jueves, 11 de diciembre de 2025

"Los treinta y cinco santos de mi vida": Memorias y confesiones de Arturo Martínez González, nuestro "Arturo"



Queridos Cinéfilos:

Durante el veraneo de 2024, estando ya en Las Navas del Marqués, me llegó un regalo que catalogué inmediatamente como perteneciente a la categoría de los que hay que conservar: un ejemplar, dedicado por su autor, nuestro muy destacado colega Cinéfilo en este foro Arturo Martínez (que ha sido año tras año el más fecundo participante, narrándonos con excepcional detalle sus nada turísticos viajes culturales para conocer el Mundo y sus habitantes, en el presente curso su viaje por Chile a lo largo de su costa) de su última obra publicada, "Los treinta y cinco santos de mi vida" (Historias pías).

Quedé sorprendido tan pronto abrí el paquete, de cuyo contenido Arturo sólo me había anunciado que sería "un libro", porque ya a primera vista resultó ser tan intrigante por su título como por su buscadamente "clásico/anticuado" formato de edición, según podéis empezar a comprobar en la foto de su portada, que inserto.

Tras leerlo lo encontré aún mucho más destacable e interesante por su objeto y el original desarrollo de su contenido, que Arturo concluye con una promesa a futuro, expresada inmediatamente antes del sorprendente "LAUS DEO" (vamos, alabado sea Dios, con el que finaliza el texto de la obra propiamente dicho, tras el último capítulo del libro que “artúricamente” está dedicado a un culto sincrético afrobrasileño, “Xangó y sus otros orixás” Me pregunto ¿alguno  de nosotros, lectores, tendrá siquiera una mínima referencia previa sobre este "santo"?): "Algún día, también, terminará esta historia que, por ahora, se queda en un final abierto." 

Subrayo que  me resultó muy experta la, llamémosle, nota de edición que cierra el texto impreso (tras el útil santoral, la relación de la amplia bibliografía consultada por Arturo para escribir esta obra, un sorprendentemente anacrónico "TIBI GRATIAS AGO" y la necesaria lista explicativa de las notas existentes a pie de página) que transcribo literalmente como ejemplo para "caracterizar" la originalidad formal del libro... y acreditar la incuestionable cultura bibliófila de su autor:

ESTE LIBRO
SE ACABÓ DE IMPRIMIR
 EN PAPEL THINOPAQUE Y
TIPO DE LETRA MINION,
EN LA CIUDAD DE
 DORDRECHT, EN LA
 FESTIVIDAD DE
SAN MARTÍN DE DUMIO,
 EL AÑO DE GRACIA DE
DOSMIL VEINTICUATRO

Ante semejantes primeras impresiones se me cayó inmediatamente de las manos la novela que estaba leyendo y me volqué en el recién recibido libro con el interés y la atención necesaria, porque comprendí que semejante obra merecería mi más elaborada y honesta reseña en este Foro.

Tras el NIHIL OBSTAT prologal del libro (no tengo memoria de jamás haber encontrado semejante presunta certificación católica en ningún otro en mi vida, salvo que tratara explícitamente de temas religiosos) empecé a adentrarme en esta especie de confesión autobiográfica, asumiendo que me sería imprescindible releer varias veces no pocos de sus capítulos, así como sus referencias en el ya citado santoral, constatar la amplitud  de la lista  de la exhaustiva bibliografía consultada por Arturo para escribirlo (solidez intelectual que no me sorprendió por la profesionalidad que demostró, hace ya más de veinte años, en nuestra intensa cooperación laboral durante los cuatro de trabajo conjunto asignados a un proyecto corporativo faraónico e imposible de ejecutar con éxito, en la empresa en la que entonces trabajábamos) y las notas anexas que incorpora, para empezar a enfrentarme a la responsable tarea de comentar y opinar sobre esta inusual obra, que ostenta como presunto calificativo el subtítulo "Historias pías", lo que en este caso, me permito opinar, resulta menos acorde a la realidad que el "Arbeit Macht Frei" de la entrada en Auschwitz  o la autocalificación de "democrática" para la ya afortunadamente extinta R.D.A., habida cuenta los "guiños y juicios intrínsecos", o explícitos, culturales, éticos, morales, (¿anti?)religiosos, políticos, sociales o hasta  gamberros, en cuyo malabarismo Arturo es un auténtico maestro, que preñan la totalidad de esta obra, obviamente la más "artúrica” entre las suyas que he leído.

Muy pronto comenzó a invadirme la preocupación ante la dificultad de cómo debería enfocar mi  "requerido comentario" en nuestro común Foro a tan inusual libro y, por si me podía inspirar, revisé el que aquí le dediqué en octubre de 2018 a la primera novela publicada por Arturo, "Los cuadernos de Rekalde" , encontrándome  como en aquella ocasión, pero ahora si cabe más "despistado" por la singularidad de "Los treinta y cinco santos de mi vida", con el sentimiento de que también aquí sería aplicable repetir, a pesar del oxímoron que implica ahora reiterar "en mi vida", el mismo lamento de temor con que empecé entonces, que copio: “Confieso que En mi vida me he visto en tanto aprieto...’   parafraseando el inalcanzable modelo de soneto del Fénix de los Ingenios hace cuatro siglos." 

Pero no podemos prever lo que nos reserva el destino y entonces, segunda mitad de agosto de 2024, empezaron de repente a agobiarme, seguidos y casi sin solución de continuidad, varios serios problemas familiares/personales que me forzaron,  ya de entrada, a una adelantada  vuelta de toda la familia a Madrid, cerrando apresuradamente nuestra casa de veraneo ... y dejando allí olvidado, invernando en soledad, mi ejemplar de "Los treinta y cinco santos de mi vida", que sólo pude volver a tener en mis manos a finales de julio de este año, cuando fuimos de nuevo a Las Navas para pasar un reducido veraneo compatible con nuestras crecientes obligaciones familiares residuales tras los muy problemáticos once meses, penosa experiencia que no procede recordar ni aquí relatar.

Una consecuencia de ello es que en este "annus horribilis"  tan sólo me pude liberar de mis casi permanentes obligaciones familiares para, en plan cinéfilo, dedicar un par de días cada mes del curso a la inexcusable, pero revitalizadora para mí, tarea personal de montar y celebrar las sesiones mensuales del Cinefórum sobre ética y valores humanos que tengo el placer y el honor de haber promovido en mi parroquia, Nuestra Señora de la Consolación de Madrid, de cuya inauguración en febrero de 2024 os informé aquí.

Quiero subrayar que desde el principio me había impuesto una promesa formal: no escribiría ningún nuevo comentario en este Foro hasta haberlo hecho para "Los treinta y cinco santos de mi vida", lo que he cumplido con una única excepción: el 31 de diciembre publiqué uno sobre “Becket” (GB 1964, dirigida por Peter Glenville), película que los “Cinéfilos” sabéis que os he comentado que, cuando se estrenó en España y la vi, con mis 15 años, me impactó profundamente y desde entonces siempre la he considerado como la primera obra maestra “adulta” que aprecié como tal en mi vida, tanto por su muy alta calidad cinematográfica como por su interés y fidelidad histórica. Como el 29 de diciembre era el aniversario del asesinato del arzobispo Thomas Becket por cuatro barones normandos en la catedral de Canterbury en 1170 (actuando siguiendo un "implícito deseo" del Rey Enrique II, que anteriormente y durante bastantes años había mantenido a Becket como su más cercano colaborador y hasta amigo personal, llegando a nombrarle Lord Canciller de Inglaterra y posteriormente presionando a los obispos para que fuera consagrado y directamente elevado al muy influyente cargo de Arzobispo Primado del reino, para así controlar de facto a la Iglesia)  la programé para la sesión de ese mes del Cinefórum, ya que me pareció justo y coherente darle ese homenaje personal en este Foro a tan relevante personaje histórico y a una tan apreciada película por parte de la crítica.

