novelas cortas con la isla de Trinidad, su historia, su gente y el desgarramiento cultural como denominadores comunes. India, es una colección de relatos y reportajes realizados por Naipaul en su viaje a la India en 1990.

Resumiendo un magnífico escritor que puso el dedo en la llaga con valentía y con una prosa ágil, rápida, amena, sin escatimar detalles, por duros que fueran. Merece la pena leer alguno de sus libros como el homenaje que se merece.

viernes, 27 de julio de 2018

“Chesil Beach” (“On Chesil Beach” 2007) de Ian McEwan: Original tema, muy bien novelado.


Queridos Cinéfilos:


Tras varios meses sin daros la lata, por haber estado algo liado, retomo la tarea para recomendaros una buena, en mi opinión, novela que acabo de leer, “Chesil Beach” (“On Chesil Beach” 2007), de Ian McEwan, cuya versión cinematográfica fue estrenada en España hace un mes con un título que corresponde exactamente a la traducción del original del libro, “En la playa de Chesil”.

Como referencia, os recuerdo que Ian McEwan es el autor de la muy exitosa “Expiación” ("Atonement"), cuya homónima notable versión para la pantalla, dirigida por Joe Wright, os comenté en este Foro hace más de diez años, pero nunca llegué a leer la novela original, justo al revés que ahora, cuando tras leer el libro no me atrevo a ver la película porque es una historia tan profundamente intimista que no me parece nada fácil llevarla al cine, trasladando los pensamientos a diálogos o a voz en off, lo que a veces funciona y otras veces fracasa totalmente.

El caso es que el 29 de junio pasado leí la crítica de la película y a la semana escasa me encontré el libro en uno de los anaqueles de la dvd/
biblioteca municipal “Eugenio Trías” (situada exactamente en la antigua Casa de Fieras del Retiro, que hace unos siete u ocho años inauguró la anterior alcaldesa con un nombre nunca más apropiado, el del filósofo, escritor y gran cinéfilo ya desaparecido; si vivís en Madrid y no muy lejos de ella, os la aconsejo para conseguir prestados libros o DVDs disponibles entre una enorme oferta). Ante la inseguridad de poder ir a uno de los pocos cines donde se programaba la película (no está hecha la miel para la boca del…) decidí coger la novela y esperar a ver la cinta, por ejemplo, en La 2 cuando toque. No me arrepiento.

Del tema tan sólo desvelo que se desarrolla en el sur de Inglaterra, en el año 62, siendo sus protagonistas, prácticamente los únicos personajes, una pareja en su noche de bodas, a la que se añaden los antecedentes necesarios insertados para caracterizar sus diferentes mentalidades y una coda final que ilustra las consecuencias del desenlace a medio y largo plazo, siguiendo en cierto modo el modelo de “Expiación”. Todo ello excelentemente descrito y escrito.

Pues me es difícil decir algo más de la novela sin “destripar” la historia, que no corresponde a una trama compleja, en absoluto, pero sí psicológicamente profunda. Es una obra corta, bastan 184 páginas con letra de un tamaño muy adecuado para maduros Space Cowboys, con una excelente traducción de Jaime Zulaika, al que me he encontrado también en otra novela, ésa realmente espléndida, que os comentaré muy en breve, espero.

Me he adelantado con “Chesil Beach” porque a lo mejor alguno de vosotros ha visto la película o puede aún verla. Si es así, ¡¡Que la comente!!

Para comparar, aquí incluyo las críticas de los lectores en el enlace respectivo en “Qué libro leo”

Si la leéis, espero que os sorprenda y guste. Y si no compartís mi opinión, ¡¡exponed la vuestra!!, que éste siempre ha sido un Foro libre.

Manrique

lunes, 11 de junio de 2018

Recuerdos indelebles

El puto maletín. Mira que me lo había dicho Martin, cuando me lo regalaron los compañeros del Rotary. “Cuídalo y no te abandonará nunca”.

De cuero de grano entero, con mis iniciales RBA —Ronald B. Aberroth, con esa B que añadí hace años— grabadas a fuego junto al asa. Grande, pero no demasiado. Blindado. Sumergible hasta cincuenta metros. El mejor, había insistido Martin.

Sentado en la arena, al pie un arbolito enano, hago inventario. El ticket del parking donde dejé el coche de la empresa. Las llaves del Maybach, con el escudo en plata. La factura de la cena: me pasé un poco con el vino, pero no tanto como para no poder pilotar la lancha. Mi licencia de patrón y el contrato de alquiler del barco.

La carta de mi abogado, que sigue insistiendo en que acepte la última oferta de Katherine para el divorcio. Y una mierda. La muy buitre se va a quedar sin nada. Mejor dicho, sin casi nada; por desgracia hay propiedades que no he podido liquidar sin levantar sospechas. Y además, lo que encuentre tendrá que repartirlo con los dos niños. Con ese par de cabrones. Y de flojos. Se van a enterar, de golpe, de cómo es la vida de la gente normal. Lo que cuesta ganarse el dinero. Lo poco que te respetan cuando no eres hijo de un millonario.

Mi dietario, con las últimas citas, y con muchas páginas en blanco a partir de ahora. Para hacer lo que me dé la gana. Sin reuniones, sin inspecciones de Hacienda, sin protestas sindicales.

La pluma, un capricho: Namiki Emperor Maki-e, esmaltada por el mismo Kawaguchi, cuerpo macizo de oro blanco, capuchón con mis iniciales —de nuevo RBA— en diamantes. Para firmar con clase.

Tres botellitas de bourbon robadas del minibar. Como si no pudiera comprarme una botella, una caja o la destilería entera. Nunca pierdo la oportunidad de apropiarme de algo que no sea mío. Como mis amantes, siempre jóvenes, siempre recién casadas. El morbo de destruir una pareja naciente, para luego, a los pocos meses, cambiarla por otra.

