viernes, 14 de febrero de 2014

El Cabo del Coral (Sulawesi)

Para iral primer relato de la serie, pinche aquí.

Tal y como contaba en “Fuerza Roja y Vampiros Negros”, a la mañana siguiente salimos con Hasanudin Didin, el hijo de los dueños del losmen, para ver las misteriosas esculturas megalíticas del valle Bada, en el centro de la isla de Sulawesi, conocida en español como Célebes.
En todo el Parque Nacional de Lore Lindu se habían localizado hasta el momento más de cien piezas talladas, con una altura de entre diez centímetros y más de cuatro metros. No se conocía nada de las estatuas, más allá de lo que se podía observar a simple vista. Hoy en día sigue sin saberse a qué cultura corresponden, cuándo se tallaron o cuál era el objetivo de sus constructores, aunque todos los expertos coinciden en que deben de haber tenido alguna relación con un culto religioso. Las fechas que se han propuesto para su creación se extienden desde tres mil años antes de la nuestra era hasta el siglo XIV.

De todos los megalitos conocidos en aquel momento, solo una docena tenían forma humana; los demás se repartían entre figuras animales, losas con inscripciones geométricas, y otros objetos. También se encontraban jarras de piedra similares a las de la Llanura de las Jarras, en el norte de Indochina, de la que algún día escribiré.

Pese a esta coincidencia con la Llanura de las Jarras, que en un primer momento llevó a los arqueólogos a asociar ambas culturas, en Indochina no se han encontrado figuras humanas como las del Valle Bada. Además, por ahora en el Valle Bada no han aparecido herramientas, cerámica, enterramientos ni ningún otro resto asociado con estas figuras. Por eso, en la actualidad se sigue sin saber nada de la cultura que las elaboró, aunque después de unas investigaciones financiadas por The Nature Conservancy Group el número de esculturas catalogadas ha alcanzado las cuatrocientas. Son, en todos los sentidos, mucho más misteriosas que los moai de la Isla de Pascua. Y también mucho más difíciles de visitar.
Las figuras humanas, las más interesantes para mí, no seguían ninguna pauta, ni en su tamaño, ni en su ubicación, ni en su estado de conservación. Había una de no más de un metro de alto, en perfecto estado de conservación, en el centro de un cruce de caminos de la aldea de Gintu, capital del valle. Otras, mucho más grandes, estaban perdidas en mitad del monte, algo ladeadas y formando un grupo. Alguna se había caído por la erosión del río, y allí seguía, boca abajo y semisumergida. E incluso otra se erguía en mitad de un campo de arroz, escrupulosamente respetada durante las faenas agrícolas.

En lo que sí que coincidían la mayoría de ellas era en el estilo. Monolíticas, sin brazos ni piernas, los rasgos de la cara marcados con una sola línea continua, los ojos muy abiertos, la cabeza desproporcionadamente grande, eran poco más que menhires tallados en granito. El estado de conservación, en general, era bastante bueno, a lo que podía haber contribuido tanto la sencillez de su ejecución como el respeto que seguía mostrándoles la población local.

Hasanudin resultó ser un guía magnífico. Además de tener un nivel de inglés muy aceptable, se conocía al dedillo los senderos que llevaban de una estatua a otra, así como los nombres que les había asignado la tradición, y algunas de las leyendas asociadas. Se creía que eran antiguos delincuentes trasformados en piedra como castigo a sus crímenes (por ejemplo, malversación de fondos públicos). Un castigo mucho más eficaz y ejemplarizante que los que estamos viendo en nuestro país, y sin posibilidad de que te indulten tus amigos del gobierno.
Después de ocho horas andando por senderos, atravesando puentes colgantes de cuerdas, y hasta cruzando un río en una balsa artesanal de caña de bambú, regresamos al losmen con la retina saturada por las impresionantes imágenes que habíamos ido viendo surgir, inesperadas, a lo largo de nuestro recorrido. Habían valido la pena todas las penalidades por las que habíamos pasado para llegar hasta aquel valle perdido.

Una vez vistos los megalitos más cercanos, nos faltaba tomar una decisión importante: ¿Cómo volvíamos a la civilización? Descartamos la vuelta a través del lago Poso y luego por tierra hacia Rantepao y Ujung Pandang, por la intensa actividad guerrillera que se mantenía en la zona. En su lugar, optamos por dar un salto hacia lo desconocido y seguir viajando hacia el norte de Sulawesi, en busca de algún aeropuerto que nos permitiera volar a Ujung Pandang, o incluso directamente a Bali.
El aeropuerto más cercano hacia el norte, Poso, había quedado inutilizado en los conflictos de las últimas semanas, y el siguiente estaba en Palu, doscientos kilómetros más lejos. Para llegar a Palu teníamos dos alternativas. La que en principio parecía más atractiva era dirigirnos directamente hacia el norte desde el Valle Bada. Al cabo de dos o tres días a caballo llegaríamos a una pista asfaltada, donde era probable que hubiera transporte público para seguir viaje. Esta opción nos habría permitido conocer zonas del parque nacional habitualmente poco accesibles a los visitantes, a cambio de tener que dormir al raso o en cabañas indígenas, acarrear agua y provisiones, y contratar guías y caballos, como en una auténtica expedición.

Por desgracia, Hasanudin nos desaconsejó vivamente esa ruta. Aunque él habría sido nuestro guía en el viaje, y se hubiera ganado un buen sueldo acompañándonos, el camino atravesaba una zona de hostilidades en la que había habido combates muy recientemente. No nos quedaba entonces más remedio que subirnos de nuevo al Land Cruiser y regresar a Tentena por el mismo camino que a la venida. Y además sin perder el tiempo, porque se avecinaban tormentas que habrían vuelto impracticable esa vía. Nos arriesgábamos a quedarnos varados en Gintu un tiempo indefinido, sin contar con la posibilidad de que los conflictos, que hasta entonces habían respetado el valle, nos acabaran alcanzando.
Así que al día siguiente, y con gran dolor de corazón, abandonamos el Valle Bada, un remanso de paz en medio de una provincia desgarrada por la violencia. La estancia había sido muy breve, pero intensa.

El camino estaba ahora bastante más embarrado, por lo que tardamos casi ocho horas en llegar de vuelta a Tentena. Esa misma tarde reservamos billetes para el primer autobús que saliera para Poso, dos días después. El día que nos quedó libre en Tentena lo aprovechamos para hacer una excursión, primero en bemo y luego andando, hasta las cataratas de Salopa. No eran muy altas ni demasiado caudalosas, pero formaban diez escalones, en cada uno de los cuales había una piscina natural apta para bañarse, en un entorno selvático encantador. Y el tramo final del camino, el que hicimos andando, discurría entre plantaciones de árboles del clavo, cubiertos de hojas rojas. El único problema eran las sanguijuelas, del tamaño de un palillo de dientes, que esperaban oscilando en hojas y ramas para pegarse al primer animal de sangre caliente que pasar. Si no te las quitabas a tiempo, empezaban a hincharse de sangre hasta alcanzar el grosor de un dedo meñique.
También fuimos a ver las trampas fijas para anguilas instaladas en el punto en que el río Poso nace del lago del mismo nombre. Y por supuesto, las probamos guisadas en uno de los merenderos situados junto al río.

Al día siguiente, el recorrido de Tentena a Poso duró casi tres horas para recorrer unos sesenta kilómetros, por una carretera que iba siguiendo el fondo del valle del río Poso. El recorrido habría sido bonito, por los meandros del río y las selvas y montañas que íbamos dejando a los lados, sino hubiera estado festoneado de aldeas destruidas por el fuego. La llegada a Poso fue terrible, parecía que los desastres de la guerra se notaban más en una ciudad que en las aldeas recorridas hasta entonces. Muchos edificios incendiados, restos de barricadas, controles militares, y todo el pasaje del autobús en un impresionante silencio, apenas roto unos instantes por los lloros de algún niño.
En los sucesivos controles que íbamos pasando para adentrarnos en la ciudad, los militares miraban nuestros pasaportes como si no hubieran visto otro en su vida. Los ojeaban una y otra vez, leían nuestros datos personales y los visados y sellos de viajes anteriores, como si estuvieran buscando a un peligroso delincuente. Y nos dejaban pasar, siempre encañonando el autobús con sus AK47 o las ametralladoras de media pulgada montadas sobre sacos terreros.

Por fin conseguimos llegar a lo que quedaba de la estación de autobuses. Por suerte, en pocos minutos salía otro autobús para Palu, por lo que no tuvimos que esperar mucho tiempo en aquel ambiente sobrecogedor.
El nuevo autobús efectivamente salió en un cuarto de hora, alejándonos por fin de la zona de conflicto. El autobús iba atestado, lleno de familias enteras que se largaban de Poso en busca de refugio en alguna zona más alejada de los conflictos. Esta vez, ni kelilin kelilin, ni música, ni nada que aliviara la profunda congoja que sentíamos. El viaje hasta Palu, de poco más de doscientos kilómetros, duró otras ocho horas. Por suerte, la carretera estaba en razonable buen estado, salvo en el tramo que cruzaba en transversal el brazo norte de la isla, de costa a costa y a través de una cordillera abrupta, con curvas vertiginosas y vistas espectaculares. Pero para vistas estábamos….

