jueves, 13 de julio de 2017

Un gallego en Laconia

Para que nadie se llame a engaño empezaré advirtiendo que  ni Laconia está en Galicia, ni a sus habitantes se les llama lacónicos, ni entre sus productos típicos se encuentran los lacones. Es, nada menos, que una comarca griega cuya capital es Esparta, y que en el pasado se conocía como Lacedemonia. Dicho esto, ya podemos emprender el viaje.

El jueves por la mañana nos despedimos temprano de Peter, el propietario del apartamento en el que nos habíamos alojado en Nauplia, cargamos nuestro escaso equipaje en el “polito” rojo que habíamos alquilado en Atenas, y nos dirigimos hacia el sur rodeando la orilla oeste del golfo Argólida. En Agio Andrea nos metimos por una carretera que nuestro mapa señalaba a la vez como “principal” y “pintoresca”. Pintoresca sí que resultó, como contaré a continuación, pero si aquella era principal no quiero ni pensar cómo serían las secundarias. Una estrecha cinta de asfalto, sin arcenes ni ningún tipo de señalización, cuarteada y con los bordes mordisqueados, se perdía por las montañas, cada vez más arriba. Aunque el TomTom insistía en que íbamos por la ruta correcta, yo estaba deseando llegar a algún pueblo o a alguna bifurcación que me lo confirmara. Pero nada, ni pueblos ni casi edificios aislados, más allá de algún aprisco de ovejas apoyado en las laderas de piedra. La carretera seguía subiendo lenta pero inexorablemente mientras que la temperatura exterior bajaba, hasta llegar a estar diez grados por debajo de la de la costa.

Los olivos que nos rodeaban al inicio de la ruta habían sido sustituidos por robles y majuelos, y no nos cruzamos con ningún otro vehículo durante más de una hora. Estábamos atravesando los montes Kynourias, y según el mapa lo único que había por allí era monasterios, que además se ubicaban siempre a varios kilómetros de la carretera.

Cuando alcanzamos suficiente altura el valle quedó cubierto de enormes castaños que empezaban a florecer; entendimos entonces el significado de Kastanitsa, nombre del único pueblo importante en toda la ruta. Y lo de “importante” era un tanto metafórico, ya que cuando al fin lo cruzamos no vimos ni un hotel, ni un restaurante, ni un café; ni siquiera una tiendecita de alimentación. En España habría sido un importante centro de turismo rural, pero aquí no pasaba de ser una aldea somnolienta en la que la carretera, pavimentada con losas de piedra, hacía las veces de calle mayor. Los montones de erizos vacíos que se acumulaban a los lados del camino, y los frecuentes letreros de “PROHIBIDO COGER CASTAÑAS SIN AUTORIZACIÓN” daban una pista de cual era  principal fuente de riqueza de la zona.

Cuando cruzamos la divisoria de aguas y empezó el descenso hacia Laconia la vegetación cambió radicalmente. Los castaños, cerezos y nogales fueron reemplazados por las coníferas: pinos piñoneros en los valles y carrascos y abetos de Cefalonia en las laderas.

Llegamos por fin al amplio valle del río Evrotas, al que servían de telón de fondo los impenetrables montes Taigetos. Cruzamos sin detenernos la capital de Laconia, Esparta, de cuya época clásica no queda casi ningún vestigio, para alcanzar nuestro objetivo de aquella mañana: la ciudad bizantina de Mistrás, que se alza sobre un peñasco junto al valle del río Lagadha, uno de los pocos pasos naturales que a través de la cordillera comunican con la vecina comarca de Messinia.

A mediados del siglo XII y al amparo de la IV Cruzada apareció por allí el príncipe Guillermo II de Villehardouin, un franco que decidió aprovechar la escarpada colina de Mistrás para construir en lo alto una fortaleza. En realidad, estoy convencido de que él no cogió una piedra con las manos en su vida, sino que reclutó mano de obra barata o gratis en las bien pobladas zonas agrícolas del fondo del valle, y los puso a trabajar en su propio beneficio. Es lo que el materialismo histórico definía como apropiación de la plusvalía y el neoliberalismo llama emprendimiento y creación de puestos de trabajo.

Poco le duró la alegría al príncipe, porque solo trece años después de fundar su castillo se lo arrebataron los bizantinos, que siguieron fortificando la colina y construyendo una auténtica ciudad en los niveles más bajos. Arriba de todo se alzaba el kastro, a media ladera un segundo círculo de murallas que englobaba el palacio y las dos principales iglesias, y más abajo estaba la tercera línea de defensa, que protegía la ciudad en sí, con sus nobles y sus plebeyos, sus artesanos y sus comerciantes, sus iglesias y sus monasterios. Mistrás alcanzó entonces su máximo esplendor, con unos veinte mil habitantes, y llegó a ser sede del Despotado de Morea.


En los doscientos años que duró aquella etapa de prosperidad se construyeron numerosas iglesias, decoradas con unos frescos ingenuos, que hoy en día todavía se pueden contemplar aunque bastante deteriorados por el paso del tiempo. Por suerte, casi todos los antiguos edificios religiosos están desacralizados y es el estado griego el que cobra las entradas y cuida de los edificios. Si siguieran en manos de los popes ortodoxos muy probablemente estarían cerrados al público, como nos dimos cuentas pocos días después en la península de Mani.

En Mistrás no había autobuses turísticos ni grandes grupos guiados, me imagino que esta ciudad no aparece en la lista de “los diez principales monumentos del Peloponeso que un crucerista no se puede perder”. Los turistas, en grupos de no más de tres o cuatro personas, se repartían sin problemas por el amplio recinto y no gritaban ni tiraban basura.

En la taquilla situada junto a la Puerta de Monenvasia nos habían recomendado que visitáramos primero la ciudad baja, para luego subir en coche hasta la entrada superior y recorrer la ciudadela y su palacio e iglesias. Desde allí, los más jartibles podían ascender hasta el kastro, situado seiscientos metros por encima de la llanura. Pero cuando a las tres de la tarde terminamos nuestra visita a la ciudad baja, después de cuatro horas subiendo y bajando cuestas, aplastados por un calor de bochorno, decidimos que ya estaba bien de piedras y de frescos, y que en lugar de la ciudadela preferíamos acudir a una taberna que habíamos visto desde el coche unos cientos de metros más atrás.

Fue una buena decisión. Nada más entrar en la Taverna Mármara y sentarnos en una terraza protegidos por un tejadillo, comenzó a llover. Agotados por el recorrido de iglesia en iglesia devoramos unos pinchos de cordero a la parrilla, chuletitas de cordero, verduras asadas y una enorme fuente de patatas recién fritas. El único fallo, como en casi todos los restaurantes, era el vino. Después de todo lo que nos habíamos documentado antes de salir de España, después de la clase magistral del señor Karoni en Nauplia, estábamos deseando disfrutar de los famosos vinos griegos. Pero el Mármara no era una excepción y la oferta de vinos se limitaba a un escueto renglón en el menú: “Vino de la casa blanco/rosé/tinto a 3€ el medio litro”. En los pocos sitios cuya carta anunciaba otros vinos de mayor categoría, nunca estaban disponibles. Y digan lo que digan, un vino que cueste en un restaurante seis euros el litro es muy difícil que sea bueno. Los muchos que probé oscilaban entre simplemente bebibles y directamente imbebibles.

La larga espera en el restaurante, lógica si tenemos en cuenta que los platos se preparaban en el acto, nos la amenizó un guacamayo precioso, que enseguida hizo buenas migas con mi cuñada. Cada vez que ella le decía “lorito”, él se revolucionaba y hacía toda clase de ruidos. Luego nos contó el camarero que el nombre del pájaro era, precisamente, “Lorito”. Un marinero amigo suyo se lo había traído de Uruguay.

A media tarde llegamos al pueblecito de Monenvasia, en la costa oriental del Peloponeso, en donde teníamos previsto descansar unos días de tanta piedra y tanta ruina. Para ello, habíamos reservado habitaciones en el Hotel Panorama, que verdaderamente hacía honor a su nombre. Situado en lo alto de una cuesta del barrio de Gefyra, desde la terraza teníamos una vista perfecta del peñón de Monenvasia, unido a tierra firme por una escollera artificial y un puente. El sol se iba poniendo detrás de nosotros, y la montaña en la que se apoyaba Gefyra proyectaba una sombra que subía poco a poco por las laderas casi verticales del peñón. Lo que no se veía era la ciudad medieval, construida en la cara del peñón que daba al mar y perfectamente oculta a los ojos de los que llegaran por tierra. Era, literalmente, una ciudad volcada hacia el mar y de espaldas a tierra.


Un poco hartos de tanto coche, el viernes decidimos quedarnos en Monenvasia, a visitar la ciudad medieval y sobre todo a descansar. Sabíamos que los coches tenían prohibida la entrada en el casco antiguo, porque era materialmente imposible que cruzaran sus muros por la única puerta, un túnel en zigzag en el que difícilmente se podían cruzar dos carretillas. En la explanada inmediatamente anterior a la muralla descargaban camiones de reparto de comida y bebida o de materiales de construcción y los taxistas dejaban y recogían a los turistas y sus maletas. Todo lo que entra o sale de la ciudad medieval, desde los equipajes hasta las basuras, lo hace en carretillas llevadas por indígenas tan musculados como sudorosos. Así consiguen que las calles sean un remanso de paz, sin ruido de motos, y de paso se mantienen unos cuantos puestos de trabajo, me temo que muy mal pagados.

El pueblo, que en la actualidad tiene solo unos cuarenta habitantes permanentes, está amurallado en su totalidad, sin más accesos que la puerta por la que acabábamos de entrar, y otra puerta y un portillo en el otro extremo, que daban directamente al mar. De la plaza central subía una tremenda cuesta en zigzag hasta la ciudadela, en la que en sus mejores momentos vivían los nobles y los militares.

La parte baja se organizaba en torno a una calle no más de dos metros de ancho, el Messi Odos (calle de en medio) de los griegos, el foros de los venecianos y el pazari de los turcos. Sigue siendo el sitio donde se concentran las tiendas, los cafés y las agencias de viajes, y a su alrededor se extiende un laberinto de escaleras, plazuelas, pasadizos y callejones con o sin salida.

Aunque hoy en día Monenvasia es un remanso de paz que vive del turismo en régimen de monocultivo, con sus hoteles con encanto, sus restaurantes de lujo, sus cafés sobre el mar y sus tiendas de recuerdos, delikatessen o ropa de verano, no siempre fue así. Como la mayoría de las ciudades griegas, pasó por manos bizantinas, venecianas y otomanos, atraídas siempre por la fortaleza natural que brindaba el peñón sobre el que se asienta.

La ciudad se ha dedicado tradicionalmente a la navegación, al comercio marítimo y a la piratería, y llegó a contar con cincuenta mil habitantes y veintiséis iglesias. Su decadencia llegó con la guerra ruso-turca de 1770 y la expedición del almirante Orlov por el Mediterráneo.

