jueves, 25 de octubre de 2018

De buses, microbuses, busetas y bambuses

(21 y 22 de septiembre de 2018)

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La derrota de La Heroica
Tierradentro
- Superyo

El viaje en autobús desde San Agustín, en el alto Magdalena, hasta Salento, en los valles cafetaleros cercanos al curso medio del Cauca, es casi interminable. Por algo será que cuando se le pregunta a Google Maps cómo hacer ese recorrido en transporte público responde “No se ha podido encontrar una ruta para ir al destino indicado”. En coche, Google calcula diez horas para menos de quinientos kilómetros de distancia.

A las nueve y cuarto de la mañana del viernes nos recogió un todo terreno en la puerta del hotel. En él nos apiñamos el conductor, seis pasajeros, el agente y los equipajes; menos mal que el agente iba sobre el guardabarros trasero, agarrado a la rueda de recambio. Paramos primero en las oficinas de la empresa de autobuses para recoger los billetes, pagados con varios días de antelación; luego fuimos a una gasolinera a repostar. En España, esas gestiones las habría hecho el conductor antes de recoger a los pasajeros, pero en Colombia nadie tiene prisa.

Cinco kilómetros más abajo, en un cruce, nos esperaba la buseta Pitalito – Popayán, que en teoría tendría que haber subido hasta San Agustín a recogernos. Como éramos pocos pasajeros no les compensaba el desvío, y la compañía prefería bajarnos en taxi hasta el cruce.

La buseta, un intermedio entre la furgoneta y el microbús, era razonablemente cómoda; casi todos los pasajeros teníamos un asiento propio, aunque los que nos tocaron a nosotros casi no nos permitían ver el paisaje: el logotipo de la compañía de transportes cubría por completo las ventanas de ambos costados. Peor iba uno de los guiris que había bajado con nosotros desde San Agustín: pese a sus protestas, lo acomodaron en un taburete de plástico, sin respaldo. Por suerte no había aire acondicionado ni música, por lo que no tuvimos que ponernos la ropa de abrigo ni los tapones para los oídos que llevábamos preparados.

La primera hora de viaje transcurrió razonablemente bien: la carretera era muy tortuosa pero estaba asfaltada, y había poco tráfico. Una vez cruzado el río Magdalena iniciamos una larga subida hacia las sierras que nos separaban del valle del Cauca.

A eso de las once, el conductor anunció una parada en una venta para ir al baño. Varios de los pasajeros aprovecharon para pedirse un menú completo, lo que allí llaman sopa y seco. En este caso era un sancocho de gallina, del que primero te servían un buen tazón de caldo con patatas, yuca y maíz, y luego un plato con la gallina, arroz y plátano frito.

Yo ya había desayunado antes de salir, y me quedé fuera del restaurante, resguardado bajo un alero de la lluvia fina que no cesaba de caer. Cuando escuché música de Mozart, en concreto el Réquiem en Re menor, no me lo podía creer; pensé por un momento que el mal de altura me estaba haciendo sufrir alucinaciones.

Me tranquilicé bastante cuando me asomé al interior del comedor y vi que lo que miraban y escuchaban los clientes era una telenovela, en la que un galán bastante maduro acompañaba a una mujer fatal en un concierto de cámara.

Volvimos todos al autobús, y a los pocos metros nos paramos de nuevo en un control militar. Muy educadamente los soldados nos pidieron que bajáramos para una requisa, que consistió en un cacheo a todos los colombianos varones y una inspección rápida de los equipajes de mano. A los extranjeros nos trataron como si no existiéramos, no nos pidieron la documentación ni nos abrieron las mochilas. Supongo que buscaban armas, estábamos en una zona sensible en la que eran frecuentes los asaltos a los coches particulares, y por la que estaba prohibido circular de noche.

Nada más pasar el control, muchos de los pasajeros empezaron a reclamar una peliculita. El conductor, sin detener la buseta por aquella carretera de montaña, eligió Outboard de entre las muchas películas que llevaba. Por suerte, estaba en versión original inglesa con subtítulos en español, por lo que ajustó el volumen muy bajito.

Mientras tanto, se había terminado el asfalto. Estábamos en el parque nacional de Puracé, a caballo entre los departamentos de Huila y de Cauca. La pista de tierra se agarraba a las montañas cubiertas de selva; ni una casa, ni un cultivo, ni un indio. El paisaje que se vislumbraba era estremecedor. Más de una hora estuvimos subiendo, hasta llegar a los páramos, cubiertos de frailejones, chusques y pajonales. Los jirones de niebla ocultaban parcialmente la pista.

Justo cuando comenzó el descenso nos encontramos con la primera casa, y unos kilómetros más adelante llegamos a la aldea de Coconuco, habitada por indígenas del mismo nombre. En Colombia conviven al menos 102 pueblos ancestrales, como ellos prefieren que se les denomine, de los que 18 están en peligro de extinción. Se calcula que la población indígena total es de casi millón y medio de personas.


En la “Crónica del Perú” (1553), Pedro Cieza de León escribe:
en la grande Cordillera de los Andes, cinco o seis leguas della, comienzan unos valles que de la misma cordillera de hacen, los cuales en los tiempos pasados fueron muy poblados y ahora también lo son, aunque no tanto ni con mucho, de unos indios a quienes llaman los Coconuco

Los coconuco viven en zonas altas, siempre por encima de los dos mil cuatrocientos metros, entre los resguardos de Coconuco y Puracé y el cabildo de Paletará. Son tierras de páramo y bosque tropical de altura, no demasiado buenas para el cultivo, aunque la agricultura y la ganadería sean su principal ocupación. Recientemente han conseguido recuperar el 87% de sus tierras, usurpadas por los latifundistas a lo largo de la historia. El uso de la tierra es mixto; mientras algunos terrenos se reservan para el cultivo familiar y el autoconsumo, otros se explotan en comunidad. Muy inteligentemente, solo emplean productos químicos en los cultivos dedicados a la venta.

Después de otra hora más de pista recuperamos el asfalto, que ya nos acompañó hasta Popayán, donde teníamos previsto pasar la noche. Seis horas de autobús para ciento veinte kilómetros.

Popayán es una ciudad colonial, dicen que la mejor conservada de Colombia después de Cartagena; la Universidad Central del Cauca le presta un ambiente estudiantil que recuerda a Santiago o a Salamanca. En el centro histórico hay casonas sin escudo, iglesias barrocas, y una catedral que ¿castigo divino? quedó destruida por un terremoto el jueves santo de 1983, cuando en su interior comenzaban los oficios. Noventa muertos, sepultados por la cúpula que se derrumbó, fueron testigos de la cólera de su dios, o de la temeridad de los humanos, pues era la tercera vez que la catedral resultaba dañada por un terremoto.

La concentración de iglesias, como en cualquier ciudad que haya pasado por una época de riqueza, es muy alta. En tiempos de la colonia Popayán estaba en la única ruta que iba desde Cartagena, principal puerto del Virreinato de Nueva Granada, hasta Quito y Lima, a través de dos mil cuatrocientos kilómetros de selva y cordillera. Por aquí bajaban hacia el mar el oro, la plata y las esmeraldas, y por aquí entraban armas, herramientas, caballos, trigo, vacas y todo cuanto la colonia importaba. De tan fabuloso río de riqueza una parte siempre acababa en manos de la iglesia católica.

Nos alojamos en “La casita de Mima”, que era literalmente eso, una preciosa casita del siglo XVIII, con dos patios ajardinados y unas habitaciones enormes y destartaladas: ventanas que no encajaban, sanitarios agrietados, suelos de grandes tablones crujientes, puertas sin cerradura y muy pocos clientes. La dueña, una señora muy bajita, era la típica empresaria pirata. La casa no tenía rótulo en el exterior, cobraba solamente en efectivo, no aparecía en ninguna página de alquileres, y no nos dio ni un simple recibo. Estoy convencido de que no pagaba impuestos.

Aunque en el autobús solamente habíamos comido una bolsa de patatas fritas y unas galletas, no teníamos ganas de cenar fuerte, así que acabamos metiéndonos en Carmina, un restaurante mínimo que anunciaba comida mediterránea y tapas.

En seguida vino a saludarnos Fernando, su propietario, catalán de origen andaluz, que un día se atrevió a dejar su trabajo como financiero en Sabadell y lanzarse a recorrer el mundo. En Cali encontró el amor, y decidió afincarse en Popayán montando un negocio que desconocía perfectamente: un restaurante. Eso sí, antes de abrirlo hizo un cursillo de tres días en el ayuntamiento de su pueblo, y filmó todas las recetas de su madre, cuyo nombre llevaba el restaurante.

La verdad es que no cocinaba mal, y se permitía ofrecer algunas recetas españolas sencillas, como tortilla de patatas, chorizos al vino o pan con tomate. Cuatro años llevaba en aquel local, y no le iba mal, aunque fracasaran sistemáticamente sus intentos de introducir algo de verdura en la dieta carnívora de los colombianos.

Por cierto, al hilo del título de este capítulo, ya sabréis que en Cádiz hay una peculiar gramática de los plurales agudos. Cafeses y sofases se usan como plural de café y sofá, y las chirigotas exageran hasta llegar a papases y mamases. ¿Qué palabra rimaba con buses, microbuses y autobuses? ¡Bambuses! No es un vehículo, sino una gramínea muy abundante en los valles cafetaleros, la Chusquea, que con treinta y dos especies recibe en Colombia el nombre genérico de bambú, plural (en Cádiz) bambuses.

