jueves, 27 de julio de 2023

Sídney, la ciudad del mar

   Nuestra llegada a Sídney resultó un tanto accidentada, ya que la compañía aérea nos perdió una de las dos maletas en el vuelo desde Cairns. Entre el tiempo perdido en reclamarla y la absoluta inoperancia de la empleada que nos atendió, que nos informó tan mal como pudo, llegamos a nuestro apartamento de no muy buen humor.

   Menos mal que nuestro barrio, Newtown, nos alegró un poco. Situado a media hora en autobús del centro de Sídney, se organizaba en torno a una antigua carretera, King Street, en la que se conservaban muchos edificios de hace cien años. En doscientos metros de calle había restaurantes especializados en comida de diez o doce países diferentes, supermercados, lavanderías, una librería, muchos pubs y tiendas de ropa vintage y de segunda mano.

   En las calles laterales, donde vivía la mayoría de los habitantes del barrio, se alzaban casas de una o dos plantas, en general unifamiliares, con unos jardincitos mínimos, a veces limitados a un porche con varias macetas. 


   Nuestro apartamento, un semisótano, era tranquilo, amplio, limpio y luminoso. Sus dueños, que vivían en el piso de arriba, lo tenían perfectamente dotado con todo lo necesario para nuestra comodidad.

   En cuanto nos instalamos, nos fuimos al supermercado más cercano a comprar fruta, tomates y lechuga ¡Por fin pudimos prepararnos una ensalada sencilla, de las que nos gustan!

   Perdimos la mañana siguiente en gestiones para intentar recuperar nuestra maleta. Las informaciones erróneas de la empleada de la víspera nos obligaron a desplazarnos hasta el aeropuerto, para desde allí regresar a toda prisa a nuestro apartamento porque nuestra maleta había aparecido y estaba en proceso de reparto.

   Ya de mejor humor y recuperada la maleta, empezamos nuestro intenso programa de visitas.

   Sídney es una ciudad enorme y mestiza. El cuarenta por ciento de sus cinco millones de habitantes ha nacido fuera de Australia, especialmente en China, India, Reino Unido, Vietnam y Filipinas. Lo que no es fácil encontrar aquí son aborígenes.

   Es una ciudad pensada para el bienestar de sus habitantes, al menos de los que pueden pagar el alto coste de vivir en una de las capitales más caras del mundo. Cuenta con un millón de hectáreas de zonas verdes y su ubicación en una bahía muy recortada permite que el mar o el río Parramatta estén presentes en todas partes. Los espacios públicos están muy bien equipados, con bancos, fuentes de agua potable, sombra, aseos y mesas para pícnics, todo fabricado con materiales robustos y duraderos. El transporte público es rápido, frecuente, razonablemente barato y muy fácil de usar, ya que se puede pagar directamente con tarjeta de crédito. 

 Sídney es una ciudad de contrastes. Las torres verticales, interminables, del centro financiero frente a las barriadas de viviendas unifamiliares; los grupos de turistas con guía y banderita al lado de los miles de empleados que van y vienen entre las oficinas del centro y las barriadas residenciales; los grandes almacenes frente a las docenas de mercadillos callejeros.

   Los principales museos también aquí son públicos y gratuitos. Por todas partes hay empleados o voluntarios dispuestos a ayudarte, siempre con una sonrisa y una palabra amable. Cuando te sientas en un restaurante, antes incluso que la carta te traen una jarra con agua fría, que no te cobran.

   Pese a sus cinco millones de habitantes, igual a la suma de Madrid y Barcelona, la vida parece relajada, como la de una capital española de provincias. No hay atascos de tráfico, bocinazos ni boinas de contaminación; la gente camina sonriente, sin empujones ni agobios, como si fueran de paseo; en el autobús es habitual saludar al conductor al entrar y darles las gracias al salir.

   Sídney, además de todo eso, es también la capital LGTB de Australia. No por casualidad fue el origen del mítico viaje en autobús de Priscilla, reina de desierto. Su fiesta del orgullo, que se celebra cada martes de carnaval, atrae a miles de visitantes, al igual que su Mes del Orgullo LGTBQI, que se extiende del uno al treinta de junio. No es fácil encontrar un bar o restaurante que no exhiba la bandera del arcoíris; el epicentro de todo este ambiente es la calle Oxford, donde durante todo el año y a lo largo de un kilómetro se suceden las banderas, vallas de obra, semáforos, bancos y escaparates decorados con los colores de la inclusión.

   Nosotros comenzamos nuestro recorrido por uno de los puntos más simbólicos de Sídney: el Puente de la Bahía. Inaugurado hace casi cien años, sigue siendo utilizado por trenes, automóviles, peatones y ciclistas. Es bastante más corto (1.149 metros) que el de la Constitución de Cádiz (3.092) y de menor altura libre (49 frente a 65 metros), pero conserva el encanto de lo antiguo.

   El recorrido a pie, que nosotros hicimos de norte a sur, ofrecía unas vistas impresionantes sobre la bahía, con el edificio de la ópera en primer plano y una base naval más al fondo, en la que destacaba la mole del ALHD Adelaide, un portahelicópteros diseñado y construido en Navantia, la empresa en la que he trabajado gran parte de mi vida laboral.

   Mientras cruzábamos el puente, yo bien agarrado a la barandilla para intentar paliar el vértigo, vimos a un grupo que lo recorría andando por encima de las grandes vigas curvas de las que cuelga la plataforma de circulación. Un vigilante nos informó de que, previa reserva y pago de la tarifa establecida, cualquiera podía hacer ese recorrido. No seré yo quien lo intente.


   En el extremo sur del puente está The Rocks, la zona donde en 1788 se establecieron los primeros colonos ingleses y, quizás, el punto más turístico de la ciudad. Justo al lado de la terminal de cruceros, entre callejones y escaleras empinadas, se mezclan viejos veleros, antiguos locales portuarios y rascacielos supermodernos. Por en medio se apiñan docenas de locales orientados hacia los visitantes. Bares, restaurantes, galerías de arte, tiendas de recuerdos, pequeños museos y tiendas de ropa exclusiva, como la de Joe Bananas, especializada en camisas, pajaritas y americanas de diseño muy colorido y elegante, que me fascinó. Estuve un buen rato probándome, pero sus precios elevados me disuadieron, al menos de momento.

   Entre el bullicio de turistas nacionales y extranjeros y de oficinistas que se dirigían a la terminal de donde salen los barquitos que comunican el centro de la ciudad con todas las poblaciones de la bahía, una pareja de aborígenes intentaba ganarse la vida con el sonido hipnótico del digderidoo.

   Buscando un poco de tranquilidad, caminamos hasta el jardín botánico. El parque, con buenas vistas sobre la bahía y cientos de árboles enormes y frondosos, estaba invadido por docenas de aves grandes, zancudas y con picos largos y estrechos, con cierto parecido a nuestras cigüeñas.

   El ibis blanco australiano es un ejemplo de las nefastas consecuencias de algunas políticas ultraanimalistas. En los años sesenta, en Sídney y en algunas otras grandes ciudades tenían ejemplares de este ave enjaulados en los zoos, mientras que el grueso de la población, estimada en unas once mil parejas, vivía libre en los pantanos de Macquarie, en el norte del estado de Nueva Gales del Sur.


 Antes de 1970 era muy raro ver en las ciudades ejemplares silvestres, ya que procuraban mantenerse alejados del hombre. En 1971 se decidió liberar a los ibis enjaulados, pero no se los devolvió a sus pantanos de origen. Estos animales, acostumbrados a la presencia humana, anidaron en los parques urbanos, donde comenzaron a alimentarse de los restos de pícnics y del contenido de las papeleras, que vaciaban fácilmente con sus largos picos. Por otra parte, los ibis salvajes, atraídos por la presencia de sus hermanos antropizados, migraron a las ciudades y se acostumbraron rápidamente a su nueva dieta basurera. En la actualidad, por su abundancia, tamaño y hábitos alimenticios se han convertido en una plaga en las ciudades, a la vez que el número de ejemplares silvestres disminuye a toda velocidad.

   En el extremo de la península del Botánico se encuentra el icónico edificio de la Ópera, que se inauguró, tras quince años de construcción, en 1973. Diseñado por el arquitecto danés Jorn Utzon, cubre un solar de dieciocho mil metros cuadrados y se apoya en casi seiscientos pilares hundidos hasta veinticinco metros bajo el nivel del mar.

