domingo, 22 de agosto de 2021
Gran elegía para John Donne
domingo, 25 de julio de 2021
Vidas minúsculas
El niño escuchaba a su abuelo con los ojos muy abiertos. Dentro de aquellas bellotas, recogidas del asfalto que ahogaba al roble de la plaza, no podía caber un árbol.
Cada mañana, cuando la luz naranja entraba silenciosa por las cortinas y lo arrancaba de la noche, veía despertarse a la maceta, de guardia sobre la mesilla entre la botella de jarabe y el jefe apache erguido en su caballo.
Cada anochecer, cuando la misma luz naranja salía de la habitación rumbo al mundo de los sueños, revisaba la tierra húmeda en busca de algún brote que rompiera la negrura.
Un amanecer vio asomar el primer filamento. Se reconoció en él, endeble pero erguido. En pocos días se tiñó de rojo sangre y se abrió en unas hojas minúsculas que se fueron desplegando lentamente al aire cargado de la habitación. En su cara se intuía una sonrisa tímida, una breve esperanza.
Los brotes se hicieron bosque, luego selva: Amazonas, Orinoco, Pernambuco. El niño esperaba cada mañana la llegada del abuelo, cargado de historias. Karl May, Stevenson y Jack London lo visitaban en la habitación mal ventilada. Flechas negras y jinetes del Arkansas, princesas indias y minas de diamantes: la selva se poblaba de ararás y osos hormigueros, de anacondas y nubes de tormenta. Las medicinas sabían a curare y a canela, a té verde y a guanábana.
Por la noche se oía el rugido del puma, las ramas quebradas por el paso lento de una manada de elefantes y el continuo masticar de las hormigas rojas. Él se encogía bajo las mantas, tiritando más de fiebre que de miedo. Crecían los robles y menguaba el niño.
Después del desayuno llegaba el practicante con su maletín negro. Los salvajes bailaban en torno a la hoguera azul del alcohol, afilando sus lanzas. El niño se ocultaba tras el tronco de un árbol, protegido con el yelmo de Mambrino, desaparecido bajo la capa invisible.
Poco a poco se iba adentrando en la espesura, machete en mano para abrir nuevos caminos. Vadeaba los ríos más profundos, subía cordilleras y, en un día de más fiebre, llegó a entrar en la Ciudad de Oro y sentarse en el Trono del Quetzal. Entre los árboles, cargados de bromelias y lianas, recuperaba las fuerzas que perdía bajo las mantas.
Cada día pasaba más tiempo explorando la selva. Ya casi no salía ni para escuchar las historias que surgían de los libros del abuelo. Le bastaba con sus propias aventuras.
Llegó un momento en que solo en sueños volvía a su cuarto de enfermo, extenuado por sus largas marchas a través de los bosques inundados, luchando con jaguares y capibaras y derrotado por la fiebre y los temblores.
Un día, al final del verano, no tuvo fuerzas para volver. Lo enterraron bajo el más alto de los robles, una tarde de lágrimas y tormenta, rodeado de libros y de flores.
lunes, 19 de julio de 2021
Monday, Monday.
“Monday, Monday” está sonando en mi Spotify mientras cruzo el puente sobre la Bahía camino del Astillero.
Lunes, lunes; no habrá otro lunes como este lunes jamás. Fin de una etapa. Los lunes serán otra cosa; no sé qué, pero serán algo distinto.
Sonrío y abro la ventanilla para que entre el aire fresco del amanecer y, seguidamente, subo el volumen del aparato de audio.
Lunes, lunes, tan bueno para mí; lunes por la mañana, era todo lo que esperaba.
La mañana del lunes, no podía garantizar que ese lunes por la noche aún estarías aquí conmigo.
Lunes, lunes, no puedo confiar en ese día. A veces resulta de esa manera.
Mañana del lunes, no me diste ninguna advertencia de lo que iba a suceder.
¡Oh, lunes, lunes!, ¿cómo te fuiste, sin llevarme?
Cualquier otro día de la semana está bien, sí; pero cada vez que llega el lunes me puedes encontrar llorando todo el tiempo.
Lunes, lunes, tan bueno para mí.
¡Oh, lunes, lunes!, no va a desaparecer; lunes, lunes, que está aquí para quedarse.
Oh lunes, lunes.
Oh lunes, lunes.
Y me quedo pensando en el sentido de estas estrofas. El sentido de las voces empastadas de Cass Elliot que amaba sin ser correspondida a Denny, que estaba enloquecido de amor por Michelle, que, tras su belleza sin igual, ocultaba al mundo entero su romance con Denny y también a su marido John, que consideraba a Denny el mejor tenor de los 60 y al que prefería liado con Cass.
Es posible que lo que suceda en un lunes marque drásticamente los días de la semana que le siguen. Los lunes dejan atrás los fines de semana en los que la gente suele comportarse como se espera de ella socialmente cumpliendo fielmente su patrón.
En fin…; Monday, Monday, so good to me.
Bah-da bah-da-da-da.
jueves, 15 de julio de 2021
"Mi vida sin mí" de Isabel Coixet, película que Marta me aconsejó ver en 2003
Querida Marta:
Te escribo a través de este Foro al recordar un curioso hecho que aconteció hace 18 años y que por estar íntimamente relacionado con una entrañable película, “Mi vida sin mí”, sobre la que creo que nunca hemos escrito un cometario aquí, me gustaría poder compartirlo con mis colegas, los "Cinéfilos", de los que al menos un par de ellos ya te conocieron y trataron mucho hace 40 años, por contarse entre los más amigos vecinos de nuestro añorado edificio San Bernardo en la Avenida del Mar de Ferrol, ¿verdad que sí, Ana D. y José María de J-G?, donde transcurrieron los más felices años de mi vida y al que nos mudamos el día que cumplías un mes.