Importante: La tarjeta de la Seguridad Social, el pasaporte y el carnet de conducir a nombre de un Don Nadie, alguien que no merecía seguir viviendo. Alguien cuyo cuerpo, discretamente incinerado en la misma frontera de Sierra Vista, nunca aparecerá para pedirme cuentas. Roberto Bakal Alvarado. RBA. Como yo.

La factura del hotel, pagada con la tarjeta de la empresa. Con un renglón de “Extras” por quinientos dólares. Muy discreto. Y la chica, muy bien elegida por el conserje. Al cabo de un par de horas la despedí. Sin propina, yo no regalo nada.

Resúmenes de mi estado financiero en HSBC, BPA y Cayman National Bank. Bancos de toda confianza. Todo a nombre de este nuevo Roberto Bakal Alvarado, que ahora soy yo. Suficiente para vivir muchos años. Más de los que espero durar, incluso en mis sueños más optimistas.

Algunas joyas, las mejores solamente, de mi mujer, que retiré hace un par de días de la caja de seguridad del sótano. Sé perfectamente lo que cuesta cada una, las compré yo mismo. Desde la pulsera de pedida hasta el broche de platino y esmeraldas que le regalé por las bodas de plata.

Y dinero, claro, unos veinte fajos, cada uno con doscientos billetes de quinientos euros. Porque yo soy muy americano, muy republicano y muy socio de la NRA, pero el dinero en euros ocupa la sexta parte que en billetes de cien dólares. Una migaja, comparado con lo que ya tengo en las cuentas offshore. Para una emergencia.

Lo jodido es que, aquí y ahora, lo que hay en el maletín me sirve de poco, por no decir de nada. El dinero no se come.



En cuanto pasó la bocana de Port Everglades, Ron puso su Smartphone en modo avión. No quería que nadie pudiera rastrearlo. Dirigió la proa hacia el norte, en paralelo a la costa, siguiendo escrupulosamente la ruta que había declarado en la capitanía del puerto.

Unas veinte millas más allá, lanzó el teléfono por la borda. Siguió navegando hasta encontrar la zona muerta para los radares de la Guardia Costera y giró hacia el este. Puso rumbo a Bahamas en el piloto automático. La primera escala de su fuga.

Al cabo de un par de horas se hizo de noche. Con el reflector radar arriado, solo el rugido de los dos motores delataba su presencia. Bajó el gas. No tenía prisa. El mar estaba tranquilo, la Phairline Phantom se deslizaba suavemente, rasgando las olas sin un aspaviento. La luna nueva se percibía por momentos entre las nubes. La noche era fresca pero no demasiado, y oscura, muy oscura. Perfecta para que nadie viera su barco. Notaba los efectos de la juerga de la noche anterior.

Poco después de las cuatro de la mañana, sentado en la butaca del patrón, en el puente abierto, debió de dar alguna cabezada. No vio venir al portacontenedores, que probablemente se dirigía a Baltimore. Las cincuenta mil toneladas del Maersk Dauphin pasaron por encima de su lancha sin inmutarse. El ruido del impacto, atronador para Ron, ni se oyó en el puente del mercante. El piloto malayo también dormitaba, y su radar no había detectado nada.

Ron se despertó bruscamente, sumergido en el agua. La popa del enorme buque se alejaba hacía el norte, las hélices batiendo el agua en una ligera estela. Junto a él flotaba el maletín. Nada más: ni un resto de la lancha. Menos mal que llevaba puesto el chaleco salvavidas. Agarró la bengala de señales y la accionó. Nada. No funcionaba. Hijos de puta, seguro que era china. Todo por ahorrarse unos dólares. Buy american.

Apoyando los brazos en el maletín, escudriñó el agua a su alrededor, temiendo encontrar la aleta de un tiburón. Trató de conservar las fuerzas, a oscuras no se orientaba, no sabía hacia donde nadar. En cualquier caso, estaba a unas cien millas de tierra.

Unas tres horas después, al amanecer, vio un punto hacia el oeste. ¿Un barco? Nadó lentamente hacia allí; poco a poco fue aumentando. ¡Un cayo! Si conseguía llegar estaba salvado. Trató de recordar la carta de navegación; quizás fuera Walker’s Cay.

Al caer el sol, ya agotado, llegó a la playa. Arrastró el maletín hasta alejarse unos metros de la rompiente y se dejó caer en la arena.

Se despertó con el sol asomando sobre el mar, justo enfrente de él. Recordó el naufragio como un mal sueño, y —animoso pero hambriento— se puso en pie, dispuesto a buscar ayuda. Al cabo de una hora se convenció de que estaba solo en el cayo. En la milla y media que medía de punta a punta no había más que manglares, playas y algunos cocoteros. Ni un rastro de presencia humana. Aunque en realidad sí que había muestras de civilización. Las playas estaban cubiertas de basura: plástico en todas sus formas y colores. Platos, tapones, bolsas, bastoncillos, alguna colilla, cabos deshilachados, restos de una red… Lástima que el plástico no se comiera. Encontró algunos cocos caídos al pie de las palmeras; con mucha dificultad, a golpes de maletín, consiguió abrirlos. La pulpa blanca, aunque muy seca, le supo a gloria.

Pasó el día dando vueltas a la isla, escudriñando el horizonte, buscando en vano una columna de humo, una vela, algo que señalara la presencia de un barco. Nada. Tan bien había elegido su derrotero para pasar desapercibido, que estaba fuera de las rutas habituales de navegación.

Si no hubiera tirado el móvil al agua podía haber intentado llamar a emergencias si encontraba cobertura. Si no se le hubiera ocurrido aquella idea disparatada de desaparecer en el mar, estaría en Miami tomando el sol en una tumbona. Si no…

Pasaron varios días más, idénticos al primero. No sabía cuántos. No sabía qué hora era. Ni siquiera estaba seguro de seguir vivo. El sol lo volvía loco. El sol y el mar.