Palu, a donde llegamos ya atardeciendo, era una ciudad relativamente grande, llena de tráfico, de ruido y de hoteles de negocios. Nos metimos en uno cualquiera, a descansar de la paliza del autobús y a pensar qué hacíamos a partir de ese momento. Eso sí, ni rastro de combates. Esta zona de mayoría musulmana estaba suficientemente alejada de la línea de conflicto.
Al día siguiente fuimos a buscar billetes de avión para llegar a Ujung Padang o a Ubud, pero no había nada para los próximos días. Sin saber muy bien qué hacer, porque Palu no daba para mucho, recordé un comentario que había leído sobre una zona de buceo no muy lejana. Palu estaba ubicada al fondo de un largo brazo de mar, el Estrecho de Makassar, y Tanjung Karang, el cabo del Coral, estaba en la misma entrada del estrecho, a solo treinta kilómetros.

Volvimos al hotel a recoger las mochilas, y nos subimos a un bemo colectivo, lleno de gente.
·         ¿Este bemo va hacia la estación de autobuses?
·         Si, suban. ¿A dónde quieren ir en autobús?
·         A Tanjung Karang.
·         Si quieren les llevamos, es mucho más cómodo que el autobús, que solo llega hasta Donggala, y además solo hay un autobús al día y hoy ya ha salido.

Por supuesto, no nos creímos del todo la información sobre los horarios de autobuses, pero después de todo lo que habíamos pasado nos apetecía un poco de comodidad. Tras un breve regateo, acordamos que por unas dos mil pesetas de las de entonces nos llevarían directamente hasta el cabo del Coral. La mayoría de los viajeros se apearon, resignados a buscarse otro bemo con tal de no estropear el magnífico negocio que acababa de hacer el conductor. Todos, menos dos chiquillos de uniforme y con la cartera escolar debajo del brazo, que se quedaron sentados en su banco, muy serios. Cuando les pregunté, me dijeron que se venían con nosotros a la playa, y que no, que ese día no había clases, que era festivo. Y digo yo: ¿A dónde irían un día festivo, de uniforme y con la cartera? Mejor no preguntar mucho, pero me imagino que aquella excursión con dos guiris les dio para contar toda la semana a sus compañeros de clase.
Una horita de viaje, charlando con el cobrador y analizando las ventajas e inconvenientes de irse a Europa con el bemo y venderlo allí. Entre las preguntas de rigor, surgió una acerca de nuestros hijos. Recordando el incidente de las sanguijuelas (véase “Temporada de tomate”), les dije muy serio que tenía cuatro hijos, dos niños y dos niñas.

·         Empat anak anak? Dari Spanyol belun Familiy Planning? (¿Cuatro niños? ¿En España todavía no tienen Planificación Familiar?)
A partir de esa ocasión, siempre que me han preguntado, y han sido muchas veces, he declarado que tenía dos hijos, un niño y una niña. Y para no confundirme en los detalles, “adopté” los datos de Rocío y Alejandro, hijos de unos amigos míos. Desde entonces, el número de hijos ha dejado de ser un problema.

Por fin llegamos a Tanjung Karang, para gran alegría de los escolares, que se fueron directamente a dar un chapuzón en la playa. Había dos posibilidades de alojamiento, ambas a pie de playa y una al lado de la otra: Prince John Dive Resort, y Natural Cottages. A la vista de los nombres nos dirigimos a los Cottages, pensando que serían más baratos que el Resort. Todo un acierto. El complejo estaba formado por una docena de bungalós de bambú, construidos sobre pilares en la misma playa, con una veranda y un dormitorio con mosquitero, todo muy aireado. De hecho, las ventanas del dormitorio eran meros cortes en la pared de bambú, sin cortinas, cristales ni contraventanas. Detrás de cada bungaló había un cobertizo de cemento que albergaba el mandi, el sistema sanitario típico de Indonesia. Cada bungaló para dos personas, con pensión completa, venía a salir por ochenta mil rupias al día, unas cuatro mil pesetas.
Otro edificio mayor lo ocupaba la cocina, y el tercer edificio era un pabellón abierto por los cuatro costados, que se usaba como bar, salón de estar y comedor. En segunda fila estaban los bungalós de los empleados.

El alma del establecimiento era Ron, un australiano de cierta edad afincado en Indonesia desde hacía años. Vivía en el mismo complejo, y cuando no estaba haciendo alguna gestión en la capital se dedicaba a bucear y a alternar con los pocos huéspedes que solía tener. Gamberro y divertido como buen australiano, lo mismo traía a un  guitarrista de la aldea cercana para animar la cena, que nos iba colocando por turno en la cabeza la funda de ganchillo de la caja de kleenex, para que así ataviados contáramos un chiste. Años después, cuando los atentados terroristas de Lashkar Jihad en Bali, le traspasó el negocio a su encargado y se volvió a Australia.
Otra joya del hotel era Ruslan, uno de los camareros. Vestido siempre con un sarong barato, una camiseta olvidada por algún guiri, y una flor fresca detrás de la oreja, era el culmen de la amabilidad. Cada noche, cuando se retiraba a descansar después de recoger la mesa, al pasar por delante de nuestro bungaló nos dedicaba un sonriente Tidur manis!, dulces sueños. Su paso cada mañana, ondulante, lento y armonioso, cargado con una bandeja de fruta para el desayuno y una sonrisa de oreja a oreja, te daba la tónica del lugar.

La jornada en los Cottages era bastante estándar. Nos levantábamos a las seis de la mañana,  con el sol, y cuando sonaba el gong nos acercábamos al comedor para desayunar. Luego, en función de la marea, había varias opciones, que se iban alternando a lo largo del día. Podíamos simplemente bañarnos en la playa que recorría todo el complejo, de una arena blanca deslumbrante formada por coral triturado por las olas, sestear o leer en la veranda, o caminar unos metros por la orilla hasta llegar a la altura del Resort cercano. Allí había un arrecife de coral como no he visto en mi vida. Estaba a tan poca profundidad que no hacía falta bucear. Bastaba con enfundarte una camiseta vieja para no quemarte la espalda, y colocarte las gafas y el tubo de bucear que te prestaba Ron. Te tumbabas boca abajo en el agua, y el mismo viento y la corriente te iban deslizando sobre el arrecife, a solo uno o dos metros de profundidad. Por delante de tus gafas pasaban miles de peces de todos los colores, corales de infinitas variedades, gorgonias, cangrejos, caballitos de mar, y toda clase de seres vivos. A veces tenías la suerte de ver pasar a una enorme manta raya, un poco más lejos.
Cuando te entraba calor o querías cambiar de perspectiva, te acercabas a borde exterior del arrecife y te sumergías unos metros siguiendo el cantil, hasta encontrar aguas más frescas y oscuras, en las que cambiaba tanto la fauna como la flora. Nos aseguraron que en aquella zona no había tiburones, o sea que podíamos bucear horas y horas sin más peligro que una insolación.

En cambio, paseando por la zona menos profunda de la playa, nos tropezamos un atardecer con una serpiente de coral, uno de los animales más venenosos que existen en la naturaleza. Por suerte, salió huyendo en dirección opuesta a nosotros y me imagino que igual de asustada.
Cuando se acercaba la hora de comer íbamos a nuestro bungaló a quitarnos la sal, echándonos encima unos cubos de agua del mandi, y nos sentábamos en la veranda a leer o a mirar el mar hasta que aparecía Ron anunciando “Beer time!”. En ese momento todos los huéspedes nos dirigíamos al comedor, donde la casa nos invitaba a algún aperitivo tipo láminas de plátano fritas, y nosotros apuntábamos en el cuaderno de registro las cervezas que sacábamos del arcón frigorífico. La vergüenza vino el día que nos fuimos. Al ir a pagar la cuenta, Ron sacó el libro registro y contó todos los palitos que aparecían junto al número de nuestro bungaló, momento en el que nos dimos cuenta de la cantidad de cervezas que nos habíamos bebido en cuatro días.

No puedo dejar de mencionar la llegada de los españoles. Una de esas tardes de molicie, vimos que entraba un bemo en el recinto, del que se bajaron dos parejas de españoles. Rápidamente nos levantamos de nuestras tumbonas y nos acercamos y nos identificamos como paisanos. Besos y abrazos como si nos conociéramos de toda la vida. Llevábamos tres semanas sin oír hablar en español. Por cierto, al ver nuestros efusivos saludos, Ron se imaginó que éramos amigos íntimos, y que habíamos quedado en encontrarnos en su Natural Cottages. Cuando le explicamos que no nos conocíamos de nada, y que era la primera vez en la vida que nos veíamos, se quedó muy sorprendido de lo cariñosos que éramos los españoles. Ya instalados, los recién llegados nos contaron que habían seguido una ruta muy parecida a la nuestra, pero que del valle Bada habían salido a caballo, por la ruta del norte. No habían tenido problemas con la guerrilla, aunque nos confirmaron que era una ruta muy dura, muy larga, con alojamientos muy precarios y sin agua potable. En resumen, que habíamos acertado al volver por Tentena.
Una de las mañanas nos acercamos andando al mercado de Donggala, la aldea más próxima. Ya antes de salir, le advertimos a una de las madrileñas que, con sus larguísimas piernas y cortísimos pantaloncitos no iba vestida muy apropiadamente para una pequeña aldea musulmana. Creo que consideró nuestros consejos como cosa propia de nuestra edad, algo mayor que la suya, y no nos hizo ni caso. Al cabo de unos minutos en el mercado, nos confesó que no sabía dónde meterse, que estaba bastante arrepentida de no habernos hecho caso, y que los hombres no quitaban los ojos de sus piernas. Menos mal que el problema se solucionó en cuanto se compró un sarong y se lo enrolló a la cintura.