Doy por hecho que aprobarás que lo haga porque se basa en una recomendación tuya sobre ella y, por otra parte, aseguro a los "Cinéfilos" y a ti que todos los detalles que ahora desvelo constituyen una historia absolutamente real que, salvando las distancias, creo no le hubiera disgustado al gran Frank Capra como base para escribir un guion de su estilo predilecto (aclaro la referencia para los cinematográficamente imberbes, aunque ya no insultantemente jóvenes, "Cinéfilos" del Brat Pack, por si alguno no lo recuerda, que Capra fue el director, nada menos, de “¡Qué bello es vivir!”, cuyo título admirativo tú literalmente asumiste como lema de vida, mira por dónde, especialmente tras ser madre por segunda vez).
Aunque yo hubiera visto mucho más CINE (con mayúscula) que tú, fuiste la persona que me descubrió el de Isabel Coixet en 1996, porque te gustó mucho la primera película suya que obtuvo éxito de crítica y bastante de público, “Cosas que nunca te dije”, y nos la recomendaste vivamente.
Tan pronto la vi entendí por qué te había gustado tanto: la historia que narraba su guionista/directora trataba, cosa que me parece sigue haciendo en todas sus películas, de problemas esencialmente humanos, temática que, tras abandonar la adolescencia y ejerciendo ya de pediatra y madre, siempre te ha importado infinitamente más como guion de las películas que las tramas de “acción” o de puro entretenimiento, predilección que comparte tu hermana Virginia, aún más aficionada al CINE que tú. Fíjate que desde hace un año eligió como "lema" para su "contacto" en WhatsApp exactamente el título de la película que hoy comentamos, claro que cambiando a la segunda persona el pronombre con que termina...
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| Marta pequeña |
Vamos a hablar de otra película de
Coixet, “Mi vida sin mí” de 2003, considerada
como la mejor de toda su carrera por la mayoría de la crítica y también en la muy
amplia votación popular de Filmaffinity (con casi 58.000 votos sobre ella), que
también nos aconsejaste, incluso con más énfasis que la anterior.
Adelanto su tema, para los “Cinéfilos” que no hayan tenido la oportunidad de apreciarla, “copiando y pegando” la sinopsis que aparece en esa web para ser lo más aséptico posible, habida cuenta nuestra concomitancia con su trama:
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| Cena de la familia e invitada |
“Ann tiene 23 años, dos hijas, un marido que pasa más tiempo en paro que trabajando, una madre que odia al mundo, un padre que lleva 10 años en la cárcel, un trabajo como limpiadora nocturna en una universidad a la que nunca podrá asistir durante el día... Vive en una caravana en el jardín de su madre, en las afueras de Vancouver. Esta existencia gris cambia completamente tras un reconocimiento médico. Desde ese día, paradójicamente, Ann descubre un inusual placer de vivir, guiada por un impulso vital: elaborar una lista de cosas que quiere hacer antes de morir”
Para complementar la sinopsis de Filmaffinity, no me resisto a “pegar” también la crítica propia de esa web, firmada por Pablo Kurtz:
Por las
venas de los adictos al cine corre un líquido rojo y espeso: se llama
curiosidad. Como en la vida, el espectador acude a un encuentro, cargado de
preguntas, intentando resolver ciertos misterios de la existencia y los
sentimientos. "Mi vida sin mí" es una invasión de respuestas.
Conmovedora hasta el aliento, hermosísima de principio a fin, la historia de
esta joven que exprime la vida ocultando al mundo su destino es un deslumbrante
ejercicio de sutileza, un impagable despliegue de emociones sin parangón en el
cine español reciente. Puede que no sea un film perfecto, pero la cámara de
Coixet y la actuación de Polley -una de las mejores interpretaciones femeninas
que se han visto en mucho tiempo- consiguen una intensidad y un realismo que
traspasa el tiempo e inunda el corazón... y tan grabada queda que su recuerdo
se hace melancólicamente imprescindible.
Oti R. Marchante, crítico con el que suelo
coincidir, opinó en ABC: "Una
obra liberadora, sensibilísima, de una reparadora tristeza."
Carlos Boyero, entonces en El Mundo: "Coixet seduce y hace llorar (...)
palabras e imágenes se complementan fraternalmente, te meten dentro, te
solidarizan con el hermoso ritual de una despedida tan realista como poética,
tan lúcida como emotiva. 'Mi vida sin Mí' regala ozono, supone un acto de
afirmación en la puta vida."
Ángel Fernández Santos en El País: "Intensa y emocionante película (...) los
intérpretes son más que el añadido de una decena larga de magníficos rostros,
son un todo, un prodigio de unidad colectiva, de delicada interacción."
Ramón F. Reboiras en Cinemanía: "Pertenece a ese tipo de historias
que nunca se olvidan y que deberíamos recomendarnos a nosotros mismos y a
nuestros seres queridos. Ayuda a entender el misterio de la vida. La vida
absurda, la vida breve, la vida aparcada en la roulotte de los sueños."
Sólo como una mínima ilustración, ya que hay muy pocas fotos de esta película disponibles, inserto aquí un enlace con su tráiler.
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| Años felices en Ferrol, con Virginia y Marta |
Esas críticas hacen casi innecesario que yo añada nada y suscribo lo que opinan sobre esta película, no voy a reinventar la rueda, pero sólo quiero subrayar que para mí la película es fundamentalmente impactante por la inmensa generosidad de su personaje protagonista, joven madre con hijas pequeñas que, tras serle descubierto un cáncer mortal con una prevista supervivencia de menos de un año, intenta reorientar las vidas de su entorno familiar con el objetivo de que empeoren lo menos posible cuando ella ya no esté con ellos.
Y ahora llega una referencia “cruzada” que ni
tú, Marta, ni casi ningún "Cinéfilo" miembro de este Foro conoce. El “casi” viene porque uno de éstos protagonizó
esa antigua conexión, que supongo va a sorprender a los demás y a ti cuando la descubráis ahora:
Tuvo que suceder un domingo indeterminado, de 2003 o 2004, en que yo acompañaba a tu
abuelo Luis a la misa dominical en la capilla del
colegio Fray Luis de León, como hacía cada
semana desde unos cuantos años atrás.
Resultaban unas misas muy atractivas
porque los sacerdotes que las impartían eran profesores del colegio y se notaba en
sus sermones que sabían "hablar” a la gente.