Tras esta explicación de las razones que me dificultaron publicar este comentario tan pronto como yo fuera capaz de hacerlo con el debido detalle, que espero no sea considerada por Arturo como vulgares alegaciones en una culpable defensa según la clásica sentencia, "excusatio non petita, accusatio manifesta", por fin he sido capaz de completarlo, tratando de actuar con honestidad crítica, procurando para ello olvidar temporalmente mi amistad y compañerismo con él y venciendo mis reservas, pasando de una vez por todas a opinar sobre "Los treinta y cinco santos de mi vida":

Empiezo por lo más evidente y más que confirmado para mí y para todos los "Cinéfilos" que ya le habéis leído en este Foro o también en sus libros publicados: Arturo escribe formalmente muy bien, porque tiene "madera" de escritor y,  partiendo de un nivel de redacción/relato que ya era muy alto desde sus primeras aportaciones a este Foro hace casi 20 años, cuando posteriormente dio el salto de mero aficionado a autor que publicaba libros y ganaba algunos premios, fue depurando  exquisitamente su manejo de la lengua y estilo hasta llevarlos a un nivel magnífico.

 Entrando en faena: ¿de qué va y cómo trata "Los treinta y cinco santos de mi vida" Arturo? Desde luego no de lo que se interpretaría en un primer intento con ese título, que he de confesar no me parecería el más apropiado, si yo hubiera sido el autor, pero él nos lo aclara inmediatamente después del ya reseñado inicial "Nihil Obstat"  en lo que es de facto el preámbulo del libro, del que extraigo y copio algunos párrafos:

Respecto al subtítulo “Historias pías” declara:  “…hay que reconocer que el subtítulo de este libro puede inducir a error,,, Se inspira más bien en la segunda acepción (de la RAE): ‘Benigna, blanda, misericordiosa, compasiva’ Ojalá que este libro cumpla esas cuatro calificaciones en el tratamiento que hace de las vidas de los santos, no siempre tan ejemplares como debieran”

Estoy plenamente de acuerdo con la necesidad de esa aclaración ya desde el principio porque a mí entender el subtítulo no califica adecuadamente las historias, ya que sólo en muy pocos de los casos de  “santos” se hace referencia a personajes reales o imaginarios que idealmente pudieron haber tenido una historia cabalmente  “pía”,  incluso según la citada segunda acepción de la RAE. Lo sí me consta es que, en la práctica totalidad de los casos que incluye en este libro, Arturo refiere sus correspondientes "historias" con un tratamiento claramente “piadoso”, lo que para mí no es lo mismo. Yo los hubiera calificado  más bien como historias "piadosamente contadas".

Respecto al objeto de la obra, Arturo explícitamente se retrata: “No es éste un libro antirreligioso ni se pretende con él adoctrinar a nadie, sino simplemente entender la vida del protagonista a partir de su relación con santos muy diversos, no todos ellos católicos. Por eso, si hubiera que clasificarlo en alguno de los géneros habituales, se debería incluir en el de las biografías, aunque se podría decir, como Juan Pablo Villalobos: Nada en este libro es cierto, salvo lo que sí." 

Estoy de acuerdo de que la caracterización más adecuada es de biográfico, muy lejos de una biografía, porque todo el libro es formalmente  una selección de retazos de la vida de Arturo que han orientado y modelando su personalidad a lo largo de ella. Mi olfato y nivel de conocimiento del autor me inclinan a opinar que la inmensa mayoría, si no lo son todos, de los hechos relatados son histórica y biográficamente ciertos al 100%, aunque podría ser que no. ¿Sí?, Arturo. Lo que sí aseguro es que este libro en absoluto es un intento de memorias edulcoradas, sino un sincero desvelamiento de su modo de pensar a través de sus opiniones y juicios en estos relatos de experiencias vitales, muy mayoritariamente en viajes, redactados con el personal estilo con que acostumbra a magistralmente describirlos en este Foro.

Desde luego no procede que yo haga una crítica exhaustiva de los extremadamente variopintos "santos" propios que Arturo revisa, casi todos desconocidos previamente para mí, salvo unos pocos que la Iglesia Católica reconoce o reconoció hasta la revisión general del santoral que el autor nos informa aquélla llevó a cabo coincidiendo con la celebración del importante Concilio Vaticano Segundo, depuración en la que eliminó, entre otros muchos, a San Arturo, que era el nombre más usual con que se bautizaba los varones de su familia paterna, lo que causó un enorme disgusto a su muy creyente abuela Amparo, mientras a él, entonces aún preadolescente, le propició una reacción bastante diferente. Este episodio inicial es uno de mis favoritos del libro y, anecdóticamente añado que, como guiño puntual que desvela Arturo, aprecio mucho la coincidencia en nuestro entusiasmo infantil por El Capitán Trueno.

Superada la primera juventud, su interés por descifrar la historia de San Arturo de Irlanda quedó latente en su cerebro durante décadas, hasta el punto de que, tras visitar en 2011 las ruinas de Babilonia, que describe como muy maltratadas tras el paso de las tropas norteamericanas durante la Guerra de Irak (y la posterior rapiña de depredadores locales de antigüedades, complemento yo), se dedicó a buscar in situ posibles referencias sobre dicho santo, fraile trinitario del siglo XIII (que había dedicando su vida a uno de los fines principales de su Orden, liberar  a prisioneros cristianos en poder de los turcos, dominantes de la costa oriental y sur del Mediterráneo tras las últimas cruzadas, mediante el pago de rescates) para tratar de contrastar si realmente el presunto San Arturo murió quemado vivo en ese lugar, según afirmaba la piadosa y nunca demostrada tradición cristiana, pero su tocayo actual no consiguió llegar a ninguna conclusión histórica fundamentada tras su investigación.

A fuer de honesto y respetuoso con los lectores de este Foro, como mínima corrección histórica debo señalar que, según creo saber, Babilonia nunca fue capital de Asiria, como se califica en el libro, sino principalmente Nínive que, tras perder una definitiva guerra contra una victoriosa coalición, capitaneada precisamente por Babiloniafue arrasada hasta hacerla desaparecer, convirtiendo sus restos en una irreconocible colina, derramando los vencedores en dicha venganza todo el odio acumulado contra la predominante Asiria, que durante los dos siglos anteriores había sometido por medio de la fuerza y calculado terror a sus derrotados vecinos, crueles actuaciones de las que soberbiamente se jactaban los reyes asirios en las imágenes esculpidas en los relieves de sus monumentos y en sus escritos históricos. Aconsejo fervientemente ver/oir, sobre ese tema, la excelente conferencia de la Fundación Juan March accesible en este enlace.

Entre los 35 "santos" de Arturo destaca el relato del sorprendente caso del robo de una más que singular "presunta reliquia", "El divino prepucio", que Arturo acredita bien (hecho que llegó a su conocimiento al leer un artículo periodístico,"Robano una reliquia a Calcata" en L'Observatore Romano del 29.12.1984, ejemplar que, por puro azar, consiguió como única prensa occidental en los complicados días de reclusión en su hotel mientras duró una seria agitación popular callejera marroquí, coincidente con una estancia profesional suya en Casablanca para resolver temas de garantía técnica de un buque de guerra construido por la  empresa en que trabajaba, Bazán, para la Armada de Marruecos).

Quiero subrayar que este es un caso cuya esencia me produce, como cristiano, la vergüenza mental de que algunos sectores ultratradicionalistas de la Iglesia Católica mantuviesen aún, en los años finales del siglo XX, su creencia en la devoción ante semejante "presunta reliquia" de imposible certificación (respecto a este pasaje del libro, quiero advertirle a Arturo que debe haber una errata en las fechas, ya que afirma que lo leyó en un viaje de enero de 1984 y dicho ejemplar era del 29 de diciembre de ese mismo año, según la lista de bibliografía que adjunta, aunque a mí me gustaría poder imaginar que ese ejemplar hubiera sido realmente del día anterior...y entonces el conjunto de la anécdota resultaría una inocentada de lo más berlangaliana y coherente con la fecha). 

Pero a mí, el santo de Arturo que más me gusta, por haber conocido su entrañablemente "enxebre" santuario a 35 kms al norte de Ferrol, es San Andrés de Teixido, donde "vai de morto quen non foi de vivo", que dice la tradicional sentencia galaica, santo al que le dedica un muy interesante capítulo con referencias que llegan hasta a San Brandán y sus catorce compañeros, navegantes audaces por Fisnis Terrae ...¿y más allá?