Después de cuatro días de relax y placer en el cabo del Coral, llegó el momento de iniciar el regreso a España, volando desde Palu hasta Bali con escala en Ujung Pandang. No voy a describir el par de días de compras en Bali, que ya aparecen en los dos episodios titulados “La isla del paraíso terrenal”.

Para ir poniendo fin a esta serie de mini relatos sobre el archipiélago indonesio, ya solo me queda contar los orígenes de mi pasión por Indonesia, su cultura y sus gentes.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Julio Cortázar, y el mundo se movió.

"Los Famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: Luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: 'Excursión a Quilmes', o 'Frank Sinatra'.
Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: 'No vayas a lastimarte', y también 'Cuidado con los escalones'.

Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras que en las de los Cronopios hay gran bulla y puertas que golpean.
Los vecinos se quejan siempre de los Cronopios, y los Famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio."

Conservación de los Recuerdos - Julio Cortázar

Cuando fui por primera vez a París, Julio ya no estaba; se había marchado unas semanas antes de llegar yo. Él era lo único que me faltaba en aquélla primavera del 84. En El Puente de las Artes no había nadie, sólo yo sentada en el suelo.

Hace treinta años que él no está, pero no sé, algo extraño está sucediendo porque esta mañana, al salir de casa, he metido la mano en el bolsillo de mi abrigo y, en lugar de encontrar las llaves, de él saqué una caja de fósforos. Y llevo todo el día pensando que igual el mundo se ha movido y si eso fuese verdad Julio puede estar en cualquier sitio, o es que el mundo es lo que es porque se movió el día en que Julio se marchó.

No iré nunca a Montparnasse.

He perdido la cuenta de la cantidad de veces que he regalado "Historias de Cronopios y Famas" y he de confesar que siempre ha sido un acto de egoísmo más que de generosidad porque cada vez que he comprado un nuevo ejemplar he vuelto a disfrutar del placer de pedir en la librería: - Por favor, ¿Historias de Cronopios y Famas?, de la alegría de salir del establecimiento con mi libro en la mano y la satisfacción de regalarlo sin motivo. Y tampoco recuerdo las veces que lo he comprado para mí por haber regalado el que siempre tengo en casa. No sé… deben ser cosas de Cronopios, seguro.

Julio me puso en mi sitio.

A veces pienso que si fuese Fama me irían mejor las cosas, pero me dura muy poco ese pensamiento porque de ser así no hubiese conocido a Julio y no sabría que era una Fama. Y otras veces creo que siendo una Esperanza el mundo no se movería nunca porque yo no me movería, pero el pensamiento se va rápidamente y yo me pongo a preparar mi próximo viaje y a caminar entre los recuerdos y a comprar sellos perfectos para mis cartas y a temblar, si es preciso.

Marga

martes, 11 de febrero de 2014

La Busca

Recién llegado a este blog, agradezco la amable invitación de Manrique y aprovecho para saludar a todos los cinéfilos a los que ampara.
Esta tarde invernal estaba zapeando y al pasar por el canal 8madrid veo una escena en blanco y negro que enseguida reconozco a un actor (Jacques Perrin) y unas escenas guardadas en mi memoria que en pocos segundos me llevan a reconocer la película: La busca.
Se trata de la novela de Pio Baroja llevada al cine yo diría que de forma magistral. Creo que fué el primer trabajo de su director, Angelino Fons, y cuenta con una excelente fotografía y un elenco de actores de lo mejor del cine español.
La película, realizada a mediados de los años 60, tiene una fuerte carga social y refleja la cara amarga de la emigración a la ciudad, de los que no triunfan y se quedan incluso sin esperanza. Está ambientada a principios del siglo XX pero también podía ser en la posguerra civil. En este aspecto es un tanto triste sin concesiones a alguna pincelada de humor aunque fuera algo negro. Este tipo de cine recuerda a realismo italiano y tambien a Buñuel pero sin las punzadas anticlericales y el humosr con mala leche del aragonés.
Dicen que Baroja creaba sus personajes de las anécdotas e historias que oía en la tahona de su familia que estaba situada cerca del convento de las Descalzas, era la panadería Viena Capellanes pues su fundador introdujo el "pan de viena" y estaba en la casa donde vivían los capellanes de las monjitas.
En esta cadena 8madrid he podido ver alguna película de Edgar Neville, como "Mi calle".
He aprovechado una noche de insomnio para escribir esta breve reseña y estrenarme en el blog.
Saludos.

viernes, 7 de febrero de 2014

Fuerza Roja y Vampiros Negros



Como contaba en “Temporada de Tomate”, después de algunos días de espera en Rantepao, la capital cultural del País Toraja, en la isla de Célebes, por fin conseguimos que nos vendieran billetes para seguir viajando hacia el norte, en busca de las esculturas megalíticas del Valle Bada.
Al día siguiente, de acuerdo con las instrucciones de la empresa de transportes, nos presentamos en la estación de autobuses a las siete de la mañana, una hora antes de la salida prevista, para el “check in”. Nunca había tenido que hacer check in en un autobús, pero siempre se aprende algo nuevo.

Como deberíamos de haber supuesto conociendo la falta de puntualidad de los transportes públicos en Indonesia, a la hora señalada no estaba el autobús, el empleado de la agencia ni ningún pasajero indonesio. Eso sí, no faltaba ni un guiri, entre los que se encontraban los citados en el relato anterior.

Al cabo de un rato apareció el empleado, que nos aseguró que el autobús llegaría en cinco minutos. Se ve que esos cinco minutos no eran consecutivos, porque todavía pasó casi media hora hasta que lo vimos llegar.

La primera decepción vino al ver el autobús. Nada que ver con el ekspres que anunciaban, similar al del recorrido desde Ujung Pandang hasta Rantepao. A duras penas alcanzaba la categoría de ekonomi, no era más que un microbús bastante viejo, sin aire acondicionado ni asientos reclinables. Nos explicaron que el cambio de clase era debido a la situasi en el centro de la isla, pero seguíamos sin saber cuál era esa situasi.

Ya iban apareciendo los pasajeros indonesios, por lo que empezó el check in. Consistía en que los distintos empleados,  desde el que vendía los billetes hasta el conductor y su ayudante, nos iban pasando lista pasajero por pasajero, hasta unas diez veces en total. En una de esas listas nos subieron los equipajes a la baca, ya que dentro del microbús era evidente que no cabían. Entre esos equipajes estaba la bicicleta desmontada del holandés, que cargaría con ella el resto del viaje.

En otra toma de lista nos dejaron subir. María y yo corrimos a ocupar los asientos que nos parecieron más cómodos, junto a la puerta, donde en teoría podríamos estirar las piernas. Luego tuvimos que bajar todos para una nueva lista, y por fin nos subimos y arrancamos, con conductor, ayudante y cobrador. La primera parada, todavía dentro del pueblo, fue en la casa del dueño del autobús. Allí se bajó el cobrador, le entregó la recaudación, y el dueño se subió al autobús y pasó lista de nuevo para comprobar que no se había colado nadie sin pagar. La siguiente parada fue a unos kilómetros de Rantepao, pero en dirección sur. Íbamos a cargar combustible, ya que por lo visto hacia el norte no había ninguna gasolinera en muchos kilómetros. Ya con el depósito lleno retrocedimos hasta Rantepao y por fin comenzamos el verdadero viaje hacia Pendolo, una aldea a orillas del lago Poso en la que teníamos previsto pasar la noche. Eso sí, en la tercera pasada por Rantepao se subieron unos cuantos indonesios más que, como no quedaban asientos libres, se instalaron en el hueco de la puerta, donde deberían estar nuestros pies. Iban prácticamente sentados en nuestras rodillas, y allí se quedaron todo el viaje. Me da la impresión que el dinero de sus pasajes se lo repartieron entre los empleados del autobús, sin que le llegara nada al propietario. Era lo que en términos marxistas se conoce como reapropiación social de la plusvalía.

Durante ese tramo del viaje no había nada especial que reseñar. La carretera, de montaña, discurría a lo largo de valles estrechos cubiertos de selva secundaria, intercalada con grandes plantaciones de teca. Muy pocas aldeas, y casi nadie a la vista. A mediodía paramos a comer en lo que allí consideraban un restaurante de carretera. Consistía en un sombrajo de bambú y madera, encajado entre la carretera y un precipicio que caía sobre el valle. De hecho, una parte del restaurante estaba construido en el vacío, sobre pilotes clavados en la ladera. Muy práctico para el wáter, que no necesitaba instalación de fecales, pero un tanto vertiginoso.

La cocina la formaba un grupo de señoras, cada una con su fogón y su puchero o su wok, donde se podían elegir diversas sopas o los omnipresentes nasi goreng (arroz frito) y mie goreng (fideos fritos). Como soy una persona de costumbres, opté por lo que solía ser mi desayuno habitual, el nasi goreng spesial, que lo único que tenía de especial era un huevo frito en lo alto. Eso sí, cerveza del tiempo no faltaba.

Saciadas la sed y el hambre, cuando el conductor se despertó de la siesta arrancamos de nuevo hacia Pendolo. Dado que el autobús tenía su salida oficial de Rantepao a las ocho de la mañana, y que en teoría el trayecto duraba seis horas, nuestra intención inicial era darnos por la tarde un chapuzón la orilla del lago, para al día siguiente seguir viaje hacia el norte. Como en realidad salimos a eso de las diez de la mañana, y el viaje duró unas diez horas, hasta las ocho de la noche no llegamos a Pendolo. Normal.