Entre mis favoritos estaba Javier L, unos 25 años más joven que yo, empático, optimista, con mesurado sentido del humor y cuyas
amenas homilías captaban perfectamente la atención de los fieles asistentes por
la humanidad y cercanía de que estaban impregnadas, por las preguntas que siempre
dejaba en el aire al final, para que cada uno de los asistentes se las
contestara a sí mismo más tarde, y, lo que era un “apreciado valor” en mi caso, descubrí
que ¡le interesaba el Cine de calidad!, porque aún recuerdo que al menos en dos
ocasiones utilizó como referencia para sus homilías el argumento de sendas buenas
películas:
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| Pareja para una vida. |
“Ciudadano Kane” (obra maestra dirigida y protagonizada por Orson Welles en 1941, de la que por ello doy aquí una mínima referencia, aunque no tenga ninguna conexión directa con el tema troncal de esta carta/comentario) para mostrar la futilidad de las riquezas materiales al final de la vida humana: Relataba Javier como poco antes de la muerte del viejo y multimillonario protagonista en su inmenso palacio/castillo, adornado con un gran número de valiosísimas obras de arte adquiridas en todo el planeta, con otras muchas mostradas por la cámara almacenadas todavía sin desembalar, el moribundo pronunciaba una extraña palabra antes de expirar, “Rosebud”, cuyo significado ninguno de los presentes sabía descifrar. Era el nombre de su del juguete más querido de su humilde infancia, su trineo que le recordaba los más felices años de su vida, que la película recorría en un larguísimo flash back durante el 95% de su metraje total hasta terminar enlazando con la escena inicial.
Y la otra, la ahora y aquí significativa, le sirvió como caso paradigmático el domingo antes citado cuando
puso como ejemplo de inmensa generosidad el tema de una película que entonces acababa de
ver, justamente “Mi vida sin mí”. Ni que
decir tiene que estuve de acuerdo al 100% con su opinión, que obviamente no se
basaba en la valoración desde una perspectiva técnica, sino puramente humana
sobre la trama y su entrañable personaje protagonista. Estoy seguro que a ti te
hubiera pasado lo mismo si hubieras tenido la suerte de escucharle.
Cuando nuestro Foro ya llevaba casi un par de años en marcha, otro domingo a la salida de misa y tras una pequeña charla le propuse a Javier que se nos uniera como "Cinéfilo" y tras visitar varias veces el Foro aceptó, estableciéndose entre nosotros una corta pero fructífera amistad.
Escribió en él comentarios no muy a menudo, haciéndolo siempre sobre películas con problemática humana y desde una óptica solidaria, por lo que rápidamente entró en sintonía con otros "Cinéfilos" de similar orientación. Lástima que no accedieras a visitar el Foro más a menudo, Marta, ni que yo te supiera convencer para que participaras, cosa difícil en tu entonces ya muy ocupada vida, porque estoy seguro que te hubiera gustado leerle.
Desafortunadamente, un par de años después lo trasladaron a otro colegio fuera de Madrid y a un puesto de mayor responsabilidad, con lo que nos quedamos sin sus interesantes comentarios, como lo fueron todos desde el primero, en marzo de 2007, al que podéis acceder en “Conquistado” (un mes antes de que muriera tu abuelo, cuyo funeral él ofició, y a partir de entonces yo ya sólo fuera muy de vez en cuando a aquellas misas en la calle Evaristo San Miguel) sobre “Babel” y “Pequeña Miss Sunshine”, películas que le habían gustado mucho, como a mí, que ya me había declarado enamorado de ellas en el Foro días antes , cuando se me ocurrió incluir mi “receta de cóctel" para conseguir aquella perfecta segunda película: Una mitad de ‘El Gran Lebowsky’ + un cuarto de ‘American Beauty’ + un cuarto de ‘Thelma y Louise’ + unas gotas de 'Los Simpson' + unas gotas de destilado de ’Mi vida sin mí’ resultando, ¿pura casualidad?, que volvía a aparecer esta última en un comentario mío de 2007. “Remarkable”, calificaría un inglés.
Pero, Marta, es que hay otra conexión contigo a través de Javier y Marga. Sí, mi amiga y creadora informática del blog para el Foro, la que te regaló oportunamente un bien escogido CD de Anastacia en 2012, pero como esa rama va a través de otra película, que te/les/nos encantó, en todo caso lo dejamos para un próximo comentario monotemático sobre ella en este Foro. ¿Vale? A ti te gustó tanto que es la única de la que me has regalado un CD con su BSO. Y para los "Cinéfilos" una pista: para no crear confusiones, en español debería haberse llamado “Una vez …” y no mantener el engañoso título inglés, que el 90 % de los españoles interpretaron equivocadamente en nuestro idioma.
Quizás por un designio desconocido, si
realmente lo hay, o por puro azar, a veces la vida premonitoriamente nos advierte y presenta
ejemplos de actuación respecto a peligros o problemas que nos afectarán más
tarde, presagios imaginarios frecuentes en la Literatura y raramente confirmados en la vida real
No sé si te has preguntado si era posible que “Mi vida sin mí” hubiera actuado como un presagio para ti. Ya me lo dirás, pero en cualquier caso déjame asegurarte que tu comportamiento y generosidad en tu vida real, mientras mantenías tan privadamente como te era posible un combate de 16 años, no desmereció nada en intensidad y sacrificio respecto al de Ann, el suyo muchísimo más corto aunque, eso sí, con sus condiciones de entorno material mucho peores: viviendo pobremente en una caravana, trabajando como humilde limpiadora de oficinas, su padre en la cárcel, etc.
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| Marta con Clara y Sofía, 2016. |
Tener una firme y solidaria compañía en las alegrías y tristezas, salud y enfermedad se basa siempre en la elección vital más importante, la pareja. Hay que felicitarte porque no sólo conseguiste éxito tras éxito en tus estudios, carrera, MIR y oposición como pediatra de la CAM, siempre fuiste defensora a ultranza de la sanidad pública, sino también en la elección de compañero de vida.
