viernes, 30 de septiembre de 2016

Fin de fiesta

La lluvia no paralizaba la vida en el río pero la ralentizaba. Pocas piraguas se aventuraban a navegar (no se podía pescar y había que achicar constantemente el agua de lluvia), nadie salía de las cabañas cuando pasábamos frente a los poblados; tampoco se podía ahumar pescado ni cultivar la tierra, por lo que la única alternativa era quedarse en las cabañas a esperar a que escampase. La vida aquí durante la temporada de lluvias debe de ser muy triste.

A mí, en cambio, me gustaba. Me recordaba mi infancia ferrolana (mamá, me aburro…) en aquellos tiempos lejanos, antes del cambio climático, cuando hacía calor en verano, frío en invierno y llovía casi todos los días.

Así como las chozas de los poblados se oscurecían al mojarse, la selva brillaba bajo la lluvia con un verde más intenso si cabe que el habitual. Se la veía lustrosa, como sin estrenar; diríase que nunca había pasado un blanco por allí, que en cualquier momento podían aparecer entre los árboles las cabecitas de los pigmeos, que en esta zona han mantenido hasta hace bien poco el canibalismo. El último caso “documentado” es de 2013; de los no documentados no se sabe nada.

Michel quería asegurar la llegada a Mbandaka con tiempo para coger el avión de Kinshasa, por lo que seguimos navegando varias horas después de anochecer, pese al peligro y a la teórica prohibición; por suerte con la puesta de sol había cesado la lluvia por completo. Nos acostamos después de cenar, apretujados en las zonas más secas de la cubierta inferior. Yo coloqué mi colchoneta encajado entre dos tiendas, prefería eso a encerrarme con alguien en una pequeña tienda de campaña.

La noche no fue demasiado buena, hizo bastante frio y la humedad penetraba por todas partes. Como mi saco de dormir no se había secado por completo en todo el día, tuve que acostarme con chándal y calcetines, que me pude quitar conforme se iba secando el saco.

Además, tocó noche de fauna: mosquitos y gallos se turnaban para despertarme con bastante frecuencia. Esa noche aprendí una nueva lección: no ir a la letrina sin comprobar las pilas de la frontal. A mí se me acabaron en plena operación y tuve que apañármelas como pude para volver a mi colchoneta.

Al amanecer los habitantes de Ykodo, la aldea donde habíamos atracado en algún momento de la noche, nos pidieron ayuda: uno de los ancianos estaba enfermo de malaria. Para ellos, todos los monguele teníamos algo de médicos, o por lo menos vivíamos en países en los que era sencillo el acceso a las medicinas y al tratamiento médico, algo muy poco habitual para ellos. K., nuestra enfermera, les entregó las pastillas justas de Omeprazol y Malarone, con instrucciones muy claritas de cómo debían administrárselas.

En vista de esto, se nos acercaron varias personas más con distintas dolencias, más o menos reales, pero K. se plantó: no más medicamentos sin receta. No estábamos seguros de si los síntomas era ciertos, ninguno de nosotros era médico, y su experiencia con los refugiados era que algunos tendían a exagerar sus males o incluso a inventárselos con tal de conseguir atención.

Emprendimos por fin el último tramo de navegación mientras limpiábamos, secábamos y doblábamos las tiendas y organizábamos nuestros equipajes. Aproveché el ambiente de liquidación que se respiraba a bordo para darle a Patrick, mi colega mecánico, las espirales anti mosquitos, unos auriculares de Turkish Airlines, gel, detergente en polvo y la ropa más deteriorada, la que había prometido a mi mujer no llevar de vuelta a Cádiz.

A media mañana celebramos con una copa de vino el paso por el kilómetro mil de nuestro recorrido por el río. El caso era acabar la última “bag in box”, habría sido una vergüenza llegar a Mbandaka sin terminar el vino.

Quedaba ya solo hora y media para Mbandaka. Igual que al principio del viaje no terminaba de creerme que estaba donde estaba, ahora no podía o no quería creerme que el viaje se acababa. Aunque todavía me faltaban unas sesenta horas para llegar a casa, estaba seguro de que a partir de ahora las cosas irían mucho más deprisa, demasiado. Tendría que abandonar ese movimiento reflejo de saludar con la mano a las piraguas y las aldeas, volvería a estar permanentemente conectado, las cosas y las instituciones funcionarían…

Antes de llegar a nuestro puerto de destino todavía tuvimos tiempo de ver dos tipos de embarcaciones nuevas para nosotros: Por una parte, almadías para transporte de bambú y madera; por otra, balsas formadas por docenas de piraguas que eran transportadas río abajo para su venta.

