viernes, 24 de julio de 2015

Una Carta que Sorprende. The Letter

Ayer leí en el periódico que había muerto "un tal" Wayne Carson, compositor de entre otras canciones "The Letter" y "You'll be Always on my Mind" que se convirtió en un clásico cantada por Elvis Presley.

Como me parecía imposible que ambas canciones pudieran haber salido del mismo cacumen he buscado en Internet y si, es cierto, y no solo eso sino que la formación musical de Carson era sobre todo la música country.

La versón de los Box Tops de The Letter me parecía imbatible pero busqué esta de Joe Cocker que os adjunto y ojo con Cocker, siempre fue por libre pero qué personalidad y cuánta música. Vale la pena oirla y verla.

Respecto a "You´ll be Always... " solo os recomiendo que huyáis de la ejecución que de ella hacen los Pet Shop Boys y vayáis a Elvis.

Paz y recuerdo a Wayne Carson y a Joe Cocker. Respecto a Elvis no me parece oportuno puesto  que vive en alguna parte bajo un nombre falso como todo el mundo sabe.

Joe Cocker The Letter

Elvis Always on my Mind

PD. Mientras veia el youtube de Cocker me aparecían anuncios de inventos salvaescaleras, pegamentos de dentaduras postizas y remedios para las pérdidas de orina. ¿por qué? Los anuncios de coches molones y condones los ponen con los Pet Shop Boys

miércoles, 15 de julio de 2015

Las chanclas de Buda

 
Si quieres leer el primer relato de esta serie, pincha aquí.

Como contaba en “Los jardines enmarcados”, a la vuelta de Matsushima nos fuimos a cenar a la estación de Sendai. Otra cosa curiosa de los restaurantes japoneses es la tremenda especialización de muchos de ellos. No es como en España, donde primero eliges el restaurante y luego decides qué tomas. En Japón, si quedas a cenar con un grupo de amigos, lo primero es decidir el menú, para luego buscar un restaurante apropiado. En los locales de las marmotas sólo había fideos, en los sushi bar sólo había sushi, y así hasta extremos grotescos. Había restaurantes de marisco, de pescado, de buey de Kobe, de casi todo lo que se te pudiera imaginar, que ofrecían un solo producto. Y para acabarlo de arreglar solían agruparse por calles.

 En la zona comercial de la estación encontramos una galería en la que todos los restaurantes ofrecían única y exclusivamente lengua de ternera. Eso sí, preparada de mil y una maneras diferentes. Y otra zona especializada en curry, kari le llamaban allí, en la que prácticamente todos los locales te servían unos platos perfectamente divididos por el centro. La mitad de la derecha la ocupaba arroz y la otra mitad un curry rojo, amarillo o verde, con carne y verduras empapadas en la salsa ligeramente picante.

 La primera noche probamos la lengua y la segunda el curry.

 Al día siguiente, vuelta al tren, esta vez para visitar Yamadera, que significa “el templo de la montaña”. En una horita nos plantamos en este pueblecito, y como empezaba a arreciar el calor renunciamos a las indulgencias que se deben de conseguir subiendo a pie los más de mil escalones que llevan hasta el templo. Además, no estábamos muy seguros de si la iglesia católica nos convalidaría los méritos budistas, así que nos metimos en un ferrocarril de cremallera que nos llevó hasta la cima de la montaña, donde se elevaba el complejo de templos. Vistas espectaculares y muchísimas ofrendas a Jizo, de las que ya escribí en jardines enmarcados, que convivían con tablones votivos, nudos de papel y toda esa parafernalia.

 Volvimos a Sendai a mediodía y nos lanzamos por los callejones secundarios del centro de la ciudad, en busca de algún local en el que comieran los empleados de los comercios y oficinas de la zona. A pie de calle nos encontramos un cartelón de madera totalmente escrito en japonés, pero con unas fotos muy claras de bandejas de distintos tipo de sushi. Nos metimos en el ascensor (el restaurante era en el sexto piso), y al llegar nos recibió la encargada, o mama san, con una sonrisa radiante.

Éramos los únicos guiris en el local, efectivamente lleno de vendedores y oficinistas, y nos sentaron en el sitio de honor, en la barra, justo enfrente del cocinero, que se esmeraba limpiando, secando y cortando el pescado crudo y otros ingredientes, para preparar maki, nigiri y muchos otros tipos de sushi. Después de agotar nuestros conocimientos del idioma saludando y pidiendo dos cervezas, cuando nos trajeron la carta, escrita a mano en perfecto japonés sobre un folio metido en un plástico transparente, llegó el momento fatídico del gomen nasai, wakari masen, lo siento, no entiendo nada.

 Pero la mama san no se inmutó. Con otra sonrisa, nos indicó que esperáramos tranquilos, y le dio una orden a uno de los camareros, que se marchó corriendo del local. A los pocos minutos, mientras iba creciendo la expectación de los demás clientes, volvió acarreando el anuncio de la calle, el sándwich de las fotos, que medía metro y medio de alto por un metro de ancho. Entre la vergüenza y la risa pudimos señalar con el dedo lo que queríamos comer, y el cocinero se puso inmediatamente a prepararlo. No soy capaz de describir la cara de satisfacción de la mama san, que miraba a clientes y camareros como diciendo “lo veis, hasta a unos guiris soy capaz de dejar satisfechos”. Tengo que reconocer que fue el mejor sushi que he comido en mi vida, y que salimos de allí en medio de un interminable intercambio de reverencias con la encargada.