Bueno, nada más respecto a “Mi vida sin mí”, salvo adelantarte que les voy a dejar a los "Cinéfilos" que no puedan conseguirla y quieran verla una copia de la película, que me ha enviado CZ. Sí, mi ex jefe/compañero/vecino y gran amigo en Ferrol, que te regaló allá por 1982 la famosa hucha azul especialmente diseñada y fabricada por él para ti en tu sexto cumpleaños, que sigue estando en la mesa de estudio en casa.
También pienso compartir con los "Cinéfilos" en este Foro alguna otra excelente película o novela de las que que me aconsejaste en estos últimos años. Para mi gusto, y creo que el tuyo, la mejor novela es la que narra el caso real de Grace, la humilde irlandesa que emigró a Canadá a mediados del siglo XIX y cuyo caso, ampliamente tratado por la prensa, dividió a la opinión pública de ese país.
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| La hucha azul de 1982, por CZ, y Marta con 15 años |
Seguiremos hablando más.
Un beso muy fuerte de tu
Padre
Pd: Si coincides con mi amigo, compañero de curso en la carrera, de trabajo en ASTANO, de piso de solteros en Ferrol durante un año y como "Cinéfilo" en este Foro, que también te conoció siendo tú todavía bebé, Santiago Martín Criado, al que desde aquí le escribí una carta, que él te introduzca en el grupo de directores franceses de la "Nouvelle Vague", cuyas películas tanto le/me gustaron y que tú nunca llegaste a descubrir. Dale recuerdos a Santiago de parte de los otros "Cinéfilos" y un muy fuerte abrazo mío.
domingo, 4 de julio de 2021
El balón de Harun. 2º premio de la Feria del Libro de Cádiz
Una noche llamaron a la puerta. Un grupo de hombres nos obligó a salir de casa; entre ellos reconocí al hijo del relojero y a un conserje del colegio. En la calle nos juntaron a todos los vecinos de apellidos bosnios. Nos separaron en tres grupos, a golpes: a un lado los ancianos y los niños; a otro las mujeres; en el medio los hombres. Vaciaron las casas de muebles, vajillas, manteles, comida. Destrozaron metódicamente nuestra memoria: libros, fotos, recuerdos de familia. Era invierno, pero no nos dejaron abrigarnos. A los hombres los hicieron cargar con el fruto del saqueo y meterlo en camiones. Luego los arrearon hacia el bosque. Al cabo de un rato escuchamos tres o cuatro descargas, después solo tiros aislados.
Las mujeres ya imaginábamos lo que nos esperaba. Fue mucho peor. A las que se resistían demasiado les cortaban el cuello. Mientras, escuchábamos cómo se apagaba el llanto de los niños.
Las historias se hincan en su piel pálida y horadan galerías que le llegan a lo más profundo, donde aferran sus raíces alimentando brotes nuevos.
De noche, en esas horas frías en que sus vecinos intentan dormir entre el estruendo de las bombas, Selma recorre siempre el mismo sueño.
Los soldados llegaban un amanecer lluvioso. Rodeaban la aldea e iban casa por casa, sacándonos a los bosnios y a un par de familias judías. Nos reunían delante de la iglesia, los hombres a un lado, las mujeres a otro y los niños, unos veinte, en el centro de la plaza.
En la ciudad sitiada la vida no se detiene. En los sótanos de las viviendas golpeadas por las bombas, al abrigo de los francotiradores, resisten los vestigios de la antes intensa actividad cultural. Conciertos de música de cámara, recitales de poesía o conferencias reúnen a quienes osan abandonar sus domicilios, esperando no quedar enfocados para siempre en algún visor nocturno. A veces no lo consiguen.
Una tarde de primavera, a la salida de un concierto en el que habían sonado los mejores cuartetos de Haydn, a Selma le presentaron a un observador de origen bielorruso, Artem Paznishenko. El grupo se refugió en un café instalado en un garaje subterráneo, cerca de la antigua Biblioteca. El local, pese a todas las carencias, era lo suficientemente acogedor como para hacer olvidar durante un rato lo que estaba pasando fuera.
A la luz de las velas todos somos más guapos. Selma se sentó al lado de Artem, cuyo cabello rubio, casi blanco, brillaba en la penumbra. Según él, fue un amor repentino, adolescente; según ella, lo que los atrajo fue el exceso de vodka y de café. Salieron juntos y pasaron el resto de la noche en el hotel de Artem, relativamente seguro bajo la bandera de la ONU.
Durante la primavera y el verano, Selma se refugiaba cada noche en los brazos de Artem, que formaban un círculo de hierro en torno a ella y no dejaban que el sueño maldito la alcanzara.
Llegó el otoño. Artem tuvo que partir y las pesadillas volvieron.
Nos tenían bajo la lluvia un par de horas, hasta que llegaba otro coche escoltado por varios motoristas. El chófer se bajaba y abría la puerta. El general Borko Zanjanovic salía del coche y miraba a su alrededor.
Cuando una bomba incendiaria impactó en el pequeño apartamento que le servía a Selma de vivienda y de despacho, los documentos y testimonios que había ido reuniendo durante meses se perdieron entre las cenizas.
Aquella noche Selma soñó el fin de la historia.
El general se acercaba a los niños, que lloraban. Repartía unos caramelos y luego se soltaba del cinturón una granada. Con una sonrisa, le quitaba el seguro y la ponía cuidadosamente en el suelo.
—Ahora vais a jugar un partido de fútbol. Para el equipo que gane hay otra bolsa de caramelos. Que saque el más pequeño.
Se adelantaba mi hijo Harun, que tenía cuatro años.
Selma se despierta, aturdida. Un fuerte pitido en los oídos le impide escuchar lo que sucede a su alrededor. Se lleva la mano a la cara y la retira impregnada en un líquido viscoso y oscuro. Intenta incorporarse, pero el cuerpo no le responde.