Ciento ochenta y un pasos de este a oeste, mil doscientos cincuenta y nueve de norte a sur. Dos números primos. Ciento ochenta y uno por mil doscientos cincuenta y nueve da doscientos veintisiete mil ochocientos setenta y nueve. Hace la prueba del nueve. Correcto. Dieciocho palmeras. Muchos mangles. Ni un nido. Ni un alma.

Cada vez encontraba menos cocos caídos, y la sed lo atormentaba día y noche. Hasta que un día se fijó en una botella que el viento o la corriente habían llevado hasta la playa del este. De plástico, todavía con la etiqueta de Aquapure. Embotellada en Nassau. Se bebió un resto de agua de su interior. Esto le recordó alguna película de naufragios. Las probabilidades de que alguien encontrara su mensaje eran mínimas, pero tenía que intentarlo.

“Soy Ronald B. Aberroth. He naufragado en un cayo, a unas cien millas de la costa, en la ruta entre Hobe Sound (Florida) y Nicholls Town (Bahamas). Ayúdeme. Le recompensaré con 100.000 US$”. El mensaje de naufragio más caro del mundo, escrito con su Namiki Emperor en una hoja arrancada del dietario. Cerró la botella y la lanzó al mar por la costa oeste. El viento soplaba hacia el continente.

Dedicó los días siguientes ¿o era el mismo día? a buscar más botellas en la playa. Algunas, muy pocas, conservaban algunas gotas de agua, de Coca Cola, de Seven Up. Consiguió enviar un par de docenas de mensajes. La esperanza le daba fuerzas, aunque la falta de agua comenzaba a causar estragos. Una diarrea lo debilitó aún más.

Llevaba mucho tiempo en la isla, no sabía cuánto, pero mucho. Quizás semanas. Los días eran siempre el mismo día. El sol ardiendo allá arriba, la arena ardiendo allí abajo. Nunca llovía, nunca se veía una nube, nunca pasaba un barco cerca. Y aunque hubiera avistado un barco, no tenía forma de llamar su atención. No le quedaban más bengalas, ni podía encender una hoguera sin cerillas.

Por fin, una mañana, o igual era una tarde, oyó ruido de motores al otro lado de la isla. Cruzó corriendo, tropezando con los matorrales, y llegó a la playa del oeste. Un yate se acercaba. Debilitado, con la garganta agrietada, no podía ni gritar. Desde el puente lanzaron una bengala de señales. Lo habían visto. Su mujer le saludó desde el puente, vestida de blanco. El barco fondeó a unas cien brazas de la playa y arrió una semirrígida, a la que se subieron dos tripulantes.
Ron se introdujo en el mar, y avanzó hasta que el agua le alcanzó la barbilla.

Desde la lancha le arrojaron una botella, y pusieron el motor a ralentí mientras maniobraban fuera de su alcance. De un par de brazadas agarró la botella, la misma de Aquapure que él había lanzado al mar. En su interior se veía un papel, aparentemente un recorte de periódico. Intentó nadar hacia sus rescatadores, pero estos se alejaron ligeramente, indicándole que volviera a la playa. —Lea primero el mensaje— fue lo que le dijeron.

En cuanto alcanzó la orilla abrió la botella. Tardó bastante en conseguir extraer el papel, tenía los dedos hinchados de la sal y las espinas de los matorrales. Lo desenrolló con mucho cuidado. La lancha se había vuelto a acercar y sus dos tripulantes lo observaban atentamente.
Era una esquela, pulcramente recortada del Baltimore Herald.


Mr. Ronald B. Aberroth
Desapareció en aguas del Atlántico el pasado 8 de mayo
Su amante esposa Katherine, sus hijos, John y Peter, y los empleados de sus empresas ruegan una oración por su alma. No se celebrará oficio de difuntos. No se aceptan flores.
Nunca lo olvidaremos.


“Nunca lo olvidaremos”. Remarcado con rotulador amarillo.

Cayó al suelo de rodillas. La lancha viró y se dirigió hacia el yate. Su mujer le dijo adiós con la mano, minutos antes de que el yate levase anclas y zarpara de vuelta al continente.

viernes, 25 de mayo de 2018

Philip Roth


Philip Roth (Newark, Nueva Jersey, 19 de marzo 1933-Nueva York, 22 de mayo 2018)

Ha fallecido Philip Roth sin el premio Nobel en literatura. Para vergüenza de la Academia sueca que no han sabido o no han  querido valorar los méritos de uno de los mejores escritores de nuestro tiempo.
Philip Roth no sólo era un escritor americano más, sino un escritor universal. Comprometido social y políticamente, podía molestar a algunos. Judío de nacimiento no tenía reparos en denunciar o criticar lo que así le parecía de una religión tan rancia.
Criticaba porque amaba y esto es fácil de encontrar en sus libros. Aquellos libros que son obligatorios leer: para comprender América, para comprender al hombre, para comprender a su generación, en definitiva es un legado, el que nos ha dejado, valiosísimo.
No le faltaron a Philip Roth premios y reconocimientos. En 1997 obtuvo el Premio Pulitzer por Pastoral americana. En 1998 recibió la Medalla Nacional de las Artes y las Letras en la Casa Blanca, y la Medalla de Oro de Narrativa, concedida anteriormente a John Dos Passos, William Faulkner y Saul Bellow, entre otros. Fue galardonado en dos ocasiones con el National Book Award y el National Book Critics Circle Award. Ganó el PEN/Faulkner Award tres veces. En 2005, La conjura contra América obtuvo el Premio de la Society of American Historians. En 2006 el PEN/Nabokov Award y en 2007 el PEN/Saul Bellow Award por logro en la literatura estadounidense. Y en 2011 el Man Booker International.