 Pasamos la tarde recorriendo el centro de esta grande y poco turística ciudad, en una de cuyas galerías comerciales nos encontramos con 4 cantantes de ópera, vestidas con trajes de noche rojo chillón, que interpretaban los fragmentos más conocidos de varias óperas europeas. Una muy original manera de anunciar la función que tendría lugar esa misma noche en el teatro municipal.

 

Dispuestos a exprimir hasta el último momento nuestros Japan Rail Pass, todavía hicimos otra excursión desde Sendai para visitar los templos de Shiogama e Hiraizumi, pero me siento incapaz de describir un templo más, por muy antiguo, bonito e interesante que sea. Quizás lo más destacable fuera un paseo de una hora entre dos de los templos de Hiraizumi, por un sendero cuidadísimo a través del bosque, entre arces que ya empezaban a teñir sus hojas de rojo. Muy sorprendente fue que en ese paseo una japonesa nos preguntara el camino en japonés, y más sorprendente todavía que entendiera nuestras escuetísimas explicaciones (todo seguido, a dos kilómetros).

 Todo lo bueno se acaba, y ya se empezaba a ver el final de nuestra estancia en Japón, o sea que llegó el momento volvernos de nuevo a Tokio, aunque por el camino aprovechamos para pasar unas horas en Nikko, una de las ciudades más antiguas de Japón, y en concreto en el templo deToshosgu, donde está enterrado el shôgun Tokugawa Ieyasu, del mismo clan que ocupaba el castillo de Himeji.

Llegamos a Tokio al atardecer, nos alojamos en nuestro ya conocido Asakusa Toyoko Inn, y aprovechamos el día siguiente para apurar hasta el fin los Japan Rail Pass y visitar Kamakura, donde por nos encontramos el templo más hortera de Japón. El principal atractivo de este templo es una estatua gigante de Buda, Daibutsu, la segunda más grande del mundo. Y no me preguntéis dónde está la más grande, no tengo ni idea. Impresiona más por estar al aire libre, lo que permite apreciar mejor sus dimensiones. El punto hortera se lo daba la posibilidad de penetrar en el interior de la estatua pagando una modestísima entrada. No tenía absolutamente ningún interés, salvo el de poder decir que has estado dentro.

 El segundo atractivo del templo era la posibilidad de contemplar y fotografiar las chanclas de Buda. No estoy de broma. En un pabellón cercano al Daibutsu se exhibían unas sandalias de paja de arroz, con un aspecto entre chancla y alpargata, de unos dos metros de largo. Se suponía que pertenecían a la estatua, y cada año las fabricaban de nuevo, para que se conservasen siempre en perfecto estado.

 La mejor parte de la excursión fue que, durante un paseo por el pueblo de Kamakura, nos metimos en una tienda, lo que en Ferrol llamarían un chambón, mezcla de ropavejero y anticuario, donde compramos un precioso rollo pintado muy simplemente con unos kanji trazados a mano, en no muy buen estado y sin su caja original, lo que a parecer le hacía perder mucho valor. Hoy luce precioso en una pared de nuestra casita de Roche.

 Y con esta excursión se acabó el plazo de validez de nuestros Japan Rail Pass, y nos vimos confinados a Tokio. Aprovechamos los dos últimos días para hacer todas las compras imprescindibles, desde yukatas hasta diversos productos alimenticios entonces imposibles de conseguir en Cádiz. Pero lo que más nos gustó fue explorar una zona de nuestro barrio de Asakusa que aún no habíamos pisado, y que se dedicaba casi exclusivamente a la venta de artículos de hostelería. Desde utensilios de cocina hasta uniformes de cocinero, desde cartas o ceniceros de restaurante hasta un completísimo muestrario de la comida de plástico de la que hablaba en En busca de la marmota. Sin olvidar una calle íntegramente dedicada a la cuchillería. No menos de veinte comercios especializados se alineaban a ambos lados, y no pude dejar de comprarme un buen cuchillo de pescado, que todavía conservo y engraso cuidadosamente cada vez que lo uso para preparar sushi.

 Cargados con una docena de carretes de fotos (fue nuestro último viaje con una cámara analógica), un montón de regalos, y sobre todo unos recuerdos inolvidables, nos volvimos para España, en otro viaje interminable de muchas horas y varias escalas.

 Y con esto he cumplido mi promesa de contar el viaje que eligierais. No se me olvida que os debo la ruta de la seda, pero creo que también tengo derecho a un descanso y a dedicar unos días a preparar mi muy próximo viaje a Brasil. Incluso es posible que cuando leáis esto esté en mi querido Salvador de Bahía de Todos los Santos, cuna de Jorge Amado y capital mundial del candomblé.

 Pero eso, quizás, será otra historia.

viernes, 10 de julio de 2015

Los jardines enmarcados


Si quieres leer el primer relato de esta serie, pincha aquí.

 En Matsue nos alojamos en el Eki-mae Toyoko Inn, de la misma cadena que el hotel de Tokio, e idéntico en todo, salvo en que no había cruasanes para desayunar.