En cambio, confieso mi total falta de devoción por la gran mayoría de los otros "santos" de Arturo, así  San Geranín de León, en mi opinión no más milagroso que el ovetense Francisco Serrano (fundador del Anís la Asturiana, abuelo o más probablemente  bisabuelo de Vicky, esposa de mi entrañable compañero en ASTANO, y luego en H. J. Barreras de Vigo, Jorge Sors)  y aún mucho menos fe en los Orixás brasileños, ni en los mexicanos la Santa Muerte, San (sic) La Muerte (que no es la misma),  la Flaca, la Niña Blanca, el Ángel de la Muerte o la Llorona (ésta la añado yo, por si se siente despreciada al no aparecer en el libro y se le ocurre visitarnos)  y por supuesto jamás me hubiera jugado el cuello, posibilidad bastante realista caso de  haber sido descubierto, por peregrinar simulando ser creyente hasta la muy sagrada tumba de un imán en Mashad, en la audaz visita que Arturo nos relata... y yo le creo al 100%.  

No considero que proceda hablar de todos los demás "santos" que aparecen en el libro (entre los 35 yo podría echar de menos, quizás, a un San Arturo de Mugardos, del que no tengo más noticias que las mínimas que el autor incluye en sus relatos) pero como Arturo lo inicia con una valientemente honesta cita de Quevedo "No he de callar por más que con el dedo, ya tocando boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo" , tengo que actuar consecuentemente y para darle mejor forma literaria a mi "pero" le tomo prestado a Javier Marías (DEP, creo que era el escritor vivo favorito de nuestra colega Cinéfila Ana Moya, siendo también admirado por muchos otros) el impactante  arranque de su muy premiada novela "Corazón tan blanco", que os comparto

"No he querido saber, pero he sabido..." que K es uno de los santos que  "se le apareció" a Arturo, aunque lamentablemente no era el de Kafka. Por los pocos pero muy significativos datos sobre él que nos desvela en su libro,  yo estimo que K era fenotípicamente apto para ser fichado tanto por el Ku Klux Klan como por la KGB, porque la vida y la Historia, con mayúsculas, tanto la pasada como la más reciente, enseñan que ya sea navegando hacia el extremo oriental o al occidental del océano ideológico se llega a caer irremediablemente por las mismas cataratas del infierno de 1984, como advirtió mi muy admirado George Orwell, desde que me deslumbró cuando leí sus obras maestras "Rebelión en la granja" "1984", y varios años más tarde también "Homenaje a Cataluña", a pesar de haber sido escrita en primer lugar, que he vuelto a releer en 2023.  

Quiero declarar que admiro enormemente la honestidad de quienes recriminan éticamente a "los suyos" cuando, estando éstos ya en el poder, no se comportan conforme a los ideales que antes de alcanzarlo habían predicado, copiando los malos comportamientos de "los otros", que habían criticado como deleznables con anterioridad. En tanto cuanto creo saber, quiero citar como ejemplares a una corta muestra de tres honestos personajes públicos en la convulsa España del siglo pasado:

  • El gran intelectual y activo partidario en la proclamación de la república José Ortega y Gasset con su muy reconocido posterior "No es esto" en diciembre de 1931.
  •  Las fuertes críticas éticas del ex Presidente de las Cortes de la República y veterano catedrático socialista Julián Besteiro protestando por la inhibición del Gobierno ante las masivas ejecuciones revolucionarias de presuntos civiles derechistas, especialmente en el otoño de 1936 en Madrid, durante la Guerra Civil
  • El falangista Dionisio Ridruejo, que tras la victoria de los "suyos" en dicha nefasta guerra, al contrastar la incoherencia entre sus ideales juveniles con la realidad  franquista, evolucionó públicamente hacia la socialdemocracia en los mediados 40s, llegando a ser desterrado gubernamentalmente en 1947 por ello,  permaneciendo voluntariamente defenestrado en la "oposición democrática" 30 años, hasta su muerte en junio de 1975. 

Aclaro que a mí no se me apareció físicamente ningún K, pero sí capté mensajes y ecos de compañeros suyos durante la revolucionaria primavera de 1968, estando ya en la Universidad (soy de 1950, creo que tres años mayor que Arturo). Tratando de distinguir dónde estaba el correcto camino existencial, me situé imaginariamente en el Check Point Charlie delante del Muro de Berlín y me pregunté: Por lo que ves, ¿está construido para evitar que las masas obreras oprimidas de Occidente intenten entrar en la RDA o que las de ésta escapen hacia la capitalista RFA? Era absolutamente obvio lo segundo, como demuestran los datos, siempre me ha interesado mucho la Historia, y como no mucho después fue cuando descubrí la obra del inicialmente radical anarco/sindicalista y voluntario combatiente en una columna del POUM  durante nuestra Guerra Civil, George Orwell, asumí una dura lección de realidad: No hay nada más peligroso para la Libertad que un falso libertador

Como esto nació como un Foro de Cine, acabo con una adaptación de la frase final, que escribo de memoria, "Cuídate de los ingleses",  que le dirige un maduro creyente amish al protagonista, honesto policía, en la excelente película "Único testigo" (dir. Peter Weir, USA 1985). Creo que habría sido deseable que Arturo hubiera tenido un encuentro casual con unos ángeles, o brujas, como sí le pasó a Macbeth, y le hubieran advertido "Cuídate de K", porque el "cianuro potásico", KCN,  ha demostrado ser mortal de necesidad para la Libertad en  la vida de los otros  (vamos del pueblo normal, desde luego no para la empoderada "nomenklatura" gobernante, que escribíamos con "k" cuando éramos jóvenes) en todos los países donde se ha aplicado como medicina social durante los últimos cien años.   

Concluyo: 

"Los treinta y cinco santos de mi vida" es un muy interesante libro, honestamente autobiográfico de Arturo, en el que se sincera sin tapujos, estando redactado con su habitual  excelente estilo. Aconsejo mucho conseguirlo y leerlo a quien desee conocerle más profundamente. Arturo incluye en el mismo un correo propio de contacto, para conseguirlo los interesados que no lo encuentren en su librería local arturocadiz@yahoo.es

Buena Literatura, Amigos.

Manrique

PD. Respecto a la inicial cita de Quevedo que insertó Arturo: Para los que nunca visteis "El caballero de las espuelas de oro", espléndida obra de teatro de Alejandro Casona con Quevedo como personaje principal impartiendo una histórica lección de enorme honestidad ciudadana en el corrupto siglo XVII español... aplicable al XX o al XXI. 

Yo la disfruté dos veces en Madrid: a mis 14 años en su temporada de estreno en 1964, en el teatro Bellas Artes y 30 años después en 1994, en el Teatro Español. Si os interesara, os aconsejo recuperarla y verla desde este enlace del añorado Estudio 1 de RTVEemisión que se hizo con motivo de la muerte de Alejandro Casona (manteniendo el mismo gran actor que actuó de protagonista en el Bellas Artes, José María Rodero) cuando TVE nos ofrecía semanalmente una obra de teatro, a las 10 de la noche de los lunes, creo. Recuerdo como me impactaron "Antígona", "La fundación"...y muchas más, que están accesibles a través del enlace anterior.

Arturo, espero que veas "El caballero de las espuelas de oro" y apostaría que te gustará. Si así fuera, coméntala aquí. ¿Vale?


jueves, 17 de abril de 2025

Hair

Durante años, en mi adolescencia, tuve la fortuna de que mi hermano, cinco años mayor, compartiera conmigo sus descubrimientos musicales —entre otras muchas cosas. No sé qué hubiera sido de mí sin él. Posiblemente, mi vida habría sido más gris, más plana, más aburrida. Carlos escuchaba infinidad de programas de radio: era, para nosotros, la forma más barata y emocionante de obtener información. Así supe que a Cádiz llegaría un musical llamado Hair. Corría el año 1977. Carlos ya era hippie; yo iba camino de serlo, aunque no me resultaba fácil porque ni mi madre ni mi novio estaban por la labor… y mucho menos las monjas del colegio. Aun así, mi estética ya había evolucionado hacia 'las flores en el pelo al viento'.