El sábado temprano llegamos a la terminal de autobuses —ya casi me da vergüenza escribirlo— con el tiempo un poco justo para sacar billetes hasta Armenia, trescientos cuarenta kilómetros al norte, y nos encontramos con que no quedaban plazas para el autobús de las nueve. Podíamos haber esperado al de las diez, pero en la taquilla nos ofrecieron otra opción más imaginativa, que nos permitiría ganar tiempo si todo salía bien.

—Yo los envío tiqueteados total, y aquí mi compañero los embarca en Cali— nos dijo el taquillero.
No lo entendíamos muy bien, pero al final comprendimos que nos vendía los billetes hasta Armenia, viajábamos hasta primero en un autobús Popayán - Cali, y en el andén de Cali nos esperaría el conductor del Popayán – Armenia para acompañarnos a su autobús, en el que en Cali iban a quedar plazas libres. Un poco complicado, pero funcionó perfectamente. Nos ofrecieron incluso meter nuestro equipaje directamente en el autobús de Armenia, pero aquello nos pareció demasiado arriesgado, después de que varias compañías aéreas nos hubieran perdido las maletas en trayectos mucho más sencillos.

El microbús a Cali no solo tenía WiFi gratis, sino que funcionaba razonablemente bien. Poco a poco nos fuimos adentrando en lo que en Colombia llaman El Valle, que no es otra cosa que el curso medio del río Cauca. Amplias llanuras aluviales dedicadas al cultivo de la caña de azúcar, laderas cubiertas de pastos y una carretera en muy buen estado, que nos permitió llegar a Cali en solo dos horas y media.

Al entrar en la ciudad fuimos testigos del impacto de su Plan de Movilidad Urbana Sostenible, hoy en día copiado por muchas otras ciudades de todo el mundo. Como en Medellín y en Bogotá, el ayuntamiento había lanzado un plan a la vez sensato y ambicioso para permitir la movilidad dentro del casco urbano. Una vez demostrado que por aquellas calles atestadas no cabían todos los coches, peatones, motociclistas, autobuses y otros usuarios en potencia, bastó con decidir quién tenía la prioridad. Y esta preferencia, como en cualquier ciudad consecuente, se había adjudicado a los peatones, seguidos por los ciclistas y el transporte público. En último lugar venían los vehículos particulares, fueran automóviles, motos o camiones.

Así, las principales avenidas de Cali estaban cerradas al vehículo privado, lo que incluía a los camiones de reparto. El resultado era evidente: aceras animadas, llenas de peatones, y calzadas compartidas por ciclistas, taxis y autobuses. Menos ruido, menos contaminación, más alegría en las calles y mucha más rapidez de circulación. Recorridos que un autobús urbano tardaba antes una hora en realizar habían bajado a la mitad o menos, gracias a la baja densidad de tráfico y la ausencia de atascos.

Y una medida muy sencilla, que se aplica en Japón y en la mayoría de las ciudades colombianas: está prohibido aparcar en la calle. En todas las calles, o al menos en las del centro; no sé lo que pasará en las barriadas. Se podía parar unos minutos para dejar o tomar pasajeros, pero en general no se veían coches aparcados junto a las aceras. Ninguno. Los coches se guardaban en garajes o patios privados, o en parqueaderos públicos, por supuesto de pago.

Con esta política, a nadie se le ocurría coger el coche para un trayecto urbano de uno o dos kilómetros, se tardaba menos y era bastante más barato ir en autobús.

Volviendo a nuestro recorrido, en cuanto nos bajamos del microbús nos estaba esperando el chófer que nos llevaría a Armenia. Nos ayudó a llevar el equipaje desde la planta de llegadas a la de salidas, nos esperó frente a los aseos, subió nuestros bultos al maletero y nos dejó sentados en su microbús. Servicio completo.

Otras tres horas escasas de autopista y entramos en Armenia con bastantes dificultades, porque acababa de terminar una etapa de la vuelta ciclista a Colombia y todavía estaban empezando a desmontar vallas, marquesinas, carpas y demás parafernalia.

En la misma terminal cogimos otro microbús, mucho más humilde, que nos llevó a través de montañas cubiertas de bambú y palmeras hasta Salento, a donde llegamos una hora después dispuestos a empaparnos en la cultura cafetalera. Pero esa es otra historia.

lunes, 22 de octubre de 2018

Superyo

(17 al 21 de septiembre de 2018)

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La derrota de La Heroica
- Tierradentro

Dicen que lo barato sale caro, y que nadie vende duros a cuatro pesetas. Serán lugares comunes, pero bien ciertos.

Después de haber descartado hacer el viaje desde San Andrés de Pisimbalá hasta San Agustín en transporte público (doscientos kilómetros, dos trasbordos, mucha incertidumbre en los horarios de los autobuses y yo afectado por una fuerte diarrea acompañada de vómitos), uno de los guardias del Alto del Duende se ofreció a transportarnos a los tres en un Hyundai Tucson 4*4 por medio millón de pesos, unos cincuenta euros por persona.

Como nos pareció demasiado caro, seguimos buscando hasta que encontramos a Camilo, el dueño de la cutrísima Hospedería del Viajero, que se ofreció a llevarnos en “su automóvil”, sin más detalles, por solo cuatrocientos mil pesos. Según él tardaríamos unas cinco horas en hacer el recorrido, ya que “algunos” tramos no estaban asfaltados. Encantados de ahorrarnos diez euros cada uno, aceptamos su propuesta sin pensarlo dos veces.

Salimos a las seis de la mañana, recién amanecido, en un Chevrolet Sport muy desvencijado y con un fuerte olor a gasolina. A los quince minutos tuvimos la primera parada: Camilo se había dejado en casa su documentación y la del coche. Llamó a su mujer por el móvil para que se la acercara en moto, pero no le contestaba, así que le mandó recado por una motorista. Al cabo de media hora apareció su mujer con los papeles. Claramente recién salida de la cama llevaba el casco y la zamarra de motorista encima de un esquijama blanco de florecitas. Seguimos camino.

Casi una hora más tardamos en llegar a lo que Camilo llamaba carretera pavimentada, que efectivamente estaba cubierta de hormigón pero en la que cada pocos kilómetros aparecía algún desvío provisional de tierra.

A las ocho y media llegamos a La Plata, una población bastante grande, en la que paramos para desayunar. Mi diarrea, gracias al Fortasec, respondía bien.

Todavía estábamos saliendo del aparcamiento cuando el coche se detuvo con todos los síntomas de un problema de combustible. Camilo lo revisó y comprobó que se había obturado el carburador.
Como la reparación podía hacernos perder mucho tiempo y el conductor no quería hacer de noche el camino de vuelta, acordó con un taxi que nos llevara a San Agustín, repartiéndose entre ellos la tarifa acordada para todo el trayecto.

Nos metimos en el taxi, contentos con el cambio ya que el nuevo vehículo estaba en mucho mejor estado que el anterior. Pero las cosas no eran tan sencillas como parecía, resulta que el taxi no estaba autorizado para hacer viajes fuera del municipio, por lo que nos llevó a casa de Alfonso, el patrón, que nos acomodó en su Renault Twingo particular.

Por cierto, el pueblo estaba lleno de anuncios de una próxima actuación de Los Tigres del Norte. Se ve que había dinero, porque llevar desde México a un grupo tan conocido supongo que costaría un dineral.

Por fin reemprendimos el viaje; Alfonso nos dijo que la ruta estaba asfaltada hasta San Agustín, y que tardaríamos unas tres horas en llegar. Mentira, según comprobamos más adelante.

Al cabo de media hora de subir en zigzag por la ladera de una montaña, con unas vistas espectaculares sobre el valle de La Plata, Alfonso nos anunció que se había olvidado su documentación en casa, pero que no volvería a por ella. Según él, si le paraba la policía en un control no habría problemas, porque la documentación “estaba en internet”. No quise preguntarle cómo accedería a internet la policía, en una zona con tan mala cobertura de telefonía móvil.

Llevábamos más de una hora de viaje cuando llegamos a Pital, desde donde partían dos rutas hacia San Agustín: la prometida carretera asfaltada, y una “vía destapada” por la que al parecer se acortaba una hora de viaje. Por si a estas alturas a alguien le queda alguna duda, nos metimos sin vacilar por la vía destapada, que nos llevó durante hora y media a través de una zona bastante más rica que los páramos y montes del Cauca, con grandes explotaciones agrícolas y ganaderas. Por fin desembocamos de nuevo en la carretera asfaltada, y terminamos llegando a nuestro destino a la una del mediodía. Cuatro horas frente a las tres prometidas, y eso que el atajo teóricamente nos había ahorrado una hora de camino.

 Pasamos la tarde descansando en el hotel, negociando las excursiones de los días siguientes, cambiando dinero en unos billares (a bastante mejor precio que en el banco) y tratando de hacer algunas compras. Lo de las compras no resultó nada fácil, queríamos llevarles recuerdos a los amigos, pero las tiendas de San Agustín eran de bastante mala calidad. Solo encontramos una tienda interesante, en la que nos pasamos un buen rato charlando con el dueño. Según nos contó, el negocio lo había montado su padre en los años cincuenta, y allí vendía desde botas de caucho hasta tela por metros, aunque también tenía una sastrería a medida. Conservaba las antiguas alacenas, mostradores y vitrinas de madera, y algunas muestras —que no estaban en venta— de productos de otros tiempos: Gasa para pañales, lino para guayaberas, lana para ponchos y mantas, dril para pantalones de trabajo… Al final me compré un buen sombrero de paja, no de los carísimos panamás de paja toquilla, sino algo más sencillo, como de vaquero.