   Los problemas de la construcción comenzaron cuando, por presiones políticas, se decidió iniciar los trabajos pese a no estar terminado el diseño, algo muy habitual en mi antiguo astillero. Uno de los asuntos más difíciles fue compaginar las ideas estéticas del arquitecto Utzon con los criterios económicos de las empresas a las que se les adjudicó la construcción. Al final, esta discrepancia se resolvió de una manera muy original: Después de permanecer en el outback durante dos semanas, totalmente ilocalizable, el arquitecto volvió diciendo que todas las bóvedas exteriores serían porciones de esfera con el mismo radio de setenta y cinco metros. Esto permitió reutilizar el encofrado una y otra vez, reduciendo los costes que habría tenido el diseño inicial formado por elipsoides. La ópera de Sídney es el primero de los grandes edificios en el que se ha utilizado un ordenador para calcular las estructuras.

   Al día siguiente nos encaminamos hacia la playa de Bondi, ocho kilómetros al sur de la ciudad, frente a las olas salvajes del mar de Tasmania. Se trata de un barrio caro y de una de las playas favoritas de los surfistas, lo que no impide que esté acondicionada para que la puedan utilizar niños y familias de toda la ciudad: buen transporte público, zonas de juegos infantiles, mesas y bancos de picnic, barbacoas de uso público, aseos impecables…

   Desde el extremo sur de esta playa seguimos un paseo peatonal de unos cuatro kilómetros que nos llevó, a lo largo de acantilados y calitas, hasta la playa de Cogee. El sendero, cómodo, seguro y bien señalizado como todos en Australia, pasaba frente a algunos de los barrios más exclusivos y al cementerio de Waverley, desde donde los difuntos disfrutan de muy buenas vistas al Pacífico Sur.


   A lo largo del recorrido nos cruzamos con docenas de personas de todas las edades, que corrían o caminaban bajo el sol de otoño, aprovechando los pocos días que quedaban hasta que bajaran más las temperaturas. Frente a la placidez de la tierra, el mar estaba tan revuelto que las mayoría de las calas estaban cerradas al baño y su uso solo estaba permitido para los surfistas, que en Australia actúan también como socorristas de las playas.

   Por la tarde nos acercamos a la Galería de Arte de Nueva Gales del Sur, un gran complejo museístico ubicado cerca del jardín botánico. En el edificio más antiguo, las salas exhibían una curiosa mezcla de su colección permanente de arte clásico con piezas mucho más modernas, mientras que el edificio nuevo combinaba obras aborígenes con otras de las tendencias más actuales.

   Al cuarto día de nuestra estancia en Sídney intentamos ir en ferri a Manly, un barrio en la orilla opuesta, trayecto que permite recorrer gran parte de la bahía en un transporte público muy utilizado por los sidneyeses. Pensábamos aprovechar la navegación para tener otra perspectiva del puente de la bahía y la ópera y, una vez en Manly, hacer una ruta de senderismo junto al mar. Cuando nos acercábamos al muelle 4A, desde donde teóricamente partían los ferris para nuestro destino, una señora uniformada nos dirigió, con gestos y grandes voces, hacia el cercano muelle 4B. Junto con nosotros desvió también a un grupo de treinta o cuarenta turistas chinos. Subimos rápidamente al ferri allí atracado, para intentar evitar que los chinos ocuparan todos los asientos bien orientados, como tienen por costumbre.


  A los pocos minutos, un altavoz nos advirtió de que el ferri estaba a punto de zarpar hacia las bahías Rose y Watson y que, si no era ese nuestro destino, aún estábamos a tiempo de descender. Poco después, el ferri soltó amarras mientras el capitán nos comunicaba de nuevo que nos dirigíamos a las bahías Rose y Watson y añadía: “Si no es este su destino, disfrute al menos de la travesía”. Comprendimos entonces que nos habíamos equivocado de buque al seguir las órdenes de la encargada y decidimos seguir el consejo del capitán. El ferri inició su recorrido pasando entre el puente y la ópera, momento en que uno de los marineros se ofreció a fotografiar a todos los turistas que lo deseáramos. 

   A pesar del viento frío que nos azotaba, tres chinas de mediana edad y vestidas con ropas glamurosas no tardaron en abandonar sus asientos y colocarse justo en la proa para una interminable serie de fotos, tapándonos la vista a todos los demás viajeros. Allí siguieron hasta que una racha de viento le levantó a una de ellas la falda hasta el cuello, lo que consiguió que se sentaran entre risitas avergonzadas y no volvieran a moverse en toda la travesía. 

   En la bahía Rose se bajaron todos los chinos, pero nosotros seguimos hasta Watson, donde pudimos comprobar lo bien que vivían en Sídney los que vivían bien. No les bastaba con unos chalés inmensos en primera línea de playa, con árboles centenarios en sus jardines particulares ni con yates con los que podrían haber cruzado fácilmente el Pacífico, sino que algunos de ellos tenían allí amarrado su hidroavión privado. 

   A la vuelta, en un barco semivacío, tuvimos unas vistas espectaculares de los rascacielos del centro de la ciudad.

   Al regresar al Circular Quay, la terminal de ferris de la bahía, nos dimos un paseo por las calles más comerciales del centro hasta llegar al Queen Victoria Building, construido como mercado a finales del siglo XIX y hoy en día reconvertido en un centro comercial de lujo. A mí me recordó inmediatamente los almacenes GUM, en la Plaza Roja de Moscú. Cuando pasé frente a la tienda de Joe Bananas no pude resistir la tentación de entrar, probarme varias cosas y acabar comprándome una camisa y una pajarita.

   Al día siguiente, quinto ya de nuestra estancia en Sídney, volvimos al fascinante centro de la ciudad. El primer lugar que queríamos visitar era el Anzac Memorial, un lugar de recuerdo para todos los australianos muertos en acto de servicio durante la Primera Guerra Mundial. Anzac son las siglas en inglés del cuerpo de ejército de Australia y Nueva Zelanda, cuyo desastroso intento de desembarco en Gallipoli provocó miles de muertes.

   Con el tiempo —y las guerras— se fue ampliando el objetivo del monumento, que hoy en día recuerda a todas las personas, hombres y mujeres, muertas en acto de servicio en cualquiera de las guerras y misiones de paz en que ha participado el ejército australiano. Solo hay una excepción, muy significativa. En el monumento no fui capaz de encontrar ninguna mención a las “guerras de frontera”, que durante ciento cincuenta años libraron soldados y policías contra los aborígenes que se oponían a que los expulsaran de sus tierras ancestrales y que causaron la muerte de cien mil indígenas y dos mil quinientos angloaustralianos.

   El inicio de las obras estuvo envuelto en polémica. La muerte de veintitrés mil soldados australianos en la batalla del Somme en menos de dos meses levantó una fuerte oposición entre las organizaciones de soldados, que se oponían al envío de nuevas fuerzas a Europa. En 1916 y 1917 se celebraron votaciones para implantar el servicio militar obligatorio, que fue rechazado mayoritariamente en ambas ocasiones.

   El edificio, construido siguiendo los principios del art decó, es similar a muchos otros monumentos militares, pero a mí me recuerda especialmente a los erigidos por la Unión Soviética en Moscú o en Berlín después de la Segunda Guerra Mundial.

   De allí nos fuimos al Tower Eye, una torre de telecomunicaciones de más de trescientos metros de altura, a cuya plataforma de observación, situada a doscientos cincuenta metros sobre las calles circundantes, se puede subir en ascensor. Dieciocho metros más arriba hay una pasarela abierta con suelo de cristal, a la que vi subir a un grupo de turistas provistos de cascos y arneses de seguridad. Comprendo lo de los arneses, para evitar caídas, pero los cascos me parecieron absolutamente inútiles.


 No hace falta que diga que las vistas desde la plataforma acristalada, que ofrece una panorámica de trescientos sesenta grados sobre el centro de la ciudad, los barrios residenciales, la bahía y el rio Parramatta, son impresionantes. Yo tardé casi cinco minutos en atreverme a soltar el pasamanos que rodea el núcleo interior de ascensores. Necesité otros cinco minutos, pasito a pasito, para acercarme a los ventanales. Luego, con mucha precaución, logré incluso mirar hacia abajo y hacer algunas fotos.

   Creo que en la foto se puede apreciar la contracción de mi espalda, que días después me pasó factura.

   Para buscar un buen sitio para comer, cogimos el tranvía a Chinatown, un auténtico barrio chino que ocupa varias manzanas junto a la estación central. Los chinos llegaron a Australia a partir de 1840, cuando los ingleses dejaron de enviar presos condenados a trabajos forzados y los granjeros seguían demandando mano de obra barata. Los trabajadores chinos, discriminados, mal pagados y en ocasiones transportados a Australia contra su voluntad, se convirtieron después en la principal fuerza de trabajo durante la fiebre del oro de los años cincuenta y sesenta del siglo XIX, llegando a emigrar más de cuarenta mil en solo diez años.

   No todos los chinos que emigraron a Australia por aquellos años eran campesinos pobres. Muchos eran comerciantes acomodados o artesanos, que vieron en Australia una nueva oportunidad de prosperidad.