De los casi doce libros que he leído de Roth hay algunos de canon, como Pastoral americana, La mancha humana o El teatro de Sabbath.
Recomiendo leer seguidas Pastoral Americana, La Mancha humana y Me casé con un comunista. Son todas novelas de los años 90 y constituyen la gran trilogía americana.
Zuckerman encadenado reúne las tres primeras novelas protagonizadas por Nathan Zuckerman- La visita al maestro (1979), Zuckerman desencadenado (1981),  y La lección de anatomía (1983)-y, como epílogo, una pieza genial: La orgía de Praga. Todas ellas tienen en común al alter ego del autor.
Otras: La conjura contra América (2004), Elegía (2006), Sale el espectro (2007), esta última con un Zuckerman envejecido.
Su última novela, Némesis (2010), trata de  cómo se vivió la epidemia de la polio en Netwark, Nueva Jersey por sus habitantes.
Estas son las novelas que me parecen más interesantes pero hay muchas más como Deudas y dolores (1962) o El lamento de Portnoy (1969) también interesantísimas. Lo mejor de Roth es su prosa fluida, bella, elegante- esto último se lo leí a un crítico inglés- e irónica. De manera que gusta leer y que no se acabe nunca…
Pero, por desgracia, se ha acabado y el mejor homenaje que podemos hacerle es leer sus libros una y otra vez porque no nos cansaremos y siempre, es posible, encontrar algo nuevo que habíamos olvidado.
El último Premio que recibió fue el Príncipe de Asturias de las letras en el 2012.
Acaba de hacerse público que el próximo Premio Princesa de Asturias es para Fred Vargas, una escritora francesa de novelas policiacas. Me alegro muchísimo por esta decisión, sus libros son excelentes.

viernes, 18 de mayo de 2018

El último

UNO
No espera a salir del bar. En cuanto compra el paquete de Winston y las cerillas, M. despega con parsimonia la vitola, rasga el celofán y lo guarda en el bolsillo. Seguro que es de esos maniáticos que separan y clasifican la basura hasta el absurdo. Que no se le olvide echar vitola y celofán al contenedor amarillo; al acabar la cajetilla tirará el cartón al azul. Que no se le olvide nada, no equivocarse, no romper ninguna norma, no hacer nada que pueda atraer la atención de alguien. Con los dedos torpes por el frío, abre el paquete, guarda el pedacito de papel metalizado y saca un cigarrillo. El primero del día. Al cuarto intento consigue encender una cerilla, la acerca al cigarrillo y da dos caladas ansiosas. Tose, y al toser se encoje, como si le dolieran las costillas. M. espacia las caladas, las saborea, estira esos momentos de paz. Tira la ceniza al suelo, ahora que nadie lo ve. El viento frio la arrastra. Amanece, cielo gris. No llueve. Camina enérgicamente sin mirar hacia los lados, salvo en los cruces donde, antes de atravesar la calle, comprueba sistemáticamente que no se acerque ningún coche. Antes de que se acabe el cigarro, M. vuelve la cabeza hacia el interior de un portal. Todo tranquilo, ni un ruido, ni una luz que se salga de lo normal. Mira el reloj. Las ocho y diez. Todavía tiene tiempo de fumarse otro, o quizás sea un poco tarde.

DOS
Decide arriesgarse, saca el segundo cigarro de la caja y lo enciende con el primero, mientras observa disimuladamente a la gente que pasa por su lado, adultos camino del trabajo, niños con mochilas escolares. Los autobuses van llenos de gente. Mira a ambos lados de la calle y lanza el humo hacia los coches que circulan con los faros encendidos. Dentro de nada amanecerá. Hace frio. Parece nervioso, mira repetidamente a su alrededor. Apaga el cigarro sin terminar.

TRES
Ya ha recogido todo. Los guantes, la jeringuilla, el envase de la medicina y algún que otro indicio de su paso por el apartamento los mete en una bolsa de plástico que coge de la cocina. Enciende el tercer cigarrillo del día. Tiene que dejarlo, lo sabe mejor que nadie, no quiere pasar las últimas semanas de su vida ahogándose, como el hombre que yace en la cama. Porque nunca sabe cómo llamarles. Pacientes no, desde luego, no por lo menos en el sentido tradicional. Clientes tampoco, porque no les cobra. Víctimas menos, él solo los libera de sus sufrimientos. Una compañera irlandesa hablaba de targets, objetivos. Quizás sea esa la expresión correcta. El cigarrillo se va consumiendo en un cenicero; antes de irse lo agarra y chupa fuerte para reavivar la llama. Una última ojeada circular, y sale al descansillo después de asegurarse de que no hay nadie en la escalera. Cierra la puerta de un tirón. Apaga el cigarrillo contra el tacón y guarda la colilla en la mano, para tirarla más tarde a una papelera.

CUATRO
Al llegar a la estación de autobuses, M. se fuma el cuarto. Antes de encenderlo, ya con el cigarrillo en la mano, busca con la mirada un bar para desayunar, pero no ve ninguno cerca, solamente la cantina de la propia estación. Prohibido fumar. Observa a las personas que lo rodean, taxistas, viajeros, buscavidas. Espera en la acera, cerca de la parada de taxis, hasta que se agota el cigarrillo. Lo apaga meticulosamente contra el borde de una papelera, comprueba que no queda ni un rescoldo, y tira dentro la colilla antes de dirigirse al andén número cinco.

CINCO
Voz grabada: Señores viajeros, el autobús hará una parada técnica de quince minutos. Pueden descender si lo desean, pero no olviden llevar consigo todos sus objetos personales. El chófer, más humano, recuerda a los viajeros que están en el andén catorce, y que el autobús saldrá a las diez menos cuarto en punto. M. se baja con movimientos pausados, el cigarrillo y las cerillas en una mano, el maletín en la otra. Parece un médico. Pero los médicos viajan en avión o en tren de alta velocidad, no en autobús. Prohibido fumar en los andenes. Sale a la calle, se aleja media docena de pasos, enciende por fin su cigarro. De la estación entran y salen jóvenes con maletas enormes. Dos extranjeras, parecen, lo miran sin verlo. Ellas beben unos refrescos mientras comen cualquier porquería. M. todavía no  tiene hambre. Un descafeinado de la máquina expendedora. Asqueroso, a quién se le ocurre, lo tira sin terminar al contenedor amarillo, después de dudar unos segundos. Tira el cigarro al suelo y lo pisa con rabia.