Para el día siguiente contratamos a un conductor que nos llevó en su todoterreno a recorrer las principales atracciones, en un largo recorrido por los alrededores del pueblo. Aníbal conducía bien, su coche estaba en buen estado y conocía perfectamente la ruta. Los únicos problemas eran su verborrea y sus extensísimos conocimientos. Le daba igual la gastronomía, la arqueología, la agricultura o la historia, él había sido cocinero, expoliador de tumbas, cultivador de café, albañil, conductor de autobuses… Y sabía mucho más de cualquiera de esos temas que los mismos profesionales. Criticó al expresidente Santos por sus negociaciones con Hugo Chávez y Timochenko, las que llevaron a los acuerdos de paz de La Habana, y a la cocinera del restaurante donde comimos por la mala calidad del sancocho que nos sirvió; según él estaba demasiado calduriento –líquido— y elaborado con una gallina pensionada —jubilada de una granja de huevos— en lugar de criolla —la que picotea en libertad.

Criticó también a los cultivadores de café por la variedad caturra utilizada, a los constructores de carreteras por el mal trazado —ahí tuve que darle la razón—, y así siguió todo el camino.
Putero, saqueador de yacimientos arqueológicos, creo que contrabandista, habría sido un buen protagonista de una novela de aventuras. No me extrañaría que hubiera ayudado a Rekalde en su fuga, aunque no me atreví a preguntarle. Porque según cuenta Eliseo en sus cuadernos, en mayo de 2005 pasó por Mocoa, unos cien kilómetros al sur de San Agustín, en su huída desde la desembocadura del Patia, en el Pacífico, hasta el Caquetá y la frontera de Perú. Me habría gustado seguir la ruta de mi personaje, pero las condiciones de seguridad (léase grupos armados resistentes a los acuerdos de paz), no aconsejaban acercarse por esa zona, donde poco han cambiado las cosas desde entonces.

Empezamos el recorrido por el espectacular salto del Moriño, con un mirador colgado sobre el precipicio al que mi vértigo me impedía acercarme demasiado. Este pequeño afluente del Magdalena caía libremente desde más de doscientos metros de altura, con un trueno que recordaba al de un tren de mercancías pasando por un puente de hierro. Una pareja de indios jóvenes cultivaba una pequeña finca en torno al mirador y cobraba la entrada a los turistas; su hijo, de cuatro años, correteaba sólo por el borde del abismo. Alá es grande, sin duda, y su poder llegaba hasta aquel rincón del departamento de Huila.

Desde allí fuimos al Alto de las Piedras, al que llegamos después de atravesar San José de Isnos. El pueblo no es muy grande, pero conserva un cierto encanto colonial, aunque para Aníbal no era buen sitio para parar –Aquí todas las mujeres se dedican a la prostitución— aclaró. El parecía un experto en el tema.

La arquitectura funeraria de la cultura agustiniana, de la que en el Alto de las Piedras encontramos algunas muestras, no muy grandes pero que conservaban gran parte de la policromía, es radicalmente diferente de la de Tierradentro. Tiene en común con ella la ubicación en lugares altos allanados artificialmente, y poco más.

Aunque hay tumbas sencillas, en forma de pozo o de simple ataúd de piedra, excavadas directamente en el suelo, las más importantes se encuentran elevadas sobre la superficie del terreno y cubiertas por un montículo artificial de cuatro o cinco metros de altura. En la cara que mira hacia el centro del poblado se alza un dolmen formado por grandes lajas de piedra, frente al que se yergue una escultura central de hombre o de mujer, habitualmente con rasgos de jaguar, tocados de tela o plumas, pectoral, brazaletes, aros en los tobillos y algún arma o herramienta en la mano. A los lados puede haber otras dos figuras humanas, con claro aspecto de guerreros.

Algunas figuras llevan un animal sobre la cabeza y los hombros, habitualmente un felino. Las explicaciones más recientes consideran que representan la encarnación del jaguar en la figura del difunto, que así adquiriría su fuerza y su fiereza.

Detrás de este dolmen comienza un corredor, también formado por lajas de piedra, que termina en la cámara sepulcral propiamente dicha, ubicada en un nivel ligeramente inferior. En las pocas tumbas no saqueadas por los huaqueros, es en esa cámara donde se han encontrado las ofrendas: cerámicas, herramientas, granos, armas y —sobre todo— el escaso y codiciado oro.

Se cree que sobre los montículos funerarios se levantaba la vivienda principal del clan correspondiente; en el resto del llano artificial se han encontrado evidencias de cabañas más humildes, con claras muestras de especialización por barrios: alfarería, cestería, talla en piedra…

Una de las figuras más conocidas en este Alto de las Piedras, y que da título a este relato, es la conocida como Superyo, una escultura humana de tamaño superior al natural, coronada por el inevitable jaguar. Hay quien ha querido ver en ella una representación del ego y del superego, de ahí su nombre. Yo me inclino más por otra interpretación señalada más arriba, la de la encarnación del espíritu del jaguar en un cuerpo humano, mito que sigue activo entre distintos grupos indígenas de la zona.

Seguimos camino hacia el salto de Bordones, junto a cuyo mirador han construido un hotel-cafetería-restaurante de muy buen aspecto, con una vista excepcional sobre las quebradas y aldeas de alrededor, gracias a los cuatrocientos metros de desnivel de la cascada.

Quizás por esa ubicación estratégica, tres soldados de uniforme y un teniente de paisano se turnaban para comer y montar guardia junto al mirador. Uno de ellos me mostró orgulloso el fusil ametrallador que llevaba, un Galil ACE fabricado en Colombia, rediseñado a partir del original israelí. El nuevo modelo pesa un kilo menos y es más preciso. Aunque ambas armas se inspiran en el clásico AK47 ruso, son de menor calibre, lo que según el teniente era una clara ventaja ya que la mayoría de los enemigos resultan heridos en lugar de muertos, con el consiguiente problema logístico para la guerrilla. Por la cara del soldado, me dio la impresión de que no opinaba lo mismo y que habría preferido un arma más potente.

Hablando de armas, como no, Aníbal nos contó que durante sus viajes por los departamentos amazónicos de Meta y Guaviare, donde hasta los chiquillos de doce años cargaban pistolas de 9 mm, entró en contacto con una probable prostituta, que llevaba en el bolso una pistola ametralladora Mini Uzi. Lo que más me sorprendió fue la precisión con que Aníbal citó marca y modelo, como si estuviera hablando de coches. Estoy convencido de que nuestro conductor ocultaba un pasado todavía más tormentoso de lo que nos había confesado.

Después de comer nos acercamos al Alto de los Ídolos, el más interesante desde el punto de vista de la ingeniería civil. Sus habitantes primitivos no se limitaron a desmochar y allanar dos cerros cercanos, sino que usaron el material sobrante para construir una enorme terraza en forma de U que enlaza ambos promontorios.

Pese a la cantidad y tamaño de las esculturas encontradas, las dataciones por carbono 14 indican que este yacimiento pertenece a la última etapa de la cultura de San Agustín, aparentemente ya en franca decadencia. Aunque las hipótesis más habituales indican que la causa de la extinción de esta cultura estuvo en la llegada, en torno al siglo IX de nuestra era, de una nueva tribu invasora, a mí me gusta más pensar en una revolución campesina.

Me imagino a los habitantes de la región, hartos de mantener a una casta inútil y sangrienta de chamanes y reyezuelos, y de contribuir con mano de obra gratuita a la construcción de las tumbas, rebelándose, matando a los caciques, y viviendo tranquilamente en su tierra hasta la llegada de los españoles, muchos siglos después.

Mis compañeras, incansables, todavía visitaron el parque-museo de Obando y el estrecho del Magdalena. Yo, agotado por la diarrea, me limité a esperarlas en el coche, libre por un rato de la cháchara incesante de Aníbal.

Cuando llegamos al hotel, tras haber recorrido ochenta kilómetros en diez horas, me tomé medio litro de una solución rehidratante, con un asqueroso sabor a manzana, que me levantó el ánimo y me permitió ir a cenar por primera vez en dos días.

En “El Faro Ambrosia” (o Ambrosía, como se leía en otro de los rótulos) un argentino, con voz abundante pero todavía peor entonado que yo, nos cantó Cambalache a capela, y luego pasó la gorra, según él para seguir viaje hasta su Neuquén natal, siete mil kilómetros más al sur. No creo que llegara muy lejos con lo recaudado aquella noche.

El día siguiente lo dedicamos a recorrer la zona del museo arqueológico, a pocos kilómetros del pueblo, y a donde se puede llegar en un autobús urbano.

Al llegar, cometimos el error de seguir los consejos de una francesa que habíamos conocido en Tierradentro, y contratamos los servicios de un guía autorizado. El pobre Edgar padecía una ligera y evidente discapacidad física, y otra también no tan ligera ni tan evidente discapacidad intelectual.
Sus conocimientos sobre el parque se limitaban a una serie de cantinelas que nos iba recitando sin parar, le diéramos o no ocasión. Cuando le hicimos una pregunta aparentemente sencilla se calló y comenzó de nuevo desde el principio el monólogo que nos estaba soltando. Lógicamente, no le volvimos a preguntar nada.