Al día siguiente, dispuestos a sacarle todo el partido posible a los Japan Rail Pass para dos semanas que habíamos comprado, nos subimos a otro tren para acercarnos a Yasugi, un pueblecito cercano. Queríamos conocer el museo de arte Adachi, en el que había un jardín que durante los últimos doce años se había llevado el premio al mejor jardín moderno, otorgado por una prestigiosa revista japonesa de jardinería. Si los jardines digamos normales que habíamos visitado hasta ahora nos habían impresionado, estábamos deseando conocer el mejor de Japón (y supongo que del mundo).

 En poco más de veinte minutos de tren nos plantamos en Arashima, y desde allí echamos a andar los siete kilómetros que había hasta el museo. Era temprano, no hacía demasiado calor, y nos apetecía pasear un rato por entre los arrozales y las viviendas unifamiliares. Y por qué no decirlo, ahorrarnos el importe de un taxi. Cuando llegamos al museo nos enteramos de que desde la estación había autobuses gratuitos…

 El museo albergaba una buena colección de arte moderno, especialmente obras de Yokoyama Taikan, en un edificio muy bien diseñado, pero lo verdaderamente espectacular era el jardín. Hasta tal punto, que las ventanas que miraban hacia él, perfectamente enmarcadas, formaban parte del proyecto museístico. El fundador del museo, Adachi Zenko, se dedicó a la jardinería hasta su muerte a los 91 años, y los seis jardines ocupaban en total más de 150.000 metros cuadrados.

 La vista desde las ventanas cambiaba con el ángulo de visión, con la hora del día, con la época del año. Pero según todos los testimonios siempre era perfecta. Para no distraer a los visitantes, las zonas del jardín visibles desde el interior del museo estaban cerradas al público, y los jardineros trabajaban en ellas fuera del horario de apertura.



En las zonas visitables los jardineros desarrollaban su trabajo con la delicadeza, parsimonia y perfeccionismo que ya habíamos observado en Kyoto: Pinzas, palillos, tijeritas… Nada de segadoras mecánicas ni rotocultores. Pasamos una mañana deliciosa.

De vuelta en Matsue, donde no había gran cosa que ver, nos acercamos por una fiesta de barrio, una especie de verbena. En una placita del centro se iban instalando chiringuitos de venta de artesanía (muy muy casera, casi pordría llamarse manualidades) y de comida tipo barbacoa. Sobre un escenario mínimo, un par de modernos, vestido uno como un golfista inglés y otro con un yukata, cantaban baladas roqueras acompañados por sendas guitarras acústicas.

Nuestra llegada, y sobre todo que nos instaláramos en un banco frente a uno de los chiringuitos a tomar una salchichas y beber un par de cervezas, causó tanto revuelo que no tardó en aparecer una pareja de periodistas jovencitos que nos hicieron una entrevista para una revista local. A parte de las consabidas preguntas: ¿De dónde venís? ¿Cuánto tiempo lleváis en Japón? ¿Os gusta Matsue?, lo que más les interesaba era saber por qué habíamos decidido quedarnos en Matsue, ciudad muy poco habituada a recibir turistas. La verdad es que no supe que responderles; me imagino que paramos allí porque los horarios de los trenes lo aconsejaban, pero no me pareció una respuesta demasiado correcta. Ante su insistencia, como buen gallego acabé devolviéndoles la pregunta: Why not?, ¿por qué no?

Al día siguiente, y como la verdad es que los periodistas tenían razón y Matsue no ofrecía grandes atractivos, nos embarcamos en un largo viaje en tren con varios trasbordos, hasta llegar muchas horas después a Kanazawa, donde nos alojamos de nuevo en un hotel de la cadena Toyoko Inn.

Al salir de la estación atravesamos dos construcciones que combinaban los aspectos más característicos de la ciudad: respeto a la tradición, amor al arte, pasión por la innovación: El arco Tsuzumi-mon, una gran estructura de madera que evocaba las formas de los tambores tradicionales, y la cúpula Motenashi, “bienvenida” en japonés, una enorme semiesfera de cristal que albergaba un buen centro de información turísitica. Allí fue en donde, al intentar conseguir mapas para hacer una excursión andando por los llamados Alpes Japoneses, nos dimos cuenta de que nos habíamos equivocado de ciudad. A donde en realidad queríamos haber ido era a Takayama, en el interior de la isla, y a más de tres horas de tren de Kanazawa. Ya sé que los nombres de las dos ciudades no se parecen en nada, pero en la época en que reservamos los hoteles estábamos tan agotados de batallar con las páginas web en japonés que nos equivocamos. Y aquí estábamos en Kanazawa, sin saber muy bien que hacer en los más de dos días que íbamos a pasar allí.

Con nuestros folletos y plano de la ciudad en mano, a la mañana siguiente nos dirigimos al parque de Kenrokuen, que se consideraba uno de los tres parques mejor cuidados de Japón, siguiendo su manía de clasificarlo todo (los otros dos eran el Ritsurin Koen en Takamatsu y el Kairakuen en Mito, que no llegamos a visitar). Antes de llegar al parque tuvimos la suerte de encontrarnos a una pareja de novios ataviados con ropas tradicionales, creo que en el típico recorrido con fotógrafo y camarógrafo para hacerse los correspondientes álbum y video. El barrio en el que posaban era muy apropiado para la ocasión, muy bien conservado y con varias casas de geishas y samurái.