Cuando el pitido baja de intensidad oye chillidos, lloros de niños, algún disparo. Busca a Harun con la mirada y solo encuentra uno de sus zapatos nuevos.
sábado, 6 de febrero de 2021
Mandarinas
domingo, 31 de enero de 2021
TIEMPO DE AGUA (accésit en el Premio El Drag)
Viven sus vidas como si fueran reales, como si no fueran a acabarse, solía decir el amo Emiliano antes de que nuestra vida cambiara. Ahora que todo ha terminado, no sé por qué, me da por pensar en él y siempre me viene a la memoria esta frase, aparentemente sin sentido, que le gustaba repetir cuando las cosas se ponían demasiado ásperas.
Aquella tarde de domingo, la última vez que la pronunció, nada parecía presagiar lo que después sucedería. Estaba casi todo el pueblo en la alameda, dejando pasar el final de la tarde hasta que llegara la hora de la cena, disfrutando del fresco que se arrastraba río abajo. Había familias enteras sentadas en los bancos o merendando en la hierba de la orilla; grupos de chiquillos vigilados de reojo por sus madres; parejas incipientes que se miraban a los ojos, ajenas al mundo, y otras más veteranas que se perdían entre las retamas al final del paseo, donde no alcanzaban las miradas de los padres. Un mendigo tocaba con un acordeón destartalado boleros que algún anciano tarareaba desde lejos.
Todo era paz, o lo parecía. Las ranas ensayaban su concierto nocturno para mil voces; el contrapunto lo daba el crotoreo de la pareja de cigüeñas que, como todos los años, había anidado en el campanario de la iglesia.
El amo se ponía siempre en el mismo sitio, bajo el álamo negro, sobre el talud, de espaldas al río. Se sentaba en una silla de enea, pintada de azul, que yo le traía desde la casa. Poco a poco iba llegando el resto de la tertulia, cada uno con su silla a cuestas. La línea, al principio simplemente imaginaria, se iba completando hasta parecer trazada con una regla. Cada uno en su sitio; si faltaba alguien a la cita semanal, su hueco quedaba vacío. No hablaban mucho, ni muy alto; eran más de frases cortas, de sentencias inapelables: la cosecha, el viento, el calor o el frío, las vidas de los otros, el pasado y —solo muy de tarde en tarde— el futuro. El amo en medio, por algo era el más viejo; a un lado, don Pedro el de la ferretería; al otro, Juanito el kiosquero, y así hasta seis. Todos fumaban, menos don José, que tosía con frecuencia y de vez en cuando escupía en su pañuelo.
Eran las siete menos cinco de la tarde cuando, sin ninguna señal previa que lo advirtiera, el nivel del río comenzó a subir, lenta pero perceptiblemente. Justo en aquel momento se paró el reloj del ayuntamiento, como después nos pudo confirmar el monaguillo. Los primeros en levantarse fueron los grupos que merendaban en el prado de la ribera, que quedó cubierto por el agua en menos de media hora. Ordenadamente recogieron botellas, fiambreras y manteles y guardaron todo en cestas de mimbre antes de marcharse sin prisas. Alguien debió de avisar a la casa cuartel, porque a los pocos minutos llegó el sargento, con tres guardias, y dio una orden inútil: había que despejar la orilla. Todos observaban el río, subidos al talud, pero nadie se acercaba demasiado al grupo del amo, que seguía impasible, de espaldas al agua, rodeado por sus cinco compañeros de tertulia.
El amo oía crecer el rumor de la corriente a la vez que los comentarios excitados de sus vecinos; fue entonces cuando repitió lo de que hay gentes que viven sus vidas como si fueran reales, como si no fueran a acabarse de inmediato. Creo que ni él mismo comprendió el sentido que luego adquiriría aquella frase. Con el tiempo, las versiones fueron variando y hubo incluso quien defendió que las palabras premonitorias habían salido de la boca de Juanito. Inútil discusión, lo importante no era quién dijo aquello, sino por qué. Y es que el amo Emiliano vivía siempre un poco por delante, como si pudiera ver algunos aspectos del futuro, o más bien mezclara fragmentos del antes y el después, mientras dejaba un tanto difuminado el ahora.
Allí, sentado junto al río, su pensamiento no estaba en la subida del nivel del agua, ya a menos de un metro del talud, sino en lo que vendría después, en lo que nadie quería imaginar aún. Pensaba en los niños que no nacerían nunca, las cosechas que nadie llegaría a sembrar, las risas que se iban para siempre, las tumbas cubiertas por el agua. Para cualquiera que lo mirara no era más que un viejo testarudo, dispuesto a perderse el espectáculo del año por no levantarse de la silla. Con un cigarrillo apagado entre los labios y la mirada perdida en la torre de la iglesia. Con sombrero, por supuesto, y bastón. De espaldas al mundo.
Aún era de día cuando el agua irrumpió en la alameda, lenta, mansa, imparable. Las huertas del molino, sin duda sumergidas, aportaban cañizos y matojos al caudal marrón, que en pocos minutos dejó al talud aislado, isla estrecha y rectilínea en mitad de un río que se movía tan despacio que más parecía un lago. Casi trescientas personas, ahora de pronto preocupadas, trataban de decidir si quedarse allí y esperar a que bajara el agua, o atreverse a vadear lo que siempre había estado en seco, hacia las casas que parecían cada vez más lejanas. Los guardias civiles, agrupados en torno al sargento, parecían ovejas temerosas del lobo. Miraban, vacilantes, ora al río, ora al pueblo. Hasta que el amo Emiliano se levantó, me entregó su silla y me dijo:
—Vámonos para casa, se está haciendo tarde.
Puede que ya nadie se acordase de la maldición del viajero, cuando días antes los nietos del amo lo habían ahuyentado a pedradas al ir a beber en la fuente de la iglesia. Que nunca os falte el agua, les había gritado desde lejos, entre las risas de los niños. Nadie había movido una mano para ayudarle.
El amo y sus cinco compañeros fueron los primeros que hablaron de dejar el pueblo, cuando el agua inundó el barrio de abajo. No sabían a dónde, pero en algo estaban todos de acuerdo: a otro sitio más alto, hasta que todo pasara. Alguno recordó las historias de la Biblia, Noé y su arca, pero nadie sabía construir una: eran gente de secano. Antonio el indiano hablaba del barco en que cruzó el Atlántico. Nos confirmó que era imposible. Un barco de hierro, contaba a quien le quería escuchar, pero pocos le creyeron.