Ya antes de terminar de ver el primer grupo de tumbas, les propuse a mis compañeras pagarle su tarifa a Edgar y pedirle que nos dejara solos: no nos estaba aportando ninguna información útil y sí alguna errónea. A ellas les pareció un desaire, en lo que les di la razón, y decidieron aguantarlo hasta el final del recorrido; yo me limité a rezagarme unos cientos de metros para no oírlo. Al día siguiente Aníbal nos confirmó que Edgar estaba “un poco loco”, y que en más de una ocasión lo habían despedido nada más comenzar sus explicaciones.

No voy a intentar describir en detalle las esculturas y tumbas que se agrupan en 3 mesitas, pese a su enorme interés y a la calidad y cantidad de figuras que se conservan in situ.

Lo verdaderamente extraño y novedoso para mí fue la llamada “Fuente de Lavapatas”, probablemente un santuario y/o sanatorio tallado en el lecho rocoso de un río. En una extensión de dos o trescientos metros cuadrados, se observan canales con forma de serpiente o salamandra tallados en la piedra, piletas, baños de asiento y hasta una especie de trono, flanqueado por relieves antromorfos y sobre el que corre el agua. Se desconocen por completo los ritos que pueden haber tenido lugar allí, pero esa falta de información ha sido suplida por la imaginación de arqueólogos y visitantes. Teorías no faltan.

El jueves nos reencontramos con nuestro inefable Aníbal, que nos llevó con su Mitsubishi Montero a recorrer los yacimientos de La Chaquira, El Tablón, La Pelota y El Purutal. Seguía tan sobrado como el primer día: cuando le comentamos la baja calidad de las reproducciones de las estatuas que se vendían en las tiendas de recuerdos del pueblo nos explicó que durante un tiempo se dedicó a la escultura, pero que sus copias eran de tal calidad que se vendían a los turistas como auténticas antigüedades.

Solo le faltó, ante el plato de huevos revueltos con tomate y cebolla que nos tomamos de desayuno, afirmar que eran mucho mejores los huevos que él mismo ponía.

Después de tantos días visitando lugares de interés arqueológicos creíamos que ya nada nos podía sorprender, pero nos equivocábamos. La primera parada, en La Chaquira, nos obligó a descender por una larga cuesta hasta un mirador sobre el profundo valle del Magdalena. Al otro lado del río, colgada de unas laderas casi verticales, se veía una casita rodeada de terrenos cultivados. A la casa solo se podía llegar en varias horas de bajada por un sendero vertiginoso, imposible en caso de lluvia. No acabo de entender cómo consiguieron bajar las láminas onduladas que cubrían el techo.
Cuando, siguiendo las instrucciones que nos había dado Aníbal, dimos la espalda al sol y al río, mirando hacia la ladera por la que acabábamos de descender, nos encontramos de golpe con una escultura bastante burda, poco más que un relieve, de un personaje que parecía adorar al sol naciente.

A su alrededor se adivinaban otras tallas, difíciles de interpretar. Un lugar perfecto para rendir culto a la naturaleza: el sol saliendo sobre las cumbres, iluminando poco a poco la selva, que se desplomaba hasta el río, y el ruido de los rápidos como música de fondo.

El segundo núcleo, el de El Tablón, era mucho menos interesante. Un simple sombrajo protegía cuatro estatuas encontradas en las cercanías, mal colocadas de espaldas al sol naciente.

El mejor yacimiento, sin duda, resultó ser El Purutal, en el que se han encontrado dos montículos funerarios, uno de ellos parcialmente saqueado por los huaqueros y otro todavía sin excavar. En la entrada de cada tumba, los habituales dólmenes están ocupados por sendas estatuas humanas que conservan perfectamente su policromía roja, blanca, azul y negra.

Una de ellas representa a un hombre, con un arma o herramienta en la mano derecha y un niño bajo el brazo izquierdo. La postura podía hacer alusión a un sacrificio ritual.

En el dolmen de la derecha, una mujer de alto rango, con los atributos del búho (control de la noche, visión en la oscuridad) y del jaguar (fuerza, fiereza, agilidad), exhibe a una niña, probablemente su hija. Es la llamada Reina Serpiente de Coral, sin duda muy poderosa.

Después de comer nos dimos un paseo por el pueblo, que se puede calificar de pintoresco. Calles en cuadrícula, herencia de la ilustración borbónica, casas de uno o dos pisos, encaladas, con enormes aleros que las protegían del sol y de la lluvia, y unos balconcitos mínimos, a los que a duras penas podía asomarse una persona. Muchas de las fachadas presentaban solamente una puerta cochera, sin ventanas; la vivienda, los almacenes y las cuadras se abrían a un amplio jardín interior, con árboles frutales y pequeños cultivos.

En la plaza del pueblo nos explicaron que allí se produce el mejor café de Colombia, y por tanto del mundo, que llega a alcanzar los cien euros la libra en primera venta; claro que lo mismo nos contaron días después en varios pueblos del departamento de Quindío. Como referencia, en un supermercado cercano el café molido costaba entre uno y seis euros la libra.

A la mañana siguiente emprendimos el largo y complicado recorrido en autobús hasta Popayán, a través del parque nacional de Puracé. Pero esa es otra historia, que puedes leer pinchando aquì.

viernes, 19 de octubre de 2018

Tierradentro

(14 al 16 de septiembre de 2018)

Si quieres ver el primer capítulo sobre Colombia, pincha aquí.

Nuestro plan era muy sencillo, o eso parecía. Aterrizar en Popayán a las dos de la tarde, coger un taxi hasta el Parque Arqueológico de Tierradentro y llegar a nuestro destino a las cinco y media, todavía con luz. Pero las cosas no eran tan fáciles. Uno tras otro, los taxistas se negaban a llevarnos —No trabajo esa zona— era la explicación más habitual, mientras que otros manifestaban directamente desconocer el camino. Solo uno de ellos, al volante de un minúsculo Kia Picanto se ofreció a transportarnos por doscientos cincuenta mil pesos, unos ochenta euros, casi el doble de lo que habíamos estimado para un recorrido de ciento veinte kilómetros. Lo elevado del precio y el hecho de que el conductor no tuviera ni idea de adónde nos tenía que llevar —Patrón, usted tendrá GPS, ¿no?— nos hizo desistir. En su favor hay que decir que el nombre de Tierradentro de la zona que queríamos visitar se lo dieron los conquistadores españoles a la vista de lo alejada que estaba de todo, aislada por las montañas de las principales vías de comunicación.

Echamos a andar con nuestros equipajes hacia la cercana terminal de autobuses, cuando otro taxista, más emprendedor, se ofreció a llevarnos a la central de taxis, donde su jefe nos podía organizar el transporte. Solo había un pequeño problema: su teléfono se había quedado sin saldo y no encontrábamos ningún minutero (vendedor de recargas).

Ya en la central de Servitaxi comenzaron las negociaciones telefónicas con el jefe. Nos pedía trescientos mil pesos, y de ahí no se apeaba; insistía en que el viaje podía durar cinco horas y que había muchos tramos de vía destapada (carril sin asfaltar). Ante la falta de alternativas terminamos aceptando. Llegó primero Nilson, el conductor que nos llevaría, al volante de un coche grúa, y por fin apareció el dueño, Ezael, con un vehículo de fabricación china similar al Dacia Duster, de suspensión alta pero sin doble tracción. Serían las tres y cuarto de la tarde cuando arrancamos.

Los primeros cincuenta o sesenta kilómetros no presentaron mayor problema que los atascos de salida de Popayán, y la lluvia, que arreciaba conforme ascendíamos las montañas que separaban las cuencas del Cauca y del Magdalena.

Estas montañas, muy deforestadas, estaban salpicadas de casitas rodeadas de plantaciones de papas, hortalizas y cabuya, una planta de la familia del agave cuya fibra se utiliza para la fabricación de cuerdas, cestas y sombreros.

Algunos desprendimientos salpicaban la carretera asfaltada, pero la mayoría estaban señalizados y en vías de reparación. Aquí y allá, pintadas a favor de un tal Temístocles, que pretendía ser elegido al senado.

Las únicas personas que se veían eran indios paeces o páez, cubiertos con ponchos corto, que cargaban cestas, conducían mulas o simplemente esperaban el autobús bajo una lluvia incesante.

A partir del pueblo de Gabriel López la carretera fue empeorando. Los desprendimientos eran cada vez más frecuentes, hasta que nos topamos con el primer tramo en obras. La maquinaria pesada intentaba reconstruir la carretera, tallada en una ladera muy empinada; mientras tanto, los vehículos circulaban por un desvío provisional de tierra y lodo, tan estrecho que en pocos puntos permitía el cruce de dos coches, por no hablar de un coche y un camión.

La tarde iba cayendo, la lluvia no amainaba, y los kilómetros pasaban muy lentamente.

De pronto, frenazo. Un desprendimiento muy reciente había cubierto la vía de tierra, grava y rocas, y el agua corría por encima. Lo peor era que una Toyota Landcruiser, cargada hasta los topes, se había quedado atascada en la mitad del arroyo. El barro y la grava le llegaban hasta los cubos de las ruedas, y el agua circulaba bajo los asientos. Una gran roca se había encajado bajo el guardabarros trasero; parecía imposible tanto sacar la furgoneta del atolladero como que los demás vehículos pudieran cruzar.