Llegamos por fin a Mbandaka, que parecía otro mundo. Muchas antenas, varios edificios de hasta tres pisos y todos los símbolos de una verdadera ciudad. Me causaron especial impresión los astilleros abandonados de la empresa pública SONATRA, que había tenido el monopolio del transporte de pasajeros por el río y había quebrado, saqueada por Mobutu y sus secuaces.

Otros símbolos de progreso los encontramos en un par de lanchas de desembarco LCM-8 en aparente estado de funcionamiento, el muelle de hormigón de la fábrica de cerveza Primus…

Desde la orilla llegaban numerosos saludos para nuestros tripulantes, especialmente para el piloto y para Tito, el pigmeo encargado de la hostelería a bordo. Se notaba su popularidad.

En cuanto atracamos montamos una mini fiesta de despedida con la tripulación. Los invitamos a cervezas o refrescos, queso, jamón, foie gras y otros productos europeos, pero lo que más les gustó fue la carne en lata y las salchichas de Frankfurt.

Me tocó entonces leer en español un breve discurso de agradecimiento, mientras mi compañera C. traducía casi en simultáneo a un perfecto francés. Al terminar entregamos a los tripulantes un sobre con la propina, unos seiscientos y pico dólares, con lo salían a setenta dólares por cabeza. Puede parecer poco, pero en un país en el que el sueldo de un funcionario medio andaba por los cien dólares era una buena recompensa por once días de trabajo.

Nos despedimos con pena de la tripulación y nos dirigimos al Hotel Benghazi. Al parecer había habido un cambio de planes, ya que el hotel inicialmente reservado, al ver que en cada habitación iban a dormir dos personas con apellidos no coincidentes reclamaba una tarifa del doble de lo acordado. Su lógica era aplastante: Si se metían en una habitación dos hombres o dos mujeres de distinta familia, cada uno se buscaría una pareja para pasar la noche y en la habitación acabarían durmiendo cuatro personas.

El Benghazi, donde no aplicaban esa teoría, era tan cutre que llegamos a echar de menos las noches a bordo del Go Congo. Las habitaciones eran muy espartanas, con una cama de matrimonio y una papelera por todo mobiliario; ni siquiera una mesa para abrir el equipaje o una silla para dejar la ropa por la noche. El agua corriente no funcionaba, y aunque nos dejaron dos cubos de agua para ducharnos y para el váter, si se acababan no podíamos rellenarlos por la borda como en el barco. Las ventanas no cerraban, en el dormitorio no había ni una bombilla y el colchón era de espuma, demasiado blando después de tantos días de colchoneta. Menos mal que la cama era muy amplia, porque tendría que compartirla con K., la cual además arrastraba un buen constipado. Y esta suite costaba nada menos que ciento veinte dólares por noche.

Por lo menos conseguí poner en marcha el ventilador de techo, después de desmontar el mando y hacerle un puente, pero solo en modo “ON/OFF”: Ruido atronador o calor de muerte.

Por la tarde  nos fuimos a visitar el lugar en el que según Stanley pasaba la línea del ecuador. Un pedrusco y un letrero destrozado marcaban el lugar, situado en realidad a unos doscientos metros del ecuador geográfico, según pudimos comprobar con nuestros GPS.

Nos fuimos a cenar al mejor restaurante de la ciudad, que habitualmente cerraba por la noche pero que abrieron para la ocasión. Era solamente un patio con una puerta cochera, sin rótulo, donde habían colocado una fila de mesas y sillas de plástico, dos lámparas LED y un enorme equipo de sonido, que pedimos que apagaran.

Las cuatro mujeres que llevaban el restaurante, arregladas como para una boda con vestidos estampados, zapatos de tacón, pendientes, collares y unos bolsos que no soltaban ni para servir las mesas, nos atendieron estupendamente: Pollo de carreras en salsa, con arroz y cerveza ¿Hacia falta algo más para disfrutar de nuestra última cena en el Congo? ¡Sí! ¡Vino! Como yo no bebía cerveza ni cocacola, en castigo me trajeron VITAL’O, una bebida dulce y con gas, con sabor a Bisolvón.