El cura mandó tocar las campanas, convocó rogativas; los mozos llevaron a la patrona hasta el borde mismo de las aguas. Durante horas se sucedieron los cantos y las oraciones, a la vez que la comitiva iba retrocediendo lentamente. La visión de la imagen volviendo al pueblo, obligada a retirarse por aquella fuerza sin límites, terminó de convencer a muchos. Había que marcharse. A mí nadie me preguntó.
Al principio de la huida todo era tumulto, empujones, malos modos. Poco a poco nos fuimos amoldando, habituados a aquella vida nómada, al peregrinaje inútil. En seguida nos dimos cuenta, sin hablarlo, de que la crecida no era como las otras. No se trataba de subir al cerro del castillo y esperar a que bajaran las aguas; intuíamos que ni siquiera la sierra sería un refugio duradero.
La marcha se inició en una larga caravana, precedida por la imagen de la patrona llevada a hombros por varios cofrades que se turnaban, animosos, en la carga y en los rezos. La misma imagen que pocos días después quedó depositada en una iglesia cualquiera, al cuidado de un párroco que no parecía muy entusiasmado con la encomienda y que pronto abandonó su pueblo.
De lejos, nuestra comitiva parecía una romería triste, sin cánticos ni risas. Algunos hombres y mujeres abrían la marcha a caballo, pero la mayoría caminábamos, con los ancianos y los niños subidos en los carros. Las vacas y las ovejas nos seguían a la zaga; al principio nos acompañaba una docena de perros y doña Gertrudis llevaba un canario, que sobrevivió casi un mes. Ella murió de nostalgia aguda pocas semanas más tarde.
A lo largo del camino, los que tenían algo fueron abandonando trastos, recuerdos, alegrías. Los muertos se quedaban en el cementerio de algún pueblo cuando había suerte, en una tumba sin lápida ni nombre; si no, enterrados al borde del camino bajo un montón de piedras. En lo alto, un palo hincado señalando al cielo.
En nuestro pueblo, como en otros, muchos se quedaron en sus casas, atrincherados en los pisos altos, suponiendo que la crecida no sería eterna ni infinita. Cuando se convencieron de su error y el agua comenzó a cubrir los tejados, ya no se podía salir; uno a uno se fueron ahogando. El último fue el monaguillo, refugiado en la torre de la iglesia. Suyo fue el privilegio de ver desaparecer el caserío, perdido en el centro de un lago inacabable, y de escuchar como el reloj del ayuntamiento, ya a medias cubierto por el agua, se ponía de nuevo en marcha y dejaba sonar por fin las siete campanadas, con varios días de retraso.
Casi un mes después de iniciar la marcha se nos unió un grupo algo menor que el nuestro, procedente de algún lugar al otro lado de la sierra. Cuando los vimos, a la entrada del robledal en el que pensábamos hacer noche, todos tomamos una actitud defensiva: los hombres delante, con los garrotes a mano, ceño fruncido, mirada adusta; las mujeres en segundo plano, cuidando a los niños y a los animales. Compartíamos el miedo y la desconfianza. Las negociaciones fueron largas, casi toda la noche discutiendo hasta el mínimo detalle: el orden de marcha, el reparto de alimentos y de tareas, la composición del consejo, todo. Detalles ya hace tiempo olvidados, por suerte. En menos de una semana ya no había nosotros y ellos, nuestro y suyo. Los niños hicieron mucho en esta tarea de sutura, casi de bordado. Y el amor, que seguía surgiendo con una fuerza desesperada, como si no pasara nada, como si todos necesitáramos crear nuevos vínculos, amarras que impidieran nuestra deriva.
Amor sin fruto. Porque desde que las aguas empezaron a subir no hay embarazos. Los que estaban en marcha se frustraron, poco a poco se han ido malogrando, uno hoy, otro mañana. Las futuras vidas se escurrían entre las piernas, sin dolor, sin llantos. Nunca seremos más, siempre menos. Ni los pájaros crían ya en sus nidos.
El agua nos forzó a evitar los valles y a buscar los senderos de montaña. Hubo que dejar los carros, que comerse algunas vacas que ya no podían seguir avanzando. Nuestros equipajes se reducían con el tiempo, como el mundo que pisábamos. La marcha borraba convenciones, clases y jerarquías, pero no todas: el amo Emiliano seguía dándome órdenes, exigiéndome que le acercara la bota de vino, que le lavara la ropa.
El dinero solo servía para encender el fuego. Tierras, casas, ganados y otras riquezas habían quedado atrás. Lo que teníamos era de todos, las reglas se acordaban por las noches, en largas discusiones en torno a la hoguera.
En el Alto de los Lobos, varias docenas de iluminados rezaban en vigilia permanente, hacían ofrendas a la Virgen del Carmen, a Poseidón, a Iansá y a otros dioses para mí desconocidos. Imploraban la retirada de las aguas. Varios de los nuestros se les unieron, pensando que solo una fuerza sobrenatural podía hacer retroceder a la inundación. El resto de la comitiva pasó de largo, indiferente. Sabíamos que nada podría detener la subida.
Algunos abandonaron el grupo, hartos de aquel movimiento casi perpetuo, y se fueron desviando por nuevas veredas, hacia Villanueva o hacia el otro lado de la frontera. Como si las aduanas pudieran detener las aguas. A otros, como los Quiroga, incapaces de respetar las normas, hubo que expulsarlos y dejar que se buscaran la vida o la muerte por su cuenta. Pero la mayoría de las bajas se debió al desánimo. Un día dejaban de caminar, casi sin palabras; a lo sumo se despedían parcamente y se sentaban a esperar a la sombra de un árbol o junto a una ermita abandonada, mirando hacia el valle por el que llegaría el agua liberadora.