No recuerdo con exactitud cómo sucedió, pero fui con varias amigas del colegio a la plaza del Falla. El musical se representaba allí, en ese apreciado teatro. No teníamos pensado entrar, nuestros padres no lo hubieran permitido; en aquella obra se hablaba abiertamente de amor libre, sexo, interracialidad, drogas... ¡¿Cómo?! Y, para colmo, los actores se desnudaban en escena. ¡Qué escándalo! Yo podría haber roto las reglas y prohibiciones, como en otras ocasiones, para ir a verla, pero no tenía dinero. Me conformé con esperar en la plaza y mirar, embelesada, el cartel anunciador.

Pero la vida —que siempre ha sabido sorprenderme desde muy pequeña— también lo hizo aquella tarde. De pronto, un grupo numeroso de jóvenes apareció: era el elenco de Hair. ¡Allí estaban! Se arremolinaron entre quienes nos encontrábamos en la plaza y, sin previo aviso, comenzaron a cantar las estrofas finales de “Let the Sun Shine In!”. Caras sonrientes, gestos abiertos, manos suaves, pelos al viento, pies descalzos, miradas limpias. Fue un regalo inesperado que me arropó como un abrazo envuelto en papel de seda.

Anoche, casi cincuenta años después, aburrida mientras hacía zapping, me sobresalté: ¡Hair, en una cadena de Movistar! No la había vuelto a ver desde que la vi en el cine a principios de los ochenta. ¿Cómo había pasado tanto tiempo sin volver a verla? y eso que he cantado “Let the Sun Shine In!” en mil ocasiones: cuando en una peluquería de barrio en Madrid me frieron el pelo por error y salí con una melena afro; o cuando me canso de escuchar eso de “¡qué largo tienes el pelo!” o “¿cuándo te lo vas a cortar?” o "¡qué pelos, hija!". En lugar de mandarles a paseo, sonrío y pienso: let the sun shine in. Incluso cuando la vida me pesa, canto: let the sun shine in.

Volví a cantarla anoche. Vi una película antibélica magistral, llena de contrastes. Descarnada. Desnuda. Valiente. Contestataria. Bella, plástica, imposible de olvidar, con una banda sonora que te agita y te cala hasta el alma. Con un elenco impecable. El amor, la amistad, la compasión y la vida compiten con el riesgo, la pérdida y la muerte. De principio a fin te mira y te pregunta, desafiante: ¿Y tú, qué?

Dicen que Hair fue el musical que revolucionó el mundo. Yo creo que no. Si lo hubiera hecho de verdad, hoy no estaríamos sentados, viendo guerras en directo mientras nos tomamos la sopa.

Carlos pertenecerá para siempre a la Era de Acuario. Subió, por error, a un avión sin retorno. Vivir al filo de la vida le costó la suya. Y marcó la mía.

Deja que entre el sol, Marga.





jueves, 13 de febrero de 2025

Torres del Paine

   A la mañana siguiente recogimos un coche de alquiler y salimos hacia la joya del viaje, el Parque Nacional Torres del Paine. Sus más de ciento ochenta mil hectáreas fueron declaradas Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1978. Las crestas del macizo central son uno de los iconos más representativos de Patagonia, apareciendo incluso en el billete de mil pesos del Banco Central de Chile.     

   Sus numerosos ríos, arroyos, lagos, lagunas, cascadas y saltos tienen su origen en el campo de hielo patagónico sur, tercera masa de hielo del mundo después de la Antártica y de Groenlandia, con una superficie de más de trece mil kilómetros cuadrados, el doble de extensión que la provincia de Cádiz.

   Antes de lanzarnos a la carretera llenamos el depósito hasta arriba, porque ni en todo el parque ni en sus alrededores había una estación de servicio, como pudimos comprobar al día siguiente. El tiempo era tan malo como en días anteriores, con una lluvia intermitente que caía de un cielo permanentemente encapotado.

   Condujimos por una carretera, en la que se alternaban los tramos sin asfaltar con los llenos de baches, hasta la Portería Serrano, uno de los dos únicos accesos al Parque. Después de que nos visaran las entradas que habíamos comprado por Internet y de informarnos sobre el estado de las pistas y sobre los senderos que estaban abiertos, nos adentramos en el parque. El parque, como muchos otros de Chile, en su intento de preservar los ecosistemas allí presentes limita mucho las actividades permitidas a los visitantes. No solo no se puede tirar basura, molestar a los animales o hacer fuego, sino que solo se permite caminar por los senderos oficialmente abiertos o acampar, aparcar el coche y pescar en los lugares establecidos. Resumiendo la extensa normativa que se expone en los puntos de entrada, está prohibido todo lo que no está expresamente permitido. Se insiste en el peligro de caminar solo o con poca luz o perder de vista a los niños, debido a la abundancia de pumas.

   Cerca de la Guardería se encuentra el falso pueblo de Río Serrano, un simple conjunto de hoteles, campings y edificios de apartamentos sin personalidad, asentados sobre un paisaje espectacular. Mientras recorríamos la zona, los picos jugaban al escondite entre las nubes. Cada vez que aparecían, nos parábamos al borde de la pista e intentábamos fotografiarlos.

   Son montañas viejas, con una larga historia que se refleja en su estructura geológica. La base es de granito, una roca ígnea procedente de erupciones volcánicas que se pierden en el tiempo. Aquellas moles se fueron hundiendo hasta quedar debajo del nivel del mar, donde comenzó su segunda etapa, atestiguada por las rocas sedimentarias que forman las capas más altas del macizo.

   Recorrimos un par de senderos bajo la llovizna, haciendo el tiempo hasta la hora de embarque para una navegación por el Lago Grey. Tuvimos que esperar más de una hora comiendo nuestros tradicionales bocadillos de queso y salchichón hasta que el piloto del catamarán confirmó que las condiciones atmosféricas permitían la navegación y nos dieron la luz verde para el largo paseo hasta el embarcadero.

   Tardamos casi una hora en llegar hasta el punto de amarre del catamarán, recorriendo una lengua de grava y arena que hace muchos años fue la morrena terminal del glaciar Grey. En ese recorrido fuimos conscientes de la gran afluencia de turistas a este parque, muy superior a la de la Carretera Austral. En el barco éramos algo más de cien pasajeros, frente a los entre diez y veinte de anteriores travesías. Lo mismo nos encontramos en todas las paradas que hicimos en diversos puntos del parque: si en la Austral nos molestaba ver otro coche aparcado en donde queríamos hacer una foto, aquí era normal coincidir en un mirador con dos o tres autobuses y media docena de furgonetas. En el barco que nos llevó hasta el glaciar Grey había que hacer cola para sacarse una foto en la proa.

   La navegación nos llevó hasta los tres brazos en los que en la actualidad se divide el glaciar antes de fundirse en el lago del mismo nombre; el guía de la excursión nos contó que, hacía pocos años, el glaciar aún presentaba un frente único, con la isla central totalmente cubierta por la lengua de hielo.

   Durante el recorrido en barco estuvimos charlando con un periodista brasileño, muy hablador y divertido, que cuando supo que nosotros también éramos de izquierdas les dijo a unos turistas chinos que todos éramos comunistas; los chinos se limitaron a mirarnos horrorizados.

   Marcelo, que así se llamaba el periodista, nos contó que la víspera había caminado con su mujer y sus dos hijos hasta el campo base de las ascensiones al macizo Paine; que habían llegado a dormir a Puerto Natales muy tarde y agotados y que se habían olvidado de cargar más gasolina. Su única alternativa, si no conseguían que alguien le vendiera unos litros, era intentar llegar lo más cerca que pudieran de Puerto Natales, quedarse a dormir en el coche cuando se les acabara la gasolina y, a la mañana siguiente, conseguir que alguien los llevara a la gasolinera.