Dormimos como pudimos, ahogados de calor, y al amanecer desayunamos en el salón de convenciones del hotel. Estaba claro que no solían servir desayunos, todo el menaje era improvisado y el azúcar estaba en una bolsa de plástico desgarrada, para que fuera más fácil meter la cucharilla.
Nos atendía una señora que, cuando alguien le pidió leche en polvo, respondió en un tono ofendido: j'ai oublié! Me encapriché con la taza del desayuno, con una inscripción en lingala, la foto de un señor muy trajeado, y toda la pinta de ser propaganda electoral. Cuando le propuse a la camarera comprársela, bajó la voz y en tono de complicidad me dijo: “Vale, pero no se la enseñe a  nadie hasta llegar a Kinshasa”. Estaba claro que yo había cometido un delito de receptación, según me explicó luego J., uno de los dos policías locales que formaban parte de nuestro grupo.

Nos subimos a un par de todo terrenos, uno de ellos con el rótulo de la Delegación Provincial de Sanidad. Camino del aeropuerto al nuestro, que transportaba todo el equipaje, se le pinchó una rueda. Tuvo que volver a recogernos el otro, que no tenía baca, y allí nos acomodamos como pudimos el conductor, los siete pasajeros y el equipaje de los quince. Bueno, en realidad dos de los pasajeros terminaron el recorrido colgados en la trasera del coche, con la puerta abierta y un pie dentro y otro fuera.

En el aeropuerto (ventajas de viajar en grupo), Michel y sus empleados se ocuparon de la facturación y del pago de las tasas mientras los demás esperábamos en el bar de enfrente, poco más que un contenedor, un hornillo de carbón y varias mesas y sillas de plástico dispuestas bajo un sombrajo.

Cuando pasamos al aeropuerto me encontré con lo que podía haber sido un grave problema, por lo menos eso deduje de la cara de Michel cuando se lo conté. Resulta que, pese a tratarse de un vuelo interior, nos pedían el certificado internacional de vacunación contra la fiebre amarilla y yo no lo llevaba junto con el pasaporte, sino en la mochila ya facturada.

Menos mal que J., el policía del que he hablado más arriba, se enteró y me cedió el suyo, diciéndome que él ya había pasado el control. Cuando se lo enseñé a la funcionaria se enfadó conmigo, y me dijo que ya me había controlado y que no la molestara. Problema resuelto.

Cuando con una hora de retraso aterrizó el avión de Congo Airways que nos llevaría a Kinshasa invadieron la pista no menos de cien personas, entre policías, sanitarios, porteadores, fotógrafos, vendedores de recargas de móvil y simples curiosos. La salida de los pasajeros, pero sobre todo de las pasajeras, se convirtió en un verdadero desfile de modelos. Trajes tradicionales con perifollos hasta las orejas, niños de cuatro años con traje de chaqueta y zapatos de punta, niñitas cubiertas de encaje rosa y azul con grandes lazos de raso, faldas ceñidas hasta el límite y más allá, mamis recién salidas de la peluquería que exhibían con orgullo sus cardados, modernas con minifalda y corte de pelo a lo Grace Jones, un señor de mi edad con un traje gris brillante estampado en piel de serpiente… No faltaba de nada.

Y todos tenían a alguien que les esperaba, bien familiares sonrientes o bien empleados o socios igualmente sonrientes, nada que ver con esos aeropuertos europeos en los que nadie va a esperar a nadie, como no sea un taxista con un papel impreso con el nombre del viajero.

Por fin nos llamaron a embarcar, y después de comprobar cinco veces que habíamos pagado las tasas de embarque llegamos al control de equipajes de mano. En plena pista, una sombrilla, una mesa, un recipiente metálico parecido a una papelera y dos funcionarios. Delante de mí le retiraron una maza de madera a unos de mis compañeros, lo que me pareció normal. No lo consideré tan normal cuando le confiscaron a un sacerdote una bolsa de gusanitos, pero al pensar que los gusanitos eran del tamaño de un dedo pulgar y que estaban vivos, lo comprendí. ¿Qué pasaría si se rompía la bolsa en el avión y se escapaban los bichos? O sea que colocaron la bolsa de los gusanos y otros objetos en el contenedor metálico, cada uno con una pegatina con el nombre del propietario.