El parque de Kenrokuen, de más de once hectáreas de extensión, tiene origen feudal. Fue fundado y cuidado durante siglos por los dirigentes del clan Kaga (como suena), que gobernaba las provincias de Ishikawa y Toyama. Bueno, supongo que del grueso de los cuidados se ocuparían sus siervos. En el centro del parque, sembrado de pabellones y colinas, había un gran estanque llamado Kasumigaike, con su isla en el centro, su manantial y sus patos, ideal para pasear y tratar de olvidarse durante un rato del calor asfixiante que nos envolvía. En los folletos leímos lo bonito que era aquello en invierno, con los árboles cubiertos de nieve, en primavera con la floración de los cerezos y ciruelos, y en otoño con las hojas coloreadas de rojo o amarillo. Del verano no hablaban. No voy a insistir en lo cuidado que estaba el parque ni en la meticulosidad de los jardineros, que ya he descrito en otros capítulos.

Visitamos algunos de los edificios construidos dentro del parque para mayor placer de los señores feudales, como Seison Kaku, la villa en que se alojaba a finales del XIX la madre del líder del clan, y que está perfectamente conservada, amueblada y decorada. Eso sí, ni una sola pared de piedra o ladrillo. Todas las habitaciones se cerraban por paneles deslizantes de madera, bambú o papel, con lo que me imagino el frío que debía de hacer cuando el parque se cubría de nieve.

Pasamos otro día dando vueltas por Kanazawa, hasta que por fin nos subimos de nuevo al tren con rumbo a Sendai. Podíamos haber llegado en tres o cuatro horas siguiendo un recorrido casi directo, con un solo transbordo, pero como teníamos tarifa plana en el tren, preferimos seguir por la costa oeste lo más hacia el norte que pudimos, para luego cruzar las montañas centrales y llegar al Pacífico por Fukushima, donde todavía no había tenido lugar el terrible escape nuclear.

Al día siguiente de llegar a Sendai, de nuevo al tren. No hay nada más jartible que un gallego con tarifa plana. Queríamos pasar el día en Matsushima, la bahía de los pinos, donde habíamos leído que había unos paisajes preciosos, y que el pueblo era muy tranquilo. Lo de los paisajes era cierto, pero lo de tranquilo… Tuvimos la suerte o la desgracia de llegar en plenas fiestas locales, lo que en Andalucía llamaríamos la feria de Mastushima. Ya en la estación nos sorprendió que hubieran instalado largas vallas de control de multitudes, supongo que para encauzar a los miles de personas que querrían salir del pueblo cuando terminara el espectáculo de fuegos artificiales, punto fuerte de los festejos. Váteres portátiles, ambulancias, gran despliegue de policía y otros detalles similares nos convencieron de que lo mejor era visitar el pueblo y disfrutar de la feria, pero no quedarnos a ver los fuegos.

Empezamos por un templo dedicado a Jizo, la divinidad que protege a los fetos y a los niños muertos de pequeños. Jizo adquirió enorme importancia en el período Edo, en el que el hambre llevó a incontables episodios de aborto y de infanticidio.

Las familias afectadas por un aborto o una muerte prematura compraban estatuas de Jizo en el templo, para la que tejían gorritos, toquillas y mantas, habitualmente de blanco (color de luto) o de vivo color rojo. Así ataviadas, colocaban las imágenes en el patio del templo, formando filas de hasta cientos de estatuas idénticas. Al principio nos hacían gracia, hasta que nos enteramos de su significado.



Estas estatuas también se encontraban en los cementerios y al borde de las carreteras, estas últimas me imagino que dedicadas a los niños muertos en accidentes de tráfico. Según la mitología japonesa, probablemente basada en creencias previas a la llegada del budismo, se supone que las almas de los niños no pueden cruzar el río Sanzu porque con su nacimiento han hecho sufrir a sus madres, y no les ha dado tiempo de acumular buenas acciones que compensen esta especie de pecado original. Así, quedan condenadas a acarrear piedras eternamente y acumularlas en las orillas del río, salvo que Jizo los esconda bajo su manto.

Muchas familias depositan juguetes y biberones junto a las estatuas, solicitando una protección especial para sus hijos.

Todo esto y mucho más nos lo contó un voluntario que nos enseñó el templo. Con un inglés que no llegaba ni siquiera a la categoría de macarrónico, nos fue explicando cada imagen, cada biombo lacado, cada acuarela, leyendo dificultosamente un papelito escrito a mano que cuidaba como oro en paño. Nos dijo que era ejecutivo de una gran empresa, que se había jubilado recientemente, y que para devolver a la comunidad todo lo que había recibido se había puesto a estudiar inglés para poder guiar a los turistas extranjeros que llegaran al pueblo. Su problema era que debía de andar por las primeras lecciones del curso de inglés, y se nos hacía muy difícil seguir sus explicaciones. Otro problema, y no menor, era el intenso hedor a ajo que desprendía su aliento.

