lunes, 11 de junio de 2018

Recuerdos indelebles

El puto maletín. Mira que me lo había dicho Martin, cuando me lo regalaron los compañeros del Rotary. “Cuídalo y no te abandonará nunca”.

De cuero de grano entero, con mis iniciales RBA —Ronald B. Aberroth, con esa B que añadí hace años— grabadas a fuego junto al asa. Grande, pero no demasiado. Blindado. Sumergible hasta cincuenta metros. El mejor, había insistido Martin.

Sentado en la arena, al pie un arbolito enano, hago inventario. El ticket del parking donde dejé el coche de la empresa. Las llaves del Maybach, con el escudo en plata. La factura de la cena: me pasé un poco con el vino, pero no tanto como para no poder pilotar la lancha. Mi licencia de patrón y el contrato de alquiler del barco.

La carta de mi abogado, que sigue insistiendo en que acepte la última oferta de Katherine para el divorcio. Y una mierda. La muy buitre se va a quedar sin nada. Mejor dicho, sin casi nada; por desgracia hay propiedades que no he podido liquidar sin levantar sospechas. Y además, lo que encuentre tendrá que repartirlo con los dos niños. Con ese par de cabrones. Y de flojos. Se van a enterar, de golpe, de cómo es la vida de la gente normal. Lo que cuesta ganarse el dinero. Lo poco que te respetan cuando no eres hijo de un millonario.

Mi dietario, con las últimas citas, y con muchas páginas en blanco a partir de ahora. Para hacer lo que me dé la gana. Sin reuniones, sin inspecciones de Hacienda, sin protestas sindicales.

La pluma, un capricho: Namiki Emperor Maki-e, esmaltada por el mismo Kawaguchi, cuerpo macizo de oro blanco, capuchón con mis iniciales —de nuevo RBA— en diamantes. Para firmar con clase.

Tres botellitas de bourbon robadas del minibar. Como si no pudiera comprarme una botella, una caja o la destilería entera. Nunca pierdo la oportunidad de apropiarme de algo que no sea mío. Como mis amantes, siempre jóvenes, siempre recién casadas. El morbo de destruir una pareja naciente, para luego, a los pocos meses, cambiarla por otra.

Importante: La tarjeta de la Seguridad Social, el pasaporte y el carnet de conducir a nombre de un Don Nadie, alguien que no merecía seguir viviendo. Alguien cuyo cuerpo, discretamente incinerado en la misma frontera de Sierra Vista, nunca aparecerá para pedirme cuentas. Roberto Bakal Alvarado. RBA. Como yo.

La factura del hotel, pagada con la tarjeta de la empresa. Con un renglón de “Extras” por quinientos dólares. Muy discreto. Y la chica, muy bien elegida por el conserje. Al cabo de un par de horas la despedí. Sin propina, yo no regalo nada.

Resúmenes de mi estado financiero en HSBC, BPA y Cayman National Bank. Bancos de toda confianza. Todo a nombre de este nuevo Roberto Bakal Alvarado, que ahora soy yo. Suficiente para vivir muchos años. Más de los que espero durar, incluso en mis sueños más optimistas.

Algunas joyas, las mejores solamente, de mi mujer, que retiré hace un par de días de la caja de seguridad del sótano. Sé perfectamente lo que cuesta cada una, las compré yo mismo. Desde la pulsera de pedida hasta el broche de platino y esmeraldas que le regalé por las bodas de plata.

Y dinero, claro, unos veinte fajos, cada uno con doscientos billetes de quinientos euros. Porque yo soy muy americano, muy republicano y muy socio de la NRA, pero el dinero en euros ocupa la sexta parte que en billetes de cien dólares. Una migaja, comparado con lo que ya tengo en las cuentas offshore. Para una emergencia.

Lo jodido es que, aquí y ahora, lo que hay en el maletín me sirve de poco, por no decir de nada. El dinero no se come.



En cuanto pasó la bocana de Port Everglades, Ron puso su Smartphone en modo avión. No quería que nadie pudiera rastrearlo. Dirigió la proa hacia el norte, en paralelo a la costa, siguiendo escrupulosamente la ruta que había declarado en la capitanía del puerto.