Cuando estábamos comenzando la visita vimos entrar en la bahía un buque de crucero, por lo que nos apresuramos a completar el recorrido por los principales puntos de interés antes de que llegaran las previsibles hordas de cruceristas. Por suerte, el barco no podía atracar en el pequeño puerto de Gefyra, y entre las maniobras de fondeo, el desembarco en lanchas salvavidas y el traslado en autobús hasta la muralla, tuvimos tiempo de disfrutar de iglesias, bastiones, vistas y hasta de un café frappé en una terraza cubierta de buganvillas.


Cuando empezó a notarse excesivamente le presencia de los cruceristas dimos por terminada nuestra visita y nos fuimos a comer al Aktaión, un restaurante sencillo en el paseo marítimo de Gefyra. Allí probé una ensalada tibia a  base de una planta halófita que estoy harto de ver en las marismas de la bahía de Cádiz, y que creo que se llama suaeda splendens. Deliciosa, en otoño me daré un paseo por los esteros para intentar recolectar unas cuantas y repetir la receta. Para rematar, María, la dueña nos invitó a un plato de moras de morera, las más grandes y sabrosas que he comido nunca. Me imagino que es una fruta muy delicada, porque no he vuelto a encontrarla en la carta de ningún restaurante. La tarde se nos fue entre siesta, ducha, lectura, escritura y contemplación del horizonte.

Después de ver asomar la luna llena por detrás de una araucaria abordamos la última tarea diaria de todo turista que se precie: buscar un sitio para cenar. Caímos en Casa Mateo, un restaurante greco-vasco con los camareros más estresados que he visto en mi vida. Vassili, que había trabajado varios años en Pamplona, corría bandeja en mano pese a sus ciento treinta kilos de masa corporal, y Mateo, casado con una donostiarra y compitiendo en peso con su colega, se afanaba detrás de la barra. A riesgo de decepcionar a los dos emigrantes retornados, rechazamos su oferta de paella y sangría y optamos por algo más local: ensalada griega, croquetas de queso feta y boquerones fritos. No sé en qué habían trabajado aquellos dos en España; desde luego no en hostelería.

El sábado, día de mi cumpleaños, nada más despertarme recibí un estupendo regalo: mi amigo Fuco me había enviado desde España una canción muy apropiada para la ocasión: “When I’m sixty four”, del álbum Sargent Pepper's Lonely Hearts Club Band. Buen comienzo del día.

Siguiendo con el plan de descansar nos fuimos a la playa, que aún no habíamos pisado en la semana que llevábamos en Grecia. Pero no elegimos alguna de las cercanas a nuestro hotel, sino que nos fuimos a pasar el día a la de Symos, en la isla de Elafonysos. Esta islita se encuentra a unos cincuenta kilómetros al sur de Monenvasia, en el extremo sudeste del golfo Lacónico, a menos de una milla de tierra firme. En invierno no viven más de cuatrocientas personas en sus escasos veinte kilómetros cuadrados, pero en verano los trasbordadores que la unen con el continente llegan a mover varios miles de turistas al día, Ni siquiera los espartanos habrían resistido ante tamaña invasión.

En el barco, lógicamente, las zonas reservadas a la tripulación estaban señalizadas con la palabra nautas. ¡Cuántos recuerdos nos trae este idioma! Argonautas, Nautilus, internautas…

Una carreterita, en diminutivo por lo estrecha y por lo corta, nos dejó en diez minutos en el otro extremo de la isla, en la bahía de Symos. La llegada nos decepcionó un poco por el cutrerío chiringuítico-playero que nos encontramos, pero en cuanto nos alejamos del coche la cosa cambió. Un sendero entre las dunas, cubiertas de una vegetación que ya quisiéramos en Cortadura, nos condujo hasta el paraíso de Symos Mikrós, la pequeña Symos. La bahía estaba dividida en dos partes desiguales por un tómbolo de no más de cien metros de alto, y nosotros estábamos en el lado más corto, el oriental. Una playa de dos o trescientos metros de larga, con una arena blanca impoluta; sendos promontorios rocosos que cerraban sus extremos; aguas verde esmeralda en las que fondeaban tres o cuatro yates, y una zona de sombrajos en los que se podía disfrutar de tumbonas, vistas y servicio de restaurante. ¿Se podía pedir algo más? ¡Sí! Que el agua estuviera limpia y no demasiado fría, que los griegos (algunos, por lo menos) fueran apolíneos y las griegas afrodíticas. Y todo eso se nos concedió.


Para rematar el placer, a nuestro lado se instalaron unas familias griegas con muchos niños, que nos obsequiaron durante un par de horas con unas clases gratuitas de pronunciación. Allí aprendimos a decirle a un niño que comiera, que se estuviera quieto, que viniera, que dejara tranquila a su hermanita, y también que para tirarse al agua de espaldas se dice ¡Platonis!, lo que nos recordó a Platón “el de las anchas espaldas”.

Como no nos gusta comer en la misma arena de la playa, a mediodía nos acercamos al chiringuito del que dependían las sombrillas. Nos sirvieron un menú a base de ensalada griega y pinchitos de cordero, no por repetitivo menos delicioso. Mis compañeras se volvieron a la playa pero yo me quedé leyendo en un sofá, con un plato de patatas fritas y unas botellita de agiorgítico. A la hora de pagar hubo un poco de confusión entre las consumiciones hechas en las tumbonas, las de la comida en sí y lo que había tomado yo luego en la zona de sofás, pero Dimitris, el camarero, nos tranquilizó: “No problem, I remember good”.

A la noche, para celebrar mi cumpleaños, nos fuimos a cenar a unos de los mejores restaurantes de Monenvasia, la Taverna Matoulas. Por fin un buen tinto de la zona y un mejor cordero al horno, pero nada comparable con la salida de una luna inmensa del mar en calma. Llena, roja virando lentamente a plateada, con un larguísimo reflejo en el mar que me recordaba La Canción del Pirata:

“La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul.”

Lástima que en castellano no exista una palabra para describir la luz de la luna. Me quedo con la gallega luar:

“Unha noite na eira do trigo
ó refrexo do branco luar
unha nena choraba e choraba
os desdés dun ingrato galán.”

Poco dura el pan en la mesa del pobre, y menos la tranquilidad en la vida del turista. Después de dos días de descanso (o sea, sin entrar en un museo ni en un recinto arqueológico), el domingo abandonamos Monenvasia y dejando definitivamente atrás el golfo de Epidauro Limira cruzamos hacia la desembocadura del Evrotas para rodear por el norte el golfo de Laconia. Poco después de cruzar el río nos encontramos una larga playa de arena, en cuyo centro yacía varado un viejo mercante, comido por el óxido pero que aún soportaba los embates del mar. De vuelta en Cádiz me he interesado por su historia, y aunque corren rumores de que iba cargado de cigarrillos de contrabando, y de que fue varado e incendiado por su propia tripulación para destruir las pruebas, la versión más lógica es la que habla de la quiebra de los armadores, del abandono del buque en el puerto de Gythio, y de un posterior naufragio semivoluntario para sacarlo del puerto, donde estorbaba a las maniobras de otros buques. Incluso hay quien afirma que lo vararon allí para aumentar el atractivo turístico de la playa de Valtaki, como si no bastara con los islotes Trisinia. El caso es que el pecio lleva allí más de treinta y cinco años, y los que le quedan.


Poco después llegamos a Gythio, el antiguo puerto y astillero de los espartanos, fundado según la tradición por Hércules y por Apolo, el de áurea espada. En las Guerras del Peloponeso lo conquistaron y saquearon los atenienses en un par de ocasiones; más tarde lo intentó tomar sin éxito el gran general Epaminondas. La ciudad fue también romana, hasta que en el siglo IV de nuestra era un terremoto destruyó su puerto natural.

Cerrando uno de los extremos de la dársena, a pocos metros de tierra firme está el islote de Marathonisi o de Cranae, donde Paris, hijo de Príamo, y Helena, la de los largos pelos, pasaron su primera noche juntos tras huir de Esparta y justo antes de que se declarase la guerra de Troya.

Hoy en día Gythio es una tranquila villa marinera, con hoteles antiguos asomándose a la rada artificial, y docenas de cafés junto al agua. Allí nos tomamos unos frappés, de esos que los griegos consumen sin pausa a todas horas, y brindamos en honor de los antiguos amantes. El frappé griego no es un granizado de café, como su nombre parece indicar, sino un batido de nescafé con agua y azúcar, al que luego se añade más agua fría y cubos de hielo; de vuelta a España busqué su origen y me enteré de que lo inventó por casualidad un empleado de una tienda de batidos un día que se quiso preparar un café solo y se encontró sin agua caliente ni café molido. Al hombre se le ocurrió batir un poco de nescafé con agua fría en una coctelera, y tanto le sorprendió el aspecto espumoso y el sabor que se dedicó a perfeccionarlo. Hoy es el refresco más popular en Grecia, donde ha desplazado a la coca cola y otras bebidas similares.

Seguimos rumbo sur y pasamos de largo por la famosa playa de Mavrovouni; el día estaba nublado y la playa, rectilínea y llena de viviendas ilegales, nos recordaba demasiado a la de El Palmar, entre Conil y Barbate. En cambio, nos internamos por una carreterita que después de dar muchas vueltas nos llevó hasta la bahía de Scutari.

Allí, en una caleta de cincuenta o sesenta metros de largo, un padre y su hijo calafateaban su barco, preparándolo para la temporada de verano y unos chiquillos saltaban desde un pequeño espigón a un mar azul intenso. Con mis pocas palabras de griego saludé a los dos hombres y les pregunté cómo se llamaba aquel idílico lugar. Después de señalar a otros pueblos de la bahía y nombrarlos, hicieron un gesto abarcando el entorno más cercano y pronunciaron una palabra: Paghanea, que yo rápidamente traduje como Pagania, la tierra de los paganos. De ilusión también se vive, pero es que por una vez no había a la vista ni un edificio religioso, ni una bandera del patriarca de Constantinopla. No me habría extrañado, en cambio, ver llegar a un trirreme conducido por algún héroe, o al mismo Poseidón saliendo de las aguas con su tridente.


El único edificio que parecía representar algún tipo de poder terrenal, un caserón de piedra, que ostentaba una bandera con una cruz azul sobre fondo blanco, no era más que la casa de un pescador con el símbolo (extraoficial, según se apresuraron a aclararme) de la península de Mani, en la que estábamos entrando.

Esta península, de unos cien kilómetros de largo por veinte o treinta de ancho, siempre ha vivido un poco al margen del resto de Grecia. En parte por lo agreste de sus montañas, que dificultan las comunicaciones, pero creo que también por el carácter individualista de sus habitantes. Hay en ella muy pocos restos arcaicos, clásicos o romanos, aunque se dice que sus habitantes fueron los últimos en abandonar la antigua religión olímpica cuando el emperador Teodosio impuso el cristianismo en todas sus tierras.