Salvo el conductor y su ayudante, que metidos en el lodo hasta las rodillas intentaban desbloquear la pick up, el resto de pasajeros y conductores de los vehículos que esperaban se limitaban a observar y comentar. Ningún conductor aceptó halar del cable de acero amarrado a la camioneta. Alguien intentó llamar a los operadores de dos retroexcavadoras, aparcadas a pocos metros del desprendimiento, que podrían haber resuelto el incidente en minutos, pero al parecer estaban de vacaciones y no volverían hasta dos días después.

De cada lado del corte llegó un autobús, lo que hizo crecer sensiblemente el número de espectadores. Pronto los pasajeros de ambos autobuses llegaron a un acuerdo a través del arroyo: vadearlo con sus equipajes e intercambiar los autobuses, cosa muy razonable y sensata. El problema era que, mientras uno de los conductores estaba de acuerdo en la operación, al otro no le convencía.

Nuestro conductor observaba muy interesado la situación, pero no tomaba ninguna iniciativa más allá de contarme cómo iba la negociación de los autobuses. La profundidad y la fuerza del agua iban bajando, pronto empezaron a cruzar algunas motos.

Mientras tanto, un grupo de indios se dedicaba a una tarea que podía parecer infantil: lanzar cantos rodados del tamaño de un puño a una determinada zona del torrente. Al cabo de un rato se subieron a su carro, un vetusto R12, se dirigieron sin titubear hacia donde habían tirado las piedras y consiguieron cruzar al otro lado.

Urgí a Nilson a que hiciera lo mismo, antes de que intentara pasar algún vehículo más pesado y estropeara aquel vado tan precario. En un momento pareció que nos íbamos a quedar bloqueados en mitad del arroyo, en el siguiente las ruedas agarraron y logramos cruzar. Así pudimos continuar camino, después de solo una hora de espera.

Cruzábamos ahora una zona llana, el llamado Páramo de Guanacos, donde crecían cientos de frailejones. Dejó de llover pero se hizo de noche, y conforme bajábamos hacia el valle del río Sucio los bancos de niebla se hacían más espesos. A nuestro coche le faltaba uno de los faros, por lo que yo, que iba de copiloto, tenía que sacar la cabeza por la ventanilla para controlar la distancia hasta el borde de la pista. Muy lentamente seguimos bajando, hasta que la niebla desapareció casi por completo. A eso de las siete y cuarto llegamos al pueblo de Inzá, capital municipal; ya solo nos quedaban quince kilómetros y tres cuartos de hora hasta nuestro destino.

Por fin llegamos al hotel, en las cercanías de la aldea de San Andrés de Pisimbalá. Nilson, con muy buen criterio y el permiso de su jefe, decidió no intentar volver a Popayán esa misma noche. Se quedaría a dormir en Tierradentro e iniciaría el regreso al amanecer.

En el hotel nos costó un buen rato despertar a Harvey, el encargado, que por fin apareció somnoliento, vestido con un esquijama. Las habitaciones del hotel, propiedad de la Junta Comunal Vereda de Escaño, eran amplias aunque un tanto escuetas. Hacía bastante frío, o quizás era que estábamos destemplados después de las cinco horas de viaje por carretera, así que tuve que volver a despertar a Harvey para pedirle otra manta. Me la entregó, pero me advirtió:
—Si tiene más frío, no se preocupe. El café tiene resorte y dentro hay más cobijas—, frase críptica que me tuvo que repetir varias veces para que la entendiera. Busqué por todas partes el café y su resorte, pero no encontré nada que se le pareciera; por suerte la noche no fue muy fría. Eso sí, a las tres y media empezaron a cantar los gallos, que no pararon ya en lo que quedaba de noche.

El sábado amaneció nublado, pero sin lluvia. Empezamos nuestro recorrido por el museo arqueológico, formado por una única sala que servía a la vez de almacén y exposición. Muchos croquis de los hipogeos que queríamos visitar, mapas de la zona y urnas funerarias extraídas de las tumbas.

Comenzamos nuestro recorrido cuesta arriba, por un sendero bien señalizado, empiedrado y con frecuentes bancos para descansar contemplando el paisaje de montañas empinadas y coronadas de niebla. Nuestra guía decía que se tardaba veinte minutos en llegar al primer grupo de tumbas, pero una persona de mi edad y estado físico necesita casi el doble.

En el Alto de Segovia se podían visitar hasta veinticinco hipogeos de distintos tamaños y más o menos decorados con relieves humanos muy esquemáticos y pinturas geométricas en blanco, rojo y negro. El acceso al fondo de los hipogeos se hace por unas escaleras muy irregulares, talladas en la misma toba volcánica que forma las tumbas, con peldaños de entre cuarenta y setenta centímetros de alto. Abajo, a una profundidad de más de siete metros, suele haber una mínima antesala, separada por una barandilla de la cámara de enterramiento. Estas cámaras oscilan entre dos y medio y nueve metros de diámetro; las más grandes cuentan con columnas, pilastras y nichos laterales.

Por los restos encontrados, se cree que los hipogeos fueron construidos entre los siglos IX y VI antes de nuestra era, por una cultura ya extinguida y de la que muy poco se conoce. No se sabe de dónde llegaron, ni por qué se extinguieron, no tenían escritura, y en sus cerámicas representaban culebras, lagartos y escolopendras. Se ha comprobado que el pueblo que labró estas tumbas está relacionado con otros que por la misma época habitaban el Alto Magdalena, pero solamente aquí se han encontrado hipogeos. Se supone que le concedían gran importancia a la vida después de la muerte, a la vista de los esfuerzos que dedicaron a los ritos funerarios. Se sabe que primero colocaban los cadáveres en posición fetal, en el suelo de la cámara mortuoria, rodeados de vasijas con ofrendas de grano, herramientas, armas y joyas. Al cabo de un tiempo, cuando el cadáver estaba completamente descompuesto, se guardaban los huesos en una olla de barro decorada según la moda del momento, y se depositaban en alguno de los nichos laterales.

En algunas de las tumbas, los tres escalones más bajos se ampliaban por los lados hasta formar una especie de gradas, probablemente para permitir que un pequeño grupo de personas contemplara los ritos que se celebrasen en el interior de la cámara.

No fuimos capaces de bajar a los veinticinco hipogeos, sino solo a diez o doce; nos quedaba mucho recorrido por delante.

De momento seguimos subiendo monte por un sendero de tierra, que poco a poco se hacía más empinado y resbaladizo. Pasamos junto a varias viviendas indígenas, con paredes de bajareque (barro reforzado con cañas) y techo de paja. En ninguna faltaba una radio emitiendo música a máximo volumen. Alrededor de las casas, colgados de las laderas, cultivos de café, plátanos, papas y tomates.
Al cabo de una hora de ascensión llegamos al Alto del Duende, esta vez con solo cuatro hipogeos pero con la decoración perfectamente conservada. Confieso que bajamos solo a dos, pero con unos escalones todavía más altos que los anteriores.

Desde allí, tras otra media hora de subir por el filo entre dos laderas, llegamos a la carretera que nos llevaría hasta el Alto del Tablón. Lo de carretera era un eufemismo, aunque como tal aparecía clasificada en el mapa del municipio de Inzá. En realidad era una simple pista de tierra y grava, que conducía por un lado a Santa Rosa de Tierradentro y por el otro a San Andrés de Pisimbalá. Por suerte, nuestro destino quedaba cuesta abajo, y solo tardamos otra hora en llegar.

A pocos metros de la carretera, en la cima de un montículo, nos encontramos con un galpón que protegía once esculturas, que no están relacionadas con las tumbas, sino que aparecieron por toda la zona en diversas oquedades bajo las raíces de algunos árboles de gran tamaño. Las estatuas, de entre sesenta centímetros y dos metros y medio de altura, eran todas antropomorfas y de un estilo muy diferente a la decoración de los hipogeos. Se parecían algo a las que luego veríamos en San Agustín, pero eran bastante más primitivas.

Tanto hombres como mujeres tenían formas paralepipédicas, con la cabeza del mismo ancho que los hombros y mucho más grande de lo normal. Se podían distinguir peinados más o menos elaborados, pendientes bicónicos, faldas de borde escalonado, pectorales, cinturones y aros en los tobillos, si se las miraba con detenimiento y un poco de imaginación.

Desde El Tablón se veían otros dos núcleos arqueológicos que pretendíamos visitar: el Alto de San Andrés, a media ladera al otro lado del valle, y el Alto del Aguacate, mucho más lejos y más arriba. Pero era demasiada distancia para nosotros, ese día ya habíamos tenido nuestra ración de senderismo y arqueología. Decidimos dejarlos para el día siguiente.

Seguimos bajando por la carretera hasta el pueblo de San Andrés, cabecera del resguardo indígena del mismo nombre. Allí nos encontramos con los trabajos de reconstrucción de su capilla doctrinera, incendiada hace cinco años como consecuencia de los conflictos entre la población indígena y los colonos mestizos. La lucha, como todas, era por el poder y por dinero. Los indígenas controlaban el poder político, lo que incluía la única escuela de la zona; los mestizos pretendían que la escuela se integrase en el sistema escolar del estado.

El caso es que la capilla, unas de las seis que pervivían de las doce que los españoles obligaron a construir a los indios páez, sufrió el incendio de su techo de paja y de las vigas de quince metros de largo, con lo que también se desplomó el campanario y se perdieron las pinturas murales. Ahora los páez la están reconstruyendo con alguna ayuda del Ministerio de Cultura. Los mismos páez que llegaron en el siglo XIII, lucharon contra la colonización española, y que allí siguen. La foto es anterior al incendio, lógicamente.