Cuando terminamos el recorrido, nos confesó que era su primer día de trabajo como voluntario, y que nosotros éramos sus primeros turistas. Nos estaba tan agradecido a nosotros como nosotros a él, y las reverencias mutuas se hacían interminables. Teniendo en cuenta su edad, unos setenta años, y el servicio que nos había prestado, yo pensaba que nuestras reverencias tenían que ser más profundas y duraderas que las suyas, pero el opinaba lo contrario. Al cabo de unos minutos, nos rendimos y abandonamos el templo.

Aprovechamos que todavía no hacía mucho calor ni había mucha gente para acercarnos a ver la bahía que da nombre al pueblo, y acceder al islote de Fukurajima por una pasarela peatonal.

Después de una hora paseando por el islote, en el que era difícil distinguir la vegetación natural de los jardines y los bonsái, volvimos al paseo marítimo, donde ya se habían instlalado varios cientos de personas, con sus sillas plegables y sus manteles en el suelo, para poder ver en primera fila los famosos fuegos artificiales. Como el espectáculo no comenzaba hasta muchas horas después, mataban el tiempo leyendo, escuchando música, jugando con los niños, comiendo y bebiendo.

Al ver la cantidad de gente que ya estaba cogiendo sitio, nos reafirmamos en nuestra idea de no esperar a la noche, sino volver a Sendai antes de que llegaran las multitudes. Todavía tuvimos tiempo para darnos un paseo por el real de la feria, un parque cercano al mar en el que había más de cien puestos de venta de bebidas y comidas. Los vendedores japoneses nos señalaban lo que a ellos les parecía que podía resultar más exótico a un extranjero, pero para quien ha comido percebes, pulpo, erizos y ortiguillas de mar como parte más o menos habitualde la dieta de tapeo, no nos sorprendió demasiado nada de lo que vimos. Si acaso, la cantidad, pulcritud y excelente presentación de la comida en todos los chiringuitos. Siguiendo con el paralelo con las ferias andaluzas, muchas mujeres paseaban vestidas con quimonos, en los que no era difícil reconocer las tendencias de la moda, y muy pocos hombres vestían quimono o yukata. Lo que no había era caballos.

Nos tomamos unos pulpitos muy ligeramente pasados por la parrilla, una especie de ostras crudas y unas cervezas, y nos volvimos para Sendai. A la noche nos fuimos a cenar a la estación de ferrocarril, a menos de un kilómetro de nuestro hotel.

Pero esa es otra historia.

viernes, 3 de julio de 2015

El castillo de los ninja

 
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 Tempranito dejamos nuestro ryokan y cogimos de nuevo el tren bala. Ciento veinte kilómetros más allá y una hora después nos bajamos en Himeji. Por cierto, una de las estaciones en las que paramos fue la de Kobe, donde se crían los famosos bueyes wagyu que producen lo que se considera la mejor carne del mundo, algo así como Jabugo para los cerdos. Cuenta la leyenda que a estos bueyes les dan unos cuantos litros de cerveza al día, los alimentan con los mejores piensos, y los masajean con sake. No sé si será cierto, pero puedo asegurar que la carne es deliciosa y que tiene la grasa perfectamente entreverada, como la del jamón ibérico o el atún rojo de la almadraba de Barbate. Pero no hay que dejarse engañar, lo que en España llaman “buey estilo Kobe” es carne de buey Angus con algunas trazas de la raza Wagyu japonesa, criado en Europa, y que ni bebe cerveza ni recibe masajes.

 Al llegar a Himeji dejamos las mochilas en consigna y nos dirigimos al castillo del mismo nombre, único motivo de nuestra parada en esta ciudad. Un paseíto de menos de media hora nos llevó al pie de la fortaleza, conocida como “la garza blanca”, por su esbeltez, elegancia y color.

 

 El color blanco viene de la escayola que cubre sus paredes, para dar una cierta resistencia al fuego a un edificio construido casi íntegramente de madera. Acostumbrados a castillos de piedra, nos chocó que en Japón fueran de madera, pero era solo una más de las miles de diferencias que nos encontraríamos a lo largo de este viaje.

 El castillo, de cuarenta y seis metros de alto, se erguía en lo alto de la colina Himeyama, lo que contribuía a la impresión de elegancia e inaccesibilidad. Aunque en el siglo XIV ya se construyó un primer fuerte en este lugar, el edificio actual es de comienzos del XVII y lo levantó uno de los sogunes Tokugawa, de cuyo cementerio ya hemos hablado en El coche fantasma.

Por suerte, pese a ser de madera, y gracias a haberse terminado justo después de finalizar un largo período de guerras civiles, nunca ha sufrido daños, ni siquiera en la Segunda Guerra Mundial. Hoy está considerado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, por su singularidad y por haberse conservado perfectamente tanto el edificio principal como las zonas de vivienda de los soldados, las rampas de piedra, los fosos llenos de agua, los terraplenes exteriores de tierra y el entorno en general.

 Después de pagar nuestra entrada, nos encontramos con la agradable sorpresa de que en pocos minutos comenzaba una visita guiada en inglés, que nos pareció muy útil si teníamos en cuenta que gran parte de los rótulos y paneles explicativos estaban escritos exclusivamente en japonés. La visita, de más de una hora de duración, resultó interesantísima, aunque el inglés de la voluntaria que la dirigía era bastante rudimentario.