En cambio, cuando cruzados y otomanos destruyeron el Imperio de Oriente, fueron muchos los nobles bizantinos que abandonaron Constantinopla y se establecieron en esta tierra agria e inhóspita, formada por montañas peladas que caen directamente hasta el mar. Aquí mantuvieron sus luchas feudales y fortificaron sus casas con torres y muros de mampostería, de forma que hasta la aldea más pequeña, vista desde lejos, parece un castillo.


Estos nobles bizantinos consiguieron mantener una parte de sus privilegios bajo el dominio otomano, e incluso ocuparon cargos en la administración pública, pero dejando siempre claro que no se consideraban vasallos, sino aliados de conveniencia.

Incluso en la lucha por la independencia griega, en la que los maniotas combatieron valerosamente, hubo sus más y sus menos. Cuando Ioannis Kapodistrias, primer presidente de Grecia, mandó detener por insumiso al líder maniota Petros Mavromijalis, a los familiares del detenido les faltó tiempo para asesinar al presidente. Conociendo todo esto no nos extrañó nada que la capital de Mani, donde pasamos un par de noches, se llamara Areopoli, la ciudad de Ares, el dios olímpico de la guerra.

El lunes hicimos un largo –en horas, no en kilómetros- recorrido por la mitad sur de la península de Mani, empezando por las cuevas de Diros, a muy pocos kilómetros de Areopoli. Se trata de un complejo kárstico que con el paso del tiempo ha quedado parcialmente sumergido en el mar. Aunque nuestra guía de viaje aseguraba que las cuevas abrían a las 8:30, y en la taquilla se indicaba que a las 9:00, la verdad es que las visitas se iniciaron cuando los empleados terminaron de desayunar.

En unas barquitas recorrimos algo más de un kilómetro de galerías, muy bien iluminadas, pero a una velocidad que impedía hacer fotos. Al parecer en un principio eran tres cuevas diferentes, pero las necesidades de la explotación comercial ha llevado a los responsables a abrir algún túnel artificial que las intercomunica, e incluso a cortar algunas estalactitas que podrían lesionar a los visitantes. Por un lado me parece una salvajada, pero por otra parte pienso que el daño causado es muy pequeño comparado con el tamaño total de las cuevas, y que de algo tienen que vivir los habitantes de la zona.

Tuvimos la suerte de estar allí en junio y de que éramos tan pocos visitantes que solo ocupamos parcialmente dos de las diez lanchas disponibles; diez personas en total frente a las ochenta que entran simultáneamente en días punta. Así, lo que en agosto podía haber sido un horror tipo Eurodisney se convirtió en un recorrido mágico, en un silencio casi total, flotando sobre lo que parecía un espejo perfecto, agachando la cabeza de vez en cuando para esquivar las estalactitas. Y el último tramo, el que se hace andando, lo hicimos absolutamente solos, a nuestro ritmo. Nunca lo podré olvidar.

El lugar era lo suficientemente atractivo para que sobrasen las leyendas, como la de que las cuevas llegan hasta los montes Taigetos o incluso hasta Esparta ¡a sesenta kilómetros de distancia!, o la de que allí habitan anguilas gigantes.

A la salida de las cuevas, un nuevo descubrimiento del idioma griego: una tienda de recuerdos rotulada “ANAMNH𝝨TIKH”, que transcrito resulta Anamnístiki, “lo que no se olvida”. Otra palabra que siempre recordaré.

Después de visitar las grutas, y de comprobar que el museo anexo estaba cerrado por falta de personal, emprendimos un recorrido no del todo afortunado. No es que tuviéramos ningún problema especial, pero nos fallaron casi totalmente las iglesias y las playas. Habíamos leído que dispersas por la península existían innumerables capillas, algunas de las cuales albergaban en su interior buenos retablos bizantinos. Pero prácticamente todas nos las encontramos cerradas a cal y canto, sin ninguna indicación del horario de apertura. Para más cabreo, en alguna pudimos entrever los famosos murales e iconostasios a través de un ventanuco. La iglesia ortodoxa, propietaria de las capillas, evidentemente no tiene ningún interés en que las disfrutemos el resto de los mortales. En Gardenítsa, Nómia, Koíta y Gerolimenas resultaron infructuosas nuestras gestiones para encontrar alguien que nos abriera la puerta de la capilla.

Sólo en una conseguimos entrar, gracias a un griego con aspecto de hippy que vivía al lado y que al vernos acudió motu proprio con la llave y esperó pacientemente a que contempláramos las pinturas todo el tiempo que nos dio la gana. Le dimos una propina y se quedó tan contento.

Antes de comer intentamos darnos un chapuzón, pero no hubo manera. El problema de las playas era que en general estaban formadas por cantos rodados, cubiertos de verdín en la franja donde rompían las olas. Preciosas, rodeadas de rocas y con un agua absolutamente transparente, pero de muy difícil entrada y salida, por lo resbaladizo de las piedras. Y las pocas playas de arena estaban muy batidas por el mar.


Mientras buscábamos una playa accesible, íbamos pasando junto a viviendas fortificadas, que cuando se agrupaban en una aldea la hacían parecer una auténtica fortaleza. Uno de los mejores ejemplos lo encontramos en Vathia, construida en lo alto de una colina vigilando una cala cercana. La mayoría de las casas estaban deshabitadas y en distinto estado de abandono, pero penetrar en el conjunto significaba un retroceso a la época medieval, cuando los atacantes podían llegar en cualquier momento y de cualquier dirección. Piratas otomanos o amalfitanos por mar, miembros de un clan rival por tierra…

En la parte alta del pueblo un emprendedor había montado un restaurante, Fagopoteiou, desde cuya terraza se dominaban muchos kilómetros de costa. Lo que iba a ser una breve parada para tomar un aperitivo se convirtió en una comida en toda regla: pernil de cerdo ahumado al horno, puré de alubias, ensalada griega…


En una mesa cercana un griego hablaba incesantemente por el móvil. Con las palabras aisladas que entendíamos (mujeres, problemas, Jack Daniel’s) intentábamos inventarnos una historia, pero él mismo nos dio la solución cuando pronunció claramente la palabra clave: Berlusconi. A partir de ahí nuestra imaginación se desbordó.

Menos mal que en el siguiente pueblo, Mármari, muy cerca del extremo sur de la península, encontramos por fin la playa perfecta: con arena, sombrillas, tumbonas y chiringuito, y protegida del viento por un acantilado. Allí dormimos la siesta y nos pegamos un buen baño.

Siguiendo hacia el sur por un territorio cada vez más montañoso y desolado llegamos al fin del mundo, o por lo menos del mundo clásico. El cabo Ténaro, también conocido como Matapán, es el punto más meridional de la Grecia continental. Y se nota. Allí, junto a una calita protegida de las olas por el mismo cabo, encontramos los restos de un templo dedicado a Poseidón, responsable del mar, de los terremotos y de las tormentas. Cuando estaba contento creaba nuevas islas, calmaba las tormentas y protegía a los navegantes, que ahogaban caballos para tenerlo de su parte. Pero cuando se enfadaba sacudía la tierra y causaba terremotos, o agitaba el mar para provocar tormentas. Y bajo el templo dice la leyenda que había una cueva que conducía hasta el mismo inframundo, la morada de los muertos.

En esta misma cala fue donde el capitán Nemo le entregó cientos de lingotes de oro a Nicolás, un enigmático buceador griego. Aquella fortuna ¿estaba destinada a financiar la lucha de los griegos por la independencia? Nunca lo sabremos; Nemo no lo aclara y Julio Verne tampoco.

Volvimos a Areopoli por la costa oriental de la península, mucho más escarpada y desolada si cabe que la occidental. Ensenadas escondidas, donde me imaginaba las naves aqueas, espartanas o atenienses fondeando para pasar la noche o esperando a que escampara una tormenta, y carreteras tan escarpadas como la que desde Porto Kagio asciende hasta Korogoniánika, que recorrimos muy despacio, con miedo de mirar hacia el mar que se veía cientos de metros más abajo, casi en vertical.

En Kokkala nos encontramos un mercante recién embarrancado. El Saint Gregory, un granelero que transportaba treinta mil toneladas de azufre desde Odesa hasta Túnez, había tenido problemas técnicos y se había estrellado contra la costa. La proa estaba literalmente subida a la playa, mientras que la popa, semi sumergida, quedaba varios metros más baja. Una barrera anti contaminación rodeaba al buque, en el que se afanaban los tripulantes y otros técnicos, supongo que intentando taponar la vía de agua para reflotar el barco.


Llegamos a Areopolis a la puesta del sol, agotados, pero con las pupilas llenas de torres y de playas, de acantilados y de capillas.

Al día siguiente saldríamos para el antiguo reino de Mesenia, pero esa es otra historia que puedes leer pinchando aquí.

Todos los capítulos de esta serie:
Por tierras de los aqueos (Nauplia, Tirinto, Argos, Micenas, Nemea, Agionori, Corinto y Epidauro)
Un gallego en Laconia (Mistrás, Monemvasía, Elafonysos, Githión, Paganea, Areopoli, Methoni y península de Mani)
El anciano Néstor y otras historias (Mesenia, palacio de Néstor y Pilos)
Las 1.808 coronas de Nerón (Olimpia)
De puentes, batallas y pitonisas (Patrás, Nafpaktos y Delfos)
Entre dioses, héroes y tumbas (Atenas)

miércoles, 5 de julio de 2017

Por tierras de los aqueos

A primeros de junio salimos mi mujer, mi cuñada y yo rumbo a Atenas, no dispuestos a conocer toda la inabarcable Grecia, pero sí al menos a sumergirnos en el Peloponeso, la península rebelde, el corazón de los griegos. El Peloponeso, cuna de Olimpia, Micenas y Esparta, fue siempre la última zona en caer en manos de los invasores, fueran persas, macedonios, romanos, cruzados u otomanos. Fue el hueso más duro de roer para cuantos ejércitos pasaron por allí en el curso de la historia. Y empezaríamos por la Argólida, sede del imperio micénico, escenario de algunos de los trabajos de Hércules, lugar de origen de varios de los argonautas y escenario de tantos otros episodios de la historia griega.

Las diferencias entre el Peloponeso y el resto de la Grecia continental se perciben nada más cruzar el istmo de Corinto, que con sus solo seis kilómetros de ancho ha sido una vía permanente de invasiones, tanto del sur hacia el norte como viceversa. Desde la autopista solamente atisbamos el canal del mismo nombre, que une los golfos de Corinto y de Saronia; una obra digna del mismo Hércules, que se comenzó a construir en el siglo VII ANE (antes de nuestra era), bajo el mandato del tirano Periandro de Corinto. La obra se reanudó por orden de los emperadores romanos Julio César y Néron, pero no consiguieron terminarla.