   Con la llegada del siglo XX y la formación de la Federación Australiana, se incrementaron las restricciones racistas, de forma que muchos chinos perdieron sus empleos industriales y se vieron relegados a trabajar como jardineros de los blancos acomodados. Los cambios de mentalidad a partir de 1968 han llevado a normalizar la inmigración y permanencia de chinos en Australia. Hoy en día, el tercer país de origen de inmigrantes es China, solo por detrás del Reino Unido y de Nueva Zelanda.

 Un australiano nos había contado que los indios y paquistaníes emigraban a Australia para trabajar unos años, enviar todo el dinero que pudieran a sus familias y luego volverse a su país, mientras que los chinos llegaban con vocación de quedarse y que reinvertían sus ahorros allí mismo. Esto era evidente en Chinatown, donde la inmensa mayoría de los rótulos empresariales y comerciales estaban escritos en caracteres chinos y la casi totalidad de restaurantes se especializaban en la deliciosa gastronomía china. Los productos a la venta en las tiendas de alimentación nos resultaban, en ocasiones, difíciles de identificar.

   En el corazón del barrio nos encontramos el primer mercado de estilo europeo que veíamos en todo el viaje; hasta aquel momento todo habían sido supermercados con comida hiperenvasada. El sótano del antiguo edificio del Haymarket, cuyas plantas superiores eran ahora un centro comercial, estaba ocupado por un laberinto de puestecitos de fruta, verdura, ropa, pelucas, recuerdos baratos, pescado, carne y cualquier otra cosa que pudieras imaginar.

   Esa noche cenamos fruta y verdura de alta calidad a muy buen precio.

   Al día siguiente, aunque todavía nos quedaban muchas cosas por ver, íbamos notando el cansancio y no nos sentíamos capaces de mantener el ritmo. Aprovechamos que era sábado para plantearnos solamente dos objetivos: algún mercadillo de barrio y una de las galerías de arte más radicalmente rompedora.

   Por la mañana recorrimos un par de mercadillos. El que más nos gustó fue el de Paddington, montado en los jardines que rodean una iglesia unitaria. Ropa nueva y usada, artesanía de todo tipo, herramientas, libros y, sobre todo, comida. Desde varios puestos que vendían pan artesanal hasta una carpa que ofrecía sangría y paella, con buena pinta pero que no nos apetecía a las once de la mañana.

   Lo que sí probamos fue el menú del The Paddington, un antiguo pub convertido en restaurante de cierta categoría. Junto con el Noodle House Mitchell de Darwin, el Bayleaf Balinese de Cairns y el Mabu Mabu de Melbourne fueron, en nuestra opinión, los mejores restaurantes del viaje.

   Su decoración, mezcla de un pub tradicional y una cocina ultramoderna; su servicio, en general rápido y eficiente; su carta, con un surtido corto pero bien escogido de mariscos, pescado, carnes y verduras, y sus precios, razonables para Australia, lo convirtieron en nuestro favorito.

   Después de comer fuimos a la White Rabbit Gallery, especializada en arte chino de rabiosa actualidad. La galería, en realidad una sala de exposiciones, fue inaugurada en 2009 por la empresaria, filántropa y multimillonaria Judith Neilson para mostrar al público su excelente colección de arte chino contemporáneo. Durante nuestra visita pudimos disfrutar de una exposición temporal titulada Shuo Shu, el arte de contar historias.

   Las primeras muestras conocidas de escritura china tienen más de cuatro mil años; los chinos inventaron el papel y, quizás, la imprenta, y el Libro Rojo de Mao Ze Dong es el segundo libro del que se han impreso más ejemplares en el mundo, solo por detrás de la Biblia judeocristiana.


En la exposición se mostraba la evolución de la literatura de ficción, desde las leyendas ancestrales hasta la propaganda política o el cine de animación.   La tarde la cerramos con un nuevo paseo por nuestro barrio de Newtown, donde se percibía claramente el ambiente relajado de fin de semana: gente de paseo o de compras y terracitas llenas de grupos de amigos de charla. 

   Quien no podía pagar los precios de los pubs, se compraba unas cervezas y se instalaba donde podía, incluso sobre la marquesina de una tienda de telefonía, como este grupo de amigos.

   El domingo, nuestro último día en Sídney, amaneció lluvioso y más frío de lo habitual, por lo que decidimos coger un ferry hasta Parramatta, una ciudad dormitorio a una hora de navegación por el río del mismo nombre. No es que la ciudad en sí tuviera mayor interés, pero el catamarán que llevaba hasta allí nos permitiría ver los barrios más ricos de la ciudad, que se extienden a ambos lados de la desembocadura del río, para luego pasar junto a la Villa Olímpica, construida para las Olimpiadas del año 2000 y terminar con un recorrido por una zona virgen cubierta de manglares. Y no, no fue durante aquellas olimpiadas cuando el trompetista James Morrison tocó el himno de Riego ante el equipo español, sino en la final de la Copa Davis de 2003, cuando Juan Carlos Ferrero y Carlos Moyá se enfrentaron al equipo australiano ( y perdieron 3-1).

   Después de un rapidísimo recorrido bajo la lluvia desde el embarcadero hasta la estación de ferrocarril de Parramatta, volvimos en tren a nuestro barrio. Al bajarnos había parado de llover y mientras paseábamos desde la estación de Redfern hasta nuestro apartamento pasamos junto a unos antiguos talleres ferroviarios, Carriageways, en las que se estaba celebrando otro mercadillo, esta vez centrado en el arte local de vanguardia.

 Allí se juntaba lo más moderno y contracultural de una ciudad ya de por sí muy moderna y contracultural. Lo mismo podías comprarte una camiseta serigrafiada en el momento que tomarte una hamburguesa vegana o hacerte un tatuaje.

   Nosotros nos limitamos a pasear entre los puestos, bajo los pilares de fundición y las transmisiones de las antiguas máquinas herramientas, resguardados de la lluvia que volvía a caer tras unos minutos de descanso.


 Al día siguiente saldríamos hacia Wollongong, pero esa es otra historia, que podrás leer pinchando aquí.

Otros capítulos de este cuaderno:

Un país soñado

El desierto rojo

Las rocas sagradas

El salvaje norte

De chicharras y medusas

jueves, 20 de julio de 2023

De chicharras y medusas

  Ngurrungurrudjba es una gran zona inundable formada por el río al que caen las cataratas Jim Jim. El humedal se encuentra cerca de la carretera que lleva desde Jabiru hasta Katherine, la siguiente etapa de nuestro viaje. Tenía fama de ser muy abundante en cocodrilos, no solo de los de agua dulce que comen pescado y no suelen atacar al hombre sino también de los salties, los de agua salobre, mucho más grandes y peligrosos.

   Un pequeño catamarán de aluminio hacía tres o cuatro recorridos diarios por el humedal, cuando el nivel del agua estaba suficientemente bajo como para que los coches llegaran al embarcadero, pero no tanto como para que el barco no pudiera navegar. Nosotros llegamos en un buen momento, con el agua al máximo nivel que permitía hacer el recorrido fluvial, de unos cuatro kilómetros.

   Por una pasarela protegida por rejas contra eventuales ataques de los cocodrilos, nos embarcamos unos veinte turistas, australianos en su mayoría. En un grupo de ese tamaño no podía faltar un ejemplar de los que se colocan en el mejor sitio y protestan si alguien les tapa una foto pero no tienen el menor reparo en molestar a todos los demás. En este caso, la encargada de tal misión era una francesa, que subió a bordo la última pero que, todavía no entiendo cómo, no tardó en ocupar un asiento en primera fila.


 La ruta transcurría entre praderas y bosques inundados, con muchos pájaros y continuas explicaciones y chistes del piloto, que nosotros no entendíamos pero que les hacían mucha gracia al resto de pasajeros, a juzgar por sus carcajadas y sus comentarios. El recorrido se animó cuando, en dos ocasiones, avistamos cocodrilos, alguno de ellos muy cerca de nuestra embarcación. No llegué a enterarme de si eran de agua dulce o de agua salobre, cosa que tampoco me importaba demasiado.

   En una de las zonas que emergían del agua vimos las consecuencias de la estancia de una manada de búfalos, cuyos efectos ya he descrito más arriba. El islote, en contraste con otros de alrededor, estaba cubierto de huellas de pezuñas y totalmente despojado de vegetación. 

   A media tarde llegamos a Katherine, una población de unos seis mil habitantes, fundada en 1872 y que durante décadas llevó una vida languideciente, a pesar del descubrimiento de varios yacimientos de oro en sus cercanías. Tuvo su momento heroico en 1942, cuando un avión japonés bombardeó el pueblo, matando a un hombre. Hoy en día sirve como centro logístico para los ganaderos y agricultores de una amplia región, a la vez que comienza a desarrollar su industria turística en torno a la garganta de Nitmiluk, principal objetivo de nuestra visita.