Frente a la capilla se alzaba un pedrusco de unos tres metros de alto, en el que aparecían grabadas figuras muy similares a las de los hipogeos: cabezas en forma de triángulo invertido, alacranes, incisiones circulares… No sé si tienen algo que ver con los propios hipogeos o son una invención reciente, pero en cualquier caso resultaba muy apropiada la presencia de estos símbolos precristianos junto a la iglesia parroquial.

En el único restaurante de San Andrés comimos sopa de choclo (maíz tierno) y la inevitable bandeja, un plato combinado formado por filete de res o pechuga de pollo, arroz blanco, patatas y plátanos fritos, ensalada y legumbres. Es este viaje por Colombia llegaríamos a odiarla, ya que muchas veces es la única alternativa en los restaurantes sencillos.

El día que estuvimos en San Andrés se celebraba una fiesta para recaudar fondos para la escuela, que verdaderamente los necesitaba. La fiesta, por llamarle de alguna manera, consistía en un sancocho comunitario en el patio de la escuela, junto con un bingo y juegos para los más pequeños En la plaza del pueblo atronaba la música, aunque nadie bailaba. Los indios, claramente vestidos de domingo, se sentaban muy serios en torno a la pista. Familias enteras comían el sancocho mientras miraban hacia el infinito, con expresiones más de funeral que de alegría.

En Tierradentro hay 21 resguardos que velan por la propiedad comunal de la tierra. Los resguardos son dirigidos por un gobernador, un secretario, un alcalde, los alguaciles, el capitán y el fiscal. Ellos son los encargados de adjudicar las tierras, organizar las mingas comunitarias, solucionar los conflictos e imponer los castigos. Según el delito, así es la pena, que va desde los latigazos hasta el calabozo e incluso el cepo. Los miembros del cabildo se eligen en asamblea, por períodos de un año. Se reconocen fácilmente por la vara de madera de chonta con empuñadura de planta, adornada con cintas de colores. Los hemos visto circulando por carretera en una moto o caminando por alguna ciudad, siempre con su vara de mando en la mano.

Volvimos al hotel cuando empezaba a chispear. Toda la noche llovió, y al amanecer seguía cayendo una manta de agua, que hacía muy peligroso el ascenso al Alto del Aguacate, porque el sendero estaba embarrado y muy resbaladizo. Aprovechamos la mañana para descansar, que a fin de cuentas estábamos de vacaciones.

Al día siguiente intentaríamos llegar a San Agustín, en el departamento de Huila, a doscientos kilómetros de distancia. Pero esa es otra historia, que podrás leer pinchando aquí.

miércoles, 17 de octubre de 2018

La derrota de La Heroica

(8 al 13 de septiembre de 2018)

Los habitantes de Cartagena de Indias, a lo largo de la historia, se han destacado por su valentía, por no rendirse fácilmente ante ninguna invasión. Por eso la llaman “La Heroica”, como si fuera una sinfonía.

Pero no siempre ha sido así. En su primera etapa, a partir de 1533, cuando la fundó Pedro de Heredia sin contar con opinión de los indios kalamari, tuvo una historia verdaderamente infame. Cartagena, paradigma de opresión colonial, a los cinco años de su fundación ya conoció un “Repartimiento General de Indios”. Este glorioso evento, que hoy sería considerado un delito contra la humanidad, consistió nada menos que en el reparto entre los colonos españoles de todos los indígenas que habitaban la zona, o al menos de los que no escaparon a tiempo. Este reparto incluía hombres, mujeres y niños, junto con sus tierras, sus animales domésticos y todas sus posesiones. A fin de cuentas, la propia inquisición católica los consideraba “pobres animales”.

Los kalamari, que según un texto de la época “vivían sumidos en secular barbarie, pero también en absoluta libertad”, no fueron capaces de soportar los esfuerzos educadores y evangelizadores de los españoles, y se acabaron extinguiendo como pueblo.


Poco, más bien nada, quedó de su cultura, pero sí de sus genes, que se atisban en las caras ligeramente achinadas del casi un millón de personas que hoy habitan en esta ciudad.

Gracias a los kalamari y a los esclavos negros, de los que hablaremos más adelante, el verdadero espectáculo de Cartagena, para mí, no es el de sus casas y palacios coloniales, con balcones de madera engalanados de buganvillas, glicinias e ipomeas y patios profundos sombreados por helechos y palmeras; menos todavía el de los baluartes, castillos, muros cortina y caminos de ronda que la defienden. No, allí la atracción está a pie de calle, en las aceras, en los bancos de las plazas, en algún balcón. Es un espectáculo en constante movimiento, que cambia y muta a cada instante.

Son sus inmensas mulatas, vestidas con los colores bolivarianos, que cargando cestas de frutas tropicales se alquilan para las fotos de los turistas. Sus familias multirraciales, que forman un catálogo de tonos, desde el rosa palo hasta el café solo, pasando por toda la gama intermedia: avellana, café con leche, largo, cortado, manchado…

Esos ancianos delgados, renqueantes, que se apoyan en un bastón mientras nos miran pasar a los turistas, y exhiben su guayabera encalada y sus zapatos de charol.

Es también esa mujer, de color confuso y cuerpo rotundo, embutida en un minimono acolchado y metálico, que parece fabricado con un quitasol de automóvil. O un güero de barrio, camiseta sin mangas, pantalón pitillo y visera para atrás, que canta un rap al compás de una lata vacía. Y hasta una pandilla de adolescentes, paseando de noche por el baluarte de San Juan Bautista mientras corean una bachata cansina y evangelizadora.

O el vendedor de botellas de agua, fresquitas según él, que contesta con un atento “a la orden” nuestro rechazo desabrido, hartos ya de tanta oferta: de cigarrillos y coca cola, esmeraldas y sombreros de paja, caramelos y jugos, café y arepas, almojábanas y bocadillos.
O esos pregones que son todo un monumento al mestizaje lingüístico:  A la olden la caliseca, lo cabellito ‘e ángel, la bolita ‘e ajonjolí, la alegría ‘e millo, lo muñeco ‘e coco, la cocaíta, lo marranito ‘e arequipa, lo enlutao, la panelita ‘e maní, lo cubanito ‘e leche, el casabe…. A la olden.

Pero volvamos a La Heroica y a su historia. En el siglo XVI soportó los asaltos de bucaneros y corsarios ingleses, franceses y holandeses, que querían llevarse su parte de la ingente plusvalía generada por el comercio de esclavos africanos. Las veinticuatro “tiendas de negros” de que llegó a presumir, las decenas de miles de hombres y mujeres que por allí pasaron, raptados en África para trabajar en las minas y plantaciones de todo el Virreinato, son hoy una anécdota turística, una historia que relatan los guías a los visitantes que eligen la “Ruta del Esclavo”.

 Después de varios saqueos, entre los que quizás el más terrible fue el comandado en 1697 por el barón de Pointis, por fin la corona española mandó fortificar la ciudad. Doce años y miles de esclavos después, se cerró el polígono defensivo formado por veinte baluartes unidos por lienzos de muralla, más varios fuertes aislados en las islas de Bocagrande y Tierra Bomba.

Cuando el 13 de mayo de 1741 se presentó frente a la ciudad el almirante inglés Vernon, al mando de la mayor flota del momento, con ciento ochenta navíos, dos mil cañones y casi veinticuatro mil hombres, no esperaba encontrarse una resistencia como la que organizó Blas de Lezo y Olabarrieta, alias Mediohombre, al que le faltaban una pierna (perdida en Vélez Málaga, durante la guerra de Sucesión), un ojo (en el asedio de Tolón) y un brazo (en Barcelona, el 11 de septiembre de 1714, fecha que rememora la Diada), y le sobraban nada menos que otras dieciséis heridas de guerra.

En colaboración con Sebastián de Eslava, virrey de Nueva Granada, y con solo cuatro mil hombres armados (soldados profesionales, milicianos criollos y la Compañía de Negros y Mulatos Libres) y con la eficaz ayuda de la peste, impidió la toma de la ciudad. Los duros combates a Mediohombre le costaron la vida y a Vernon el oprobio, tras haber acuñado monedas conmemorando su inexistente victoria.

La otra gran batalla que a la larga ganaron los cartageneros fue la de la independencia. Alentados por el liberalismo y el constitucionalismo que recorrían España y sus colonias, el 11 de noviembre de 1811 se dirigieron al Palacio de Gobierno y demandaron la declaración de independencia absoluta. En un proceso constituyente contemporáneo con el de La Pepa, blancos, negros y mulatos se autoproclamaron ciudadanos de pleno derecho. Tan elevadas ideas no incluían a los esclavos, sostén de la economía local, que mantuvieron su condición hasta cuarenta años después.

La reacción de los centralistas no se hizo esperar, dentro de los ritmos y plazos de la época. En 1815, tras varios meses de combates, las fuerzas monárquicas tomaron la ciudad y colgaron o fusilaron a los líderes independentistas. Solo cinco años pasaron desde esta última ocupación hasta la independencia total de Colombia.

Pero no se puede hablar de la independencia sin mencionar a Policarpa Salavarrieta, símbolo de las muchas mujeres que participaron activamente y de diferentes maneras en las luchas. Inició sus labores clandestinas de propaganda en Guaduas, y en 1817 se trasladó a Bogotá con un pasaporte falso, pues ya era buscada por las autoridades.