SEIS
Vueltas arriba y abajo por la acera. Enciende otro cigarrillo mientras mira el reloj cada veinte o treinta segundos. Se le acerca un taxista ilegal. Lo rechaza con un gesto. No abre la boca. Todavía faltan cinco minutos para que salga el autobús. No ve a nadie sospechoso. Una pareja de la Guardia Civil vigila frente a la entrada de un edificio oficial. Apaga el cigarro antes de terminarlo.

SIETE
Nueva parada, esta vez de media hora, para comer. En esta estación dejan fumar, es al aire libre. Tiendas de chucherías, de recuerdos, de prensa. M. enciende el cigarro que lleva en la mano desde que se bajó del autobús y compra el periódico. Solo queda La Tribuna. Se espera que continúe la sequía, los embalses están al quince por ciento. El presidente regional se reúne con el ministro en Madrid. El obispo anuncia una procesión con la imagen de la patrona, para pedir lluvias. Todo eso en primera. Tira el periódico, sin terminar, a un contenedor azul al otro lado de la calle.

OCHO
Cuando va a encender otro cigarrillo, se le acerca un mendigo. Le da el cigarro que se iba a fumar, se lo enciende, no responde a sus palabras de agradecimiento. M. se aleja hacia el otro extremo de la estación. Entra en los urinarios. El mendigo parece dudar, mira a uno y otro lado. Cruza la calle, se compra un cartón de vino. Le pide fuego al quiosquero, y se instala en un banco, al sol, junto a una mujer con la que cruza una mirada de reconocimiento. Comparten el cigarro y el cartón. Beben lentamente, saboreando, igual que fuman. De vez en cuando se miran, sonríen. Se dan la mano. Se está bien: sol, tabaco, vino, compañía. El cigarrillo les dura una eternidad, aspiran despacio, suavemente, cerrando los ojos. Retienen el humo todo lo que pueden, luego lo dejan salir. Ella hace aros con el humo. No lo tiran hasta que empieza a quemarse el filtro.

NUEVE
Enciende un nuevo cigarro y se compra un sandwich de jamón y queso. Para llevar, por favor. Se acerca al andén donde espera su autobús. Contacto visual con el conductor. A su lado, una pareja se abraza, inmóvil. Parecen muy jóvenes. Se escuchan unos sollozos. No hablan, se aprietan más fuerte. Cuando el altavoz anuncia la salida del autobús, se separan unos centímetros. ¿Nunca nos volveremos a ver?, pregunta ella, rubia, pelo liso. Nunca, responde él, moreno, pelo rizado, mientras la suelta y da un paso atrás. M. apaga cuidadosamente el cigarro en un cenicero, lo tira a la papelera y se sube al autobús.

DIEZ
Fin de trayecto. M. saca un cigarrillo del paquete, ya mediado, mientras recoge su maletín y baja del autobús. Nadie lo espera en la estación, poco más que un andén con una marquesina. Al chico de antes, el de la despedida, lo espera otra mujer también muy joven, morena esta vez. Largo abrazo, sollozos. ¿Verdad que no me dejarás nunca? Verdad, contesta él antes de volver a besarla. M. pasa frente a la parada de taxis, donde los conductores juegan al dominó sobre unas cajas de refrescos vacías. Cruza la plaza, enciende el cigarrillo  y camina a paso rápido por las calles desiertas. De una ventana sale música; de otra olor a fritanga. La acera es estrecha, la ocupan cubos de basura, motos aparcadas. M. circula por la calzada, acelerando el paso y comprobando que no se acerca ningún coche. Al final de la calle se ve agua, un río, quizás, o un canal. Al llegar a la ribera, M. da una última calada, más profunda que las anteriores, y mira alrededor. Cuando está seguro de que nadie lo observa, tira la colilla al agua.

ONCE
Estación marítima. M. se sienta en el bar, con un cigarrillo en la mano. Prohibido fumar. Prohibido consumir productos del exterior. Pague al ser servido. Exija el ticket de su consumición. Los clientes se callan, el camarero sube el volumen del televisor. La presentadora anuncia que R.S.O. ha aparecido muerto en su domicilio. Según la policía no se descarta ninguna hipótesis, aunque todo apunta a una muerte natural. Imágenes de archivo del fallecido. Imágenes del portal de la casa, entrevista a una vecina que no ha visto ni oído nada. Era muy buena persona, es todo lo que alcanza a decir, con cara indiferente. Declaraciones de compañeros de trabajo, de alguna personalidad. Todos hablan de él con respeto, casi con miedo. M. deja el cigarro sobre la mesa mientras mira a su alrededor y se toma un descafeinado. En la mesa de al lado se sientan el chico que venía en el autobús y la chica que lo esperaba en la estación. Ella hace planes: la nueva casa, los muebles, la decoración, el niño que nacerá dentro de unos meses… Él asiente con la cabeza, distraído. Ella se enfada, él la besa. M. paga y sale a la calle con el cigarrillo en la mano, se acoda en la barandilla sobre el agua y por fin lo enciende. La ceniza cae al agua y unos mújoles se acercan. A pocos metros, unos niños tiran pan a los mismos peces. Una gaviota se lleva el trozo más grande. El niño pequeño llora. Se acerca el sonido de una sirena ¿policía, ambulancia, bomberos? M. aprieta los labios. La sirena se aleja, M. se relaja, apaga el cigarrillo, lo tira a una papelera.