   Cuando le dijimos que nosotros teníamos gasolina de sobras y que le regalábamos los cinco litros que necesitaba, casi se pone a llorar de la emoción. Entre apelaciones a la solidaridad entre los pueblos y explicaciones a los chinos de que estos comunistas —aquí nos señalaba a nosotros— le iban a solucionar el problema, llegamos de vuelta al aparcamiento. Por desgracia, parece ser que el depósito de gasolina de nuestro coche tenía un dispositivo antirrobo, porque Marcelo no fue capaz de absorber combustible para el suyo. Allí lo dejamos, preocupados por su suerte pero seguros de que, con su labia, encontraría alguna solución.

   Justo en ese momento se abrieron un poco las nubes y pudimos echarle una ojeada a las Torres del Paine.

   Todavía nos quedaban casi cien kilómetros para llegar a nuestro alojamiento. Circulamos por una pista de ripio que bordeaba el Parque Nacional por el sur, a través de una estepa entreverada con matorral preandino, en el que la mayoría de los plantas presentaba adaptaciones destinadas a economizar agua, pues estaban expuestos al embate directo del viento. A esa hora mágica del atardecer, vimos muchas liebres al borde de la pista, que parecían tan sorprendidas como nosotros. Llegando ya a la estancia, pasamos junto a un armadillo que huyó a toda velocidad.

   En la estancia nos asignaron una cabaña de madera con altillo, auténticamente patagónica. El viento helado, sin obstáculos en aquella llanura inacabable, se colaba por todos los resquicios y las vigas que soportaban el altillo eran tan bajas que me pegué varios golpes en la cabeza hasta que me acostumbré a caminar encogido.

   Mientras esperábamos a que nos sirviera la cena, la garzona nos contó que procedía del valle del río Simpson, de un pueblo muy cerca de Coyhaique, a más de mil kilómetros de allí. Se emocionó cuando le dijimos que conocíamos aquella zona. Al día siguiente, después de varios meses sin salir de la estancia, se iría de vacaciones a su pueblo en un largo viaje en autobús y avión. Sus padres estaban separados y ella se había criado con su padre, antiguo chef de un restaurante que se había establecido por su cuenta con un carrito de comida callejera. Ella había aprendido el oficio ayudando a su padre.

   A la mañana siguiente, durante el desayuno, se quedó muy preocupada cuando le pedimos que retirara la leche y los cereales, que no íbamos a consumir. Toda su queja era que no se lo hubiéramos dicho la noche anterior, y nos hizo prometer que no pondríamos un comentario desfavorable en Booking.

   Había amanecido un día espléndido y queríamos aprovechar al máximo nuestro último día en el Parque. El fuerte viento que había estado soplando toda la noche y que nos había despertado varias veces, había barrido las nubes y las montañas brillaban. Esperábamos ver claramente el macizo del Paine, que hasta entonces solo habíamos imaginado entre las nubes.

   Iniciamos el recorrido por la ruta 9, una carretera perfectamente asfaltada que conduce desde Punta Arenas hasta la frontera argentina. A poco de salir de la estancia vimos un gran rebaño de guanacos, pastando dentro de una alambrada. Pensamos que los criaban en cautividad para aprovechar su carne o su lana, hasta que vimos la facilidad con que saltaban los alambres de espino. Eran guanacos salvajes, que preferían comer los pastos destinados a las ovejas que los más secos de los terrenos libres.

   A poco de entrar en el Parque Nacional, desde el mirador de Lago Sarmiento y rodeados de docenas de turistas procedentes de Puerto Natales, vimos nuestro primer cóndor volando en solitario.

   Seguimos conduciendo y parando cada pocos kilómetros para hacer fotos: más guanacos, lagos, picos y, por fin, las Torres, que en aquel momento brillaban bajo un sol espléndido. Eran las imágenes ansiadas, pero a mí me gustaron más las de días anteriores, en que los picos solamente de entreveían semiocultos entre las nubes y la niebla.   

   De mirador en mirador y de lago en lago llegamos al arranque del sendero por el que queríamos caminar aquella mañana, con pocas pendientes y un recorrido no demasiado largo, ideal para nosotros que comenzábamos a acusar el cansancio de tantos días de viaje. Desde el aparcamiento nos acercamos primero al Salto Grande, en realidad una serie de rápidos y pequeñas cataratas que permitían que el lago Nordenkjold desaguara en el lago Pehoé.




   Desde allí, por un sendero más estrecho y mucho menos concurrido, seguimos paseando en medio de una vegetación arbustiva muy variada (chauras, calafates, misarguillos) y de árboles calcinados.

   Los tres últimos incendios de grandes proporciones fueron causados por las imprudencias de sendos turistas: un japonés, un checo y un israelí, que encendieron fuego incumpliendo la normativa del parque nacional. En 2005, un excursionista checo derribó por accidente una estufa de gas; en el incendio consiguiente se quemaron quince mil hectáreas de bosque de crecimiento lento. El gobierno checo pidió disculpas oficialmente y financió la repoblación de treinta mil árboles en las zonas quemadas. En 2011 fue un turista israelí el que quemó papel higiénico en mitad de un bosque a orillas del lago Grey, ardiendo diecisiete mil hectáreas. Pocos meses después, un japonés causó un incendio todavía mayor al dejar una colilla mal apagada en una zona en la que estaba prohibido fumar. Todavía se está esperando la reacción de los gobiernos israelí y japonés.

   Llegamos así al final de sendero, el llamado Mirador de los Cuernos, en el que se contemplaba un primer plano del macizo del Paine sobre las aguas turquesas del Nordenkjold. Más de una hora nos quedamos allí, disfrutando del paisaje y haciendo fotos.  

   A poco de comenzar el regreso hacia el estacionamiento, oímos una llamada que podía ser de algún pájaro y que se repetía cada poco rato. Buscando entre la maleza, vimos el causante en lo alto de una colina: un zorro gris, al que allí llaman chilla. Según nos explicaron unos chilenos, la madre dejaba a sus crías solas cuando se iba de caza y cuando regresaba las llamaba con aquel chillido tan agudo.

    En el aparcamiento nos comimos nuestro habitual bocadillo de queso y salchichón, que eché de menos los primeros días de vuelta en Cádiz, y reanudamos nuestro recorrido en coche. Desde la carretera vimos un hotel con buena pinta y pensamos entrar a tomar un café; era el Explora Patagonia Salto Chico. Nos costó encontrar el acceso principal, discreto como si fuera la entrada de servicio. Dentro no había mostrador de recepción, y nosotros seguimos avanzando por un largo pasillo. Al encontrarnos con un chico vestido con un forro polar del hotel, le preguntamos dónde estaba la cafetería para poder tomar un café. Nos acompañó hasta un salón con una cristalera enorme, orientada hacia el lago Pehoé y el macizo del Paine, y le indicó al camarero que nos atendiera.

   El camarero nos trajo la infusión y el agua con gas que le pedimos, acompañadas con pastelillos y pistachos. Se acercó varias veces a nuestra mesa por si queríamos algo más y, cuando le dijimos que la infusión estaba muy rica, nos trajo una bolsita de las mismas hierbas, regalo de la casa para que nos recuerden cuando regresen a su país, según nos indicó.

   Estuvimos un buen rato disfrutando de las vistas y el mismo camarero nos explicó cuáles eran cada uno de los picos que veíamos enfrente: Paine Grande (el de mayor altura, con más de tres mil metros sobre el nivel del mar), Paine Chico, Torres del Paine, Cuernos del Paine, Cerro Fortaleza, Cerro Catedral y Cerro Escudo.

   Cuando le pedimos la cuenta pensando en el palo que nos iban a pegar, nos dijo que aquel era un hotel “todo incluido”, que no tenían caja y que estábamos invitados. Supongo que le recordamos a sus padres y decidió tener un detalle con un matrimonio tan mayor y tan despistado.

   Luego busqué el hotel en internet y vi que la habitación costaba tres mil euros por noche, que la estancia mínima era de tres noches y que el precio incluía, por supuesto, pensión completa y barra libre; todas las excursiones que se organizaban diariamente y hasta los traslados a y del aeropuerto de Punta Arenas, a más de trescientos kilómetros de distancia.