En 1830, con la independencia griega, renació la idea de construir el canal. Dos empresas francesas quebraron en el intento, al resultar su construcción mucho más cara de lo presupuestado. Y cuando en 1893 se terminó el canal con dinero público resultó que no había demanda suficiente como para amortizar el coste con el peaje que pagaban los barcos. Aeropuertos sin aviones, canales sin barcos, estaciones sin trenes… seguro que os suena la historia, aunque la del canal es de hace más de cien años y las otras han pasado en España hace nada.

Para acabarlo de arreglar, las fuertes corrientes, los vientos muy intensos y los desprendimientos de tierra constantes dificultan extraordinariamente la navegación. Hoy en día su principal uso es como atracción turística; por él circulan cientos de cruceros cada año.

A ambos lados del istmo el paisaje era muy diferente. Mientras que en el lado norte se sucedían las segundas viviendas de los atenienses, mezcladas con chatarrerías y naves industriales abandonadas, en la orilla sur predominaban los valles con viñas, naranjos, cipreses e higueras, las camionetas cargadas de fruta, las montañas coronadas por fortalezas imposibles y las laderas cubiertas de olivos y matorrales. Olía a tomillo, a romero, a lavanda…

En un par de horas llegamos a Nauplia, donde habíamos alquilado uno de esos denostados apartamentos turísticos, y donde, tal y como nos había advertido nuestro anfitrión, nos perdimos y tuvimos que preguntar varias veces antes de dar con la casa. Si los pollitos y la mayoría de los humanos cuentan de izquierda a derecha, y los antiguos concejales de Cádiz de derecha a izquierda, nunca llegaré a entender cómo cuentan los argólidas. Nuestro número, el 24, estaba situado entre el 39 y el 18, justo enfrente del 41. Fácil ¿a que sí?

Esa misma noche salimos a tomar un primer contacto con la ciudad, rodeando la imponente fortaleza de Palamidi, construida por los venecianos doscientos metros por  encima de Nauplia, allá por los siglos XVII y XVIII. Nos pareció imposible que pocos años después de su terminación la tomaran los turcos, que retuvieron su control hasta la independencia griega. En la actualidad los nombres de sus bastiones honran a Epaminondas, a Aquiles, a Leónidas y a Temístocles, los grandes generales de la Grecia Clásica.

Nos encontramos un casco antiguo lleno de turistas, mayoritariamente griegos, porque el lunes se celebraba el día de Todos los Santos (bueno, de todos no, de los ortodoxos nada más) y muchos habían aprovechado el puente para ir a pasar unos días cerca del mar. Acabamos cenando en una terraza frente a un edificio en el que se leía (en alfabeto griego, por supuesto) Museión Polemikós. Pero el museo no exponía las obras más polémicas del arte contemporáneo, sino objetos relacionados con la guerra, la Pólemos. Uno de los muchos falsos amigos que a lo largo del viaje iríamos encontrando entre nuestros dos idiomas.


El domingo nos levantamos tarde, todavía arrastrando el cansancio del viaje, y cuando salimos de Nauplia con nuestro cochecillo ya caía el sol cocinheiro da gente, que cantan Les Luthier. Menos mal que el navegador del coche nos llevó por atajos inverosímiles, entre campos de granados, naranjos, albérchigos, cipreses y melocotoneros, hasta una pequeña colina sobre la que se levantaba Tirinto, una de las muchas fortalezas micénicas que existieron en la Argólida.

Tirinto impresiona nada más acercarse: estaba rodeada por unos muros ciclópeos, construidos con sillares de varias toneladas de peso, que resulta difícil entender cómo los pudieron mover en el siglo XIII ANE. No en vano Homero la llamó “la bien amurallada” y Pausanias, autor en el siglo II de la primera guía de viajes por Grecia que se conoce, decía que “sus piedras sin labrar son tan grandes que dos mulas no pueden siquiera mover la más pequeña de ellas”. Si hoy en día parece inexpugnable, me imagino lo que debían sentir al verla no solo cualquier presunto atacante, sino también los esclavos y siervos que tuvieron que construirla, a la vez que cultivaban alimentos para el rey y los nobles que allí vivían.

Comparado con las murallas, el palacio real no parece que fuera gran cosa: el salón de trono tenía solo unos cuarenta metros cuadrados y el dormitorio de rey no más de diez o doce. Muy poco para hoy en día, pero probablemente mucho en aquellos tiempos, sobre todo si lo comparamos con las viviendas de los siervos.

Terminada la visita a Tirinto y dando un salto en el tiempo nos acercamos a la vecina Argos, en la que vivieron los aqueos Agamenón y Orestes y que fue una importante capital de los dorios. En guerra casi permanente con Esparta, Micenas y Tirinto, quizás su mayor aportación a la cultura política haya sido la invención del ostracismo, hoy en día por desgracia en desuso. El ostracismo consistía en reunirse un número suficiente de electores como para que hubiera quórum; cada votante escribía en un pedazo de vasija el nombre del conciudadano al que consideraba más impresentable y el que obtenía más votos era expulsado durante diez años de la ciudad y sus dominios. ¡La de disgustos que íbamos a ahorrarnos si lo aplicáramos aquí, tanto a nivel local como autonómico y estatal!

Con la llegada de los romanos se acabó su independencia y fue pasando sucesivamente por diversas manos, entre las que destacan las de los almogávares aragoneses, los francos, los otomanos y los venecianos.

De toda esta densa y dilatada historia poco ha sobrevivido hasta nuestros tiempos: un teatro romano con capacidad para veinte mil espectadores, el ágora con varios templos también romanos, y el castillo bizantino de Larisa, que domina la ciudad y al que no fuimos capaces de subir bajo el calor del mediodía. El museo arqueológico estaba cerrado indefinidamente, como nos pasaría con otros centros culturales en todo el viaje; los recortes siempre empiezan por lo que parece más débil, más prescindible. Cuando suprimen servicios culturales normalmente nos callamos, porque no nos afectan directamente. Pero como decía el pastor luterano Martin Niemöller (y no Bertold Brecht), “Cuando finalmente vinieron a por mí, no había nadie más que pudiera protestar”.

Era mediodía, el calor apretaba y lo que apetecía era buscar un restaurante para comer algo y beber algún vinillo de la zona. Cosa nada difícil en Nauplia, donde los cafés y restaurantes ocupaban prácticamente todos los bajos del paseo marítimo y muchos más locales de la ciudad vieja. Pero buscando un restaurante que nos gustara pasamos por delante del museo arqueológico, y no nos pudimos resistir. Este novísimo y excelente museo contaba con una magnífica colección de piezas micénicas procedentes de varios yacimientos de la zona, muy bien expuestas y explicadas, y con un empleado, casado con una aragonesa, que hablaba un español perfecto.


Ni el museo ni el restaurante nos decepcionaron, cada uno en su línea.

Después de una buena siesta volvimos al centro, a disfrutar de un perfecto atardecer de domingo junto con los turistas nacionales, acompañados por montañas de niños que correteaban por el cantil del muelle y comían helados. Mientras, sus padres admiraban una puesta de sol de libro sobre el islote amurallado de Bourtzi y el golfo Argólida. El telón de fondo lo ponían los montes Parnón tras la costa de Tsakonia. Me gusta cómo educan los griegos a sus hijos; no digo que sea una educación libertaria, pero sí mucho más independiente que la de los españoles. Desde que pueden caminar, caminan, no los llevan en una sillita para que no molesten; desde que pueden correr, corren, sin miedo a que se hagan daño, sin miedo siquiera a que se caigan al mar; desde que pueden comer, comen, ellos solos, la misma comida de los mayores, sin menús infantiles ni tonterías similares. Se caen al suelo y se levantan sin llorar, se manchan con el helado y nadie les riñe, se pringan hasta arriba de mousaka y no pasa nada.

Como en la vida del turista no todo es hacer el vago de banco en banco, llegó el momento de buscar un sitio para cenar. El principal problema era elegir una entre las innumerables terrazas del casco antiguo, en cualquiera de las cuales se podía disfrutar de platos tan deliciosos como la taramasalata, los chicharrones o el estofado de cordero. Mientras cenábamos seguíamos mejorando nuestro griego a pasos agigantados; cuanto más aprendíamos más cuenta nos dábamos de lo que le debe nuestra cultura, y en concreto nuestro idioma, a los griegos. No es casualidad que al menú le llamen katologó, a la cuenta logariasmó o que grande se diga megalo y pequeño mikró. Estas palabras, y muchas otras, las hemos heredado de ellos. Y eso por no hablar de los números: a los amantes de la poesía les gustará saber que once se dice endeka y doce dodeka; a los de la geometría que veinte es ikosi y a los de las películas de desastres que cien es hekatos, de donde procede hecatombe, matanza de cien bueyes. Pero basta ya de erudición, y vamos a lo que vamos.

Aprendida la lección del primer día, el lunes madrugamos bastante más y conseguimos llegar a la antigua Micenas pocos minutos después de que abrieran la taquilla. Como premio tuvimos el privilegio de visitar a solas el llamado Tesoro de Atreo o Tumba de Agamenón. Un pasillo formado por sillares ciclópeos conducía a una puerta de unos seis o siete metros de altura que daba entrada a la tumba. El dintel lo formaban dos losas de unos veinte metros cúbicos cada una, unas cincuenta toneladas aproximadamente, que cuesta imaginar cómo pudieron subir hasta una posición tan elevada. Por mucho que nos imaginemos rampas, rodillos y polipastos, mover una piedra de ese peso no debió de resultar una tarea sencilla. Claro que construir el resto de la tumba tampoco fue moco de pavo; se trataba de una falsa cúpula de catorce metros de diámetro y trece de alto, formada por treinta y tres hileras de sillares tallados en forma de trapecio invertido, de forma que cada hilera sobresalía unos veinte centímetros respecto a la anterior, cerrando así poco a poco la techumbre. Y todo esto sin arcos ni entibas. Lástima que los ingleses se llevaran al Museo Británico la decoración de la entrada.


Después de recorrer la tumba a nuestro antojo empezamos la ascensión a la ciudadela, a la que se accede por la famosa Puerta de los Leones, que no voy a describir aquí. Me seguía impresionando el tamaño de los sillares- ¡Cuántos esclavos perderían un brazo, una pierna o incluso la vida en un accidente laboral durante su construcción! ¡Cuánta hambre tuvieron que pasar las familias que no pertenecían a la aristocracia, con los hombres arrastrando bloques de piedra en lugar de cultivando el campo! Se ha comprobado que en las ciudades micénicas los siervos eran por término medio quince centímetros más bajos que los señores…

Dejando a un lado las tragedias que ocultaban aquellos muros, otro pensamiento me rondaba la cabeza. En Cádiz se nos llena la boca presumiendo de que vivimos en una ciudad trimilenaria, la más antigua de Europa. Lo de trimilenaria es cierto, ya que parece ser que fue fundada por los fenicios en el 1104 ANE, pero lo de ser la ciudad más antigua de Europa creo que es un mito. Cuando los fenicios desembarcaron en lo que entonces era el archipiélago gaditano, los  micénicos llevaban ya unos novecientos años construyendo sus propias ciudades en la Grecia continental, con su alfabeto, sus reyes y sus dioses, sus guerras y sus alianzas. Y eso por no hablar de las islas del Egeo, donde las primeras ciudades pueden datar de otros mil años antes.