   Nos alojamos en un motel muy cerca del centro del pueblo, si es que se puede llamar centro a la aglomeración de supermercados, talleres, tiendas y bares que se extiende por ambos lados de la carretera nacional a lo largo de un par de manzanas. Aquello a mí me recordaba El Colorado, una zona de hostales, gasolineras, talleres y tiendas a orillas de la N-IV, cerca de Conil. Quizás la principal diferencia es que en Katherine hay varias oficinas bancarias y del Gobierno, mientras que en El Colorado tenemos frutería, pescadería, carnicería y mercería, tiendas todas ellas muy poco frecuentes en Australia.

   El motel estaba formado por tres edificios de dos pisos que rodeaban un patio central, ocupado por el aparcamiento y una buena piscina con zona de barbacoa.

   Después de ducharnos y deshacer ligeramente el equipaje, nos instalamos en la piscina, a la sombra de unos toldos, dispuestos a pasar una tarde de descanso que nos merecíamos ampliamente. Desde nuestras tumbonas vimos llegar un camión no muy grande con remolque, que aparcó al lado de recepción. De él se bajaron dos chavales jóvenes, que rápidamente colocaron sus toallas no muy lejos de tres chicas, también jóvenes, que tomaban el sol en bikini. Después de muchos baños y varios intentos infructuosos de ligar, los camioneros se metieron en su habitación y no salieron hasta el atardecer, momento en que se subieron al camión. Pensamos que habían hecho una breve parada para descansar y que ahora seguirían ruta.

   Para cenar, el encargado del motel nos había informado de que su restaurante solo abría para desayunos y nos había entregado una lista de establecimientos más o menos cercanos. Elegimos uno casi al azar, fiados en que en el croquis del pueblo que había junto a recepción figuraba a solo dos o tres manzanas de distancia. Ya anocheciendo, echamos a andar. Teníamos intención de cenar bien y no nos apetecía volver conduciendo de noche y con un par de vinos en el cuerpo. 

   A los pocos minutos nos dimos cuenta de lo que significaba el trazado urbanístico del pueblo. Cada manzana podía tener más de un kilómetro de longitud. No había casi alumbrado público y las pocas viviendas a los lados de la calle estaban totalmente oscuras; aquello parecía el decorado de una película de zombis. Volvimos al hotel, cogimos el coche y, al llegar al restaurante, nos encontramos a los dos camioneros con su camión aparcado en la puerta. En aquel pueblo no caminaba nadie por las calles. En la carta, la típica fritanguería de cualquier pub, consumida por una clientela claramente forastera y por algún que otro lugareño tomándose una cerveza. Al volver al motel, el de recepción nos dijo que el restaurante tenía un servicio de recogida y entrega a domicilio de sus clientes, para solucionar el problema del alcohol al volante.

   A la mañana siguiente salimos del motel a una hora razonable, dispuestos a conocer la famosa garganta Nitmiluk. Al tratarse de un punto en el que hay agua potable durante todo el año, tiene mucha importancia para los aborígenes, que conservan varias leyendas sobre la garganta. Una de ellas cuenta que su creadora fue Bolung, la serpiente arcoíris que yo siempre asocio con Oxumaré, una deidad del panteón del candomblé brasileño. Una vez creada la garganta, la serpiente arcoíris descansa en una poza muy profunda en la que los aborígenes no pescan, beben ni se bañan; esto último me parece muy sensato ante la abundancia de cocodrilos. Como excepción, si tienen mucha hambre, los aborígenes pueden pescar un poco en las pozas cercanas; si les sobra algo de pescado deben devolverlo al agua para aplacar a Bolung. Porque Bolung, como la trimurti del hinduismo, es a la vez destructora y creadora. Cuando se enfada, puede lanzar rayos o enviar una riada.

   El recorrido en barco, que en esta época del año se limita a los dos primeros tramos navegables de los trece en que se divide la garganta, duró solo dos horas, aunque espero que su recuerdo perdure muchos años en mi mente. El patrón, uno los pocos trabajadores de origen indígena que habíamos visto en todo el viaje, recitaba otra leyenda sobre la creación de la garganta a la vez que nos recordaba el peligro constante de los cocodrilos y nos mostraba sus huellas en la arena de las playas. Hace años, nos contó con nostalgia, aquí no había cocodrilos.

Durante Buwurr, el tiempo del ensueño, llegó del oeste un ser con forma de dragón. Se llamaba Nabilil. Nabilil cruzó los caminos de ensueño de Bula, el lagarto de lengua azul, en Yerrelijirriyng y Wingurri.

Nabilil escuchaba a las chicharras: NIT NIT, NITNIT, por eso llamó a este lugar Nitmiluk, el sitio de las chicharras.

Esta tierra era muy seca, por eso Nabilil llevaba agua para beber en su zurrón de hierbas.

Mientras Nabilil descansaba, Walark, el murciélago de las cuevas, le lanzó un arpón. El zurrón se agujereó y el agua derramada llenó la garganta y creó el rio.

Los pájaros se alegraron y bebieron el agua. Los pájaros también encontraron los palos de encender fuego de Nabilil y encendieron una hoguera para cocinar su comida.

   Yo intentaba cerrar la boca, abierta de admiración desde que iniciáramos el recorrido por este cañón que puede llegar a alcanzar los cincuenta metros de altura, con unas paredes casi verticales. Me imaginaba la alegría de los indígenas al llegar a estas gargantas, frescas, repletas de pesca y de animales que se acercaban a beber, libres de cocodrilos… De fondo, el chirrido incesante de las chicharras: NIT NIT, NITNIT.

   De vuelta al embarcadero, hice una rápida y breve ascensión a un mirador en lo alto del acantilado, desde el que se tenía una amplia visión del último tramo de la garganta.

   A la mañana siguiente abandonamos Katherine para regresar a Darwin, en un recorrido de poco más de trescientos kilómetros por la National Highway 1, que a priori nos parecía sencillo.

   Nuestros amigos australianos, Juanita y Peter, nos habían advertido de la conveniencia de llevar el depósito de combustible siempre lleno y rellenarlo a tope cada vez que pudiéramos, ante las enormes distancias que podía haber entre una gasolinera y otra. Mientas estuvimos en el outback, donde lo habitual era recorrer doscientos kilómetros sin encontrar una estación de servicio, seguimos su consejo a rajatabla, pero ahora, en la carretera más importante de Australia y con la experiencia de tres semanas de viaje sin problemas, nos relajamos un poco. Salimos de Katherine con medio depósito y, como las dos gasolineras del pueblo estaban al lado contrario de la carretera, decidimos seguir hasta el siguiente pueblo, Pine Creek, cien kilómetros más al norte. Por el camino no encontramos ninguna gasolinera y las de Pine Creek estaban en el centro del pueblo, algo lejos de la carretera. Un rótulo anunciaba la próxima estación de servicio a cincuenta kilómetros, por lo que resolvimos arriesgarnos.

   Esa mañana nos encontramos incontables road trains, trenes de carretera, camiones que arrastraban tres remolques y podían medir más de cincuenta metros de largo y pesar ciento treinta toneladas. Dada su longitud, si hacía viento la cola del último remolque podía oscilar más de un metro a un lado y al otro.

   En aquella carretera, muchas veces sin arcén, de un solo carril por sentido y un límite de velocidad de ciento treinta kilómetros por hora, era casi imposible adelantar a uno de ellos. Por eso, cada cierto tiempo el carril se desdoblaba en dos.

   La siguiente gasolinera estaba cerrada, con un rótulo que indicaba que no les quedaba combustible y que perdonáramos las molestias. La siguiente también estaba cerrada y no encontramos otra hasta la entrada de Darwin, a donde llegamos ya en la reserva. Tampoco habíamos tenido en cuenta el tremendo consumo del coche chino que habíamos alquilado, muy superior a lo que estábamos habituados en España.

   No me habría apetecido nada quedarme sin combustible en medio de la nada, sin cobertura de teléfono móvil y a treinta seis grados a la sombra.

   Devuelto el coche a la empresa de alquiler y mientras escribía estas notas en la piscina del motel, el canto de un gecko me recordó los hotelitos sencillos de Ubud, la antigua capital de Bali, en un viaje muy diferente que podéis leer aquí. El encanto se rompió al levantar la vista del cuaderno y, en lugar de los arrozales de mil tonos de verde y el gorgoteo de los canales de riego, encontrarme frente a un edificio de apartamentos de veinte pisos y al zumbido incesante de sus torres de refrigeración.