Como costurera, una de sus tareas era coserle a las señoras de los realistas con el fin de escuchar noticias y averiguar el número, los movimientos, el armamento y las órdenes de las tropas enemigas, para que así los guerrilleros triunfaran en las emboscadas. Otras actividades eran recibir y mandar mensajes de la guerrilla de los Llanos, comprar material de guerra y convencer y ayudar a los jóvenes a unirse a los grupos de patriotas.

La Pola, como la llamaban sus amigos, fue detenida junto con su hermano. Un consejo de guerra la condenó a muerte el 10 de noviembre de 1817, y ella consiguió convertir su ejecución en un acto más de propaganda independentista. Así, en lugar de unirse a los rezos de los dos sacerdotes que la acompañaban, no hacía sino maldecir a los españoles y encarecer su venganza. Al salir a la plaza y ver al pueblo reunido para presenciar su fusilamiento, gritó la valentía de morir por la libertad de la patria. La ejecución de Policarpa, mujer joven, por un crimen político, movió a la población en general y creó una mayor resistencia al régimen impuesto por Juan Sámano. Si bien muchas mujeres fueron igualmente asesinadas durante la ocupación española, el caso de la Pola cautivó la imaginación popular.

Pero la batalla actual, la que los habitantes del Casco Histórico ya dan por perdida, es la del turismo. Gracias a sus playas, a sus murallas y al excelente estado de conservación del centro y del barrio de Getsemaní —en donde conviven el barroco andaluz, la arquitectura colonial y el neoclásico republicano— se ha convertido en uno de los principales destinos turísticos de América Latina.

Otro factor que ha colaborado al salvaje crecimiento del turismo ha sido su declaración por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

Al margen del dato oficial de más de dos millones de visitantes al año (cifra muy cercana a la que recibe toda la provincia de Cádiz), basta con darse un paseo por el Centro Histórico para ver como la inmensa mayoría de los edificios han sido transformado en residencias turísticas, sean hoteles, hostales o pisos de alquiler por días. No encontré en toda la zona una sola carnicería, frutería o pescadería; comprar un rotulador resultó una tarea casi imposible. Los escasos habitantes permanentes se ven obligados a desplazarse al inmenso y caótico mercado de Bazurto, a varios kilómetros de distancia,  si no quieren pagar los elevados precios de las tiendas de conveniencia.

Algunos establecimientos resisten, como el miniferreterito El Mejor o la Barbería del Arzobispo, pero salvo algunas oficinas públicas y sucursales bancarias, los únicos empleos que se ofrecen en el centro son los relacionados de una u otra manera con el sector turístico: agentes de viajes; cambistas; empleados en tiendas de recuerdos, de esmeraldas, de café, de puros, de ropa de diseño; hosteleros, caleseros y vendedores ambulantes de refrescos, de sombreros de paja, de excursiones a las islas o de hormigas culonas.

El contraste entre lo que es y lo que pudo haber sido esta ciudad se hace más evidente en una visita mañanera al cercano barrio de San Diego. Con un trazado y una arquitectura igualmente coloniales, sus calles las forman casitas de un solo piso, sin los grandes balcones ni los portones de piedra del centro.

Sus habitantes, de una mareante variedad racial, llenan las aceras mientras van a trabajar o a estudiar. Supermercados, tiendas de ropa de diario, talleres que reparan todo y nada, misceláneas, salsimentarias y areperas muestran la vida diaria de las clases populares.

La población de clase media y alta hace tiempo que abandonó estas zonas céntricas. Ahora viven en las torres de apartamentos de Bocagrande, o en los chalets de Manga, rodeados de concertinas, reflectores automáticos y garitas de vigilancia.

Cada tarde, cumplida por la mañana nuestra ración obligatoria de museos, iglesias y castillos, me refugiaba en el aire acondicionado del apartamento, a escasos metros de la catedral. En el breve intervalo entre el sol asfixiante de media tarde y la oscuridad total, salía a la calle y aprovechaba esos minutos de luz extraña para seguir los pasos de mi personaje Eliseo Rekalde, que según cuenta en sus poco creíbles cuadernos anduvo por aquí a finales de 2002. Me decepcionó bastante el Hotel Las Américas, en el que pasó unos días esperando a Don Trini y donde trabó una íntima y breve relación con Gladys. Lo que Rekalde describe como un resort de playa lleno de turistas españoles, no es mal que un hotel con piscina, en la zona norte de la ciudad, junto a una playa estrecha y sucia frecuentada solo por los habitantes de las barriadas vecinas.

Me costó encontrar el teatro Heredia, en el que Rekalde afirma haber asistido a un importante festival de vallenatos, ya que su nombre oficial es Teatro Adolfo Mejía. Sobornando a uno de los conserjes conseguí acceder al patio de butacas, y verdaderamente es tan lujoso como describe Eliseo.

En cambio, casi sin buscarlo me encontré con el restaurante El Santísimo, a poca distancia del teatro, en la calle del Torno de Santa Clara, donde Rekalde cenó con una familia de Santa Marta. Me echaron para atrás sus precios, muy elevados, pero tenía pinta de ser uno de los mejores restaurantes de la ciudad.

Callejeaba también por las calles del centro, que aún manteniendo el sistema de numeración utilizado en todo el país, no habían perdido los viejos nombres: Santa María de los Niños Perdidos, Tripita y Media, Los Siete Infantes, Pasaje de la Moneda, de la Artillería…

Volviendo a la fallida invasión inglesa de 1741, en aquella época —como ahora— el acceso al interior de la bahía solo podía hacerse por dos brazos de mar, Bocachica y Bocagrande, ubicados respectivamente al sur y al norte de la isla de Tierra Bomba, o por un larguísimo y tortuoso canal que a través de ciénagas y manglares enlazaba con el delta del Magdalena.


Como Bocagrande era difícilmente navegable debido a los bancos de arena y a varios pecios, la corona española ordenó construir diversas obras defensivas en torno a Bocachica. Aunque las baterías resistieron durante varios días los ataques combinados por tierra y por mar, todas acabaron cayendo.

Pero su resistencia no fue inútil, ya que permitió ganar un tiempo precioso para organizar la defensa de la propia ciudad. Los cinco únicos buques con que contaba Blas de Lezo participaron en los combates de Bocachica, donde cuatro de ellos se hundieron y el quinto cayó en manos inglesas.

Cuando decidimos ir a conocer los restos de aquellas defensas, no sabíamos cómo se iba a complicar la excursión. Empezamos por acercarnos a la zona de Castillogrande, desde donde nos habían dicho que salían continuamente lanchas hacia la isla de Tierra Bomba.
Para ello tuvimos que recorrer toda la barra de Bocagrande, verdadera pesadilla para un urbanista: una mezcla de antiguos chalets reconvertidos en tiendas, restaurantes o colegios privados, con docenas de edificios de apartamentos de entre diez y veinte pisos construidos en solares mínimos; todo ello salpicado por rascacielos dejados caer sin orden ni concierto. La zona servía como lugar de residencia de la clase media cartagenera y de muchos miles de turistas. A nivel de calle se sucedían centros comerciales, hipermercados, cadenas de comida basura, clínicas privadas y concesionarios de automóviles. Tampoco allí había mercerías, papelerías ni fruterías.

En la playa de Castillogrande nos esperaba una pandilla como las que tan bien describe Jorge Amado en Capitães da areia. Jóvenes sin oficio y casi sin beneficio, que luchaban por ganarse unos pesos ayudando a turistas despistados como nosotros. Ellos nos informaron de que las lanchas solo se dirigían a los resorts, aldeas y beach clubs de la costa norte de Tierra Bomba, según ellos sin comunicación terrestre con Bocachica, en la costa sur.

Con dinero, como siempre, había una solución: alquilar una de aquellas lanchas para que nos llevara directamente hasta nuestro destino, el castillo de San Fernando de Bocachica. Pero el precio a pagar era tan descabellado que decidimos intentar otra opción.

Nos fuimos en taxi al muelle de la Bodeguita, en el brazo de mar que separa el casco histórico del barrio de Getsemaní. Resistimos como pudimos el asalto de docenas de vendedores de excursiones, que no se podían creer que prefiriéramos un fuerte a las magníficas playas de Barú, Playa Blanca o Islas del Rosario, y conseguimos acercarnos a la ventanilla de información turística, que parecía más de desinformación. No sé si por ignorancia o en connivencia con los vendedores, la funcionaria que la atendía nos envió a la puerta cinco de la estación marítima, desde donde en teoría salían las lanchas para Bocachica. Al llegar allí, el guardia de seguridad afirmó que lo que buscábamos estaba en la puerta tres.

Efectivamente, en la puerta tres nos vendieron billetes para el pueblo de Bocachica, diciéndonos que desde el pueblo hasta el fuerte era un paseíto de media hora. Eso sí, nadie parecía conocer el horario de salida de las lanchas —“enseguida” fue toda la precisión que conseguimos— ni podía vendernos los tickets de acceso a los muelles, que tuvimos que adquirir en la puerta uno, ante la mirada impertérrita de la funcionaria de información.