DOCE
Han abierto la taquilla. M. se acerca, pide un billete. Solo ida, por favor. El barco no sale hasta dentro de una hora. Tres euros con cincuenta, la travesía no debe de ser muy larga. Cuando va a encender el cigarro, una mujer le pide dinero para comprar un billete. M. le da el cigarrillo, todavía apagado. Ella le pide fuego y da varias caladas ansiosas. Huele mal, se tambalea, se agarra a la barandilla. Se va a sentar en la sala de espera, pero el guardia de seguridad la echa. Se marcha protestando, dando tumbos. Se deja caer en el bordillo de la acera, termina el cigarro, tira la colilla al suelo. Se queda allí sentada, mirando a la nada.

TRECE
M. saca otro cigarro de la cajetilla. Cuando coge las cerillas mira a su alrededor. Prohibido fumar. El guardia lo observa. Se mete las cerillas en el bolsillo, coge el maletín, vuelve a la barandilla, le pide fuego a una mujer de gafas oscuras que fuma mirando a la otra orilla. M. da una calada y vuelve la cabeza para darle las gracias, pero ella ya se aleja. M. se sienta en un banco, saca del maletín una agenda, la revisa, toma alguna nota para el día siguiente. Comprar verdura. Cita para el otorrino. Llamar a P. Un grupo de turistas se baja de un autobús y se dirige hacia la terminal. Compran helados, postales, hacen fotos del trasbordador, de la otra orilla del rio, de los barquitos que pasan. Empieza a refrescar. Guarda la agenda, apaga el cigarro, se levanta para tirar la colilla a la papelera.

CATORCE
Por fin, un marinero quita el cordón que impide el acceso a la pasarela. Justo ahora M. decide encender un cigarrillo, quizás por si a bordo no se puede fumar. Se forma una cola algo caótica, en la que se encuentra otro de los pasajeros del autobús. Viste un poco como M., pero más informal. Gorra de béisbol azul marino con el logo de un equipo americano, cazadora oscura, vaqueros, zapatillas deportivas, gafas de sol. Unos treinta años, alerta, aparenta descuido. No encaja en el pasaje, casi todos jubilados o familias con niños. Pero tampoco encaja M., que se sienta en la cubierta superior, a la sombra de un toldo, mirando hacia proa. El otro se queda abajo, junto a los aseos. Al llegar a la bocana, un marinero le dice a M. que no se puede fumar a bordo. M. asiente con la cabeza, da una última calada, tira el cigarrillo al agua.

QUINCE
En cuanto pisa tierra, M. se echa a un lado y saca otro cigarrillo. Solo le quedan seis, no debería fumar tanto. Se queda junto a la puerta de la estación marítima hasta que todos los pasajeros han salido y se han dispersado por la plaza. Unos entran en la estación de trenes, varios se dirigen al centro de la ciudad, al otro lado de la plaza. El de la gorra de béisbol se para en una marquesina de los autobuses urbanos, consultando los horarios. M. rodea la plaza, comprueba que nadie le sigue y se encamina hacia un barrio desastrado, sucio, con basura por las esquinas y mujeres en bata que vienen de comprar la cena en algún mini súper. Titubea, pero no pregunta. Al final tira el cigarrillo al suelo, sin apagar, y echa a andar con decisión.

DIECISEIS
Anochece. M. está sentado en la terraza de un café, en una plaza llena de niños que corren y chillan entre los bancos. Pasa una gitana repartiendo romero, un vendedor de pañuelos de papel, un barrendero con su carro. Unos metros más lejos se detiene un taxi y baja una señora muy mayor, con andador. Una chica joven, parece colombiana, la ayuda a llegar hasta un portal. En el otro extremo de la terraza toma café el hombre de la gorra azul, ahora con la cabeza descubierta. De vez en cuando comprueba de reojo que M. sigue sentado. M. enciende el cigarrillo que un rato antes había dejado sobre el cenicero. Fuma lentamente, mira al infinito. A saber en qué piensa. El camarero lo observa, sin verlo. Es un profesional. Al cabo de un rato le cambia el cenicero. M. agradece con un gesto, luego vuelve a perder la mirada en el otro extremo de la plaza.

DIECISIETE
Hace bastante frio. M. se pide un gin tonic y enciende otro cigarro. Con la mano, le indica al camarero que no ponga más ginebra. Agita un poco el vaso, para mezclarlo bien. Demasiado hielo, le pide al camarero que quite un cubito. El camarero se lleva el vaso a la barra y lo vuelve a traer. La terraza se va vaciando, el de la gorra se levanta, paga, se mete en otro bar y sigue vigilando desde la barra. Pasa un grupo de adolescentes cargados con bolsas de plástico. Botellón. M. apaga el cigarrillo en el cenicero, se levanta y deja unas monedas sobre la mesa.

DIECIOCHO
Cada vez hay menos gente por la calle, y las pocas personas que se ven caminan con prisa, encogidas, con las manos en los bolsillos. El viento ha enfriado mucho el ambiente. Los comercios están cerrados y los bares medio vacíos. M. se para delante del escaparate de una ferretería, y parece observarlo con atención mientras enciende un cigarrillo. Ya le quedan muy pocos. Se mueve con decisión. Un mendigo acomoda sus cartones en un cajero, preparándose para pasar la noche. Un repartidor de pizzas pasa petardeando. M. se cruza con una pareja que empuja a dos niños demasiado abrigados. Vacía el resto del cigarrillo y lo tira a la papelera.

DIECINUEVE
Antes de llegar al portal, abre la cajetilla. Saca uno de los dos cigarrillos que quedan, pero está roto. Lo tira con rabia a una papelera. Un camión vacía los contenedores de vidrio.