Nadie se extrañó, por eso, de la desaparición de mi amo, todos pensaron que se quedaría a esperar las aguas, con su silla azul de enea, su sombrero y su bastón. Nadie lloró su falta, no tenía amigos. Solo yo sabía dónde quedó su cuerpo, liquidadas de un solo tajo todas sus deudas. Al fin fui libre, aunque fuera para seguir escapando como todos.
En un valle estrecho, casi un desfiladero, varios cientos de personas se afanaban en construir un muro, un dique que frenara la crecida de las aguas. Como niños en la playa, pretendían detener el avance de la marea. Muchos de nuestro grupo decidieron quedarse a luchar contra lo imposible.
Muy de tarde en tarde se nos sumaba una persona aislada, o una familia; nadie preguntaba por qué caminaban solos. Esperábamos noticias, pero eran viejas: en todas partes pasaba lo mismo, las aguas subían, no había más que hablar. Seguir andando, descansar, resistir un día más.
Poca gente encontrábamos en los pueblos, la mayoría ya abandonados. Solo algún anciano sin demasiadas ganas de seguir viviendo, que a veces nos recibía a tiros; tenía más miedo que nosotros. Gran parte de las casas estaban incendiadas, como si sus habitantes no quisieran dejar ni su recuerdo. Si no habían recogido las cosechas o talado los frutales, arramblábamos con lo poco que quedaba: algo de cereal, fruta. Hortalizas había pocas, los jabalíes nos ganaban casi siempre la partida.
De vez en cuando, en lo alto de un collado o a la vuelta de un recodo del camino, encontrábamos altares, ofrenda de ritos casi olvidados. La Estantigua, la Santa Muerte. Flores marchitas, telas rojas, velas consumidas, plumas quemadas. Intentos inútiles de impedir lo inevitable.
El invierno nos precedía en nuestro avance, en realidad un retroceso. Siempre hacia el norte, siempre hacia arriba, cada día las temperaturas eran más bajas, el frío más intenso. En seguida llegaron las heladas, luego la nieve pintó el mundo en blanco y negro. De día marchábamos envueltos en mantas; a la noche, apretujados junto a la hoguera, tiritábamos hasta el momento de acostarnos. De vez en cuando alguien contaba una historia, o iniciaba un canto. Muchas veces se acostaba el público antes de terminar el cuento.
Las familias menguaban. Unas veces por goteo: aquí una anciana agotada, sin fuerzas para seguir subiendo; allá un niño caído en el fondo de un barranco. Otras desaparecían de un golpe; cuando amanecía ya no estaban en su tienda. Dejaban mantas, comida, todo. No querían seguir viviendo. Yo, en cambio, cada amanecer metía mis pocas cosas en la mochila y ayudaba a desmontar el campamento. Cuando estábamos todos listos, echaba a andar con mis botas remendadas, los pies protegidos por harapos, hacia arriba, siempre adelante.
Con la llegada de la primavera se fueron las nieves, sustituidas por millones de flores. Los pájaros lanzaban sus ritos de cortejo. ¿Qué habrá pasado con los que anidaban en la llanura? Desaparecidos sus nidos, ¿habrán volado hacia las cumbres? Tengo la misma duda con ratones, culebras, comadrejas. Espero que se hayan ahogado, como tantas otras alimañas que surgieron del subsuelo y que preferiría no haber visto nunca.
Todos sabíamos que nuestro camino no tenía salida, pero de eso nunca se hablaba. Podíamos seguir subiendo, cercados por el agua, que avanzaba cada vez más despacio, aunque nunca se detenía. Algún día llegaríamos a lo más alto, a un punto real, no imaginario, desde el que todas las rutas se dirigiesen hacia abajo. Cuando estemos allí solo nos quedará esperar, no sabremos si mucho o poco tiempo. Hasta que el agua nos moje los pies, las rodillas, la cintura. Hasta que nos cubra por completo. Será el final para nosotros, nunca sabremos si el agua seguirá subiendo.
En este valle de montaña no parece vivir nadie, aunque seguimos los pasos de otros grupos: huellas de hogueras, la carcasa de una oveja. Por si acaso, mantenemos las precauciones: Ana marcha en cabeza, casi un kilómetro por delante del resto. Pronto me tocará a mí relevarla, atento a cualquier presencia extraña. Porque eso lo aprendimos muy pronto: el peligro más cercano no eran los perros asilvestrados, ni siquiera los osos de la cordillera. Lo peor son otros grupos, fugitivos como nosotros, dispuestos a matar para conservar sus provisiones, sus mantas, o para no tener que compartir los saqueos. Por no hablar de algunos campesinos, reacios a abandonar sus tierras, convencidos de que algún día el agua dejará de subir y que lo importante es defender sus campos y ganados de las columnas de forasteros que arrasamos todo.
Somos conscientes de que nuestro éxodo no conduce a ningún sitio. Sabemos que, dentro de algunas semanas, de unos meses como máximo, alcanzaremos la cumbre, nuestra última derrota. No veremos llegar el nuevo invierno.
De las más de doscientas personas que hace ya varios meses salimos del pueblo, solo quedamos doce. Hemos decidido descansar un tiempo, le llevamos bastante ventaja al agua y en estas pendientes también a ella parece que le cuesta seguir subiendo. Vamos a detenernos todo lo que podamos, quizás un mes, junto a un huerto abandonado, parcialmente cubierto de matojos; un cerezo y dos albaricoqueros mezclan sus frutos. El sendero que conduce a los muros calcinados de una casa se tiñe de negro con las moras que caen desde los árboles. En una explanada, que en su día fue una era, montamos las tiendas. Recogimos la basura y la quemamos detrás de la casa, limpiamos la maleza del huerto: sobreviven unas tomateras, con unos frutos enanos, dulces.
Hacia el este y el oeste se divisan algunos picos, que aún sobresalen del nivel del mar infinito. Ni una nube ensucia el cielo. El agua brota de sí misma, ríos, lagos, mares y océanos se han confabulado para cubrir la tierra, para lavar de una vez tanta barbarie, como un inmenso borrón que cubra toda la página y obligue a comenzar en una nueva.