Unas veinte millas más allá, lanzó el teléfono por la borda. Siguió navegando hasta encontrar la zona muerta para los radares de la Guardia Costera y giró hacia el este. Puso rumbo a Bahamas en el piloto automático. La primera escala de su fuga.

Al cabo de un par de horas se hizo de noche. Con el reflector radar arriado, solo el rugido de los dos motores delataba su presencia. Bajó el gas. No tenía prisa. El mar estaba tranquilo, la Phairline Phantom se deslizaba suavemente, rasgando las olas sin un aspaviento. La luna nueva se percibía por momentos entre las nubes. La noche era fresca pero no demasiado, y oscura, muy oscura. Perfecta para que nadie viera su barco. Notaba los efectos de la juerga de la noche anterior.

Poco después de las cuatro de la mañana, sentado en la butaca del patrón, en el puente abierto, debió de dar alguna cabezada. No vio venir al portacontenedores, que probablemente se dirigía a Baltimore. Las cincuenta mil toneladas del Maersk Dauphin pasaron por encima de su lancha sin inmutarse. El ruido del impacto, atronador para Ron, ni se oyó en el puente del mercante. El piloto malayo también dormitaba, y su radar no había detectado nada.

Ron se despertó bruscamente, sumergido en el agua. La popa del enorme buque se alejaba hacía el norte, las hélices batiendo el agua en una ligera estela. Junto a él flotaba el maletín. Nada más: ni un resto de la lancha. Menos mal que llevaba puesto el chaleco salvavidas. Agarró la bengala de señales y la accionó. Nada. No funcionaba. Hijos de puta, seguro que era china. Todo por ahorrarse unos dólares. Buy american.

Apoyando los brazos en el maletín, escudriñó el agua a su alrededor, temiendo encontrar la aleta de un tiburón. Trató de conservar las fuerzas, a oscuras no se orientaba, no sabía hacia donde nadar. En cualquier caso, estaba a unas cien millas de tierra.

Unas tres horas después, al amanecer, vio un punto hacia el oeste. ¿Un barco? Nadó lentamente hacia allí; poco a poco fue aumentando. ¡Un cayo! Si conseguía llegar estaba salvado. Trató de recordar la carta de navegación; quizás fuera Walker’s Cay.

Al caer el sol, ya agotado, llegó a la playa. Arrastró el maletín hasta alejarse unos metros de la rompiente y se dejó caer en la arena.

Se despertó con el sol asomando sobre el mar, justo enfrente de él. Recordó el naufragio como un mal sueño, y —animoso pero hambriento— se puso en pie, dispuesto a buscar ayuda. Al cabo de una hora se convenció de que estaba solo en el cayo. En la milla y media que medía de punta a punta no había más que manglares, playas y algunos cocoteros. Ni un rastro de presencia humana. Aunque en realidad sí que había muestras de civilización. Las playas estaban cubiertas de basura: plástico en todas sus formas y colores. Platos, tapones, bolsas, bastoncillos, alguna colilla, cabos deshilachados, restos de una red… Lástima que el plástico no se comiera. Encontró algunos cocos caídos al pie de las palmeras; con mucha dificultad, a golpes de maletín, consiguió abrirlos. La pulpa blanca, aunque muy seca, le supo a gloria.

Pasó el día dando vueltas a la isla, escudriñando el horizonte, buscando en vano una columna de humo, una vela, algo que señalara la presencia de un barco. Nada. Tan bien había elegido su derrotero para pasar desapercibido, que estaba fuera de las rutas habituales de navegación.

Si no hubiera tirado el móvil al agua podía haber intentado llamar a emergencias si encontraba cobertura. Si no se le hubiera ocurrido aquella idea disparatada de desaparecer en el mar, estaría en Miami tomando el sol en una tumbona. Si no…

Pasaron varios días más, idénticos al primero. No sabía cuántos. No sabía qué hora era. Ni siquiera estaba seguro de seguir vivo. El sol lo volvía loco. El sol y el mar.