   En Darwin recordé a un navegante portugués, Vaz de Torres, que trabajó al servicio del rey español Felipe III y fue el primer europeo que atravesó el estrecho que separa el norte de Australia de la isla de Nueva Guinea y que todavía hoy lleva su nombre. En una expedición mandada por Pedro Fernández de Quirós, zarpó de El Callao en 1605 en busca de un continente, Terra Australis, que ningún europeo había visto. Torres se separó del resto de la expedición por motivos poco claros y cartografió los numerosos bajos e islotes de este estrecho de difícil navegación. Se supone, pero no se ha podido demostrar, que avistó el cabo York, en el extremo norte de Australia. Las cartas de navegación que dibujó Torres permanecieron ocultas al resto de armadas, hasta que en 1762 una flota inglesa tomó Manila y logró hacerse con una copia.

   A la mañana siguiente nos levantamos a las cuatro de la madrugada para volar a Cairns, en la costa nordeste de Australia, y navegar desde allí a la isla Fitzroy.

   Siempre he odiado los resorts, esos complejos vacacionales de pulserita, y felicidad garantizada y obligatoria, pero en este caso era una de las pocas posibilidades asequibles de visitar la Gran Barrera. Sin embargo, reconozco que disfruté de aquellos tres días en la isla Fitzroy, primer momento del viaje en que me sentí verdaderamente de vacaciones.

   Cada mañana, cuando me despertaba, era plenamente consciente de que no tenía nada ineludible que hacer. Preparaba un desayuno ligero en la habitación y luego decidía si bañador, toalla, libro y chanclas (piscina) o botas, sombrero y agua (senderismo). Así llegaban las doce, hora de comer en este país. Luego, siesta, un poco de escritura y un paseo corto hasta la hora de sentarse en una terraza para admirar la puesta de sol con una copa de vino en la mano y hacer el tiempo hasta la hora de cenar.

   La segunda mañana conseguí subir hasta el pico más elevado de la isla Fitzroy, de unos trescientos metros de altura. Siguiendo las instrucciones que te repetían por todas partes, inicié la ruta temprano, con botas de monte, pantalón y camisa de manga larga, sombrero de ala ancha y un litro de agua.

   El comienzo del sendero parecía sencillo, con barandillas, pasarelas y escalones de hormigón en los escasos tramos empinados, pero poco a poco fueron desapareciendo todas estas comodidades a la vez que la ruta se hacía más estrecha y crecía la pendiente. Hubo momentos en que estuve tentado de darme la vuelta, pero una mezcla de vergüenza ante la derrota y de adrenalina provocada por mi deseo de superación me ayudó a seguir trepando hasta el mirador que coronaba la montaña. En las dos horas que duró la subida solo me encontré con otra persona, un turista australiano que descendía con chanclas y sin agua ni sombrero.

   Desde arriba no solo se veían las treinta y cuatro hectáreas de la isla, sino el mar en trescientos sesenta grados, las islas cercanas y algunos arrecifes de coral de la Gran Barrera, que se extiende más de dos mil trecientos kilómetros frente a la costa del estado de Queensland.

   Aunque en muchos sitios se lee que la Gran Barrera es el ser vivo más grande de la Tierra, esto no es exacto. En realidad, está formada por millones de pólipos de más de seiscientas especies diferentes. Sí que es la única estructura visible desde la Luna.

Otra tarde hicimos un breve recorrido hasta la mal llamada Playa Nudista, en la que no solo nadie se desnudaba sino que todos los bañistas iban cubiertos con un traje de neopreno protector antimedusas.

   Estos trajes protectores, cuya conveniencia te reiteraban cada pocos metros, cubren desde las muñecas hasta los tobillos, con una capucha que solo deja libre el espacio para las gafas y el tubo. Para los pies te daban unos escarpines tobilleros y para las manos unos guantes. 

      A la vuelta, al borde del sendero una serpiente pitón trituraba una especie de paloma, antes de engullirla.

Esa noche, en el restaurante conocimos a una camarera, Laura, única española que hemos encontrado en todo el viaje. Palentina, abandonó su trabajo en una empresa de informática de Barcelona y consiguió un visado de estudio y trabajo para Australia. Para que se lo renovasen por otro año tenía que trabajar al menos tres meses en algún lugar considerado remoto por el gobierno. Quizás algo similar podría ayudar a resolver el problema de despoblación de la España Vaciada. 

   Una de las cosas curiosas de Australia, que en el resort se hacía más patente, es la cantidad de gente joven y de parejas con al menos dos niños, algo cada vez menos frecuente en España. La edad media de los australianos es de treinta y ocho años, frente a cuarenta y cinco en España. Los niños, de los que aparentemente se ocupaban por igual los padres y las madres, iban protegidos contra las quemaduras del sol por unos bañadores de cuello cerrado y manga larga. En la piscina, donde sus padres les dejaban jugar sin demasiado control pero bajo constante vigilancia, tenían prohibido entrar en el agua con pañales.

   He mencionado antes los peligros de las medusas, especialmente la Irunkandji, con un cuerpo de un centímetro de largo y tentáculos de casi un metro. Esta medusa prolifera en los meses más cálidos y su picadura puede llegar a matarte. Las advertencias me parecieron exageradas, pero cada vez que me sumergí en el arrecife cercano para contemplar los corales y los peces no dudé en embutirme en un traje protector, por incómodo que resultara.

   En una de las inmersiones me llevé un susto de muerte, que me hizo salir despavorido del agua. Me tropecé de frente con una tortuga verde gigantesca, que por lo visto anida en esta isla y es bastante frecuente. Luego me enteré de que los ejemplares adultos llegan a medir más de metro y medio de largo y a pesar casi cuatrocientos kilos.

   A la mañana siguiente, última de nuestra estancia en la isla, mientras esperábamos al ferri que nos devolvería a Cairns, vimos que el personal del resort obligaba a desalojar el pantalán, indicando que se esperaba una evacuación. A los pocos minutos apareció un helicóptero que se estacionó en la vertical del muelle y del que descendieron por un cable tres hombres con abundante material. Sin perder ni un segundo, dos de ellos se despojaron de cascos y arneses y se dirigieron al interior del hotel, mientras el otro desplegaba una camilla. Cuando ya estábamos convencidos de que era un simulacro, regresaron los dos sanitarios con un hombre en silla de ruedas, con una vía en cada brazo y un monitor de constantes vitales, lo trincaron a la camilla y lo izaron con la grúa al helicóptero, para luego subir ellos y largarse rumbo al continente.

   Al parecer, había sido víctima de una picadura de la maldita Irunkandji.

   Llegó el ferri y en menos de una hora estábamos en Cairns, donde atracamos al final del pantalán, a casi un kilómetro de la parada de taxis. Los tripulantes bajaron todo el equipaje al muelle y cada viajero agarró su maleta y echó a andar. Todos, menos una señora, la esposa del evacuado, que se encontró sola y con dos maletones y una mochila, que nadie le ayudaba a transportar hasta los lejanos taxis. Le ofrecimos ayuda, un tanto sorprendidos ante la falta de empatía de sus paisanos. Ella se resistió a aceptarla, alegando que las maletas eran muy pesadas y que el recorrido era muy largo. Por fin, logramos convencerla y, por el camino, nos contó lo sucedido. Habían llegado desde Perth, en la otra punta de Australia, a pasar en isla Fitzroy el puente del primero de mayo. Después de varios días buceando con su traje protector, la última mañana, mientras esperaban la llegada del ferri, su marido había decidido darse un chapuzón rápido en la playita frente al hotel. Menos de un minuto necesitó una medusa para picarle. La sustancia que inyecta la medusa, relacionada con la estricnina y la dopamina, provoca un dolor muy intenso y una fuerte subida de tensión que puede dar lugar a una hemorragia cerebral. Varios supervivientes han descrito la sensación como de muerte inminente. Los efectos de la picadura, sumados al asma crónica que padecía su marido, habían estado a punto de matarlo. La rápida llegada de los sanitarios y su evacuación al hospital le habían salvado la vida, aunque necesitaría permanecer varios días ingresado. No eran exagerados los avisos en la playa.

   Una vez acomodada en un taxi la australiana, nos dirigimos a la pensión que habíamos reservado en el paseo marítimo de Cairns. Allí, Caixabank nos dio el segundo susto del viaje. La empleada nos dijo que no podíamos subir a la habitación hasta que se solucionara el pago del alojamiento, ya que nuestro banco había rechazado el cargo. Descubrimos que Caixabank, cuyo director de sucursal conocía perfectamente nuestros planes de viaje, había bloqueado sin previo aviso las cuatro tarjetas de crédito que llevábamos. La pensión, como muchos negocios australianos, no aceptaba pagos en metálico, por lo que nos veíamos durmiendo en un parque y con el resto del viaje en peligro, ya que en Australia se utiliza la tarjeta de crédito hasta para pagar el tranvía. Menos mal que la empleada se apiadó de nosotros y aceptó que le entregáramos el precio del alojamiento en metálico, para pagarlo ella con su propia tarjeta de crédito.