Desde Micenas nos acercamos a Nemea, donde se cuenta que Hércules llevó a cabo su primer trabajo, matando al león que tenía atemorizados a pastores y labradores y cuya piel impenetrable a las armas utilizó luego como armadura. En realidad existen dos recintos arqueológicos diferenciados, a un par de kilómetros el uno del otro; el primero que visitamos fue el complejo deportivo. Desde la palestra en la que los competidores se entrenaban y se desnudaban antes de ungirse con aceite de oliva, entramos en el estadio por el mismo túnel que ellos usaban, perfectamente conservado. Al salir por la otra punta, deslumbrados por el sol de mediodía, casi pudimos oír las aclamaciones del público. Allí se  celebraban cada dos años unos juegos en honor a Zeus, de menor categoría que los de Olimpia.

En el otro recinto se conserva, entre otros edificios, un templo de Zeus cuyas únicas cinco columnas que se mantienen en pie le dan un aire más romántico que si estuviera completo, aire que se agudiza al estar enmarcado por un valle cubierto de viñedos y olivares. Por el camino se levantan varias bodegas, ya que en este valle se produce una uva, la aguiorgítico, que se considera como una de las mejores para la elaboración de vino tinto. A mí me recordó bastante la monastrell, aunque algo más afrutada.


Acababa ya el día y con él el puente de Todos los Santos según el santoral ortodoxo. Los visitantes de Atenas volvían a su calurosa y ruidosa ciudad, y Nauplia quedaba de nuevo en manos de los indígenas y de unos cuantos turistas extranjeros, por lo que no tuvimos ningún problema para aparcar junto al paseo marítimo, justo a tiempo para ver otra espectacular puesta de sol. Al volver a casa para preparar la cena nos encontramos con una calle cortada de la que salía una música tradicional. Aparcamos como pudimos y nos acercamos a la plaza de la iglesia de nuestro propio barrio, que estaba llena de gente sentada en sillas de plástico, contemplando a un grupo que bailaba danzas regionales, sosas como las de casi toda Europa. Manos en alto, saltitos, giros para un lado y para el otro… Los popes, nada menos que seis, sentados en el centro de la primera fila, no se perdían detalle. Eran las fiestas del barrio y de la parroquia, y allí se demostraba el poderío de la iglesia: al lado de la bandera griega ondeaba la del Patriarca de Constantinopla.

Cuando acabaron los bailes y salió a escena una cantante melódica, supongo que también del barrio, abandonamos el lugar. Acabamos cenando cordero asado al limón y cerdo adobado en un callejón cercano, justo al lado de la mesa que ocupaba todo el cuerpo de baile.

El martes volvimos a madrugar, y menos mal. Las ruinas del “spa resort” dedicadas a Esculapio son uno de los puntos fuertes de cualquier viaje al Peloponeso, y se notaba. Aunque llegamos a la taquilla antes de las nueve de la mañana, ya se nos había adelantado un grupo muy numeroso de turistas yanquis bastante vocingleros, que le quitaban bastante encanto al gran teatro. Con una capacidad para catorce mil espectadores y cincuenta y dos filas de gradas, está en muy buen estado de conservación-restauración, y tiene una acústica espectacular, como se encargaron de demostrar todos y cada uno de los americanos. Desde simples palmadas hasta fragmentos de ópera o el monólogo de Hamlet, todos pudimos comprobar hasta la saciedad lo bien que se oía en todo el teatro. Solo tuvimos unos minutos de tranquilidad desde que se fueron hasta que llegó otro grupo, esta vez de chinos, más gritones todavía.


Visitando el complejo, me imaginé que en su momento tenía que haber sido como una mezcla entre Lourdes y Euro Disney, con ciertos toques de Houston. Los enfermos navegaban desde todo el mundo griego hasta el puerto de Epidauro, a unos cinco kilómetros, y desde allí marchaban andando, en litera o en carro hasta el santuario; los que sobrevivían al viaje ya tenían mucho adelantado. Al llegar a la ciudad se alojaban con familiares y esclavos (la gente normal se moría sin más en sus casas respectivas). Podían elegir entre un gran hotel con ciento sesenta habitaciones o alquilar una habitación en cualquier casa; los más pudientes se alquilaban una casa entera. Después de purificarse en los baños y de beber el agua de la fuente sagrada, se dirigían al Abatón, un edificio de dos pisos en el que podían leer las lápidas de mármol que registraban todas las curaciones milagrosas anteriores, y luego se tumbaban allí mismo a dormir. Al despertar, si no estaban ya directamente curados, le describían su sueño a alguno de los sacerdotes, que lo interpretaba y –basándose también en la experiencia recogida durante siglos- prescribía un remedio.

Mientras el tratamiento hacía efecto, los enfermos y sus familias descansaban y acudían a las competiciones atléticas en el estadio, a las representaciones de teatro o a hacer ofrendas al santuario de Esculapio; de lo que no hay constancia es de que bailasen la conga, como parecer ser ahora la moda en Lourdes. Si se curaban todo quedaba registrado en nuevas losas de mármol; de lo que no se llevaban cuentas era de los fallecidos, ya que siempre según Pausanias dentro de recinto sagrado y de todo el bosque que lo rodeaba estaba prohibido tanto dar a luz como morirse.

Los sacerdotes se iban transmitiendo durante generaciones los tratamientos exitosos, y poco a poco se fueron convirtiendo en otra casta, la de los médicos, que también ha llegado hasta nuestros días. Uno de ellos fue Hipócrates, que se decía descendiente del propio Esculapio. Y no sería raro, si tenemos en cuenta lo aficionados que eran los dioses griegos a fornicar con los y las mortales, que en aquellos tiempos no había tanto problema con el género.

Como en los demás recintos arqueológicos que habíamos visitado hasta ahora, la vegetación ayudaba a recrear cómo pudo ser aquello en el momento de máximo esplendor, hacia el siglo IV ANE. Cipreses, olivos, algarrobos, robles, acebuches y lentiscos subían por el monte, mientras que el valle lo ocupaban naranjos, higueras y granados.

Un pequeño detalle nos hizo volver a la dura realidad griega. Nos habían contado que en los principales centros arqueológicos había unas tiendas estatales que vendían reproducciones de muy buena calidad de los principales objetos hallados en las excavaciones. Uno de los vigilantes del museíto de Epidauro nos confirmó que las tiendas habían existido, pero que toda la cadena había cerrado por los recortes, y que no se sabía si algún día volvería a abrir. Y que la crisis no había hecho más que empezar, porque había anidado dentro de la cabeza de los griegos. Cuando le dije que yo era español, añadió: “Entonces me entenderás perfectamente”.

Aprovecho para decir que en Grecia me he sentido menos extranjero que en México o en Argentina. Es verdad que el idioma constituye una barrera muy importante, franqueable solo gracias a la amabilidad y la buena voluntad de los griegos, pero los paisajes, la vegetación, los pueblecitos, las terrazas de los bares, la vida en la calle y hasta el aspecto físico de las personas podría pasar totalmente por español. Si no fuera por nuestras cámaras de fotos, nuestros sombreros de Panamá, nuestras mochilas y nuestra permanente cara de despiste, nadie habría dicho que éramos allodapós, extranjeros.

De vuelta en Nauplia, conocimos a un personaje, Dimitris, que había sido capitán de la marina mercante y navegado durante veinticinco años entre La Habana, distintos puertos españoles y Odesa, trayendo y llevando todo tipo de mercancías. Ahora, teóricamente jubilado pero con la pensión muy recortada, ayudaba a su hija en un negocio familiar de fabricación y venta de pasta. Supongo que fue un buen marino, pero como vendedor era sin duda mejor: nos vendió literalmente lo que le dio la gana, dentro del poco surtido que había en la tienda, limitada a la pasta, el queso y algo de vino.

El miércoles amaneció lloviznando, pero me quedé más tranquilo tras consultar la predicción meteorológica hora por hora, que afirmaba que en Nauplia ni estaba lloviendo ni iba a llover en todo el día.

Salimos temprano dispuestos a visitar Akrokorinto, la fortaleza que controlaba el istmo de Corinto, pero decidimos huir de la autopista y seguir la antigua ruta de las Cruzadas, la Kontoporeia. A golpe de mapa y de TomTom atravesamos varios pueblecitos agrícolas de la llanura de Argólida, hasta encontrar un desfiladero que cruzaba los montes Trapezona para internarse en la comarca de Corintia. En lo más estrecho del valle se levantaba un pueblecito mínimo, Agionori (San Honorio), coronado por un castillo bastante pequeño pero ubicado en lo alto de una peña. En el siglo XIII, cuando francos y venecianos aprovecharon la IV Cruzada no para combatir contra los infieles musulmanes sino para saquear Constantinopla y arrebatar grandes zonas de Grecia al imperio bizantino, construyeron este castillo para controlar el paso entre Corinto y el centro y norte de Grecia por una parte, y la rica comarca de la Argólida por el otro. El castillo estaba impecablemente restaurado con fondos de la Unión Europea, y perfectamente cerrado a cal y canto. En el pueblo invocaron de nuevo a la crisis para justificar el cierre; la llave “estaría en Atenas”, así, en general.


Seguimos camino y después de perdernos varias veces acabamos encontrando a carretera de subida al monte sobre el que se alza la más que impresionante fortaleza de Akrokorinto. Acrópolis griega, ciudadela romana, fuerte bizantino, castillo franco, luego napolitano, luego de la Soberana Orden militar y hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta, de los turcos, de los venecianos, de nuevo de los turcos, y desde hace unos doscientos años de los griegos. Por ahora…

Viéndola desde abajo parece imposible que haya cambiado tantas veces de manos. Laderas escarpadas, fosos, tres líneas de murallas, bastiones, rastrillos, puentes levadizos…. Tiene todo lo necesario para hacerla inexpugnable, pero ni aún así ha conseguido mantenerse indemne.

Desde lo alto de las murallas la vista se extendía sobre los golfos Sarónico y de Corinto, y en los días claros dicen que se llega a divisar el monte Olimpo, la residencia oficial de los dioses clásicos.
Del antiguo templo de Afrodita, en el que mil mujeres ejercían la prostitución sagrada, si es que tal actividad puede existir, solo queda una columna. Debido a este peculiar culto religioso la ciudad de Corinto tenía fama de licenciosa, quizás por eso San Pablo tuvo que dedicarles más de una epístola.