A la entrada de Pendolo, ya noche cerrada, nos encontramos con un control militar fuertemente armado y protegido con sacos terreros. Al lado había una pensión con un aspecto deplorable, y el oficial al mando, después de revisar nuestra documentación, nos dijo que nos bajáramos del autobús y nos alojáramos en la pensión. Los indonesios obedecieron inmediatamente, pero yo había leído en una guía de viajes que, unos kilómetros más allá, había un hotelito agradable a orillas del lago. Así que, muy serio, le dije al comandante que nosotros íbamos al Mulia Hotel:

-         Kami mau ke Mulia Hotel (vamos al Hotel Mulia)

-         Mulia Hotel tutup (el Hotel Mulia está cerrado)

-         Maaf, bapak, Mulia Hotel tidak tutup. Kamis ada reservasi (perdone, señor, pero no está cerrado. Tenemos una reserva), lo cual era no solo absolutamente falso sino casi imposible, porque el hotel no tenía teléfono.

-         Baik lah, jalan jalan! (De acuerdo, adelante, adelante)

Falto de experiencia en el trato con guiris, el militar no quiso seguir discutiendo y nos dejó seguir, para gran cabreo del conductor y su ayudante. Cruzamos el pueblo, oscuro como boca de lobo, sin una sola luz, y a poco dejamos la carretera para internarnos por un sendero entre la maleza por el que a duras penas cabía el microbús. Al final del sendero nos encontramos con el hotel, que efectivamente tenía toda la pinta de estar cerrado. Ante nuestra insistencia, el conductor tocó varias veces la bocina. Cuando ya estábamos dispuestos a regresar con las orejas gachas a la pensión de la entrada del pueblo, apareció corriendo una empleada del hotel con una linterna. ¡Milagro!, íbamos a dormir en sábanas limpias. Aprovechamos para bajar nuestro equipaje y entrar todos los guiris corriendo en el recinto del hotel. El autobús se marchó.

La empleada no hablaba ni una palabra de inglés, por lo que lo primero que hicimos fue seguirla a recepción y arramblar con todas las llaves que colgaban del casillero. Sin hacer caso de sus protestas, fuimos inspeccionando todas las habitaciones que pudimos abrir, algunas de ellas con aspecto de estar ocupadas.

Acabamos instalándonos en unas cabañas sobre pilotes en primera línea de playa, y nos fuimos al comedor a intentar cenar y bebernos unas bien merecidas cervezas. De hecho, cuando irrumpimos en el comedor, las horrorizadas camareras nos dijeron que no había nada de comer. Después de lo que habíamos pasado para llegar hasta allí nos considerábamos invencibles, así que invadimos la cocina y conseguimos que nos organizaran una cena de emergencia, a base de nasi goreng y mie goreng.

Ya más descansados, por fin apareció el dueño del hotel, el primer indonesio que hablaba inglés desde nuestra salida de Rantepao. Entonces nos explicó por fin la situasi, y cuáles eran los problemas, mucho más serios de lo que nos pudiéramos imaginar. Cuando acabó de contarnos, comprendimos que si hubiéramos sabido lo que estaba pasando allí, no se nos hubiera ocurrido ir hasta allí.

La zona, originalmente animista y luego convertida a la rama Toraja del cristianismo, había ido recibiendo cada vez más inmigrantes de las islas más pobladas del país, dentro de la política oficial de transmigrasi, que pretendía transformar las selvas en cultivos y adjudicarles tierras a los campesinos pobres. Como estos inmigrantes eran mayoritariamente musulmanes, y se dedicaban a ocupar y desbrozar los bosques hasta entonces comunales, no tardaron en aparecer las luchas por la posesión de la tierra, vestidas de conflicto religioso.

Dos años antes de nuestra visita había estallado una disputa entre musulmanes y cristianos por el control del ayuntamiento de Poso, capital de la provincia de Sulawesi Central, a unos cien kilómetros al norte de Pendolo. Rápidamente se formaron dos milicias, una cristiana, la Fuerza Roja, y otra musulmana, los Guerreros de la Cueva de los Vampiros Negros. Armadas fundamentalmente con escopetas de caza, machetes y cócteles molotov, pero también con los AK47 que no suelen faltar en ningún conflicto armado, se dedicaron a matar “al diferente”. Los nombres de las milicias eran como de película serie B, pero en los dos años que llevaban de conflicto ya habían muerto cientos de personas. Otras 75.000 habían tenido que abandonar sus viviendas, dentro de una limpieza religiosa que hacía muy peligroso vivir en una zona con mayoría de la otra religión.

Dentro de este conflicto, hacía solo tres meses que los milicianos de la Fuerza Roja habían asesinado a docenas de Vampiros Negros que se habían rendido previamente. O sea que decir que a nuestra llegada el ambiente estaba tenso no era más que un eufemismo.

Y de todo esto, nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores ni se había enterado. No sé a qué se dedicaba nuestro bien pagado embajador en Yakarta o nuestros servicios de inteligencia, si es que los teníamos.  Cuando regresamos a España, en su página web seguían considerando Sulawesi como zona sin riesgo. Les escribí una carta de protesta, pero nunca me contestaron.

A la mañana siguiente, en el hotel nos confirmaron que no tenían nada para desayunar, ni siquiera a los precios desorbitados que pagábamos los guiris. Cuando los más osados salimos a dar un paseo por el pueblo en busca de algún alimento, se nos descubrió el conflicto en toda su crudeza. Decenas de casas incendiadas y comercios saqueados formaban el paisaje después de una batalla. Las casas que seguían en pie tenían unas cruces bien grandes pintadas en la fachada, para indicar a las milicias cristianas, predominantes en esta aldea, que estaban de su lado. Supongo que las casas quemadas eran todas de musulmanes, y no quiero ni pensar en cuánta gente podía haber muerto por un conflicto tan lejano como el control de la alcaldía de la capital. Los supervivientes nos miraban con una mezcla de sorpresa y recelo, y ni siquiera los niños sonreían. En los restos de lo que había sido una tienda de comestibles nos vendieron por una miseria un enorme racimo de plátanos, lo único comestible que pudimos encontrar.

Se nos quitaron las ganas de seguir paseando por el pueblo, y nos volvimos al hotel para organizar un desayuno con los plátanos, e intentar solucionar nuestra salida de allí lo antes posible. Lo del desayuno no fue difícil, la cocinera nos preparó unos banana pancakes con leche condensada y Nescafé, pero lo de salir del pueblo no era tan fácil. Todos queríamos seguir hacia el norte, pero la carretera que rodeaba el lago cruzaba la línea de alto el fuego y era objeto de frecuentes ataques de ambos bandos, por lo que habían suspendido el servicio de autobuses. No nos quedaba otra opción que cruzar el lago en barco, y al final conseguimos contratar entre todo el grupo un catamarán que al día siguiente nos llevaría hasta Tentena, en el extremo norte del lago. Por lo que pagamos, en condiciones normales creo que habríamos comprado el barco entero. Justo castigo a nuestra inconsciencia.

Pasamos el resto del día bañándonos en el lago y sesteando en nuestras cabañas, tratando de asimilar lo que habíamos visto, hasta que llegó la hora de cenar. Aunque no había mercados, y casi todo el tráfico de mercancías estaba interrumpido, la cocinera consiguió prepararnos un menú algo más variado que el de la víspera.

Cuando estábamos todos sentados en el comedor del hotel, de pronto se abrió la puerta y entró en el local una docena de hombres, vestidos de paisano y armados con fusiles de asalto Kalashnikov y lanzagranadas RPG-7. Nunca olvidaré al primero en entrar, que parecía el jefe del grupo, vestido con un plumífero rojo y unas zapatillas Adidas, y con un subfusil Uzi en las manos.

En ese momento pensé que se nos había acabado el viaje, y quizás algo peor. En aquel ambiente violento de guerrillas y emboscadas, podía pasarnos cualquier cosa, desde un simple secuestro para pedir rescate hasta que directamente se deshicieran de los que podían considerar testigos incómodos. Sin olvidar que, en una zona sin cajeros automáticos ni tarjetas de crédito, era inevitable que cada viajero llevara encima una cantidad de dinero considerable, motivo suficiente para desvalijarnos.

Por suerte, antes de que cundiera totalmente el pánico se aclaró el asunto. No eran guerrilleros, sino un grupo de paracaidistas de las fuerzas especiales del ejército regular indonesio, enviados allí por el gobierno para intentar separar a los bandos en conflicto, desarmarlos y proteger a la población civil. Al regreso de su patrulla diaria, se habían vestido de paisano para ir a tomar unas cervezas al comedor del hotel, en el que también estaban alojados. Pero como las milicias seguían muy activas en la zona, no se les ocurría moverse sin ir fuertemente armados. Especialmente en zona cristiana, pues el ejército tenía una fama bien ganada de ser claramente favorable a los musulmanes.

Acabamos confraternizando con los militares dentro de ciertos límites, y hasta traduciendo al indonesio nuestro “Todo por la Patria”, que a ellos les pareció una ñoñería frente a su lema de “Hasta la victoria o la muerte”. Mis conocimientos de indonesio no alcanzaban para traducirles el himno de la Legión, que sin duda les habría encantado, pero al menos rompimos el hielo y pudimos acabar la cena sin más sobresaltos.

Un año después de nuestra estancia en Sulawesi, me enteré de que se habían sumado al conflicto militantes del grupo indonesio Lashkar Jihad, movimiento que ya estaba involucrado en la guerra civil de Molucas y cuyo fundador había luchado junto a los talibán en la guerra de Afganistán. Una intervención más decidida del gobierno indonesio ha conseguido poner fin a los enfrentamientos armados, aunque el conflicto sigue latente. Y los atentados con bomba en Bali en 2002 hicieron que Lashkar Jihad se disolviera oficialmente, aunque  de hecho ha seguido actuando en amplias zonas del país.