Preguntando aquí y allá dimos con un grupo de marineros que parecían salidos de una novela de Álvaro Mutis, y que nos indicaron dónde estaban las lanchas que iban a Bocachica. En lo que no se pusieron de acuerdo fue en cuándo salía la primera: ahora mismo, en media hora, en cuanto se llene la lancha…

Tres cuartos de hora esperamos sentados en un banco, hasta que el que parecía dirigir el cotarro nos ordenó subir a una de las lanchas, que en teoría iba a zarpar en pocos minutos. También nos dijo que el paseo hasta el fuerte, reducido ahora a un cuarto de hora, nos permitiría conocer el pueblo. No sé si estaba cachondeando de mí o era puro realismo mágico, sobre todo cuando sugirió que el barquero podía dejarnos en el mismo castillo para ahorrarnos el paseo.

Pasamos otros veinte minutos sentados en la lancha mientras seguía llenándose poco a poco. Todos los pasajeros eran negros, salvo nosotros y un blanco que no paraba de hablar por el móvil. De sus conversaciones deduje que era un vendedor de paquetes de acceso a internet, y que tanto sus clientes como sus proveedores estaban bastante enfadados con él. Los unos por el mal servicio, que él confirmaba —Sí, reconozco que la avería no está agendada, pero la atención es chévere—, los otros por sus demoras en el pago —Ahorita estoy embarcando, pero en cuanto regrese le ordeno el ingreso.

Por fin soltamos amarras y nos alejamos del pantalán. Me alegró ver que el patrón repartía chalecos salvavidas, aunque estuvieran mugrientos. Observé que nadie se los ponía; yo hice lo mismo.
Pasamos frente al baluarte de San Lorenzo, que defendía la entrada a la laguna de San Lázaro, y al fuerte de San Sebastián del Pastelillo, bautizado así ya que al parecer tenía forma de pastel. Como siempre, la guerra y la religión iban de la mano.

Cuando abandonamos la bahía de las Ánimas y pudimos acelerar, la lancha empezó a planear y a botar sobre las olas. Comprendí entonces la utilidad de los chalecos: los pasajeros más afectados por las salpicaduras los levantaban para protegerse de los rociones.

En media hora, después de tomar y dejar pasajeros en varias aldeas rodeadas de manglares, atracamos en el pantalán de Bocachica. De la promesa de acercarnos al embarcadero del fuerte no se volvió a hablar.

Bocachica era un prototipo de pueblo caribeño. Protegido de las olas por una escollera artificial, se extendía a lo largo de casi dos kilómetros de costa baja, en una sucesión de calles sin asfaltar y casitas a medio terminar.

Contratamos —o más bien no conseguimos quitarnos de encima— a un guía que nos orientó por aquellas callejas y nos contó algunos detalles no demasiado interesantes sobre el pueblo. Vivían de la pesca y del turismo (nosotros éramos los únicos aquel día), no disponían de tierra cultivable ni había ninguna industria. Tampoco parecía funcionar demasiado el comercio; como mucho alguna vivienda anunciaba la venta de helados o refrescos con un cartel escrito a mano. Por no haber, ni siquiera había un auténtico bar. El agua potable la traían en gabarras, y la electricidad llegaba desde tierra firme por un cable submarino.

A un kilómetro del pueblo, en lo alto de una colina, se levantaba un hotel de lujo en plena ampliación, sobre el que nuestro guía hizo un par de comentarios, entre despectivos y rencorosos. Al parecer, la empresa no gastaba ni un peso en el pueblo y los huéspedes nunca salían del recinto. No me extraña nada, Bocachica es uno de los pueblos menos atractivos que he conocido en mi vida.

Llegamos por fin al fuerte de San Fernando, construido después del ataque de Vernon para reemplazar a uno anterior destruido en los combates. Es un ejemplo perfecto de arquitectura militar del siglo XVIII, en la línea de los castillos de Santa Catalina y San Sebastián que defienden la playa de la Caleta, en Cádiz.

Aunque ahora han abierto un portillo en la muralla oeste para facilitar el acceso por tierra, en su día solo tenía acceso desde el mar, a través de un puente levadizo y un túnel abovedado. Esta única entrada está protegida por dos baluartes, el del rey y el de la reina, con más de cuarenta cañones y numerosas saeteras. Por el lado de tierra, el muro se eleva sobre un foso inundado.

Dentro, lo habitual en una fortificación de este tipo: polvorines, capilla, cuarteles (uno de ellos utilizado como aula de una escuela taller de carpintería), un gran patio de armas, alojamientos para oficiales e ingenieros…

Las explicaciones de nuestro guía, por descabelladas, resultaban curiosas. Desde cómo escapó del fuerte el independentista Nariño, que no nos quedó muy claro de si disfrazándose de monja o sobornando a un centinela, hasta una surrealista explicación de la forma de las saeteras: “la ley del embudo, para mí lo ancho y para el enemigo lo estrecho”, pasando por una escalofriante e imaginativa descripción del suplicio de la gota, que al parecer caía sobre un prisionero cuyo brazo y pie habían sido clavados al muro.

Desde el fuerte se veía muy cerca la batería de San José, construida sobre un islote al otro lado del canal de entrada, y que cruzaba sus fuegos con los de San Fernando.

Al terminar la visita al fuerte no nos decidimos a comer en el único y cochambroso restaurante del pueblo, la “Casa de comidas típicas de la Señora Toña”, y llegamos al pantalán justo a tiempo para embarcar de vuelta a Cartagena.

En realidad, la partida se demoró un buen rato, ya que dos de las pasajeras exigían que esperásemos a una tal Yeredi, que estaba de camino. Esta Yeredi debía de ser conocida por sus retrasos, ya que una parte del pasaje opinaba que se estaba bañando, y que luego todavía tendría que arreglarse. Al cabo de una buena espera y una larga discusión ganaron los impacientes, y el patrón comenzó a alejarse lentamente del muelle, como de mala gana.

No nos habíamos separado ni treinta metros cuando apareció la famosa Yeredi, rebosando ampliamente sobre el asiento trasero de un mototaxi. Viramos de nuevo hacia la isla y no fue fácil hacerle un hueco a los ciento cincuenta kilos de Yeredi, por mucho que fuera embutida en unos leggings y un top de licra.

A la mañana siguiente abandonamos la ciudad con ansía de un clima más fresco, después del calor que habíamos pasado; nos esperaban los núcleos arqueológicos de Tierradentro y San Agustín, no muy lejos del nacimiento de los ríos Cauca y Magdalena. Pero esa es otra historia, que puedes leer pinchando aquì.

lunes, 17 de septiembre de 2018

La pérdida de El Dorado de V.S. Naipaul


La pérdida de El Dorado
V.S. Naipaul

Mis antepasados empezaron a irse de la India a Trinidad hace unos cien años. Yo nací en 1932, en un pueblecito llamado Chaguanas, a unos dos o tres kilómetros, tierra adentro, del golfo de Paria, en la casa que había construido mi abuelo en 1920.
Así empieza La pérdida de El Dorado, una novela histórica sobre la isla de Trinidad desde el siglo XVI hasta comienzos del XIX.
El libro está dividido en tres partes: en la primera, los españoles llegan a Trinidad en busca de El Dorado, la leyenda que movió a la conquista a Antonio de Berrío en 1580.
La segunda parte abarca la capitulación española, el ataque y la apropiación de los ingleses, durante el siglo XVII  Y XVIII.
Y la tercera parte, principios del XIX, siglo de revoluciones, fracasos y crueldad del gobernador inglés, Picton.
Naipaul publicó en 1969 este difícil libro sobre la historia de la isla de Trinidad. Libro, en el que busca ser riguroso históricamente y en el que se ve emotivamente involucrado. Algunos críticos sostienen que nunca se sintió completamente satisfecho. Pero este sentimiento está muy desarrollado entre otros famosos escritores. El autor consultó documentos (originales, copias e impresos) del Museo Británico, los Archivos Públicos de Londres y la Biblioteca de Londres. Además de una extensa bibliografía.
Su lectura trasmite el sentimiento con que fue escrito y, por tanto, recomiendo leerlo con devoción, humildad y objetividad. Ya que todo lo que se narra, en ocasiones, es muy duro, triste y lamentable. Juzgar a la ligera no es bueno, sin embargo, reflexionar y acercarnos a una historia, que, de alguna manera, nos afecta, siempre es bueno.
Como ya todos saben Naipaul falleció el 11 de agosto de este año en Londres donde vivía desde 1950. Con todos los honores fue condecorado Caballero de la Orden del imperio Británico en 1990 y obtuvo en Premio Nobel en 2001, precisamente resaltando el trabajo de investigación sobre Chaguanas.
Entre sus obras más destacadas: The Middle Passage, es un libro de viajes por Trinidad, Guyana, Surinam, Martinica y Jamaica. An Area of Darkness, es un viaje a la India. Guerrilleros, analiza la mala conciencia occidental respecto de los paises del tercer mundo. Un recodo en el rio, es una novela cuyo protagonista es un musulmán, de raza hindú, nacido en un pais de la costa oriental de Africa. Entre los creyentes, es una crónica del viaje que realizó en 1979 por Pakistán, India, Malasia e Indonesia. A turn in de South, es una crónica sobre los aspectos más sobrsalientes de la vida del Sur de los EEUU. Un camino en el mundo, colección de ensayos y novelas cortas con la isla de Trinidad, su historia, su gente y el desgarramiento cultural como denominadores comunes. India, es una colección de relatos y reportajes realizados por Naipaul en su viaje a la India en 1990.

Resumiendo un magnífico escritor que puso el dedo en la llaga con valentía y con una prosa ágil, rápida, amena, sin escatimar detalles, por duros que fueran. Merece la pena leer alguno de sus libros como el homenaje que se merece.