Los corintios, además de tener unas costumbres bastante libres, eran unos creídos de sí mismos, como lo prueba la frase que les dedica Pausanias: "No conozco a nadie que dijera hasta ahora en serio que Corinto era hijo de Zeus, a no ser la mayoría de los corintios".

De los demás edificios que en su día se alzaron en la fortaleza poco queda: vestigios de los baños turcos, una capillita dedicada a San Jorge, y poco más. A la salida de la fortaleza nos encontramos con una cueva que podía haber sido la de Polifemo y sus carneros.


Decidimos volver a Nauplia por una nueva ruta, con mucha calma, recorriendo la costa del golfo Sarónico siguiendo una carreterita serpenteante, enredada en los bosques de pinos que cubrían los acantilados. El golfo, con aguas entre grises y plateadas, como las sienes de Ulises cuando llegó a Ítaca, estaba salpicado de islitas, entre las que destacaba por su tamaño y su historia la de Salamina, que al principio nos ocultaba la vista de Atenas y El Pireo.

La batalla de Salamina, en el siglo V ANE, fue la primera que enfrentó a una democracia, la alianza de ciudades griegas, con una dictadura, la del imperio aqueménida. Temístocles contra Jerjes I, menos de cuatrocientas naves griegas contra mil doscientas persas, pero los griegos consiguieron destruir una parte importante de la flota enemiga y obligaron a los invasores a retirarse a Anatolia. Tan grande fue la derrota de los aqueménidas que nunca más volvieron a intentar atacar la Grecia europea.

El mar se iba haciendo más azul según aclaraba el día, el olor a pino se intensificaba con el calor del sol, y las pocas calas que rompían la costa vertical las veíamos muy abajo, como un paraíso fuera de nuestro alcance. Solo un detalle rompía el encanto de la ruta: en cada punto de la carretera donde podíamos detener el coche para admirar el paisaje se acumulaba la basura. Botellas de plástico, escombros, vasos de poliestireno y otros residuos formaban montones que nadie recogía.

Comimos calamares, mejillones y gambas a la orilla del agua, en el antiguo puerto de Epidauro, y nos volvimos a descansar a Nauplia. Nos esperaba una tarde ajetreada.

La víspera habíamos reservado plazas para asistir a una cata de vinos en Karoni, probablemente la mejor enoteca de Nauplia. El dueño, que hablaba un perfecto inglés, parecía un gran conocedor de los vinos griegos (y de los españoles). El grupo estaba compuesto por unos veinte norteamericanos guiados por una griega, que tenía la cara bastante dura. Nosotros tres, como habíamos llegado los primeros, nos sentamos en la primera fila, para oír mejor las explicaciones en inglés que iba a dar el propietario del local; pero cuando llegó ella con su grupo nos hizo retroceder hasta la última fila con el pretexto de que sus clientes querían sentarse juntos. Y digo yo ¿estarían más juntos en las filas de delante que en las de atrás?, pero como no tenía ganas de discutir y llevábamos todas las de perder lo dejamos pasar.

La cata no era de lujo, sino más bien cutrecilla. Por ocho euracos te daban una copa, una, que ni te cambiaban ni podías enjuagar entre vino y vino. Y de vino te servían cinco buchitos de otros tantos vinos de calidad mediana, de entre seis y diez euros la botella; tan poca cantidad que a mí me costaba encontrarle todos los matices a cada vino. Pero por lo menos aprendimos a reconocer las dos principales uvas del Peloponeso: Moscofilera, con la que se produce un vino blanco bastante aromático en las proximidades de Trípoli, y  aguiorgítico, con la que ya he contado que en Nemea se crían unos tintos afrutados más que potables. Terminamos con una copita de ouzo, el aguardiente anisado que tanto les gusta a los griegos y tan poco me gusta a mí.

Como con las raciones tan escuetas de la cata nos habíamos quedado con la miel en los labios, de la enoteca nos fuimos directamente a contemplar la puesta de sol en una de las terrazas del puerto, botella de moscophilera en mano, y a cenar en una taberna con una jarra de aguiorgítico. Al día siguiente dejaríamos la Argólida rumbo a nuevas zonas del Peloponeso, pero esa es otra historia, que puedes leer pinchando aquí.

Otros capítulos de esta serie:

El anciano Néstor y otras historias (Mesenia, palacio de Néstor y Pilos)
Las 1.808 coronas de Nerón (Olimpia)
De puentes, batallas y pitonisas (Patrás, Nafpaktos y Delfos)
Entre dioses, héroes y tumbas (Atenas)

sábado, 17 de junio de 2017

Asghar Farhadi, director multipremiado: "El viajante” (2016), “El Pasado” (2013), “Nader y Simin. Una separación" (2011)


Queridos "Cinéfilos":
Cartel de "El Viajante" y su oscarizado Director

Asghar Farhadi es un director iraní repetidamente premiado en sus últimas películas:
  • “A propósito de Elly” (Irán 2009), Oso de Plata al Mejor Director en Berlín y Mejor Película en TriBeCa.
  • “Nader y Simin. Una separación" (“Jodaeiye Nader az Simin” Irán 2011), Oscar y Globo de Oro a la Mejor Película de Habla no Inglesa. Nominada el Oscar a Mejor Guión (Asghar Farhadi). En Berlín Oso de Oro a la Mejor Película, Mejor Actor y Mejor Actriz. Otros premios menos reputados.
  • “El Pasado” (“Le passé” Francia 2013), Mejor Actriz en Cannes, Bérénice Bejo (fue la protagonista en “The Artist”), mientras que la película también fue nominada a diversos premios.
  • "El viajante” (Irán 2016) ha obtenido el último Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa, En Cannes, premios al Mejor Guión (Asghar Farhadi) y Actor (Shahab Hosseini), y otros cuantos mas no tan sobresalientes.
Yo he visto las tres últimas y estimo que son películas destacadas y, en conjunto, muy interesantes, claramente aconsejables, pero sin llegar al grado de excelencia que se le supone a las obras maestras. Debo puntualizar que tengo la sensación de que son películas que mejoran la valoración en una segunda visión, porque sus guiones están, en mi opinión, llenos de detalles que fácilmente pueden no ser apreciados a primera vista.


Vayamos por partes:
  • “Nader y Simin. Una separación", que he vuelto a ver en DVD hace una semana, arranca con el problema que se le presenta a Nadir (Peyman Moaadi) empleado bancario de mediana edad, clase urbana media-alta, para los estándares de Teherán, viviendo con una hija de 13 años (muy bien interpretada por Sarina Farhadi, hija del director) y un padre con alzheimer, cuando, recién separado de su esposa (la muy atractiva y convincente Leila Hatami) y en proceso de divorcio, tiene que contratar una persona que cuide de éste y de la casa mientras él trabaja, situación que se agrava considerablemente al ser la joven criada Razieh (quizás el papel más difícil, ampliamente conseguido por Sareh Bayat), ferviente mahometana casada con un marido muy tradicionalista en mala situación laboral y económica, que tiene reparos morales al tener que cuidar físicamente de un hombre mayor. Y para empeorarlo todo aún más hay un accidente… Y el pleito consecuente… Y la rabia e ira de Nadir y el deseo de justicia/compensación por parte del marido de Razieh…
Contada así, la trama parece poco atractiva y en exceso “localista”, pero no. Los hechos y circunstancias se van entrelazando desembocando en un conflicto ético y humano, nada sentimentaloide y consecuentemente mucho más universal.

La interpretación es excelente y la “factura” de la película, realista, no busca la menor pretenciosidad. De todas las películas de Asghar Farhadi es la más premiada y apreciada por la Crítica y en los Foros.
  • “El Pasado”, rodada en Francia y, por lo tanto, con un guión más “liberal” al no haber tenido que pasar la censura islámica, introduce una situación mucho más “occidental”: un iraní casado con una joven francesa (Bérénice Bejo), con la que tuvo un par de hijos, lleva años separado amistosamente y regresa de Teherán a París a petición de su todavía esposa para divorciarse de mutuo acuerdo, ya que ésta quiere casarse con un nuevo consorte, también inmigrante mahometano, creo recordar que magrebí, dueño de una tintorería y padre de un chico o chica de una anterior relación. Hay pequeños roces, ajustes y desajustes entre los dos hombres o en la aún pareja legal, así como en la relación con los tres niños que viven juntos en la casa, donde se hospeda el visitante invitado por la mujer…
El tema no profundiza, aparentemente, en cuestiones más trascendentes y digamos que la película deja menos “huella” aunque sí tengo la sensación de que había una serie de “brillantes subrayados” de situaciones, pequeños conflictos o sus consecuencias, pero sin mayor trascendencia.

La interpretación era buena, especialmente la premiada de la protagonista y la realización con el mismo marchamo realista de la anterior película.
  • "El viajante” (Irán 2016) tiene, al menos para mí, una cinematográfica y visualmente muy atractiva escena inicial: un grupo de actores amateur, todos ellos profesionales universitarios con un razonable nivel económico y alto cultural, con influencias occidentales, están ensayando el montaje de “Muerte de un viajante” de Arthur Miller, en una sala digamos off-Teherán. Al día siguiente hay un terremoto y el edificio donde viven la pareja protagonista de la película, y de la obra de teatro, amenaza ruina inminente, por lo que tienen que abandonarlo urgentemente y trasladarse a vivir a un piso que les ofrece un amigo y actor del grupo amateur. Muy poco después, mientras ella, Rana (Taraneh Alidoosti), se está duchando, él, Emed (Shahab Hosseini) baja a la calle y la puerta no queda cerrada. Cuando vuelve encuentra a Rana auxiliada por los vecinos, mayormente por las vecinas, por ser más exacto, con una fuerte herida en la cabeza, presuntamente como consecuencia del ataque de un intruso. El civilizado Emed siente como la ira y el deseo de recobrar su tradicional honor va creciendo en su interior, hasta que… 
En mi opinión "El viajante” es técnicamente la película con mejor realización de las tres que he visto, con secuencias preciosas, como la citada primera y la que cierra la cinta, aunque su guión haya gustado menos a algunos críticos, como a Carlos Boyero, fundamentalmente cuando lo compara con el de “Nader y Simin. Una separación", que a él le pareció excepcional. A mí me parece que no hay tanta diferencia de calidad de trama entre las dos, aunque sí estoy de acuerdo que los conflictos éticos que se suscitan en la más antigua son más claros y universales que los de la más actual.

La interpretación sigue siendo magnífica en esta tercera película y transmite un muy alto grado de verosimilitud.


Nader y Simin ante el juez, divorciándose.
Reitero mi valoración: conjunto de películas notable, especialmente interesantes las dos rodadas en Teherán. Creo que a vosotros, “Cinéfilos”, ya os advertí en sendos “Avisos” cuando en La 2 emitieron “Nader y Simin. Una separación" y “El Pasado”, hace bastantes meses o hasta años. "El viajante” os la aconsejé en el “Aviso” del 20 de mayo. A estas alturas (se estrenó a principios de marzo) acaban de quitarla del Golem Alphaville donde seguía. Lamento no haber escrito el comentario antes. Me apunto “avisaros” cuando la den en La 2, la Cadena de los "Cinéfilos", sin duda alguna.