   Con tan buen sabor de boca abandonamos el Parque y nos dirigimos a la estancia en la que estábamos alojados, desde la que al día siguiente emprenderíamos el regreso a Puerto Natales, Punta Arenas, Santiago y, finalmente, Cádiz. Comenzábamos a ver el final de nuestro viaje.

  Por la mañana condujimos hasta Puerto Natales, donde devolvimos el coche de alquiler, y tomamos un autobús al aeropuerto de Punta Arenas. Como era Nochebuena y temíamos no encontrar nada abierto al aterrizar en Santiago, en el mismo bar del aeropuerto compramos unas empanadillas y unos sándwiches de pan de miga que serían nuestra única cena.

   Tuvimos la suerte de que la casi totalidad del vuelo de vuelta a Santiago transcurriera antes de la puesta del sol. Eso, y el haber elegido asientos en el lado derecho del avión, nos permitió disfrutar durante más de una hora de unas vistas irrepetibles. Sobrevolamos los campos de hielos patagónicos, que se extienden entre los Andes y el mar a lo largo de más de mil kilómetros, y que son los que impiden la comunicación por tierra entre el norte y el sur de Patagonia.

   Desde la comodidad y la relativa seguridad de un asiento de avión se apreciaba perfectamente la inmensidad y el salvajismo de las cordilleras. A lo lejos se veían cientos, quizás miles, de picos cubiertos de nieve, de los que descendían glaciares y ríos que desembocaban en un laberinto de lagos y fiordos. Parecía imposible explorar aquel territorio sin límites y a mí me gustaba pensar que muchos de aquellos valles glaciares no habían sido nunca pisados por el hombre y que nadie había escalado gran parte de aquellos picos.

   Ahora me daba cuenta de que los lugares tan impresionantes que habíamos recorrido días antes (el volcán Chaitén, el glaciar de San Rafael, las Torres del Paine) no eran sino una mínima parte de aquel inmenso país.

   Podía seguir hablando de nuestro regreso a Santiago, de la Casa de la Memoria, de las innumerables librerías, del barrio París-Londres, del Yungay o de la Peluquería Francesa, pero creo que con esto es suficiente. Si estos cuadernos os han abierto la curiosidad, solo me queda recomendaros que viajéis hasta allí.

   Pero esa sería otra historia y no seré yo quien la cuente.


lunes, 10 de febrero de 2025

Estrecho de Magallanes

      Punta Arenas ya no es, como escribe Carlos Gamerro en La jaula de los onas, “la sentina del planeta hacia la que se escurren los desechos humanos que van barriendo las corrientes y los vientos de todos los rincones de Europa y América”, pero paseando por sus calles inhóspitas batidas por el viento se intuye que la vida allí nunca ha sido fácil.

   La ciudad, construida en la orilla norte del estrecho de Magallanes, entre una pampa desolada y un mar siempre tormentoso, fue fundada a mediados del siglo XIX para cumplir una doble misión: afianzar el control del estado chileno sobre un territorio tan alejado de la capital y encerrar, sin posibilidad alguna de escapatoria, a los presos más peligrosos o más díscolos.

   Una vez aniquiladas las poblaciones indígenas pertenecientes a distintas culturas nómadas, como los selk'nam, los yaganes, los aonikenk o tehuelches y los kaweskar o alacalufes, y sofocados varios motines de los presos, se favoreció la llegada de inmigrantes chilotas y europeos. Entre ellos destacaba una importante colonia croata, de la que proceden tanto el actual presidente de Chile, Gabriel Boric, como el escritor Antonio Skármeta.

   Siendo la ciudad más austral del continente americano, no es de extrañar que la hayan declarado capital de la Antártida chilena y que sea el principal punto de partida para los buques científicos, turísticos o de suministro que se dirigen al continente antártico.

   Nosotros aterrizamos allí a media tarde de un día ventoso y lluvioso. En cuanto deshicimos el equipaje bajamos hacia el centro de la ciudad, en cuya plaza de Armas se levantan los principales edificios históricos, como la Casa de España y el antiguo palacio de Sara Braun, convertido ahora en sede del Club de la Unión y del Hotel Nogueiras. Antes de viajar a Punta Arenas nos habían contado que en esta plaza había unas cuerdas a las que agarrarse para no ser derribados por el viento, pero cuando preguntamos por ellas nos dijeron que solo se instalaban “cuando hacía viento”, no con la brisa de sesenta o setenta kilómetros por hora de la que disfrutábamos en aquellos momentos.

   Nos refugiamos en el sótano del hotel Nogueiras, donde encontramos uno de los locales más agradables de Puerto Natales: la concurridísima Taberna de la Unión, en la que cuatro bármanes trabajaban sin descanso para preparar los cócteles que luego servían una legión de camareras.

Mientras bebíamos y observábamos el ambiente, recordé los diarios de Sir Francis Chichester, quizás el más grande navegante solitario de todos los tiempos. Describe los impresionantes temporales que son habituales en estas latitudes, ya que el paralelo 60 sur es el único punto del planeta en que los vientos pueden girar y crecer entre la Antártida al sur y cabo de Hornos, cabo de Buena Esperanza y Tasmania al norte sin tropezar con ninguna tierra en su camino.

   Otro de los edificios notables de la plaza es el antiguo palacio de José Menéndez, conocido como Rey de la Patagonia. Menéndez, nacido en Asturias, emigró a Argentina con solo catorce años, pasando luego a Puerto Natales, donde se estableció. Él fue el primero al que se le ocurrió traer ovejas de las Malvinas y dedicarse a su cría para la venta de lana. Los negocios le fueron bien y poco a poco fue ampliando sus tierras, llegando a ser propietario de casi medio millón de hectáreas solo en la Isla Grande de Tierra de Fuego; luego amplió sus negocios al comercio en general, el transporte marítimo y el enlatado de carne para exportación. Numerosos testimonios lo acusan a él y a otros grandes hacendados de haber participado o al menos favorecido el exterminio de los indios selk’nam, bajo el pretexto de que eran ladrones de ganado. No podemos olvidar que los indios eran los verdaderos propietarios de las tierras y que consideraban a las ovejas como una más de las piezas de caza de las que se habían alimentado desde siempre. Esto escribía uno de sus empleados en 1898: …Tenemos quince soldados aquí cuyo deber es cazar indios. Ocho de nosotros salimos de aquí una noche y viajamos al sur, pasado Punta María, con un indio que nos guía, llegamos al punto más cercano al campamento indio, dejamos los caballos y caminamos una hora y veinte minutos a través del monte y pillamos alrededor de setenta. Voy a correr el velo sobre los siguientes cinco minutos y dejarlo que suponga el resto…

   Las mujeres y niños que no fueron asesinadas por estas bandas quedaron bajo la protección de las misiones salesianas, donde la mayoría morían en poco tiempo por las epidemias que se cebaban en ellos. Algunos acabaron exhibidos en París, Madrid, Berlín, Londres o Chicago como atracciones de circo, anunciados como “el último escalón del salvajismo”. Metidos en jaulas, solo les daban cane cruda para comer, para reforzar la imagen de degradación que buscaban los empresarios.

   El clima desapacible y el madrugón que nos esperaba nos empujaron a acostarnos casi de día, cosa fácil si tenemos en cuenta que en diciembre el sol se pone después de las diez.

   A las seis y media de la mañana del día siguiente, ya completamente amanecido, nos presentamos en las oficinas de la agencia con la que habíamos contratado una excusión a la pingüinera de Isla Magdalena. Aunque llevábamos la excursión reservada y pagada desde España, el proceso de registro y embarque resultó largo y caótico. Al parecer, el conductor de uno de los autobuses que nos llevarían a Cabo Negro, nuestro embarcadero, no se había presentado al trabajo esa mañana, y las gestiones para reemplazarlo nos hicieron perder una hora.