Al día siguiente cruzamos el lago como estaba previsto, y después de una travesía de solo dos horas desembarcamos en Tentena, un  pueblo de mayoría musulmana en el que no se notaban tanto los efectos del conflicto. Aunque también había casas y negocios quemados, digamos que habíamos cruzado la línea del frente.

Ya en Tentena, y aparentemente pasado lo peor, nuestro grupo se fue disgregando. El primero en marcharse fue Rambo, que había contratado y pagado en Ujung Pandang un guía para que lo esperara en Tentena y lo acompañara en su trekking de varios días a través de las montañas cubiertas de selva. Su problema fue que en Tentena nadie sabía nada del presunto guía. Evidentemente, había sido víctima de una estafa. Cuando consiguió entrar en contacto con la agencia de Ujung Pandang, después de intentar marearlo, le ofrecieron que volviera y le devolverían el dinero. No sé si llegó a volver a Ujung Pandang, pero de momento contrató a otro guía local que le prometió llevarlo hasta Kolonedale, una ciudad en el Mar de Banda, a través de la selva. Si conseguía llegar allí podría seguir su viaje por mar. Nunca más supimos de él.

El resto del grupo decidió dirigirse hacia las islas Togian, un pequeño archipiélago en el golfo de Tomini, ideal para la práctica del buceo entre arrecifes de coral. Para llegar a las Togian contrataron un taxista que los llevaría, vía Poso, hasta el límite oriental de la zona controlada por las milicias musulmanas. Una vez allí, tenían que caminar unos kilómetros por tierra de nadie hasta llegar a los primeros controles cristianos, donde esperaban conseguir otro taxi que los acercara a algún pueblo de pescadores para contratar un barquito que los llevaría a las islas. Años después me volví a encontrar a algunos de ellos, y me confirmaron que habían conseguido llegar hasta las islas, con bastantes dificultades y mucho miedo. Y que en las islas, lógicamente, no había ni un turista.

María y yo, fiados en mi relativo conocimiento del idioma e inasequibles al desaliento, queríamos visitar el Parque Nacional de Lore Lindu. Habíamos leído que en su interior había centenares de esculturas megalíticas de origen desconocido, y después de haber llegado hasta allí no nos lo podíamos perder. Como preferíamos gastar nuestro dinero con la población local, para que obtuviera algún beneficio de la declaración de parque nacional, rechazamos la oferta que nos hicieron en Tentena de organizarnos una excursión todo incluido, con guía, transporte privado, alojamiento en pensión completa y excursiones por el parque.

En su lugar,  reservamos dos plazas de primera en el único transporte colectivo disponible, un Toyota Land Cruiser de los antiguos, con cuna de carga, suspensión por ballestas y cesta delantera para llevar cerdos vivos. Los asientos de primera costaban casi el doble que los demás, porque nos daban derecho a ir en la cabina, bien apretados, al lado del conductor y su ayudante. El resto del pasaje se sentaba en unos bancos de madera clavados en la parte trasera, o encima de los numerosos sacos y bultos que sobrecargaban el vehículo.

El recorrido, de unos sesenta kilómetros, lo hicimos en poco más de cuatro horas, gracias a que no llovía. Se trataba de una pista de tierra recientemente abierta a través de la selva, con piso de tierra apisonada en las zonas mejores, y enormes barrizales en las peores. Fue la primera vez en mi vida que viví de verdad el concepto de “todo terreno”, que en España asociamos a los cochazos que se usan los pijos para ir a la casita de vacaciones o para recoger a los niños del colegio. Y me alegré de ir en la cabina, por los botes que iba pegando el Toyota y por la lluvia que caía de manera intermitente. El camino era, en mi opinión, absolutamente impracticable. Tanta fuerza iba haciendo con los pies para “frenar”, que al llegar al destino se me habían roto las dos chanclas. Luego nos explicaron que cuando llovía más se podía tardar todo el día en llegar, y que si llovía mucho se interrumpía el servicio de transporte, que por otra parte solo funcionaba dos días a la semana.

El Toyota nos dejó en Gintu, una pequeña aldea que era la capital del valle Bada, la zona más civilizada del parque nacional. Allí encontramos un losmen cutre a la vez que familiar, en el que nos ofrecieron un régimen de alojamiento y media pensión por el equivalente a ocho euros diarios. Por ese precio no se podía pedir mucho, pero quedamos muy satisfechos. Teníamos un cuarto de baño elemental en nuestra habitación, y la cama tenía una colchoneta de miraguano de casi cinco centímetros de espesor, sobre el somier de láminas de bambú.

Los desayunos, a base de arroz frito, nos los servían en la veranda, y la cena, ya de noche, la tomábamos en el salón de la casa, compartido con toda la familia de los dueños, que aprovechaban las seis horas diarias de suministro eléctrico para ver series americanas por televisión. El primer día la cena nos pareció excesivamente copiosa, hasta que descubrimos que lo que dejábamos de la enorme fuente de arroz blanco y los variados platitos de verduras, pollo, y otros animales desconocidos, constituía la cena del resto de la familia.

Dentro de la modestia del alojamiento, tuvieron el detalle de aprovechar las horas de suministro eléctrico para enfriarnos cada día un par de cervezas Bintang, que nos tomábamos encantados al volver de nuestras excursiones. Ni un champán francés me habría gustado más…

Una vez instalados, salimos a dar un paseo por los alrededores para intentar localizar la escultura más cercana. Sin mapas detallados ni GPS, nos fue imposible encontrarla. Pero en cambio, tuvimos ocasión de charlar un buen rato con un grupo de refugiados cristianos, que habían llegado a aquel valle remoto después de varios días de marcha por la selva, huyendo de los combates y matanzas de otras zonas más civilizadas. Vivían como podían, en cabañas improvisadas y tiendas de campaña, pero habían sobrevivido.

Esa misma tarde concertamos con el hijo de los dueños del losmen, que hablaba bastante inglés, para que al día siguiente nos llevara a ver los megalitos más importantes del valle.

miércoles, 5 de febrero de 2014

True Detective

Con sólo tres episodios emitidos, True Detective se ha convertido para mí en una serie imprescindible. Los principales ingredientes son Matthew McConaughey(casi irreconocible por su delgadez a consecuencia de Dallas Buyers Club) y  Woody Harrelson, así como unos guiones muy sólidos respaldados por las interpretaciones de todos los actores.

El punto de partida no puede ser ni más sencillo, ni más tópico: Cohle (McConaughey), un policía amargado es trasladado a Luisiana y empieza a trabajar con Hart (Harrelson), un policía orgulloso de ser padre de familia, en un asesinato que tiene todos los visos de ser obra de un asesino en serie.

La historia está contada desde tres puntos de vista, el caso en 1995 y dos interrogatorios paralelos, a Hart y Cohle, 17 años después, lo que nos permite ver los cambios que se han producido en los personajes, así como sus mentiras.

Cary Fukunaga, director de Jane Eyre, nos pasea por Luisiana de un modo que me recuerda a la serie de la BBC Wallander: de un modo pausado, en el que el escenario es otro personaje, pero sin olvidar que los que realmente cuentan la historia son los personajes y consiguiendo de ellos magníficas interpretaciones. Nic Pizzolatto, novelista cuya única experiencia previa como guionista fue en la serie The Killing, escribe unos personajes muy humanos  (tengo el convencimiento de haber conocido a alguien muy similar a Hart), cuyos caracteres chocan por sus modos de ver la vida, sus fallos, o las mentiras que cuentan a los demás y que ellos mismos se creen.

La investigación del asesinato, con su ritmo lento, parece una excusa para conocer a los personajes: Cohle y su nihilismo, sus adicciones, su pesimismo y, aún así, lo metódico que es trabajando y el interés que tiene en que el caso avance; Hart se define como “normal”, no duda en expresar sus prejuicios, y se miente a sí mismo sobre su familia y su amante lo que hace que, en cierto sentido, sea más ingenuo que Cohle; la Luisiana rural con sus luces y sombras, iglesias itinerantes y prostíbulos en medio del bosque…

Y pese a todos estos ingredientes que podrían hacer que la serie fuera un festival de extravagancia, excesos y caricaturas, no lo es: los personajes están escritos con respeto y cuidado, nunca dejan de ser humanos.

Espero que los cinco episodios que quedan sigan manteniendo este nivel.

lunes, 3 de febrero de 2014

Philip Seymour

Philip Seymour Hoffman 1967.2014 Decidí memorizar este nombre después de ver la gran película de Sidney Lumet: “Antes que el diablo sepa que has muerto”, 2007. Después vendría “La duda” 2008 en la que P. Seymour Hoffman junto con Meryl Streep protagonizarían una de mis secuencias favoritas del cine. En el 2011 fui a ver “Los idus de marzo” básicamente porque P. S. Hoffman actuaba en ella, y como siempre no me decepcionó. Estas tres únicas películas son suficientes para considerarle uno de los grandes. Sé que ha intervenido en numerosas películas de grandes directores pero yo siempre le recordaré por cada una de las aquí anotadas. P. S. Hoffman me ha hecho emocionarme cuando (en “La duda”) nos enseñó a que hay que ser compasivos o cuando se desmorona frente a Meryl Streep. La evolución que sufre el personaje (Andy Hanson) interpretado por Hoffman en “Antes que el diablo…” es de una gran riqueza de matices. Hay que hacer notar que estas dos películas son de grandes directores y grandes guionistas. Pero me pregunto ¿hubieran resultado igual con otro actor?, y la respuesta es que lo dudo. Algunos grandes actores están tan enamorados de sí mismos que se olvidan de actuar y en cada película en la que intervienen realizan un trabajo similar, así el espectador cuando va al cine a ver a estos grandes divos ve siempre el mismo papel. Evidentemente este no era el caso de Hoffman. Hoffman trabajaba cada papel que interpretaba, hacía una creación, se metía en la piel del personaje y le daba vida. Convendría tener más consideración por todos esos buenos actores, (de reparto los llaman en Hollywood), porque sobre ellos cae la gran responsabilidad de que una película sea una obra maestra.