   Minutos después, recibimos un aviso del banco anunciando el bloqueo de las tarjetas “por motivos de seguridad” e indicándonos un número de teléfono en el que, tras un largo interrogatorio, conseguimos que nos desbloquearan las tarjetas sin ofrecernos ningún tipo de disculpas. Añadiré que, a mi regreso a Cádiz, en mi sucursal siguieron insistiendo en que la culpa había sido “del sistema”, sin lograr explicarme por qué “el sistema” no me había avisado previamente. Cada vez me considero más antisistema.


   Solucionado el incidente, fuimos a relajarnos paseando frente a la playa urbana de Cairns. Frecuentes avisos prohibían bañarse, advirtiendo del peligro de los cocodrilos. A la vista de lo ocurrido con las medusas, esta vez me no me parecieron tan exagerados. Minutos después, hojeando un periódico local, una noticia en portada atrajo mi atención: un hombre de mi edad había desaparecido mientras pescaba en una playa cercana. Según el periódico, se temía que hubiera sido víctima del mismo cocodrilo que, días antes, había devorado a un perro ante los ojos de su dueña. Me lo imaginé buscando un buen sitio para pescar, un arroyo con aguas frescas y transparentes, a la sombra de unos eucaliptos, solitario, tranquilo. Desplegar su silla, montar su caña y su carrete, elegir cuidadosamente el señuelo y lanzar el anzuelo lo más lejos posible. Minutos más tarde, descubrir que él era la presa.

Saltie

Es duro ser un perro en Australia. Siempre con la correa puesta, en tu parque habitual limitan hasta su longitud máxima: tres metros de libertad. Te prohíben la entrada en muchos campings y hoteles y en prácticamente todos los restaurantes y parques naturales.

Un sábado, tu dueña decide llevarte a pasar el día en una playa remota. Después de un largo rato encerrado en tu jaula del asiento trasero —los perros no podéis viajar sueltos en un coche—, durante unas horas llegas a soñar que eres libre.

Tu dueña te saca del coche y te deposita sin correa en la arena. Corres, saltas, persigues a algún pájaro, te revuelcas en la arena esperando siempre la llamada que te devolverá a tu vida prisionera.

Tu dueña te mima y te lanza una pelota, que tú buscas y le devuelves una y otra vez. Nunca te cansas. Una de las veces el viento desvía la pelota, que cae al mar, a escasos metros de la orilla. Tu dueña te llama: Saltie, Saltie. Tú no haces caso, te puede la excitación del momento. Vences tu miedo al agua, tu primera vez en el mar, y nadas hacia la pelota.

El cocodrilo, que llevaba un buen rato observándote oculto en la rompiente, te devora de un solo bocado.

   &&&

   Esa noche cenamos en un muy buen restaurante indonesio. No pude resistirme a pedir un pincho de cocodrilo en salsa de cacahuete.

   Al día siguiente volamos hasta Sídney, pero esa es otra historia, que podrás leer pinchando aquí

Otros capítulos de este cuaderno:

Un país soñado

El desierto rojo

Las rocas sagradas

El salvaje norte

Wollongong y Melbourne

jueves, 13 de julio de 2023

El salvaje norte

    Antes de narrar esta nueva etapa de nuestro viaje, quiero hablar de un problema que ya he esbozado y que nos había perseguido durante estas primeras etapas del viaje: la dificultad de llevar una alimentación sana.

   Incapaces de abordar un desayuno australiano a base de huevos, salchichas, panceta ahumada, alubias cocidas y pan de molde untado con Vegemite, solíamos comenzar el día con un té que nos preparábamos con el hervidor que nunca faltaba en la habitación del hotel, unas galletas de mantequilla y, con suerte, alguna pieza de fruta absolutamente insípida.

   En el outback los supermercados eran muy básicos, así que a mediodía nos teníamos que conformar con unos sándwiches de queso, de sardinas en aceite, de atún o de salchichón, todo igualmente insípido; los días buenos añadíamos un pepino y unos tomates cherry. Para cenar, a eso de las seis o siete de la tarde nos metíamos en algún pub, donde la oferta solía estar limitada a fish and chips, pescado barramundi empanado, alitas de pollo fritas, parmesana de pollo, pizza y hamburguesas. En un arranque de cordura, solíamos compartir unas raciones descomunales que trasegábamos ayudados con vino, cerveza o sidra.

   Menos mal que cuando llegamos a zonas más pobladas nos salvaron los restaurantes chinos y vietnamitas, con menús menos sabrosos pero bastante más sanos.

   En las áreas de descanso o zonas de pícnic comprobé que los turistas australianos, que viajan cargados de provisiones, con neveras, cocinas y barbacoas, comían más o menos lo mismo que nosotros. A nuestra dieta solían añadir chuletas, fideos chinos instantáneos y muchas chucherías.

   Pero sigamos con nuestro viaje.

   La tarde que llegamos a Darwin en un vuelo procedente de Alice Springs, nos limitamos a tomar posesión de nuestra habitación en un motel del centro, recorrer la zona peatonal y comer en el patio de comidas de un centro comercial con aire acondicionado. Después de tantos días de sándwiches y fritangas, el sushi y la sopa de wangtung nos supieron a gloria.

   Al anochecer, después de comprar provisiones para el recorrido que íbamos a hacer dos días más tarde por el parque nacional Kakadu, nos acercamos hasta el Darwin Waterfront, una antigua zona portuaria reconvertida en barrio de lujo, con magníficos apartamentos con vistas al mar y numerosos restaurantes de pescado.

   El centro de Darwin, muy pequeño para sus ciento treinta y cinco mil habitantes, era una combinación de avenidas anchas con pequeñas zonas comerciales y galerías en las que se concentraba todo el comercio y la hostelería, huyendo del calor tropical del exterior. Una ciudad con una población muy similar a la de Cádiz pero con un diseño urbanístico radicalmente opuesto.

   Darwin es la capital del Territorio del Norte, una de las entidades que forman la Mancomunidad Australiana. El Territorio tiene solamente trescientos mil habitantes, repartido en casi millón y medio de kilómetros cuadrados, el triple que España, lo que significa una de las densidades de población más bajas del mundo.

   Desde su fundación en 1869, Darwin ha vivido durante décadas muy al margen del resto de Australia, cuya capital está a casi cuatro mil kilómetros. Los primeros europeos en visitar la zona fueron holandeses procedentes de Indonesia, a comienzos del siglo XVII. De ellos viene algún topónimo, como Arnhem, y el nombre, valanda, que los indígenas aplican a los blancos. Los primeros ingleses que pasaron por allí fueron los tripulantes del Beagle, en el que viajaba el naturalista Charles Darwin, cuyo nombre adoptaría la ciudad.

   Hasta 1870 no llegó a Darwin el telégrafo, que rompió en parte su aislamiento, pero la ciudad no se incorporó totalmente a Australia hasta la Segunda Guerra mundial, cuando diez mil soldados se instalaron allí para proteger la ante un previsible ataque japonés, que no se produjo hasta dos años después. El bombardeo fue más intenso y extenso que el de Pearl Harbour y todavía hoy los australianos guardan una deuda de gratitud hacia la flota estadounidense, que impidió un desembarco japonés. La ciudad quedó prácticamente arrasada.

   Cuando empezaba a recuperarse, en 1977, la puntilla se la dio un ciclón que destruyó tantos edificios que tuvieron que evacuar a más de la mitad de sus habitantes. La nueva ciudad, construida sobre las ruinas, es un tanto desangelada.

   El ferrocarril no llegó hasta 2003.

   Al día siguiente nos acercamos en autobús hasta el Museo y Galería de Arte del Territorio del Norte, ubicado en las afueras. En el autobús, muy barato, éramos los únicos blancos; en el museo, centrado en la historia local, las salas aborígenes estaban cerradas por reformas. Desde el museo dimos un largo paseo siguiendo la playa de Mindil.

   Luego fuimos a la agencia de coches de alquiler a recoger el que habíamos reservado para recorrer el parque nacional Kakadu, el de Cocodrilo Dundee. Nos entregaron un coche enorme, con muy poca potencia, volante a la derecha y mandos del volante ubicados como en los coches europeos, para mayor lío del conductor. José Antonio, un antiguo compañero de trabajo y gran aficionado a los coches, me dijo que era chino y que la marca, GWM, significaba Great Wall Motors. 

   Pasamos el atardecer sentados en un parque frente al mar, empapándonos de brisa marina y viendo cómo se preparaba el escenario para una boda.

   Esa noche cenamos en un buen restaurante asiático muy cercano a nuestro motel. En la carta ofrecían cangrejo herradura, un animal de aspecto extraterrestre que en realidad es una especie más cercana a las arañas o a los escorpiones y que el camarero nos aconsejó no pedir si éramos solo dos personas. También tenían sea bugs, literalmente “bichos de mar”. Incapaz de explicarnos lo que eran, acabó trayéndonos un par de ellos; eran como lo que en Cádiz llamamos galeras pero mucho más grandes, unos crustáceos de aspecto repelente y sabor delicioso, bastante difíciles de comer.