VEINTE
El último. Hay un estanco en la esquina, pero no entra. Va a ser el último de verdad, como dice todas las noches. Enfrente de su casa se le acercan el hombre que lo ha venido siguiendo todo el día y la mujer que fumaba junto al río. ¿Doctor M.? ¿Le importa que le hagamos unas preguntas? Le muestran un carnet que puede ser de cualquier cosa. Antes de contestar enciende el cigarrillo. Esta vez sí que va a ser el último. Seguro. Se lo mete en la boca, saca la caja de cerillas del bolsillo y lo enciende. Aspira tres caladas a fondo, estruja la cajetilla, la tira a una papelera, asiente con la cabeza, y apaga el cigarro con el tacón. Ha dejado de fumar.

jueves, 17 de mayo de 2018

Presentación de "Fauna y cuento"

La verdad es que me había preparado este texto precioso para leerlo aquí, lleno de metáforas, de analepsis y de polisemias, con muchas esdrújulas y polisílabos, sin un solo anacronismo y con casi ninguno de esos lugares comunes que tan poco le gustan a nuestra profesora. Pero después de escuchar a mi compañera y a mis compañeros, me he dado cuenta de que si lo leía iba a quedar como el culo. Como el culo o como un cochero, que no sé lo que es peor. (Aquí rompo los papeles) Pero no os preocupéis, tengo un plan B.

Empecé a escribir muy joven, lo que en mi casi significa hace unos sesenta años. Ya mi primer texto era un buen ejemplo de escritura posmoderna, con aliteraciones, repeticiones y buen ritmo, aunque tengo que reconocer que no muy original.

Lo malo es que, ya desde aquel momento, el vicio de la mentira empezó a cruzarse con el vicio de escribir. En aquella mi primera obra se mezclaban verdades a medias, falsedades rotundas y afirmaciones dudosas tenían cabida.

La introducción era, con toda seguridad, falsa: Mi mamá me mima. En aquellos duros y felices años cincuenta, en el seno de una familia que me educaba espartanamente en la obediencia y la austeridad, no había peor insulto que el de niño mimado. Mi mamá no me mimaba.

El nudo era, cuando menos, discutible: Mi mamá me ama. No mejoraba la veracidad en el desenlace: Amo a mi mamá. ¡Si todavía ni sabía lo que significaba la palabra amar!

Con los años seguí escribiendo textos cada vez más extensos, en los que surgían, como malas hierbas, los brotes verdes de la mentira: Este fin de semana no he salido, he estado estudiando mucho, tenía la caradura de escribirles a mis padres, con la seguridad de que los seiscientos kilómetros que nos separaban les haría imposible comprobar mis afirmaciones.

En aquellos tiempos convulsos no me privé de redactar textos dirigidos a un público más amplio, panfletos a ciclostil y carteles escritos a mano con proclamas anarquistas plenas de mentiras piadosas: comunismo libertario, igualdad entre el hombre y la mujer, la salud por el ajo y la cebolla… Menos mal que no los leían más allá de veinte o treinta personas.

Con la búsqueda de trabajo llegó el maquillaje del currículo, y una vez encontrado, mis informes contenían habitualmente cierta dosis de imaginación, para suplir mi falta de dedicación o de conocimientos. Con razón decía mi padre (y a sus noventa y tantos años lo sigue manteniendo), que yo lo que no sé lo invento.

Seguí con unos relatos de mis presuntos viajes por países exóticos, en los que para hacerlos más atractivos describía anécdotas y situaciones en las que, por suerte, nunca me había visto envuelto. Geografías imaginarias, idiomas inventados, fotos sacadas de contexto, todo valía para atraer la atención de los lectores.

Hace unos años, por desgracia demasiado pocos, descubrí una solución que, combinando mis dos vicios, el de escribir y el de mentir, los transformaba en una virtud, en algo aceptado socialmente. La panacea era dedicarse a “La Ficción Literaria”, así, con mayúsculas. Ahora ya puedo contar impunemente mentiras, sin miedo a que me desenmascaren. Como se supone que me invento todo lo que escribo, a nadie le extraña encontrarse en mis relatos situaciones inverosímiles, personajes imposibles o lugares inexistentes.

Lo malo es que, ahora que por fin puedo escribir tranquilo y engarzar toda una sarta de falsedades hasta formar una novela, el virus me ataca desde otro ángulo. Comencé, primero con cuentagotas y luego a chorro, a mezclar verdades con lo que en teoría era pura ficción. Algunas, cada vez más, de las cosas que les pasaban a mis personajes, no eran imaginarias, como yo afirmaba, sino que en realidad me habían sucedido a mí, o al menos a personas muy cercanas. Esta contaminación ha ido creciendo, hasta que a mí mismo me resulta difícil distanciarme de alguno de mis personajes, distinguir mis sueños y recuerdos de los suyos.

Para terminar, y aunque mucho me temo que a estas alturas mis palabras no os ofrezcan ya ninguna credibilidad, os aseguro que los dos relatos del libro que aparecen firmados por mí los he escrito yo. De verdad. Lo prometo. O sea que si no os gustan, solo a mí me podréis echar la culpa.

Si queréis leer uno de los relatos, podéis pinchar aquí.

domingo, 1 de abril de 2018

"La Pasión de Cristo" ("The Passion of the Christ" USA 2004), dirigida por Mel Gibson



Queridos Cinéfilos:


Creo que hoy es fecha oportuna para comentar "La Pasión de Cristo", película dirigida por Mel Gibson que levantó una enorme diatriba en la crítica, dividida en bandos más o menos equivalentes entre los que la consideraron una buena versión y los que la acusaban de ser un espectáculo sádico u, otros, de ser ferozmente antisemita.