Melanie: "Gather Me"


Queridos "Cinéfilos": El lunes por la tarde, al volver a casa, me apetecía oír alguna de las, al menos para mí, joyas musicales de los 60/70 que conservo y escogí "Gather me" (1971), un fantástico álbum de la cantautora Melanie (Melanie Safka, New York 1947).

Me pregunto: ¿lo habré oído 300, 1.000 ó más veces?. Cuando lo compré en Ferrol, tuvo que ser a partir del comienzo de mi primer trabajo, en 1973, quedé enamorado del "feeling" de su voz, con quiebros que expresaban una ruptura anímica como en muy pocos casos he conocido, completamente en línea con sus letras, a menudo profundas y amargas, como en "Steppin'":

You said you were leavin'
And I said go on
I don't know exactly what it is
But something went wrong
It wasn't for nothing
It made a sad rhyme
I'm sorry I saw you
I meant to stay blind


Mientras escuchaba sus canciones busqué referencias de Melanie en internet y, mira por donde, descubrí que justamente era su cumpleaños. Por ello se me ocurrió hacerle un pequeño homenaje y, quiero pensar que será agradable para vosotros, ofreceros a los que no la conocisteis la oportunidad de descubrir un puñado de buenas canciones, desde mi punto de vista, claro.

Entre todas las de este álbum, yo recomendaría especialmente, además de "Steppin'", "Center of the Circle", "What Wondrows Love", "Brand New Key", "Railroad", "Little Bit of Me", "Ring the Living Bell",... Vamos todas las de "Gather Me", que las podéis encontrar y acceder directamente a cada una de ellas en un enlace unitario para el LP en Youtube:

"Christopher Robin (Is Saying His Prayers)", canción que a mí me encanta, en:
http://www.youtube.com/watch?v=XLzGw-SaEHQ

Su más famosa en aquellos tiempos, sin lugar a dudas,"What Have They Done to my Song?", en:

Y añado (posteriormente a la publicación inicial del presente comentario) el enlace a una canción que han descubierto en Youtube Rocío y Samuel y que les ha encantado. Llevan razón, es muy buena, "Dust in the Wind" (el autor es Kerry Livgren de Kansas, banda de rock que la interpretó por primera vez en 1977), en:

Buenas canciones, Amigos. ¿O será que me lo parecen por ser de mi juventud?. Who knows. 

Manrique

sábado, 1 de febrero de 2014

ATLANTIDA

 
Nunca había oído La Atlántida, la famosa composición de Manuel de Falla, adaptada y completada por Ernesto Halffter tras su muerte, basada en el poema del mismo nombre del gran poeta catalán Jacint Verdaguer. Y hoy la he podido escuchar en el Auditorio Nacional. Hora y cuarto sin interrupción en el que posiblemente sea el concierto más corto de esta temporada.

Imaginad la puesta en escena: El coro nacional de España, el coro de RTVE, la escolanía del Sagrado Corazón de Rosales, la orquesta nacional de España y numerosos solistas cantando en catalán una bellísima composición épica sobre el famoso continente desaparecido en las costas de Cádiz, en el que intervienen Cristóbal Colón, Hércules, los Reyes Católicos y los dioses de la mitología griega, entre otros. Dirige Josep Pons, también catalán. Con la que está cayendo, la representación tenía su morbo.

Pues tengo que reconocer que todo ha resultado muy bien. La mezcla de catalanes, gaditanos y madrileños ha funcionado magníficamente y el espectador poco acostumbrado a la música clásica española, queda sorprendido de la calidad de la composición y del espectáculo. A veces pienso que es más fácil la vida en común que lo que los políticos nos hacen ver. Como dice Jacint Verdaguer en su poema:

Jo moro ací! I a tu, que entre les ales del cor m´has acollida,
dÉspanya que tant amo, déix hort del cel en terra,
vull-te donar la clau.

(¡Yo muero aquí! Y a ti, que entre las alas del corazón me has acogido,
de España a la que tanto amo, vergel del cielo en tierra,
quiero darte la llave.)

Yo quiero recomendaros que escuchéis la Atlántida, para mí lo mejor de la música clásica española. No creo siquiera que haya problema de entradas. Ayer, en el estreno, no estaba cubierto más del 70 % del aforo. Pero tengo que reconocer que habiendo leído hace un rato la última aventura de Arturo en Indonesia, “Temporada de tomate”, mi recomendación es casi, casi, de niños.

Buena música.


JRL (01-02-2014)

viernes, 31 de enero de 2014

Temporada de tomate

eritePara ir al primer relato de esta serie, pincha aquí.

Cuando a finales de julio del año 2.000 María, mi mujer, y yo aterrizamos en la isla de Célebes, que es como se llama Sulawesi en castellano, no teníamos ni idea de los líos en que nos estábamos metiendo. Simplemente, seguíamos los consejos que cuatro años antes nos habían dado unas madrileñas que habían estado en el país Toraja y que contaban maravillas de aquella zona de Indonesia (véase “el paraíso terrenal”).

Después de dos días en avión desde Jerez, al llegar a Ujung Pandang (la actual Makassar), lo primero que queríamos era llegar a un hotel, ducharnos, cambiarnos de ropa y descansar un poco. Ya un poco repuestos, salimos a dar un paseo por el centro de la ciudad.

Primero entramos en Fort Rotterdam, el antiguo fuerte holandés, semiabandonado. Paseando por las murallas, nos llegaron unas palabras en español desde uno de los pabellones construidos en el patio del fuerte. Bastante sorprendidos, entramos en el edificio, para encontrarnos ¡con una clase de español! El maestro, indonesio, se defendía como podía en nuestro idioma, pero las alumnas, en plena adolescencia, eran un verdadero desastre. El maestro nos hizo pasar, y nos pidió que habláramos un rato con las alumnas. Totalmente imposible. No sabíamos si la vergüenza, su bajísimo nivel de conocimientos, o la sorpresa de encontrarse con unos españoles por primera vez en su vida, les impedían abrir la boca. No eran capaces de contestar ni a las preguntas más sencillas, enunciadas por nosotros lenta y claramente. El maestro estaba bastante abochornado, hasta que les repetí las preguntas en indonesio y siguieron sin contestar, tapándose la boca con la mano y ocultándose unas detrás de otras. Estaba claro que su silencio solo podía achacarse a la timidez. El maestro nos explicó que utilizaba como libro de texto un folleto preparado por unos vascos que habían establecido una base de pesca en la ciudad, y que, poco dispuestos a aprender el idioma local, habían preferido preparar para sus empleados locales un manual español – indonesio, con frases tan útiles como “una de rabas, dos de champis y tres cervezas, por favor”. Menos mal que no habían optado por enseñarles euskera.

Siguiendo hacia el centro, llegamos a la zona más comercial, donde aún se podían ver las ruinas ennegrecidas de los templos y negocios chinos quemados en los disturbios de dos años antes. Incluso el templo más antiguo de la ciudad había quedado arrasado por una bomba incendiaria.

Estos progrom contra la comunidad china eran recurrentes en Indonesia. Los chinos llevaban cientos de años instalados en la zona, primero como comerciantes y luego, durante la colonización holandesa, como coolies en las plantaciones de caucho y copra. Su filosofía de apoyo mutuo, dedicación absoluta al trabajo y ahorro de todo gasto superfluo los había llevado a acumular una riqueza considerable, de forma que en aquel momento controlaban la mayoría de los negocios. Si te encontrabas a un grupo de hombres de negocios gordos, con un buen todo terreno, casi con total seguridad eran de origen chino. Como además constituían un grupo social cerrado y endogámico, no era de extrañar que, al menor pretexto, cualquier demagogo azuzase a las masas descontentas para saquear e incendiar los establecimientos chinos.

Al recorrer el puerto tradicional, repleto de goletas pinisi de madera (véase “los gitanos del mar”), no puede resistir la tentación de ponerme a hablar con los tripulantes de una de ellas, aburridos después de que los coolies hubieran terminado la descarga, y esperando a que subiera la marea para zarpar. Cuando conseguí explicarles que me dedicaba a la construcción naval, me invitaron  a subir a bordo, que es lo que yo andaba buscando. Subí sin problemas por  la plancha, un tablón de madera de unos treinta centímetros de ancho, cinco de espesor y casi diez metros de largo, por la que minutos antes subían y bajaban los cargadores con sacos de arroz al hombro. Una vez a bordo, me enseñaron la maquinaria, en la que no había nada que destacar, y que solo usaban para maniobras o cuando fallaba el viento. Lo más interesante era el sollado o dormitorio de la tripulación. Era un local de unos veinte metros cuadrados, de poco más de metro y medio de ancho, alumbrado con candiles. Por dentro había que andar muy agachado, para no darse con la cabeza en los baos. Una apertura en el mamparo hacía de puerta, y unas portas en el costado, sin cristales, daban algo de luz y ventilación al sofocante interior. El mobiliario se reducía, exclusivamente, a unas cuantas esteras enrolladas que hacían las veces de colchoneta, y a los típicos cofres marineros, donde cada tripulante guardaba sus ropas y objetos personales. Y ahí vivían durante semanas. Me dijeron que, cuando viajaban con sus familias, ese sollado se reservaba para las mujeres y los niños, y que los hombres dormían donde podían. En cubierta si hacía buen tiempo, y en pañoles y bodegas si llovía.