 El castillo nos encantó. Era una muestra perfecta de arquitectura militar, con sus fosos, rampas, accesos en zigzag, troneras, saeteras, pasadizos ocultos, y muchos niveles defensivos, que permitían mantener la resistencia incluso si el enemigo lograba atravesar las fortificaciones exteriores y penetrar en la torre central. Y en las salas superiores había una colección magnífica de armaduras, arcos, espadas y todo tipo de armamento samurái. La mayoría eran auténticas obras de arte.

 La relación de este castillo con los guerreros ninja viene de muy antiguo. Los ninja, en oposición a los vistosos y más conocidos samurái, basaban sus técnicas de combate en pasar desapercibidos,de ahí sus discretos ropajes negros y sus armas de tamaño reducido. Aunque por su propia naturaleza y lo poco elegante de sus actividades quedan pocos registros históricos de sus actividades, se cree que comenzaron a actuar ya en el siglo VI de nuestra era. Empezaron especializándose en el espionaje, y sobre todo en introducirse en los castillos enemigos para levantar planos y detectar puntos débiles.

 Su verdadera eclosión se produjo en el siglo XV, cuando la inseguridad y las guerras civiles crearon una importante demanda de mercenarios entrenados en el espionaje, el incendio, la agitación e incluso el asesinatony -sobre todo- dispuestos a olvidarse de las estrictas reglas de honor de los samurái. En las zonas más aisladas de Japón surgieron clanes ninja y hasta aldeas y templos dedicados a la formación de estos guerreros.

 Como el castillo se comenzó a construir en plena efervescencia ninja, contaba con varios sistemas de defensa específicos contra sus incursiones. Trampas, alambres sujetos a campanillas cruzando los pasillos, accesos tortuosos, rutas sin salida, mirillas en los muros, patios cubiertos de grava para oír el ruido de las pisadas, y pisos de madera apoyados en bisagras de metal sin engrasar, para que chirriasen cuando alguien los cruzaba, son ejemplos de contramedidas que se podían encontrar en este castillo.

 Jugando a dos barajas, el clan Tokugawa, propietario del castillo, llegó a contratar a un grupo de ochenta guerreros ninja, que se infiltraron en un castillo rival, le prendieron fuego y mataron a sus doscientos defensores. Creo que, en el fondo, los samurái tenían razón y los ninja eran despreciables, mercenarios sin reglas ni honor que combatían a favor de quien mejor les pagase. Y el papel de defensores de causas perdidas y protectores de los pobres que algunas películas y comics les adjudican no es más que pura imaginación.

 Esta relación entre el castillo de Himeji y el universo ninja llega hasta la actualidad. En 1967, en la película “Solo se vive dos veces”, Sean Connery - James Bond recibe su entrenamiento ninja precisamente en este lugar, transformado para el caso en sede de la policía secreta japonesa. Por cierto, este castillo también aparece ampliamente en las películas “Ran” de Akiro Kurosawa y “Shogun” de James Clavell, aunque en esta última le cambian el nombre por castillo de Osaka. Y a pocos kilómetros está el templo de Engyo-ji, en que se filmaron muchas escenas de “El último samurái”.

 Terminada la visita al castillo, compramos unos deliciosos eki bento en la estación y tomamos otro shinkansen hasta Shinyamaguchi, donde transbordamos a un tren de cercanías para cruzar la punta sur de la isla de Honshu y llegar al Mar de la China Oriental, dispuestos a pasar unos días en el pueblo de Hagi.

 El trayecto hasta Shinyamaguchi no presentó ningún problema, pero nuestro primer contacto con los trenes de cercanías ya resultó algo más complicado. En las estaciones más pequeñas era raro encontrarse con horarios en romaji, y mucho menos en inglés. Lo habitual era que estuviesen escritos en kanji, y que hubiera que buscar el nombre de las estaciones de salida y llegada en plan dibujitos, utilizando la grafía japonesa de los nombres de las ciudades que aparecía en nuestra guía de viaje. Una vez localizada la hora de salida del tren que nos interesaba, la apuntábamos en un papel, junto con los nombres de las estaciones (en romaji, ya que prácticamente todos los japoneses lo saben leer) y el día y hora para el que queríamos los billetes.

 Con este papelito nos íbamos a la ventanilla, y por señas le indicábamos al empleado que queríamos dos billetes con los datos que le enseñábamos. Cuando lo entendía, lo anotaba en nuestros Rail Pass, y nos daba los billetes.

 El proceso nos resultaba tan trabajoso que procurábamos sacar de una sola vez los billetes para varios trayectos. Lo malo era que solíamos tardar bastante en todo esto, y si se formaba cola el taquillero se ponía muy nervioso y procuraba quitarnos de enmedio con cualquier pretexto.

 Los trenes de cercanías, como el que nos llevó desde Shinyamaguchi hasta Hagi, no eran nada del otro mundo, se parecían bastante a los trenes españoles de hace bastantes años, con asientos de madera y sin aire acondicionado. Y tampoco eran tan puntuales como los trenes bala. En este caso, en shinkansen recorrimos casi cuatrocientos kilómetros en hora y media, y necesitamos otra horita para el tramo final de solo treinta kilómetros, parte en tren y parte en autobús.