   Al bajar del autobús para embarcar en las tres lanchas que nos acercarían a la isla, nos dimos cuenta de que, por primera vez en todo el viaje, éramos los mayores del grupo, en el que predominaban los turistas de habla inglesa. Durante la navegación de ida, cruzando el estrecho de Magallanes, nos recordaron las normas de conducta durante la visita. No se podía comer, tirar basura, ofrecer comida a los pingüinos ni molestarlos de ninguna manera, pues si se sentían en peligro podían ser muy agresivos, pese a su pequeño tamaño.

   En la isla, en realidad un islote de menos de dos kilómetros de largo, viven dos guardias del Parque Natural, sesenta mil pingüinos y un número indeterminado pero muy grande de gaviotas. Para proteger la reproducción de ambas especies de aves, el número de visitantes está limitado y solo se puede recorrer la isla sin salirse de un sendero circular perfectamente señalizado y vigilado por los guardias.  

   Toda la isla estaba cubierta de nidos, plumas y deyecciones de los pingüinos, el famoso guano, con un fuerte olor a gallinero. En el aire sonaban las llamadas de los machos, que se quedaban cuidando de los nidos, para orientar a las hembras, que salían al mar a pescar para alimentar a las crías. Los nidos estaban excavados en el suelo, a muy poca profundidad, y se podían distinguir perfectamente a los polluelos que se refugiaban en ellos del viento constante. Resultaba divertido ver a las hembras caminar hacia el mar, con unos andares dificultosos. Al verlas, comprendí por qué los indígenas selk’nam llamaron pingüinos a las primeras monjas que llegaron a sus tierras. También nos hacían reír cuando salían del agua, torpes como bañistas obesas.

Los pollos de los pingüinos ya alcanzaban prácticamente el tamaño de los ejemplares adultos y solo se distinguían de ellos por el color grisáceo y no negro de sus cabezas. En cambio, los de las gaviotas australes eran mucho más pequeños que sus madres y estaban todavía cubiertos de un plumón grisáceo. Las gaviotas no construyen un nido propiamente dicho, sino que anidan directamente en el suelo y protegen a los polluelos bajo su cuerpo.

   Finalizó la hora concedida para visitar la isla y tuvimos que regresar a nuestras lanchas. Por desgracia, el estado de la mar había empeorado y no pudimos acercarnos a isla Marta para ver la colonia de lobos marinos que habita allí.

   De vuelta en Punta Arenas, nos acercamos al cementerio municipal, “el más bonito del mundo” según los carteles a su entrada. Creo que he visitado otros más bonitos, como el de Luarca o el Novodévichi, pero en este resultaba curioso la cantidad de apellidos croatas que se leían en las lápidas, los grandes panteones de las familias más ricas (Braun, Menéndez,…) y los panteones colectivos, sin símbolos religiosos, construidos por las distintas sociedades de socorros mutuos para sepultar a sus miembros menos afortunados.

   También paseamos por la Costanera, al borde del estrecho de Magallanes, donde leímos la historia del piloto Luis Pardo que, al mando del patrullero Yelcho, en 1916 rescató de isla Elefante a los veintidós supervivientes de la expedición transantártica del explorador Sir Ernest Shackleton, cuyo buque Endurance había naufragado nueve meses antes.

   No nos dio tiempo a acercarnos a Bahía Inútil, cuyo nombre fue elegido en 1827 por el capitán Phillip Parker King al comprobar que la bahía no ofrecía posibilidad “ni de anclaje ni de refugio, ni cualquier otra ventaja para el navegante”. Casi cien años después, Alejandro Zambra elegiría este nombre como título de uno de sus libros de poemas.

   Tampoco pudimos visitar Puerto Hambre, el primer asentamiento no aborigen en la ribera norte del estrecho de Magallanes. Después del descubrimiento del estrecho, la monarquía española consideró que sus aguas eras demasiado peligrosas y renunció a utilizarlo para cruzar hasta el Pacífico. Para evitar que otras potencias europeas se adentraran en él, lanzaron el bulo de que “una mole de piedra o isleta arrastrada por las tempestades” había taponado el estrecho. El corsario inglés Francis Drake no se creyó aquel anuncio y lo cruzó en 1578, saqueando todos los puertos españoles de Chile y Perú.

   Para evitar nuevas incursiones, los españoles decidieron instalar varias guarniciones a lo largo del Estrecho. Una de ellas fue la Ciudad del Rey Felipe, con trescientos treinta y ocho colonos. Solo tres años después fondeó allí otro corsario inglés, Thomas Cavendish, que encontró los cadáveres sin enterrar de todos los colonos y le puso el nombre que aún conserva, Puerto Hambre. Los ingleses, siempre tan prácticos, desmontaron las casas para aprovisionarse de leña y se llevaron los seis cañones abandonados en el fuerte.

   Al día siguiente nos metimos en un autobús con dirección a Puerto Natales, desde donde pretendíamos visitar el Parque Nacional de Torres del Paine. Las tres horas que duró el recorrido nos permitieron contemplar con calma la pampa, una llanura monótona cruzada por una carretera recta, con pocas ondulaciones e inmensos espacios vacíos; las pocas estancias están muy alejadas entre sí y de la carretera. Estas tierras tan amplias deben de ser muy poco productivas, a tenor de las pocas cabezas de ganado que se veían desde el autobús: algún rebaño de ovejas, escasas vacas (solo en las zonas más húmedas) y muy pocos caballos. Pudimos ver media docena de guanacos y varios emús, pero en los trescientos kilómetros que separan Punta Arenas de Puerto Natales solo atravesamos un par de pueblos. El más grande, Villa Tehuelche, tiene ciento cincuenta habitantes.

   Un hombre de mi edad, vestido con una cazadora de cuero y tocado con una boina de ganchillo, se bajó en mitad de la nada, junto a una vereda en la que un cartel indicaba: “Estancia Laguna Blanca – 16 km”. Nadie lo esperaba en el arranque del sendero y a los pocos minutos empezó a llover con fuerza.

   A mediodía llegamos a Puerto Natales, que tiene un clima igual de desagradable que Punta Arenas: lluvia, viento o las dos cosas a la vez, en aquellos días de comienzo del verano. En invierno, al parecer, la nieve cubre calles y tejados y solo sale a la calle quien no puede evitarlo. En verano la ciudad se anima con los turistas de todo el mundo que la utilizan como base para explorar el macizo del Paine, la joya geológica de esta Provincia de Última Esperanza.

   El nombre de la provincia, un tanto desalentador, viene del seno del mismo nombre, bautizado por un navegante español encargado de encontrar la boca occidental del estrecho de Magallanes. Cuando el explorador se dio cuenta de que aquella bahía tampoco conducía al Pacífico, se desesperó y lo bautizó como seno de Última Esperanza.

   Puerto Natales no es un pueblo feo, con sus casitas de madera pintadas de colores y las vistas de las montañas cubiertas de nieve en el horizonte. El centro de la ciudad está ocupado por alojamientos turísticos de todos los niveles, agencias de actividades de aventura, numerosos cafés y restaurantes y tiendas de artesanía o de venta y alquiler de material de montaña. Sobrevive muy poco comercio local, como en todos los lugares demasiado volcados en el turismo.

   En una de las tiendas de artesanía encontré unas figurillas que me llamaron la atención, pero el vendedor no supo explicarme qué representaban. Solo me dijo que eran mapuches, pero las compré igualmente porque había algo en ellas que me intrigaba. Sus nombres eran, de izquierda a derecha, Tanu, Kulan y Kotaix.     


   Pregunté en el pequeño museo municipal y me pusieron sobre la pista: las figuras no eran mapuches, sino selk’nam, y representaban algunas de las máscaras que utilizaban estos indios, antes de extinguirse, para la ceremonia Hain, que señalaba el paso de los hombres jóvenes a la vida adulta. Tanu era un espíritu femenino, Kulan era la esposa infiel y Kotaix un espíritu masculino.

   Según cuenta Anne Chapman en Fin de un Mundo y Carlos Gamerro en La jaula de los onas, el origen de la ceremonia Hain viene de los tiempos ancestrales en que las mujeres gobernaban sin misericordia a los hombres.

   La deidad femenina más importante era Kreeh, la luna, jefa indiscutida de las mujeres y por lo tanto de los varones. Su marido, Krrek, el sol, cumplía humillantes tareas por su condición sexual.