Cuando me tocó el turno me quitaron la taza de desayuno del hotel. Aunque insistí en que era un recuerdo de mi amigo, el dueño del Hotel Benghazi, me dijeron que no me preocupara. La taza viajaría en bodega y me la devolverían al llegar a Kinshasa, porque los objetos contundentes no podían viajar en cabina.

Más gusanos fueron a parar al contenedor, esta vez metidos en una botella de plástico, pero también vivos y coleando. Resulta que estos gusanos, muy abundantes en Mbandaka, son riquísimos y varios pasajeros se los llevaban a Kinshasa como regalo.

Al aterrizar en Kinshasa al mismo pie del avión nos devolvieron todos los objetos confiscados; el problema llegó con los gusanitos del párroco. Como la bodega no iba presurizada, la bolsa de plástico había explotado, y los gusanos reptaban por el fondo del contenedor. El empleado de Congo Airways lo resolvió de una manera muy profesional: Se sacó del bolsillo otra bolsa de plástico y recogiólos gusanos con los dedos uno por uno hasta que le entregó la bolsa a su propietario. Se notaba que no era la primera vez.

Ya en la cinta de recogida de equipajes empezaron a salir bolsas, maletas, mochilas, cajas… todo normal hasta que aparecieron dos siluros vivos, dando coletazos sobre la cinta. Cuando se caían al suelo no faltaba un pasajero que los recogiera y los volviera a depositar en la cinta, como si tal cosa. Todavía dieron un par de vueltas al ruedo hasta que apareció su propietario.

No voy a contar el último día en Kinshasa, con una visita al mercado de artesanía y un tráfico endiablado, que nos tuvo dos horas y media bloqueados en la carretera de acceso al aeropuerto. Menos mal que los tripulantes de nuestro avión estaban encerrados en el mismo atasco, y salimos para Libreville y Estambul con más de una hora de retraso.

Al llegar al aeropuerto, lucía la luna llena. Bai-ó, Congo.

2 comentarios:

  1. De: Juan Pedro Hierro Azcuenaga

    Asunto: Recuerdos de Mbandaka

    Arturo, gracias por el relato del viaje. Un gran trabajo, en los dos sentidos más comunes de la palabra. Menos mal que lo has dividido en capítulos, lo que supongo una concesión a estos tiempos "modelnos", en los que un texto de más de veinte líneas es arrumbado sin misericordia. Me lo he pasado muy bien leyendo el capítulo del aeródromo de Mbandaka, con sus niños endomingados, sus gusanos escapistas y con tus peripecias para conservar la integridad de la ya famosa taza.
    De ese día recuerdo la imagen de Toñito, en la pista, dirigiéndose al primer control con cara de circunstancias y un billete en las manos en el que decía que se llamaba Rachid. Tenía su gracia el asunto, rebautilzarle con el nombre de un infiel, con el aspecto que Toño tenía de padre fundador de la patria, y no me refiero a los ilustres e ilustrados petimetres de la Constitución del 78, sino a los fieros almogávares que se desayunaban todos los días dos moros crudos a primera hora de la mañana. Los mismos feroces montañeses que, cuando bajaron del Pirineo y alguien les organizó un poco, corrieron a gorrazos a los sarracenos hasta más allá de los llanos de Paterna, que así es como se hacen, por desgracia, ésta y todas las patrias.
    Si yo hubiera sido el agente de policía que estaba en la mesa de control, y por falta de atención hubiera cometido el error de pedirle el billete a un tipo de casi dos metros, habría supuesto de inmediato que el malogrado Rachid era uno de los dos agarenos que Toño se había desayunado esa misma mañana, eso sí, untados en Nutela, que en algo se tienen que notar lo civilizados que ahora "semos"; y con la mejor de mis sonrisas le hubiera dicho: Buen provecho y que tenga usted un buen viaje señor almogavar. Lo único razonable que a un agente de policía veterano se le ocurriría decir en un caso de estos.

    Besos y abrazos.
    Jon

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  2. Arturo, cada vez me gustan más las narraciones en primera persona gracias a tus crónicas de viajero. Me recuerdan al Cela del Viaje a la Alcarria: mucho observar, mucho condensar experiencias, un poco de humor, respeto al diferente. Enhorabuena
    Rogelio

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