 En Hagi nos alojamos en el Hotel Hasegawa, frente a la estación de autobuses, más cutre y no tan limpio como los Toyoko Inn. Nunca entenderé por qué era tan caro. De entrada, el recepcionista no hablaba ni una palabra de inglés, lo más que hizo fue indicarnos el precio en una calculadora, cobrarnos por adelantado, acompañarnos a la habitación y enseñarnos el frigorífico, ubicado en un pasillo y aparentemente compartido por todos los huéspedes. La habitación no era nada del otro mundo, el precio no incluía el desayuno, no proporcionaban yukatas… Vamos, un timo.

 Esa misma noche, paseando en busca de un sitio para cenar, vimos una casita que tenía pintadas en la fachada gambas, calamares y peces. Pensando con lógica que era un restaurante especializado, nos metimos dentro, y creo que acertamos. Un local muy humilde, con pinta de cantina de un club de pescadores; varios clientes locales en la barra, que nos miraron discretamente pero asombrados, y un encargado o dueño que nos sentó en la mejor mesa del local, justo enfrente del televisor donde se emitía lo que parecía un telediario. Nos trajo las dos cervezas de rigor y una carta, por supuesto en perfecto japonés. Tirando de diccionario le solté así, sin más: “Ebi wa arimasu ka?” o sea, que si tenía gambas. Me respondió entusiasmado que sí, y se me quedó mirando, expectante. Como le volví a repetir lo de las gambas, me largó una larga parrafada, un poco preocupado. Pero cuando le solté el habitual gomen nasai, wakari masen (lo siento, no entiendo nada) se limitó a sonreír y marcharse. Al cabo de un rato volvió con dos cuencos de sopa de pescado, que nos colocó delante, con cara de satisfacción. Nos los comimos sorbiendo, pero un tanto quemados por no haber conseguido las gambas que queríamos. Cuando acabamos la sopa, la retiró, y ahora sí que nos trajo una fuente de arroz glutinoso, varias salsas y una buena ración de gambas al vapor. Me imagino que el hombre consideró que una ración de gambas no era una cena en condiciones, y nos compuso lo que a él le pareció un menú más razonable. Por cierto, las gambas estaban muy buenas y el precio resultó más que asequible.

 El día siguiente lo pasamos recorriendo los templos del casco antiguo, que aunque pequeños, humildes y solitarios, o precisamente por eso, tenían mucho encanto. Hasta encontramos el templo de los pescadores, repleto de maquetas de barcos colgadas del techo. Tiempo tuvimos para pasear por la playa, sin nada de interés para un gaditano aunque sea de adopción, por las ruinas del castillo (verdaderamente arruinado, yo diría más bien arrasado), y por el barrio samurái, en el que envueltos en un calor infernal pudimos entrar en varias casas antiguas, en realidad más de comerciantes que de auténticos samurái. Me imagino que el nombre del barrio vendría de la época en que fue construido, más que de que en él vivieran los antiguos guerreros, equivalentes a nuestros caballeros medievales.

 Las casas eran muy interesantes. Construidas íntegramente en madera, bambú y escayola, recogían todos los elementos que conocemos de las películas de Kurosawa (La leyenda del gran Judo, Rashomon, Los siete samurái, Yojimbo) y Mizoguchi (Cuentos de la luna pálida, El héroe sacrílego). Suelos de tatami, paredes interiores y exteriores semitraslúcidas y deslizantes, techos de vigas vistas, decoración minimalista, ausencia casi total de mobiliario…

 Todavía pasamos un día más en Hagi, durante el que visitamos un par de templos de los alrededores, en un recorrido a pié de varios kilómetros. Primero fuimos a Daisho-in, que aunque quedaba un poco alejado del centro, tenía un encantador aire de abandono, de decadencia. Seiscientos tres fanales de piedra cubiertos de liquen decoraban el cementerio de los miembros pares del clan Mori, que se instaló en Hagi en el siglo XVI.

 El segundo y último templo del día fue el de Toko-ji, de aspecto más recargado, y que también albergaba unas cuantas tumbas de los Mori, pero esta vez de los impares, en concreto de los señores número tres, cinco, siete, nueve y once. El por qué se iban alternando los enterramientos entre ambos templos es para mí un misterio. Y más si tenemos en cuenta que mientras Toko-ji era de la secta budista Obaku, de origen chino, Daisho-in pertenecía a la secta Zen.

 Desde el templo de Toko-ji bajamos caminando hasta la estación de ferrocarril, para intentar conseguir billetes hasta Tsuwano y Matsue, nuestras siguientes etapas. Como la taquilla estaba cerrada, preguntamos sin éxito a varias personas que estaban en la sala de espera, hasta que una chica nos indicó una señal que ostentaba una “i” blanca sobre fondo azul y una flecha. Siguiendo las flechas, al cabo de casi dos kilómetros encontramos una oficina de información turística en los bajos del ayuntamiento.