Yo me pregunto: imaginemos por un momento que esta película la hubiera rodado Pasolini, de no haber sido asesinado 30 años antes, o, por tomar un americano, un resucitado Sam Peckinpah y hubieran obtenido un resultado de muy similar patetismo Es indemostrable lo que afirmo, pero estoy absolutamente convencido de que la inmensa mayoría de los críticos que han masacrado la película por considerarla casi "gore" hubieran alabado el hiperrealismo con el que fue rodada, porque ni un  sólo colega suyo de los años cumbre de aquellos cineastas se atrevió jamás a cuestionarlos por la crudeza de sus películas. Así (me dirijo, por cuestiones de edad, a los Space Cowboys, ya que los más jóvenes es menos probable que hayáis conocido las cintas que cito):

  • De Pier Paolo Pasolini: ¿Era menos violenta su última película, "Saló, o los 120 días de Sodoma" (1975), adaptación libre de una obra del Marqués de Sade? Yo opino que era  muchísimo más dura y causaba en el espectador una repugnancia totalmente gratuita (en IMDB he visto que algunos comentaristas que le asignan 10/10 esa cinta, al mismo tiempo afirman que es la película más dura de la historia; por mi parte recuerdo que un compañero de ASTANO, la única persona conocida que me consta fuera a verla cuando se estrenó en España a finales de los 70, me contó que era la única vez en su vida que se había salido del cine sin terminar la película). Además, yo afirmo que carecía absolutamente de la menor historicidad o valor artístico y, lo peor, ¿cuál era su utilidad o mensaje positivo?
  • De Sam Peckinpah: ¿Es que nadie  recuerda la tremenda repercusión de "Grupo Salvaje" (1969), con su revolucionario uso de la cámara lenta para grabar los impactos y salpicaduras de sangre en los feroces tiroteos (adicionalmente, "curioso" detalle el de los rubitos niños quemando alacranes, hasta que estos se "suicidan", en la primera secuencia) y luego en "Perros de Paja" (1971) su violencia brutal? 
Jesucristo en la última cena
Aclaro: En  la época de la producción de las dos citadas películas existían unos límites implícitos de moral pública respecto a la escenificación de las escenas de sexo y violencia, límites que han sido posterior y progresivamente relajados muy considerablemente, con la inmensa mayoría de la crítica actual aplaudiendo la verosimilitud alcanzada en las escenas eróticamente tórridas o de extrema violencia. Entonces, ¿a qué viene escandalizarse porque un director haya rodado de forma muy realista la flagelación y la más despiadada ejecución prevista en la ley romana, la crucifixión, de Cristo? Estoy convencido que ello se debe muy mayoritariamente a que el director es Mel Gibson, al que muchos no le perdonan que sea una persona de ideario conservador y, por si le faltaba algo, además católico. Tampoco conviene olvidar que el poderosísimo lobby sionista "se la tenía jurada" debido a la famosa frase del Evangelio que se reproduce fielmente en la película, cuando Poncio Pilato pregunta a la muchedumbre a quién liberar, si a Jesús o a Barrabás, y, tras la respuesta, hace responsable ante la Historia de la condena de Cristo a la vociferante masa, que lo acepta explícitamente ("Caiga su sangre sobre nosotros y nuestros hijos...", si recuerdo bien).

Tratando de mantenerme estrictamente en el ámbito cinematográfico, yo le dí una nota alta (8) a "La pasión de Cristo" porque:
  • Creo que, en sentido general, la película está excelentemente rodada.
  • Su ambientación, localización y referencias históricas (entre las que se cuenta las de los instrumentos para aplicar la más dura flagelación prevista en esa época, según leí en algún sitio) son extraordinarias.
  • Las interpretaciones son de buenas a muy buenas: Jim Caviezel se ha "trabajado" a conciencia su papel (parece ser que hasta recibió accidentalmente un "rasponazo" en la flagelación, naturalmente no puedo constatarlo, pero no me extraña habida cuenta cómo está rodada) y entre los secundarios destacaría a la rumana Maia Morgenstern como María, a Hristo Jivkov como Poncio Pilato  y a Mónica Bellucci como María Magdalena.
  • Fotografía e iluminación, sobresalientes. Alguna escena simbólica, como la casi al final de la gota de agua, original e inspiradísima.
  • Es de destacar cómo, para alcanzar la mayor verosimilitud, se optó porque los personajes hablaran en sus correspondientes lenguas (fundamentalmente arameo por los judíos y latín por los romanos) y la película jamás ha sido doblada, lo que sorprendentemente no le impidió obtener un más que notable éxito en taquilla. 
Más como cristiano que como cinéfilo "puro", yo le reprocharía que no dé una imagen más profundamente trascendente de Jesucristo, cosa, por otra parte, difícil de hacer por el director si no se quiere caer en un retrato hagiográfico... A mí no se me ocurre cómo hacerlo, pero noto que "falta ese toque".

Como siempre he intentado insertar los enlaces de los críticos profesionales pero por ser la película anterior al inicio de Filmaffinity, no figuran allí y refiero directamente a esa página, donde constataréis la división similar de los críticos oficiales entre a favor y en contra, en https://www.filmaffinity.com/es/film332621.html

María Magdalena, San Juan y María en el descendimiento
Pero demos voz a las opiniones particulares en esa página (para esta película hay nada menos que 314 críticas subidas), de las que las cinco más apoyadas le dan respectivamente una nota de 8, 10, 8, 6 y 9. Yo me identifico plenamente con el contenido del comentario de Juan Cádiz, apoyado por el 87% de los otros usuarios que lo han leído, "¿Me haces un retrato, pero con los ojos más bonitos?", persona que ha subido 621 críticas, ha votado más de 4000 películas, asignándoles una media de 5,7;  con estos datos me supera astronómicamente, ya que yo sólo he votado 608 películas y con una media de 7,2. Me pregunto autocríticamente: ¿me quedé corto con el 8 que asigné a esta película en Filmaffinity frente al 10 que le da Juan Cádiz?. 

Si ya la habéis visto o la veis como consecuencia del presente comentario, os ruego que compartáis vuestra opinión, tanto si es convergente como divergente.


Y quiero acabar con un mensaje optimista de esperanza, en línea de cómo acaba la película tras la Pasión, ya en el Domingo y con el sepulcro vacío, ¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!!, como han felicitado los cristianos desde hace casi 2000 años en tal día como hoy.


Manrique