Lo malo fue cuando llegó la hora de desembarcar. La marea había seguido bajando, y la plancha, que cuando subí tenía solo una ligera pendiente, ahora parecía un tobogán. Muy resuelto, coloqué un pie en la plancha, luego el otro, y ahí se acabó mi valor. Aquello se cimbreaba como si fuera a romperse, a mí me entró un vértigo horroroso, y a duras penas conseguí retroceder hasta la borda. Menos mal que vino en mi ayuda uno de los tripulantes, y con las manos apoyadas en sus hombros y todo el bochorno del mundo, conseguí bajar a tierra.

Desde el puerto llegamos al paseo marítimo, que se extendía sobre los vestigios de lo que en su día fue una playa, y que ahora no era más que una estrechísima franja de arena, en la que desembocaban los desagües de la zona.

A lo largo de este paseo, animadísimo, según caía el sol se iban instalando uno tras otro los warung. Eran unos carritos, parecidos a los de nuestros heladeros, que elaboraban todo tipo de alimentos en unas condiciones higiénicas que se podían asociar con la pronunciación hispana de su nombre (guarrún). Allí se podía comer desde Coto Makassar, un guiso muy especiado de sesos, lengua y tripas de vaca, hasta Pissang Epe, plátanos fritos aplastados, fritos en aceite de coco y cubiertos de azúcar de palma. Los Pissang se podían acompañar también de rodajas de Durian, un fruto delicioso con un olor tan fuerte a cloaca, que en sitios más civilizados, como el metro de Bangkok, sigue estando prohibido su consumo.

Un tanto reticentes ante la falta de higiene de los warung, preferimos meternos en el Kios Semarang. Con un ambiente similar al del Teddy’s Bar (véase “Todo empezó en Kupang), estaba lleno de hombres de negocios indonesios y extranjeros, agentes de váyase a saber qué agencias, y beer girls, las chicas de la cerveza. La misión de estas chicas, guapas, jóvenes y vestidas con minifalda y la camiseta de una marca de cerveza, era la de hacerte consumir la mayor cantidad posible de la cerveza que promocionaban. No sé si detrás de todo esto se ocultaba algún tipo de prostitución, aunque visto el ambiente del local no me habría extrañado nada. En nuestro caso, probablemente por ir acompañado por mi mujer, se limitaban a estar muy atentas a nuestros vasos, rellenarlos en cuanto se vaciaban, y ofrecernos otra botella si acabábamos la que teníamos en la mesa. No es de extrañar que esa noche llegáramos al hotel un tanto contentos.

El Kios Semarang era un edificio de cuatro o cinco pisos, en primera línea del paseo marítimo, y cuyo ambiente se iba haciendo menos denso conforme ibas subiendo pisos. La planta baja, con poca luz, billares, y decoración estilo inglés, tenía un aire bastante mafioso, pero en la última, un ático con azotea abierta al mar, se disfrutaba de buenas vistas, aire fresco, y las mejores ancas de rana que he probado en mi vida.

A la mañana siguiente, y luego de una rápida visita a los Grandes Almacenes Matahari para ponernos al día de la moda indonesia y completar un poco nuestro escaso equipaje, nos fuimos a una playa cercana al puerto, en la que se iba a celebrar un “festival militar por tierra, mar y aire”. Tremendo ambiente, docenas de warung y otros vendedores ambulantes, cientos de espectadores, y dos guiris, nosotros. Tras una larga espera, por fin se desarrolló un simulacro de desembarco aeronaval, aunque un tanto cutre para la expectación que allí había. Entre gritos de admiración del público y lloros de los niños más pequeños, apareció un helicóptero del que descendieron por cuerdas cuatro paracaidistas, y una lancha de desembarco LCM-8 cargada con un transporte blindado de personal. Del vehículo, ya en la playa, salieron cuatro infantes de marina con la cara pintada, que encendieron unas bengalas. Eso fue todo.

En varias ocasiones he mencionado las preguntas de cortesía que solían cruzarse dos desconocidos. Una de esas preguntas habituales, una vez averiguado mi estado civil, era la de cuántos hijos tenía. Cuando contestaba que ninguno, me solían mirar con una mezcla de extrañeza y compasión, proponiéndome diversos remedios. Al visitar el mercado central de Ujung Pandang pasó lo mismo. Un anciano que nos saludó a la entrada, al conocer mi problema me llevó rápidamente a un puesto en el que tenían una palangana llena de sanguijuelas, del tamaño aproximado de un espárrago grueso. No quise ni preguntarle cómo se utilizaba aquel remedio…

La ciudad no daba mucho más de sí, por lo que al día siguiente nos dirigimos a la terminal de autobuses, y nos embarcamos en un Bis Ekspres para Rantepao, en el interior de la isla y capital económica del país Toraja. Nada que ver con los autobuses de viajes anteriores. Aire acondicionado, pocas paradas, nada de sacos de arroz entre las piernas, y sobre todo, nada del kelilin kelilin que te llevaba de puerta en puerta recogiendo y dejando a todos los pasajeros, uno por uno. Pese a eso, el viaje de unos trescientos kilómetros duraba más de ocho horas.

En Rantepao nos alojamos en un wisma, categoría intermedia entre la de pensión y la de hotel, con un ambiente entre familiar y mochilero que hacía la estancia muy agradable. Las habitaciones solo se usaban para dormir, ya que eran demasiado oscuras como para hacer vida en ellas, y tampoco había buena luz eléctrica para leer. O sea que la mayor parte del poco tiempo que pasábamos en el wisma nos dedicábamos a hacer vida social con los demás guiris, que se sentaban en el corredor cubierto del primer piso a leer, a charlar y a vigilar sus respectivas coladas por si llovía. En los hoteles baratos de Indonesia lo habitual era que cada uno se lavara su propia ropa, e incluso se consideraba una ofensa dar a lavar la ropa interior.

Rantepao era una ciudad agradable, con un clima suave debido a sus ochocientos metros de altura sobre el nivel del mar, y con servicios suficientes para los viajeros. Había muchos hoteles de todas las categorías, bancos, restaurantes, agencias de viaje, casas de cambio y un buen mercado de ganado cada seis días. También había ladrones, que me robaron la cámara de fotos al segundo día de llegar, pero todos los indonesios a los que se lo comenté me dijeron que tenían que haber sido otros guiris, porque los indonesios nunca robaban. Creo que tenían razón.

La primera actividad, al día siguiente, fue asistir a un tomate, que es que como denominaban en idioma toraja a los funerales. Aunque los toraja eran oficialmente cristianos, pertenecían a una iglesia local, la kristian toraja, sin relación con las demás iglesias cristianas más conocidas. Y esa religión conservaba muchas creencias y ritos animistas y de culto a los antepasados. Por eso, los tomate eran un espectáculo muy importante desde el punto de vista social y religioso, a la vez que resultaban tremendamente pintorescos. Lo de “Temporada de tomate” que da título a este relato se refiere a que, para facilitar la asistencia de los parientes emigrados a otras zonas del país, la mayoría de los tomate se celebraban en agosto, como sucede en España con las fiestas patronales de muchos pueblos.

Para asistir a un tomate había que mantener ciertas reglas de urbanidad. En primer lugar, no era un espectáculo público, sino una ceremonia privada. Por eso, para asistir a uno era muy conveniente contar con la invitación de algún familiar más o menos directo. Rantepao, una ciudad bastante turística, no era como Waikabubak (véase “La religión de los gusanos”), en donde se consideraba un honor recibir a un extranjero en un funeral. Por suerte, este obstáculo lo resolvimos contratando a Bambang, un guía local perteneciente a la familia del difunto. Por un módico precio nos recogió en el hotel, nos llevó en transporte público hasta las cercanías del lugar de la ceremonia, nos presentó a la familia y nos fue explicando lo que iba sucediendo.

Otro de los requisitos era colaborar de alguna manera a los gastos del tomate, muy cuantiosos. Siguiendo los consejos de Bambang,  compramos un paquete de un kilo de azúcar y un cartón de cigarrillos kretek, que luego entregaríamos como ofrenda. Se consideraba suficiente para unos guiris sin relación familiar ni de amistad con el muerto.

Después de un breve recorrido en bemo, Bambang nos fue guiando por un recorrido inextricable de un par de horas por los estrechos senderos que bordeaban los arrozales, empapados por la lluvia y con barro hasta las rodillas. Cada pocos minutos nos avisaba: Hati hati, liching, que literalmente significa “Hígados, resbala”.

Por fin llegamos al kampung que buscábamos. Sobre un terraplén se elevaba la gran vivienda familiar, con un tejado de muchos metros de alto en forma de barco, sostenido por unos postes tallados, pintados, y decorados con las cornamentas de más de cuarenta búfalos de agua, a los que habían sacrificado en anteriores festejos.

Frente a la casa se extendía un espacio despejado de un par de hectáreas, donde tenía lugar la ceremonia, y a los lados de esta explanada habían construido unos pabellones provisionales de bambú, sin paredes, con suelo de estera y tejados de paja, en los que se acomodaban las distintas ramas de la familia. Bambang nos llevó primero a la escalinata de la casa grande, a presentarnos a la viuda y demás familia cercana para entregarles nuestros regalos, y luego al pabellón que nos correspondía.