 Allí por fin nos enteramos de que en Hagi hacía años que se habían suspendido los servicios de ferrocarril, pero que había autobuses de Japan Railways directos a Tsuwano, que nuestros Japan Rail Pass valían para esos autobuses, y que paraban allí mismo. Rápidamente compramos sendos billetes para el día siguiente, aunque nuestros intentos de conseguir otros billetes para luego continuar desde Tsuwano hasta Matsue resultaron totalmente infructuosos. Nos insistieron en que los podíamos comprar en Tsuwano, y creo que respiraron aliviados cuando nos fuimos. Nada que ver con el viejo chiste del viaje de un murciano desde Sangonera hasta Osaka y vuelta.

 Pasamos el resto de la tarde descansando; al fin y al cabo y aunque no lo pareciera estábamos de vacaciones. Al día siguiente bien temprano nos subimos a nuestro autobús, que en un par de horas nos llevó hasta Tsuwano, sesenta kilómetros al norte, donde pensábamos pasar solo una mañana visitando el templo sintoísta de Taikodani Inari.

 Desde la parada del autobús ya se veía una larga fila de banderolas que marcaban el ascenso hasta el templo, al que se podía subir en coche. Pero pese al calor y la humedad que ya apretaban a las diez de la mañana, nos dispusimos a seguir el viejo sendero de los peregrinos, que serpenteaba entre los árboles y que cubrían más de mil torii, unos arcos monumentales de madera, pintados de rojo, tan juntos que casi formaban un túnel. Por suerte, no era un día punta de peregrinaciones, y pudimos recorrer el sendero prácticamente solos, en un silencio roto solamente por los cantos de los pájaros y el correteo de las ardillas.

 El templo en sí era relativamente reciente, se había construido en el siglo XVIII para proteger el costado nordeste del castillo de Tsuwano, ya que en la tradición japonesa el mal llega siempre desde esa dirección. Como Inari es un dios muy polifacético, ya que se ocupa del sake, la fertilidad, el arroz, la agricultura, los zorros, la industria y el éxito en general, no es de extrañar que en Japón le hayan dedicado más de treinta mil templos. El que íbamos a visitar se consideraba uno de los cinco más importantes. Y no, no sé cuáles son los otros cuatro.

 Aunque también se celebraban muchas bodas, los visitantes solían acudir a este templo para realizar el Oharae, un rito de purificación habitual ante rachas de mala suerte o antes de emprender un viaje o un nuevo negocio. Se podían organizar bajo demanda de un particular, previo pago de unos 3.000 yenes, y en determinados días había ritos colectivos y gratuitos, de gran solemnidad, que no tuvimos la suerte de presenciar. Por lo que pudimos atisbar desde la entrada al templo, los peticionarios y el sacerdote se sentaban o arrodillaban en el suelo frente al altar, y el sacerdote recitaba lo que supongo que sería una oración. Todo muy sobrio.

 Tanto en el edificio principal como en los demás que rodeaban el patio central se apilaban las ofrendas, reales o simbólicas, de los fieles. Sacos de arroz bellamente decorados, tablones votivos, paneles con listas de donativos de hasta varios millones de yenes, y miles de nudos de todos los tamaños, en papel o paja de arroz. Sobre la entrada del templo principal, en el límite de la zona visitable por unos infieles como nosotros, colgaba el nudo más grande que he visto en mi vida. Formado por una maroma de paja de arroz de casi un metro de diámetro, calculo que tenía algo más de cuatro metros de largo. Luego me enteré de que estos nudos, los shimenawa, eran una defensa contra los malos espíritus, y se instalaban incluso antes de poner la primera piedra del templo. Un nudo muy similar forma el cinturón ceremonial de los grandes luchadores de sumo.


Un poco más abajo del templo estaba el aparcamiento, en el que había otro templete dedicado específicamente a la purificación de los coches. Pagando la tarifa establecida, un sacerdote bendecía al coche y al conductor, librándolos de toda culpa anterior y rezando por su seguridad. Lo que no te perdonaban eran las multas.

Creo que es el momento de contar algo más sobre el sintoísmo, que es la religión tradicional del Japón, aunque en Europa se conozca más el budismo zen. Es una religión muy alejada de las llamadas “del libro”: Ni es monoteísta, ni tiene un libro sagrado ni un líder máximo. Se la clasifica entre las religiones naturalistas, porque sus seguidores adoran a los elementos de la naturaleza; de ahí que en muchas ocasiones sus templos se ubiquen en paisajes excepcionales o que alberguen árboles antiquísimos a los que se presta un respeto muy profundo. También reverencia a los antepasados, con lo que expresa dos aspectos muy importantes en la vida de los japoneses: el amor a la naturaleza y el respeto a los ancestros.

En la actualidad Japón es un estado laico, en que no hay ninguna relación entre el gobierno y las distintas religiones que allí se practican. De hecho, en las escuelas públicas está prohibida la enseñanza religiosa, que suele realizarse en el ámbito doméstico o en las escuelas monacales. Esta situación viene muy influida por la derrota en la Segunda Guerra Mundial, ya que antes y durante la misma el sintoísmo era la religión oficial, y el emperador era considerado como un dios. La influencia de los sacerdotes sintoístas ha decaído mucho, aunque la mayoría de los japoneses sigue fiel a sus preceptos básicos, que impregnan la cultura y la ética social.

Bajamos de nuevo por el sendero de los torii, y cogimos otro tren local, que después de varios transbordos nos llevó hasta Matsue.

Pero eso es otra historia.

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