   Pronto descubrimos que el camarero era timorense. Se emocionó cuando le hablé en portugués y le conté nuestros intentos de visitar Dili en 1996, durante las luchas por la independencia contra Indonesia, pero esa es otra historia que podéis leer aquí.

   A la mañana siguiente salimos temprano rumbo al este. En cuanto nos alejamos un poco de Darwin, la carretera se internó en los wetlands, unos inacabables humedales cubiertos de hierba alta y encharcados en las épocas de lluvia, que ocupan una parte muy importante de la Tierra de Arnhem, el territorio más indígena de Australia. Era frecuente ver a cuervos y otros carroñeros devorando walabis atropellados. En los cruces de ríos, lagunas y pantanos solía haber rótulos advirtiendo contra el peligro de los cocodrilos.


   La primera parada la hicimos en una gasolinera, para comprar las últimas provisiones y pagar los permisos de entrada al parque nacional Kakadu, que tiene una extensión similar a la de Eslovenia. En la tienda tenían un buen surtido de ropa deportiva, artículos de camping y pesca y souvenirs de mala calidad. Entre estos últimos, nos llamó la atención un pulverizador repelente de cocodrilos; por suerte, no nos vimos en la necesidad de utilizarlo, pero me temo que habría sido muy poco eficaz.

   El siguiente alto lo hicimos en el humedal de Mamukala, uno de los pocos puntos en que es razonablemente seguro caminar hasta el borde del agua, gracias a unas pasarelas de madera protegidas por rejas. Desde una caseta de observación de aves pudimos contemplar un billabong (laguna) aparentemente ilimitado, entre cuya vegetación se escondían gansos urraca, milanos, jacanas, cormoranes, lavanderas, gallinas de pantano, pinzones y martines pescadores.

   Un panel explicaba las seis estaciones que reconocen los indígenas bininj y cómo los cambios en el régimen de lluvias y el nivel del agua afectan a su vida cotidiana.

“En Gudjewg (enero y febrero), las lluvias del monzón hacen subir el nivel de ríos, lagunas y arroyos. Los cocodrilos aprovechan esta subida para moverse por todos los wetlands y colonizar nuevas áreas. Es el momento de recolectar los tubérculos yam yam y los huevos de ganso.

Durante Banggerreng (de marzo a mayo), los vientos rolan al sudeste, las tortugas de cuello largo ponen sus huevos y los peces vuelven a los ríos y billabongs después de alimentarse en los llanos inundados.

En la estación Yegge (mayo y junio), comienza la temporada seca y las temperaturas bajan. Es el momento de quemar los herbazales secos y cazar a los cocodrilos que toman el sol en las riberas.

En Wurgeng (de junio a agosto), bajan más las temperaturas y los ríos comienzan a secarse. Es más fácil cazar ratas y pitones, que regresan a las llanuras.

Gurrung (de agosto a octubre) es la temporada seca y calurosa. Comienzan a formarse los monzones, es el momento de cazar gansos y tortugas y recolectar huevos de cocodrilo.

La última estación es Gunumeleng (octubre a diciembre); por las tardes se forman nubes de tormenta, los ríos comienzan a crecer y las ranas se aparean.”

   A la entrada de Jabiru, el poblado más grande de Kakadu, pasamos por el punto de información del parque nacional, donde nos informaron de que nuestro objetivo para aquella tarde, el paso de Ubirr, debido al alto nivel del agua, estaba cerrado para vehículos sin doble tracción. Este año Yegge, el comienzo de la estación seca, venía con retraso y la empleada nos dio una lista de los pocos puntos del parque accesibles con nuestro coche chino.

   Nos llevamos una desilusión. Después de un recorrido tan largo, no íbamos a poder ni divisar la Tierra de Arnhem, una de las zonas más salvajes de Australia, a la que se han retirado muchos aborígenes que desean seguir viviendo al margen de la civilización occidental. Como podéis comprobar en el mapa. ni una sola carretera asfaltada la cruza y a la mayoría de los poblados solo se puede llegar en canoa o en avioneta.

   Jabiru, con mil habitantes, debe su fundación y crecimiento a la existencia en sus inmediaciones de la mina de uranio Ranger. El yacimiento, descubierto en 1969, ha estado en explotación por el grupo Rio Tinto desde 1980 hasta su agotamiento en 2012. Curiosamente, los límites del yacimiento de uranio coinciden notablemente con la zona conocida tradicionalmente por los indígenas como Buladjang, el país de la enfermedad, al que procuraban no acercarse en sus desplazamientos. Hoy solo queda una inmensa excavación a cielo abierto y varias balsas de decantación del agua de lavado del mineral.

“En el tiempo del ensueño, el espíritu lagarto de lengua azul Bula llegó del norte, del país de las aguas salobres. Con sus dos esposas, las Ngalenjelenje, cruzó este territorio mientras cazaba, a la vez que transformaba el paisaje con sus sueños y dejaba su imagen pintada en la roca.

Al llegar a Buladjang se introdujo bajo la tierra, donde sigue hoy en día. Bula es muy peligroso y no se le debe molestar. Si se despierta, puede producir incendios y terremotos que destruirían la tierra.”


   Jabiru no es una ciudad, aunque tenga tres hoteles, un centro de salud, una gasolinera, un club de golf y otros servicios. Se mantiene una clara segregación social y racial, con los blancos ricos viviendo en grandes chalets en una zona residencial; los pocos trabajadores que quedan en la mina en un poblado prefabricado y los indígenas en un área cerrada a los visitantes no autorizados.

   Nuestro hotel (categoría que habría que poner entre muchas comillas), era más bien un camping que también alquilaba tiendas de campaña y bungalós. Nosotros nos alojamos en una cabaña con un cuarto de baño austero pero muy bien ventilado; a nuestro alrededor, caravanas y autocaravanas enormes, todoterrenos equipadísimos, remolques para equipajes y barquitos de pesca deportiva. Muchos grupos de hombres sin mujeres, supongo que pescadores aficionados, que bebían cerveza como si no hubiera un mañana.

   Pedimos una cerveza en el restaurante del hotel y nos encontramos que no tenían licencia para vender alcohol, aunque admitían el que aportara cada huésped. En todo Jabiru solo vendían alcohol para llevar en el club de golf, nos explicaron. Para allí nos fuimos, sedientos de vino o de cerveza. Tengo que confesar que nunca había entrado en un club de golf, por lo que abrí la puerta un poco acobardado. El encargado nos dijo que sí que vendían alcohol, pero solo a los socios. Ante nuestra cara de desilusión, nos informó que, por diez euros por persona, podíamos hacernos socios temporales, para una semana. María, mi mujer, pagó su cuota, nos trajeron un balde con un muestrario de todas las botellas de vino que tenían y salimos de allí con una botella de vino y un pack de seis cervezas, suficiente para varios días, a un precio muy razonable. Eso sí, nos advirtió de que solo podíamos ir a comprar una vez al día. Normas absurdas. Delante de nosotros, una pareja de australianos cargó unas veinte cajas de cerveza en el remolque de su todoterreno.

   Aprovechamos la tarde que nos había dejado libre el cierre del paso de Ubirr para acercarnos a Burrungui, unos cuarenta kilómetros al sur. Según Nakangila Nadjok Jeffrey Lee, del clan Djok,

“Burrungui es una zona en la que se reúnen las familias y los clanes para compartir sus leyendas, compartir sus conocimientos, enseñar a los más jóvenes a cazar, a encontrar los alimentos que nos da la tierra, a pintar y a darse cuenta de lo que sucede a su alrededor.

Todas las gentes de todas partes, todos los clanes solían venir aquí y compartir sus conocimientos y sus canciones, pasándoselos a la siguiente generación… igual que hacéis vosotros en Navidad, toda la familia se reunía aquí, eso es lo que solíamos hacer.”

   Desde el aparcamiento, el sendero recorre un complejo de abrigos con innumerables pinturas rupestres, a lo largo de uno de los muchos acantilados que se elevan desde los humedales hasta las mesetas secas. Es una zona ideal para refugiarse del agua en la temporada húmeda y del sol y el calor en la seca.

   Las pinturas que se conservan en Burrungui, datadas desde hace 20.000 años hasta los años sesenta del siglo pasado, son una de las razones por las que la UNESCO ha declarado a Kakadu Patrimonio de la Humanidad.

   Para los indígenas, el acto ritual de pintar es mucho más importante que las pinturas en sí, por eso muchas de las imágenes más antiguas están repintadas o cubiertas por otras más recientes. Las pinturas pertenecen a varios estilos artísticos, como los más primitivos, que se limitaban a soplar pigmento rojo sobre la mano del artista; el mimi, con ciertas similitudes con el arte del neolítico español, en el que los espíritus ancestrales se representan extremadamente delgados, mostrando así su capacidad de ocultarse en cualquier grieta, o el “rayos X”, en el que se recogen los detalles anatómicos internos (esqueleto, venas, órganos) tanto de animales como de personas.