Ciento ochenta y un pasos de este a oeste, mil doscientos cincuenta y nueve de norte a sur. Dos números primos. Ciento ochenta y uno por mil doscientos cincuenta y nueve da doscientos veintisiete mil ochocientos setenta y nueve. Hace la prueba del nueve. Correcto. Dieciocho palmeras. Muchos mangles. Ni un nido. Ni un alma.

Cada vez encontraba menos cocos caídos, y la sed lo atormentaba día y noche. Hasta que un día se fijó en una botella que el viento o la corriente habían llevado hasta la playa del este. De plástico, todavía con la etiqueta de Aquapure. Embotellada en Nassau. Se bebió un resto de agua de su interior. Esto le recordó alguna película de naufragios. Las probabilidades de que alguien encontrara su mensaje eran mínimas, pero tenía que intentarlo.

“Soy Ronald B. Aberroth. He naufragado en un cayo, a unas cien millas de la costa, en la ruta entre Hobe Sound (Florida) y Nicholls Town (Bahamas). Ayúdeme. Le recompensaré con 100.000 US$”. El mensaje de naufragio más caro del mundo, escrito con su Namiki Emperor en una hoja arrancada del dietario. Cerró la botella y la lanzó al mar por la costa oeste. El viento soplaba hacia el continente.

Dedicó los días siguientes ¿o era el mismo día? a buscar más botellas en la playa. Algunas, muy pocas, conservaban algunas gotas de agua, de Coca Cola, de Seven Up. Consiguió enviar un par de docenas de mensajes. La esperanza le daba fuerzas, aunque la falta de agua comenzaba a causar estragos. Una diarrea lo debilitó aún más.

Llevaba mucho tiempo en la isla, no sabía cuánto, pero mucho. Quizás semanas. Los días eran siempre el mismo día. El sol ardiendo allá arriba, la arena ardiendo allí abajo. Nunca llovía, nunca se veía una nube, nunca pasaba un barco cerca. Y aunque hubiera avistado un barco, no tenía forma de llamar su atención. No le quedaban más bengalas, ni podía encender una hoguera sin cerillas.

Por fin, una mañana, o igual era una tarde, oyó ruido de motores al otro lado de la isla. Cruzó corriendo, tropezando con los matorrales, y llegó a la playa del oeste. Un yate se acercaba. Debilitado, con la garganta agrietada, no podía ni gritar. Desde el puente lanzaron una bengala de señales. Lo habían visto. Su mujer le saludó desde el puente, vestida de blanco. El barco fondeó a unas cien brazas de la playa y arrió una semirrígida, a la que se subieron dos tripulantes.
Ron se introdujo en el mar, y avanzó hasta que el agua le alcanzó la barbilla.

Desde la lancha le arrojaron una botella, y pusieron el motor a ralentí mientras maniobraban fuera de su alcance. De un par de brazadas agarró la botella, la misma de Aquapure que él había lanzado al mar. En su interior se veía un papel, aparentemente un recorte de periódico. Intentó nadar hacia sus rescatadores, pero estos se alejaron ligeramente, indicándole que volviera a la playa. —Lea primero el mensaje— fue lo que le dijeron.

En cuanto alcanzó la orilla abrió la botella. Tardó bastante en conseguir extraer el papel, tenía los dedos hinchados de la sal y las espinas de los matorrales. Lo desenrolló con mucho cuidado. La lancha se había vuelto a acercar y sus dos tripulantes lo observaban atentamente.
Era una esquela, pulcramente recortada del Baltimore Herald.


Mr. Ronald B. Aberroth
Desapareció en aguas del Atlántico el pasado 8 de mayo
Su amante esposa Katherine, sus hijos, John y Peter, y los empleados de sus empresas ruegan una oración por su alma. No se celebrará oficio de difuntos. No se aceptan flores.
Nunca lo olvidaremos.


“Nunca lo olvidaremos”. Remarcado con rotulador amarillo.

Cayó al suelo de rodillas. La lancha viró y se dirigió hacia el yate. Su mujer le dijo adiós con la mano, minutos antes de que el yate levase anclas y zarpara de vuelta al continente.

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