lunes, 1 de noviembre de 2021

La Carta Final

En ocasiones frustro una necesidad, la de escribir una carta. Creo que me lo impide el pudor. No se estila ya eso de recibir un sobre con nombre y dirección escritos a mano y conteniendo un papel cuidado en el que alguien ha querido decir algo.

Escribir una carta supone tener algo importante que contar a otra persona y aceptar que ésta conocerá el texto pasados varios días. Eso da una ventaja tremenda para reflexionar sobre lo escrito, y sin hablar de la paciencia necesaria para aguardar a la posible respuesta.

Cuando escribía cartas me encantaba buscar un papel adecuado a la persona que iba a recibirla y también intentaba escoger el sobre más oportuno. A veces compraba sobres entelados; solía elegir los sobres apaisados y doblar el papel de carta en tres partes y meterlo dentro del sobre de tal forma que al abrir la solapa apareciera la cabecera de la hoja dispuesta a extraerla y comenzar a leer las primeras líneas de saludo.

Hubo un tiempo en el que usé los sobres aéreos. Su papel era suave, fino, ligero como la seda y llamativo por sus colores rojo y azul en los bordes. Pero en ocasiones se me hacían insuficientes para mis propósitos y llegué, incluso, a confeccionar mis propios sobres. Usaba papeles de regalo, o reciclados de otros envíos que recibía mi familia, y los usaba para la parte exterior porque por dentro los forraba con papel seda. Disfrutaba enormemente al hacerlos y creo que mucho más cuando los depositaba en el buzón y quedaban a su suerte. Claro está que el buzón no era uno cualquiera. Siempre elegía el que más significado tuviera para la ocasión. La última vez que envié una carta fue desde la oficina de correos del mercado birmano de Bogyoke en Yangón, era una habitación llena de suciedad e insectos, y que parecía cualquier cosa menos un lugar destinado a la correspondencia; y la anterior fue desde uno de los mostradores de la bellísima Oficina Central de Correos de Saigón.

La elección del sello era otra delicia. Me gustaba ir al estanco cuando había poca clientela y así poder entretenerme en buscar el sello que me pareciera más bonito, elegante y adecuado para el contenido de mi escrito. Los colocaba perfectamente equidistantes a la esquina superior derecha y siempre humedecidos con agua, jamás con saliva. Hui siempre de los sellos estándar o conmemorativos. Se me antojaban demasiado vulgares para mis propósitos.

Por último, la elección para la escritura era también motivo de detalle. No era igual usar un bolígrafo bic negro despuntado que un rotulador de punta fina azul. Nunca supe escribir con pluma; quizás ahora lo intente, aunque dudo que lo logre porque mi trazo no es compatible con la disposición de las plumillas y me hace sentir ridícula pretendiendo usar una herramienta que no va con mi heterodoxa caligrafía.

Echo el recuerdo atrás y me acuerdo con qué emoción intentaba escribir frases que invitasen a la persona destinataria de mi carta a responderme. Disfrutaba de la conexión que sentía con esas personas. Ponía todo mi interés en contar novedades, las cosas más interesantes que hubiese vivido y también aquéllos pensamientos que me rondaban. Otras veces sólo pretendía mantener el contacto, que no se perdiera el afecto, usar el escrito como un medio más de decir a alguien que me importaba. A veces el destino de esas cartas estaba en mi misma ciudad; otras, en mi misma casa. Escribí muchas cartas plenas de amistad, sueños, deseos, temores y caricias. Escribí muchas cartas de amor o llenas de amor.






Aparentemente, la película “La carta final” “84 Charing Cross Road” trata de libros, del amor a ellos, de la dedicación y delicado aprecio que los protagonistas sienten hacia éstos en un contexto social a lo largo de 20 años desde las postrimerías de la II Guerra Mundial y algunos otros bellísimos detalles más, pero no; no ha sido eso lo que yo he visto.






Marga. Cádiz, noviembre, 2021

P.D.: Disculpa, olvidé comenzar escribiendo “Hola, cielo.” y terminar con “Besos.”


Un fama y un cronopio son muy amigos y van juntos a correos a despachar unas cartas a sus esposas que viajan por Noruega gracias a la diligencia de Thos, Cook & Son. El fama pega sus estampillas con prolijidad, dándoles golpecitos para que se fijen bien, pero el cronopio lanza un grito terrible sobresaltando a los empleados, y con inmensa cólera declara que las imágenes de los sellos son repugnantes, de mal gusto y que jamás podrán obligarlo a prostituir sus cartas de amor conyugal con semejantes tristezas. El fama se siente muy incómodo porque ya ha pegado sus estampillas, pero como es muy amigo del cronopio, quisiera solidarizarse y aventura que en efecto la vista de la estampilla de veinte centavos es más bien vulgar y repetida, pero que la de un peso tiene un color borra de vino sentador. Nada de esto calma al cronopio, que agita su carta y apostrofa a los empleados que lo contemplan estupefactos. Acude el jefe de correos, y apenas veinte segundos más tarde el cronopio está en la calle, con la carta en la mano y una gran pesadumbre. El fama, que furtivamente ha puesto la suya en el buzón, acude a consolarlo y le dice:
– Por suerte nuestras esposas viajan juntas, y en mi carta anuncié que estabas bien, de modo que tu señora se enterará por la mía.

Julio Cortázar – Historias de Cronopios y Famas

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