   Entre las escenas representadas, aparecen con frecuencia los espíritus Namandi, Namarrkon (el hombre rayo) y animales extintos hace más de tres mil años, junto a otros introducidos por los colonos europeos. Como curiosidad, las pinturas más recientes incluyen un pigmento azul hecho a partir del azulete que usamos para blanquear las prendas amarillentas.

   La llegada de colonos holandeses en el siglo XIX provocó un desastre humano y ecológico. Los holandeses, al descubrir los enormes humedales, decidieron criar búfalos de agua. Los 250 búfalos traídos en barco desde Indonesia en 1820 se adaptaron muy bien a los pantanos de la tierra de Arnhem. Cuando la crisis económica de 1845, con la caída del precio de la carne, hizo fracasar a la mayoría de los ganaderos, los colonos regresaron a Indonesia y abandonaron allí unos cincuenta búfalos. Estos pocos animales se han reproducido hasta alcanzar en la actualidad más de 160.000 cabezas.

   El peso de los búfalos, que puede llegar a los 1.200 kilos, hace que sus huellas estrechas compacten la tierra, destruyendo la vegetación autóctona, cegando los cursos de agua y provocando la desaparición de muchas especies animales y vegetales que sirven de base para la alimentación de los aborígenes.

   Por este y otros problemas ecológicos, importados por los colonos junto con enfermedades contra las que los aborígenes no tenían defensas, a comienzos del siglo XX resultó extinguido el clan Warramal, propietario original de estas tierras. Por suerte, los clanes vecinos Djok, Murrumburr y Mirarr Kundjeyhmi se ocupan en la actualidad de mantener los ritos en Burrungui.

   A la mañana siguiente, la salida del sol nos trajo una bandada de cientos de cacatúas, muy escandalosas, que dieron varias vueltas sobre nuestra cabaña hasta conseguir que nos levantáramos. Después de nuestro desayuno habitual, discutimos sobre cómo equiparnos para una excursión en avioneta sobre el parque nacional, única manera de apreciar su inmensidad y su dificultad de acceso. ¿Sandalias para ir más cómodos en la avioneta o botas por si teníamos que hacer un aterrizaje forzoso y necesitábamos caminar hasta la civilización? Al final nos decidimos por la comodidad de las sandalias, fiados en la pericia de la piloto. Luego, desde el aire, comprobamos lo inútil de la discusión. No había casi ningún espacio despejado donde aterrizar y el terreno, en general, era impracticable.

   Nos dirigimos a la pista de aterrizaje de Jabiru, donde se ubicaba el galpón de Kakadu Air. En el mismo barracón nos dieron las instrucciones de seguridad habituales, junto con una detalladísima explicación del uso de las bolsas para vomitar. Aquello resultaba sospechoso, aunque el sol lucía radiante sobre la pista y no corría ni una racha de viento. Antes de despegar, la piloto le insistió a un pasajero chino que ocupaba el asiento del copiloto en que no tocara ninguno de los mandos: Here, problem; here also problem, here big problem. Creo que el chino asumió su responsabilidad, porque en todo el vuelo solo separó las manos de los reposabrazos para agarrar la bolsa de vomitar.

    Nada más despegar, se confirmaron nuestros temores: la avioneta empezó a saltar como un toro mecánico y siguió así la interminable hora que duró el recorrido. Confieso que hubo momentos en los que sentí miedo. De los seis pasajeros, dos chinos, dos australianos jóvenes y nosotros, vomitaron cuatro; por suerte, la piloto se mantuvo impertérrita y se limitó a informarnos que era normal, que el sol provocaba columnas térmicas y que ella, volando a baja altura para que viéramos bien el parque, no podía detectarlas ni evitarlas. La piloto nos ordenó que nos colocáramos los auriculares y no paró de hablar en todo el viaje. Creo que contaba cosas tremendamente interesantes, pero, entre los saltos de la avioneta, lo espectacular del paisaje y las arcadas del chino que se sentaba detrás de mí, me temo que me perdí gran parte de sus explicaciones.

   Desde el aire pronto nos dimos cuenta de por qué era casi imposible recorrer aquellas tierras. Las zonas bajas, inundadas gran parte del año, estaban infestadas de cocodrilos desde que el gobierno prohibiera su captura, hasta el punto de que los aborígenes ya no podían caminar por ellas en sus expediciones de caza. Las zonas altas, separadas por acantilados de las bajas, consistían en llanuras estériles de piedra cortadas por barrancos muy profundos. Las pocas comunidades indígenas que resisten lo hacen precisamente en el fondo de esos barrancos y en las cuevas de los acantilados, con una disponibilidad de alimentos muy reducida.

   El punto más alejado de nuestra ruta era Twin Falls, unas cataratas dobles de cincuenta metros de altura, que se encuentran al final de una pista de tierra de sesenta kilómetros, accesible solo en vehículos todoterreno durante la temporada seca.

   Durante el vuelo, vimos varias columnas de humo en el horizonte. La piloto nos explicó que se trataba de incendios forestales y que había una fuerte controversia sobre este asunto entre aborígenes, partidarios de las quemas tradicionales controladas, y los ecologistas, defensores de la rápida extinción de todos los incendios. Reproduzco a continuación el argumentario de un aborigen, Jim Wok Wok.

“Ya sabéis como es la ley de los ancianos para quemar, desde hace mucho tiempo.

Sabíamos cuándo está seca la hierba, la quemábamos.

Lo sabíamos antes de que llegaran los blancos, quemábamos cuando no hacía viento.

En el tiempo frío, quemábamos sin viento. Lo sabíamos, cuidábamos el fuego.

Si no quemamos así es muy peligroso, porque vendrá un gran incendio que acabará con todo.”

   En la actualidad los expertos les dan la razón a los aborígenes y los rangers, los guardias del parque, provocan pequeños incendios forestales en los días sin viento, lanzando bombas incendiarias desde helicópteros para evitar una acumulación excesiva de material combustible. Estos incendios controlados dejan vivos a la mayoría de los árboles y de los animales y despejan el terreno para el crecimiento de nueva hierba en la siguiente estación húmeda.

   Esa misma tarde, ya repuestos del mal rato en la avioneta, intentamos visitar Nangawulurr, otra cueva con pinturas rupestres muy cercana a Burrungui. Habíamos leído que en ese abrigo había muchas imágenes, de diferentes estilos, entre las que se encontraban un velero de dos palos, un buque de vapor y un bote que los expertos relacionan con la llegada de los holandeses y sus búfalos de agua. Por desgracia, al comienzo de los años setenta unos turistas destruyeron algunas de las pinturas y robaron objetos ceremoniales. La descripción me recordó al Tajo de las Figuras, en la sierra de Cádiz, donde unas pinturas rupestres muestran también el contacto entre dos culturas mediante la representación de unos barcos fenicios por parte de los artistas neolíticos.

   Cuando aparcamos el coche en el comienzo de la ruta eran las tres de la tarde y el termómetro marcaba 36 grados. No había ningún otro coche en el aparcamiento y en un panel explicativo leímos que los aborígenes, al representar los buques holandeses en el estilo “rayos X”, habían dibujado también una vista esquemática de las calderas. El rótulo también indicaba que el sendero, trazado a lo largo de un bosque ralo de eucaliptos, tenía dos kilómetros de largo y que los últimos trescientos metros eran bastante empinados.

   Echamos a andar animosamente, ilusionados ante la posibilidad de poder disfrutar de las pinturas en absoluta soledad. A los muy pocos minutos nos dimos cuenta de la locura que representaba caminar dos horas con aquella temperatura, bajo el sol, sin más agua que la que cargábamos en nuestra mochila ni la posibilidad de pedir ayuda en caso de un accidente o un golpe de calor. Nos paramos, conferenciamos y no tardamos en decidir dejar la excursión para la mañana siguiente muy temprano, antes de que apretara el calor.

   Esa noche soñé que, cuando avanzábamos por el sendero de Nangawulurr, un cocodrilo gigantesco nos cortaba el paso. Al darnos la vuelta, otro cocodrilo de la misma talla nos impedía regresar al coche.

   A la mañana siguiente, con muy buen criterio y recordando que estábamos en el país de los sueños, decidimos hacer caso de los mensajes que tan claramente nos había enviado Kinga, el cocodrilo ancestral, y dejar la visita a Nangawulurr para un futuro viaje. En su lugar, partimos con el coche hacia Katherine, trescientos kilómetros al sur, pero esa es otra historia que podréis leer pinchando aquí.

Otros capítulos de este cuaderno:

Un país soñado

El desierto rojo

Las rocas sagradas

La ciudad del mar

Wollongong y Melbourne