Casi todos los días pasa gente camino de las cumbres, pero nadie se desvía hacia el campamento. El sendero que lleva a él es cuesta abajo y ningún caminante está dispuesto a perder altura. Nosotros charlamos tranquilos, cuidamos el huerto, regamos. La casa está lejos del camino, junto a una fuente. No parece un mal sitio para vivir.
Sumergidos en este oasis, nos queda mucho tiempo para pensar. Recuerdo de nuevo la frase del amo Emiliano. Viven sus vidas como si fueran reales, como si no fueran a acabarse. ¿Por qué no? Si conseguimos no pensar en el continuo ascenso del agua, quizás podamos vivir, al menos el tiempo que nos quede, una vida real. Una nueva etapa, en la que seremos distintos, quizás mejores. Un tiempo extra, de regalo. No lo hablamos, pero noto que este pensamiento se extiende por el grupo.
Un día, Sergio y Ana nos anunciaron que esperaban un hijo. Le pondrían de nombre Eugenia, la bien parida, o Eugenio si era un niño. Para celebrarlo, dejamos el ganado libre, aunque vacas y ovejas no parecen muy deseosas de marcharse; cada noche regresan a dormir junto a la casa. Una mañana de cielo azul intenso sembramos las primeras patatas.
Al día siguiente, las aguas comenzaron a bajar.
jueves, 28 de enero de 2021
Breviario de divisiones
Quizás el número más poderoso sea el cero. Al
dividir por él cualquier cantidad, por pequeña que sea, la tornamos infinita, y
al multiplicarla, por muy grande que nos parezca, la anulamos. Si lo
multiplicamos por sí mismo permanece inmutable, como el uno; nadie sabe qué
sucedería si intentáramos dividirlo por otro cero.
El ocho es uno de los números más fáciles de
dividir, lleva en su diseño un rompefácil.
La distancia entre dos primos hermanos
permanece invariable con el tiempo; sin embargo, dicha distancia aumenta con el
tamaño de los citados números.
Uno de los vocablos que presentan una fonética
similar en más idiomas es, precisamente, uno.
El símbolo de la suma representa, muy apropiadamente,
a la muerte; el de la resta es una simple pausa, el del producto te anula y no
hay acuerdo sobre cómo indicar una división.
Cualquier operación realizada sobre un número
le produce la muerte, salvo algunos casos que podemos considerar milagrosos.
En determinados ambientes, en una lectura oral
no debería usarse el cinco, por sus connotaciones malsonantes. Sí son
aceptables, en cambio, derivados como quince y cincuenta.
En su proceso de europeización, los números
arábigos se incorporaron para siempre.
Los dígitos son siempre puntos de deterioro;
los símbolos de operaciones representan momentos de mejora.
No hay mayor presunción que emplear un fraccionario
como ordinal. Es un baldón, tanto para quien comete el error como para el
propio número mal utilizado.
martes, 22 de diciembre de 2020
La patera infinita (Accésit en el concurso de relatos de Amnistía Internacional Madrid
Él —ni siquiera sé cómo se llama— me recoge cada día a la salida del trabajo. Aparcamos junto al faro, en un silencio roto por las gaviotas y las olas.
Cada tarde, justo antes de la puesta de sol, en el horizonte aparece la patera. Avanza con dificultad entre las olas, imaginamos los gritos de sus ocupantes. En el último momento, acaba varando en los guijarros.
Sus ocupantes, siempre veinte, se lanzan al agua. Se mueven torpes en la resaca, tropezando entre las olas. Dos de ellos, siempre dos, son arrastrados mar afuera. Una mujer, embarazada, se apoya en otra. A duras penas consiguen poner pie en tierra. Algunos besan la arena, celebran su fortuna entre sollozos. A lo lejos aparecen unas luces destelleantes, que provocan una lenta estampida. Intentan alcanzar el pinar, demasiado lejos para sus cuerpos exhaustos.
Uno tras otro van cayendo en manos de los guardias. Esperan, las manos sujetas a la espalda. Falta uno, siempre el mismo. Lo vemos, oculto bajo una mata de retama.
El fugitivo se acerca a nuestro coche. Nos mira empapado, temblando más de miedo que de frío. Él —ni siquiera sé cómo se llama— le abre la puerta.
sábado, 19 de diciembre de 2020
POR QUÉ FRACASAN LOS PAÍSES: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza.
Este es un libro que ha merecido el elogio de al menos media docena de premios Nobel en economía. Fué publicado en 2012 por los economistas Daron Acemoglu, profesor de economía en el MIT y James A. Robinson, profesor de economía de la Universidad de Harvard y sus explícitos título y subtítulo me ahorran la tarea de explicar cuál es el tema del mismo.
El libro es muy extenso, conviene hacer reserva de tiempo para leerlo y aunque a veces se nota un afán didáctico en los autores por agotar los temas, debo decir que resulta ameno incluso para profanos en economía.
El libro trasciende el mero análisis económico y busca las causas sociológicas, culturales e históricas. En este sentido decir que es un libro de economía es quedarse corto. Entonces ¿qué es este libro?
Es un libro de tesis. Desde el primer capítulo y sin ambages se divide a las sociedades en dos tipos: “Sociedades Extractivas” y “Sociedades Inclusivas”. Resumiendo mucho diremos que en las primeras hay un grupo que manda y vive a costa de los recursos que extrae de la mayoría de la sociedad, mientras que en las segundas la base que toma decisiones está en expansión e incluye al mayor número de personas posible. Junto a estos dos conceptos hay un tercer actor fundamental al que llaman “La creación destructiva”, que viene a ser la innovación y el cambio, tanto social como tecnológico. Las sociedades extractivas se oponen a esta innovación que socava sus cimientos mientras que en las sociedades inclusivas es precisamente esta creación destructiva la que permite que el poder de decidir se siga expandiendo.
Sorprende como este análisis es aplicado a todo tipo de sociedades y épocas históricas, desde la Inglaterra del XVII a los aborígenes australianos, a los procesos descolonizadores de Africa o al imperio Inca, todo ello sin aparente orden, saltando de época y cultura pero siempre despertando el interés del lector.