   Kreeh decidía cuándo debía celebrarse un Hain para que las jóvenes fueran introducidas a la vida adulta y para que los hombres recordaran que los espíritus eran aliados de las mujeres. Los preparativos de la ceremonia se realizaban en riguroso secreto.

   Una vez comenzado el Hain, un terrible espíritu-monstruo femenino salía cada tanto de las entrañas de la tierra en la choza ceremonial y entraba en funciones. Era la glotona Xalpen, a la que los hombres debían llevar abundante carne de guanaco para saciar su descomunal apetito.

   Los hombres rara vez veían a Xalpen, enterándose de su presencia en la choza ceremonial por los gritos aterrorizadores con los que las mujeres la recibían. La aparición de otros espíritus era anunciada por los cantos femeninos desde el interior del Hain para que los hombres supieran de su presencia.

   Un día, Krrek, al volver de cacería con un guanaco, llegó muy cerca de la choza ceremonial. Al escuchar las voces de dos mujeres se aproximó sigilosamente y las vio ensayando las escenas que iban a representar para hacer creer a los hombres que eran espíritus reales. Comprendió entonces el engaño de las mujeres para mantenerlos sometidos.

   Enterado el campamento masculino, se armaron con garrotes e irrumpieron en la choza Hain. Allí se produjo la matanza de las mujeres. Kreeh cayó vencida sobre el fogón y logró escaparse al cielo transformándose en la luna; Krrek se lanzó tras ella convirtiéndose en el astro solar. Así habrá de perseguirla por siempre sin alcanzarla jamás, y Kreeh seguirá mirando a la tierra con su cara tiznada y las cicatrices de las heridas recibidas en la rebelión.

   Los hombres se apoderaron del Hain, inaugurando su dominio sobre las mujeres. Se disfrazaron entonces de los mismos espíritus que las mujeres habían personificado y siguieron celebrando la ceremonia durante siglos. En teoría, las mujeres acabaron olvidando que ellas habían inventado el Hain y sus supercherías y fingían aterrorizarse con las máscaras que encarnaban a los espíritus. Al parecer, la verdad es que las mujeres recordaban perfectamente la época en que ellas mandaban y organizaban el Hain, pero preferían fingir que se creían todo y simular una sumisión que no sentían. En los más profundo del bosque, las mujeres siguieron reuniéndose periódicamente para renovar sus lazos con la luna y los espíritus, en una ceremonia tan secreta que los hombres ni siquiera conocían su existencia.

   En el mismo museo encontré abundante información sobre temas clave de la historia de Patagonia, como las matanzas sistemáticas de los indígenas, las revueltas anarquistas de los peones de las haciendas y los obreros de los mataderos a principios del siglo pasado o el proceso contra algunos de los asesinos de indios. En este sumario, que tardó nueve años en concluirse, se probó la veracidad de las matanzas y se condenó a algunos capataces de las estancias, pero los verdaderos culpables, los que pagaban una libra por cabeza de indio eran los grandes hacendados cuyos mausoleos aún presiden el cementerio de Punta Arenas y que nunca fueron juzgados.

   Otro asunto interesante y bien documentado en el museo es el papel de los salesianos en el turbio asunto de la extinción de los indígenas. Los frailes llegaron a la Patagonia chilena en 1887, procedentes de la parte argentina de Tierra del Fuego, y fundaron una misión en Punta Arenas para los blancos y otra en Isla Dawson para los aborígenes. Días después encontré en el bar de un hotel una foto en la que aparece el salesiano Alberto Agostini junto a uno de los selk’nam a los que pretendía civilizar, a la fuerza si era necesario. Los salesianos se dedicaron al rapto y aculturación de cuantos niños indígenas caían en sus manos, la inmensa mayoría de los cuales fallecían al poco tiempo de ser capturados.

   A la mañana siguiente, nuevo madrugón. Esta vez íbamos a navegar por el seno Última Esperanza para acercarnos a los glaciares Balmaceda y Sarmiento.

   Antes de embarcar en Puerto Bories pasamos por delante de un gran galpón de madera, transformado en la actualidad en un hotel de lujo, The Singular Patagonia Hotel. Es lo que queda de los antiguos mataderos frigoríficos Bories, de triste memoria. En enero de 1919, frente a la prosperidad de las grandes familias empresariales, la situación de los trabajadores era crítica. La congelación salarial y la fuerte subida del coste de la vida los mantenía en la miseria, hasta que la situación estalló. Una discusión por motivos laborales entre Mr. Thomas Kidd, administrador de los frigoríficos, y dos dirigentes sindicales de la Federación Obrera terminó con la muerte de estos últimos. La violencia fue en aumento, con la huelga de los trabajadores de los frigoríficos y del ferrocarril y la intervención de los carabineros para reprimirlos.

   Tras la muerte de seis trabajadores y cuatro carabineros, las autoridades gubernativas huyeron a Argentina y la Federación Obrera de Magallanes se hizo cargo del gobierno de la ciudad y de la gestión de las empresas, hasta que los gobiernos chileno y argentino enviaron tropas y un crucero, que rápidamente pusieron fin a aquel experimento de comunismo libertario. Veintisiete trabajadores, hombres y mujeres, fueron encarcelados en Punta Arenas, donde estuvieron cuatro años en prisión preventiva hasta ser puestos en libertad por falta de pruebas.

    

    En el camino de ida nos acercamos a la costa en dos ocasiones: primero, para ver de cerca una gran colonia de cormoranes imperiales, cuyos excrementos pintaban de blanco el acantilado en el que anidaban, y luego para admirar una docena de lobos marinos que descansaban sobre unas rocas. 


      Antes de llegar al primer glaciar tuvimos la suerte de que el cielo se abriera un poco y pudimos divisar a los lejos las Torres del Paine, a donde pensábamos ir al día siguiente.

   El glaciar Balmaceda, como los que habíamos visitado en días anteriores, mostraba claramente las huellas del retroceso producido por el calentamiento global. La zona cubierta por el hielo aparecía rodeada de una amplia franja de color claro, en las que el hielo que antes la cubría había eliminado toda huella de vegetación.

   Más adelante desembarcamos en una antigua morrena frontal y caminamos durante una hora para acercarnos a la desembocadura del glaciar Serrano, que antes llegaba hasta el mismo seno de Última Esperanza y ahora termina en una pequeña laguna. Por el camino, unos postes de colores mostraban hasta donde había llegado el glaciar en distintos años. El poste verde, correspondiente a 2001, se encontraba a unos trescientos metros del actual frente, lo que demuestra que el ritmo de deshielo es de doce metros al año.

   El sendero avanzaba por el borde de la laguna, entre coigües frondosos y matas cubiertas de unos frutos rojos del tamaño de un garbanzo. Eran chauras, arbustos emparentados con nuestros brezos y muy parecidos al mirto; los frutos son comestibles pero insípidos.

   Comimos en la estancia Perales, prácticamente aislada entre las montañas y el mar. En realidad, su principal negocio no era ya la ganadería, sino la hostelería, con un comedor para más de cien personas y una cocina bastante anodina. Se aprovechaban de su ubicación y de la ausencia de alternativas si contratabas la excursión a los glaciares.

   En el comedor nos tocó sentarnos al lado de una pareja joven. Creo que eran profesionales independientes y estaban un tanto desengañados con el presidente Boric, al que acusaban de no haber acabado con la corrupción que seguía existiendo, de no hacer nada contra la desigualdad y de estar practicando una política de derechas. Cuando les preguntamos por el terremoto que se había producido días antes en Santiago, nos dijeron que los había sorprendido en la capital pero que en Chile un temblor de menos de 7 grados en la escala de Richter no se consideraba terremoto.

   Al llegar a Puerto Natales dimos un último paseo por el pueblo, buscando las casas más antiguas, construidas de madera y forradas con bidones aplanados a martillazos. Se palpaba el frío que debían haber pasado los primeros pobladores.

   Al día siguiente comenzaríamos nuestro recorrido por Torres del Paine, pero esa es otra historia que puedes leer pinchando aquí.