Termino, como es habitual, insertando enlaces de la crítica profesional, para que contrastéis con mi personal y limitadísima opinión de decadente Space Cowboy:

“Días de Cine” en La 2 de TVE (7 min) nos ofrece su completísima presentación de "El viajante”, incluyendo muchas referencias a las dos anteriores películas de Farhadi:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/dias-de-cine/viajante/3932146/


Comentario de Oti R. Marchante en ABC “El viajante (****): Parada y fondo por el cine de Asghar Farhadi”.

“El espacio narrativo de un conflicto en el que tanto empujan los celos, como la humillación, la venganza y la estabilidad matrimonial”

http://www.abc.es/play/cine/criticas/abci-critica-el-viajante-the-salesman-201703022118_noticia.html

"Con enorme precisión, la película proporciona dos puestas en escena, una ficticia con la representación de «La muerte de un viajante» y otra real y actual con el proceso degenerativo de un hombre sólido, con un matrimonio sólido y una posición sólida cuando un hecho circunstancial y grave (un desconocido ataca sexualmente a la esposa en la casa a la que se acaban de cambiar por los daños ocasionados en su casa anterior) empieza a anegar de intrigas e incomodidades lo que había su vida hasta entonces… Y transcurren en paralelo, y sin apenas rozaduras, esas dos puestas en escena de la película: continúan los ensayos de la obra y continúa la «obra» del suceso entre ellos, entre una mujer humillada y un hombre incapaz de gestionar las contradicciones que le asaltan…”



Crítica de Carlos Boyero en El País: “Reconocible Farhadi, pero…”

“…Lo que antes me atrapó progresivamente ahora me afecta poco, noto cierta fatiga en la nueva cita con la historia de un fracaso. Será que he dormido fatal. Después de los años tengo muy viva la triste historia de Nader y Simin. Dudo que guarde memoria de esta dolorida pareja. Cosas raras que me pasan con el cine. Pero sigo esperando con notable interés la nueva película de este director tan personal. Que se rodará en España”

http://cultura.elpais.com/cultura/2017/03/02/actualidad/1488479037_713718.html


 “…Admitiendo mis razonados prejuicios con el infinito e hiperpromocionado cine iraní que sufrí durante años en los festivales, me quedé asombrado hace tiempo en la Berlinale ante el arte y la complejidad que desprendía la obra maestra de Asghar Farhadi Nader y Simin. Una separación, una película asfixiante y dura en la que todos sus desdichados personajes poseen razones para sus actos. Nada es lo que inicialmente parece en la tortuosa historia de un matrimonio que se está separando, su hija adolescente, el padre de él, enfermo de alzhéimer, la asistenta embarazada que debe cuidarle y su implacable marido. Farhadi hablaba con lenguaje poderoso de las luces y las tinieblas de algo llamado humanidad, contagiando al espectador el desasosiego, la ira, la confusión y los anhelos de los acorralados personajes. A continuación, Farhadi se traslada a París para rodar El pasado, pero las señas de identidad de su mundo permanecen inequívocas. Los asuntos del corazón, el reencuentro de las antiguas parejas, siguen sangrando, les rodea la oscuridad, los enigmas acabarán en derrumbe emocional…”

 
Crítica de Luis Martínez en El Mundo “La humillación según Farhadi”

http://www.elmundo.es/cultura/2016/05/21/574041cee5fdea504c8b461b.html

“…A su lado, la sección oficial ofreció el último trabajo de Asghar Farhadi. The salesman, así se llama, es si se quiere lo contrario a un cine instintivo en su acepción más a mano. El director iraní consigue de la mano de un guión perfectamente calculado y milimetrado en cada una de sus respiraciones construir lo más parecido a una cinta de suspense desde un punto de partida quizá banal. El resultado es una pieza de una perfección casi humillante, puesto que, precisamente, de eso trata, de la humillación…” 

 
Buen CINE, Amigos.

Manrique

PD en enero de 2018: A estas alturas descubro que Pedro ya nos habló de Asghar Farhadi en 2010 en su muy positivo comentario sobre "A propósito de Elly"

jueves, 15 de junio de 2017

El Regreso - Coming Home

Jon Voight se abre paso a gritos en un pasillo atestado de mutilados en sillas de ruedas. Grita pidiendo que le cambien la bolsa de los orines. Se dirige de frente, decúbito, el pecho sobre una camilla y haciéndola avanzar a golpe de bastones asidos fuertemente en cada mano. Inolvidable. Es la imagen de un hombre joven gritando lo básico de la existencia, que le vacíen la bolsa de la orina. Es la rabia a garrotazos y a golpes con todos y todo. Inolvidable.

La música suena en todas las escenas, como en la vida.

Si las imágenes del comienzo son impactantes, no lo son menos las finales. La ceremonia del final se guarda en el recuerdo para no olvidar jamás. Imborrable.


- ¿Volverías a hacerlo? (Eterna pregunta tras el éxito o el fracaso e inevitable después de haber experimentado el miedo).
- ¿Cuál es esa buena razón que te haría volver a hacerlo? (Imperiosa necesidad de justificar la necedad de lo que hicimos y de asimilar la pérdida de todo lo que ya no tiene remedio).


Alguna vez me he preguntado si los que se entrenan para la guerra realmente se preparan para la muerte de sus vidas. Si son conscientes de lo que supone el regreso de la batalla, si es que lo hay.


Coming Home – El Regreso – Es una de las películas que me han acompañado en el recuerdo desde que apenas alcancé la mayoría de edad. No había tenido ocasión de volverla a ver hasta que días atrás me hice con ella y me preparé para, nuevamente, abrir los ojos. Las mismas sensaciones de rechazo a la violencia que tuve en aquél verano del 79 las he tenido en éste del 17, eso no ha variado en absoluto. Sally, una mujer capaz de dar una oportunidad a su vida para hacerla girar en alguna dirección que dé sentido a su existencia. Una mujer que se expone a que todo cambie y que busca la ocasión para comprobar que realmente la vida es vida. En algunos pequeños detalles, gestos o palabras provoca cambios sin vuelta atrás; en otros grandes, como el cambio de casa a un entorno tangencial o la compra de un coche característico de un estilo de vida vital. Los pechos tras las camisetas y sin sujetador suponían en aquéllos años un gesto de libertad en las mujeres que pretendíamos cambiar el concepto de las cosas; suponían un alarde de libertad. El corte de pelo, determinante siempre, la vestimenta y, para culminar, las palabras, esas palabras que una vez fuera de tu boca te comprometen a una vida que no volverá a ser lo que has vivido. Jane Fonda exige cortésmente que no la traten mal y exhibe una  mirada feminista propia de mujer valiente.


Los regresos no sé si siempre son necesarios. Sé que siempre son distintos a lo esperado. Y sé que existe un antes y un después de esos regresos. Luck ha regresado parapléjico, beligerante y perdido aunque conservando la capacidad de superación frente a cualquier cosa y con la inteligencia de saber aprovechar las pocas oportunidades de volver a recuperar la vida a golpe de adaptación y de humildad. Es delicioso ver cómo se hace de su autonomía nuevamente desde una silla de ruedas y con una sonrisa barbuda de intensos ojos azules y pelo seductoramente desaliñado. Luck, un hombre que aún tiene fuerzas para intentar evitar la muerte de otro hombre. Que tiene agallas para manifestarse solo encadenándose a la fortaleza destructora de una Base Naval. Y que le sobran argumentos para arengar a los chavales para que no cometan el error de alistarse por una obligación moral o por una curiosidad de una guerra que les hará morir hasta en vida.


En un espacio de sufrimiento físico y mental se reencuentran Luck y Sally y reconstruyen una vida donde caben la sinceridad, complicidad, compromiso, respeto, igualdad, generosidad, felicidad, ternura, sexo, amistad y una enorme sensualidad. Una inmensidad de ingredientes que harían de cualquier pareja un nexo envidiablemente indestructible.


Dos personas expuestas a llenar sus vidas y las de otros. Dispuestas a hacer que los regresos sean mejores de lo que han resultado ser.

Regresa también Bob que marchó con determinación al frente y que se mantuvo corriendo sobre la línea sin separarse de ella, sin pestañear. Bob regresa roto. Su regreso es la ruptura del mundo que se formó con su marcha. Bob sabe que regresa vivo pero ya no tiene la vida que dejó. Bob cojea. Bob no sonríe. Bob ya no es Bob. Bruce Dern no reconoce lo que ve. Rápidamente sabe que su vida ha muerto y, tras la ceremonia de dejar todo colocado y bien ordenado, se dirige hacia el mar con la misma determinación y firmeza con que se dirigió hacia la guerra.

El Regreso no asegura que las cosas y las personas sigan siendo lo que dejamos al marchar.

Once I was a soldier
And I fought on foreign sands for you
Once I was a hunter
And I brought home fresh meat for you
Once I was a lover
And I searched behind your eyes for you
And soon there'll be another
To tell you I was just a lie
And sometimes I wonder
Just for a while
Will you ever remember me
And though you have forgotten
All of our rubbish dreams
I find myself searching
Through the ashes of our ruins
For the days when we smiled
And the hours that ran wild
With the magic of our eyes
And the silence of our words
And sometimes I wonder
Just for a while
Will you ever remember me
Una vez fui un soldado
Y luché en arenas lejanas por ti
Una vez fui un cazador
Y traje a casa carne fresca para ti
Una vez fui un amante
Y ahondé en tus ojos por ti
Pronto habrá otro
Para decirte que sólo fui una mentira
Y a veces me pregunto
Sólo por un momento
Si alguna vez te acordarás de mí
Y pienso que has olvidado
Todos nuestros sueños de basura
Me encuentro a mí mismo buscando
Entre las cenizas de nuestras ruinas
Los días en que sonreíamos
Y las horas en que llovía salvajemente
Con la magia de nuestros ojos
Y el silencio de nuestras palabras
Y a veces me pregunto
Sólo por un momento
Si alguna vez te acordarás de mí

Regalar libros

Regalar libros

Cuenta Enrique Vila-Matas, en su Dietario voluble, el conflicto que le crea regalar un libro. ¿Qué hacer: comprar dos libros, uno para el amigo y otro para él, o sólo uno y sufrir por no tener tan deseable libro, suponiendo que sea un libro que no haya leído? Vila- Matas no resuelve el conflicto que, por otra parte, a mí también me ha creado. Claro, que yo tengo un truco, casi nunca regalo un libro que no haya leído y, por tanto, tenga de antemano.
Es muy posible que ese libro que tanto me ha gustado sea para nuestro amigo soporífero. ¿Qué hacer? Vila-Matas recurrió, una vez, a quedarse con el libro que había comprado para una amiga y regalarle una lámpara, una que estaba de rebajas, por poco se la tira a la cabeza. De aquí, deduce nuestro escritor que es peligroso regalar.
Otro problema es el título, Vila-Matas regaló En busca del tiempo perdido a un amigo que creyó que trataba de indicarle que había hecho siempre el imbécil, que toda su vida había estado perdiendo el tiempo.
A mí me ocurrió algo parecido cuando regalé Irse de casa a una amiga con problemas conyugales, para solucionar el conflicto, en que me había metido, tuve que contar casi todo el argumento de la novela de Carmen Martín Gaite.
 Desde entonces sigo unas normas sencillas: libros pequeños, poco más de cien páginas, de autores no demasiado desconocidos y, sobre todo, cuidado con los títulos. Pero esto no es suficiente, por ejemplo, no regalar Una pena en observación de Lewis C. S. a quién ha perdido recientemente un ser querido, sin embargo, este pequeño librito es una joya de sensibilidad, sentimientos, sufrimiento, se puede recomendar pasado algún tiempo. En realidad consuela muchísimo.