Nos descalzamos para no llenar de barro las esteras del suelo, y pasamos un buen rato hablando con los familiares con los que compartíamos espacio. Creo que lo más interesante de la charla fueron una serie de expresiones de cortesía en idioma toraja que nos enseñaron, pero que por desgracia he olvidado completamente.

Mientras, seguían llegando los grupos de visitantes de distintas aldeas, cargados con regalos más o menos valiosos según su grado de parentesco o los favores que le debían al difunto. Dos años después, con motivo de la boda en El Escorial de la hija de nuestro entonces presidente del Gobierno, recordé esta costumbre.

Especialmente espectacular fue la llegada de un grupo de turistas de Nouvelles Frontieres. Para mantener el prestigio de su agencia de viajes, los guiris más robustos cargaban con un cerdo vivo de más de doscientos kilos, que llevaban sobre andas y que entregaron a la viuda entre aplausos de los asistentes.

Poco a poco se iba llenando el campo de ceremonias, y flotaba en el ambiente que iba a pasar algo gordo. Los nervios de nuestros anfitriones iban en aumento, hasta que en un momento dado, un crescendo de la música señaló la aparición de un grupo de hombres trayendo no menos de una docena de búfalos. Los animales berreaban y tiraban con todas su fuerzas de las cuerdas con las que los arrastraban, creo que oliéndose lo que les esperaba.

Bajo las órdenes que el sacerdote impartía con un megáfono, los hombres se lanzaron machete en mano sobre los búfalos. Los degollaron limpiamente, dejando que la sangre se mezclara con el barro de la explanada, y a continuación los descuartizaron sobre el mismo fango, repartiendo los pedazos entre los asistentes. Cada rama de la familia, instalada en un pabellón diferente, recibió su porción, con la que más tarde prepararían un guiso. El hígado, la parte más preciada, se le entregó al sacerdote, y los cuernos se dejaron a un lado, para clavarlos más adelante en el poste de la casa familiar. Los chillidos de los animales, las órdenes del sacerdote, el fuerte olor a sangre y excrementos y la excitación de todos los asistentes señalaban la culminación de las ceremonias por ese día. El tomate seguiría durante los días siguientes, pero nosotros no estaríamos allí para verlo. Bambang consideró que era el momento prudente para retirarnos.

Los días siguientes los dedicamos a recorrer las aldeas de los alrededores, combinando recorridos en bemo regular con buenas caminatas. Los principales puntos de interés eran las casas tradicionales y los enterramientos, aunque cualquier aldea tenía algo interesante para nosotros. De las casas tradicionales, muy frecuentes en la zona, ya he hablado más arriba. Simplemente, recordar que según una antigua tradición toraja, los primeros habitantes habían llegado por mar y construido su primer alojamiento varando su barco en la playa y cubriéndolo con una lona colgada sobre un cabo tendido entre dos palmeras. Esto explicaba perfectamente la forma de las casas, pero no encajaba con el hecho de que Tana Toraja fuera una zona montañosa, sin acceso al mar. Quizás llegaron por mar y poco a poco fueron desplazados por los pescadores musulmanes hacia las montañas del interior.

Reconozco que esta serie de relatos tiene una fijación especial con los ritos funerarios, pero es que es un asunto que siempre me ha interesado, y en el país Toraja había mucho que aprender sobre este asunto. Por ejemplo, los enterramientos merecían una mención especial. Creo que en ningún país del mundo me he encontrado algo parecido, por eso insisto con el tema.

Los cadáveres de los niños pequeños, como se suponía que no tenían alma, se introducían en una hendidura practicada en algún árbol sagrado. Con el tiempo la hendidura cicatrizaba y el cadáver quedaba encerrado en el propio árbol, retornando así a la naturaleza. La verdad es que impresionaba encontrarse en mitad del bosque un grupo de árboles sagrados, con sus cicatrices en el tronco y los restos de ofrendas a sus pies, sabiendo que estaban llenos de cadáveres infantiles.

Para los difuntos adultos, el rito era completamente diferente. Los cadáveres, después de celebrado el tomate  y metidos en ataúdes de madera sin desbastar, se colocaban en acantilados, bien en cuevas o bien en simples estantes de madera clavados en la parte más inaccesible de la pared. Como con el tiempo los estantes se iban pudriendo,  y los ataúdes acababan cayéndose, era frecuente encontrarse al pie de los acantilados restos de esqueletos, que alguna mano piadosa se encargaba de apilar artísticamente.

En los mismos acantilados se excavaban una especie de balcones, en los cuales se colocaban efigies a escala reducida de los difuntos, con un estilo realista a la vez que naif. Las imágenes, realizadas en madera, se vestían y pintaban para darles más semejanza con el difunto, y solían incorporar algunos atributos que recordaran su rango. Por ejemplo, un militar no solo vestía uniforme, sino que llevaba en las manos un AK47 de madera. Un profesor de universidad, con toga, birrete y gafas, se acompañaba de un libro. Una mujer podía llevar un bolso, una rueca, unas agujas de hacer punto o cualquier otro instrumento doméstico. Y en las esculturas más recientes se podía verificar la incorporación de la mujer a nuevos oficios, ya que aparecían enfermeras, militares y maestras. Eso sí, para evitar los espolios de las imágenes más antiguas llevados a cabo por anticuarios sin escrúpulos, muchos de estos balcones contaban con unas barajas metálicas, que se cerraban por las noches.

Durante estos días fuimos haciendo amistad con otros huéspedes del hostal, con los que a veces quedábamos para salir de excursión. Entre ellos merece la pena destacar a una inglesa que nos contó su triste historia: tras un ligue relámpago en una fiesta salvaje de un pub británico, se casó y a los pocos días se fue a vivir a Australia con su marido. Allí descubrió que era un borracho y un maltratador, por lo que lo dejó plantado rápidamente y decidió volverse a Inglaterra, previo descanso en Sulawesi. Años más tarde nos visitó en Cádiz, yo le devolví la visita en Exeter, y por fin nos escribió contando que había vendido su casa y que se iba en su barco rumbo al Caribe. Nunca he vuelto a saber de ella.

Había una curiosa pareja italiana, él dentista, ella ejecutiva, relativamente jóvenes pero muy viajados. Al finalizar una de las excursiones, y mientras esperábamos un bemo que nos devolviera a Rantepao, se reunieron a nuestro alrededor todos los niños de la aldea. No hizo falta mucho tiempo para que uno de ellos, señalando al italiano, gritara: “¡Mister Bean!”, rápidamente coreado por los demás chiquillos. Entonces nos dimos cuenta del tremendo parecido entre el italiano y el actor británico Rowan Atkinson, que nadie de nuestro grupo había detectado hasta ese momento. Casualmente, años más tarde nos encontramos a esta misma pareja en una capital de provincia de Laos, a orillas del Mekong, pero esa es otra historia…

También estaba una pareja neozelandesa de unos sesenta años, regordetes y siempre sonrientes, que en los restaurantes solían pedir refrescos, que luego reforzaban con una petaca de ginebra que siempre llevaban encima.

Dos de los personajes más curiosos eran deportistas, cada uno a su manera, y muy diferentes entre sí. Uno era un holandés alto y fibroso, que apareció en bici, horrorizado tras sus primeras etapas por las carreteras indonesias. No solo no había carril-bici como en Holanda, sino que imperaba la ley del más fuerte, y los camiones le adelantaban a escasos centímetros de la bici, tocando el claxon para más inri. Después de esa experiencia, abandonó su intención de recorrer Sulawesi en bici, y decidió seguir su viaje en transporte público. Así quedó condenado a arrastrar por toda la isla su magnífica bicicleta, desmontada. El otro deportista era un italiano, con hechuras y vestimenta de Rambo, que venía dispuesto a cruzar a pie la zona más salvaje y selvática del centro de la isla. ¡Hay gente pa tó!

Siguiendo nuestro programa inicial, a los tres o cuatro días de estar en Rantepao nos fuimos a la estación de autobuses para reservar billetes hacia Tentena, una ciudad en las orillas del lago Poso desde la que pensábamos explorar el parque nacional Lore Lindu. Nuestra sorpresa llegó cuando, recordando el viaje a Timor Oriental, el empleado se negó a vendernos los billetes, alegando la situasi, la situación. Cuando insistimos en preguntar qué pasaba con la situasi, nos soltó el ya conocido ada masala, hay problemas.

Esta vez, y como consecuencia de mi experiencia anterior en Timor, antes de salir de España me había preocupado de entrar en la página web del Ministerio de Asuntos Exteriores, para consultar las zonas de riesgo en Indonesia. Allí avisaban de que había zonas de conflicto a las que desaconsejaban viajar bajo ningún concepto, como el norte de la isla de Sumatra y todo el archipiélago de Molucas; otras zonas se consideraban de riesgo medio, y el resto del país lo declaraban sin riesgo, incluyendo toda la isla de Célebes. Por eso no acababa de entender qué problemas podía haber.

Después de varios días insistiendo, por fin nos vendieron billetes para Pendolo, a orillas de lago Poso, junto con el grupo de guiris que he descrito más arriba y algunos más que no recuerdo bien. En cuestión de horas partiríamos hacia el norte, pensando en conocer las esculturas megalíticas de origen desconocido que encontraríamos en el Valle Bada. En realidad, nos encontramos metidos en pleno conflicto entre la Fuerza Roja y los Vampiros Negros. Pero esa es otra historia…