Tardes con Margueritte de Marie-Sabine Roger, me lo recomendó una amiga bibliotecaria, que presume de tener en su casa más de cuatro mil títulos. Es agridulce, sólo para naturalezas muy sensibles. Sin embargo, no regalar nunca a personas muy sensibles, Una chica de la calle de Stephen Crain o De profundis de Oscar Wilde.
 El libro de Crain recorrió distintas  editoriales que lo rechazaban sistemáticamente, por fin, el autor se decidió a publicarlo él mismo. Es tan duro, tan triste, que tuve que dejarlo y retomarlo pasado algún tiempo,sin embargo es una joya de realismo. Posteriormente a este comienzo, Stephen Crain triunfó con La roja insignia del valor, libro que podéis regalar a los amigos pacifistas.                 
De profundis de Oscar Wilde, creo que es de sobra conocido, se trata de una carta de amor, dolor y resentimiento, escrita desde la cárcel, por el autor, a su antiguo amante, Arthur.

Cuidado con los personajes que se suicidan, no todos los lectores comprenden el conflicto, si dudáis no regaléis El sunset limited de Cormac Mc. Carthy. El diálogo entre el suicida y su salvador ocupa todo el libro e, inevitablemente nos implicamos al leerlo.

Si sabéis que vuestro amigo es un enamorado de los libros fantásticos, el mejor sería El caballero inexistente de Italo Calvino. La literatura fantástica despierta la imaginación como ninguna otra.

Pocos conocen Las aventuras de Arthur Gordon Pym de Edgar Alan Poe y, sin embargo, puede encantar a los jóvenes y a los no tan jóvenes pero que tengan espíritu  aventurero. Lo mejor es el final que, por supuesto, no voy a desvelar y que a Vila-Matas también encanta.


El coronel Chabert de Honoré de Balzac, adquirió recientemente fama porque se vendía junto con Los enamoramientos de Javier Marías, ya que formaba parte de la trama de éste. Pues bien, por sí sólo es una joya literaria que habla de traiciones, desencantos y dolor.

Madame de Mauves de Henry James, quizá no sea muy conocida pero gustará a quién busca una lectura tranquila alejada de aventuras, como las dos anteriores, pero no carente de reflexión. Este autor retrató a la mujer del siglo XIX como nadie.

Y, hablando de aventuras en estado puro, la mejor novela: Tifón de Joseph Conrad, si queréis saber lo que era viajar en barco de vapor, amenazando una tempestad, por los mares septentrional y meriodinal de China. Conrad, de origen polaco, estuvo navegando durante decadas por todos los mares en barcos ingleses hasta que se nacionalizó inglés y se dedicó a escribir.   

Las encantadas de Herman Melville, no es un viaje, es un recuerdo de un duro viaje o de muchos viajes. No creo que nadie pueda decir que no le gusta este libro, además ha inspirado a otros autores,  por ejemplo, a Claudio Magris.  

Entre los autores españoles, elegiría El adoquín azul de Francisco González Ledesma, sorprende, se une el pasado y el presente en unas pocas páginas llenas de amor.

Caperucita en Manhattan de Carmen Martín Gaite es una ingeniosa novelita de esta autora, una de mis preferidas.


Seguramente que me dejo otros grandes títulos de pocas páginas, pero está bien por hoy si buscáis hacer un regalo. Vila-Matas es un exagerado los amigos son comprensibles, nos agradecen la voluntad que ponemos en regalar y siempre nos disculpan algún pequeño error.
Y, por supuesto El dietario voluble de Enrique Vila-Matas, si queréis pasar un buen rato.

domingo, 4 de junio de 2017

"Lady Macbeth de Mtsensk" se reencarna en los páramos británicos y William Oldroys nos desvela el conflicto


Queridos Cinéfilos:

En estos tiempos de películas repetitivamente comerciales, "sagas" extendidas al límite con nuevos episodios, secuelas y precuelas, para no parar de "exprimir" a sus correspondientes fanáticos seguidores; y directores "fantasmas", con y sin cadenas, que se autoproclaman genios sin que parezca que ni siquiera hayan conocido el Cine, no digamos aprendido, de los "clásicos" Griffith, Chaplin, Murnau, Fritz Lang, von Stroheim, Eisenstein, Lubitsch, Leni Riefenstahl, Ruttmann, Sirk, Ophüls, Wilder, Wyler, Ford, Mankiewicz, Capra, Welles, Wise, Mann, Malle, Truffaut, Rohmer, Chabrol, Fellini, de Sica, Zeffirelli, Visconti, Rossellini, Kurosawa, Ozu, Bergman, Tarkovski, Dreyer, Donen, Cacogiannis, Hitchcock, Kubrick, David Lean, Carol Reed, Karel Reisz, John Schlesinger, Michael Anderson, Lumet, John Huston, Henry Hathaway, Fleischer, Peckinpah, Nicholas Ray, Robert Mulligan o Arthur Penn, por no citar a más, pero estoy absolutamente seguro de que, por no haber elaborado detalladamente la lista, podría en justicia añadir otros tantos directores "clásicos" con similares méritos), no puedo dejar de compartir con vosotros el placer de haber visto una película original, interesante, bien realizada e interpretada, cualidades no muy habituales actualmente y tanto más cuando resulta que tanto su director, William Oldroys, como su guionista, Alice Birch, se estrenan en el Cine con esta muy notable obra, "Lady Macbeth".

Lo primero que tengo que aclarar es que no se trata de una nueva versión cinematográfica de la tragedia de Shakespeare sino una traslación a los ambientes británicos de "Lady Macbeth de Mtsensk", novela corta del escritor ruso Nikolái Leskov, publicada en 1865, que le sirvió de argumento a Dmitri Shostakóvich para su primera y única ópera, conservando el mismo título, que estrenó en 1934 y pudo costarle un serio disgusto porque por su "mensaje", no ortodoxamente coincidente con el ideal de Stalin, "mereció" que el plumífero oficial de Pravda escribiera "al dictado" una demoledora crítica al día siguiente de la premiere. Por cosas menores, muchos intelectuales rusos, especialmente entre el 35 y el 39, acabaron con sus huesos en Siberia o ante un pelotón de fusilamiento. A Shostakóvich sólo le salvó que Stalin no era tonto ni tenía un gramo de locura, por lo que consideró suficiente el amago de castigo, que el gran compositor, como todo superviviente en el "paraíso socialista", supo interpretar readaptándose inmediatamente a los rígidos cánones del realismo soviético puro y duro.

Sólo una puntualización más en cuanto a antecedentes: existe una adaptación previa de esta misma obra al Cine,  "Lady Macbeth en Siberia" (1961) del gran maestro polaco Andrzej Wajda, que no conozco ni tengo otras referencias de ella. 

Katherine con Boris, su suegro y señor
Volviendo a la película, ¿de qué va?:

Una joven, Katherine (Florence Pugh), contrae matrimonio de pura conveniencia con un hombre mayor que ella, Alexander (Paul Hilton),  hijo de un irascible y prepotente terrateniente, Boris (magnífico Christopher Fairbank) en cuya mansión campestre vivirá la pareja, bajo el mandato omnipresente del amo mayor. La falta de empatía de la joven con su suegro y de sintonía marital con su esposo es total. Katherine contacta por azar con un insolente mozo de cuadra, Sebastian (Cosmo Jarvis) y ... 

Cualquiera de vosotros puede razonablemente considerar que es un tema manido, pero su desarrollo, puramente minimalista y esencial, para mi gusto es magnífico y condensado en 89 minutos. Si se acompaña con una excelente fotografía, prácticamente de interiores con muy escasas escenas en exteriores, éstos poco menos que ambientados en "Cumbres borrascosas"; magnífica y sobria interpretación (resulta que también Florence Pugh es prácticamente principiante) y contención incluso en las escenas de mayor violencia, no tengo duda en asignarle una nota absoluta entre notable alto y sobresaliente. 


Invitación íntima a Sebastian
 Mi consejo es que la veáis (preferiblemente en VOS) antes de iros de vacaciones y si la encontráis en algún cine todavía (en Madrid sigue en los dos Renoir, al menos hasta el jueves), advirtiendo que "Lady Macbeth" es claramente la antítesis perfecta de cosas como "Piratas del Caribe: La venganza de Salazar" o "Me casé con un boludo". Cada oveja con su pareja, que dice el sabio refrán.

Y como hay que buscarse aliados para todo, me apoyo en los comentarios de la crítica profesional, que tiene mucho mayor crédito que mi personal opinión:

Como siempre, “Días de Cine” en La 2 de TVE (5 min) no falló:
Comentario de Antonio Weinrichter en ABC “Lady Macbeth (****): Una pasión insuperable”
“Es sobre todo un modelo de cómo abordar el siempre delicado género histórico: la puesta en escena es de un despojamiento y una modernidad absolutos, los actores evitan el modo «en escorzo» (o perfil grandilocuente) que muchos utilizan para hacer (de) época. El trabajo de Florence Pugh, por ejemplo, está más allá de cualquier calificativo que se nos pueda ocurrir”


Crítica de Jordi Costa en El País: “Chaise longue de sangre”
“Película indomable y recorrida por un insidioso humor negro, hurga en heridas de género, raza y clase, sin proporcionar ningún albergue ideológico”
http://cultura.elpais.com/cultura/2017/04/27/actualidad/1493247543_792953.html

Opinión de Alberto Bermejo en Metrópoli de El Mundo “Lady Macbeth: Tragedia transgresora”
Katherine ... sola
“Al conflicto clasista, heredado del texto original, la película superpone otro de carácter racial, lo que imprime un carácter más extremo”

+ La oportunidad de una propuesta de época que se convierte en evocadora metáfora de muchos temas de actualidad
- Su apariencia y su título, que pueden volverse comercialmente en su contra
http://metropoli.elmundo.es/cine/2017/04/27/59007fa4268e3e1c148b467f.html

Buen CINE, Amigos.

Manrique